miércoles, 29 de junio de 2011

EL DOBLETE IMPOSIBLE


Para quien no saborea con frecuencia las mieles del triunfo determinadas temporadas están destinadas a mantener un recuerdo vivo en la memoria de los aficionados y jugadores que vivieron ese momento inolvidable. Para el Atlético de Madrid el ejercicio 1995-1996 quedará siempre grabado a fuego como el de la mayor gesta deportiva de su historia; nada menos que un doblete histórico ganado además en circunstancias más que imprevistas.
No presagiaba el comienzo de temporada un final tan exitoso. En las dos campañas anteriores el equipo había coqueteado de forma peligrosa con el descenso. El huracán que acompaño al gilismo desde su llegada a la poltrona en 1987, sucediendo al mítico Vicente Calderón, no se había traducido en más que un desfile interminable de entrenadores y jugadores sólo adornados por dos Copas del Rey. La decadencia de presuntas figuras nacionales como Caminero o Kiko era preocupante y los extranjeros que se vestían la rojiblanca estaban marcados por el denominador común de la mediocridad. Tampoco los fichajes de ese año invitaban al optimismo: los jóvenes Santi y Molina procedían del recién descendido Albacete, el búlgaro Penev había salido peor que mal del Valencia y el entrenador elegido para ese ejercicio, Radomir Antic, insistió hasta lo indecible en el fichaje de un compatriota serbio completamente desconocido y que contaba con la nada despreciable edad de 29 años. Demasiada carrera por detrás como para no haber llamado la atención de nadie del continente europeo.
Sin embargo,Milinko Pantic no sólo resultó un fichaje barato de rendimiento inmediatamente amortizable. Su aportación fue mucho más de un buen rendimiento puntual; casi por arte de magia se convirtió en el referente del equipo y el transmisor de un mensaje ganador y optimista. A una resaltable técnica individual se le unía una cualidad que le hizo único: el ser probablemente el mejor especialista a balón parado que jamás aterrizó en el campeonato español. Su eficacia en córners y faltas le permitió a aquel Atlético solventar mil y una situaciones complicadas amén de ejercer un poder intimidatorio sobre los rivales; por igualado que estuviera el partido siempre cabía esperar que la balanza se desequilibrase a través de las botas del pequeño jugador yugoslavo.
Junto con la sorpresa de Pantic, el nuevo entrenador consiguió una obra casi perfecta en cuanto a aprovechamiento de unos recursos a priori más limitados que los de sus oponentes. La fortaleza colchonera en Liga y Copa su fundamentó en el poderío de su centro del campo compuesto por el nuevo fichaje y los renacidos Simeone, Caminero y Vizacaíno. Cada uno de ellos cumplió su función de forma excelsa. El argentino resultó la fortaleza de su equipo, el ánimo constante, la potencia física y hasta los goles decisivos logrados en valientes incorporaciones al ataque. Caminero, más intermitente, volvió a ser el jugador que deslumbró en el Mundial del 94 con una labor de media punta decisiva por sus mortales asistencias así como sus apariciones en ataque tan esporádicas como decisivas, y el veterano Vizcaíno siguió con la labor sorda, escasamente reconocida pero plena de efectividad que distinguió su larga carrera a orillas del Manzanares.



A este solvente centro del campo se le unió una defensa sorprendentemente rigurosa en su aplicación del achique de espacios y en la que tuvo un papel esencial el entonces joven portero Molina. Desde su posición adelantada, convertido en un líbero más permitía a su defensa arrimarse hacia la media y reducir los espacios de sus oponentes, como el recurso del rival no era otro que el pelotazo ahí se encontraba Molina pata abortar las jugadas de gol que se le pudieran producir. Resultó el portero menos goleado de aquella Liga.
Si la defensa y el centro del campo resolvieron con solvencia su cometido, la delantera vivió la definitiva explosión del jugador gaditano que había destacado en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Kiko Narváez resultó un delantero memorable, tanto por su natural improvisación que dejaba sin argumentos a sus marcadores, como por su espléndido juego de espaldas a la portería que daba a su equipo un arma secreta bien aprovechada; gracias a esa protección de la pelota que arrastraba a los defensas, se permitía la incorporación de los centrocampistas con auténtica vocación ofensiva tales como Caminero o Simeone. Los goles del Atlético en ese gran año tuvieron un considerable reparto de protagonistas.
No faltó quien criticó un estilo de juego en apariencia más preocupado por forzar jugadas de estrategia y limitar al contrario que en tener la auténtica iniciativa. Pero no conviene olvidar que los de Antic batieron en su día un record de victorias a domicilio en la historia de la liga, nada menos de trece. Y que dominaron con mano de hierro el campeonato al liderarlo en 39 de 42 jornadas. Por otro lado no faltaron partidos para el recuerdo; en especial dos de ellos recordables por el perfeccionismo en el juego atlético: en la visita del Barca al Calderón, el 3-1 final no respondió al recital de juego de los locales que para algunos firmaron casi el mejor partido de su historia, y en las semifinales de la Copa del Rey, en Valencia, remontaron un 2-0 inicial pata terminar exhibiéndose y ganar 3-5. Sólo un equipo con auténtica fortaleza mental es capaz de mantener el tipo en dos competiciones exigentes y a la Liga se le unió la Copa, ganada en la final al Barcelona que apuraba los últimos años de la era Cruyff y que por aquel entonces tenía cierta leyenda de equipo inexpugnable en grandes citas aunque sus mejores años y jugadores ya habían pasado.
Fiel a su idiosincrasia los rojiblancos tuvieron que esperar a la última jornada para ganar la liga y hacer doblete por primera vez en su historia. Para no perder la tradición de as del suspense estuvieron nada menos que cinco partidos seguidos sin ganar en casa, que les hubieran dado un campeonato plácido. Pero eso no casaba con la historia atlética y buen sprint final del Valencia, para más inri entrenado por Luis Aragonés, puso la conclusión del campeonato al rojo vivo. Fue un 26 de mayo del 96 y ante un rival como el Albacete todos los fantasmas del pasado se borraron de un plumazo.
Fue un gran éxito para Antic que años antes había vivido un desprecio profesional al ser destituido del Real Madrid cuando lideraba le campeonato (por cierto que los blancos perdieron esa liga). Ese ninguneo actúo como motor de su carrera y el viejo rival capitalino de los de Concha Espina le dio la oportunidad que tanto deseaba para mostrar sus notable s cualidades. Fue encumbrado con justicia como un ídolo de la afición cuestión que el tiempo reveló como contraproducente: su autoestima ya de por sí elevada, creció de forma desmedida hasta el punto de situarse por encima de los propios jugadores y eso siempre resulta peligroso. En realidad fue un cliclo de éxitos extraordinariamente corto que hizo a numerosos aficionados y cronistas identificarlo con la casualidad y los errores de los más grandes. Pero el mérito estaba ahí sin duda.
La trayectoria de ese combinado quedó sepultada al año siguiente de forma casi trágica, muy en la línea de la entidad: en apenas una semana fue eliminado de la Copa del Rey y de la Champions tras dos excelentes partidos ante Barca y Ajax de Ámsterdam. Incluso en el Camp Nou se llegó a ir ganando por tres goles y Pantic pasó a la historia por meter cuatro son ganar el partido. Ante los holandeses un penalti fallado por Esnaider (que ese año sustituyó a Penev) condenó el pase a semifinales. Cuatro años después y con una plantilla de lujo, incluso superior a la que consiguió el doblete, el equipo era intervenido judicialmente y bajaba tras más setenta años a segunda división. Las cosas del Atlético

