Mostrando entradas con la etiqueta MUNDIALES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MUNDIALES. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de diciembre de 2011

ALEMANIA 2006: CUANDO EL DESTINO NO RESULTÓ LO ESPERADO


Determinadas imágenes marcan la historia de los mundiales de forma sorprendente. Asimilamos los mejores momentos o los más emotivos de esos campeonatos a las instantáneas que significaron la gloria o el fracaso de sus protagonistas: el balón al larguero que decidió la final de Inglaterra 66 de forma indebida, la explosión de éxtasis de Franco Tardelli al marcar el segundo gol en España 82, la inigualable triquiñuela de Maradona en México ante Inglaterra y su posterior golazo, las lágrima del entonces gran futbolista Paul Gascoine cuando fue amonestado en Italia 90 en semifinales lo cual le hubiera impedido jugar la final en el caso que su equipo se hubiera clasificado, los goles de Ronaldo en Corea y otras muchas más que pueden venir a la memoria de los aficionados.
Sin embargo en Alemania 2006 la imagen que perdurará para la posteridad es simple y llanamente un cabezazo de respuesta a una provocación verbal. Los protagonistas del trance no podían ser más antagónicos. El fino estilista Zidane y el tosco Materazzi con la peculiaridad que el artista fue el que agredió al perro de presa.
Era la final del Mundial y no era ni mucho menos la esperada. No tanto por Italia , un valor siempre seguro en los mundiales, dirigido por el prestigioso Marcelo Lippi y con nombres de fuste tales como Gatusso, Pirlo, Del Piero, Buffon o Totti y con una visión algo más ligera y alegre de su rocoso catenaccio, como por Francia que presentaba un equipo muy veterano con gran parte de los rescoldos de su bienio dorado (98-2000) comandado por Zidane y con Trezeget, Henry o Thuran entro otros, grandes futbolistas a los que se les suponía que habían dejado atrás los mejores años de su vida deportiva.
La falta de confianza en la selección gala se había manifestado de forma grotesca en los octavos cuando la España de Luis Aragonés se cruzó en su camino. El diario Marca salió con una de sus bufonadas sensacionalistas “Hoy jubilamos a Zidane”. El resultado fue el previsible: victoria francesa por 3-1 y golazo de Zidane que cerraba el partido. Todavía la roja seguía en su eterno camino hacia la nada. Aunque nadie apostaba por la continuidad de los blues; en cuartos esperaba nada menos que Brasil, eterno gran favorito. Pero entonces surgió el futbolista más elegante que jamás vio el continente europeo para marcarse un partidazo y dar la gran sorpresa dejando en la cuneta a la selección americana. Tras esta machada la semifinal con Portugal casi resultó un trámite resuelto sin mucha dificultad.
Parecía que el astro argelino se había estado preparando a conciencia para la ocasión; sus últimas tres temporadas en el Real Madrid se había asemejado mucho a una jubilación anticipada con ocasionales destellos de gran calidad. De forma honesta había decidido retirarse renunciando a un jugoso año de contrato y su última función sería la Copa del Mundo en tierras germanas. En las mismas volvió a surgir el dominador absoluto del juego de sus años en la Juve o su primera temporada y media en el Real. Con ganas y ambición su objetivo no era otro que despedirse por la puerta grande y en la retina de todos los aficionados tenía que quedar una última exhibición.
Y no le faltó mucho para conseguirlo. Apenas empezada la final el árbitro señalaba un penalti en el área italiana. Todos tenía claro quién iba a ser el lanzador pero lo que nadie esperaba era la forma de lanzar la pena máxima que Zidane tenía reservado. Desde que el checo Paneneka sorprendiese a propios y extraños con una frívola vaselina que daba a su país una Eurocopa, esa forma de lanzar penaltis bautizada con el nombre de su atrevido creador ha sido considerada como una excentricidad solo al alcance de lances ya decididos y de artistas del balón capaces de afrontar el desafío sin inmutarse. No era la final de un campeonato del mundo el escenario más adecuado para tal delicatesen, pero el capitán francés consiguió una vaselina bombeada de tal elegancia y precisión que cuando golpeó el larguero todo el mundo temió que la jugada maestra quedase en nada. Por fortuna el bote del balón se produjo dentro de la línea de gol y la final soñada por aquel que había escogido ese día para despedirse del fútbol.

