sábado, 1 de octubre de 2011

KAREM ABDUL JABBAR: EL CAMPEÓN INCOMBUSTIBLE


Ferdinand Lewis Alcindor, Jr no resulta muy familiar para el gran público. Pero cuando en 1971 un joven jugador de baloncesto decidió convertirse al islamismo, tras leer una biografía de Malcom X, y cambiar su nombre por el de Karem Abdul Jabbar, ya por aquel entonces había protagonizado una historia deportiva de primerísimo nivel. Su irrupción en el baloncesto universitario de la década de los 60 creó un impacto del que pueden dar fe sus impresionantes números: una media de 26,40 puntos y 15 rebotes por partido. La Universidad de UCLA comandada por el mítico John Wooden empezó un dominio aplastante del baloncesto amateur cuto principal bastión fue un joven neoyorkino de carácter reservado que parecía simplemente imparable en la cancha.
Como muchos otros grandes ídolos de raza negra el deporte fue un medio para ganarse el respeto de la gente en una nación que vivía una efervescencia de la lucha por los Derechos Civiles y en la que quedaba todavía un largo camino por recorres en pos de la justicia social. Tal vez influenciado por el polémico líder de la lucha radical que cambió su vida la postura de Jabbar fue siempre arisca y distante. Sus logros en la cancha suponían un desafío a un mundo que no daba a su gente muchas más opciones de supervivencia que el triunfar como atleta. De hecho llegó a pedir su traspaso de los Milwaake Bucks por no sentirse comprendido por el entorno en lo referente a su cambio de nombre y de creencias. Sus deseos eran bien claros: o Nueva York o Los Ángeles, las dos grandes ciudades en donde la excentricidad podía ser tolerada o al menos difuminarse de forma más eficiente.
En cuanto a sus condiciones como jugador se trató probablemente del más grande pívot de todos los tiempos. Sus casi 2,18 metros de altura no suponían ningún impedimento a una de las más depuradas técnicas jamás vistas en una cancha. Nadie perfeccionó como él un tiro a canasta con sello propio: el Sky Hook o “gancho del cielo” mediante el que recibía el balón y aprovechaba su estatura para hacer un movimiento de abajo a arriba y lanzar el balón perpendicular a la canasta con una asombrosa efectividad. Fue el sello de identidad más famoso del que jamás disfrutó ningún jugador en la historia del baloncesto.
De él se dijo que era uno de los mejores atletas que jamás vió el deporte profesional de todo tipo. Su carrera en la liga más exigente del mundo se extendió la friolera de veinte años y salvo los dos últimos en los que el paso del tiempo mostró inequívocas signos de cansancio lo hizo siempre al más alto nivel. Se enfrentó con diversas generaciones de pivots que marcaron la historia de la liga: Bill Walton, Dave Cowens o Bob Lanier en su comienzo. Darrel Dawkins, Artis Gilmore o Moses Malone hacia la mitad o Hakeem Olajuwon en la recta final. Sin embargo para el recuerdo han quedado sus duelos con Robert Parish, en gran 5 de los Celtics de los 80. Aunque la atención, mediática estaba centrada en el duelo de Magic y Bird, los analistas sabían que el auténtico destino de las míticas series se concentraba debajo de los tableros; en quien dominase el rebote y alcanzase una efectividad mayor en tiros de campo.
Su llegada a los Lakers en la década de los 70 no revitalizó a la franquicia en la medida de los esperado, a pesar de que los números del astro resultaban apabullantes. Pero en 1979 un niño prodigio del baloncesto recayó en la costa oeste californiana. Se llamaba Earvin Jonshon y era considerado como mágico y con razón.
Cualquier otro jugador con diez años de experiencia en la liga y que fuera la estrella indiscutible del equipo habría mirado con recelos la llegado de una sombra para su dominio. Pero ente el pívot y el base se dio una química especial que contagió a un conjunto de jugadores brillantes recolectados en diversos drafts gracias a la labor gerencial de una vieja gloria de equipo: Jerry West. La consecuencia de esta sintonía fue la aparición del “show-time” un estilo de juego que adquirió la categoría de leyenda en apenas unos años. Si la rapidez de Magic era el motor de las embestidas del contraataque amarillo, su inicio partía del dominio de Jabbar bajo aros. En realidad el pívot siguió siendo la referencia ofensiva principal durante la primera mitad de la década de los años 80, aquella que cambió la historia de la mejor liga del mundo y que tuvo como principal protagonista a los Lakers que ganaron cinco campeonatos y disputaron tres finales más.



De todos los momentos memorables de esa segunda juventud de Jabbar hay uno culminante. Las series finales de 1985 ante sus verdugos históricos: los temibles Boston Celtics de Larry Bird, Mchale y Parish. En las finales del año anterior los célticos había ganado por un detalle esencial del juego: su dominio en el rebote. Para Jabbar era una cuestión de orgullo personal. Ya había vivido dos derrotas frente a Boston e las series finales (una cuando estaba todavía en Milwaake), Los Angeles nunca había ganado una final a los propietarios del Garden y encima después del primer partido de las series fue ridiculizado por la prensa de Boston. Tras una humillante derrota en el primer encuentro por 148-114 Part Riley, entrenador de los Lakers puso un video del partido a su equipo. Ante los continuos quiebros de Parish a pívot de los californianos el elegante director de orquestra le comentó a su jugador “¿Qué pasa capitán, estas ya cansado?. Mira cómo te supera Robert, una y otra vez”. No dijo nada, tomó nota y el resto de las series barrió a todos los que les salieron al paso siendo proclamado MVP de las finales. Ya entonces contaba con treinta y ocho años.
Para entonces ya se trataba de todo un icono de la cultura deportiva de todo el mundo. La NBA empezaba a exportarse y las estrellas de la liga se convertían en referentes de la juventud de todos los rincones del planeta. Su leyenda era inconmensurable; aún a fecha de hoy resulta el jugador que más puntos ha metido en la historia de la liga y el que más minutos ha jugado. Es además el tercer taponador de la historia y el octavo en porcentaje en tiros de campo. Superó su tradicional misantropía con su auto paródica aparición en “Aterriza como puedas” y con el tiempo se lanzó a publicar libros. Superó traumas personales tales como el incendio de su mansión y la estafa de su hombre de confianza en los negocios, lo cual atrasó su retirada de los terrenos de juegos,
Cuando en la temporada 88-89 anunció su retirada todas las canchas del país le rindieron homenaje merecido. Coleccionó ovaciones y regalos de todo tipo. De hecho no hizo sino recoger los frutos de una vida de éxitos deportivos sin igual.

