sábado, 20 de agosto de 2011

BERND SCHUSTER: EL CRACK DÍSCOLO


En el fútbol actual existen buenos centrocampistas, pero escaso directores de juego. La tendencia cada vez más acusada de dotar de músculo a la zona media de los equipos ha provocado la casi erradicación de uno de los instrumentos más letales para sorprender al contrario: el pase en profundidad. Hoy se habla de doble pivote con intención de juntar a un medio centro creador y otro destructor. No obstante la creación se suelo limitar al pase en corto en el mejor de los casos. En no pocas ocasiones la única misión de ambos es destruir.
Ha habido muchos jugadores que han destacado en ese apartado, pero pocos alcanzaron el grado de excelencia de un alemán llamado Bernd Schuster, que se convirtió en un referente de la liga española durante trece años distribuidos de forma más que peculiar: nada menos que en Barcelona, Real Madrid y Atlético de Madrid.
Su irrupción en el concierto del fútbol europeo de comienzos de los 80 fue arrolladora, con apenas 21 años lideró a la selección alemana campeona de la Eurocopa de 1980. Era el jugador teutón llamado a marcar una época tras la retirada de los grandes ídolos de los 70, pero con apenas 23 partidos internacionales decidió abandonar a la selección por un conflicto surgido en torno a la disputa de un amistoso que coincidía con el nacimiento de su hijo. Su carácter díscolo e inconformista le granjearon un buen puñado de enemigos y no pocos malos ratos. En realidad siempre pareció mostrar un cierto aire infantil o cuanto menos inmaduro en su forma de actuar. Con su liderazgo sobre el campo es muy probable que los dos subcampeonatos mundiales de Alemania en los años 82 y 86 se hubiesen transformado en títulos. O al menos en una mejor imagen, ya que las selecciones que obtuvieron tan destacables resultados no fueron jamás recordadas por su juego y sí por su tesón y suerte, los dos grandes distintivos de la selección centroeuropea durante no pocos años.
En Shuster se concentraban todos los elementos del medio creativo: una imponente presencia era solo en comienzo de auténticos recitales futbolísticos con una de las mejores visiones de juego jamás vistas. Poner la pelota en el lugar exacto que se quiere cuando el objetivo de uno se encuentra a más de treinta metros es una virtud al alcance de muy pocos. En el bávaro eso se conseguía con una efectividad y tranquilidad pasmosa. A esto había que añadirle una especialización en las jugadas a balón parado realmente notable. Se puede decir que hasta la llegada al fútbol español del serbio Milinko Pantic, no se vio un lanzador de faltas y córneres tan brillante. No pocos partidos fueron desatascados de esa forma. Siempre que los defensas buscaban horizontes en el centro del campo allí aparecía Schuster que en caso de dificultad extrema no tenía sino que acudir atrás para sacar la pelota contralada.También podía ser un líbero más que notable, aunque al contrario que la mayoría de sus compatriotas, la dicotomía centro del campo/defensa se solventó en favor de la media. Hasta en eso salió contestatario, ya que la tendencia natural del jugador alemán ha sido refugiarse en posiciones defensivas (desde Beckenbauer y Stilike hasta Sammer) en detrimento de la labor creativa.
Su llegada al Barcelona estuvo insertada en la política azulgrana de aquellos años destinada a fichar a los mejores para alcanzar los máximos logros. Lo cierto es que los grandes éxitos se hicieron de rogar aunque la clase del germano fue incontestable desde el primer día que se enfundó la zamarra barcelonista. Con el fichaje de Maradona parecía que los barcelonistas habían conseguido el equipo de ensueño deseado para dar el asalto a los grandes desafíos: liga española y Copa de Europa. Pero tuvo que marcharse el argentino para poder saborear una liga, fue el ejercicio 84-85 con el inglés Terry Venables de entrenador y con el alemán como indiscutible estrella. Fue de largo su mejor año en España. El asalto a la Copa de Europa fue ilusionante aunque acabó con decepción y de las gordas: tras dejar en la cuneta a grandes como el Oporto, la Juventus o el Gotteborg se perdió la final con el modesto Steaua de Bucarest. Fue la noche más triste del futbolista: tras un mal partido y ser señalado por su entrenador como culpable de apatía, fue sustituido en la prorroga y decidió no quedarse a ver los penaltis. Perdió el Barca y Schuster fue tachado de insolidario y mal compañero. Unos problemas con la directiva sobre su tributación fiscal dieron el remate a la situación y el año siguiente fue apartado del equipo.



No fueron sus únicos problemas y amarguras. Se perdió casi todo el ejercicio 81-82 por una entrada de Goikoechea del Bilbao y mantuvo un duro pulso con su entrenador y compatriota Udo Lakett cuyo cese llegó a pedir y conseguir. Su aire conflictivo le hizo casi un enemigo en can barca y como tal no tuvo mejor opción que fichar por su odioado rival, el Real Madrid. Parecía el complemento ideal a los Michel, Butragueño y Hugo Sánchez de cara a conseguir la Copa de Europa, pero dos eliminatorias con el nuevo amo del continente, el Milán de Shachii echaron al traste sus sueños. En la liga española se pasearon sin mayores contemplaciones y a cuentagotas mostró su gran clase: en un derby contra el Atlético dejó sentados a un par de defensas tras regaterarlos y marcó fusilando a su futuro compañero Abel.
Precisamente fue la ausencia de grandes títulos lo que faltó su larga y exitosa carrera, tanto nivel de selección como de clubes. Pero en su `palmarés obra un hecho curioso: ser el jugador extranjero que más Copas del Rey ha ganado, seis, y con los tres equipos en los que jugó. Tres con el Barca, dos con el Madrid y dos con el Atlético.