sábado, 25 de junio de 2011

LOS TERRIBLES BAD BOYS


Si bien la NBA estuvo dominada en su década mágica, los años 80, por la sombra de Magic y Bird, y consiguientemente por Lakers y Celtics, el final del decenio tuvo como protagonista a uno de los equipos con peor cartel de la historia, por no decir que la escuadra más odiada de todos los tiempos: los Pistons de Detroit.
La importancia de este fabuloso equipo de baloncesto puede medirse en un simple dato hoy casi olvidado: este combinado fue la pesadilla de Michael Jordan hasta su primer título de 1991. Los posteriores seis anillos del mejor baloncestista de todos los tiempos han hecho caer en el olvido las tres eliminaciones consecutivas que los Bulls sufrieron ante los de Michigan de 1988 a 1990.En realidad la escuadra del uniforme azul resultaba un panzer casi infranqueable para esa época aún cuando se fundamentaba más en una encomiable labor de equipo que en el talento individual de su hombres, con algunas excepciones.
Los Pistons no pasaban de ser una franquicia de escasas perspectivas cuando Chuck Daly, un eterno entrenador asistente ya veterano, cogió las riendas del equipo en 1983. En sus filas contaba con un súper-clase, el base Isaiah Thomas, antigua estrella de la Universidad de Indiana, un prodigio de fundamentos técnicos con gran capacidad anotadora. Empezaba, ademas, su carrera un center atípico, un blanco de 2.11 de estatura, duro y rocoso en la zona y con tendencia a salir fuera con un eficiente tiro exterior, su nombre era Bill Laimbeer y el tiempo le convertiría en el jugador más canalla y camorrista de la liga. Daly no pasó de unas aceptables temporadas en sus tres primeros años, en esa época nadie podía poner en duda el reinado de los Celtics en el Este; pero tanto el entrenador principal como sus asistentes vieron claro que el aumento de competitividad de la escuadra dependía de un factor esencial: construir un sistema defensivo feroz que amordazase a las estrellas rivales.
Una adecuada labor gerencial hizo el resto, en el draft de 1986 llegaron dos jóvenes jugadores que marcarían una época en el equipo: Dennis Rodman y John Salley y con anterioridad se habían conseguido los servicios del durísimo defensor Rick Mahorn, nulo en ataque pero dispuesto a declarar la guerra allí donde fuera, y sobre todo, de un joven escolta de escasa presencia pero demoledora y eficiente actuación, Joe Dumars. Dumars fue uno de los jugadores más decisivos de los éxitos de los Pistons, suponía la pareja ideal de Thomas en la retaguardia, un toque de tranquilidad a la efervescencia guerrera de sus compañeros y poseía un demoledor tiro de larga distancia que le hacía ser uno de los más destacados anotadores de su época. Sin lugar a duda fue un excelente jugador, no siempre reconocido.
En una competición siempre tendente a cargar el peso de la responsabilidad en las grandes estrellas del equipo los Pinstons fueron un prodigio de reparto de responsabilidades y de triunfo de una idea de equipo muy clara. Fue la primera escuadra capaz de hace rotar a los jugadores con solvencia y logró un equilibrio titulares-suplentes raramente vista. Las estrellas asumían el peso principal, pero cuando Daly miraba al banquillo sabía que cuando las piernas empezaban a fallar siempre aguardaba un sustituto de plenas garantías que no alteraba la composición del equipo. Este factor terminó por hacerlos casi invencibles en sus años dorados.
El camino hacia la gloria de los de Michigan si vio jalonada de decepciones iniciales de las que supieron aprender para el futuro, En las finales de conferencia contra Boston de 1987, contaban con todo a favor para decidir las series en sentido favorable, dominaban 106-107 en el Garden a falta de cinco segundos para el final y con balón en su poder y caminaban hacia un 2-3 en las series casi definitivo. Pero los duendes del legendario pabellón hicieron presencia: Larry Bird interceptó el precipitado pase de Thomas a Laimbeer y asistió a Denish Johnson para remachar la victoria en el último suspiro. Los Celtics ganarían las series 4 a 3. Un año más tarde, llegaron a la final ante los Lakers y, tras ganar el primer encuentro contra todo pronóstico, ambos combinados protagonizaron una de las series finales más agónicas de la historia resuelta en dos dramáticos partidos finales en el Fórum vencidos por la mínima a favor de los locales (103-102 y 108-105). Fue precisamente en el sexto encuentro cuando tuvo lugar uno de los momentos más memorables de la historia del baloncesto mundial ; un Thomas medio cojo obtuvo la friolera de veinticinco puntos en un solo cuarto con canastas inverosímiles desde todas las posiciones. La falta de experiencia en momentos claves (esa que les sobraba a los Lakers) impidió un triunfo que no tardaría en producirse como consecuencia lógica del crecimiento del equipo. Los anillos de 1989 y 1990 se lograron con paseos militares ante Lakers (4-0) y Portland (4-1). Para entonces Daly había conseguido un ensamblaje simplemente perfecto de todas las piezas que cuidadosamente había coleccionado.
No faltaron voces críticas a un estilo de juego que, junto a la innegable calidad de muchos de sus jugadores, también mostraba un lado oscuro y reprobable que derivaba en un gusto por la violencia y la tangana nunca conocido con anterioridad. La fortaleza defensiva de Laimbeer, Rodman o Mahorn se imponía con todas las armas posibles que podían incluir codazos o agresiones con la misma naturalidad con la que su luchaba por un rebote. Hasta los artistas como Thomas no rehuían el contacto agresivo. El número de multas y suspensiones que acumularon daría para escribir un libro entero. Hay quien considera que los triunfos de Detroit suponen un punto de
inflexión en la competición y que, siguiendo su ejemplo, los equipos empezaron a optar por un baloncesto más físico y defensivo en perjuicio de la creatividad ofensiva. Sin embargo esta reflexión no es del todo justa ya que el recurso a la dureza no era exclusivo de los Pistons. Incluso los Celtics de Bird o Machale no dudaban en ir a acudir a ella si la ocasión lo requería, como mostraron en la final del 1984 ante los Lakers. Una imagen de un duelo en el Garden dejó patente este concepto del juego: en la lucha por el rebote Robert Parish agredió a Laimbeer de forma explícita. El center blanco se levantó del suelo y siguió jugando como si nada hubiera pasado; para él era una jugada más.
La época dorada de Detroit tuvo un inicio y un fin como pasa siempre. Y la conclusión tuvo mucho de metafórica. En 1991 jugaron las finales de conferencia contra Chicago. Jordan y Pippen estaban hartos de esperar para ponerse su primer anillo y habían evolucionado hacía convertirse en un equipo ganador. Las series no dejaron lugar a la duda, y en cuatro encuentros los campeones fueron despachados. Al final del cuarto partido los titulares de Detroit abandonaron el banquillo con algunos minutos por jugarse. Sabían que su época había pasado.

