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sábado, 18 de abril de 2020

GARCIA CONTRA PEDRO DELGADO Y EL ESPLENDOR PERDIDO DE LA VUELTA A ESPAÑA

En la década de los años 80 muchas cosas se estaban transformando en España. El fútbol seguía siendo el rey de los deportes, pero la atención de los aficionados empezaba a mostrar otros objetivos como el pujante baloncesto. Otra actividad  que logró un periodo de gran resonancia fue el ciclismo. En buena medida la atención del gran público por este deporte vino de la mano del auténtico amo de la información deportiva del país en ese momento: José María García.
García era un locutor incisivo, de una verborrea ciertamente sorprendente y con una capacidad asombrosa para buscar noticas escabrosas y despedazar dialécticamente a sus enemigos. Fue un soplo nuevo en el panorama informativo español del último franquismo; al estar prohibida la critica política el locutor extendió su estilo ácido e implacable en el mundo del deporte, en el que los controles eran muchos mas laxos. Ya entrada la democracia era un figura nacional con un poder e influencia que quizá nunca ha tenido ningún comunicador en el mundo entero, por más que suene a exageración. Enfrentase a él era casi una sentencia de muerte, ser su aliado equivalía a tener las espalmas más que cubiertas.
El periodista era una fanático del ciclismo. Lo consideraba como un ejemplo asombroso de entrega y superación y defendía con vehemencia que no había profesionales mas abnegados y admirables que los ciclistas. En función de esa creencia, promovió en sus emisoras una cobertura completa y exhaustiva del máximo acontecimiento de la especialidad en toda España: su vuelta ciclista. Nacida en 1935, había sido siempre el pariente pobre de los tres grandes acontecimientos del ciclismo por etapas europeo, tras el Giro de Italia y la gran reina, el Tour de Francia. En gran medida por el impulso que el popular periodista dio, la ronda española vivió su mejor momento en aquellos años. García y su equipo de Antena 3 (emisora en la que trabajaba) realizaban el despliegue exhaustivo que cubría todas las etapas, con novedades tan significativas como unidades motorizadas que seguían la carrera al completo o la presencia de locutores de su equipo en los coches con los directores deportivos para obtener sus impresiones. El éxito de ese seguimiento atrajo a los patrocinadores al evento. La audiencia y los ingresos subieron como la espuma. En los colegios de todo el país las carreras de chapas con las fotos de los ciclistas del momento eran una constante.

Una de las grandes estrellas del periodo era el segoviano Perico Fernández. Saltó al estrellato  al ganar la ronda española de 1985, y en poco tiempo se convirtió en un ídolo nacional. Además, al contrario que otros deportistas de élite, mostraba un carácter desenfadado y alegre que le hizo ganar adeptos de forma masiva. En 1987 confirmó sus condiciones de gran ciclista cuando rozó la victoria en el Tour de Francia. Se vivió como una causa nacional. A lo largo de la historia sólo dos españoles habían ganado la ronda gala (Bahamontes en el 59 y Luis Ocaña en el 73), y eran épocas en las que solo Severiano Ballesteros en el golf, mantenía el pabellón español alto a nivel internacional en materia deportiva; subyacían entonces numerosos complejos no superados.
Al quedarse a las puertas del triunfo, Delgado y su nuevo equipo, el Reynolds (patrocinado por una famosa empresa navarra que fabricaba papeles de aluminio) tomaron una decisión controvertida: no participar en la Vuelta a España para centrar su esfuerzos en la preparación del Tour. Ello provocó el enfado de Unipublic, la compañía que organizaba el evento español y sobre todo de García. El periodista consideró un insulto al aficionado español que Delgado (la gran estrella nacional) no tomara parte en la carrera del propio país y empezó a fustigar al ciclista. Algunas voces contrarios al locutor apuntaban que el trasfondo del asunto era los propios intereses económicos de García en la compañía, algo que no pudo probarse nunca. Pero la puntilla definitiva vino cuando Delgado firmó un contrato con la cadena SER como comentarista de la vuelta. García le llamó para realizarle una contraoferta con más sueldo y quiso hacer valer su posición de gran pope de las ondas para convencerle. Delgado se negó tajantemente, había dado su palabra a la cadena rival y no olvidaba las pullas del locutor nocturno. Fue la guerra definitiva. En la ronda de 1988 García se negó a hacer publicidad de Reynolds y le llamaba “el equipo navarro” y los ataques a Delgado se hicieron más intensos.


