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sábado, 28 de febrero de 2015

TRAUMA AZULGRANA EN SEVILLA

A mediados de los años 80 aterrizó en Barcelona un entrenador inglés sin excesivo prestigio, Terry Venables, que ocupaba el puesto que en temporadas anteriores habían desempeñado nombres ilustres como Helenio Herrera, Udo Lattek o Cesar Luis Menotti. De forma sorprendente , y a pesar del traspaso de Maradona al Nápoles, el británico optimizó el rendimiento de una buena plantilla y el equipo se hizo con brillantez con la Liga 84-85, la primera desde 1974 (entonces al club le costaba décadas ganar Ligas).
No era de los mejores Barças de la historia, pero si tenía jugadores destacados del momento como Carrasco, Urruti, Víctor, Julio Alberto y Marcos Alonso y una gran figura, Bern Schuster, el mejor centrocampista de Europa que estaba en la plenitud de su carrera. En la temporada siguiente el equipo comenzó irregular y, aunque mejoró con el tiempo, no alcanzó al Real Madrid de Molowny, claro vencedor del campeonato de la Liga. De esa guisa centró sus esfuerzos en las competiciones a doble partido: llegó a la final de la Copa del Rey, en la que perdió de forma sorprendente con el Zaragoza de Luis Costa, aunque su gran sueño era la otra final que disputaría una semana y media después: la de la Copa de Europa.
Los culés hicieron una competición sobresaliente; eliminaron a dos cocos como el Oporto de un joven Futre, y al vigente campeón, la Juventus de Turín de Michel Platiní y Michael Laudrup, pero todo pareció irse al traste cuando el Gotteborg sueco vencía la ida de las semifinales por un contundente 3-0. Pero el equipo de Venables no se amilanó y en el partido de vuelta planteó un ataque total con una sorpresa en la alineación: el delantero “Pichi" Alonso que ese año había jugado mas bien poco. El ariete tuvo su noche mágica con tres goles de oportunismo, y se llegó a la tanda de penaltis en las que, ante el delirio del Camp Nou, el Barça ganó por 4-3.

Como al Barcelona le costaba tanto ganar Ligas y la Copa de Europa entonces sólo estaba reservada a los campeones del torneo de la regularidad, no eran muchas las oportunidades de ganar el preciado trofeo para los de la Ciudad Condal. En las dos anteriores ocasiones que la habían disputado rozaron el título: en 1961 llegaron a la final contra el Benfica pero perdieron por 3-2 en un partido en el que los Kubala, Luis Suárez y compañía estrellaron cuatro postes, y en 1975 con Cruyff el Leeds Unitds les eliminó en semifinales. En esta ocasión nada parecía interponerse para los barceloneses: el rival era el Steaua de Bucarest rumano, un sorprendente y meritorio finalista sin grandes figuras, que bastante había hecho con llegar a la final. Además el partido se jugaba en Sevilla, en el estadio Ramón Sánchez Pijuán y era la época en la que los países comunistas no permitían la salida al extranjero de sus ciudadanos con lo que todo el estadio tenía un color azulgrana. En definitiva contaba con mejor equipo y jugaba como en casa.
El día 7 de mayo de 1986 Venables alineaba a Urruti, Gerardo, Julio Alberto, Alexanco, Migueli, Victor Muñoz, Marcos Alonso, Schuster, Pedraza, Archibald y Carrasco. El partido resultó espeso; el Barça dominaba sin profundidad y los rumanos tenían claro que sus opciones pasaban por encerrarse atrás, esperar alguna contra o balón parado y, en su caso, llegar a la lotería de los penaltis. Todo el mundo pensaba que, tarde o temprano, el gol llegaría pero tal circunstancia no se produjo y el partido derivaba, inevitablemente, a la prórroga. En el minuto 85 salta la sorpresa. Venables decide meter a un defensa, Moratalla,  por nada menos que Schuster, capitán del equipo, máxima figura y especialista en el balón parado, una de las pocas opciones que parecían factibles para derribar el muro rumano. El alemán no se cree lo que le ordena su entrenador y se marcha enfadadísimo del terreno de juego. Se va al vestuario donde se cambia y decide no quedarse a ver el resto del partido. Cuando coge un taxi que le lleva al hotel, el taxista que está oyendo el partido, se queda atónito al comprobar la identidad de su viajero.
En el campo, más de lo mismo en la prórroga, ataque infructuoso del Barcelona al que no le activa ni la salida al campo del héroe de las semifinales, Pichi Alonso, y la final llega de forma completamente inesperada a los penaltis. Existe gran esperanza en Urruti, un guardameta vasco que tiene gran habilidad para detener penas máximas gracias a su agilidad y que, desafortunadamente, fallecería prematuramente en un accidente de tráfico a los 49 años en 2001. Pero en la portería contraria se presenta el enorme Helmuth Duckadam, un guardameta alto, de esos que parece ocupar la meta completa, y que son muy efectivos a la hora de afrontar las tandas de penaltis, en las que el cansancio y los nervios son los peores enemigos de los lanzadores.  Ante el delirio de la grada el meta culé detiene los dos primeros lanzamientos rumanos, pero de poco sirve porque Alexanco y Pedraza también fallan los suyos. El tercero del Steaua lo lanza su gran estrella, Lacatus, que lo transforma; por el contrario Pichi Alonso vuelve a marrar el tercero culé, una vez más detenido por Duckadam. Es turno del centrocampista Balint que no falla ante Urruti. El cuarto azulgrana le corresponde al delantero Marcos Alonso, héroe de la final de Copa del Rey ante el Madrid en 1983 con su gol en el último minuto, encara la portería y, de nuevo, el guardameta rumano lo ataja. Duckadam ha conseguido algo histórico: detener cuatro penas máximas en una final europea. Desde ese momento y para siempre será conocido como “el héroe de Sevilla” y recibido en Rumanía con honores de figura militar.

