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sábado, 6 de junio de 2015

EL TRASPASO DE FIGO CONMOCIONA EL INCIO DEL SIGLO XXI

En los días previos a la disputa de la final de la Liga de Campeones, surgió la noticia que Luis Figo era rechazado por el Barça para jugar en el partido de veteranos de Barça y Juve. Han pasado quince años, pero lo de su traspaso es una herida que el barcelonismo nunca dejará cerrar y, desde luego , goza el privilegio de ser el mas famoso y polémico de la historia.
Luis Figo era un extremo portugués que Johan Cryuuf trajo a Barcelona en 1995, como uno de los vértices de su fallido intento de recomponer el gran equipo del periodo 90-94. El técnico holandés salió del club un año después pero el internacional luso dio muestras de su gran calidad desde casi el inicio. Con el paso de los años se reafirmó como un pilar esencial del combinado azulgrana, no muy lejos en cuanto a aportación de la gran estrella brasileña, Rivaldo. Además gozaba de gran carisma entre la afición y llegó a convertirse en capitán; pero su ficha no estaba entre los mejores pagados del equipo, algo bastante injusto en función de la aportación del portugués sobre el terreno de juego.
Eran los últimos años del mandato de José Luis Núñez, un presidente que nunca había mostrado un especial aprecio por las figuras. De hecho, partía de la base que el equilibrio presupuestario del club no merecía esfuerzos extraordinarios por nadie, ya que por bueno que fuese un jugador siempre había posibilidades de sustituirlo. Lo aprendió cuando dejó marchar a Diego Armando Maradona, y justo el año siguiente ganó la Liga,  y lo había aplicado con jugadores de tanto nivel como Schuster, Laudrup, Romario o un jovencísimo Ronaldo. Así que cuando el representante de Figo, Jorge Veira le fue a reclamar un aumento, Núñez ni se inmuto: si no le gustaban sus condiciones su camino era pagar la clausula  de rescisión de 10.000 millones que tenía Figo, una cantidad que parecía fuera de cualquier equipo del mundo en ese momento.

En los últimos meses de la temporada 99-2000 se sucedieron los acontecimientos. El Real Madrid ganó su octava Copa de Europa y Núñez dejó de ser presidente del Barça tras 22 años en el cargo. Lorenzo Sanz, presidente madridista, decidió convocar elecciones de forma anticipada convencido que su éxito continental le dejaba el triunfo en bandeja y de hecho, así lo pensaba todo el mundo. Todos menos un hombre, Florentino Pérez, un importantísimo empresario de la construcción conocido en el mundo de las finanzas y que toda su vida había soñado con presidir el Real Madrid. En 1995 se había quedado a las puertas perdiendo por la mínima contra Ramón Mendoza y estaba convencido que este era su momento. Para sus planes jugó con tres argumentos: denunciar la caótica situación económica del Madrid, pese a los éxitos deportivos, una labor concienzuda de captar el voto por correo y vender a la parroquia un gran fichaje, que además sería el inicio de una política de contrataciones marcada por pagar cantidades desorbitantes por los futbolistas mas cotizados del momento. ¿Y qué mejor manera de comenzar que con el emblema del odiado rival?.
Para sus deseos Pérez curiosamente usó a una vieja leyenda del rival capitalino, Paulo Futre, estrella del Atlético de Madrid y en ese momento representante de jugadores. Futre y el agente de Figo, Veiga idearon un plan para convencer a Pérez que la operación era posible y consiguieron que Figo  se entrevistase con el candidato a la presidencia del Real.
Como ya se ha dicho en esas fechas nadie pensaba que Pérez tuviese oportunidad ante un Lorenzo Sanz, algo dormido en sus laureles y que apenas hacía campaña electoral. Después de horas de negociación Figo aceptó fichar por el Madrid si Florentino ganaba; en realidad lo que buscaba era presionar al nuevo presidente azulgrana (el Barça también vivía un proceso electoral tras la renuncia de Núñez) que saldría de la lucha de Joan Gaspart y Luis Bassat para mejorar su ficha, ya que no creía que Florentino saliese. Pero el constructor, que no las tenía todas consigo, puso una condición en el caso de que Figo se terminara echando atrás: si cualquiera de las partes no cumplía con su parte, indemnizaría a la otra con 5.000 millones de pesetas.