Llegó el Tour de 1988 y el segoviano se erigió pronto como el gran dominador de la carrera. Pero en medio de la euforia llegó un palo de dimensiones cósmicas: la cadena televisiva Antenne 2 anunciaba un posible positivo del ciclista español por haber tomado Probenecid, un diurético que enmascaraba anabolizantes. Un segundo test lo confirmó y parecía que el fin llegaba para el corredor hispano. Pero una clausula legal salvó su triunfo: aunque el Comité Olímpico lo había incluido como sustancia prohibida, la Unión Ciclista Internacional no lo había hecho todavía. Años mas tarde en la biografía del periodista escrita por Vicente Ferrer Molina, algunos colaboradores de García aseguraron que García presionó al Presidente de la Unión Ciclista, el valenciano Luis Puig, para movilizar a la misma y persuadir a los jueces de la carrera de exculpar al español. Delgado pudo al fin coronarse en los Campos Elíseos.
Pero lo cierto es que los ataques al corredor no cejaron. El locutor proclamaba que Delgado tenía la “razón jurídica, pero no moral”, comparaba su caso con el del canadiense Ben Johnson (privado de la medalla de oro de 100 metros en la Olimpiadas de Seúl por dar positivo) y llego a denominarle “Pedro Dopado”. Llegó la vuelta a España de 1989 y en ella Reynolds sí decidió llevar a su gran estrella. Fue la ronda más dura que jamás vivió García. La popularidad de Delgado era máxima tras su triunfo en Francia, y en no pocas poblaciones el otrora rey oficioso de la ronda hispana, la persona que más había hecho para rehabilitarla, era increpado por el público. La cosa se puso más fea al llegar la ronda a Segovia en donde le tenían muchas ganas por ser tan crítico con su ciudadano mas famoso casi de la historia. Necesito protección policial para evitar la agresión. De remate Delgado ganaría su segunda vuelta española ante la euforia generalizada. Fue el primer revés importante de García en mucho tiempo: su campaña contra el que era seguramente el deportista español del momento se había vuelto en su contra, buena parte de la audiencia empezó a recelar de su cierto despotismo a la hora de atribuir méritos o defectos. Algunos compañeros de profesión se atrevieron a levantar criticas contra él por su actitud. En realidad quizá fue el primer avance de la guerra de las radio que años mas tarde estallaría entre García y la Cadena SER con su buque insignia de “El larguero” y que concluyó con su perdida de poder absoluto a finales de los 90.

Delgado no volvió a tener un gran éxito. De forma incomprensible se retraso casi tres minutos en la salida del Tour del 89 y eso le costó posiblemente el triunfo. Ya asomaba un compañero de equipo destinado a superar ampliamente su gran legado: Miguel Indurain. En realidad quedo demostrado que correr la Vuelta a España perjudicaba la preparación de la carrera francesa que seguía siendo la cumbre indiscutible de las competiciones por etapas. Tanto el Giro como la Vuelta quedaron relegados por las grandes figuras. El dopaje siguió presente y llegaría su oscuro esplendor ado Probenecid, un diura de 1988redor hispano. Pero una clavo del ciclista español por haber tomado Probenecid, un diura de 1988en la etapa de Lance Amstrong. García siguió volcándose en la Vuelta a España, pero la misma no volvería a alcanzar la dimensión de los años 80. Con el tiempo ambos limaron ciertas asperezas, aunque no de forma definitiva. El propio ciclista reconocería que nadie hizo tanto por la ronda española como el que fuera su enemigo.

