jueves, 8 de diciembre de 2011

ALEMANIA 2006: CUANDO EL DESTINO NO RESULTÓ LO ESPERADO


Determinadas imágenes marcan la historia de los mundiales de forma sorprendente. Asimilamos los mejores momentos o los más emotivos de esos campeonatos a las instantáneas que significaron la gloria o el fracaso de sus protagonistas: el balón al larguero que decidió la final de Inglaterra 66 de forma indebida, la explosión de éxtasis de Franco Tardelli al marcar el segundo gol en España 82, la inigualable triquiñuela de Maradona en México ante Inglaterra y su posterior golazo, las lágrima del entonces gran futbolista Paul Gascoine cuando fue amonestado en Italia 90 en semifinales lo cual le hubiera impedido jugar la final en el caso que su equipo se hubiera clasificado, los goles de Ronaldo en Corea y otras muchas más que pueden venir a la memoria de los aficionados.
Sin embargo en Alemania 2006 la imagen que perdurará para la posteridad es simple y llanamente un cabezazo de respuesta a una provocación verbal. Los protagonistas del trance no podían ser más antagónicos. El fino estilista Zidane y el tosco Materazzi con la peculiaridad que el artista fue el que agredió al perro de presa.
Era la final del Mundial y no era ni mucho menos la esperada. No tanto por Italia , un valor siempre seguro en los mundiales, dirigido por el prestigioso Marcelo Lippi y con nombres de fuste tales como Gatusso, Pirlo, Del Piero, Buffon o Totti y con una visión algo más ligera y alegre de su rocoso catenaccio, como por Francia que presentaba un equipo muy veterano con gran parte de los rescoldos de su bienio dorado (98-2000) comandado por Zidane y con Trezeget, Henry o Thuran entro otros, grandes futbolistas a los que se les suponía que habían dejado atrás los mejores años de su vida deportiva.
La falta de confianza en la selección gala se había manifestado de forma grotesca en los octavos cuando la España de Luis Aragonés se cruzó en su camino. El diario Marca salió con una de sus bufonadas sensacionalistas “Hoy jubilamos a Zidane”. El resultado fue el previsible: victoria francesa por 3-1 y golazo de Zidane que cerraba el partido. Todavía la roja seguía en su eterno camino hacia la nada. Aunque nadie apostaba por la continuidad de los blues; en cuartos esperaba nada menos que Brasil, eterno gran favorito. Pero entonces surgió el futbolista más elegante que jamás vio el continente europeo para marcarse un partidazo y dar la gran sorpresa dejando en la cuneta a la selección americana. Tras esta machada la semifinal con Portugal casi resultó un trámite resuelto sin mucha dificultad.
Parecía que el astro argelino se había estado preparando a conciencia para la ocasión; sus últimas tres temporadas en el Real Madrid se había asemejado mucho a una jubilación anticipada con ocasionales destellos de gran calidad. De forma honesta había decidido retirarse renunciando a un jugoso año de contrato y su última función sería la Copa del Mundo en tierras germanas. En las mismas volvió a surgir el dominador absoluto del juego de sus años en la Juve o su primera temporada y media en el Real. Con ganas y ambición su objetivo no era otro que despedirse por la puerta grande y en la retina de todos los aficionados tenía que quedar una última exhibición.
Y no le faltó mucho para conseguirlo. Apenas empezada la final el árbitro señalaba un penalti en el área italiana. Todos tenía claro quién iba a ser el lanzador pero lo que nadie esperaba era la forma de lanzar la pena máxima que Zidane tenía reservado. Desde que el checo Paneneka sorprendiese a propios y extraños con una frívola vaselina que daba a su país una Eurocopa, esa forma de lanzar penaltis bautizada con el nombre de su atrevido creador ha sido considerada como una excentricidad solo al alcance de lances ya decididos y de artistas del balón capaces de afrontar el desafío sin inmutarse. No era la final de un campeonato del mundo el escenario más adecuado para tal delicatesen, pero el capitán francés consiguió una vaselina bombeada de tal elegancia y precisión que cuando golpeó el larguero todo el mundo temió que la jugada maestra quedase en nada. Por fortuna el bote del balón se produjo dentro de la línea de gol y la final soñada por aquel que había escogido ese día para despedirse del fútbol.