Pero Italia no estaba dispuesta a ser un mero convidado de piedra y diez minutos más tarde en un córner el racial Materazzi empataba la contienda. Central eterno del Inter de Milán, representaba todo lo opuesto al estilista galo, un concepto del fútbol de rompe y rasga, la agresividad como punto esencial de su desempeño, el recurso al concepto más viril y rudo del juego tan efectivo en no pocas ocasiones. Desde el comienzo del lance tuvo claro que debía buscar las cosquillas a la estrella contraria, provocar en él inquietud y desasosiego y, fundamentalmente, sacarle de sus casillas a cualquier precio. Es la cara oculta del deporte de alta competición
Un veterano curtido en mil y una batallas no hubiese entrado al trapo ante tal táctica y hubiese salido airoso de tales provocaciones solo con su talento. Zidane lo tenía todo para pasar por encima de cualquier ataque chusquero, pero para su desgracia él mismo tenía tentaciones más broncas que sus elegantes quiebros y regates. En no pocas ocasiones su mal genio le había provocado malas pasadas y su historial muestra la nada desdeñable cifra de 14 expulsiones y un lado oscuro que la prensa oficialista se había encargado de silenciar. No todo era oro lo que relucía tras los éxitos de la estrella mediática. Una tendencia suicida a la violencia y a las explosiones de ira no contenida habían quedado sepultadas por sus logros estilísticos en el campo De hecho el cabezazo no era nuevo para él; en un partido de Champions con la Juve en el 2000 y tras un severo golpe de Kientz, defensa del Hamburgo, vio el camino de los vestuarios por otra caricia de su poca poblada frente en el rostro del rival al que dejó conmocionado. Materazzi no resultaba el malvado completo de la función
El tales circunstancias el desenlace del drama no puedo ser más peliculero. Con empate a uno se llegó a la prorroga y hacia la mitad de la misma un espectacular testarazo del madridista llevaba camino de ser el gol decisivo salvo por una prodigiosa manopla de su antiguo compañero Buffon. No podía haber soñado un mejor final que marcar ese gol. Pero la historia no fue ni mucho menos así; minutos mas tarde y tras la salida de un saque de esquina el artista y el muro se enzarzan en una discusión. Hay insultos y referencias a hermanas, algo según parece habitual en el terreno de juego (ya se sabe, lo que queda en la cancha no debe salir) y Zidane saca su orgullo de genio que no acepta tales ofensas con un cabezazo en el pecho de Materazzi. El árbitro no se da cuenta pero los italianos le asaltan. Se produce una consulta al linier y tras unos minutos de incertidumbre la tarjeta roja supone el fin de carrera anticipada para el gran capitán. No si quiera se quedaría a ver los penaltis uno de los cuales, por descontado que estaba reservado para él. El destino no fue lo que esperaba, el lado oscuro del genio se impuso a su creatividad.
Por cierto que ganó Italia