Cuando ante la sorpresa generalizada Florentino Pérez ganó los comicios a presidente del Madrid (en gran medida por su labor de captación de voto por correo) la bomba no tenía marcha atrás. Juan Gaspart, nuevo presidente azulgrana juró a Figo que le pagaría lo mismo que el Madrid y el internacional quiso dejar atrás su acuerdo con el Madrid, pero la clausula de indemnización establecida por Florentino ponía en un brete al agente de la estrella Jorge Veira, que tendría que pagarla de su bolsillo además de quedar descreditado como representante de jugadores para la posteridad. Un Figo angustiado  no tuvo más remido que cumplir con lo pactado y presentarse como el primer galáctico de la era moderna.
Con independencia de la calidad del jugador, el fichaje tuvo un efecto devastador sobre la presidencia de Gaspart. El club perdía a un símbolo y un referente emocional esencial. Los 10.000 millones de clausula pagados por el Madrid fueron gastados de forma precipitada en jugadores que o bien se lesionaron o dieron un rendimiento inferior al esperado. El equipo inició un periodo mas que oscuro de cinco temporadas sin levantar un solo título que acabó con la presidencia de Gaspart. Por eso quizá el rencor azulgrana hacía el extremo luso al que seguramente, se le hubiese podido retener si Núñez hubiese atendido algo sus iniciales pretensiones de aumento de salario.



martes, 10 de febrero de 2015

LA NOCHE DE MILÁN

En la temporada 84-85 las cosas no rodaban demasiado bien para el Real Madrid. Amancio Amaro, vieja figura de los 60 y 70 y uno de los jugadores españoles más destacados de la historia del Madrid, había ascendido como entrenador después de ganar la Liga de segunda división con el Castilla, en el que despuntaron los integrantes de la “Quinta del Buitre”, que ya habían debutado en esa misma temporada con el primer equipo con excepción de Míchel. Con el gallego se produjo el último ascenso para que el grupo se completara en el primer equipo, aunque Pardeza jugaría todavía bastante con el filial.
Amancio tuvo mala suerte de toparse con un Madrid en plena transición generacional y cuyos valores más seguros Santillana, Stilike, Juanito o Gallego no atravesaban su mejor momento. Durante los primeros años 80 sólo una Copa del Rey había llegado a las vitrinas de Concha Espina lo demás todo subcampeonatos: tres de Liga, uno de Copa de Europa y otro de Recopa nada menos, el Real siempre estaba ahí pero casi nunca concluía. Amancio apostó por los jugadores jóvenes a los que él había entrenado, lo cual le causó  fricciones en el vestuario con pesos pesados como Juanito o Gallego, cuyos enfrentamientos con el técnico trascendieron a la prensa. Tras una aceptable primera vuelta el equipo perdió el tren de la Liga que ganaría con soltura el Barça, y fue eliminado de la Copa. Sólo quedaba el cartucho de la Copa de la U.E.F.A para salvar el año y en esa competición el Madrid, sorprendentemente, había rendido a gran nivel. En semifinales tocó un viejo conocido, el Inter de Milán; no eran los mejores tiempos del equipo interista pero contaba con un combinado con numerosos internacionales y jugadores brillantes como el delantero Altobelli, el prometedor portero Walter Zenga, el defensa Bergomi o Rummenigge, aunque éste último estaba en la recta final de su carrera y muy mermado por las lesiones.