jueves, 23 de junio de 2011

LA ROJA: CUANDO NO ÉRAMOS LOS MEJORES


Para los aficionados jóvenes los éxitos de la selección española de fútbol resultan habituales y hasta rutinarios. El saber con certeza que se es el mejor de forma sobrada trae consigo siempre una cierta relajación y un olvido del fatigoso camino emprendido hasta que se lograron los triunfos. Nada queda en el recuerdo de pasados fracasos y frustraciones por dolorosas que fueran.
Sin embargo, casi ningún combinado a nivel de selecciones aglutinó tal cantidad de frustraciones como “la roja” a lo largo de diversas décadas. Si los adolescentes han vivido solamente las mieles del triunfo, los más veteranos aficionados experimentaron una catarsis en los veranos de 2008 y 2010 que difícilmente se puede explicar con palabras. El ver el triunfo de los eternos aspirantes al éxito materializado en dos campeonatos de primerísimo nivel dejó atrás un buen puñado de frustraciones que habían sumido en la impotencia y el escepticismo a aficionados, periodistas y los propios jugadores.
España siempre fue en país de clubes y no de selección. Ningún estilo hizo al combinado nacional como reconocible en la medida que el fútbol español carecía de personalidad propia. La escasamente tangible y más que discutible “furia” no dejaba de ser un lugar común más o menos raído que ocultaba notables carencias. Cierto es que Real Madrid, Barcelona, Atlético, Athletic o Valencia contaban con jugadores españoles notables que en las competiciones internacionales rendían al más alto nivel. Pero por arte de magia se solían difuminar cuando se vestían de corto con la selección, sin que por otro lado ningún seleccionador de una larga lista, no exenta de nombres de prestigio, consiguiera dotarla de un sello reconocible. Italia se aferraba a su eterno catenazzio, Brasil a su creatividad, Argentina o Alemania a una competitividad extrema no exenta de calidad y Holanda al fútbol total creada por la escuela de los años 70. Ningún rasgo definido se apoderaba del equipo español.
Por sus filas desfilaron nombres ilustres del fútbol: de Gento a Ufarte, de Luis Suarez a Marcial, de Pirri a Asensi, de Gárate a Quini, de Iribar a Arconada, de Juanito a Santillana, de Carrasco a Michel, de Butragueño a Kiko, de Martin Vázquez a Guardiola y hasta el mismo Di Stéfano. Todo resultaba inútil. No había juego, ni competitividad, ni suerte. Así era difícil aspirar a algo y los seguidores solían empezar los campeonatos con la inquietud de lo desconocido, aunque bastaban un par de partidos para darse de nuevo con la cruda realidad de frente. Ya se contaba que el podio final iría para alguno de los de siempre: o Alemania o Italia, o Brasil o Argentina, hasta selecciones advenedizas como Dinamarca o Grecia se permitían el lujo de ganar alguna Eurocopa que para nuestro "potente" fútbol era coto vedado.
El rosario de decepciones es inmenso y de todos los colores. Hay partidos buenos y otros pésimos, derrotas ante potencias mundiales y ante equipos de segunda fila, arbitrajes desfavorables, goles increíblemente fallados, actuaciones antológicas de porteros rivales y pifias memorables de los cancerberos hispanos. El resultado siempre era el mismo: decepción absoluta o resignación por haber cumplido con el mínimo de los objetivos marcados.



España no estuvo en las citas mundialistas de 1954, 1958, 1970, 1974. En las de 1962, 1966 1978, 1982 y 1998 cayó a las primeras de cambio. En 1986, 1990, 1994, 2002 y 2006 se quedó a las puertas de llegar a las semifinales. No mejor panorama mostraban las Eurocopas con las honrosas excepciones del campeonato de 1964 y el subcampeonato de 1984. En todas estas citas quedaron imágenes para el recuerdo que representaban la frustración en grado sumo: el gol de chilena anulado a Adelardo ante Brasil en Chile, el penalti de Eloy fallado en la tanda ante Bélgica en México tras haber dejado fuera en la ronda anterior a la potente Dinamarca, la cantada de Arconada en la final de la Eurocopa contra Francia a saque de falta de Platini (falta además inexistente), la imagen de Michel apartando la cara en la falta ante Yugoslavia, la clamorosa ocasión fallada por Julio Salinas ante Italia en Boston y el posterior codazo de Tassotti a Luis Enrique rompiéndole la nariz, el gol anulado a Morientes en Corea y la rabia posterior de Iván Helguera, el penalti a las nubes de Raúl en la Eurocopa del 2000, el golazo final de Zidane en la cita de Alemania cuando todos daban por jubilados a los franceses; y por encima de todos ellos, la imagen de Julio Cardeñosa con la inmensa portería delante suyo, sin portero y su disparo a los pies del defensa brasileño por el único sitio en el que la pelota no podía haber entrado. Todo un cuadro de calamidades que muestran que los astros no estuvieron de parte durante no pocos años.



Pero quizá ninguna cita supuso una decepción tan grande como la del Mundial 82. Se jugó en España por primera y única vez. Era la ocasión de oro para un triunfo ante una afición acostumbrada a las decepciones. Todo estaba planeado para la presencia española al menos en semifinales. Un grupo previo asequible con Honduras, Irlanda del Norte y Yugoslavia debía dar como resultado un primer puesto que permitiese acceder a la segunda ronda como primero de grupo y así sortear a los peores rivales Nada salió conforme al plan previsto: se empató con Honduras, se ganó con ayuda arbitral por la mínima a Yugoslavia (se repitió un penalti inexistente hasta que se marcó) y se hizo el ridículo perdiendo 0-1 contra Irlanda del Norte, cuyos jugadores se habían pasado la noche anterior de juerga bebiendo cerveza y disfrutando de los placeres de la costa valenciana. Luego llegaron Alemania e Inglaterra y el desastres se consumó sin remisión. Era la selección de López Ufarte, Arconada, Camacho, Santillana, Juanito, Alexanco o Perico Alonso. En palabras de López Ufarte aquello fue como ”jugar como el real Madrid con la Real Sociedad”. El seleccionador Emilio Santamaría no volvió a entrenar, jugadores como el propio Ufarte, Juanito o Tendillo nunca volvieron a la selección y en España quedó la sensación que nuestro fútbol e realidad no conocía de la auténtica calidad y que todo el peso d elos equipos recaían en los extranjeros (cosa no del todo cierta porque eran los años de dominio de los equipos vascos en la liga, que no alineaban jugadores de fuera de la cantera).
La explosión de una gloriosa generación de jugadores en su mayoría criados en la cantera del Barcelona, cambió para siempre ese destino adverso tantas veces repetidos. Luis Aragonés y Vicente del Bosque, dos viejas glorias de nuestro futbol que como jugadores también sufrieron la decepción de la falta de resultados con la selección, pusieron las bases de un estilo de juego que reproducía el esquema seguido por el exitoso Barca del último quinquenio: el toque de balón permanente presidido por unos futbolistas de excelente nivel técnico que marean al contrario hasta conseguir el gol por insistencia. Casillas, Pujol, Sergio Ramos, Piqué, Xabi , Iniesta o Villa han conseguido algo más que títulos. Han dejado atrás demonios de años que nadie supuso que se superarían