La desazón del barcelonismo fue inmensa; con todo a favor se había fallado de forma incomprensible , cuestión más dolorosa si se tiene en cuenta la entidad de los rivales que había dejado en la cuneta y que el otro finalista no parecía tan fiero. Se vuelven a reeditar fantasmas del pasado que asemejan a la entidad como un eterno perdedor de grandes citas y un Núñez frustrado busca un responsable: Bern Schuster, al que acusa de deslealtad e indisciplina y asegura que nunca volverá a vestir de azulgrana. Lo cierto es que el alemán no tuvo su mejor noche, pero su cambio por un jugador menor a falta de cinco minutos para el final pareció una irresponsabilidad del entrenador
Se tardó años en olvidar esa infausta noche que ha pasado a la historia como acaso la más triste del centenario club catalán.


sábado, 27 de septiembre de 2014

LA GUERRA CRUYFF-NUÑEZ INCENDIA EL BARÇA


Cuando Johan Cruyff fue fichado como técnico del Barcelona en 1988 el presidente Núñez, se vio obligado a cederle plenos poderes en la parcela deportiva, tal y como exigía el holandés. El año 1988, en el que concretó su contratación como entrenador, había sido muy malo para el mandatario, con el público en contra ante la falta de éxitos deportivos de relumbrón (una Liga en 10 años) y con la sombra de la final de la Copa de Europa perdida en Sevilla ante el Steaua de Bucarest. El Barça deambulaba por la Liga sin pena ni gloria, y sólo la Copa del Rey ganada ante la Real Sociedad en el Bernabéu con Luis Aragonés de entrenador, permitiría al equipo jugar en Europa el año siguiente. A ello había que añadirle el deterioro institucional provocado por el llamado “motín del Hesperia” en el que la plantilla pidió la dimisión de la junta directiva al completo.
La siguiente temporada había elecciones. Nuñez tenía apalabrado a Javier Clemente para ser entrenador del Barça, pero su vicepresidente Nicolás Casaus, le convenció que fichar a Cruyff le daría una ventaja insuperable de cara a las mismas, en las que el nacionalismo catalán tenía un candidato para retomar el control del club. Sixte Cambra. Núñez, un constructor vasco asentado en Cataluña, había sido siempre considerado un intruso por la acomodada burguesía nacionalista. Cruyff era una referencia emocional importante para una masa social desencantada y además Cambra podía también captarlo como gancho electoral. Nuñez tuvo que contratarlo por un sueldo muy elevado y el Barcelona asumió los problemas del holandés con la Hacienda española, que se remontaban a sus años de jugador.