domingo, 25 de septiembre de 2011

LAS LIGAS DE TENERIFE: CUANDO CAMBIÓ EL CURSO DE LA HISTORIA


Los finales apretados son la salsa de las ligas. Aunque ganar un campeonato siempre desata la euforia del aficionado, no cabe duda que los triunfos acompañados por sufrimiento y la incertidumbre gozan de una posición muy especial en la memoria de los aficionados y de los protagonistas de tales lances. La explosión que conlleva celebrar el triunfo tras la tensión acumulada de muchas jornadas y cientos de pronósticos y sueños es uno de los momentos más esperados que el deporte de élite puede conocer.
La historia del futbol español ha conocido de numerosos finales de infarto grabados a fuego en la memoria colectiva: aquél título del Valencia forjado en un empate en el Manzanares entre rojiblancos y azulgranas, el gol in extremis de Zamora en El Molinon, la derrota del Real Madrid en Valencia dándole en bandeja el título al Athletic de Bilbao o el inolvidable y trágico penalti en Djukic en el 94 que supuso el cuarto título del arrollador Barca de comienzos de los 90. En todos y cada uno de ellos dos equipos o más buscaban la gloria y sólo uno la obtuvo tras una prolongada agonía de 90 minutos. Son jornadas de transistores o televisión, de comienzos simultáneos y alternancias en el podio, de tránsitos febriles de la gloria al fracaso.
A comienzos de los años 90 dos ligas se decidieron de la misma forma y con los mismos protagonistas: el Barca, el Real Madrid y un tercer invitado inesperado el Tenerife. Los canarios habían ascendido a primera división en 1989 y deambulaban por la zona media- baja de la tabla sin grandes apuros pero sin mucha brillantez. Desde el inicio había mostrado un cierto buen gusto por fichar a jugadores de nivel técnico, entre sus objeticos no se encontraba el mantenerse en la máxima categoría a base de cerrojazos. Quique Estebaránz, Felipe o un joven argentino llamado a marcar una época, de nombre Fernando Redondo, mostraban un estilo depurado aunque no cuajado del todo. A mediados del año 91-92 llegó a las islas una vieja gloria del Real Madrid y la selección argentina: Jorge Valdano, discutido defensor del futbol espectáculo y de toque dejó una cómoda carrera de periodista deportivo por la incertidumbre de los banquillos. Aquellos sería sus mejores años como entrenador.
Madrid y Barcelona seguían con su dominio eterno del balompié hispano aunque la rivalidad empezaba a mostrar cambios importantes. Los culés habían ganado la Liga anterior rompiendo el monopolio blanco sobre la liga. Aún más: la ansiada Copa de Europa había sido conquistada tras una final ante la Sampdoria italiana. Casi cien años de fantasmas se enterraron de golpe tras el lanzamiento de falta de Koeman. Pero en España el panorama había vuelto por donde solía: desde la sexta jornada el Real había liderado el campeonato protagonizando un fenómeno curioso, destituir al entrenador que lo había encaramado desde el inicio al primer puesto, Radomir Antic, por considerar que el equipo no daba espectáculo sustituyéndolo por un viejo conocido de la casa blanca: Leo Beenhaker campeón de Liga tres años consecutivos. El cambió no dio los frutos esperados, se siguió jugando mal y se empezaron a perder partidos, especialmente fuera del Bernabéu.
Por su parte el Barcelona tras no pocos titubeos terminó asimilando el 3-4-3 impuesto por Johan Cruyff y la victoria en la máxima competición continental relajó a los jugadores azulgranas de tal forma que empezaron a sucederse las victorias en la recta final de la temporada que dejaron todo por decidir para la última jornada. El Real Madrid visitaba Tenerife y el Barcelona recibía al Bilbao en el Camp Nou. A los blancos sólo les valía la victoria ya que la diferencia de goles favorecía a los catalanes. Y había elementos para la suspicacia: el Tenerife no se jugaba nada y en sus filas había dos destacados exmadridistas: el portero Agustín González y el entrenador Valdano. El victimismo tan clásico de los azulgranas de entonces proclamó escepticismo sobre la voluntariedad canaria para ganar el envite. Tal vez por eso empezaron a correr los maletines incentivadores.
Cuando la gran tarde llegó los acontecimientos tomaron un giro inesperado. El Barca ganaba con facilidad su partido; pero había un problema y no era otro que el Madrid hacía lo mismos. A los 25 minutos un rotundo 0-2 se señalaba en el video marcador del Heliodoro Rodríguez López. Todo parecía decidido pero caso al final de la primera parte los locales recortan la distancia. Todo estaba por decidir. Y la segunda parte cambió el rumbo de la historia. A los veinte minutos el Madrid marca pero el linier había levantado la bandera. La repetición de Canal Plus muestra que no había fuera de juego, pero todo sigue igual. Y en apenas cinco minutos la locura: jugada personal de Felipe que se interna en el área y centra raso; el defensa central brasileño Ricardo Rocha introduce el balón en su propia portería. Ya entonces la liga era azulgrana. Pero la cosa no ha acabado ahí. El Real atolondrado saca de centro y Sanchís realiza la cesión al portero más absurda jamás vista. Buyo trata de coger la pelota y lo despeja hacia la propia portería donde Pier remacha el 3-2 definitivo. Fin de la liga y de la hegemonía blanca.