Pero Italia no estaba dispuesta a ser un mero convidado de piedra y diez minutos más tarde en un córner el racial Materazzi empataba la contienda. Central eterno del Inter de Milán, representaba todo lo opuesto al estilista galo, un concepto del fútbol de rompe y rasga, la agresividad como punto esencial de su desempeño, el recurso al concepto más viril y rudo del juego tan efectivo en no pocas ocasiones. Desde el comienzo del lance tuvo claro que debía buscar las cosquillas a la estrella contraria, provocar en él inquietud y desasosiego y, fundamentalmente, sacarle de sus casillas a cualquier precio. Es la cara oculta del deporte de alta competición
Un veterano curtido en mil y una batallas no hubiese entrado al trapo ante tal táctica y hubiese salido airoso de tales provocaciones solo con su talento. Zidane lo tenía todo para pasar por encima de cualquier ataque chusquero, pero para su desgracia él mismo tenía tentaciones más broncas que sus elegantes quiebros y regates. En no pocas ocasiones su mal genio le había provocado malas pasadas y su historial muestra la nada desdeñable cifra de 14 expulsiones y un lado oscuro que la prensa oficialista se había encargado de silenciar. No todo era oro lo que relucía tras los éxitos de la estrella mediática. Una tendencia suicida a la violencia y a las explosiones de ira no contenida habían quedado sepultadas por sus logros estilísticos en el campo De hecho el cabezazo no era nuevo para él; en un partido de Champions con la Juve en el 2000 y tras un severo golpe de Kientz, defensa del Hamburgo, vio el camino de los vestuarios por otra caricia de su poca poblada frente en el rostro del rival al que dejó conmocionado. Materazzi no resultaba el malvado completo de la función
El tales circunstancias el desenlace del drama no puedo ser más peliculero. Con empate a uno se llegó a la prorroga y hacia la mitad de la misma un espectacular testarazo del madridista llevaba camino de ser el gol decisivo salvo por una prodigiosa manopla de su antiguo compañero Buffon. No podía haber soñado un mejor final que marcar ese gol. Pero la historia no fue ni mucho menos así; minutos mas tarde y tras la salida de un saque de esquina el artista y el muro se enzarzan en una discusión. Hay insultos y referencias a hermanas, algo según parece habitual en el terreno de juego (ya se sabe, lo que queda en la cancha no debe salir) y Zidane saca su orgullo de genio que no acepta tales ofensas con un cabezazo en el pecho de Materazzi. El árbitro no se da cuenta pero los italianos le asaltan. Se produce una consulta al linier y tras unos minutos de incertidumbre la tarjeta roja supone el fin de carrera anticipada para el gran capitán. No si quiera se quedaría a ver los penaltis uno de los cuales, por descontado que estaba reservado para él. El destino no fue lo que esperaba, el lado oscuro del genio se impuso a su creatividad.
Por cierto que ganó Italia