En la ribera del Manzanares consumió sus últimos años en los que dejó sobradas muestras de su clase. De hecho nunca estuvo realmente adaptado al Madrid, equipo que le fichó más por la eterna intención de lanzar una china a su rival que por necesidad, pero en el otro equipo capitalino alcanzó una mayor reconocimiento y cariño de la grada. A fin de cuentas supuso, al fin , el complemento ideal para las contras del portugués Futre y su presencia en el once inicial era todo un lujo. Llegó a identificarse con el ideario colchonero y no pudo demostrarlo de mejor forma que ajusticiando a su antiguo equipo en la final de Copa del 92 con un espectacular gol de falta. No era la primera vez que agraviaba al Madrid en una final pero al menos esta vez fue de forma deportiva, la anterior vez, la del 83, tuvo la forma de sonoro corte de mangas tras el gol de Marcos que decidía la final. Como siempre fue díscolo tanto en la victoria como en la derrota.

domingo, 14 de agosto de 2011

EL MALDITO LEEDS. FICCIÓN Y REALIDAD


No ha tenido habitualmente el mundo del fútbol excesiva suerte a la hora de su traslado al mundo del cine, en realidad como la mayoría de los deportes a excepción quizá del boxeo y ocasionalmente el atletismo (Carros de Fuego, El relevo). El peculiar entorno futbolístico y las evidentes dificultades para trasladar a la pantalla las vicisitudes que rodean a un partido hacen que el número de filmes destacables sobre la materia sea prácticamente inexistente.
Sin embargo, una producción inglesa de 2009 dirigida por Tom Hooper, el recientemente oscarizado director de “El Discurso del Rey” ha despertado el interés de los aficionados más jóvenes por una figura legendaria del fútbol inglés y por un equipo hoy casi olvidado, Brian Clough y el Leeds United. La película se llama “The Dammed United” y relata los 44 tragicómicos días de uno de los entrenadores más laureados del fútbol de las islas en el equipo entonces campeón de la liga inglesa y que representaba todo aquello que Clough detestaba. El choque entre el joven y arrogante técnico y los jugadores de aquel combinado que seguían siendo devotos de su antiguo entrenador y enemigo acérrimo de Clough, Don Revie, es el tema central de una película notable que se basa en un exitoso libro de David Peace, no traducido al castellano, y que se retrotrae a través de diversos flash-backs a la rivalidad entre los dos entrenadores desde la época en la que el protagonista entrenaba al modesto Derby County y el Leeds de Revie era el equipo más temido de Inglaterra.
Brian Clogh es protagonista de una de las historias más fabulosas del futbol europeo. Frustrado delantero centro al que una lesión le obligó a retirarse a la temprana edad de 27 años, con una prometedora carrera por delante desafortunadamente truncada, consiguió desde los banquillos toda la gloria que no pudo obtener en los terrenos de juego. Y para ello no tuvo que entregar a ninguno de los grandes: ni Manchester, ni Liverpool, ni Arsenal. Fue con equipos modestos sacados de las profundidades de la segunda división hasta el triunfo en la liga e incluso la Copa de Europa. El Derby County y el Nottingam Forest,. hoy en día absolutamente hundidos, tocaron con sus dedos la gloria de los títulos y el reconocimiento general. Su hazaña en el Forest a fecha de hoy parece inabordable para cualquier entrenador: en 1975, cuando llegó Clough el equipo estaba en la mitad de tabla de la segunda división, al año siguiente ascendió, en el siguiente fue campeón de liga y las dos temporadas posteriores nada menos que campeón de la Copa de Europa.

Con estos datos resulta casi estrambótico que cuando tuvo en sus manos un equipo plagado de internacionales y que acababa de ganar la liga, fracasase estrepitosamente. Su estancia al frente del Leeds es uno de periodos de tiempo más cortos que un entrenador ha conocido en cualquier equipo de un país acostumbrado a la estabilidad en los banquillos. Sus datos no indicaban que la cosa funcionara, apenas una victoria en seis encuentros. Pero lo que da un aire melodramático a su experiencia es que su fracaso se debió en gran medida a una conspiración permanente de las grandes figuras del equipo, que nunca lo aceptaron y a las que soltó el primer día de entrenamiento “Podéis tirar todas las medallas y trofeos que habéis ganado a la basura, porque las habéis conseguido con trampas”. Esa es la tesis fundamental del libro y película que reflejan la neurosis de un hombre que lucha contra el rechazo de los jugadores a los que entrena y contra la sombra del hombre al que trata de superar y que es una leyenda del equipo



El Leeds United se convirtió en una potencia futbolística a mediados de los años 60 y no se bajó del carro hasta bien entrada la siguiente década. Fue una creación de un hombre Don Revie, que cogió al equipo en 1961 sin perspectivas de alcanzar grandes logros. Sin embargo su primera decisión no pudo ser más significativa de sus ambiciones: mandó cambiar la equipación del equipo que pasó a jugar de blanco son otro motivo que el que ese fuera el color del Real Madrid que por aquel entonces dominaba el fútbol mundial con mano de hierro. Su Leeds tenía que luchar con los mejores, fuese como fuese.
Y lo cierto es que durante los trece años del mandato de Revie el equipo de Ellan Road se encaramó a un lugar de privilegio en el fútbol de las islas. Dos ligas (1969 y 1974), una copa inglesa (1972) amén de una Copa de la Liga y dos Copas de Feria (el antecedente de la U.E.F.A). Pero no puede decirse que fuese un club muy popular entre los aficionados. Recientemente una encuesta británica le señalo como el cuarto equipo más odiado de la historia del fútbol y el primero en el ranking de los británicos. ¿Motivo?. Se trataba de un equipo canalla en grado sumo que aunaba una inmensa calidad en hombres como Billy Bremner, Jhonny Giles o Peter Lorrimer con un juego físico y marrullero que en no pocas ocasiones derivaba en tanganas. En realidad fue en equipo con cierto aire de malditismo. A pesar de un notable palmarés el mismo pudo incrementarse en varias ocasiones ya que los de Yorkshire se quedaron a las puertas de numeros títulos que les hubiesen convertido en en equipo hegemónico; nada menos que cuatro subcampeonatos de liga, tres de copa y uno de Recopa en su época dorada. Casi un castigo del destino.



