Una exploración por jugadores y equipos de fútbol y baloncesto que hicieron historia y forman parte del legado deportivo de los aficionados. Los ídolos del ayer que abrieron el camino para otros muchos y que dejaron en la memoria un recuerdo imborrable
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sábado, 5 de junio de 2021
LA REVALIDA DE SIMEONE
No ha habido en quizá la historia del fútbol español un proyecto tan personalista como el de Diego Pablo Simeone y unas sensaciones tan encontradas como las que genera el Atlético desde que el argentino tomo su mando en ya sus largos y exitosos nueve años y medio. La consecución del titulo de Liga alarga aun mas su leyenda en la que se contempla un palmarés esplendoroso: dos Ligas, dos Europas Leagues, una copa del Rey, dos Supercopas de Europa y una Supercopa de España. Solo la Liga de Campeones se le ha resistido, y no ha sido por falta de intentos: en dos ocasiones se ha quedado a las puertas por muy poco (un gol en el descuento y una tanda de penaltis). Cinco de sus ocho títulos han sido en competencia directa con Barça y Real Madrid, esos que parecían sencillamente inalcanzables por poderío deportivo, económico, social y mediático.
Ese currículo ha servido para cambiar la historia del Atletico de Madrid; un club con importante palmarés pero cuyas mejores épocas quedaban antes de la llegada del Cholo bastante lejos, con algunas conquistas esporádicas como el doblete del 96. Mas allá de los trofeos que han jalonado su devenir Simeone ha otorgado algo impagable al club: el orgullo de sentirse grande, competitivo y capaz de las cotas más altas. Su obra trasciende de la figura de un entrenador laureado; es un auténtico creador de una entidad que conoce un antes y después de su llegada. Algo que solo unos pocos han logrado: Alex Ferguson en el United o Cruyff en el Barça por señalar dos ejemplos.
Para Simeone esta Liga es algo más que su segunda conquista más importante; supone su revalida particular. Durante buena parte de la segunda vuelta del la Liga, a medida que la importante ventaja del Atlético menguaba, planeó sobre el equipo la sombra de una derrota que podría devenir en traumática. Algo siempre peligroso en una entidad que siempre ha encontrado un cierto placer algo morboso en recrearse en sus fracasos y olvidarse rápidamente de sus triunfos. Desde aquella final de Champions de Milán de 2016 contra el Real Madrid una espina se había clavado sobre el argentino y, en consecuencia, el mundo rojiblanco. Era necesario otro triunfo monumental para borrar esa oportunidad perdida en la tanda de penaltis frente al poderoso vecino. Por el camino habían llegado más títulos destacados: la Europa League de Lyon y la Supercopa de Tallín de valor doble por ganársela al propio Real; pero siempre quedaba el argumento que no se trataban de entorchados del primerísimo nivel. Con su triunfo de Valladolid ya puede presumir que es la segunda Liga que el Atlético birla a los dos grandes en siete años; una enormidad en un campeonato tan sazonado por el duopolio como el español. Y la forma de conseguirla no ha sido una cualquiera: con remontadas y triunfos sobre la bocina, algo que suena mucho a equipo de estirpe ganadora.
En estos cinco años la propia figura del técnico ha sido sometida a no poco enjuiciamiento y no siempre favorable. Se intensificaron las criticas a sus planteamientos eminentemente conservadores tras los fiascos europeos ante Juventus, Leizpig o recientemente Chelsea, se sufrieron derrotas mas bien vergonzantes en Copa del rey contra Cultural Leonesa o Cornella y en medio de todo una generación gloriosa abandono por motivos biológicos inevitables: Godin, Gabi, Fillipe Luis, Juanfran, Tiago, nada menos la esencia del su primer periodo inolvidable. También el buque insignia del proyecto, Griezzman puso rumbo a Barcelona. Simeone debía recomponer su obra y gracias al nuevo estatus deportivo y económico del club contaba con medios para traer a jugadores de teórico menos ardor guerrero y mas calidad técnica en sus pies. Trippier, Hermoso, Carrasco (un regreso inesperado y muy exitoso), Joao Felix, Vitolo, Lemar o Lodi. Durante un tiempo pareció existir una contradicción entre el ideario del entrenador tan vituperado como inexorablemente exitoso y los nuevos mimbres de los que disponía. Al menos jugadores como Vitolo o , de momento, Joao Felix, la gran inversión estratégica del club, no se acabaron de encontrar plenamente integrados y cómodos. Pero en el resto del plantel y tras un año de transición, en acertadas y proféticas palabras del propio Simeone, la combinación termino por dar sus frutos. El inesperado regalo de Luis Suarez por parte del Barça, al que consideraba poco menos que acabado, y la falta de visión del Real Madrid con Marcos Llorente, previo pago eso sí de un buen traspaso, dieron al equipo la punta de calidad y contundencia necearía para dar de nuevo el salto necesario. Entendió Simeone que el nuevo equipo requería de más presencia en campo contrario y un manejo mas insistente del balón; sin que por ello se perdiera el gran activo del cholismo desde sus inicios: la seguridad defensiva en torno a Oblack
La primera vuelta del renovado Atletico fue simple y llanamente perfecta. Parecía embalado al titulo y la prensa se apresuro a proclamarlo campeón e enero. Para cualquier conocedor de la Liga española era también evidente que Barça y Madrid no iban a permitir un paseo triunfal y que el bajón del Atlético era también posible, y mucho más cuando a comienzos de año, el Covid se cebó con los del Wanda. Unos tropiezos dieron lugar a inseguridad y esta se suele manifestar en peores resultados. Por detrás azulgranas y blancos parecían insaciables y no daban tregua. En realidad ambos tuvieron ocasión de desbancar al Atlético: el Barça contra el Granada y el Madrid ante el Sevilla. Ambos fallaron y otorgaron una vida extra al Atletico que este no desaprovechó. Atrás quedó ese mito absurdo y carente de toda realidad fáctica que este último siempre falla en los momentos claves: de diez Ligas que han dependido de él mismo en la última jornada, las diez han caído a su zurrón. Era la Liga no la Champions, mas dada a destapar fantasmas no deseados.