Aunque en sus dos primeras temporadas salvó los muebles a última hora (ganando Recopa ante la Sampdoria y Copa del Rey ante el Real Madrid), tras muchos altibajos y no pocos rumores de cese, a partir de 1990 el Barça juntó un gran equipo que, con mucha fortuna y buen juego, conquistó cuatro Ligas seguidas y una Copa de Europa. Cruyff revolucionó  el fútbol español con un estilo muy ofensivo y vistoso en el que los factores atacantes primaban sobre los defensivos y de la mano de jugadores como Guardiola, Stoichkov, Amor, Laudrup, Koeman o Romario devolvió la alegría al Camp Nou y desterró para siempre la leyenda de equipo perdedor que había perseguido al Barça
Estos éxitos le hicieron aumentar el ego de forme notable y a medida que pasaban los años su figura se engrandecía ante la masa social culé. La Junta directiva recelaba de ese poder omnímodo pero se veía obligada a cumplir con las exigencias del entrenador que había llevado a lo mas alto al Barça. Tras ganar la cuarta Liga seguida el equipo se plantó en la final de la Champions League ante el Milán de Fabio Capello, Cruyff proclamó la superioridad de su equipo y que el Milán no le impresionaba en absoluto. Sobre el terreno de juego los rossoneros dieron un sonado baño al Barça que se vió impotente para superar el entramado defensivo italiano y fue arrasado por 4-0. Ya a finales de esa temporada el entrenador había decido prescindir de dos de los emblemas del equipo: el capitán Zubizarreta y el delantero Michael Laudrup, puesto que , en la práctica, todo el que osaba hacerle sombra terminaba saliendo del club. A ello había que añadir  que el técnico quería controlar aspectos como la duración de los contratos o la política de salarios, amén de mostrar sin reparo desprecio por las opiniones de los directivos en materia deportiva.

A Núñez le irritaba ese protagonismo, puesto que parecía que sólo Cruyff era responsable de los triunfos. El técnico empezó a perder su buena estrella. En la séptima temporada acabó en blanco por primera vez desde que se sentaba en  el banquillo culé, y es que puede decirse que sus decisiones en materia de fichajes fueron bastante estrambóticas: jugadores como Escaich, Sánchez Jara, Eskurza o Korneiev distaban de tener el nivel adecuado para un equipo que había impresionado por su juego y resultados y que vivía el éxodo de sus mejores activos por razones de edad o incompatibilidad con Cruyff que, además, empezaba a mostrar rasgos de peligroso nepotismo con la introducción de su hijo (Jordi) y su yerno (Angoi) en la plantilla. Pese a ello, el crédito acumulado en los grandes años del llamado “Dream Team” le hizo tener una nueva oportunidad de remodelar la plantilla y en la temporada 1995-96 llegaron jugadores como Figo, Kodro, Prosienecki o Cuéllar. Parecían incorporaciones de más fuste, pero los resultados no acompañaron y el juego del equipo era mas bien plano. Tras una nueva temporada sin títulos Cruyff declaró que si se quería volver a la élite se necesitaban estrellas que marcasen las diferencias tipo Ginola (un extremo francés muy de moda en esos años) o un jovencísimo Zinedine Zidane que despuntaba en el Burdeos y que acabaría firmando por la Juventus de Turín. Núñez, que ya por entonces quería deshacerse del técnico, contestó que “con 2.000 millones ficha hasta mi portera” a lo que Cruyff respondió con otra ironía envenenada “pues mi portera no es presidente de un club de fútbol”. Dos jornadas antes de la finalización del campeonato el entrenador de las cuatro Ligas seguidas (hazaña que ni siquiera igualaría el fabuloso equipo de Guardiola) era cesado en medio de un áspero cruce de declaraciones. Unos meses después, con el inglés Robson de entrenador el Barcelona gastaba más de 5.000 millones de pesetas en fichar a Ronaldo, Giovanni, Victo Baía, Couto, Pizzi y Luis Enrique
Los curioso del caso es que tanto Núñez como Cruyff habían hecho muy bien sus papeles. El segundo había montado un gran equipo y dejó un legado que dura hasta nuestros días, el primero por su parte aguantó al técnico cuando todos pedían su cese en los peores momentos de sus dos primeros años y hasta su conflicto final siempre trajo lo que el entrenador le pedía. Ambos cambiaron la historia del Barça, pero sus personalidades chocaron.