jueves, 10 de noviembre de 2011

ITALIA 90: EL TRIUNFO DEL ANTI-FÚTBOL


A medida que se van consumiendo los campeonatos de fútbol del mundo la memoria los va dejando en el olvido. En realidad hace unos cuantos años un Mundial era un acontecimiento planetario sólo comparable a una Olimpiada. En los últimos tiempos la extraordinaria explosión de retrasmisiones de partidos a todas horas y el hecho que se puedan ver en todo el mundo ha provocado una cierta apatía respecto del acontecimiento de la Copa del Mundo. Ya pasó la época en la que se trataba la única posibilidad de ver fútbol a todas horas y de presenciar la labor de los astros del balón de forma viva.
Muchos son los recuerdos que han dejado los diversos mundiales: el “maracanazo” del 50 de Uruguay, ganando la final al anfitrión Brasil; el polémico gol de Inglaterra en la final contra Alemania en 1966 en Wembley, los tantos de Kempes del 78, la mítica semifinal Francia- Alemania del 82 o la explosión de Maradona en el 86. De forma reciente quién no recuerda el cabezazo de Zidane a Matterazzi en Alemania o el gol de Iniesta en Sudáfrica. Pero entre todos los campeonatos apenas se hace referencia a uno muy peculiar y no fue otro que Italia 90; si singularidad es ,de hecho, muy destacable: acaso de trató del peor Mundial jamás jugado.
Desde 1934 el país trasalpino no vivía una Copa del Mundo y todo parecía planificado para el triunfo de los anfitriones. No en vano el fútbol italiano dominaba Europa de la mano del Milán y las potencias emergentes como la Sampdoria o el Nápoles. En su alineación inicial se contaba con nombres destacados: Zenga, Maldini, Donadoni, Baresi o Baggio nada menos. A todos ellos hubo que unirle una revelación, el delantero Toto SchillacI que resultó ser el máximo goleador del campeonato.
El resto de selecciones mostraba en apariencia buenos mimbres para dar una gran competición. Los campeones, Argentina, seguían contando con un Maradona en plenitud aunque el resto del plantel, con alguna que otra excepción, no era precisamente de ensueño. El eterno aspirante, Alemania, tenía su principal atractivo en el banquillo, en la figura de su más destacada leyenda Franz Beckembauer y destacados jugadores que triunfaban, sobre todo en Italia, Klisman, Mattaus o Voller. Brasil mostraba una alineación algo inferior a su calidad habitual aún con Careca o Alemao entre sus huestes y las promesas de siempre, España e Inglaterra, resultaban una incógnita sin resolver de antemano.
Desde el comienzo el campeonato mostró un perfil bajo, bajísimo. Algunos protagonistas de las últimas ediciones como Francia no estaban entre las selecciones participantes y los brasileños mostraban una inusitada tendencia al juego defensivo. Alemania cumplía en su línea: tan correcta como poco entusiasmante y Argentina era la mediocridad en estado puro con las excepcionales intervenciones de su astro y capitán. Inglaterra mejoraba su nivel gracias a la participación de una nueva generación dispuesta a sacar a las islas de su ostracismo futbolístico: Barnes, Lineker o Platt y el omnipresente Paul Gascoine y España era el eterno quiero y no puedo con nombres peculiares en el equipo como Górriz o Villarroya.
Los cruces a partir de octavos dieron emoción pero no juego. En ellos se coló la horrenda Irlanda de Jackie Charlton, entonces una selección en boga. La mayoría de partidos se resolvieron por la mínima y sin apenas juego y sólo la `presencia de la exótica Camerún dio algo de mordiente al asunto. En cuartos de final ante Inglaterra llegó a ir ganando 1-2 y sólo con dos penaltis dieron a torcer su brazo con lo que los pross alcanzaron su primera semifinal en más de veinte años. Pero la principal pesadilla fue la selección argentina, en pleno apogeo del “Bilardismo” el juego del equipo era un atentado a la vista de cualquier espectador; ganaron los octavos ante Brasil sin tener más oportunidad que el gol de Caniggia casi al final del partido, pasaron los cuartos por penaltis ante Yugoslavia tras un horrendo partido y en las semifinales parecían carne de cañón de los anfitriones, que se encaminaban a un título más fácil de lo previsto.
Casi por una jugarreta del destino el partido se disputó en Nápoles. No era una sede cualquiera era el templo en el que se adoraba a Maradona cada dos domingos. Los tiffossi napolitanos fueron claros: entre Diego e Italia, el primero tenía preferencia. Nápoles era el sur, lo olvidado del país trasalpino, la zona donde la camorra imperaba ante la desafección de las autoridades de Roma, aquella parte del país que despreciaban los ricos del norte. Y Maradona les había hecho campeones frente a los grandes y eternos dominadores: Juve, Inter, Milán….así que el factor campo tuvo en esta ocasión, un efecto perverso.
El partido fue trabado, áspero en la línea que buscaban los argentinos que se quedaron con 10 en la prórroga. SchillacI adelantó pronto a los italianos pero Caniggia empató en el segundo tiempo. El equipo azzurro fue cayendo en la tela de araña que tejió la albiceleste y el partido derivó en un festival de juego subterráneo que sólo Maradona podía romper. Se llegó a la decisión desde el punto fatídico y allí un desconocido arquero argentino, Goycoechea se erigió en héroe nacional argentino al para dos penales. Fue la derrota más traumática de Italia y la tercera final argentina en las últimas cuatro ediciones (nunca ha vuelto a ella).



En la final su contrincante no podía ser otro que Alemania. Nadie mejor representaba la efectividad sin brillo que aquél combinado que sin apenas juego se había plantado en las finales de 1982 y 1986. Era su gran oportunidad y la final menos deseada posible. Ya los prolegómenos fueron sintomáticos de lo que se avecinaba: a los pitidos al himno argentino de una afición que no perdonaba la eliminación de su selección Maradona respondió con un significativo “Hijos de…..”. El `partido fue malo, cómo no podía ser de otra forma y Alemania ganó de penalti inexistente a falta de nueve minutos. El final fue metafórico del campeonato que se había vivido: los argentinos montaron tangana tras tangana y acabaron comiéndose al árbitro y con 9 jugadores en el terreno de juego. Alemania rompía su maldición en Beckembauer se convertía en el segundo entrenador de la historia tras el brasileño Zagalo en ser campeón del mundo como jugador y técnico.
Sin embargo nadie puede decir que el Mundial 90 no dejara un legado. La Argentina de Bilardo fue declarada como el equipo más odiado de la historia en una encuesta del año 2010. Desde luego que lo mereció.