Simeone alcanza pues su peculiar redención. Lo ha vuelto a hacer con un equipo radicalmente distinto al de sus primeros años. Es un hito desde todos los puntos de vista: las transiciones de equipos legendarios suelen ser duras y extendidas en el tiempo. En apenas dos años ha vuelto a dar un vuelco al campeonato. Gusten mas o menos sus planteamientos en momentos puntuales su figura no hace mas que subir enteros.
domingo, 17 de mayo de 2020
OVIEDO Y HAMBURGO, DOS PUNTOS DE INFLEXION
Suele
ser mayo un mes dado al recordatorio de momentos claves en la historia de los
equipos. Es una época del año en la que se deciden temporadas para bien o mal
con éxito y fracaso. Para el Atlético de Madrid el siglo XXI empezó con una
tragedia y al cabo de una década un título cambio la historia del equipo. De
Oviedo a Hamburgo se sucedieron diez años de travesía en el desierto, un camino
hacia la nada que parecía no tener fin, el desagradable sentimiento de
mediocridad eterna e irreversible. Desde la final de la Europa League en
tierras alemanas los acontecimientos se transformaron de forma imprevista y a
velocidad de vértigo: volvieron de golpe la competitividad, los triunfos, los
trofeos y la derrotas dolorosas….aunque en lo más alto.
En
mayo de 2000 el Atlético de los Hasselbak, Valerón , Baraja, Molina o Kiko se
precipitaba al primer descenso del club desde 1936. Se pueden citar esos
nombres como muestra, pero el resto de la plantilla también estaba compuesta
por internacionales en su casi totalidad. Un equipazo que con la errática
dirección del italiano Claudio Ranieri (que venía de triunfar en el Valencia)
había dado mucho más disgustos que alegrías
desde el primer partido de la temporada. Mimbres inadecuados para el
tipo de juego que gustaba el trasalpino que no supo sacar jugo a una lustrosa
plantilla a su servicio. Pero a nadie se le escapa que la intervención judicial
del club acordada a finales del 99 precipitó la caída a los infernos, una
medida que podía ser correcta en cuanto a su fondo (las irregularidades del
clan Gil eran tan notorias como la desmesura e incontinencia verbal del
patriarca) pero alojaba más sombras sobre sus motivos reales (había un tufo
evidente a incidencia política por las aventuras de Gil en la Costa del Sol y
era discutible que ese control de legalidad se hiciera en un solo club en una
época en la que la pradera sin ley campaba a sus anchas por todo el mapa futbolístico
español). Unos jugadores aterrados por no poder cobrar sus salarios en negro
(practica habitual de la época, por cierto) empezaron a pensar más en la salida
que en su presente. Llegaron los desastres en el campo, por una plantilla
atenazada y confusa ante lo insólito de la situación que no pudo ser enderezada
por Radomir Antic, el héroe del doblete. En realidad era una hecatombe que no
podía coger de sorpresa; en la década de los 90 hasta en tres ocasiones el
Atlético había coqueteado con el descenso y tarde o temprano el desastre iba a
llegar. El gilismo había cambiado la irregularidad crónica con el desastre
permanente con algún inciso glorioso (doblete). Fue un año de hecatombe de
clásicos: además del Atlético cayeron al pozo Betis y Sevilla
El
descenso tuvo consecuencias devastadoras en la entidad y más cuando el infierno
de la segunda se extendió durante dos años. Tuvo que regresar Luis Aragonés
renunciando a dinero y prestigio deportivo (había logrado meterse en Champions
con el Mallorca) para acabar el bochorno que solo paliaba una afición digna de
ganarlo todo y que solo recibía a cambio zozobra y ridículos; era demasiado
para la vieja leyenda del club aceptar eso. Tras el ascenso no mejoraron mucho
las cosas: los años de Musampa, Alvaro Novo, Nikoladis, Colsa, o el Pato Sosa
en el campo, o Goyo Manzano, Cesar Ferrando o Bianchi en el banquillo bien
merecen permanecer reprimidos eternamente en el inconsciente, pese a la
presencia aislada de Fernando Torres. Nadie veía posible ganar un título o un
derby, ni siquiera atisbar un juego decente. La nada como rutina, el lamentable
arrastre por lo terrenos de juego de una entidad con tantos laureles en sus
vitrinas. En los colegios una camiseta rojiblanca no pasaba de ser una
simpática excentricidad. El único atractivo estribaba en las ingeniosas
campañas publicitarias de cada año que, junto a su talento innegable, mostraban
un desagradable conformismo revestido de ironía.