El Madrid acudió al partido de ida en Milán en plena depresión: en una semana del Athletic de Bilbao le había eliminado de la Copa y el Atlético le había ganado 0-4 en el Bernabéu. Amancio era permanentemente cuestionado y sus relaciones con algunos jugadores de peso eran bastante malas, sólo los jóvenes como Butragueño, Martin Vázquez o Míchel creían el él. En San Siro, ante un ambiente enardecido, el Inter, sin hacer nada del otro mundo, obtuvo un resultado confortable para la vuelta: 2-0. El Madrid volvió a ser una sombra en el terreno de juego y su caída libre no parecía tener fin.
Tras el partido los jugadores volvieron apesadumbrados al Hotel de concentración. Pero algunos decidieron superar la derrota a su manera. Jorge Valdano, delantero fichado del Zaragoza, quedó a cenar con Ramón Mendoza, entonces candidato a la presidencia del Real Madrid, y según aseguraría José María García durante años se dedicó a poner mal a Amacio de todas las formas posibles. Con posterioridad, había concertado ver a Menotti, ex entrenador del Barça y de la selección argentina con el que mantenía una gran amistad y ,además, convenció a Butragueño para que fuese a esa cita. Menotti sonaba desde hace tiempo como sustituto de Amancio, cuyo cese estaba cantado, y según declararía Mendoza después, se postulaba de forma insistente para entrenar al Real. (“Me lo encontraba hasta en la sopa”, llegó a decir el futuro presidente blanco). Cuando Valdano y Butragueño volvieron al hotel, cerca de las cuatro de la madrugada, se dieron cuenta con que en una habitación cercana había bastante alborozo. Intrigados llamaron a la puerta y cuando ésta se abrió se encontraron con dos jugadores blancos, Juanito y Lozano, acompañados por dos jóvenes italianas a las que habían conocido esa misma noche tras el partido, con ganas de juerga. En ese momento el técnico Amancio hacía una inspección sorpresiva por las habitaciones y descubrió el pastel.

Juanito y Lozano (un jugador belga de orígenes españoles que había costa 200 millones de pesetas en el año 83, una cifra considerable para la época, sin aportar mucho rendimiento) había sido dos de los jugadores que peor relación habían tenido con Amancio. El entrenador redactó un informe completo a su vuelta a Madrid en el que no dejaba títere con cabeza, convencido que no tenía futuro en el banquillo merengue y que los malos resultados eran consecuencia del boicot que sufría por parte de la plantilla. En entonces presidente, Luis de Carlos, cansado por años de escasos resultados deportivos y superado por los acontecimientos, había decidido poner fin a su mandato y se proponía convocar elecciones. Butragueño y Valdano fueron sancionados económicamente y a Juanito y Lozano se les apartó del equipo. Amancio no tardaría en caer tras perder un nuevo partido en Valencia. Su sustituto fue el apagafuegos habitual Luis Molowny, un interino que siempre dio muy buenos resultados al Real Madrid, en las diversas etapas que se recurrió a él para solventar crisis de resultados (con anterioridad había sustituido a los cesados Miguel muñoz. Milian Miljanic o Vujadin Boskov y siempre consiguió títulos con los que salvar el año).
Lo cierto es que esta graves crisis institucional y deportiva tuvo un final feliz: contra todo pronóstico en Real Madrid hizo un partidazo en la vuelta y eliminó al ultradefensivo Inter con dos goles de Santillana y uno de Míchel. Nadie se explicaba la transformación del equipo en un par de semanas, pero eran los años de las remontadas en el Bernabéu, las noches mágicas tantas veces invocadas desde entonces. El Madrid jugaría la final ante el asequible Videotón húngaro y la ganó sin muchas complicaciones, de forma que De Carlos pudo despedirse con la cabeza alta, con el primer título europeo en casi 20 años. La temporada siguiente, ya con Ramón Mendoza en la presidencia el equipo inició un periodo extraordinario. Por su parte Amancio Amaro no volvería a entrenar, dedicándose a sus negocios particulares. Su paso por el banquillo blanco fue triste pero con los años se le reconocería el mérito de confiar en jóvenes valores que dieron mucho jugo en los siguientes años.  Lozano saldría del club, Juanito fue perdonado y rehabilitado por Molowny, convirtiéndose en un jugador importante, especialmente en las noches de competiciones continentales antes referidas, y Butragueño y Valdano apenas sufrieron desgaste por el incidente.