lunes, 15 de abril de 2019

ALFREDO, EL SECUNDARIO QUE DECIDIO DOS COPAS

La historia de los títulos se identifica con grandes figuras que marcaron goles trascendentales en las finales o partidos decisivos. Mas infrecuente es que jugadores competentes, pero del segundo escalafón sean esenciales en la resolución de esos partidos. En la década de los años 90, uno de esos bregadores, Alfredo Santaelena, tuvo un papel determinante nada menos que en dos finales  de Copa del Rey
Alfredo era jugador del modesto Getafe, entonces en 2ª B, que llamó la atención de los técnicos del Atlético. El mismo relataba su fichaje por el club del Manzanares. "Estaba en el Getafe. Jugamos un amistoso en Las Margaritas con el Atleti. Al acabar, Gil baja al vestuario y pregunta por mí. Yo estaba en la ducha y me dicen "te busca Gil". Entonces salí, con la toalla y Gil me dijo "Joder, pero si en el campo pareces más grande. Pásate mañana por las oficinas del club que te vamos a fichar para el Atleti".[Era un centrocampista de fuerte físico, luchador y no exento de un buen nivel técnico. Un típico hombre de equipo de esos que gustan a los entrenadores para un primer cambio o tirar de él cuando las lesiones arrecian, un jornalero que se ganaba el sueldo en cada encuentro.
La temporada siguiente, 90-91, empezó como casi siempre en la era gilista: con lio. La impaciencia del presidente colchonero le llevó a cesar al entrenador, Joaquin Peiró, tras el Trofeo Carranza de pretemporada por considerar que se había dado muy mala imagen. Recurrió a un yugoslavo, Tomislav Ivic, un trotamundos de los banquillos con gusto por el juego a la italiana, o sea muy defensivo. El comienzo fue de todas formas desastroso, un debilísimo rival europeo la Politécnica de Timisoara, echó al Atlético de la U.E.F.A, eran años en que los rojiblancos acumulaban desastre tras desastre en esa competición. Gil tuvo que calmar a la hinchada con un golpe de efecto y fichó a Schuster, el talentoso centrocampista alemán que había salido tarifando de Barça y Madrid. Con el germano al mando del equipo en la media y la rapidez de Futre los rojiblancos mejoraron e hicieron un buen campeonato, quedando segundos tras el Barçá, en la temporada del record de Abel; en ese equipo el madrileño gozaba de bastantes minutos aunque no se asentó como titular indiscutible. Luego tocó jugar la Copa del Rey, en la que eliminaron a Real Madrid, Valladolid y Barcelona y se plantaron en la final. Se esperaba que su rival fuese el Valencia, pero el Mallorca, entrenado por Lorenzo Serra Ferrer, dio la sorpresa en semifinales y eliminó a los chés. La final se jugó en el Bernabéu, lo que provocó protestas de los baleares, por la ventaja que suponía en cuanto a movilización de hinchadas. Por camino había caído Ivic, pero en esta ocasión no por causa imputable al presidente, ya que fueron los jugadores quienes se rebelaron por no gustarles sus malos modos y broncas.
Y en efecto, los rojiblancos eran inmensa mayoría el 29 de junio de 1991. Era una oportunidad única para que Gil terminase con la sequía de resultados que se había dado desde su llegada en 1987, cuando prometió ganar todo. Al cabo de cuatro años no había estrenado palmarés y la ocasión parecía propicia; casi jugando en casa y ante un rival en teoría inferior, pero que ese año se le había atragantado (le había ganado los dos partidos de liga por 1-0). El partido es malo, con mucha precaución y poca claridad de ideas. Futre esta desastroso e incluso es sustituido. Se llega a la prorroga con cero a cero y Ovejero (técnico interino) saca a dos jóvenes promesas para refrescar al equipo, el delantero Sabas y Alfredo. Entre los dos cuecen el gol de la victoria. Sabas se escapa de su defensor dispara a puerta y el portero marroquí Ezaki, rechaza sin poder blocar. Alfredo llega con potencia desde atrás y remacha el 1-0 definitivo. Su imagen extasiado por el gol conseguido rememoró la del italiano Tardelli al hacer el 2-0 en la final del Mundial Italia-Alemania en 1982, en el mismo escenario. Gracias a él el Atlético obtiene un título catártico