En
estas Torres decidió buscar nuevos horizontes y dos grandes estrellas llegaron
al Calderón. Un jovencísimo talento argentino (Agüero) y un fabuloso rematador
(Forlan). Cierto que el resto no acompañaba mucho la verdad, pero al menos se
contaba con un par de futbolistas de talla mundial y algo que llevarse a la
boca. Entre los dos mejoraron la competitividad del club, con dos cuartos
puestos consecutivos. Hubo hasta quienes los celebraron en Neptuno; así estaba
el patio para las nuevas generaciones; aunque a comienzos de las 2009-10 las
cosas volvían a estar chungas: los sucesivos desastres en Liga y Champions
trajeron la destitución de Abel Resino, y su sustitución por Quique Sánchez
Flores, de pasado merengón pero con sinceras ganas de revertir la situación.
Casi de rebote el equipo pudo disputar la Europa League, la clásica copa de la
U.E.F.A reconvertida en nueva competición a la que accedía la clase media de la
Europa futbolística y algunos aristócratas tras resultados no deseados.
La
competición fue recibida con escepticismo en el seno del equipo. La historia
colchonera tenía un buen puñado de bochornos en la vieja U.E.F.A que incluían
nombres tan estrambóticos como Boavista, Groninhhen, Sion, Politecnica de
Timisoara u Ofi de Creta, que dejaron profunda huella y sensación de ridículo .
Pero Quique otorgó al equipo un carácter (que no juego) y mentalidad que hizo
resistente a los retos. A la chita callando fueron cayendo rivales tras
eliminatorias agónicas muy en la línea de la historia del club: Galatasaray,
Sporting de Portugal y Valencia. Se estaba tras muchos años en una semifinal
europea y no ante un rival cualquiera: el Liverpool de Gerrard, Mascherano,
Carragher…… y Fernando Torres que sin embargo no podía jugar lesionado. Un 1-0
en la ida dio lugar a un partido de vuelta épico, no apto para cardiacos, que
fue a la prórroga y pareció decantarse del lado Red, hasta que un gol de Forlan
provocó el éxtasis rojiblanco…..¿les suena la historia?.
Tras
tomar Anfield llegó la final de Hamburgo. La primera final del club en diez
años, por no contar que en Europa no se jugaba un partido de esa enjundia desde
un lejano 2 de mayo de 1986, cuando los Ruiz, Arteche o Da Silva fueron
barridos por el Dinamo de Kiev en Lyon en la final de la antigua Recopa de
Europa. Muchos niños no habían visto ganar a su equipo nunca un título, los mas
veteranos no sentían esa sensación desde el 96 del siglo pasado. Un único
trofeo europeo, precisamente la Recopa del 62, ocupaba el estante en la sala de
trofeos, ya muy apolillada……El rival no parecía de mucha enjundia, es cierto.
El Fulham británico dirigido por Roy Hodgson no tenía estrellas en sus filas y
era más bien rudimentario; pero en el camino se había cargado a todo un clásico
como la Juventus y a un partido era todo posible. La final fue la esperada; sin
mucha calidad y no apta para corazones débiles. Pareció decidirse del lado
madrileño cuando Forlán marcó el primero, pero fiel a su tradición el Atlético
dio dos horas de amplio sufrimiento a sus aficionados. En el 116 de la prórroga
con todavía empate a un gol y los siempre temidos penaltis acechando, Agüero
recogió un balón en banda, hizo uno de sus mágicos malabarismos al defensa
inglés y la bota de Forlán hizo el resto. El estadillo de tantos y tantos
aficionados fue lo más parecido a una catarsis que jamás hayan visto los mas de
cien años de historia rojiblanca (junto con el cabezazo de Miranda en el
Bernabéu tres años después). No era un trofeo más, era acabar con la pesadilla.