sábado, 18 de junio de 2011

DRAZEN PETROVIC: EL COMPETIDOR INSACIABLE


Determinadas fechas y partidos marcan un antes un después para los aficionados, son momentos puntuales que impactan de manera especial, quedando clara la sensación de que nada volverá a ser lo mismo.
El 6 de diciembre de 1984 los seguidores al baloncesto españoles tuvieron uno de esos instantes. Era el partido inaugural de la entonces liguilla de campeones de Europa de baloncesto, jugaba el de casi siempre por aquellos años de sólo un equipo en la Copa de Europa, y no era otro que el Real Madrid. Enfrente, como local, un desconocido equipo yugoslavo, la Cibona de Zagreb. Los pronósticos apuntaban a un fácil comienzo de los Corbalán, Fernando Martín o Iturriaga. Pero ganaron los locales 99-90. El resultado, sin embrago, fue lo de menos. Causó más sensación un joven espigado, con peinado afro que se hartó de meter puntos, hasta 45, y sacar de sus casillas a los jugadores blancos, curtidos en mil y una batallas continentales pero incapaces de detener esa avalancha.
El causante del estropicio no era otro que Drazen Petrovic y con ese partido inició una serie de victorias consecutivas sobre el potente equipo madridista que le hizo ganarse e¡la condición de “enemigo público número 1 de la histórica entidad de baloncesto”. Cada partido del croata era un prodigio de virtudes técnicas, un carrusel de dribblings, unos contra unos resueltos con una seguridad pasmosa, tiros en suspensión demoledores y anotaciones que en rara ocasión bajaban de los 30 puntos. Fue con Sabonis, la máxima sensación jamás conocida en el baloncesto europeo y pronto objeto de deseo de franquicias de la NBA.
Petrovic era heredero de una gloriosa tradición baloncestística yugoslava que tuvo nombres tan significativos como Mirza Delibasic, Kesemir Cosic, Drazen Dalipagic o Ivo Daneu, que impulsó a la entonces república socialista a los primeros puestos del baloncesto mundial en dura competencia con sus vecinos soviéticos. En realidad el genio nacido en el condado de Sibenik le superó a todos y sentó precedente a fabulosos sucesores como Toni Kucov o Dino Radja. Frente baloncesto eminentemente físico que se veía en Estados Unidos los baloncestistas del este de Europa asombraron por extraordinaria capacidad técnica y unos fundamentos hasta entonces desconocidos en especial en el aspecto ofensivo. La creatividad y el talento se ponían al servicio de unos extraordinarios equipos que, sobre todo a nivel de selección, también alcanzaban un carácter competitivo rayano en la fiereza.
Drazen no sólo se dedicaba a machacar al rival desde el punto de vista de la anotación: también lo aniquilaba psicológicamente con un repertorio de gestos triunfantes, provocaciones consentidas, pases por la espalda rayanos en la chulería y una conexión con la grada que oscilaba desde el amor incondicional de los suyos al odio más exacerbado de los contrarios. Al contrario que muchos grandes jugadores él adoraba la presión y los ambientes más hostiles que uno pudiera imaginar; era donde sacaba lo mejor de sí mismo. Sin lugar duda fue uno de los más grandes y duros competidores que se pudieron encontrar. Una imagen del Mundial de Baloncesto celebrado en España en 1986 es suficientemente significativa: tras un ajustado partido contra Canadá resuelto en los últimos minutos gracias a sus genialidades respondió a los abucheos permanentes del público con dos expresivos cortes de mangas.
Su llegada al Real Madrid en 1988 causó una sensación tal que es posible que la Liga de Baloncesto de aquel año superará el seguimiento de la de fútbol. Era un caso casi inédito en la historia de la sección: un repelido rival formaba parte de la escuadra que aspiraba a desbancar el ya consolidado dominio del Barcelona en la Liga ACB. El seguimiento a sus actuaciones despertó una curiosidad inédita y unas ganas casi obsesivas de mostrar su falta de adaptación al club madridista. En realidad su acoplamiento fue perfecto porque un jugador de su talento no tenía por costumbre defraudar las expectativas creadas. Bajo su liderazgo y el Fernando Martin el equipo blanco ganó la final de copa al potente Barca y se plantó sin mayores dificultades en la final de la Recopa de Europa frente al Snaidero de Caserta que encabezaba uno de los más grandes tiradores que jamás vieron las canchas del viejo continente, el brasileño Oscar Smith. El resultado no fue otro que una final memorable resuelta a favor de los blancos con un festival del héroe croata, inédito en una cita de tanta trascendencia, nada menos que 62 puntos (más de la mitad de los de su equipo,117). Su leyenda no hizo sino agrandarse.



Tras esas exhibiciones no sólo se escondían unas condiciones innatas para ser un virtuoso de la canasta, también existía un trabajo diario casi obsesivo comenzado desde edad juvenil consistente en una dedicación en cuerpo y alma a una sola meta; ser el mejor. Cuentan las crónicas que no dejaba un día morir sin intentan al menos 500 tiros a canastas y que tras los entrenamientos se dedicaba de forma compulsiva a perfeccionar sus tiros libres. En pocas ocasiones el deporte mundial ha conocido de un artista tan convencido de su necesidad de seguir perfeccionándose. No había límites con tal de ser alcanzar lo sublime en cada partido.
Paradójicamente esa liga la acabó ganando el cuadro de Aito García Reneses gracias al propio yugoslavo. Durante un verano no tuvo otra ocurrencia que escupir a un árbitro en un partido amistoso. Se llamaba Juanjo Neyro y el mismo, apuntó la matrícula y esperó pacientemente el momento de la venganza. Era el quinto partido de las finales de ese año y el árbitro bilbaíno dejó al Madrid con cuatro jugadores en la pista casi todos yuniors. Ganaron los catalanes con comodidad, porque entre otras cosas tenían un fabuloso equipo comandado por Solozábal, Epi y Audie Norris. En ese partido un hecho , tan desagradable como resaltable, dejó a todas luces que Petrovic no podía dejara nadir indiferente. Los jugadores del Barcelona terminaron mofándose y haciendo bailecitos a sus contrincantes desquiciados por el arbitraje y el partido. Al acaban el encuentro fueron preguntados por tan reprobable acción. Su excusa no dejó lugar a la duda: era venganza contra el croata que tanto se había mofado de ellos en la derrota. Le pagaron con su misma moneda.
Pero su destino estaba escrito y no era otro que la mejor liga del mundo, aquella que se sitúa al otro lado del Atlántico. En el verano del 89 dejaba plantado a los blancos y emprendía rumbo a Portland en donde su primero rival y luego compañero, Fernando Martín, había iniciado la senda de la aventura americana. Fue en Oregón en donde por primera vez en su carrera mordió el polvo de la frustración, como le ocurrió al español apenas contó `para el entrenador en una época en la que existían aún muchas reticencias a la participación europea en la NBA. No era el escolta muy propicio a aceptar ser un segundón y decidió emigra a una escuadra más modesta y más adaptada a sus necesidades de minutos: los Nets de New Jersey.
Cerca de la gran manzana emergió de nuevo. Evolucionó en su juego en el que desaparecieron las entradas a canastas, y se centró en su prodigioso tiro a la salida de los bloqueos, mejoró su físico adaptándolo al exigente nivel exigido en América y se consagró como anotador recurrente con notoria debilidad por la línea de tres puntos. Había comenzado su carrera como estrella de la mejor liga del mundo. No podía ser de otra forma
Para desgracia suya y de todos, un accidente de tráfico en una autopista de Alemania el 7 de junio de 1993 sesgó para siempre su vida tal y como lo había hecho con otro de los grandes de la época, Martin. Una conmoción recorrió el deporte europeo y mundial. Quizá quien mejor resumió su carácter fue Tom Newell, entrenador asistente de los Nets, el equipo de Drazen “Nunca he visto a un jugador profesional o amateur trabajar tan duro. Es el verdadero ejemplo de profesional en dedicación y compromiso”.