Un año más tarde todo un deja vu. El Barca recibe a la Real Sociedad y el Madrid acude de nuevo a Tenerife. En esta ocasión los de Valdano no necesitan primas de motivación: se juegan entrar en la U.E.F-A un hito para un conjunto que no mucho tiempo atrás se encontraba en la mismísima 2ª B. Se repite la historia, aunque con menos dramatismo: el Real pierde 2-0 con goles de Dertycia, ambos de espectacular testarazo. Gracia Redondo el árbitro hace el resto, y no señala dos penaltis claros en el área canaria. Los tiempos han cambiado y las ayudas tantas veces criticadas por los rivales de los madridistas ahora van en otra dirección. El “Dream Team” camina hacia la historia, es su tercer título consecutivo y no se olvidaran de su aliado inesperado, ya que la insignia de oro y brillantes del club irá para los jugadores que han ajusticiado a sus eterno rival, algo inédito en la historia. Valdano ficharía años más tarde por el rival al que había ajusticiado con desigual suerte, ganó una liga el primer años y fue cesado el segundo.
Esas ligas marcaron la transición en el dominio del fútbol hispano. De 1953 a 1990 los azulgranas sólo ganaron cuatro ligas frente veintiuna de los del Concha Espina. A partir de ahí por el Camp Nou han pasado once campeonatos por seis madrileños además de cuatro Ligas de Campeones. Hasta Tenerife una maldición recorría los cimientos de Can Barca, parecía como si sólo se pudieran ganar ligas con más de diez puntos de diferencia sobre el segundo. Hoy en día el Tenerife ha desaparecido del primer plano de la actualidad futbolística. Pero nadie olvidará su importancia por aquellos días.

domingo, 18 de septiembre de 2011

CUANDO EL MAGARIÑOS TRONABA


El deporte profesional no conoce de mucho romanticismo. Es más, el mismo está casi desterrado. La consideración de su ejercicio como mera diversión queda circunscrita al campo de lo amateur, y desde luego carece de toda lógica el pensar que unos jugadores que cobran por competir, tengan un concepto hasta divertido de su profesión.
En Madrid existe, sin embargo, una entidad que ha cuajado en el aficionado de forma muy especial desde su fundación allá por el lejano 1948. Identificado con un prestigioso Instituto madrileño, desde sus orígenes representó la esencia más primitiva del ejercicio del deporte, en este caso del baloncesto, y esta no era otra que jugar de la misma forma que uno juega en el patio del colegio. Esa entidad tan especial recibe, no de forma aleatoria, el nombre de estudiantes y es historia viva del basket hispano.
Muchas han sido las etapas de su larga y entrañable historia, muchos los jugadores claves que han pasado por sus filas y que han aportado grandes momentos de gloria a un deporte tan en alza en nuestros días. Desde Díaz Miguel hasta Alberto Herreros, pasando por Aíto García Reneses, Gonzalo Sagi-Vela, Vicente Ramos, Fernando Martín, Vicente Gil, Nacho Azofra o los hermanos Reyes, Alfonso y Felipe y un sinfín de nombres que han representado un buen puñado de escenas para el recuerdo en las canchas. Su encomiable apuesta por la cantera se ha convertido en una extraordinaria seña de identidad impuesta en todas y cada una de las etapas de su largo devenir; una vez consagrado el chaval que desde juveniles se había formado en las canchas del Polideportivo Antonio Magariños su destino era por todos conocido: fichar por uno de los grandes. Pero la entidad lo asumía y no reprendía nada, le deseaba suerte y permitía la cobertura de su puesto por otra promesa y de paso financiaba su maltrecha economía con el dinero del traspaso.
No pocas han sido las dificultades, en especial económicas que ha superado en todas y cada una de las ocasiones. La búsqueda de un patrocinador se ha convertido en un motor de subsistencia necesario para competir en la jungla del profesionalismo. Porque con todo su concepto atípico de entidad deportiva el Estudiantes siempre ha sabido batirse el cobre con rivales más `poderosos y nunca ha bajado de la máxima categoría de la ahora liga ACB. Podrían tener menos dinero, podrían ser más bajos, podrían traspasar a sus grandes figuras, podrían disponer de americanos menos cotizados, pero para ganarles ha habido siempre que sudar mucho.
De entre todas las etapas de su historia una queda en el recuerdo de forma automática, quizá más que otras tan encomiables. Pero el periodo 1985-1992 se hace especialmente nítido porque también significó la época de la eclosión del baloncesto como segundo deporte nacional. Muchos fueron los que pensaron que el Estudiantes no tenía futuro en una liga cada vez más igualada y profesionalizada con la entrada de los dos americanos por equipo. Pero equivocaron los pronósticos y además el club se convirtió en una referencia del deporte nacional de la forma más peculiar: a través de su hinchada. La famosa “Demencia” resultó un contrapunto esencial en una época en el que los grupos violentos empezaban a poblar los campos de fútbol de caso toda España y mostró un camino bien distinto al que estos últimos seguían: el ingenio y desenfado se antepusieron a una visión dramática y hasta violenta de la rivalidad deportiva y muchos fueron los jugadores y técnicos rivales que no dejaron de admirar esta vis cómica de aquellos que otros no cejaban en presentar como una cuestión de vida o muerte.