domingo, 10 de julio de 2011

ESA ETERNA PROMESA LLAMADA F.C BARCELONA


Como pasa con la selección española de futbol parece que los éxitos deportivos del Barca han sido eternos; la proliferación de triunfos de los últimos años han hecho a la entidad catalana un referente del mundo del fútbol. Su estilo merece la admiración hasta de sus más enconados rivales: no sólo sus resultados sino también se pone como ejemplo su forma de juego y aún las raíces de sus triunfos, la consagración de un modelo de cantera que ha proveído nada menos que siete jugadores en la alineación titular y que ha servido de base a la mismísima selección española campeona de Europa y del Mundo en fechas recientes.
Los aficionados con más memoria sin embrago tiene en mente épocas muy distintas. Aquellas en las que el Barcelona era la eterna promesa que no cuajaba y tenía tras de sí una dudosa mística de equipo perdedor. En realidad ese calvario se extendió durante tres décadas: de 1960 a 1990 sólo dos títulos de Liga poblaron las vitrinas del Camp Nou y por supuesto la Copa de Europa pertenecía al mundo de la utopía. Por el contrario su gran rival capitalino acumulaba nada menos que diecinueve Ligas españolas y seis Copas de Europa. Aún peor; en ese mismo periodo el Atlético de Madrid ganaba cuatro ligas y la Real Sociedad y el Bilbao otras dos, las mismas que lo culés con un matiz importante, todos esos equipos contaban con unos medios económicos y sociales sustancialmente inferiores a los azulgranas.
La llegada de Di Stéfano, cuyo fichaje habían peleado Madrid y Barca, fue el desencadenante de tan extenso periodo de decepciones, ya que los triunfos del club de Concha Espina caían como una losa en Barcelona, atrás quedaron los grandes éxitos de Kubala, César, Basora y compañía. Por el flamante y moderno Camp Nou, inaugurado en 1957, pasaban docenas de buenos futbolistas que no conseguían lograr triunfos resaltables con alguna que otra excepción. Con el fichaje de Johan Cruyff en 1973 pareció suponer un giro a la situación establecida: en la temporada 73-74, la primera del astro holandés, se consiguió ganar la liga después de nada menos que catorce años y se humilló al Real Madrid por 0-5 en su estadio. Pero fue solo un espejismo, las siguientes tres temporadas concluyeron sin título alguno y el desfile de entrenadores y jugadores de prestigio no hacía sino incrementarse.
Por aquellos años y hasta la década de los 90 una total ausencia de idiosincrasia atenuaba las posibilidades azulgranas. El círculo es de todos conocido y se ha repetido en numerosas ocasiones en no pocas entidades: los malos resultados incitan la ansiedad, se agota pronto la paciencia, se cesan entrenadores y se cambian jugadores sin que dé tiempo a consolidar un equipo sólido; una presión externa más que considerable de aficionados y prensa, que quería éxitos antes de empezar la temporada, no ayudaba a mejorar la situación. César Luis Menotti, técnico argentino campeón del Mundo en 1978, y entrenador del Barca del periodo 1982-1984 diagnosticó de forma certera la situación del club que se encontró: “Al Barca le apremian las urgencias históricas” . Para empeorar las cosas la entidad fue utilizada como símbolo de la resistencia de la identidad catalana frente a la tiranía de Madrid, que favorecía a la entidad del régimen con arbitrajes favorables. El mensaje caló tanto en una afición acostumbrada a las decepciones que todos terminaron creyéndoselo. Y el victimismo no suele ser buena terapia frente al fracaso