viernes, 3 de octubre de 2014

FABIO CAPELLO, EL ESCÉPTICO TRIUNFADOR


Fabio Capello, había continuado la racha de éxitos de Arrigo Sacchi al frente del Milán de Berlusconi. De 1991 a 1995 el sucesor del gran innovador del fútbol europeo ganaría cuatro Ligas Italianas y llevaría al Milán a tres finales consecutivas de la Copa de Europa. Aunque sólo ganó una de ellas, la misma fue inolvidable, un memorable 4-0 al Barça de Koeman, Sotoichkov y Romario. Capello adquirió en esos años fama de ser un entrenador duro, capaz de dirigir con mano de hierro a las figuras milanistas, pero al mismo tiempo sacar de ellas el máximo rendimiento.
Lorenzo Sanz accedió a la presidencia del Madrid en 1995, sin ganar las elecciones y por la dimisión de Ramón Mendoza, agobiado por la crisis económica y los malos resultados. El dinero de los contratos televisivos le permitió preparar un gran equipo para la temporada 1996-97 con jugadores como Suker, Mijatovic, Roberto Carlos o Seedorf. Con estos fichajes calmó a una afición que le miraba con recelo por  haber llegado a la poltrona blanca sin pasar por las urnas y más aún cuando en una temporada desastrosa el equipo no se había clasificado ni para la Copa de la UEFA. Para dar más lustre a su proyecto echó las redes sobre el prestigioso entrenador italiano, que vio con agrado el desafío: en Milán lo había ganado casi todo y triunfar en un histórico como el Real Madrid sería un tanto muy a tener en cuenta en su carrera.

Capello llegó a Madrid pero, sorprendentemente, desde el inicio empezó a mostrar escepticismo sobre una plantilla muy lustrosa, pero él venía de un club que en su día reunió a lo mejor del fútbol europeo y nada le parecía suficiente. Insistió al presidente en fichar más jugadores, con lo que llegaron el portero Bodo Illgner y el defensa italiano Pànucci. El Real Madrid se erigió en líder de la Liga gracias a un juego no muy brillante pero  efectivo, asentado en el poderío de su letal tripleta atacante: Mijatovic, Suker y Raúl. Los triunfos se sucedían aunque no pocas voces señalaban que el juego madridista no estaba a la altura de los grandes jugadores que tenía. El que menos creía en su equipo era, curiosamente, el entrenador: en privado dudaba de la auténtica calidad de alguno de sus jugadores y consideraba que la plantilla era corta y que esa temporada se estaba salvando por no jugar en Europa y ser eliminados a primeras de cambio por el Barça en la Copa. En enero empezaron a llegarle cantos de sirena de Milán, su viejo patrón, Berlusconi, le ofrecía volver al club de sus amores que había entrado en crisis. Capello decidió aceptar la oferta del rey de la televisión europea y dijo a Lorenzo Sanz que le permitiera dejar el Madrid a fin de año, a pesar de haber firmado por tres. El tema se filtró a la prensa y provocó una conmoción en la afición y el equipo; de hecho dos derrotas consecutivas en Barcelona y Bilbao pusieron en peligro una Liga que parecía segura, pero que al final se consiguió, en parte por un sorprendente tropiezo del Barcelona en campo de un ya descendido Hércules de Alicante. El entrenador dejó Madrid con la sensación de ser un técnico muy capacitado pero cuyo juego italianizado no acababa de gustar, y que en cierto modo había menospreciado al Real Madrid, al dejarlo plantado para volver a Milán, en donde las cosas no le irían muy bien por cierto.