Clough se había caracterizado por un aire muy crítico con respecto al Leeds al que acusaba permanentemente desde la prensa de tramposo y violento centrando sus ataques en Don Revie que era una institución en Leeds y el entrenador más prestigioso de Inglaterra. En 1974 tras ganar la liga Revie recibió una oferta de entrenar a la selección inglesa que aceptó al instante. Contra todo pronóstico su sucesor en Ellan Road se trató de uno de los más enconados enemigos del estilo del Leeds que vio en su fichaje la oportunidad de obtener éxitos allí donde su legendario rival lo había ganado casi todo. La aventura de Clough era una insensatez destinada a fracasar desde el primer momento y sus choques con los jugadores insignia del equipo, la directiva y la afición no tardaron en producirse. El libro de David Peace retrata de forma autobiográfica eso 44 días que supusieron el más sonado traspié profesional de una leyenda de los banquillos. La película opta por un tono más comedido y cierto aire de comedia, aunque en la edición de DVD se pueden apreciar las escenas suprimidas que reflejan los aspectos más oscuros de una personalidad vanidosa a más no poder.
Lo curioso del caso es que aquel gran equipo vivió su canto del cisne al final de aquella temporada 74-75. Ya sin Clough en el banquillo consiguió llegar a la final del único título que le faltaba, la Copa de Europa en donde se topó con el gran dominador del fútbol europeo de aquella época y otro de los clubes más detestados de la historia: el triunfante y afortunado Bayer Munich que lideraba Franz Beckenbauer. Fiel a su tradición de aquellos años los bávaros jugaron mal y ganaron y como solía pasar por entonces (los equipos en vena de gracia suelen tenerlo todo a favor) los británicos se vieron espoliados por un árbitro que anuló un golazo de Peter Lorrimer y obvió un penalti de libro en el área germana. Ya nunca se repondrían de esa amarga derrota y terminarían por difuminarse progresivamente al alimón de la decadencia de sus grandes figuras.

Don Revie se estrellaría en la selección inglesa a la que no conseguiría clasificar para el Mundial de Argentina 78 y terminó entrenando en los Emiratos Arabes, tras acusaciones de fraude financiero y saltar a la luz que posiblemente estuvo implicado en la compra de algunos partidos, muy en la línea de su exitoso Leeds. Por su parte Brian Clough se rehabilitó con su espectaculares victorias en el Forest de finales de los 70 aunque su estrella se iría apagando en las décadas siguientes hasta caer, patéticamente, en el alcoholismo en los últimos años de su vida antes de su muerte en 2004. Una frase suya puede resumir su carácter “Dicen que Roma no se construyó en unas horas. Claro que no me encargaron a mí el trabajo”. Con Revie y Clough (que además eran de la misma ciudad, Middlesbrough) acabó toda una época del futbol.

sábado, 13 de agosto de 2011

NACHO SOLOZÁBAL: EL CEREBRO SECUNDARIO


Los grandes equipos siempre deben de sostenerse en los baluartes más sólidos, aquellos con los que uno siempre cuenta para las situaciones comprometidas. En la primera edad dorada de la sección de baloncesto del Barcelona, ese papel fue atribuido especialmente a la figura de Juan Antonio San Epifanio (“Epi”) el primer gran jugador de la glorioso década de los 80. Pero junto a él y casi siempre en un segundo plano, no menos importancia tuvo el base emblemático de aquellos años de primeros triunfos del Barca de baloncesto, se llamaba Nacho Solozábal y dejó en los aficionados ese señuelo que sólo los auténticos hombres de la casa pueden dejar.
La importancia de esos actores secundarios en los éxitos de un equipo puntero es siempre fácilmente demostrable- Hay que recordar el papel de Byron Scott en los grandes Lakers de los 80 o de Denish Johnson en los Celtics, así como de Joe Dumars en los Pistons o John Paxon en los Bulls. También el baloncesto español conoció de ese perfil tan necesario: Iturriaga en el Real Madrid, Jofresa en el mejor Juventud y el mismo Quique Villalobos en el Madrid de Petrovic el cual contó en la selección primero yugoslava y luego croata con un escudero más que acertado para sus escasos momentos de relajación: Cjeveticanin. Eran los encargados de suplir las carencias ocasionales de los líderes naturales. Aún cuando no tenían encomendada de forma explícita la función anotadora se las arreglaban casi siempre para acabar con guarismos destacados y de ellos siempre se tenía una cosa clara: casi siempre daban la cara en los momentos más comprometidos.
Cuando Solozábal aterrizó en el Barcelona el baloncesto distaba de ser una prioridad en una institución acostumbrada a recibir aún más palizas por parte de su rival capitalino que el propio equipo de fútbol. Pero en aquellos tempranos 80 un triplete mágico estaría encaminado a dar los primeros éxitos destacados a la sección y convencer a los dirigentes y aficionados que la misma no era prescindible, como en más de una ocasión se había planteado. Ese triplete lo componían los aleros Epi y Sibilio y el base Solozábal. A ellos se les unión un eficaz pívot de orígenes argentinos, Juan de la Cruz y unos americanos cada vez más destacados tales como el posterior NBA Jeff Ruland y los rocosos Marcelus Starcks y Mark Davis. Tales jugadores dominaron la Copa de España con una solvencia casi irrepetible a fecha de hoy: nada menos que seis títulos consecutivos de 1978 a 1983. Pero lo más importante fue, sin duda, la conquista de los primeros dos campeonatos de Liga en 1981 y 1983. Eran épocas de ligas regulares alejadas del formato del play-off que marcó en cambio generacional esencial. Casi nadie a lo largo de la historia había osado a asaltar el trono blanco en el basket español. Aquellos hombres estaban dispuestos a ello.
En Solozábal se reunían todas las condiciones del buen director de orquesta. Dotado técnicamente, con personalidad para el mando, poseedor de un buen tiro exterior (muchos de sus mejores momentos llegaron con la implantación de la línea de 6,25) y con una habilidad extraordinaria para desbordar a los rivales con entradas a canasta que terminaban en una elegante bandeja, uno de los rasgos más característicos de su juego. Además nadie pudo jamás reprocharle que no se pusiera el mono cuando la ocasión lo requería: en las finales de 1989 fue el encargado de secar a Petrovic en el quinto y decisivo partido de las series. Obvia decir que cumplió tan ingrato cometido con notable solvencia.
De su importancia en el devenir del baloncesto barcelonista puede destacrse una significativa circunstancia: durante más de diez años tuvo que competir por el puesto con algunos d elos mejores bases de esos años Joan Creus, Joaquin Costa, Gonzalo Seara y Jose Antonio Montero. Siempre terminaba acaparando la titularidad y los mayores minutos de juego. Aún más, se dijo que su salida en 1992 fue forzada por el entonces manager Aíto García Reneses, para permitir el pleno desarrollo profesional de Montero, que era el jugador mejor pagado de la plantilla. Con Solozábal en la misma se sabe quién acabaría jugando.
Fue precisamente la llegada al banquillo de Aito lo que dio el impulso definitivo al Braca para dominar el espectro del baloncesto nacional en la segunda mitad de los 80. La apuesta clara y decidida de la directiva por el baloncesto se manifestó en los fichajes de Andrés Jiménez, Joaquín Costa o el americano Audie Norris. Hasta la llegada del madrileño al banquillo el juego azulgrana había seguido unos cánones muy claros: labor de desgaste en los pivots para facilitar los tiros exteriores de Epi y Sibilio. Con Reneses en el banco hubo un mayor reparto de responsabilidades, una apuesta decidida por el juego colectivo. Y de ellos se benefició Solozábal.
Un partido señaló su punto álgido como jugador decisivo. Era la final de la Copa del Rey de 1988. Enfrente, el de casi siempre, que ganaba 83-81 a falta de 40 segundos. Una falta en ataque de Romay deja la última posesión a los catalanes. Todo el mundo piensa en Epi para un triple y quizá en un balón interior a Norris para forzar los prórroga. Nada de eso ocurre. Los azulgranas hacen circular sabiamente el balón hasta el punto de sorprender a Llorente, el encargado del marcaje del base contrario, el madridista intenta interceptar un balón sin éxito y llega a la esquina a Solozábal que fulmina a sus rivales con un triple sobre la bocina. Fin del partido 84-83 para el Barca.