El
resto es ya conocido. El asunto no tuvo mucho continuidad a corto plazo y
Quique Sánchez Flores y los dos héroes de Hamburgo dejaron el equipo tras un
segundo año que no cubrió expectativas. Pero esa segunda campaña de la nueva
década vio la llegada de gente destinada a marcar una época: Juanfran, Godin y
Filippe Luis, que no parecían tanto como al final fueron. Casi al final de 2011
llegó de Argentina el definitivo señor lobo de la historia atlética. Ya saben:
siete títulos, Liga en el Camp Nou, Copa del Rey en el Bernabéu, dos Europas
Leagues mas al zurrón y grandes noches de Champions, rematadas en dos
finales trágicas y épicas. Un presupuesto multiplicado y el sentimiento de
pertenencia a uno de los grandes equipos de Europa, que no requiere de campañas
para justificar porque se es del Atleti. De Oviedo a Hamburgo,,,,,dos puntos de
inflexióm
jueves, 9 de abril de 2020
ANTIC: LA OBRA MAESTRA BREVE E INOLVIDABLE
En días extremadamente
trágicos para todos, el Atlético de Madrid vive el siniestro goteo de la
pérdida de algunos de sus referentes históricos: Joaquín Peiró, Capón, Miguel
Jones. Pero ninguna pérdida ha impactado tanto como la del serbio Radomir
Antic. Se trata del hombre del milagro del 96. De aquél que cogió un equipo en
ruinas y convertido casi en rechifla nacional y en nueve meses inolvidables le
llevó a la mejor temporada de su historia. Un hito breve, pero de tal impacto
que la extensísima e intensa carrera de Antic giraría en torno a ese
acontecimiento. Y hablamos de una
trayectoria que incluye, nada menos, que ser el único entrenador que ha
dirigido a los tres grandes: Real Madrid, Barça y Atlético.
Nacido en la antigua
Yugoslavia de Tito, pronto adquirió las características que jalonaron el perfil
de la mayoría de sus compatriotas deportistas:
vocación de trotamundos y competitividad extrema. Cuentan las crónicas
que se trató de un líbero elegante, con buena salida de balón y visión de juego
muy adelantada para los defensas de su época. Transitó por el fútbol turco, el
español y el inglés, y ese peregrinar le permitió empaparse de los diferentes
modelos de juego en función de las culturas generando una de sus virtudes como
técnico: su carácter estudioso del juego, que llevaría a extremos que hicieron
ser un adelantado
Cuando colgó las botas y se
sentó en el banquillo ya contaba con referentes importantes de entrenadores
balcánicos con éxitos fuera de sus lugares de origen: Miljanic, Boskov o
Tomislav Ivic. Llegó de puntillas al Zaragoza en 1988, lugar en donde dejó un
buen recuerdo como jugador, y frente a las reticencias iniciales por su teórica
inexperiencia llevó a los maños a la U.E.F.A. Sorprendió mucho que el Real
Madrid le reclutase como entrenador en 1991, en medio de una temporada
desastrosa tras cinco ligas consecutivas. Perdió sus dos primeros partidos,
pero luego hizo reaccionar al equipo de tal forma que de casi la mitad de la
tabla acabó siendo tercero. Mendoza, el presidente blanco, tenía apalabrado al
colombiano Maturana para el ejercicio siguiente, pero no pudo resistirse a la
tentación de premiar el meritorio trabajo de Antic. Pero ya empezó a mostrar la
esencial virtud que le convertiría en un entrenador de referencia en la última
década del siglo XX: su capacidad casi mágica para reanimar equipos en aparente
fase terminal.
Como la mayor parte de las
decisiones basadas en el compromiso y no en el convencimiento, el mantener a
Antic en el banquillo banco estuvo sometido a una evaluación casi insufrible
desde el primer día. Y eso que el equipo ganaba sin parar, que descubrió las
dotes goleadoras de Fernando Hierro subiéndolo al centro del campo, que
Butragueño recuperaba su acierto de cara a la portería un tanto adormecida. Tal
era la desconfianza en el serbio que bastaron dos derrotas (una en Calderón,
precisamente, otra en Valencia) para tener una excusa de cara a su cese. El
Real Madrid era líder con tres puntos de ventaja cuando el holandés Leo
Beenhaker tomo el relevo. Al final perdió todo ese año: liga, copa y U.E.F.A.
Tal adversidad no hizo sino
incentivar a Antic, que en poco tiempo consiguió su particular redención.
Volvió a coger una ruina (el Oviedo 92-93) que apuntaba a la segunda división;
lo salvó y estabilizó en dos temporadas y media de solidos resultados y buen
juego. Entonces le llegó el momento culminante. Le llamó el Atlético de Madrid
de uno de los periodos más negros (que ya es decir) del Gilismo. Entonces el
club del Manzanares era algo más cercano a un reality show que una entidad
deportiva; había devorado nueve entrenadores (sí, nueve), en dos temporadas que
bordeó el descenso. Antic declararía después eligió al Atlético por ser el club
más difícil del mundo. Era su desafío, su prueba definitiva para medirse.