Una década después se repitió la historia. Ramón Calderón llegaba a la presidencia del Madrid y optó por contratar al italiano como antídoto para los vicios de la reciente historia blanca: en las tres últimas temporadas el Madrid de los “galácticos” de Florentino Pérez, en el que marketing primaba sobre lo deportivo, no había sumado ni un solo trofeo a las vitrinas del equipo a pesar de un gasto monumental en fichajes. Capello debía devolver la ética del trabajo y la seriedad frente a los divismos propios del trienio anterior. Se contrataron jugadores del gusto del italiano como Fabio Cannavaro y el brasileño Emerson, trabajadores en vez de figuras y el perfil del equipo se hizo más sacrificado y menos glamuroso. Entonces el Barça vivía una especie de preámbulo a la gran era dorada de Guardiola, y había hecho doblete el año anterior (Liga y Champions) con futbolistas como Etoo, Ronaldiho, Deco, Valdés, Xavi y un jovencísimo Iniesta, mostrando un juego muy vistoso, y en realidad su equipo parecía bastante superior al blanco.
La primera vuelta no dio muchas expectativas al madridismo, el juego del equipo era más bien pobre y aunque no se perdía la cabeza de la Liga , nada hacía esperar grandes resultados, ni que se pudiera competir con el Barça. El invierno fue muy duro en Chamartín: se caía en octavos de final de la Champions ante el Bayern, el Betis les eliminaba de la Copa y hasta el modesto Levante asaltaba el feudo blanco (0-1). Tras esa debacle, el italiano comunicaba a la directiva que con ese equipo, apenas se podía aspirar a un tercer o cuarto puesto. Se pensó seriamente en su cese, pero el alto salario que cobraba frenó la decisión. El Madrid visitaba el Camp Nou y los negros presagios vaticinaban un baile culé. Para sorpresa de todos el Real Madrid hizo un gran partido y debió ganar el mismo, sólo un triplete de Messí,  con un último gol en el tiempo de descuento, permitió el empate (3-3). Entonces el Barcelona empezó un extraño proceso de descomposición, manifestado en el choque de egos de entre sus figuras, en especial entre Etoo y Ronaldiho y en la apatía y falta de compromiso de sus jugadores que el entrenador Rijkaard, no supo frenar. Los culés fueron perdiendo puntos incomprensibles y el Madrid, sin mucho juego pero apelando a la épica y el esfuerzo, llegó al final de campeonato con posibilidades reales de ganarlo. En la penúltima jornada el Barça recibía al Espanyol y el Madrid visitaba Zaragoza. A empate de puntos los de Capello ganaban la Liga y esa era la situación del momento. En Zaragoza se consiguió un agónico empate a dos, pero en el Camp Nou el Barça ganaba 2-1; entonces llegó el gol in extremis del capitán españolista Tamudo que dejaba en bandeja el campeonato a los de Capello, que no fallarían en case frente al Mallorca (3-1). Aun así el entrenador abandonaría el Madrid a final de año.
Tal y como había pasado diez años antes el técnico ganó una Liga muy esforzada, aprovechándose de los regalos de un Barça en apariencia superior, pero de indudable mérito dadas las circunstancias por las que había pasado el equipo. Y como sucediera la anterior vez salió del mismo al final de temporada porque, en el fondo, y a pesar del éxito, nunca llegó a sentirse cómodo ni a confiar plenamente en sus jugadores.