jueves, 10 de noviembre de 2011

ITALIA 90: EL TRIUNFO DEL ANTI-FÚTBOL


A medida que se van consumiendo los campeonatos de fútbol del mundo la memoria los va dejando en el olvido. En realidad hace unos cuantos años un Mundial era un acontecimiento planetario sólo comparable a una Olimpiada. En los últimos tiempos la extraordinaria explosión de retrasmisiones de partidos a todas horas y el hecho que se puedan ver en todo el mundo ha provocado una cierta apatía respecto del acontecimiento de la Copa del Mundo. Ya pasó la época en la que se trataba la única posibilidad de ver fútbol a todas horas y de presenciar la labor de los astros del balón de forma viva.
Muchos son los recuerdos que han dejado los diversos mundiales: el “maracanazo” del 50 de Uruguay, ganando la final al anfitrión Brasil; el polémico gol de Inglaterra en la final contra Alemania en 1966 en Wembley, los tantos de Kempes del 78, la mítica semifinal Francia- Alemania del 82 o la explosión de Maradona en el 86. De forma reciente quién no recuerda el cabezazo de Zidane a Matterazzi en Alemania o el gol de Iniesta en Sudáfrica. Pero entre todos los campeonatos apenas se hace referencia a uno muy peculiar y no fue otro que Italia 90; si singularidad es ,de hecho, muy destacable: acaso de trató del peor Mundial jamás jugado.
Desde 1934 el país trasalpino no vivía una Copa del Mundo y todo parecía planificado para el triunfo de los anfitriones. No en vano el fútbol italiano dominaba Europa de la mano del Milán y las potencias emergentes como la Sampdoria o el Nápoles. En su alineación inicial se contaba con nombres destacados: Zenga, Maldini, Donadoni, Baresi o Baggio nada menos. A todos ellos hubo que unirle una revelación, el delantero Toto SchillacI que resultó ser el máximo goleador del campeonato.
El resto de selecciones mostraba en apariencia buenos mimbres para dar una gran competición. Los campeones, Argentina, seguían contando con un Maradona en plenitud aunque el resto del plantel, con alguna que otra excepción, no era precisamente de ensueño. El eterno aspirante, Alemania, tenía su principal atractivo en el banquillo, en la figura de su más destacada leyenda Franz Beckembauer y destacados jugadores que triunfaban, sobre todo en Italia, Klisman, Mattaus o Voller. Brasil mostraba una alineación algo inferior a su calidad habitual aún con Careca o Alemao entre sus huestes y las promesas de siempre, España e Inglaterra, resultaban una incógnita sin resolver de antemano.
Desde el comienzo el campeonato mostró un perfil bajo, bajísimo. Algunos protagonistas de las últimas ediciones como Francia no estaban entre las selecciones participantes y los brasileños mostraban una inusitada tendencia al juego defensivo. Alemania cumplía en su línea: tan correcta como poco entusiasmante y Argentina era la mediocridad en estado puro con las excepcionales intervenciones de su astro y capitán. Inglaterra mejoraba su nivel gracias a la participación de una nueva generación dispuesta a sacar a las islas de su ostracismo futbolístico: Barnes, Lineker o Platt y el omnipresente Paul Gascoine y España era el eterno quiero y no puedo con nombres peculiares en el equipo como Górriz o Villarroya.
Los cruces a partir de octavos dieron emoción pero no juego. En ellos se coló la horrenda Irlanda de Jackie Charlton, entonces una selección en boga. La mayoría de partidos se resolvieron por la mínima y sin apenas juego y sólo la `presencia de la exótica Camerún dio algo de mordiente al asunto. En cuartos de final ante Inglaterra llegó a ir ganando 1-2 y sólo con dos penaltis dieron a torcer su brazo con lo que los pross alcanzaron su primera semifinal en más de veinte años. Pero la principal pesadilla fue la selección argentina, en pleno apogeo del “Bilardismo” el juego del equipo era un atentado a la vista de cualquier espectador; ganaron los octavos ante Brasil sin tener más oportunidad que el gol de Caniggia casi al final del partido, pasaron los cuartos por penaltis ante Yugoslavia tras un horrendo partido y en las semifinales parecían carne de cañón de los anfitriones, que se encaminaban a un título más fácil de lo previsto.
Casi por una jugarreta del destino el partido se disputó en Nápoles. No era una sede cualquiera era el templo en el que se adoraba a Maradona cada dos domingos. Los tiffossi napolitanos fueron claros: entre Diego e Italia, el primero tenía preferencia. Nápoles era el sur, lo olvidado del país trasalpino, la zona donde la camorra imperaba ante la desafección de las autoridades de Roma, aquella parte del país que despreciaban los ricos del norte. Y Maradona les había hecho campeones frente a los grandes y eternos dominadores: Juve, Inter, Milán….así que el factor campo tuvo en esta ocasión, un efecto perverso.
El partido fue trabado, áspero en la línea que buscaban los argentinos que se quedaron con 10 en la prórroga. SchillacI adelantó pronto a los italianos pero Caniggia empató en el segundo tiempo. El equipo azzurro fue cayendo en la tela de araña que tejió la albiceleste y el partido derivó en un festival de juego subterráneo que sólo Maradona podía romper. Se llegó a la decisión desde el punto fatídico y allí un desconocido arquero argentino, Goycoechea se erigió en héroe nacional argentino al para dos penales. Fue la derrota más traumática de Italia y la tercera final argentina en las últimas cuatro ediciones (nunca ha vuelto a ella).



En la final su contrincante no podía ser otro que Alemania. Nadie mejor representaba la efectividad sin brillo que aquél combinado que sin apenas juego se había plantado en las finales de 1982 y 1986. Era su gran oportunidad y la final menos deseada posible. Ya los prolegómenos fueron sintomáticos de lo que se avecinaba: a los pitidos al himno argentino de una afición que no perdonaba la eliminación de su selección Maradona respondió con un significativo “Hijos de…..”. El `partido fue malo, cómo no podía ser de otra forma y Alemania ganó de penalti inexistente a falta de nueve minutos. El final fue metafórico del campeonato que se había vivido: los argentinos montaron tangana tras tangana y acabaron comiéndose al árbitro y con 9 jugadores en el terreno de juego. Alemania rompía su maldición en Beckembauer se convertía en el segundo entrenador de la historia tras el brasileño Zagalo en ser campeón del mundo como jugador y técnico.
Sin embargo nadie puede decir que el Mundial 90 no dejara un legado. La Argentina de Bilardo fue declarada como el equipo más odiado de la historia en una encuesta del año 2010. Desde luego que lo mereció.