Le trajeron como refuerzos un
saldo del Valencia (Penev), dos descendidos
a segunda con el Albacete (Santi, Molina) y dos promesas (Roberto y
Biaggini). De guinda el insistió en fichar a toda costa por apenas setenta millones
de la época (para tener una referencia, un año más tarde Mijatovic le costó al
Real Madrid mil doscientos millones) a un compatriota suyo de casi treinta años
y del que nadie había oído hablar (Pantic). Háganse una idea de las
perspectivas de triunfo que tenía ese equipo.
El resto es historia. Una
alineación que todo el mundo recitaba de memoria, un equipo que adelantaba la
defensa al medio campo, un portero que hacía funciones de líbero, un futbolista
(Pantic) demoledor en el balón parado. Frente a la tradición ancestral del club
de repliegue y contragolpe, ese Atlético buscaba la combinación, el toque, la
iniciativa del partido . Nunca (al menos en la era moderna) vio ni vería el
desaparecido Calderón un juego de tantos kilates. La consecuencia fue el
doblete, una hazaña para la historia.
Un hito de tales dimensiones
probablemente sólo tenga dos opciones: el continuismo sosegado en la parte alta
de la tabla (en España el estus quo, o sea Barça y Madrid siempre vuelve) o la
caída. Desgraciadamente fue lo segundo. Su era intensa y de juego excelso se fue al garete en una semana
trágica del 97 en el que dos partidazos inolvidables del equipo (el 5-4 del
Barça en la Copa y, sobre todo, el 2-3 ante el Ajax en Champions). Los
infructuosos cuatro goles de Pantic, la lentilla de Aguilera, el penalti de
Esnaider, el gol increíble de ese tal Dani que luego no le dio una patada a un
bote cuando el Atlético le ficho en sus años oscuros….El viejo malditismo de la
casa, la derrota insoportable, ambos siempre dispuestos a reaparecer tras los
triunfos épicos.
Ya nada fue igual ni para el
club, ni para Antic. De forma equivocada creyó que sus acreditadas dotes de
mago en situaciones críticas podrían salvar al quipo en la temporada de la
intervención judicial. Nada podía evitar el desastre en esas circunstancias y
vivió la amargura de ser el entrenador que vio bajar a segunda al Atlético por
primera vez tras la Guerra Civil. Los dos empezaron un camino oscuro muy
alejados del triunfo que se extendió en la primera década del siglo XXI, aunque
Antic fue requerido por enésima vez para levantar a un gigante caído: el Barça
de Gaspart que estaba a tres puntos del descenso, nada menos. Lo levantó de la
UCI hasta llevarlo a puestos europeos, algo muy meritorio que, como le ocurrió
en el Real Madrid, no le fue sufrientemente reconocido. Terminó como
comentarista deportivo, algo que parecía disfrutar mucho y que cuadraba con su
gusto por acercarse al fútbol de forma casi científica.
Años más tarde Simeone fue
capaz de lograr, otra vez, la hazaña de rehabilitar al Atlético, que volvía a parecer un enfermo crónico sin solución. No solo llego a la meta
en la que nade creía. Lo mantuvo durante no pocos años. El argentino ha
triunfado desde el realismo inteligente: para competir con los grandes debo
dejar de lado la excelencia y buscar la practicidad. Antic quiso ser sublime
desde el inicio y lo logró enseguida, y hay quien puede argumentar, con
criterio, que no lo mantuvo . Pero lo que logró será recordado siempre. La obra
maestra breve e inolvidable.
domingo, 3 de marzo de 2019
PORQUE FERNANDO TORRES ES ÚNICO
No existe un mito más asentado en la historia del Athletic de Bilbao que
José Ángel Iribar, el guardameta que defendió los palos del viejo San Mames en
los años 60 y 70. Conviene recordar que El
Chopo, así era apodado, no levantó ninguna de las ocho Ligas que se
encuentran en las vitrinas del centenario club vasco y sólo pudo engrosar su
palmarés con dos Copas del Generalísimo en dieciocho temporadas. Pero el
público rojiblanco no tuvo eso en cuenta: lo que realmente valoró fue el hecho
que Iribar sostuvo al Athletic en años de vacas flacas, cuando su legendario
equipo de los 50 se hizo mayor y los chavales de Lezama se veían obligados a
tirar del carro, frente a rivales que disponían de más potencial económico y
que, cuando se legalizaron, pudieron reforzar sus equipos con foráneos. Así que
Iribar fue un bastión que evitó males mayores, la amenaza del descenso, y la
preservación de una tradición que vale mucho más que los trofeos que se puedan
levantar.