Su historial lo dice todo: seis ligas, nueve copas, dos recopas y una Korack. Pero hubo una ausencia muy dolorosa en ese encomiable palmarés, y no es otra que la de la Copa de Europa. Y no se puede decir que no le faltaran oportunidades a esa gran generación; ya que se perdieron tres finales de la competición alguna de ellas muy recordada, como la primera de 1984, todavía con Antonio Serra en el banquillo y ante el Banco de Roma italiano al que se le llegó a dominar de 14 puntos para luego caer 79-74. Y las últimas ante el súper equipo por excelencia del baloncesto europeo de aquellos años: la Jugoplastika de Split de Toni Kukov y Dino Radja. Ni si quiera el aliarse con el enemigo dio resultado, ya que la contratación del técnico Bozidar Maljkovic, cerebro de la bestia negra azulgrana, terminó como el rosario de la aurora. Las decepciones continuaron en los años sucesivos: alguien dijo que no se sabía si les sobraba arrogancia o les faltaba confianza. Hasta el año 2003 y tras nunerosos asaltos fallidos no se superó el trauma.
Aunque faltó esa guinda su trayectoria siempre estuvo ahí: no conoció otro equipo que el Barca además, claro está, de la selección española que defendió en 142 ocasiones. Sin duda alguna fue de los muy, muy grandes.

lunes, 1 de agosto de 2011

CARLOS SANTILLANA: EL PUMA DEL ÁREA


En los altares del madridismo se sitúan un buen puñado de los mejores jugadores de la historia del fútbol. Hay pocos que superen a Santillana en méritos. Eso deja a las claras la importancia de este cántabro en el devenir de los blancos en sus casi diecisiete años en el primer equipo. Casi un record apenas superado por Gento o Sanchís.
Fue el máximo estandarte de dos décadas del Real Madrid. Y no es fácil situarse en la élite durante periodo de tiempo tan prolongado. Conoció de tres generaciones de equipos: llegó con los Grosso, Amancio o Zoco, se consolidó con los Stilike, Juanito, García Remón o Camacho y se retiró en medio de la explosión de Butragueño, Michel o Sanchis, En todos esos combinados tuvo un papel relevante fue un goleador decisivo y acaso se convirtió en el rematador de cabeza más importante de la historia del fútbol español. No era un dechado de virtudes técnicas pero su fe y entrega así como el olfato de gol inherente a todo delantero que se precie de serlo le granjeó una leyenda que todavía se recuerda.
Sus duelos con centrales aguerridos marcaron no pocos encuentros de máxima rivalidad de aquellos años. Especialmente contra tres de ellos mantuvo épicas batallas saldadas en no pocas ocasiones con victoria del merengue: el barcelonista Migueli, el rojiblanco Arteche y el bilbaíno Goikoechea. Era épocas dadas a los duelos en la alta sierra en el área. El marcaje en zona era poco corriente, los delanteros no sobresalían por su técnica y sí por su potencia y la idea de un defensa poco duro y buen manejador de la pelota no estaba muy extendida. La consecuencia era un fútbol duro y de contacto que dejaba a la capacidad de desmarque y al remate de cabeza muchas de las opciones de gol de aquel entonces.
En la selección española no vivió grandes momentos, más bien fueron casi todos amargos. La maldición que perseguía a la roja le llevó a formar parte de dos desastres sonados de la selección: los Mundiales de Argentina 78 y España 82. No obstante estuvo en el combinado nacional que alcanzó la final de la Eurocopa de 1984, enfrente la Francia de Platini, la gran favorita a la que se plantó cara y sólo se cedió ante una falta inexistente y una cantada del gran Arconada, que pasaría a la historia por esa pifia cuando sus intervenciones previas habían llevado a España a la final. Paradojas del fútbol. Con carácter previo a esa fase final Santillana había sido uno de los grandes protagonistas de una noche histórica del nuestro fútbol. Aquella en la que se le metieron doce goles a Malta, milagro en el que nadie creía y que inició un idilio con la ciudad de Sevilla. El madridista hizo nada menos que cuatro, como también los hizo Rincón que unidos a los dos de Maceda y el decisivo de Señor llevaron a la locura a las gradas y a todo el país.
Pero también destacó en el ámbito internacional y a nivel de clubes. Vivió la frustración de no conquistar la Copa de Europa aunque estuvo muy cerca de hacerlo en 1981 en la final de París ante el grande europeo de aquellos años, el Liverpool de Bob Paisley. No era uno de los grandes equipos del Madrid, sino el denominado “clan de los Garcías” mediante el que se denominaba jocosamente a los jugadores con ese apellido que componían la columna vertebral del equipo: García Remón, García Hernández, García Cortés, Pérez García, García Navajas. Tras un mal encuentro un gol de Alan Kennedy dio el triunfo a los Reds. Fue la gran decepción de su carrera, a la que hubo de unir una nueva derrota ante un conjunto de las islas en la final de la recopa del 83, en esta ocasión ante los escoses del Aberdeen. Por cierto que quien entrenaba a aqué equipo era un tal Alex Ferghuson.