martes, 14 de junio de 2011

JUAN CARLOS ARTECHE: EL BASTIÓN COLCHONERO


Hay jugadores grabados de forma especial en el recuerdo de los aficionados. Unos por su calidad, otros por marcar goles en momentos decisivos, algunos por su carácter y incluso por determinados rasgos no siempre tangibles. Cuando una entidad cuenta con más de cien años de historia y por sus filas han pasado peloteros de toda índole y un buen puñado de excelentes jugadores, encumbrarse a ese pedestal de los ídolos más recordados no está al alcance de muchos.
En el Atlético de Madrid ese santoral merece ser ocupado por los héroes del periodo 1959-1977 sin duda alguna el más exitoso de la historia del club, o incluso por estrellas ya muy lejanas como Adrián Escudero y otras más cercanas como Kiko, Caminero o Futre. Pero por encima de ellos se sitúan un central aguerrido y luchador que durante una década ocupa un lugar esencial en la historia rojiblanca. Y no es otro que Juan Carlos Arteche.
No fue la sutileza ni la calidad técnica lo que caracterizo a este defensa central de casi 1,90 que dio sus primeros pasos en primera división en el equipo de su tierra natal: el Racing de Santander. Pertenecía a una generación de de centrales que dejaba bien claro desde el comienzo del partido que las bromas no iban con ellos: Benito, Goikoechea, Migueli o Alexanco son buenos ejemplos de ello. Eran época de marcajes individuales y delanteros-tanque, de estrellas liberadas de toda responsabilidad defensiva y medios centros más creadores que destructores. El defensa se encontraba solo ante el peligro ante la embestida rival y su opción estaba clara: había que detener al contrario a cualquier precio.
Arteche no fue más duro (aunque lo fue y mucho) que muchos compañeros de generación y él mismo sufrió en sus carnes ese concepto racial del fútbol:un rival del Santurce, en categoría regional, le rompió el tabique nasal de un codazo dejándole una marca de por vida en forma de nariz de boxeador que le daba un aire más inquietante todavía; sin embargo su trayectoria puede catalogarse como modélica en la medida que supo partir de orígenes muy limitados para ir mejorando poco a poco hasta convertirse en un referente defensivo no sólo del Atlético, sino del propio fútbol español de los 80. Nadie juega 308 partidos en un club puntero como el rojiblanco de entonces y llega a la selección con 29 años siendo sólo un leñero. Aún más sus mejores momentos mostraron un jugador solvente en el manejo de balón además de una gran capacidad rematadora en córneres y faltas que valieron no pocos puntos decisivos.
Su identificación con la masa social fue inmediata y se extendió durante casi toda su trayectoria. En realidad su presencia atrás resultaba imponente, parecía ocupar todos los espacios posibles y su regularidad le hizo un fijo de casi todas las alineaciones. Comandó una generación de jugadores solventes, sin la calidad o suerte para grandes éxitos, pero que mantuvo al equipo con dignidad en los primeros puestos del campeonato, jugando finales de Copa del Rey y Recopa y manteniendo su status de equipo grande en circunstancias nada fáciles. No eran tiempos boyantes (en realidad nunca lo han sido) para la tesorería atlética: las dificultades económicas obligaban a traspasar a estrellas como Dirceu o Hugo Sánchez y referentes nacionales como Marcos o Julio Alberto y la cantera actuaba como tabla de salvación con la subida de Mejías, Julio Prieto, Marina, Pedraza, Ruiz, Clemente o Tomás. Aun cuando el santanderino no se habría criado futbolísticamente en el Manzanares, pronto se convirtió en uno más de la tribu, acaso el gran jefe por su entrega sin fin, su fiereza en el campo y su amor por unos colores que le habían dado tanto.
Una imagen deja bien claro la leyenda del cántabro. 6 de noviembre de 1983, estadio Vicente Calderón, lluvia, partido trabado y movido y 2-3 a favor del Betis de Gordillo, Rincón y Calderón. Minuto 86, córner a favor de los locales, Arteche entra a por todas y empata el partido. Llega el tiempo de descuento, nuevo saque de esquina en medio del patatal lleno de barro en el que se ha convertido el terreno de juego, camisetas manchadas luchan a muerte por un espacio en el área pequeña. De entre todas ellas emerge una figura inmensa que empalma otro testarazo que da la victoria al Atlético ante el delirio de la grada. En su caída al suelo el gran 4 se rompe el menisco. A nadie presente en el estadio esa tarde se le pudo olvidar ese final, entonces no existía Canal Plus, ni el fútbol de pago. Eran jornadas de domingo y transistor y de espera impaciente al “Estudio Estadio” de la noche.
También capitaneó la defensa en la Copa del Rey y la Supercopa de 1985, sus únicos títulos y en aquella gran trayectoria que la Recopa de 1986 en la que los pupilos de Luis Aragonés ganaron nada menos que todos los partidos disputados fuera de su feudo (ante Celtic de Glaslow, Bangor City, Estrella Roja y Bayer Uberdingen) poniendo en práctica su famoso y letal contragolpe: despeje de Arteche, contra impulsada por Landáburu pase al extremo Quique Ramos, asistencia a Cabrera o Da Silva y gol. Para desgracia de toda una generación en la final se encontraron con una de las máquinas futbolísticas más efímeras y perfectas de casi todos los tiempos: el Dinamo de Kiev de Oleg Blojín no dio la más mínima opción a los atléticos. Casualidades e injusticias de la vida ; un combinado bastante más olvidable se alzó con la Europa League hace poco más de un año habiendo ganado sólo dos partidos en eliminatorias previas, superando tres de ellas por el doble valor de los goles en campo contrario y batiendo en la prórroga en la final a un modesto combinado inglés (el destino, sin duda, siempre cuenta)- Y también desde la defensa comandó dos legendarias goleadas rojiblancas en el Bernabéu, 0-4 en 1985 y 1987 cuando la victoria rojiblanca en el derbi no pertenecía al género de la ciencia-ficción.
Pero dos actuaciones puntuales de su vida, ya fuera de los terrenos de juego, engrandecieron aún más su figura. La primera fue su valentía y dignidad ante el peculiar y deleznable déspota que ocupó la poltrona rojiblanca en 1987. Nunca es tarea fácil rebelarse ante el abuso y el nepotismo pero quien había sorteado mil y una dificultades en el terreno de juego y en su vida (fue huérfano de padre desde edad muy temprana) no iba a ceder fácilmente. El precio que pagó fue un despido improcedente y una atronadora victoria en los juzgados.
La segunda fue aún si cabe más encomiable. Su manera de enfrentarse a una terrible enfermedad detectada a la temprana edad de 53 años. Arteche se presentó en “El larguero” ya entrada la madrugada y comunicó a todos su desgracia; pero con humor y entereza dijo estar dispuesto a presentar batalla. “O gano al bicho o él me come” soltó en directo con frialdad. Se mostró como alguien cercano, valiente, dispuesto a afrontar su destino con la fortaleza necesaria para que aquellos que le rodeaban no sufrieran. El bicho al final ganó el partido, pero lo que nadie le quitó fue el dejarse la piel hasta el último minuto y no amedrentarse ante él como no lo hizo ante Santillana, Maradona, Kempes o Quini, como solía hacer el equipo cuyos valores mejor representó.

sábado, 11 de junio de 2011


EL ATLÉTICO DE MADRID Y SU DÉCADA PRODIGIOSA


Esta historia es parte de la historia de un club de fútbol que fue grande, escrita a través de los recuerdos de un chaval que callejeaba orgullosamente vestido con camiseta roja y blanca y pantalón azul, sosteniendo el balón con una mano y la merienda con la otra, por una de las llamadas ciudades dormitorio del extrarradio madrileño.