Este referente emocional es habitualmente despreciado por los poderosos
tótems de nuestro fútbol (y sabemos de quien hablamos) que identifican a sus
mitos por su participación en triunfos concretos y que sólo restringen las
trayectorias al palmarés. Francesco Totti pudo salir de la Roma en busca de
engrosar su curriculum, pero decidió seguir en la ciudad eterna y pudo
retirarse con sus sueños cumplidos en su totalidad: fue campeón del mundo con
su país y ganó Liga y Copa con el club de sus amores. Steve Gerard colgó las
botas sin saber lo que era ganar una Premier, pero forma parte del santuario de
Anfield, tanto como las leyendas del Liverpool que dominaron Inglaterra y
Europa en los 70 y 80. Todos buscan el triunfo, desde luego, pero no todos
tienen el camino tan allanado para conseguirlo en función de potenciales
económicos, institucionales o mediáticos.
Fernando Torres fue un jugador gafe de la historia del Atlético de
Madrid. Y quizá ni si quiera uno de los mejores. Pero forma parte de sus emblemas históricos junto a Collar, Luis
Aragonés, Gárate, Futre o los recientes Simeone, Godin o Griezzman. Y es un
emblema porque precisamente, tuvo que apechugar con apenas dieciocho años con
la peor época deportiva del club, esa que transitaba en los estertores del
Gilismo, por los campos de segunda división y que deambulaba sin pena ni gloria
por la primera, en busca de una grandeza que, conforme a las previsiones de
Luis Aragonés, tardaría una década en llegar. La misma época en que sus
compañeros de viaje eran Alvaro Novo, Musampa, Javi Navarro, Peter Luccine,
Martin Petrov o Nikolladis; el periodo en el que el banquillo del Manzanares lo
ocupaban sucesivamente Gregorio Manzano, Cesar Ferrando, Pepe Murcia o Javier
Aguirre. Es fácil destacar y engrosar trofeos cuando te acompaña lo mejor del
mercado, al precio que sea. Más complicado es tirar del carro en régimen de
escasez, mantener la ilusión de la hinchada cuando la nada te rodea con
frecuencia e inventar soluciones a problemas que parecen irresolubles. Torres
fue el faro que guió al equipo en los años de plomo, su único referente de
calidad cuando los mejores tiempos quedaban lejos y el elemento clave que al
menos impidió que se volviera a coquetear con el fantasma del descenso. Tuvo
que emigrar para crecer deportivamente y dejó una buena cantidad de dinero en
las arcas del club, que sirvieron para afrontar el fichaje de Forlan, y de la
mano de la selección española alcanzó la gloria deportiva que buscaba. De
alguna forma sus grandes campañas en la Premier, en Anfield, hasta que las
lesiones le lastraron eran vividas con orgullo por una afición que no conocía
más referentes que el chico de Fuenlabrada que le mantuvo la ilusión.
Cuando volvió e 2015 consiguió reunir a 45.000 personas en el Calderón
el día de su presentación. No era el Atlético el erial que dejó, sino un club
transformado y competitivo de la mano de Simeone. Tampoco gozó de plena fortuna
en su regreso, ya que no pudo culminar el sueño de la Champions en la noche
triste de Milán y se vería relegado al banquillo en sus últimas temporadas, con
una relación muy deteriorada con el técnico; dos emblemas que terminaron
chocando por una mezcla de elementos deportivos y de egos. Su único título de
colchonero (la Europa League de Lyon) le cogió como elemento muy secundario.
Por jugarretas del destino, Torres no pudo asociar su glorioso periplo por el
Atlético con el éxito deportivo como Gaby, Godin o el propio Diego Costa, así
como otras leyendas colchoneras de tiempos pasados, pero su figura se agiganta
ante la hinchada por que su aportación ha ido mucho más allá que lo que en
realidad significa un trofeo.
lunes, 19 de noviembre de 2018
GABI, EL SÍMBOLO DEL CAMBIO
El último
verano futbolístico dejó una noticia poco comentada per muy trascendente: la
salida del Atlético de Madrid de su capitán de los últimos años, Gabriel
Fernández, conocido popularmente como Gaby. Sus 34 años , el hecho que esta
temporada se había fichado al incipiente Rodri para la posición de medio-centro
y una jugosa oferta económica de Qatar fueron factores esenciales para su
decisión.
Tal vez
no haya mejor ejemplo que Gaby para entender la transformación de la entidad
rojiblanca en los últimos seis años. De alguna forma Gaby ha resultado un
emblema del cholismo, no sólo en cuanto a traslación del ideario del técnico
argentino al campo, ya que el medio centro ha sido el mejor alter ego del
entrenador, sino también a símbolo del espíritu de un equipo que en apenas un
par de temporadas abandonó el pesimismo latente desde casi la década de los
años 80 por el resurgir de la competitividad extrema que le acompañó en las
mejores épocas del club (años 60-70) que parecían olvidadas para las nuevas
generaciones.