A nivel deportivo un pequeño milagro permitió a una entidad sin apenas recursos económicos encaramarse a los puestos destacados de la liga y hasta logran el punto culminante en el año 92: ganar la Copa del Rey y llegar nada menos que a la Final Four de la Copa de Europa en Estambul. En esta hazaña deportiva tuvieron un papel destacado tres americanos nacidos muy lejos de Madrid y que nunca pudieron pensar que fuesen a tener una papel tan destacado en un entidad tan peculiar: David Rusell era una figura de la Universidad de St Johns cuya irrupción en la liga española significó la entrada del espectáculo en su más pura esencia, sus saltos, machaques y cintas encandilaron al público de toda la Liga dejando un listón tan alto que `parecía difícil de superar, sin embargo su sucesor Ricky Wislow no le fue a la zaga en cuanto a habilidades acrobáticas y anotadoras. Pero aparte de estos dos nombres uno sobresalió por encima de todos, y era un pívot más bien regordete, con escasa altura (apenas 2,02) y aspecto de cualquier cosa menos de jugador de baloncesto. Debutó en el viejo pabellón de deportes del Real Madrid y cuando apareció provocó más mofas que otra cosa. Su nombre era John Pinone y marcaría la historia del club en los próximos años. Su habilidad bajo aros demostraría que la altura y fortaleza física no resultan los únicos argumentos de un center, cada partido suyo suponía un derroche de imaginación y aprovechamiento de recursos, con capacidad para la anticipación (era famoso el “zarpazo” del oso) un buen tiro de cuatro metros mediante el que conseguía arrastrar a su defensor, buena posición en el rebote y hasta dotes de liderazgo. Fue el primer americano en convertirse en captán del equipo.
A estos nombres foráneos se les unieron un grupo de guerrilleros nacionales dispuestos a derrochar entusiasmo y coraje en cada partido: el batallador Pedro Rodríguez se partía en cobre con rivales mucho más altos y poderosos que no siempre podían ganarle, el veterano base Vicente Gil ponía los partidos a toda pastilla ante el entusiasmo generalizado, Javier García Coll aportaba defensa y triples decisivos y con el tiempos estos nombres fueron progresivamente sustituidos por otros si cabe aún más brillantes: los bases Antúnez, Jofresa y Pablo Martínez, el pívot Orenga y por encima de todos el extraordinario tirador Alberto Herreros que sería el único jugador en la historia del club que salió en medio de gran polémica.
Para demostrar lo que significó Estudiantes nada mejor que la imagen de un partido de 1986 ante el Barcelona en el Magariños. A falta de pocos segundos el equipo perdía, en ese mismo instante todo la cancha rugía “este partido lo vamos a ganar”, con todo a favor los jugadores azulgranas cometen errores de principiantes ante la increíble presión del público. Los locales tiene la última opción para ganar por el intento de triple falla. Unos minutos más tarde los jugadores del Estudiantes deben de salir a saludar a una hinchado enfervorecida tras un partido que se había perdido. La crónica de “El País” al día siguiente rezaba “ en España no se ha producido un acontecimiento así en ningún deporte en los últimos años”. A fin de cuentas el resultado era lo de menos.

sábado, 10 de septiembre de 2011

LA GUERRA EN LAS ONDAS: LA RADIO COMO CAMPO DE BATALLA


El tinglado mediático que siempre implica el mundo del fútbol ha necesitado siempre de la polémica. Hoy vivimos las era de la televisión de la cual depende el futuro económico de los clubes. Las ondas han pasado a un segundo plano ya que los resultados se pueden comprobar hasta en Internet al instante sin necesidad de esperar al grito del locutor.
Pero la radio forma parte del ideario colectivo del aficionado. Muchos momentos de la infancia se asocian al carrusel deportivo de los domingos en la cadena que fuese. Nombres como Matías Prats, Hector del Mar, Gaspar Rosety , Joaquin Prat o Pepe Domingo Castaño han cobrado una trascendencia esencial en la historia del fútbol y del deporte general. Para el forofo, el locutor de radio cobraba una dimensión casi equiparable a la del jugador. A fin de cuentas era el intermediario entre lo que ocurría en el terreno de juego y sus expectativas como aficionado. Durante no pocos años sólo existía un par de partido por televisión a la semana. El europeo del miércoles y el del sábado. El resto pasaba al “Estudio estadio” al que esperaban todos como agua de mayo en donde se cotejaba lo que antes se había escuchado en las ondas.
En la década de los años 90 una figura dominaba el panorama periodístico deportivo de forma casi dictatorial y esa no era otra que la de José María García. Ostentó durante casi treinta años el liderazgo en audiencia de las noches y , por descontado, de los carruseles de los domingos. Su influencia en el deporte era extraordinaria, casi increíble de entender a fecha de hoy. Su estilo incisivo, agresivo y hasta chabacano en tanto mostraba un gusto desmedido por el insulto refinado, le hizo ser temido por todos o casi todos, al menos. Las puertas de los grandes clubes estaban abiertas para él de par en par. No había exclusiva que se le negara y pobre de aquél que osara negarle un trato de favor. Sus programas nocturnos sumieron en el insomnio a un buen puñado de españoles que dejaban consumir las horas en espera del comienzo del ya legendario “ buenas noches señores, un saludo cordial……”. Llevarse bien con él suponía un escudo protector frente a posibles ataques. Ser su enemigo implicaba encontrarse sólo ante el peligro. El miedo de los dirigentes a sus críticas les llevaba a mantener entrenadores en el alambre y no prescindir de jugadores cuestionados. El presidente o técnico que caía en desgracia ante él podía tener sus horas contadas, ya que todas las noches una buena retahíla de descalificaciones que terminaba calando en el aficionado. A este poderío llegó tras demostrar, sin duda, una alta capacidad profesional. Pero el uso del mismo fue mas cuestionable. Alguna de sus frases como “Pablo, Pablito, Pablete…” (por el Presidente de la Federación Pablo Porta..) o “bulto sospechoso” (por aquel colegiado que consideraba inadecuado) formaron parte de la identidad deportiva del país.
Tamaño control sufrió una embestida por parte del más poderoso grupo de comunicación que jamás conoció el periodismo español. El Grupo PRISA casa matriz del diario “El País” y la Cadena Ser decidió dar un giro a su política informativa en el área deportiva. Había caracterizado al citado grupo una apuesta decidida por el periodismo de calidad, lejos de los tópicos tan manidos del mundo futbolero. La sección de deportes de “El Pais” se había distinguido siempre por la crónica elaborada y hasta el gusto por el periodismo literario que utilizaba el deporte como base de narraciones elegantes matizadas por el común uso d ela metáfora literaria. Nombres como Luis Gómez, Santiago Segurola o Julio César Iglesias representaban con solvencia esa línea. Cuestión distinta fue la radio con la irrupción del lenguaraz José Ramón de la Morena, que curiosamente había iniciado su carrera de la mano de García. Una discrepancia con el temido locutor fue el inicio de la guerra sin cuartel. Calificado por el boss de las ondas como “el tonto de Brunete” el joven periodista inició una cruzada particular contra su influencia que poco a poco fue calando en los aficionados, especialmente en los más jóvenes. Por primera vez García era respondido con su propia medicina en un programa que pronto adquirió estatus de mito “El Larguero” que dedicaba buena parte de su tiempo a ponerle a caldo; lo que significaba que las palabras malsonantes y que el estilo farruco se apropiaron de las noches deportivas. No era nada nuevo en un país caracterizado por la división eterna y que parece disfrutar de las guerras civiles hasta en las cuestiones más nimias; pareciera como la tendencia española al conflicto fuese una necesidad vital: o se es del PP o del PSOE, del Madrid o del Barca, de playa o montaña, o feminista o pro-familia. El punto medio parece coto vedado.