La llegada del constructor de origen vasco José Luis Núñez a la presidencia a finales de los 70 abrió nuevos horizontes de esperanza. Núñez pensaba a lo grande y eso implicaba fichar a los mejores gracias a un concepto empresarial de un club de fútbol muy adelantado para su época. El talonario empezó a funcionar y rumbo hacia el Camp Nou empezaron a desfilar estrellas del copete de Krank, Simonsen, Shuster o el mismísimo Diego Armando Maradona. Tampoco el mercado español se resistía al poderío económico blaugrana: Alexanco, Urruti, Marcos, Julio Alberto, Perico Alonso o Quini. Grandes figuras entrenadas por entrenadores de alto copete como Helenio Herrera, Udo Lakett o el propio Menotti no acababan de encontrar la forma de ensamblarse para dominar el futbol español como les correspondía por plantilla. El “ Aquest any si” como mensaje de esperanza insertado en el inconsciente colectivo de toda una afición terminó por ser una bufa nacional que representaba la impotencia azulgrana para ganar la Liga.Para colmo de males la presencia del mejor jugador del mundo concluyó con un espectáculo bochornoso de agresiones y malos modos en la final de Copa del Rey del 84 ante el Bilbao de Clemente.
No faltaban algunos éxitos propios de la calidad de los planteles, en especial de la Copa del Rey y la Recopa competiciones en las que se convirtió en hegemónico, así como de trofeos menores de corta existencia como la Copa de la Liga o novedosos sin mucho arraigo como la Supercopa de España, incluso en 1985 con un desconocido entrenador inglés al frente, Terry Venables, y ya sin Maradona en el equipo, si ganó la Liga con autoridad. Pero la irrupción de la “Quinta del Buitre” en el escenario balompédico nacional volvió a postergar a los culés que vieron como s eles escapaba de las manos una Copa de Europa con todo a su favor, como había pasado con tantas ligas. Era la final de 1986, el estadio Sánchez Pijuán de Sevilla y enfrente un meritorio pero menor conjunto rumano; el Steaua de Bucarest, la final parecía a punto de caramelo para los intereses azulgranas. Por fin el más preciado título continental iba a caer de su parte. Pero el sueño se tornó en una pesadilla: tras un mal partido que concluyó con empate a cero los rumanos ganaron en la tanda de penaltis en la que los favoritos no lograron marcar ninguno de los lanzamientos desde los 11 metros, hecho casi inédito en cualquier final. Aquella derrota causó un trauma de tales dimensiones que en los dos siguientes años el club se convirtió en un polvorín que concluyo en una rebelión a bordo de los jugadores contra la junta directiva denominado “el motín del Hesperia” en el que llegaban a solicitar la dimisión en bloque de la junta directiva.



Tras esta debacle deportiva y social Núñez buscó la catarsis en la figura de Cruyff ,ahora como entrenador, tras sus éxitos iniciales en el Ajax de sus amores. Ante su estado de desesperación el mandatario no tuvo más remedio que dar plenos poderes en la parcela deportiva al nuevo e innovador técnico que pasó por malos momentos en sus dos primeros años. Es más, tanto Luis Aragonés como Menotti estuvieron esperando la última llamada para sustituir al holandés que empezaba a ser considerado como un lunático por su empeño en jugar con apena tres defensas cuando todos poblaban esa zona del campo. Su reválida se jugó en Valencia, en la final de Copa ante el Madrid, el último tren para salvar el año. Ganó el Barca y se salvó Cruyff. Pudo imponer de forma definitiva su concepto de juego y de entidad, y al año siguiente empezó una época inolvidable que hoy goza de su máximo explendor. De 1991 a 2011, once Ligas, cuatro Champions y un estilo futbolístico que ha dejado huella en los aficionados. Casi produce risa pensar que en una época no muy lejana el Barca era sinónimo de ansiedad y frustración.Aún más; gran parte de sus penurias de tiempos pasados hoy las padece su eterno enemigo.