En el verano de 1993 Alfredo abandonó el Atlético y fichó por el Deportivo de la Coruña. Para acompañar a su pareja de cracs brasileños (Bebeto y Mauro Silva) el presidente Lendoiro había adoptado la política de pescar en los equipos punteros y fichar de ellos aquellos jugadores que no conseguían asentarse como titulares (Aldana en el Real Madrid, Nando en el Valencia, López Rekarte en el Barça….). Alfredo llegó con el hispano-brasileño Donato y fue una pieza importante, alternando titularidad con banquillo, en el aquel Deportivo que rozó el milagro de la Liga de 1994, y al que se le escapó de forma cruel en el último partido. La temporada siguiente, la última de Arsenio, los coruñeses llegaron a la final de Copa del Rey y allí les esperaba el rival al que más ganan podían tenerle. el Valencia, el equipo que primado por el Barça les había impedido ganar el campeonato en la dramática última jornada del año anterior. Alfredo, una vez más partió en el banquillo, pero salió sustituyendo a Aldana en el minuto 50. Antes en el 35, Manjarin había adelantado a los gallegos. El cielo había empezado a encapotarse y bien adentrada la segunda parte empezó a llover con insistencia. En el 70 Mijatovic empata de un preciso golpe franco. La lluvia no cesa y termina derivando en la mayor tromba de agua que conoció la capital en todo el siglo XX. El campo se torna en impracticable y hasta los vestuarios se inundan. El árbitro García Aranda decreta la suspensión del partido con empate y todo por decidir.
Tres días después se reanuda el partido. A nueve minutos de la conclusión, Manjarín centra al área ocupada por Zubizarreta, el mítico portero de Athletic y Barça que concluyó su carrera en el Valencia, el defensa Juan Carlos reacciona tarde y el propio portero duda más de la cuenta en salir. Alfredo mete la cabeza antes que llegue el puño de Zubizarreta y la pelota entra en la portería. Otro gol decisivo en otra final de Copa en el Bernabéu. Éxtasis coruñés ante el primer título de su historia y el madrileño de nuevo convertido en héroe.
Alfredo siguió en Coruña hasta 1997, año en el que recalaría en el Sevilla, en el que jugó hasta 2001. Terminaría sus días de nuevo en el Getafe para hacerse entrenador con posterioridad. Las hemerotecas quizá no le recuerden como una estrella, pero en su trayectoria consta un hito al alcance de pocos.


domingo, 3 de marzo de 2019

RUTINAS ASENTADAS

El nuevo paseo del Barça en el Bernabéu confirma una tendencia muy acusada en el universo futbolístico, en el que algunos resultados o hechos se dan con una frecuencia tan establecida que sorprende que las previas de muchos partidos se intenten vender desde el punto de vista mediático como enésimos duelos del siglo, cuando según la estadística el resultado es muy previsible.
De alguna forma cada visita del cuadro culé al santuario blanco se ha convertido en una rutinaria manifestación de superioridad en la que ya no resulta necesaria ni siquiera la correspondiente exhibición de Messi. En el 0-4 de 2015, ni jugó y en los 0-3 recientes mostró una versión hasta descafeinada del mismo, dejando el protagonismo al cuestionado Luis Suárez. En realidad el Barça ya ni se molesta jugar bien para ganar o incluso golear al Madrid, un hecho  cada día menos insólito. Aborda cada clásico en la castellana con una sensación de poder tan asentada que se transmite a todos: jugadores de ambos equipos, aficionados, prensa….El miércoles, a medida que el Real Madrid acumulaba méritos para marcar y se sucedían las ocasiones frente a un Barcelona mas bien mustio, casi  todo espectador veterano tenía la misma intuición: que a la primera ocasión clara visitante el balón iría al fondo de la portería, como así fue. En el partido de Liga del sábado, el control catalán era tan diáfano, que el 0-1 final casi olió a falta de ensañamiento.



Este tipo de inercia, que parece situarse por encima de estados de forma y momentos de juego, y que sólo logra una cierta explicación plausible mediante la calidad de algunos futbolistas, se manifiesta una y otra vez en numerosos encuentros con los mismos contendientes aunque compuestos por diferentes protagonistas. Recuerdo que el en Bayern- Real Madrid de semifinales de Champions de la pasada temporada, tanto en la ida como en la vuelta hubo partes de un dominio bávaro tan insultante, que el tema sólo podía acabar de una forma: o con goleada alemana (improbable) o con triunfo blanco (más que seguro). Y es que la corriente ganadora madridista en Champions se combina con un desastroso cuadro de horrores en la competición doméstica que no parece tener fin. Del mismo modo que la insultante superioridad culé en la disputada y exigente competición española (va camino de su cuarto doblete en cinco años), se mezcla con caídas estrepitosas e impensables en entornos continentales, sea cual sea el escenario (Paris, Roma o Turín).
Es muy curioso ver como esas frecuencias se manifiestan década tras década en escenarios muy distintos: todo futbolero con trienios sabe que una presencia del Real Madrid en la final de Champions es sinónimo de triunfo seguro, sea cual sea la forma, que siempre que el propio Madrid juagaba una final de Copa en su estadio, la sorpresa saltaba (solo gano dos de nueve y una contra su filial) sin que importase que fuese en la fecha de su centenario (Deportivo) o frente a rivales contra los que no mordía el polvo en catorce años (Atlético), que Alemania nunca puede con Italia en partidos claves de Eurocopas o Mundiales, que toda eliminatoria del Atlético en Copa de Europa ante rivales más poderosos y tachados de favoritos es el punto de partida a una hazaña impensable y que todas sus finales son dramas saldados con final trágico, que el Sevilla puede jugar todas las finales de Europa League posibles sin que parezca que sea factible que pueda perder alguna, aunque se lo proponga, y que cada vez que se cruza con un grande auténtico va a terminar perdiendo aun cuando parezca que , por una vez, pueda dar la campanada o que el Benfica portugués será como Sísifo con su piedra en busca de superar la maldición que le acompaña en las finales europeas y que les lanzó el entrenador que les hizo ganar las dos primeras. Distintas épocas con distintos jugadores, pero un mismo desenlace contra el que parece imposible rebelarse.
Por eso cuando se rompe la tradición, y se echan abajo los muros en apariencia infranqueables, los clubes y aficionados sufren una catarsis única que suele servir de punto de partida a un futuro mejor alejado de complejos tan arraigados. Ahí van algunos ejemplos: el gol de Koeman en Wembley, el de Mijatovic en Ámsterdam, la tanda de penaltis del España-Italia de 2008 o el cabezazo de Miranda en la final de Copa de 2013. Quizá en la búsqueda de esos instantes únicos se fundamenta buena parte de la pasión futbolera ya que, a fin de cuentas, lo bueno del deporte es que, al contrario de la vida,  casi siempre ofrece una oportunidad más.