La guerra en las ondas hasta eclipsó a las competiciones. Los deportistas sabían muy bien que ser amigo de uno implicaba enemistarse con el otro. Y en función de sus intereses decidían sus adscripciones. Si Pedro Delgado se convertía en enemigo de García, la SER le contrataba de comentarista. Si Clemente era fustigado por Dela Morena, García le defendía a capa y espada. Mientras Valdano era un asiduo del universo PRISA, en los espacios de García era el “rapsoda”. Cuando la Quinta del Buitre cayó en conflicto con el líder eterno de la radio, los medios del entonces todopoderoso Polanco no cejaban en recordar su historial. Los aficionados se dividían entre divertidos y convencidos, a fin de cuentas el circo no dejaba de tener su guasa. La credibilidad importaba bien poco, lo importante era la defensa de la causa.
Tampoco escapaban a la contienda el panorama político de esos años. García era el líder de la COPE la emisora episcopal azote de los gobiernos de Felipe González y Dela Morena era el periodista revelación de la SER, que defendía la causa “progresista”. El deporte no fue sino otro frente de batalla de la lucha por el poder, algo que deja en muy mal lugar a la cultura política y deportiva de los hispanos. De la inconsistencia de las posiciones entonces infranqueables sólo cabe decir un hecho reciente: prácticamente la totalidad del equipo del legendario “Carrusel deportivo” de la ser terminó fichando por la COPE. A fin de cuentas el dinero manda.
El tiempo y una grave enfermedad terminaron apartando a García de la actualidad deportiva. Su retirada dejó atrás todo una época del periodismo deportivo español, para bien o para mal. Se trató de un gran comunicador y un profesional más que brillante con un estilo en realidad casi deleznable. Sus opositores lograron desplazarle pero no dejaron de caer en muchos de sus sectarismos. Pero el aficionado medio lo pasó muy bien. Lo de informar era más bien secundario.

domingo, 4 de septiembre de 2011

LUIS ARAGONÉS: EL SABOR A FÚTBOL


La ausencia de Luis Aragonés del primer plano futbolístico de la liga española supone una excepción a una presencia ininterrumpida en la actualidad deportiva de este país. Durante casi nada menos que cinco décadas (desde los años 60 hasta ya entrado el siglo XXI) fue un referente del fútbol español, uno de sus rostros más característicos. Tanto como jugador como cuando colgó las botas para ser entrenador.
En él se daban todas las características propias de aquellos que durante décadas poblaron el balompié antes de la llegada de los nuevos tiempos. Unos orígenes humildes de los que pudo salir a través de sus éxitos deportivos le granjearon sin duda, un carácter indómito y con poca tendencia a la resignación. En fútbol que él conoció no existían los millonarios patrocinios, el dinero de la televisión, la consideración del futbolista como gran estrella mediática, ni el aire fashion de no pocos jugadores. Sin embargo, aún fue capaz de lograr su más importante éxito con futbolistas que representaban probablemente todo aquello que resultaba su antítesis.
Como jugador vivió éxitos notables: nada menos que la época dorada del Atlético de Madrid, con tres ligas y dos copas. Se quedó a las puertas de la Copa de Europa de la forma más rocambolesca: después de conseguir el gol que parecía que iba a darle el trofeo a los rojiblancos en el último suspiro los alemanes del Bayern Munich empataron. Había no pocos motivos para que Luis se sintiese frustrado: contaba entonces con 36 años, era su última campaña en activo y había conseguido el gol que culminaba toda una trayectoria con el título más importante. Aun así nunca hizo apología de su desgracia; él que contaba con más razones que nadie para la frustración siempre criticó el victimismo con el que su equipo asumió el varapalo.
Un año más tarde saltó a la dirección de un equipo que contaba con pesos pesado de la historia rojiblanca: Adelardo, Irureta o Gárate entre otros. Su etapa como jugador marcó sus ideas como técnico: el arma de aquel equipo que luchó con solvencia en la década de los años 70 era el contragolpe y esa fue la seña de identidad que manejó en su larguísima carrera como técnico. La defensa sólida, el gusto por la presión en las bandas y la necesidad de un cerebro que lanzase las contras hacia rápidos extremos. Con el tiempo sus planteamientos se modificaron hasta cierto punto; la revolución táctica encabezada por Arrigo Shachii le hizo adherirse a la moda de la defensa adelantada para reducir la capacidad de maniobra del rival y ganar terreno para el ataque de su equipo. Los resultados de esa innovación fueron irregulares en ocasiones. En una de sus muchas etapas en el Atlético de Madrid vivió la cara y la cruz de sus planteamientos: arrasó al Real Madrid en la final de la Copa del Rey de 1992 y sufrió humillantes goleadas ante el Barcelona de Cruyff.
Con los colchoneros vivió diversas aventuras muy diferenciadas. Contó con la base del legendario equipo de los setenta para logran varios títulos al comienzo de su andadura en los banquillos para luego ir viviendo la decadencia deportiva que se produjo a finales del decenio dorado. Volvió a su casa en no pocas ocasiones; hasta cinco etapas distintas dieron a parar con sus huesos en el banquillo de la ribera del Manzanares en las que hubo de todo: grandes éxitos y sonadas decepciones, muy en la línea de la entidad. La Copa del Rey fue la competición en la que se manejó con más soltura y hasta llegó a una final continental, fue en 1986, en la extinta Recopa y ante un demoledor Dinamo de Kiev que no dio opción a los Cabrera, Landáburu, Rubio o Arteche entre otros. Tuvo que superar sus diferencias irremediables con Jesús Gil para rescatar a su equipo de toda la vida de la segunda división y colocarlo de nuevo en el lugar en el que le correspondía. Cuando se habla de Aragonés se habla del Atlético en toda su extensión: aún a fecha de hoy se trata del jugador que más goles ha marcado en competiciones oficiales y del técnico que más partidos ha dirigido.