Pero si saboreó la gloria en la Copa de la U.E.F.A y con una participación significativa ya en la recta final de su carrera. Y uno de los grandes de Europa se convirtió en su víctima favorita, el Inter de Milán. Hasta en cuatro ocasiones eliminaron los blancos a los interistas y en todas y cada una de ellas tuvo una participación decisiva el ariete cántabro. No en vano fue justamente catalogado como la “bestia negra” de los trasalpinos que contaban con defensas solventes como el inagotable Bergomi, pero siempre cometían el mismo error ante los blancos: ceñirlo todo a la eficacia de su "catenaccio". Pero si la vuelta era en Chamartín todo el mundo sabía la historia: la eliminatoria se resolvería con goles de Santillana. Así fue en la Copa de Europa del 81, en la Recopa del 83 y en las semifinales de la U.E.F.A del 85 y el 86. En estas dos últimas la historia se repitió de forma milimétrica, victoria italiana por 2-0 y 3-1 en San Siro y remontada blanca 3-0 y 5-1 en el Bernabéu. En ambas ocasiones con dos goles de Santillana. Una imagen resume de forma precisa estos duelos. Prórroga de la eliminatoria del 86, con la eliminatoria igualada, córner a favor del Madrid, el delantero blanco se eleva y empalma un testarazo que se convierte en el el gol decisivo del encuentro. El locutor José Ángel de la Casa lo manifiesta de esta forma “Faltaba el gol de Santillana. Como en todos los Madrid-Inter”. De hecho aún marcaría otro más. Su nombre quedó asociado a grandes remontadas en el coliseo blanco. A las gestas ante el Inter hay que unirle dos mas separadas nada menos que por diez años: ante el derby County en el 75 y el Borussia de Monchengladbad en el 85 y en las dos marcó los goles decisivos.Con él siempre se podía contar.

PAULO FUTRE: EL IDOLO DEL GILISMO


Si el destino de las personas está más o escrito de forma inexorable el de Paulo Futre se teñía de rojo y blanco desde el verano de 1985 cuando con apenas 19 años y siendo un gran desconocido estuvo a punto de fichar por el equipo que por aquel entonces presidía aún Vicente Calderón.
Sorprendió el interés del club madrileño por un casi juvenil sin apenas recorrido, pero apenas año y medio después todo el mundo entendió el motivo. Y no en un escenario cualquiera; nada menos que en la final de Copa de Europa entre su equipo, el Oporto, y el poderoso Bayer de Múnich. Con ventaja mínima de los bávaros el joven extremo cogió la pelota en banda y mediante paredes y regates imposibles realizó la jugada del partido que, aunque no tuvo el premio del gol, se convirtió en el momento cumbre de la gran final junto con el gol de tacón de Madjer, que dio la sorprendente victoria a los portugueses que dieron la vuelta al partido.
Toda Europa se lanzó a la captura del nuevo astro, pero fue un candidato a la poltrona colchonera el que llevó el gato al agua. Su nombre era Jesús Gil y Gil y con el fichaje del portugués empezó su carrera de golpes de efecto en el mundo del fútbol .Su presentación tuvo no poco de estridente, muy en la línea del personaje: en la discoteca Jácara, cumbre de la movida madrileña, un día antes de las elecciones que, por descontado dieron la victoria al de Burgo de Osma.
Futre lideró un equipo que se dijo destinado ganarlo todo y que comenzó pronto un reguero de decepciones. En realidad el Atlético de aquello años carecía de potencial para grandes logros, pero la era de los vendedores de humo había empezado y el futuro alcalde de Marbella era un maestro consumado en el tema. Los denominados “proyectos” se sucedían sin éxitos destacables pero dejando tras de sí un buen puñado de jugadores de medio pelo y entrenadores devorados por los nuevos aires del fútbol en los que los excéntricos dominaban las poltronas. Entre tanto desbarajuste el portugués vio frenada su progresión como ídolo del fútbol europeo, pero al mismo tiempo se convertía en referente deportivo y emocional del club tan peculiar como el rojiblanco. En su juego también se percibía una tendencia natural al exceso: su melena al viento, la explosiva velocidad, el regate que dejaba sentado a los rivales, su tendencia teatral en el área, así como sus protestas encrespadas daban a su presencia en el campo una expectación que le hacía destacar aún en sus peores partidos.
Como todo gran jugador de la historia del Atlético su hábitat natural fue el juego de contragolpe en el que conseguía sacar el máximo rendimiento a su velocidad y técnica depurada. Más dificultades mostraba en el ataque estático, en todo supuesto en el que su equipo debía llevar la iniciativa ante defensas cerradas. Tampoco ayudaba mucho la inestabilidad deportiva de su equipo. Una media de tres entrenadores por año no es el mejor modo de consolidarse en la élite. Incluso la cosa no dejaba de tener su gracia: en la temporada 89-90 con Javier Clemente de entrenador, las ambiciones máximas del equipo se articularon mediante cuatro fichajes de jornaleros esforzados tan impecables profesionales como limitados peloteros: Bustingorri, Abadía, Ferreira y Pizo Gómez. Y el caso es que el equipo iba segundo cunado Clemente fue cesado, otra cosa era el juego claro.
Sin embrago el tiempo traería al portugués un par de éxitos en la Copa del Rey, en especial con la ayuda del gran centrocampista alemán, repudiado por el Real Madrid, Bern Shuster que permitió las gotas de calidad necesarias en el centro del campo para impulsar las cualidades del astro de Montijo. Fue, de hecho, en la temporada 91-92, con Luis Aragonés en el banquillo, cuando completó su mejor año en España, hasta punto de ser con diferencia el mejor jugador de aquel ejercicio.
En Futre se daba además una característica hoy en día postrada en los mejores jugadores del conjunto atlético: se trataba de un jugador de grandes ocasiones. No eran pocos los partidos en los que pasaba más bien desapercibido, como si la cosa no fuera con él, fruto de la desesperación de no jugar en uno de los grandes, pero cuando enfrente tenía al Barcelona o, sobre todo al Real Madrid, su motivación subía a unos niveles que le hacían dar lo mejor de sí mismo. Dos encuentros marcan su trayectoria ante los blancos. El primero el 3 de diciembre de 1988, en el Bernabéu, tras una exhibición de juego vio cómo su equipo perdía el partido en el descuento después de unas marrullerías de Buyo que la televisión logró captar de forma sorprendente. El guardameta simuló una agresión de Orejuela y entro con alevosía a Manolo sin ser expulsado. Desde entonces el portugués le juró odio deportivo eterno y el tiempo le otorgó la mejor revancha posible. Era el 27 de junio del 92, el año glorioso de Futre, el escenario era de nuevo Chamartín y enfrente los dos colosos madrileños cuando todavía ese duelo estaba salpicado por la rivalidad deportiva más enconada. En los 90 minutos de juego una figura sobresalió de forma espectacular, y no fue otra que la de Futre. Dejó en evidencia a un marcador tan solvente como Chendo al que superó una y otra vez y se convirtió en el jugador decisivo del partido. A los seis minutos un magistral libre directo de Schuster abría el marcador para los de Luis y en minuto veintisiete contra de los rojiblancos, Manolo ve a Futre desmarcado y le manda un balón medido al que llegar casi al mismo tiempo el portugués y su marcador eterno ambos entablan una carrea en el lado izquierdo del área, y el marcaje de Chendo parece cerrar todo ángulo de disparo, pero de repente Futre mete un zapatazo en carrera a la pelota, esta sale disparada y se cuela por toda la escuadra de Buyo, es el 2-0 definitivo y entusiasmado le dice a su oponente “Toma Buyo, toma……”