lunes, 16 de abril de 2018

GRANDES DÍAS PARA EL ANTIMADRIDISMO


Pocas satisfacciones sacian tanto a la legión de antimadrisistas que la comprobación fehaciente que sus argumentos tienen una base más que sólida para refutar a sus contrarios cuando estos restriegan en la cara los éxitos europeos. La necesaria connivencia con el poder del tantas veces laureado club, así como la sospecha permanente sobre la licitud de los triunfos que tanto invocan, dan a los críticos del imperio blanco una relajación interna, y  provocan en sus adversarios un aire de indignación y búsqueda furibunda de argumentos en contra, desde la inevitable referencia al sentimiento de envidia al rastreo incesante de precedentes en sentido contrario que suelen concluir en aquella noche londinense en la que el fabuloso Barca de Guardiola tuvo en el trencilla a su mejor aliado, más allá del inevitable iniestazo.

Sojuzgado por Messi en la competición nacional, en la que sufre asimismo, los frecuentes picotazos del cholismo, al Real Madrid siempre le queda el clavo ardiendo de la Champions, hasta el punto que ha creado en ella un seguro de vida que da cobertura a todos y cada uno de sus sinsabores nacionales. Camino de su cuarta copa en cinco años, ha establecido una dictadura de apariencia eterna en la máxima competición continental sostenida en un atípico conjunto de factores: la seguridad que le otorga su historia en la competición, Cristiano Ronaldo como implacable ejecutor, una suerte de dimensiones paranormales que curiosamente se le niega en los trofeos nacionales y las precisas y puntuales ayudas arbitrales que muestran un talento insuperable para acudir al rescate cuando las cosas se ponen chungas.
 

Lo que parecía una noche de trámite europeo terminó derivando en un escándalo monumental. El guion se salió del itinerario habitual y la Juventus amenazó con lograr la que probablemente hubiese sido la mayor hazaña de la historia de las copas europeas; remontar al rey de la Champions un 0-3 en su propio estadio. Tamaña herejía no podía tener un desenlace final muy diferente del que se produjo, a fin de cuentas la Vechia Siñora es con el Atlético de Madrid el club más maldito de la Copa de Europa; no solo ha perdido siete de las nueve finales que ha jugado, sino una de sus dos únicas victorias  vino en el peor escenario posible: la trágica final de Heysel , en la que fallecieron más de treinta de sus seguidores. La seguridad con que el colegiado señaló el ligero contacto con Lucas Vazquez en el minuto 93 (cómo no) como indiscutible penalti, no era muy distinta de cómo sus antecesores se hicieron los suecos con el gol de Ramos en la final de Milán, las entradas de Casemiro en los cuartos de final ante el Bayern del año pasado, los goles en fuera de juego del mismo partido, las manos de Ramos en la ida de los octavos de final ante el PSG, o el súbito ataque de lipotimia que sufrió Toni Kross en el mismo encuentro ante el roce de un jugador francés en el área. El arte de la ayuda también requiere de precisión: ésta no es igual de eficaz según el momento en que se otorgue.