Nace su memoria futbolística en 1969, extraída del primer televisor que recientemente había comprado su padre, mezclando confusos partidos de fútbol con películas de Tarzán y astronautas de la NASA que iban a la Luna. En su clase casi todos los niños eran del Real Madrid, que nombraban sin parar a sus jugadores –Calpe, Sanchís, Pirri, Zoco, Amancio, Velázquez, Gento- pero nuestro protagonista se fija en Ufarte, el rápido extremo derecho del equipo rival, y decide “hacerse” del Atlético de Madrid.

Intuye sin saberlo que el Real Madrid representa la gloria pasada, la época que termina, la decadencia filmada en blanco y negro con el blanco anodino de su indumentaria, más apropiada para amortajar a un muerto que para jugar al fútbol. Intuye sin saberlo que el Atlético de Madrid es el equipo de la ilusión coloreada en rojo, blanco y azul, que reflejaba el vitalismo de la renovación, el inconformismo del pelo largo de los Beatles frente al corte militar.

Toma así, a los siete años, su primera gran decisión; y aunque su madre está más pendiente de otro uniforme, el de marinero raso con el que deberá hacer dentro de poco la Primera Comunión, le exige muy serio que le compre la camiseta de su equipo y que le cosa en ella –entonces no existían las equipaciones oficiales, las marcas con publicidad ni el merchandising- el escudo y el número siete de su nuevo ídolo.

Comienza de esta manera la etapa más gloriosa y laureada de la historia de un club de fútbol que fue grande; al que apodaron “el pupas” porque perdía finales en el último minuto o porque un malintencionado arbitraje le privaba del triunfo, nunca por descender de categoría. Comienza así la historia de la década prodigiosa rojiblanca, que desarrolló Vicente Calderón y terminó (muy mal) Alfonso Cabeza, que fue desde Marcel Domingo a García Traid, de los goles del mítico Gárate a los primeros pasos atléticos del gigante Arteche…

Ya la temporada 1969/70 mezcla en el ánimo de nuestro joven hincha, sombras y luces futboleras que forjarán su carácter de aficionado durante toda la década. Pronto sufre su primer gran disgusto, no por culpa de su equipo del alma, sino de la Selección Nacional, que pierde 2-1 ante Bélgica y se queda sin acudir al Mundial de México-70, que terminaría ganando el Brasil de Pelé. Como contrapartida, la primera gran alegría, la consecución de Campeonato Nacional de Liga en 1970. En un brillante final de Liga, tras vencer al vencer 3-0 al Real Madrid, el 15 de marzo en el Estadio del Manzanares, un Atlético embalado en juego y moral llega en la última jornada a Sabadell. Nervioso, en una calurosa tarde de domingueros y transistores, escucha por la radio cómo los goles de Ufarte y Calleja arrebatan el título al entonces llamado Atlético de Bilbao.

Rodri, Melo, Calleja, Jayo, Adelardo, Benegas, Ufarte, Luís, Gárate, Irureta y Salcedo forman el once de gala que no olvidará jamás. Entre todos destaca Gárate, que en esos años consigue consecutivamente –aunque ex aequo con con Luís, Amancio o Rexach- tres Trofeos Pichichi, otorgados por el diario Marca a los máximos goleadores de la Liga. Pero el tiempo y las temporadas pasan y a estos inolvidables nombres va sumando los de los internacionales españoles Reina, Capón y Leal, los argentinos Heredia y Ayala, los brasileños Pereira, Leivinha o Dirceu… Por no hablar de los denominados en esa época oriundos Ovejero, Panadero Díaz o Rubén Cano.

Como reza el tópico, con estos buenos mimbres, tan sólo cuatro entrenadores en una década (el francés Marcel Domingo, el austriaco Max Merkel, el argentino Juan Carlos Lorenzo, y Luís Aragonés, que pasó en la misma temporada de jugador a entrenado) consiguieron el siguiente palmarés, tejido con victorias épicas y trágicas derrotas:

- En 1970, como se ha recordado, el conjunto colchonero ganó su sexta Liga en dura pugna con su homólogo bilbaíno.



- La 1970/71 fue también una gran temporada. El Atlético luchó por la Liga hasta el final, pero al final, parafraseando el titular de una revista de la época, “un árbitro dijo no” y se la proporcionó en bandeja al Valencia. En la Copa de Europa alcanzó con brillantez las semifinales, siendo eliminado por el Ajax de Ámsterdam, equipo hegemónico por entonces.

- En la temporada 1971/72 el club rojiblanco obtuvo la Copa del Generalísimo, al derrotar precisamente al Valencia por 2-1 en la final celebrada en el estadio Santiago Bernabeu. Valdez anotó el gol valenciano y Salcedo y Gárate los tantos madrileños.

- En la siguiente temporada –la 1972/73- siguió mandando el Atlético, que consiguió su séptimo Campeonato de Liga, imponiéndose al Barcelona, al ganar en el último partido al Deportivo de La Coruña por 3-1, con goles de Luís, Adelardo y Gárate, y de Prieto el de los gallegos.