Entre entrada y salida en el Calderón un rosario de equipos disfrutaron de su buen hacer como técnico: Barcelona, Español, Sevilla, Valencia, Betis, Oviedo y Mallorca. Fue un eterno de los banquillos españoles, su rostro más longevo y el que más partidos entrenó nunca en primera división, nada menos que 757, todo un record al alcance sólo de los que son muy grandes. En casi todos ellos protagonizó buenas campañas con resultados notables proporcionalmente equiparables a los títulos que pueden conseguir los que pueblan las banquetas de los grandes. Tuvo además el curioso honor de salvar el futuro del Barcelona de José Luis Núñez y dejar las bases de un futuro esplendoroso de los azulgranas; fue en la temporada 87-88, la más turbulenta de la historia culé, en medio de la batalla colocó al equipo en la final de la Copa del Rey que disputaría ante una Real Sociedad en pleno estado de forma. Los pronósticos eran inequívocos: los donostiarras eran los grandes favoritos. Pero el técnico madrileño supo plantear un partido acorde con sus intereses y el Barcelona durmió la contienda hasta ganar gracias a un gol de su capitán Alexanco. Fue con toda probabilidad el título más importante de su carrera: permitió al Barcelona disputar la Recopa del ejercicio siguiente que ganó y empezar a forjar los que se conoció como el “Dream Team”.
Durante no pocos años se especuló con su nombramiento de seleccionador. Este llegó muy al final de su carrera, tras la renuncia de Iñaki Sáez tras la Eurocopa del 2004. No se puede decir que su primera experiencia fuese muy prometedora. En el mundial de Alemania se plantó en los octavos ante Francia como claro favorito y hasta el Marca se adelantó a decir “Hoy jubilamos a Zidane”. No sólo no se le jubiló sino que el astro galo hizo un partido espléndido coronado con un golazo que supuso el 3-1 definitivo. Pero a fin de cuentas era una más de tantas: todo el mundo estaba acostumbrado al desastre bianual de la selección. Tampoco ayudaba a su imagen su falta de concordancia con los nuevos tiempos; nunca fue un hombre preocupado por su imagen ni por resultar simpático.
Pero la Federación decidió confiar en él para la Eurocopa del 2008 y entonces llegó la culminación a su carrera con su apuesta decidida por el bloque del Barcelona como base del combinado nacional. Se prescindió de un peso pesado como Raúl en una decisión cargada de polémica y se apostó por el toque de balón como referente del equipo. El momento clave llegó en cuartos de final ante la eterna Italia con la que se empató a cero .Llegaron los temidos penaltis, y en todos los hogares españoles se tuvo el mismo pensamiento (“Ya estamos como siempre”). Pero no ocurrió lo de siempre, España pasó y una catarsis deportiva inundó todo un país. Tas eso, todo el mundo supo que el título estaba a la vuelta de la esquina. Y en el banquillo estaba Luis Aragonés cuyo acompañante no era otro que su viejo colega de éxitos colchoneros Armando Ufarte, otro de los grandes que vivieron la decepción del 74 ante el Bayern, el tiempo les devolvió a ambos lo perdido aquella noche ya tan lejana.