Por otro lado, la debacle del Barca en Roma fue tan tremenda, que casi deja al otro trasatlántico sin el argumento de los privilegios indebidos del rival. Que un equipo que cuenta con Messi, y con vientos arbitrales no muy alejados de los merengues, deje en bandeja un dominio de la Copa de Europa casi similar a la de los años del NO-DO, al Real Madrid es algo cercano a lo inaceptable. Puede encontrar consuelo a su  aplastante dominio del ámbito doméstico y hasta en sus reiterados paseos ligueros por Chamartín, pero no parece que sea suficiente. No en vano, el Barça siempre ha funcionado en la Champions de forma regular pese a sus cinco entorchados: ganó la primera con Cruyff aprovechando la ausencia por sanción del imperial Milán de entonces en ese ejercicio (siendo barrido por el mismo en la final de un par de años después), solio hacer en ridículo en los años dorados de Figo y Rivaldo, y hasta en la fastuosa era Guardiola solo calzó dos de cuatro, una de ellas además bajo sospecha por aquello de lo que pasó en Stanfor Bridge.

Durante la retransmisión del Madrid-Juventus me impactó mucho la imagen reiterada de una joven aficionada madridista con cara de angustia ante la catástrofe que asolaba a su equipo. Dada su juventud esa chavala no tenía la tranquilidad interna que los antimadridistas veteranos teníamos en nuestras casas. Éramos muy conscientes de lo que iba a pasar y casi adivinábamos el cómo, y en fondo nos hacía algo de gracia el desarrollo de policiaco rutinario que mostraba el encuentro: su desenlace lo habíamos visto tantas veces que hasta nos dejaba indiferentes. Pero a fin de cuentas, nos ha permitido llenar nuestras carpetas de memes con las que contraatacar en caso de que levante la decimotercera.

lunes, 30 de noviembre de 2015

SE MONTA EL LIO EN EL DERBY

Cuando Jesús Gil y Gil llegó a la presidencia del Atlético de Madrid tuvo como principal objetivo de sus críticas los presuntos favores que permanentemente recibía el Real Madrid, en especial en el apartado arbitral.El antimadridismo del mandatario se manifestaba en una retaila de declaraciones incendiarias contra el potente rival madrileño.
A Gil le costaba dar con la tecla para crear un equipo competitivo, su primer año había acabado en decepción tras cesar a Menotti y despedir a Ufarte por no querer aceptar las imposiciones presidenciales en materia de alineaciones.. En su segunda temporada, la 88-89, la apuesta por Jose María Maguregui había dado lugar a otro fiasco; apenas duró cinco jornadas con una sólo victoria, un empate y tres derrotas. Luego le dio por contratar a un inglés, Ron Atkinson, que para variar no se comió el turrón: el mandatario le acusaba de no dar un palo al agua y puso a su segundo de primer entrenador, Colin Addison.
Pero a corto plazo, de la mano de Atkinson los resultados del Atlético mejoraron algo. El 3 de diciembre se visitaba el Bernabéu, y una semana antes el Real Madrid le hizo saber a Gil que no era procedente que acudiera al palco. El sorianao respondió desafiante que a lo mejor se presentaban con el equipo juvenil y llegó a plantearselo, pero la normativa federativa lo impedía. Además el año anterior había ganado 0-4 y tenía sueños de repetir la hazaña.
El día señalado se jugó el partido finalmente. A los cinco minutos marca el Madrid a la salida de un córner , pero apenas diez minutos mas tarde empata el Atlético. Es un duelo intenso en el que se suceden ocasiones para uno y otro bando. 