- La temporada 1973/74 fue una de las peor recuerdo del fútbol español (la Selección Española no consiguió clasificarse para el Mundial de Alemania-74 al perder 1-0 con su eterna rival Yugoslavia), y, desde luego, la más aciaga de la historia atlética. Nuestro equipo y nuestro joven protagonista tocaron el Cielo; pero, como si de una tragedia griega se tratara, el destino se lo arrebato, literalmente, en el último minuto.
Gran la Copa de Europa la que disputó el Atlético de Madrid esa temporada. Las épicas y casi bélicas eliminatorias contra férreos equipos como el Estrella Roja de Belgrado y el Celtic de Glasgow (que contó con la delirante ayuda del árbitro turco Babacan), lo colocaron meritoriamente en la gran final de Bruselas. El rival fue el grande entre los grandes de aquellos años: el Bayern de Munich, integrante casi al completo de la Selección de Alemania que ganaría el Campeonato del Mundo unos meses más tardes. El equipo de Madrid, diezmado por las sanciones decretadas por la UEFA, aguantó perfectamente. En los noventa minutos el partido terminó con empate a cero, lo que obligó a jugar una prórroga. En la misma, Luis Aragonés adelantó al Atlético de Madrid con un tiro de falta directa, pero a treinta segundos del pitido postrero, cuando el chaval de nuestro relato veía como su padre y unos vecinos llenaban las copas de cava para el brindis triunfal, un innombrable alemán empató con un tiro lejano que sorprendió al portero Reina. Fue necesario realizar un partido de desempate dos días después, pero ya el conjunto bávaro barrió por 4-0 a un Atlético psicológicamente destrozado.
Fue este el partido maldito de nuestra historia, que marcó a fuego y hierro el devenir atlético, y que le colgó la etiqueta del fatalismo. Fue este el año maldito de nuestro Atlético, y aun así consiguió el subcampeonato de Europa y el subcampeonato de Liga, cediendo sólo ante el arrollador Barça de Cruyff.
- En la temporada 1974/75, comoquiera que el Bayern de Munich renunció a jugar la Copa Intercontinental, fue el Atlético el que representó al continente europeo contra el campeón americano de la Copa de Libertadores: el Independiente de Avellaneda. El primer encuentro –ya con Luis Aragonés como entrenador– jugado en Buenos Aires, tuvo un resultado de 1-0 a favor de los bonaerenses.
Pero en partido de vuelta, disputado en abril de 1975 en el estadio Vicente Calderón, el Atlético ganó por 2-0, con un goles de Irureta y Ayala, proclamándose así, oficiosamente, campeón del mundo de clubes. Gana el club rojiblanco de esta manera la Copa Intercontinental, y obtendría el segundo título internacional de su historia, tras la Recopa de 1962, ganada en la final a la Florentina italiana.
Nuestro chaval no olvidará nunca este partido, ya que fue el primero al que asistía en vivo en el estadio de la ribera del Río Manzanares. La alegría fue indescriptible, y, en parte, balsámica, pues tuvo el choque para todos los espectadores, tras el mazazo de Bruselas, algo de catártico.
Completó la temporada la gran final de la Copa del Generalísimo –última que entregó el General Franco- que se disputó entre los dos equipos madrileños en el estadio Vicente Calderón. El partido acabó empatado sin goles y fue, tanto en el tiempo ordinario como en la prórroga, un duelo tenso, de poder a poder, inclinándolo el colegiado a favor del Real Madrid (que acabó imponiéndose en la tanda de penaltis) al anular dos goles al Atlético; sobre todo cuando, todavía nadie se explica por qué, se negó a que subiera al marcador el golazo de Benegas.
- En la temporada 1975/76, un nuevo título se agrega a las vitrinas del conjunto colchonero, ya que se adjudica en el estadio Santiago Bernabeu su quinta Copa, todavía llamada ese año del Generalísimo, tras vencer al Real Zaragoza por 1-0 con gol, cómo no, de Gárate. Nuestro protagonista, que acaba de cumplir catorce años, asiste por segunda vez en su vida a un estadio de fútbol; una nueva final y un nuevo triunfo renuevan el orgullo de “ser” del Atlético de Madrid, el campeón.



- El año siguiente, en la temporada 1976/77, el Atlético de Madrid vuelve a ganar el Campeonato de Liga. Este octavo título se lo vuelve a arrebatar al Barcelona, llegando ya campeón al último partido, que pierde –ya en un ambiente festivo donde el resultado no cuenta- 2-3 ante el Valencia. Marcan Leivinha y Ayala para los atléticos y Kempes, por partida doble, para los levantinos.

El colofón de esta gran temporada atlética lo pone el citado Rubén Cano, cuando marca el gol del partido de desempate que la Selección Nacional gana 1-0 a la omnipresente Yugoslavia de rabia y botellazo, y que clasifica a España, por fin, para un Mundial, el de Argentina-78.

A partir de 1978 empieza nuestra particular travesía del desierto. Dos temporadas ligueras anodinas, en las que el equipo se clasifica en sexto y tercer lugar, acaban en el desastre de 1980, en cuya Liga termina duodécimo. Esta lamentable situación deportiva unida a serios problemas económicos hacen que, en junio de ese año, Vicente Calderón dimita como presidente del Atlético de Madrid, y el club entra en una fase complicada con la polémica y turbulenta presidencia del doctor Alfonso Cabeza.

Termina la década, el relato y la ingenua ilusión de nuestro protagonista con la Liga de la temporada 1980/81, que siempre será tristemente recordada por una serie de arbitrajes polémicos y la guerra de Cabeza contra la l Federación. El arbitraje lamentable de Álvarez Margüenda permanece grabado con fuego en los corazones de los aficionados rojiblancos. El Atlético de Madrid perdió, por decisión política de la Real Federación Española de Fútbol, una Liga que había merecido con creces, sobre todo por el éxito del malogrado José Luis García Traid al frente de un equipo joven liderado por el gran Arteche y forjado desde la cantera por futbolistas como Marcelino, Ruiz, Julio Alberto, Quique Ramos, Marcos o Rubio.

Tras este nuevo intento frustrado, en 1982 la Asamblea General del Club vuelva a elegir como Presidente a Vicente Calderón. Y después, en 1987, los atléticos vendimos el alma rojiblanca a un diablo gordo y déspota que se llamaba Jesús Gil; y, como dice el mito fáustico, cuando se vende el alma al diablo se acaba en el infierno. Pero ésta ya es otra historia que merece página aparte.
Pero, ¿cuáles fueron las claves de esta racha triunfadora? ¿Qué receta emplearon los entrenadores de los años setenta, aparte de alienar a buenos jugadores? Si le preguntamos a cualquier aficionado por los estilos de juego nos resumiría con pocas palabras los que hicieron grandes a los grandes equipos. Todos tendrían en mente cómo juega Brasil o Argentina, o la “naranja mecánica” holandesa, o el Milán de los ochenta, o el dream team azulgrana… Pero ¿cómo jugó el Atlético de los setenta?
Si nos preguntaran esto a los atléticos diríamos que el estilo que nos definió fue el contraataque. Pero ¿es el contraataque un estilo, nuestro estilo, o es una táctica que, por repetida, ha dado resultado? La pregunta es casi filosófica: ¿se puede ser un equipo grande jugando a la contra y aprovechando los errores del rival que domina y controla el partido?
La respuesta personal e intransferible de nuestro relator, que ya se ha convertido en un joven aficionado que defiende ardorosamente su criterio en debates que se improvisan alrededor de unos botellines de cerveza, es que sí, que se puede ser grande jugando al contraataque. Es un estilo que, para que funcione, requiere muchísima velocidad, muchísima habilidad táctica, un centro del campo de mucha presión y delanteros muy rápidos: Si se practica bien, es efectivo a la par que espectacular.
Con esta seña de identidad el Atlético de Madrid ha conseguido ser el tercer club español con más títulos nacionales de Liga (nueve), el cuarto con más títulos de Copa, el tercero que más temporadas ha jugado en Europa, el segundo (tras el Real Madrid) que se proclamó campeón del mundo de clubes y el que inauguró el palmarés de la UEFA Europe League.