sábado, 6 de octubre de 2012

BENITO FLORO: EL ENTRENADOR QUE SOBREVIVIÓ A SU NOMBRE

El inestable y cambiante mundo del fútbol suele producir figuras transitorias, tan fácilmente alagadas como inmediatamente fustigadas por motivos relacionados con la necesidad de atención mediática, de dar a la gente ídolos de barro fácilmente digeribles en poco tiempo. A comienzos de los años 90, Europa seguía conmocionada con la revolución táctica del Milan de Arrigo Sacchi. La figura del entrenador empezó a tener gancho comercial y la imagen del entrenador italiano tenía todos los elementos necesarios para una buena historia: la del desconocido que partiendo de la nada conquistaba el panorama futbolístico ante el deslumbramiento general. Sacchi era hijo de un zapatero y su obsesión por el fútbol le había llevado a crear un universo propio que cuando se le dio la oportunidad de aplicarlo en uno de los grandes de Europa, se tradujo en títulos y fascinación por la rigurosidad táctica y estratégica que su triunfante Milán mostraba. Empezó entonces una búsqueda de clones del italiano, sin más objetico que localizar al estratega genial que aportase novedades en los terrenos de juego. Los ojos se centraron al principio en Francisco Maturana, entrenado colombiano de verbo fácil y buena venta de su producto. Pero en España, la búsqueda se situó en un lugar de la La Mancha, con un equipo sin ninguna tradición, el Albacete, que protagonizó una escalada prodigiosa de Tercera División a Primera bajo la batuta de una entrenador de curioso nombre: Benito Floro. El debut de los manchegos en Primera División, en la temporada 91-92 s esaldó con un sobresaliente sin paliativos. De hecho el propio Floro era docente de profesión y comenzó en el fútbol como un hobby. Aficionado al estudio científico del juego supo dar al recién ascendido un orden sobre el campo lo suficientemente cuajado como para asegurar la permanencia sin apenas apuros. Floro aportaba algunas novedades significativas: una tesis sobre la importancia del saque de banda, el posicionamiento riguroso de todos y cada uno de los jugadores y hasta la estrambótica presencial de un psicólogo. Su curioso nombre y esa pretendida aplicación de la rigurosidad científica a un modesto le convirtieron en una estrella mediática de la noche a la mañana. Era el hombre del milagro, el que había situado al modesto Albacete en el primer plano de la actualidad futbolística nacional. En definitiva el Sacchi de La Mancha. No corrían buenos tiempos en el Real Madrid. Se había perdido una Liga casi ganada en el último partido de Liga en Tenerife. Una semana mas tarde el Atlético le ganaba la final de Copa del Rey. Era el segundo ejercicio de la Quinta sin trofeos y el Presidente, Ramón Mnedoza, estaba asiendo cuestionado. Pensaron los directivos blancos que fichar al entrenador de moda calmaría las críticas y daría una nueva dimensión a una plantilla que empezaba a ser veterana. Floro aterrizó en el verano del 92 en medio de una gran expectación pero con un sector de la prensa dispuesto a derribarle con la misma celeridad que le había encumbrado. Ya no entrenaba al simpático Albacete, sino al todopoderoso Real Madrid. Sus innovaciones serían miradas con lupa y los resultados marcarían su destino. Como cualquier entrenador, pero en él se daba la particularidad de que pasaba por un revolucionario, y cuando éstos fallan la piedad no suele tener cabida. Lo cierto es que su primera temporada fue realmente meritoria, mucho más de lo que se quiso reconocer. Tenía enfrente al Barça de Cruyff en su mejor momento y encima la Liga empezaba con clásico en el Camp Nou. No poca gente vaticinaba goleada, pero el resultado fue un ajustado 2-1. Pronto arreciaron las críticas a sus métodos: las filtraciones sobre la labor del psicólogo empezaron a provocar no pocas mojas en los entonces potentes espacios nocturnos deportivos. Derrotas humillantes como la sufrida en Vallecas o el la U.E.F.A ante el París Saint Germain , provocaron no pocas solicitudes de cese. Pero en la segunda vuelta del campeonato el equipo se entonó y lucho codo a codo con los culés por la Liga. Se llegó a la última jornada de Liga con un guión muy parecido al del año anterior: visita del Madrid a Tenerife en donde sólo le valía la victoria ya que el Barça jugaba en casa ante la Real Sociedad. La historia se repitió y la Liga voló, de nuevo, a Barcelona; pero en la derrota de los blancos tuvo una importancia capital el colegiado, Gracia Redondo, que no señaló dos penas máximas en el área local. Y eso con un equipo muy inferior al de Laudrup y Stoikov, en el que su gran esperanza, Robert Prosieneski, pasaba más tiempo lesionado que en el terreno de juego, donde tampoco rendía lo que de él se esperaba. Entre medias se ganó la Copa del Rey al Zaragoza en Valencia, acabando con la sequía de títulos y en semifinales los de Floro consiguieron lo que en esas épocas pertenecía al mundo de la utopía: una victoria en el Camp Nou, en memorable tarde de Míchel y Zamorano. Pero la decepción de la segunda Liga entregada al máximo rival pesaba demasiado y el segundo año empezó de la peor forma posible: con tres derrotas consecutivas. El ocaso de algunos miembros de la Quinta y la escasa aportación de los extranjeros (Zamorano, Prosieneski, Vítor) sumergió al equipo en una mediocridad rampante. Floro no supo reconducir la situación y firmó su sentencia cuando las cámaras de Can al Plus le sorprendieron en una descomunal bronca a sus pupilos en Lleida en el descanso de un calamitoso encuentro que los madridistas perderían por 2-1. Los exabruptos proferidos para “motivar” a sus jugadores incluían algunas frases blasfemas y, aunque no fueron pocos los entrenadores que criticaron esa intromisión en la intimidad de la labor de un entrenador, su cese estaba cantado. El gran innovador era ahora vilipendiado y ninguneado, algo clásico en la jungla futbolística. Sus posteriores experiencias en Sporting de Gijón y, de nuevo, Albacete no aportaron gran cosa a su currículo aunque conoció un buen regreso a la Liga española con el Villarreal ya entrado el siglo XXI. Ha entrenado en México, Japón y Ecuador lo cual le configura como un auténtico trotamundos del planeta futbolero.