En la segunda parte el juego se endurece. Futre simula una caida en el área blanca y los madridistas se lo recriminan, en especial el portero Buyo, que tiene su primera enganchada con el portugués. Mas tarde el defensa Tendillo caza al luso por detras y el árbitro, el andaluz Martín Navarrete, le saca tarjeta roja (con los criterios actuales sería procedente, pero entonces se permitía mas dureza en los terrrenos de juego): Esta decisión condiciona la labor del colegiado durante el resto de partido ya que trata malamente de compensar y pierde el control de la contienda En una jugada en banda, Buyo sale de su portería por una pelota, Futre se acerca y los dos hacen teatro en su caida. Orejuela, centrocampista atlético, se acerca para poner paz y el portero blanco hace aspavientos simulando la agresión. El árbitro, nervioso, expulsa a Orejuela. Unos minutos mas tarde, el meta gallego hace una entrada alevosa a Manolo cuando encaraba la porteria del Madrid y sólo es sancionado con amarilla. Para complicarlo todo, el Madrid gana el partido con un gol en el minuto 91, obra de Martín Vazquez con tres jugadores madridistas en fuera de juego, aunque no intervenían eso sí en la jugada.
Al día siguiente salta el escándalo: una cámara situada detrás de la portería del Madrid demuestra que en la jugada de la expulsión de Orejuela, Buyo ha simulado e incluso agredido al mismo. Jesús Gil entra en cólera y va de emisora en emisora despotricando contra Buyo, el Real Madrid y la adulteración de la competición. Una ola de críticas se ceban sobre el guardameta pòr su actitud antideportiva.y el Comité de Competición entra de oficio en el caso aplicándole una sanción de cuatro partidos.Gil llega hasta a pedir su inhabilitación. Lo cierto es que es muy probable que esa actuación condicionara bastante que el gallego no fuera nunca el portero titular de la selección en unos años en los que se cuestionaba bastante a Zubizarreta, pero la imagen de Buyo salió muy mal parada. Se trataba de un portero muy ágil y de buenos reflejos, pero algunas actuaciones del mismo eran mas bien excéntricas.
El partido desata además una rivalidad considerable entre Futre y Buyo. Para el portugués el batir al cancerbero blanco se convierte en una obsesión y, de hecho, jugará ante el Real Madrid los mejores partidos de su estancia en España. En una ocasión declaró
"Con Buyo tenía mucha rivalidad. Tenía su foto colgada en el espejo desde 15 días antes de jugar. Todas las noches al acostarme le miraba y me motivaba. Y al despertarme igual, era lo primero que veía por las mañanas y pensaba 'le voy a reventar'", comentó el portugués en una entrevista facilitada por el Atlético de Madrid . Años mas tarde, en la final de Copa del 92, Futre culminará su venganza con un gran gol, celbrado de esta guisa "Toma Buyo, toma......".

Con el paso de los años los dos principales protagonistas limarían sus asperezas y hasta consiguieron tener una buena relación; hoy no es infrecuente que particpen en actos solidarios y sean entrevistados juntos en vísperas de un derby. Hasta los presidentes de aquellos años, los inimitables Ramón Mendoza y Jesús Gil, terminaron siendo amigos. Pero aquel 3 de diciembre de 1988, la guerra deportiva se declaró en la capital.


domingo, 1 de febrero de 2015

PIZO GÓMEZ, MÍCHEL Y GORDILLO: UNA RIVALIDAD MAS ALLÁ DE LOS TERRENOS

A lo largo de toda la historia, en determinados partidos han salta chispas entre los jugadores dentro del terreno de juego. Más extraño es que las rivalidades se extiendan durante años y lleguen incluso a fuera del campo. A finales de los 80 un jugador no muy destacado pero enormemente voluntarioso protagonizó sonados choques con algunos tótems del momento.
Pizo Gómez era un producto de la cantera de Lezama, al que Javier Clemente hizo debutar jovencísimo con el primer equipo. En el verano de 1987 el inglés Howard Kendall aterrizó en Bilbao y le comunicó que no contaba con él para esa temporada. Fichó por el Osasuna que en esos años era un club consolidado en Primera y que vivía una época dorada con ocasionales acercamientos a los puestos europeos. En esos años el Real Madrid de los Butragueño, Míchel, Sanchis, Hugo Sánchez y compañía imponía una dictadura en la Liga española en la que apenas contaba con oponentes de relevancia. Pero el modesto club navarro hacía de aldea de Axterix cada vez que se enfrentaba al Madrid y le ponía en serios aprietos en el Bernabéu y sobre todo en El Sadar, que era como se llamaba el campo del Osasuna en donde le ganó dos años seguidos (1-0 en la 86-87 y 2-1 en la 87-88). También en Madrid se le subía a las barbas con frecuencia. En 1987 un Madrid-Osasuna en que debutaba Michael Robinson terminó con gran polémica: tras un tenso y trabado encuentro el Madrid ganaba en el último minuto por un discutido penalti a Gordillo. Ya al final de ese partido se produjeron ciertos roces dialécticos entre jugadores de ambos equipos.
En enero de 1989 la vista del Real al Pamplona volvía a poner en un aprieto a los entonces entrenados por el holandés Leo Beenhakker. Precisamente un gol de Pizo Gómez adelantaba a los locales, pero al final del primer tiempo el árbitro tuvo que suspender el partido por el continuo lanzamiento de bengalas y petardos a Buyo. La suspensión del partido produjo además un áspero cruce de declaraciones entre Michel y algunos jugadores osasunistas. Cuando se reanudó el partido meses después en La Romadera de Zaragoza, volvió el lío: los bancos empataron y Osasuna se volvió a quejar del árbitro por no señalar un derribo en el área blanca y obviar un codazo de Chendo.