Gaby
concentraba mejor que ningún otro las características esenciales de ese
combinado que tocó el cielo con la Liga de 2014, en realidad casi era una
concentración de todas las características del equipo. Sus condiciones técnicas
eran notablemente inferiores a la de jugadores de su misma posición de los
equipos punteros (Xavi Alonso, Busquets, Modric, Xavi….), nunca alcanzó la
internacionalidad precisamente por la dura competencia en esa posición, tampoco
gozó del reconocimiento generalizado de la prensa pero del mismo modo que el Atlético moderno no se resignó al papel secundario que casi todos le tenían asignados; en realidad perteneció a ese grupo
de futbolistas con capacidad para explotar al máximo una virtudes más modestas
aunque con consecuencias prácticas esenciales para su equipo: sentido táctico,
liderazgo, capacidad de tomar decisiones adecuadas en los momentos claves
(desde una falta táctica hasta ordenar la presión sobre el contrario) y espíritu de
lucha e inconformismo. Sólo desde esos patrones los rojiblancos fueron capaces
de ganar un a Copa al Real Madrid en el Bernabéu y una Liga en el mismísimo
Camp Nou y de llegar a dos finales de Liga de Campeones superando cualquier
barrera que la lógica parecía imponer, luchando y superando con frecuencia a
equipos con un talento futbolístico muy superior sobre el papel.
Su
despedida real fue por todo lo alto: partidazo y gol en la final de la Europa
League, competición que él mismo en una arranque de sinceridad y frustración
había descalificado meses antes tras una sorprendente eliminación en Champions,
pero con cuyo triunfo en la misma el Atlético volvió a confirmar su nuevo estatus de equipo
solvente y ganador, ese carácter que entre otros, el capitán había ayudado a
crear y transmitir a los que se incorporaban a la entidad. Formado en las
categorías inferiores del club al que dio el salto en los años de plomo y
penurias que siguieron al ascenso, no fue ajeno en sus comienzos a la capacidad devastadora de la entidad de ese periodo tuvo que emigrar a Zaragoza para buscar su
consolidación profesional (de hecho sobre él planea a fecha de hoy un oscuro
asunto de compra de partidos durante esas temporadas).Reclamando por Gregorio
Manzano en su efímera y poca afortunada vuelta al Calderón en verano de 2011,
su regreso sorprendió a los aficionados que ni en sueños pensaban el ciclo que
estaba a punto de iniciarse y en el que fue una de los estandartes indiscutibles.
Su sustitución
por Rodri también tiene mucho de metafórica sobre el nuevo estado del club. El
talento y la calidad técnica del nuevo jugador Atlético representan una era
marcada por un flamante nuevo estadio, la condición de equipo instalado en la
élite del fútbol europeo y con capacidad para fichar y retener figuras. Qué
distinto panorama del vivido por Gaby en su debut en 2004 y su regreso en 2011,
habiendo contribuido como pocos y con sus armas a transformar un club que
dejó del lado décadas de oscuridad para vivir un presente más que esperanzador.
Pocos homenajes habrá mas merecidos que el del próximo día 22 en el Wanda, en donde podrá despedirse de la forma adecuada.
viernes, 17 de agosto de 2018
EL DOCTOR CABEZA Y LA LIGA DEL 81
Aparte
de la finales de Copa de Europa perdidas de forma tan dramática, no ha habido
jornada tan negra en el Vicente Calderón como la acontecida el 4 de abril de
1981 en un duelo ante el Zaragoza.
En
agosto de 1980 había llegado a la presidencia del club Alfonso Cabeza, médico
forense, director del Hospital de la Paz, personaje dicharachero, bromista y
con innegable atracción populista. El club rojiblanco estaba en horas bajas:
las deudas se acumulaban y tras una década gloriosa el rendimiento deportivo
había bajado sustancialmente. Vicente Calderón dimitió y dio paso a un periodo
electoral al que concurrieron Cabeza y Mariano Herrero, pero este último se
retiró tras el trágico fallecimiento de su hijo en accidente de tráfico, con lo
que el forense se hizo con la presidencia.
Al
estar la tesorería bajo mínimos se tiró de cantera y apenas se incorporó un
fichaje muy modesto como el defensa Balbino, procedente del Salamanca. El
entrenador José Luis García Traid, no tenía tampoco experiencia en equipos
grandes y se inició la temporada con el objetivo de obtener plaza en las
competiciones europeas. Con un conjunto joven y animoso el Atlético tuvo una
salida extraordinaria e inesperada. Enlazó diez jornadas sin perder y sólo mordió
el polvo en la visita al Camp Nou (4-2). De la mano de jugadores como Arteche,
Julio Alberto, Marcos, Rubio y el extraordinario centrocampista brasileño
Direceu (única figura relevante del equipo) se erigió como alternativa
sorprendente a los favoritos por el campeonato.
Ebrio
por la buena marcha del equipo, Cabeza empezó con un carrusel de declaraciones,
muchas de ellas derivadas en estrambóticas y hasta divertidas polémicas con
Helenio Herrera entrenador del Barça y Luis de Carlos , presidente del Real
Madrid, sobre la edad de los mismos y sus dificultades con la próstata. Pero al
mismo tiempo empezó a despotricar contra colectivos más sensibles. la
Federación y el Colegio de árbitros. Cualquier resultado negativo de su equipo
era seguido de una proclama contra la parcialidad de los colegiados. Parte de
su junta directiva le aconsejó que se moderara, sobre todo por las
consecuencias que traería esa hostilidad hacia el poder establecido. En
realidad en aquellos tiempos estaba muy extendida la sensación de que los
árbitros siempre favorecían al Real Madrid.