martes, 30 de agosto de 2011

JAVIER CLEMENTE: EL POLEMISTA INFATIGABLE


La relevancia mediática que las salidas de tono de José Mourinho tienen no son ni mucho menos una novedad en el fútbol español.
Aunque el protagonismo casi siempre ha correspondido a los jugadores no han sido pocos los entrenadores que se han caracterizado por darle al juego, o mejor dicho a todo lo que no sea el juego, una relevancia destinada a atraer la atención por encima de las propias estrellas del evento. En ellos siempre ha flotado un aire populista, capaz de captar con la grada y tocar la fibra sensible de los aficionados, en no pocas ocasiones ha conseguido que sus batallas personales sean tomadas como una cuestión de orgullo para el seguidor, incapaz de distinguir el afán de vedetismo de la defensa de la causa de unos colores. Suelen ser, también, técnicos con una acusada personalidad futbolística, con un ideario que llevan hasta las últimas consecuencias por encima de todas las críticas, y de facto, estas últimas suelen actuar como indudable aliciente de cara a ratificarse en sus convicciones. También destaca en ellos el que cuenten con seguidores incondicionales y enemigos acérrimos en el mundo periodístico, creando un debate sin solución posible pero que incrementa el morbo de los aficionados.
Quizá nadie ha seguido ese perfil de forma más precisa en la historia del fútbol español que Javier Clemente, el auténtico Dios de la discordia de los años 80-90. Su historia partía de una desgracia personal en gran medida explicativa de su trayectoria posterior: un gris día de 1969 sufrió una grave lesión que supuso su retirada de los terrenos de juego de forma prematura con apenas 19 años y que echó al traste con la carrera de una de las más sólidas promesas de la cantera bilbaína. No es extraño que la amargura de tal acontecimiento dejara en él un poso de rebeldía y enfado con el mundo que se transmitió en una permanente búsqueda de la polémica y en una obsesiva defensa del juego defensivo y físico frente al ofensivo y creativo. Precisamente él, un jugador frustrado que de acuerdo con las crónicas ostentaba una exquisita técnica, optó siempre por el músculo y la potencia física entablando una lucha sin cuartel frente a todos los que representaban la tendencia más estética del fútbol: de Sarabia a Baltazar, de Lauridsen a Míchel pasando por Fran, parecía que su ideario requería la defensa a ultranza de la antítesis del estilismo; sus puntales y fieles seguidores siempre fueron Goikoechea, Lizeranzu, Pizo Gómez, Alkorta, Julio Salinas o Zubizarreta. Como toda persona dotada para el liderazgo (y Clemente lo era con independencia del sentido del mismo) logaba una fidelidad a prueba de bomba de sus defendidos y con ellos no hacía sino aumentar la hostilidad de sus enemigos.
En cualquier caso, tal trayectoria no hubiese sido posible sin el aval de un gran éxto deportivo y este no fue ni mucho menos desdeñable: dos ligas y una Copa del Rey con el Athletic de Bilbao, los únicos títulos contemporáneos del emblemático equipo de fútbol que en aquél entonces tenía que escarvar en la gloriosa década de los 50 para encontrar logros a recordar. Y esas triunfos fueron conseguidos con apenas 33 años, siendo el entrenador más joven de la primera división. Aunque siempre se identificaría al de Barkaldo con el juego feo y especulativo, lo cierto es que aquellos éxitos tuvieron un fuerte aroma a fútbol inglés clásico de fuerte ritmo, balones largos, uso de los extremos y aprovechamiento de las jugadas de estrategia. Su gran maestro en la aplicación de ese ideario fue el legendario Bobby Robson, a la sazón entrenador del modesto Ipswich Town, y posterior mentor del portugés que hoy revoluciona los banquillos europeos. La fortaleza y clase de los Urtubi, Argote, Dani o Goikoechea devolvió a la ria bilbaína la emoción de los campeonatos ganados y para el recuerdo quedó la mítica gabarra remontando el rio Nervión con los campeones. Eran épocas de alternancia en la Liga, ya que la Real Sociedad precedió a los bilbaínos en el podio de campeón, pero paradojas del balompié, el técnico realista, Alberto Ormaechea, hombre discreto y poco dado a los focos cayó en el más absoluto olvido mientras que Clemente pasaba a un primer plano deportivo y social. Su trayectoria en San Mamés conocería de tres episodios: el primero exitoso terminado con el traumático conflicto con la estrella del equipo, Manolo Sarabia, un segundo desastroso que casi acabó con los huesos rojiblancos en segunda división y un tercero olvidable en el que consiguió salvar al equipo de nuevo, del fantasma del descenso.
Tras salir de Bilbao inició un periplo pos diversos equipos durante no pocos años; Español (hasta en tres ocasiones), Atlético de Madrid, Betis, Real sociedad o Tenerife. Entre medias estuvo su largo periodo de seleccionador nada menos que seis años. Nunca la roja conoció de tanta polémica como bajo su mandato. Desde el primer día pareció disfrutar con la guerra civil que su figura despertaba. Como no podía ser menos llenó el combinado nacional de trabajadores honrados fieles a su causa y desterró a los sospechosos de deslealtad personal y futbolística: se acabó la presencia de la Quinta del Buitre y se institucionalizó la alineación plagada de defensas. Aun así los resultados le acompañaron en casi todos los trances menores y mantuvo una imbatibilidad casi eterna, aunque los grandes acontecimientos le dieran la espalda de forma rocambolesca: como sucedía casi siempre con la selección de aquellos años en el mejor partido se producía la derrota. Ocurrió en dos ocasiones, la primera en Boston ,en el Mundial de 1994, ante la Italia de Sachii, en la que tras un segundo tiempo lleno de fuerza e intensidad diez minutos dramáticos marcaron el destino de la selección: Julio Salinas el gran defendido de Clemente se plantó solo ante el meta italiano enviando el balón a su cuerpo; apenas unos minutos más tarde, el italiano Roberto Baggio en idéntica situación concluyó de forma muy distinta: con el gol que daba la clasificación a Italia. La segunda fue en Wembley, Eurocopa del 96. Tras un gran partido ante los anfitriones se perdió en los penaltis tras un gol legal anulado a Salinas. Nada podía ser más traumático para un resultadista: caer jugando mejor que nunca.
En la selección y en sus equipos entabló todo tipo de batallas contra colegas de profesión, jugadores y periodistas. Muchas de ellas adquirieron un tinte agrio, casi desagradable, dando la impresión de no controlar demasiado el berenjenal en el que se metía: Menotti, Cruyff, Schuster, Maradona, Serra Ferrer, Valdano, Howard Kendall (su sustituto en Bilbao) Ramón Mendoza, Radomir Antic o José Ramón de la Morena pasaron a formar parte de su nómina de enemigos mientras que en entonces gran pope de las ondas, Jose María García, se erigía como su gran defensor. Una corte de milagros que no hacía sino aumentar el interés por su figura aun cuando los éxitos deportivos ya yacían en el baúl de los recuerdos. Pero a fin de cuentas esto sólo se trata de un juego.