Como los de la ribera del Manzanares no se caracterizan por dar estabilidad a sus éxitos en el ejercicio siguiente los problemas se agudizan. Futre se enfrente a Luis Aragonés y no resulta económicamente viable mantenerlo en el equipo. Pide ser traspasado y así se hace, a cambio de unos 650 millones de pesetas se va al Benfica. Como tantos ídolos colchoneros no acaba su carrera en el club que les vio triunfar. Pero entonces empieza su calvario con las lesiones. Su rodilla le falla constantemente y le hace perder su gran baza, la punta de velocidad. Emprende un itinerario por diversos países y equipos, primero Francia en el Olympique de Marsella, luego Italia en el modesto Reggina. Una y otra vez suena su posible vuelta al Manzanares al alimón de los fracasos del Atlético siempre su nombre suena como remedio mágico para los males del equipo. Incluso en plena crisis de resultados en la época de Benito Floro, Ramón Mendoza pretende su fichaje para el Real Madrid. Una clausula anti- real de su traspaso al Benfica lo impide. En 1995 recala nada menos que el Milán de Fabio Capello, siempre atento a veteranos del futbol, europeo para que aporten su experiencia al combinado milanista, entonces dueño de Europa. Su maltrecha pierna le impide jugar en casi todo el año y tras un breve paso por el West Ham inglés, decide retirarse. Para ello acude al Calderón, en donde es homenajeado antes de un derby ante el Real Madrid. Su figura sigue marcando a toda una generación de atléticos. Fue sin duda, de los extranjeros que más calaron en la historia de nuestro fútbol. Su éxito en España abrió la vía para los grandes futbolistas portugueses de los siguientes años: Rui Costa, Figo, Deco y hasta Cristano Ronaldo. Después de Futre fue todo más sencillo.