El
combinado de García Traid siguió a lo suyo y confirmó su candidatura al título
al ganar el derby al Real Madrid en el Manzanares a finales de la primera
vuelta. Nada detenía al doctor que ya se había convertido en una estrella
mediática (hasta llegó a publicar un libro autobiográfico, “Yo Cabeza”) ya que
los periodistas acudían a él como un panal de rica miel. La Federación le
suspendió y él se mostró aún más desafiante al asegurar que se situaría entre
el público en un Atlético-Barça decisivo para el campeonato a disputar en el
Calderón. Unos días antes es secuestrado Quini, delantero estrella del Barça,
los jugadores culés amenazan con un plante, pero el partido se juega con Cabeza
en la grada como un aficionado más. Gana el Atlético1-0 con gol de Marcos
Alonso (futuro jugador del Barça).
Quedan
ocho jornadas para el final de la Liga y el Atlético saca siete puntos a sus
rivales. Todo está en la mano de los colchoneros, pero entonces llega el
desplome. Varios directivos presentan su dimisión ante el cariz que están
tomando las acontecimientos y el equipo entra en crisis de resultados tras una
gran temporada. Cae en Gijón 3-0 y en Sarriá 2-0 con Guruzeta (nombre maldito
para el Atlético) de por medio. Ante el Salamanca en casa siguen las
desgracias. Rubio falla un penalti, el portero Navarro se lesiona y sólo se
empata a uno. Los rivales acechan y es imprescindible ganarle al Zaragoza para
seguir teniendo el campeonato en la mano.
El
decisivo partido llega en un entorno muy enrarecido por todo lo que rodea al
equipo en las últimas jornadas. Cabeza, aragonés como el entrenador colchonero,
realiza un cálido recibimiento a sus paisanos pero en el campo hay cualquier
cosa menos amabilidad. El defensa Miguel Ángel Ruiz adelanta pronto al Atlético
al rematar una falta, pero el Zaragoza muestra pronto una notable dureza que no
es cortada por el colegiado el andaluz Álvarez Marguenda. Rubén Cano, delantero
rojiblanco, se marcha lesionado y Marcos Alonso sufre un severísimo marcaje por
parte del central Casajús. Se anula un gol, a Arteche y el 1-0 planea al
descanso.
La
continuación sigue las misma tónica de un juego que se endurece a pasos
agigantados ante el enfado del público. Este va incrementándose cuando
Marguenda no señala unas manos muy claras en el área zaragocista. Luego estalla
el escándalo: Marcos pelea un balón en la media y realiza una entrada. Es una
falta clara, no especialmente dura, teniendo en cuenta el listón permitido por
el colegiado. Marguenda se acerca , echa mano al bolsillo y ante el estupor
generalizado saca la tarjeta roja al jugador más castigado de la tarde. El
público se encrespa, ya no hay duda, el árbitro quiere la derrota atlética. Se
empiezan a zarandear las vallas y se teme por una invasión de campo. Para más
inri el Zaragoza remonta el partido: un penalti ahora si señalado transformado
por Pichi Alonso y un tanto de Valdano, con el Atlético ya desquiciado. Es
escándalo es de aúpa y el colegiado debe de salir escoltado por la policía.
García Traid trata de agredir a un jugador del Zaragoza y los jugadores con
lágrimas en los ojos señalan que la Liga esta pérdida ya que hay persecución
contra el Atlético. Quedan todavía tres jornadas por disputarse, pero todos han
tirado ya la toalla. Se acude el domingo siguiente al Bernabéu y Cabeza decide
no acudir al campo merengue y convocar a los socios a una merienda “con
tortilla” en el Calderón mientras se escucha el partido por radio. El Atlético
pierde 2-0 y sella el adiós definitivo a una Liga que tenía en su mano unas
jornadas antes. El campeonato lo termina ganando la Real Sociedad
arrebatándosela in extremis al Madrid con el famoso gol de Zamora en Gijón.
El
doctor apenas dura en el cargo medio año más: inhabilitado por dieciséis meses,
con el club al borde de la quiebra y la depresión latente por la pérdida de la
Liga, presenta su dimisión en abril de 1982. Una Junta Gestora se hace cargo de
la entidad hasta que Vicente Calderón desembarca de nuevo en julio del mismo
año, con anterioridad consigue poner freno a la sangría económica con los
traspasos de Marcos y Julio Alberto al Barça. Se va como una celebridad y
durante años es requerido en todo sarao que se le ofrezca, y hasta ejerce de
presentador de algún que otro programa de televisión. Es el único expresidente
del Atlético que continúa vivo
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