miércoles, 24 de agosto de 2011

CUANDO LOS DERBYS ERAN ALGO


A fecha de hoy el Real Madrid-Barcelona acapara toda la atención del planeta futbolístico. Su alcance ha alcanzado tales dimensiones, hasta planetarias que el resto de partidos del campeonato español han pasado a un plano más que secundario. Ninguno de los dos totems de nuestra liga ve a cualquier otro equipo como una seria amenaza a sus intereses, ni de lejos.
Esta ha sido la historia del fútbol español a lo largo de las últimas décadas.: desde 1985 el Barca ha ganado once ligas y el Madrid otras tantas. Sólo el Valencia en dos ocasiones y Atlético y Depor en otra han logrado romper el duopolio. Aún más: la mayor parte de partidos del campeonato español apenas tiene el interés de la competitividad.
Pero hubo un tiempo en el que la Liga al menos vivía muchos encuentros con gran intensidad, en los que la rivalidad permitía duelos calientes en lo que todo era posible aunque la clasificación final dejara a cada cual en su sitio.
Ningún enfrentamiento ha sufrido mayor merma en la atención del aficionado que el derby Madrid-Atlético, uno de los duelos cumbre de la Liga, reducido en los últimos años a un mero trámite resulto en la casi totalidad de las ocasiones en un mismo resultado: victoria fácil de los blancos. Como decía un cronista con ocasión del último derby, es algo que simplemente pasa y que apenas merece la atención de la hinchada: el seguidor merengue ha perdido toda satisfacción en doblegar a su rival capitalino, porque lo rutinario a nadie le emociona; el colchonero asume con resignación que la historia se repite y ya apenas presta atención a un duelo que antes tenía señalado con rotulador rojo cuando salía el calendario. Da la impresión que las dos entidades tiene claro sus papeles: desde el Manzanares apenas s e transmite el deseo de vencer al poderoso rival porque se parte de la base que es algo imposible y en Concha Espina se recibe a vecino como un buen amigo al que no hay que molestar, como ha quedado claro en el caso Agüero.
Cada derby anual es señalado por la prensa como aquél en el que, por fin, se romperá el maleficio. Se hacen encuestas, se publican entrevistas con viejas glorias, se trata de vender la existencia de un duelo en la cumbre con sabor a añejo. Bastan unos diez minutos para volver a la historia de todos los años. Da igual el escenario y hasta que en ocasiones, hasta se adelanten los rojiblancos , un par de desaguisados defensivos se encargan de devolver las cosas a la normalidad. La racha del Real Madrid en el Calderón lo convierte casi en un segundo Bernabeu , casi se termina pareciendo aun entrenamiento con público, en realidad como casi todos los partidos de una liga española cada vez más escocesa.
Pero hubo un tiempo en el que las cosas eran bien distintas. Los partidos de rivalidad regional siempre se han caracterizado por el hecho de que en ellos todo era posible, por encima del poderío real de los contendientes y del estado de forma de los mismos. Y esa fue la historia del duelo capitalino hasta bien entrados los años 90.
En realidad el Atlético fue el club poderoso de los años 40, cuando se denominaba Atlético Aviación. En Real Madrid no empezó a despuntar, aunque de qué forma, hasta la llegada de Di Stéfano en 1953. Pero aún así, y durante no pocos años los colchoneros conseguían subirse a las barbas de su poderosos vecinos. No en vano fueron sus grandes rivales nacionales durante no pocos años: les ganaron dos finales de Copa del Generalísimo en los años 60 y 61 en el mismísimo Chamartín y fueron los únicos capaces de quitarles dos ligas en los 60 (concretamente los campeonatos 65-66 y 69-70). Incluso en épocas más recientes la rivalidad se vivía en condiciones de desigualdad aunque siempre con la posibilidad de sorpresa: quién no recuerda los calientes duelos de los primeros años de Jesús Gil como presidente Atlético, con Buyo y Futre como protagonistas de un odio deportivo que hacía saltar chispas dentro y fuera del campo. Y es que eran partidos con un antes y un después casi eternos: semana previa sin pelos en la lengua, partidos broncos, expulsados, decisiones arbitrales controvertidas, alternativas en el juego y el marcador y mucha, pero que mucha polémica post-partido. A resaltar un dato: de 1987 a 1992 se vieron las caras en cinco ocasiones en la Copa del Rey con un bagaje impensable en estos tiempos: tres victorias atléticas por dos blancas, una en la final.


Aún mas historia. Muchos madridistas se preguntan por el enconado sentimiento de rechazo de los atléticos más furibundos respecto de sus vecinos, no entienden la simpatía que muestran ante sus derrotas frente al potente Barca o sus fracasos internacionales que son celebrados casi como victorias propias. En realidad la relación durante muchos años del a Atlético frente al Real es equiparable a la que los blancos hoy tienen respecto de los culés: un complejo de inferioridad acrecentado con la sensación de que no se juegan con las mismas cartas y en igualdad de condiciones, que los poderes fácticos siempre favorecen de forma sospechosa a los de siempre y que en caso de apuro y de tener cerca la victoria una manos sospechosa lo impedirá. Esta sensación responde en ambos casos a datos reales y figurados y a una mezcla de impotencia ante la incapacidad y rebeldía ante las injusticias.
Los blancos hablan de expulsiones injustas y goles anulados ante el imperial Barcelona de Guardiola, pero el número de agravios arbitrales recibidos por los rojiblancos cuando su duelo con el Madrid era eso, un duelo es también notable. Pero sobre todo uno han quedado en la memoria: Copa del Rey de 1979, vuelta de octavos de final. En la ida se había empatado a uno y a los treinta minutos del partido de vuelta el Madrid domina dos a cero. Parecía historia concluida. Nada más lejos de la realidad. Remontan los atléticos que empatan por medio de Rubio y Rubén Cano y a partir de ahí el árbitro Guruzeta Muro se convierte en elemento clave del partido: anula dos goles según las crónicas legales a los visitantes y se come un penalti de libro en el área blanca. Concluye el partido en empate y la tanda de penaltis da la clasificación al Real. No pocos atléticos dejaron de ir al Bernabeú tras ese partido.
Hoy en día tal circunstancia parece poco probable que se produzca. No parece que se necesite de la labor arbitral para decidir el resultado de un derby, en realidad los dos combinados se empeñan en ponérselo fácil a los colegiados: donde no hay competición no puede haber polémica. Y a falta de rivalidad capitalina que sigan los eternos Madrid-Barca. Casi podrían jugar solos