lunes, 25 de julio de 2011

MICHAEL JORDAN: EL MEJOR


Si los tópicos más o menos manidos del mundo del deporte señalan que para ser campeón se necesita un equipo cohesionado y sólido que se anteponga a las individualidades, no cabe la menor duda que el disponer de una super- estrella te garantiza un camino más corto para el éxito.
Un jugador creado en la Universidad de North Carolina, de hecho, consiguió hacer de un equipo mediocre y sin historia, probablemente la mejor escuadra de baloncesto de todos los tiempos. Su nombre era Michael Jordan y puede decirse sin temor a equivocarse que se ha tratado pura y simplemente del mejor.
Alcanzar tal condición en el deporte que vió a Magic Johnson, Larry Bird, Julius Erving, Moses Malone, Oscar Robertson, Wilt Chamberlain, Bill Rusell, Akeem Olajuwon o Kobey Bryant por sólo citar unos cuantos nos deja bien claro el grado mítico que Jordan ha alcanzado. Si bien es cierto que Bird y Magic engrandecieron la NBA, Jordan la convirtió en un espectáculo universal, la extendió a todo el mundo como sinónimo de fantasía casi comparable a Hollywood, con él en la cancha nada era imposible.
Su propia dimensión mediática fue un referente luego copiado por otros deportes, en especial el fútbol. Su contrato con Nike, a mediados de los años 80 consiguió algo inédito en la historia del deporte: que una atleta salvase de la quiebra a una firma deportiva y la hiciera encaramarse a los primeros puestos del ranking de ventas. Jordan representaba un concepto del juego inédito hasta la fecha: existían excelentes tiradores, magníficos defensores, bases capaces de marcar el tiempo del partido, atletas capaces de conseguir los mates más inverosímiles y hasta feroces rebotadores; pero lo que nunca se había visto es a un jugador que reuniera todas esas condiciones. Él tiraba, saltaba, defendía, corría el contraataque, conseguía las más espectaculares canastas jamás vistas y además era extremadamente competitivo.
Con él la NBA abrió fronteras de forma definitiva. Su imagen se concentraba en todas las tiendas de deportes del mundo, de Nueva York a Tokio, de Nuevo México a Berlín, de Paris a Hong-Kong. Fue un símbolo deportivo americano equiparable a Carl Lewis o John MacEnroe. Su legado no conoce parangón como deportista convertido en símbolo mundial, espejo de futuras generaciones y cuyas hazañas cualquier aficionado al baloncesto gusta de disfrutar una y otra vez
Su palmarés simplemente asusta por triunfos individuales y colectivos: seis anillos de campeón con los Chicago Bulls, seis MVP de todas y cada una de esas finales, cinco MVP al mejor jugador del año, diez veces máximo anotador de la liga, diez veces en el mejor quinteto de la temporada y tres veces líder en robos de balón. ¿Alguien da más?. Su leyenda se cimentaba cada año, temporada tras temporada parecía desafiar al sentido común con más y mejores records. Incluso se permitió el lujo de una boutade sin que apenas afectara nada a su rendimiento posterior: en 1993, tras ganar su tercer anillo seguido decidió retirarse para jugar al beisbol. Su aventura en el nuevo deporte no pasó de discreta (nadie es perfecto) y en 1995 volvió a los Chicago Bulls, su equipo de siempre, en el que volvió a liderar al combinado de Illinois a tres campeonatos consecutivos, esta vez con un equipo si cabe aún más poderoso que el del primer triplete.
Sus éxitos individuales fueron paralelos a su aterrizaje en la NBA. Desde el comienzo destacó como anotador insaciable y más en un equipo de escaso rango como eran los Bulls de entonces. En una noche de playoff silenció al Boston Garden con un record de 63 puntos, y Larry Bird declaró que había jugado como el mismísimo Dios. No obstante los Bulls perdieron ese partido. También empezó a convertirse en sinónimo de espectáculo y belleza suma en el jugo: todos esperaban su presencia para disfrutar de las jugadas más gozosas que nunca se había visto.
Más costosos fueron sus éxitos colectivos. La construcción del gran equipo de los 90 tuvo un camino arduo y comenzó a labrase con el ascenso del entrenador asistente Phill Jackson al puesto de principal en la temporada 89-90- Ya entonces avisaron: llegaron a las finales de la Conferencia este y forzaron siete encuentros a los Pistons de Detroit entonces dominadores incontestables de la Liga. La rivalidad con los de Michigan marcó los primeros cinco años del astro: no en vano no dudaban de acudir a cualquier método legal o ilegal para detenerle y en tres eliminatorias seguidas lo consiguieron, pero la era de los triunfos estaba aún por llegar.
La consolidación del bloque vino dado por la presencia de secundarios solventes que completaban la magia de su estrella: el base-tirador John Paxon, el versátil Horace Grant, un rocoso y veterano center Bill Cartwright y sobre todos ellos el complemento ideal para Jordan, todo un All-Star llamado Scottie Pippen. A esos nombres en el segundo trienio glorioso les sustituyeron otros de no menos relevancia: Ron Harper un veterano que consiguió culminar su carrera de manero gloriosa, Tony Kukov el mejor jugador europeo hasta entonces conocido y el inimitable camorrista Dennis Rodman, amén de los eternos Jordan y Pippen.
Es posible que ningún otro jugador de ningún deporte colectivo haya dominado tanto los encuentros como lo hacía Michael Jordan. El mundo del fútbol conoció de un caso similar en el Mundial de 1986 cuando un Digo Maradona en el esplendor de su carrera llevó casi solito a la conquista del campeonato del mundo a una mediocre selección argentina. Da la impresión que hubiese hecho campeón a cualquier franquicia del campeonato, algo no completamente justo, ya que ,como hemos señalado, sus acompañantes hubiesen sido quizá grande estrellas en cualquier otro equipo, si no hubiesen sido eclipsados por la estela del gran líder. Pero el mundo de la canasta tuvo en Jordan a un seguro de competitividad inigualable. Siempre se sabía que iba a robar un balón decisivo, a realizar una canasta imposible en los momentos más duros y a minar a sus rivales ante la imposibilidad de detenerle. Pat Riley, mítico entrenador de los grandes Lakers y que posteriormente sufrió en sus carnes las masacres de Jordan siendo director técnico de Nueva York y Miami llegó a declarar que no creía que nadie fuese capaz de ganarle un anillo a Chicago mientras Jordan continuase. No se equivocó. Su número de víctimas en aquellos años llegó a considerarse como un ejemplo pocas veces repetido de dictadura deportiva. Casi comparable a los triunfos de un dominador del tenis, el golf o el ciclismo.
El número de partidos decididos por nuestra estrella es agotador, casi tanto como su currículo antes expuesto, Pero de entre todos ellos destaca uno con luz propia. 1998 finales de la NBA frente a Utah, liderada por su binomio mágico John Stckton- Karl Malone, en su infructuosa búsqueda del anillo. Sexto partido en Sant Lake City, ganaban los Jazz 86-83 con balón en posesión. Roba Jordan que encesta y pone a su equipo a un punto, pero con posesión para Utah. El balón llega a Malone, que sólo tiene que protegerlo para dejar que el tiempo se consuma o forzar una falta. Pero una mano imposible le roba el balón. ¿De quién?. No podía ser de otro que de Jordan. El mítico escolta aguanta la pelota la bota insistentemente una y otra vez ante un público asustado: saben lo que va a ocurrir y de hecho se cumple con precisión. Paso atrás del escolta, que se deshace de su defensor y con una suspensión admirable tira a canasta robotando en el aro y encestando. 86-87, fin del partido, de las series y sexto anillo para los Bulls y para Jordan. No podía ser de otra forma.