lunes, 10 de octubre de 2011

EL REAL MADRID GALÁCTICO: CUANDO EL MARKETING DESBORDÓ AL DEPORTE


No es muy frecuente que un presidente que ha ganado dos Copas de Europa en tres años pierda unas elecciones que están convocadas por mera rutina. Pero a Lorenzo Sanz le pasó en el ya lejano verano del 2000, fundamentalmente por la habilidad de su competidor Florentino Pérez, de movilizar el voto por correo. Una nueva era se abrió en el histórico club de Concha Espina.
Pérez representaba la imagen del empresario triunfador, un prototipo del “self-made man” a la española. Su imperio inmobiliario se había forjado desde una oscura concejalía en el Ayuntamiento de Madrid y había desembocado en una de las empresas constructoras líderes en Europa. Madridista desde niño, siempre pensó que su ideología empresarial era trasladable al mundo del fútbol, en el que los ingresos atípicos y la publicidad ya habían superado ampliamente a la financiación por taquillas y abonos.
Su propuesta era simple y compleja al mismo tiempo: simple por cuanto partía de una premisa esencial: los mejores del mundo deben de estar en mi equipo, y compleja porque tras ese punto de partida se escondía toda una teoría empresarial de explotación comercial de una entidad centenaria y de los jugadores que la componían. Su revolución consistió en someter la planificación deportiva a un segundo plano y dejar los criterios meramente futbolísticos al azar de las necesidades de imagen. El entrenador era algo secundario, los informes de la Secretaría Técnica también. Se debía de fichar a lo mejor sin más, a lo que más vendiese y lo que más atención mediática concentrase.
Esta fórmula permitía convertir a una entidad deficitaria en una máquina de generar ingresos. Para conseguir sus objetivos se consiguió una compleja operación urbanística que liquidó la histórica deuda blanca: la recalificación de los terrenos de la Ciudad Deportiva, abriendo la senda de utilización del patrimonio de un club para salvar la situación de bancarrota. Una vez asegurada la subsistencia empezó el desfile de figuras: el primero en caer fue nada menos que el símbolo del eterno rival, el extremo Luis Figo, que había firmado un precontrato con el candidato a la presidencia del Real Madrid con la seguridad que no ganaría sin más objeto que presionar al Barca para la renovación al alza de su ficha. Como quiera que Pérez ganó las elecciones el portugués tomó el puente aéreo y consiguió una conmoción sin precedentes. Más que su aportación deportiva lo que su fichaje consiguió es dejar al rival azulgrana en estado de shock del que no se recuperaría en casi cinco años. Y sobre todo enviaba el mensaje claro que la economía blanca era capaz de todo.
Después de Figo siguieron cayendo galácticos: Zidane, Ronaldo y David Beckam, nada menos. Todo parecía al alcance de la mano del presidente blanco. Las cifras de los fichajes mareaban, sesenta o setenta millones de euros de media. Se aseguraba que los ingresos por merchidaising compensaban de sobra tal gasto. El Real Madrid se convirtió en una atracción mundial, cada visita suya era un acontecimiento social, equiparable a la presencia de los Beattles, los fans hacían largas colas para ver tal colección de estrellas que respondía a un proyecto inédito en la historia del fútbol: que un club se convirtiese en una selección mundial capaz de aglutinar a los mejores del mundo sin discusión. Y es que a los suntuosos fichajes había que añadirles la herencia nada desdeñable de la etapa anterior: Raúl, Hierro, Roberto Carlos, Casillas o Guti entre otros. De las austeras pretemporadas se pasó a las giras americanas y asiáticas que aumentaron la dimensión internacional del proyecto. Del Real se hablaba en todo el mundo y su nombre y escudo adquiría la dimensión de marca.Atras habían quedado los tiempos del club cerrado y sometido a tradiciones y códigos no escritos, la entidad empezaba a convertirse en una multinacional.