martes, 7 de junio de 2011

EMILIO BUTRAGUEÑO: EL DEPORTISTA MEDIÁTICO


La presencia de Emilio Butragueño en el imaginario del aficionado español responde a su innegable mérito de ser el primer deportista auténticamente mediático de la historia de nuestro fútbol. Si hoy en día la comercialización de la imagen del futbolista forma parte de la naturaleza esencial de su devenir profesional cuando Butragueño irrumpió en escena la imagen del futbolista se asociaba más a dinastías longevas identificadas con los valores de una entidad grabada a fuego durante épocas. Nadie se planteaba la imagen social de Santillana, Quini, Carrasco o Sarabia. Butragueño significó un símbolo más aún de sus méritos en el terreno de juego, que no fueron pocos, aunque quizá no comparables a otros jugadores de su misma fama.
A mediados de los años 80 vientos de crisis corrían por Chamartín. No se había ganado una liga en cinco años y la economía del club no estaba para grandes dispendios. Aún más: costosos fichajes como Cunningham, Metgod o Lozano habían resultados pequeños fiascos. Tampoco la suerte acompañaba; hasta cinco finales fueron perdidas en la campaña 82-83 hito nunca igualado desde entonces. Entrenaba al Real su mayor gloria futbolera, Alfredo Di Stefano, que tuvo el suficiente valor de mirar a la cantera y dar la alternativa a un conjunto de jóvenes talentosos que apuntaban grandes maneras en la segunda división. Primero subieron Sanchís y Martin Vázquez. Luego Pardeza y Butragueño y por último Michel.
Butragueño se adelantó a todos ellos hasta el punto que el periodista Julio César Iglesias denominó al grupo “La Quinta del Buitre”. De un modo u otro se convirtió en la referencia del mismo casi inercialmente y sin dar la impresión de quererlo ni buscarlo. En realidad su sencillez dentro y fuera del campo relanzó su figura como ejemplo de corrección deportiva y personal que ayudó más a su leyenda que muchos de sus goles. Su explosión deportiva provocó que su figura se extendiera más allá de nuestras fronteras en modo alguno comparable con las leyendas del pasado, quizá con la excepción de Luis Suárez.
Representó asimismo un tipo de delantero muy técnico e intuitivo bastante alejado del rematador clásico que hasta entonces había aportado el balompié hispano. Su pillería en el área así como su extrema habilidad para arrastrar a las defensas contrarias a posiciones sumamente incómodas pronto le otorgaron un papel predomínate en partidos que se encontraban atascados. Fue un paradigma de delantero imprevisible, de movimientos muy depurados, sin ninguna cualidad destacable pero que aglutinaba pequeños flecos de diversas virtudes: el regate en corto, el remate con el pié y la cabeza, la capacidad de desmarque y el oportunismo. Favoreció mucho a su rendimiento el fichaje de un goleador con instinto depredador como Hugo Sánchez, el mexicano aportaba los goles y descargaba al madrileño de labores rematadoras para profundizar en su labor creativa.
El Real Madrid comandado por Butragueño y sus compañeros de quinta pasó de no ganar casi nada a dominar el fútbol español con una suficiencia rayana en la tiranía. Nada menos que cinco ligas consecutivas, todas ellas con una distancia sideral sobre el segundo clasificado pasaron a engrosar las pobladas vitrinas de la entidad de Concha Espina. Y no fueron ligas ganadas de cualquier modo. El buen fútbol y hasta el espectáculo presidieron todas ellas. Goleadas de todos los colores pudieron verse en el feudo madridista con una habitualidad impropia de un campeonato teóricamente igualado como el español. Un dato a tener en cuenta: en ninguna de las ligas se tuvo que esperar a la última jornada, cuando en cinco de los seis campeonatos anteriores el título no se decidió hasta el último partido.
Aquella generación fabulosa cambió para siempre el paradigma del futbolista creado en la cantera española. Antes de ellos la ambigua “furia” presidía el ideal de futbolista, con los integrantes de la Quinta la técnica, el dominio de la pelota y la precisión pasaron a configurar el concepto futbolístico esencial. Sanchís sacaba la pelota desde atrás con maestría. Martín Vázquez daba sobradas muestras de talento ofensivo. Michel se convirtió en un consumado especialista de la banda derecha con una precisión milimétrica en los pases y Pardeza tuvo que emigrar al Zaragoza para desarrollar una notable carrera. Su camino sería seguido por Guardiola, Raúl, Kiko, Guerrero o Hierro y ya con posterioridad con el boom de los Xavi, Iniesta o Piqué. Curiosamente el tiempo tornaría la tendencia histórica de los dos grandes: el Barcelona haría una exitosa apuesta por la cantera mientras que el Madrid se centraría en fichajes cada vez más costosos.
La reválida de Butragueño y su generación serían las competiciones internacionales, tanto a nivel de club como de selección. Su comienzo no pudo ser más esperanzadores: dos copas de la U.E.F.A acabaron con una sequía continental de casi veinte años. En las mismas se fraguó la leyenda del Bernabéu como escenario inexpugnable en el que cualquier remontada era posible por adverso que fuese el resulta del partido de ida. Y ningún partido fue más representativo de ese periodo que la noche del 12 de diciembre de 1984, era el partido de vuelta contra el Anderlech belga, en aquellos años un competitivo y solvente equipo, en la ida nada menos que un 3 a 0 para los locales. Pero la vuelta fue toda una apología de lo imposible comandada por el joven delantero madridista autor de tres goles y auténtica pesadilla de la defensa contraria. A esa noche le siguieron unas cuantas parecidas que acabaron con los dos títulos continentales reseñados. Después quedaba el otra gran reto: la Copa de Europa, pero ahí la historia fue otro cantar.



El asedio a la máxima competición continental de esplendoroso Madrid de segunda mitad de los 80 es una de las frustraciones deportivas más notables de la historia blanca. Hasta tres semifinales consecutivas disputaron de forma infructuosa los jugadores madridistas que se difuminaban de forma notoria en escenarios clásicos del futbol europeo como el Olímpico de Munich o San Siro. Pero sin duda alguna la, más dolorosa fue la perdida ante el rival más asequible: el PSV Eindhoven en 1988 en dos agónicos empates (1-1 y 0-0) truncó de forma cruel la mejor oportunidad de Butragueño y compañía. Después ya vino el Milán de Sachii y los holandeses; y eso ya fue otra historia.
A nivel de selección tampoco las cosas le fueron de la forma esperada. La maldición de los cuartos de final marcó la participación del buitre en el combinado nacional. Sin embargo hubo uno noche para el recuerdo no menos memorable que la del Anderlech. Estadio Corregidora de la ciudad de Qurétaro. Mundial de 1986. Enfrente a la selección española un potente combinado danés liderado por Laudrup, Olsen o Lerby. Un escuadra para muchos destinada a plantarse en la final del Mundial. Pero el resultado no fue otro que 5 a 1 para los españoles con nada menos que cuatro goles de Butragueño. Hasta los recientes éxitos de la roja probablemente ningún jugador español causó tanta sensación en un partido internacional de tanta trascendencia.
Ello le permitió seguir creciendo a nivel internacional en cuanto a fama y prestigio, aunque su rendimiento deportivo fue minorándose lentamente con el paso de los años. No faltaron muchos partidos en los que simplemente desaparecía aunque no era infrecuente el que volviera a demostrar ráfagas de su talento. Para sus seguidores, sin embargo, siempre fue un indiscutible, aún en sus peores rachas. Tal vez porque su irrupción causó una sensación hasta entonces desconocida en los deportistas españoles y la memoria del aficionado siempre es selectiva en grado sumo. Hasta su retirada creó en la gente una expectativa realmente sorprendente. Su sucesor natural fue otro delantero de apariencia poco vistosa pero con un talento innato para aprovechar sus recursos. Se llamaba Raúl González y puede decirse que sus logros superaron ampliamente a los de su predecesor. No obstante, una parte importante del camino ya se había recorrido.