lunes, 11 de julio de 2011

LA PRIMERA EDAD DE ORO DEL BALONCESTO ESPAÑOL


Como en la mayoría de las historias el esplendor del baloncesto hispano, un eslabón más en la edad de oro del deporte de nuestro pais, tiene un comienzo de fácilmente localizable. Se pude señalar los Mundiales de Cali en 1982 como punto de arranque del impacto social y deportivo de un deporte, el de la canasta, que no había pasado de minoritario aun cuando la sección de Baloncesto del Real Madrid había dominado Europa en no pocas ocasiones.
No eran tiempos muy boyantes para los deportistas españoles. Apenas los éxitos de Severiano Ballesteros otorgaban cierto prestigio a nivel internacional y en cuanto a juegos de equipos el panorama era aún más sombrío. España vivía sus primeros años de democracia pero de ella se tenía aún una visión más bien folclórica y anacrónica que se manifestaba hasta en imágenes cinematográficas tales como las “Sólo para tus ojos” el James Bond de 1981 en el que se identificaba la sierra madrileña con una aldea mexicana. Todavía quedaban lejos el Mercado Común Europeo y la consagración definitiva en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992.
Pero en aquel Mundial de Baloncesto del verano del 82, aun cuando no se consiguió medalla al quedar cuartos clasificados, los aficionados tuvieron la sensación de presenciar a un equipo, la selección española de baloncesto, que competía al más alto nivel con potencias como Estados Unidos (al que se le ganó) o Yugoslavia. Un año más tarde, en el europeo de Nantes, llegó su consagración definitiva cuando se plantó en la final del mismo derrotando a la mismísima U.R.S.S en la final, algo impensable para la mayoría dado el potencial soviético por aquel entonces. No se pudo conquistar el oro puesto que se perdió la final ante la Italia de Brunamonti, Riva o Materazzi que ejerció de bestia negra por aquellos años, pero el paso decisivo ya estaba dado.
Entrenaba a España un seleccionador que adquirió la categoría de eterno; nada menos que veintisiete años se mantuvo al frente de lo que él denominó el “equipo nacional”, un record mundial todavía no superado en ninguna especialidad deportiva. Antonio- Díaz Miguel dotó al equipo de un aire personalísimo y hasta familiar, cuestión que a la larga planteó no pocos problemas. Sin embargo, nadie le puede quitar el mérito de crear una escuadra que se codeó con los mejores gracias a unos conceptos muy bien asumidos: una defensa agresiva que derivaba en robos de balón y fulgurantes salidas al contraataque. Eran años en los que la inferioridad física española respecto de sus grandes rivales era evidente y la velocidad era el mecanismo que compensaba otras carencias.



Los integrantes de aquel combinado fueron la primera generación de oro del baloncesto español. La mayoría nacidos en 1959 era un grupo que destacaba por su calidad técnica y un notorio espíritu competitivo y de sacrificio. En la dirección se encontraba el gran Juan Corbalán, quizá el `paradigma de director de orquestra y de líder dentro y fuera del campo. Sus recambio no eran menos solventes; Nacho Solozábal representante del mejor Barcelona y Joan Creus, un base más que notable. Los aleros tenían dos estiletes destacados Epi, acaso el jugador español más carismático de su tiempo, infatigable anotador y especialmente dotado para los finales apretados y Juanma Iturriaga, posiblemente el mejor intérprete del contraataque de su tiempo, algo clave para el estilo de juego de la selección. Asimismo, dos jóvenes jugadores dieron el impulso definitivo al combinado nacional para situarse en lo más alto: Fernando Martín y Andrés Jiménez. Con ellos se consiguió ese plus de calidad bajo los aros esencial para luchar contra equipos que contaban con jugadores interiores más fuertes y altos. Jiménez otorgaba una polivalencia inusual para un jugador alto y Martín la fuerza y el talento en el aspecto anotador y reboteador.
A estos mimbres esenciales se le unían otros componentes no tan decisivos pero extraordinarios como complementos. El enorme pívot Fernando Romay suponía la intimidación defensiva necesaria, mientras que el flexible Fernando Arcega era cobertura de plenas garantías para los hombres altos, así como el bregador pívot hispano-argentino Juan de la Cruz. También se contaba con el alero de quizá más talento natural de su época: el dominicano nacionalizado Chicho Sibilio, pero su intermitente carácter así como su poca disposición al trabajo defensivo hicieron que su historia con la selección española no acabara de cuajar lo que hubiera sido deseable.Y para cubrir sus ausencias ahí estaba el "matraco" Margall un prodigio de técnica tiradora decisivo en no pocos compromisos.
Tras el éxito de Nantes España asumió lo que sería el campeonato de su consagración: los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984. A ellos se acudió con esperanzas más que fundadas de obtener metal puesto que la gran potencia europea, los soviéticos, habían boicoteado los mismos al ausentarse. El metal dorado tenía ya dueño ya que los Estados Unidos formaron una escuadra en la que sobresalían futuras leyendas de la NBA como Pat Ewing o el mismísimo Michael Jordan. El objetivo realista para cualquier otra selección era la plata. Y ese fue el premio que se trajeron los españoles.
Hoy en día resulta difícil explicar el impacto de aquel éxito cuando las medallas son el resultado habitual de la excelente selección de nuestros días, los triunfos de Nadal o Contador son rutinarios y nuestro fútbol domina el concierto internacional de forma excelsa. Pero en aquel 1984, las Olimpiadas apenas suponían cuatro o cinco medallas y el triunfo de un equipo español en el concierto internacional era tan extraño que aquellas madrugadas que engancharon a los espectadores supusieron la consagración definitiva de un deporte que vivió un boom inolvidable en la segunda mitad de los años 80. Cuando se derrotó a Yugoslavia en las semifinales se puede decir que ninguna otra selección de cualquier categoría había hecho vibrar de esa forma al aficionado español.
El final de este relato no estuvo exento de amargura. Desde ese triunfo el equipo comandado por Díaz- Miguel fue encadenando sucesivas decepciones que desembocaron en el desastre de Barcelona 92; un exótico equipo angoleño destrozó a España por nada menos que 20 puntos de diferencia. Eran épocas en las que se discutía la presencia de un tercer americano en los equipos de la ACB. Los jugadores de la selección amenazaron con un plante antes de empezar a entrenar. La venganza del público fue tal cruel como ingeniosa, una pancarta proclamaba “sí al tercer angoleño”. El seleccionador inagotable tuvo una salida en falso pero el tiempo curó su imagen; su sucesor, el prestigioso Lolo Sainz, apenas mejoró los resultados en los siguientes años.
En cualquier caso lo importante de cualquier obra es su legado. Esa primera generación de oro dejó como herencia una afición por el basket que empezó a cuajar entre los jóvenes. Y en aquellos años los Gasol, Carbajosa o Navarro daban sus primeros pasos en la vida. Los pioneros siempre son recordados