Al frente del equipo blanco se encontraba una vieja gloria del club, Vicente del Bosque, hombre sobrio, de perfil sereno, nada amigo del protagonismo y que consiguió ser un catalizador eficiente de tales vanidades. Los títulos no faltaron al principio y entre ellos la culminación de la obra de Pérez: final de la Champions de 2002 en Glaslow, ante el Bayern Levercusen, decidida por una volea inolvidable de Zidane, el fichaje más caro de la historia. No faltaban críticas a la falta de estilo del equipo, al hecho de que una parte importante de los partidos se decidieran por las meras individualidades en vez de por la existencia de un bloque sólido. Pero a fin de cuentas la historia blanca no se ha caracterizado por la existencia de un estilo definido sino por un perfil épico y ganador.
Sin embargo una obra que parecía infranqueable terminó cayendo como un castillo de naipes, al menos en su primera etapa. Los fichajes del mega-proyecto eran lustrosos pero no reparaban en una elemento clave: la edad de las figuras. A medida que pasaban los años la frescura de las piernas de las estrellas blancas cedía ante el empuje de los más jóvenes. Empezaron a salir competidores menos glamurosos en apariencia pero dotados de un mejor sentido colectivo del juego y, de hecho, el Valencia de Rafa Benítez ganó las ligas del 2002 y 2004 cuando la comparación entre las plantillas causaba pavor. En la Liga de Campeones, una eliminatoria ante la Juve de Marcello Lippi marcó el inicio de una travesía en el desierto para los blancos. Tras ser derrotados por 3-1 en Turin y ser eliminados en semifinales Vicente del Bosque quedó marcado y su cese al final del ejercicio (aún con el título de Liga) puso la puntilla a la inestable nave madridista. Se argumentó falta de imagen y que con esa plantilla cualquiera ganaba títulos. Las consecuencias son de todos conocidas: se inició nada menos que un ciclo de tres años sin ganar nada, algo insólito desde 1953.
En Mónaco en la temporada siguiente se produjo la gran bancarrota de los galácticos. Tras empezar ganando se terminó tirando de forma estrepitosa la eliminatoria ante un modesto de Europa cuyo líder era un descartado blanco, Fernando Morientes. Una semana antes se había perdido la final de Copa del Rey ante el Zaragoza. Lo que antes era oropel y éxitos se convirtió en rechifla generalizada: tanto dinero para tan poco rendimiento. Derrepente todas las carencias del equipo surgieron a la superficie y las mismas se podían resumir en la inexistencia de un plan deportivo serio y coherente ya que la publicidad y el deseo de relevancia habían provocado fichajes innecesarios dejando de lado la necesidad de dotar al conbinado de una estructura sólida.
Por otra parte el derroche de medios económicos no favoreció la imagen del Madrid, al menos respecto de una parte sustancial de aficionados y rivales. Se identificó al mismo con la arrogancia del talonario y ello derivó en una cruzada común frente a los nuevos ricos del universo futbolístico. Ganarle se convirtió en una cuestión de orgullo que aumentaba la motivación de forma espectacular.
Ante esta situación Florentino decidió abandonar el barco. Él no estaba en ninguna aventura para perder y el Madrid lo hacía con más frecuencia de lo deseable. Su dimisión dejó al descubierto una contradicción llamativa: una economía boyante y un equipo en derrumbe. Sin embargo se tenía la sensación que la obra había quedado incompleta y que el proyecto era válido y en sólo dos años el Presidente de ACS volvió por aclamación popular iniciando de nuevo el desfile de astros con Cristiano Ronaldo a la cabeza. Pero, de momento topa con acaso el mejor equipo de la historia: el intratable Barca de Pep Guardiola. En desbancarle se encuentra su desafío