Pizo Gómez era de los puntales del brioso equipo navarro. Jugador de técnica limitada pero puro coraje y corazón, idóneo para un equipo guerrillero e inconformista como aquel Osasuna. Cuando su descubridor, Clemente, fue fichado por Jesús Gil para entrenar al Atlético en la temporada 89-90, recomendó su fichaje como el de su compañero Bustingiorri o el de “Tato” Abadía o Ferreira. El técnico de Brakaldo quería currantes sobre el campo que se identificaran con su idea del juego de defensa numantina, pelotazos largos y fortaleza física.
Los nuevos jugadores lo pasaron mal en el Manzanares. Como Gil había prometido, un año más pelear por la Liga, la presión sobre el grupo era grande y la receta del Atlético era puntos con un juego más bien pobre. El equipo era segundo en la tabla pero los aficionados y la prensa criticaban el estilo de juego de Clemente, que marginaba a jugadores técnicos como Baltazar, el máximo goleador del año anterior, a favor de sus preferidos, que derrochaban esfuerzo pero distaban de ofrecer un juego a la altura de un club como el Atlético. Gil perdió la confianza en Clemente cuando el equipo perdió toda posibilidad de ser campeón y tras su cese los fichajes del año tenían un negro futuro. Cierto día coincidieron en la carretera Gómez con Michel y Gordillo. Los madridistas, que aún guardaban el recuerdo de sus batallas con el Osasuna, se mofaron del rojiblanco diciéndole “Pizo, eres nuestro ídolo”. Unos meses después Real Y Atlético jugaron un intrascendente derby en el Manzanares (el Madrid era campeón un año más y el Atlético ya estaba en la U.E.F.A), pero el choque terminó en escándalo cuando Fernando Hierro empató en el último minuto con tremendo gol de una falta dudosa. Durante el partido volvieron los roces entre los tres protagonistas del “incidente” de la carretera, y Pizo Gómez acusó a Gordillo y Michel de insultarle gravemente.
En el duelo liguero del año siguiente volvió el conflicto; el Atlético ganó 0-3 en el Bernabéu ante un Madrid que estaba en franca caída y en la segunda parte, un impotente Míchel realizaba una entrada a destiempo sobre el defensa atlético que le lesionaba de gravedad con baja por tres meses. Ya por entonces Pizo Gómez se había convertido en un pequeño ídolo de la afición colchonera por su antimadridismo declarado, además de valorar su tesón y entrega en el terreno de juego.

Un año después Luis Aragonés asumió la dirección técnica del Atlético y el vasco dejo de tener minutos con los rojiblancos. Fue cedido al Español, al que había retornado Clemente, que le seguía considerando un pilar esencial en el terreno de juego. Pero la sombra de sus conflictos con los madridistas tuvo una importancia esencial ese año. Madrid y Atlético se clasificaron para jugar la final de la Copa del Rey en el Bernabéu; Luis apeló a la motivación como elemento esencial para afrontar el choque. La mañana de la final alguien aporreó la puerta del capitán y estrella colchonera Paulo Futre, cuando ésta la abrió aún medio dormido, apareció la figura del entrenador rojiblanco. Muy serio se plantó delante de Futre y le dijo “¿Sabe los que le hicieron a Pizo hace unos años?. Se rieron y le humillaron el la carretera. Hoy tiene usted la oportunidad de vengar a su compañero”. El astro luso hizo buen uso de esa charla: esa noche cuajó una actuación excepcional, la mejor de sus cinco años como atlético, y marcó un golazo que supuso el definitivo 2-0, a favor de su equipo. La venganza de Pizo se había consumado a través de terceros.
Gómez jugó una temporada más como cedido en el Rayo Vallecano para luego regresar al Atlético por breve espacio de tiempo, para realizar otro regreso; esta vez al Osasuna, el club en donde quizá vivió sus mejores años. Con sus limitaciones, fue un buen jugador de equipo, corajudo y capaz de jugar en cualquier posición (hasta de delantero si era preciso). Ese desagradable incidente de la carretera le dio una resonancia con la que rara vez soñó.