domingo, 30 de octubre de 2011

ANDONI ZUBIZARRETA: EL ETERNO CUESTIONADO


En el fútbol las filias y fobias de aficionados y prensa especializada forma una parte muy sustancial de la pasión que despierta este deporte. Toda persona tiene su ideal de delantero, centrocampista, defensa y, por supuesto, de portero. El cancerbero ha sido siempre la posición más delicada en un equipo: apenas se conocen conjuntos de renombre que no hayan contado con un guardameta solvente y hasta podría decirse que brillante. Los realmente grandes conceden pocas ocasiones de gol, ya sea por las virtudes de su sistema defensivo o simplemente por el hecho de que dominan la pelota la mayor parte del encuentro. Esas escasas oportunidades deben de ser atajadas si se quieren ganar campeonatos.
Andoni Zubiizarreta resultó el portero titular de equipos campeones durante una década repleta de títulos. El Athletic de Bilbao de Sarabia, Argote o Dani, y el “Dream Team” de Laudrup, Stoikov o Bakero tuvieron al vizcaíno como hombre indiscutible bajo los palos. Y qué decir de la selección española en la que batió todos los records de permanencia imaginables. Aun así no dejó de ser en toda su larga y fructífera carrera un eterno cuestionado, alguien sobre el que se cernía la sospecha de no resultar el portero idóneo para los grandes retos.
Su estilo no favorecía mucho a fomentar su popularidad. Perteneció a una trilogía gloriosa de porteros vascos que pobló la selección durante más de veinte años: Iríbar, Arconada y el propio Zubi. Precisamente fue su comparación con el realista lo que marcaría su carrera. Mientras Arconada resultó el paradigma de la agilidad suprema, alguien capaz de las paradas más imposibles que uno pudiera imaginar, Zubizarreta mostraba un pasión por la sobriedad en su máxima extensión, no se le recuerda una palomita, ni una estirada memorable, ni nada que pudiera alterar una visión casi monolítica de su trabajo. Su fuerte siempre estuvo en la perfecta colocación, su seguridad en los balones por alto y el grado de confianza que parecía transmitir a sus defensas.
Tal vez por no ser espectacular empezó a cosechar críticas desde los comienzos de su trayectoria. Su conquista de la portería del Bilbao se debió a una apuesta personal y arriesgada de quien sería el alma mater de su carrera: Javier Clemente. Llegado al banquillo de San Mamés tuvo claro desde el primer día que su elección para la portería era esa joven promesa del filial. Y no era una decisión fácil ni popular. También se encontraba en la plantilla vizcaína un joven Carmelo Cedrún, hijo de Carmelo una leyenda del gran equipo de los años 50, que ocupó la portería rojiblanca en los años más gloriosos del equipo. El relevo por parte de su hijo parecía responder a un guiño del destino en pos de nuevos tiempos de éxitos. Pero, como siempre, Clemente su mantuvo firme incluso cuando los primeros partidos de Zubizarreta no invitaban precisamente al optimismo. El tiempo daría la razón a entrenador y jugador y Cedrún tuvo que emigrar a Zaragoza en busca de una brillante carrera en primera división.
Si fichaje por el Barca fue uno de los más caros de su época, y tampoco resultaba un toro fácil de lidiar ya que otro vasco, Urruti, ostentaba la titularidad de la portería azulgrana y además gozaba de un carisma especial entre el aficionado. Sus comienzos por ende fueron complicados y más cuando los resultados deportivos no acompañaron en demasía. La llegada de Cruyff al banquillo pareció poner en peligro su continuidad, pero lo que pasó fue precisamente lo contrario: su figura cobró un peso esencial en el equipo ya que el holandés vio en él su necesario reflejo en el terreno de juego, el liderazgo que ejercía entre sus compañeros resultaba esencial para dotar de seguridad a un combinado que empezaba a realizar una apuesta decidida por el fútbol de ataque, hasta entonces insólita en España. Supo además adaptarse a las complicadas exigencias defensivas que requerían los esquemas del Cruyff; la defensa de tres hombres suponía que el portero tenía que hacer de líbero en no pocas ocasiones y ,por supuesto, utilizar los pies con seguridad. Eso mucho antes de la norma que impedía retrasar el balón a los cancerberos y que estos lo cogieran con la mano.



Si nos atenemos a los resultados nadie puede poner en cuestionamiento serio la trayectoria del capitán azulgrana: cuatro Ligas, dos Copas del Rey y una Copa de Europa no están al alcance de un equipo que no cuenta con un portero de garantías. A eso hay que añadirle dos campeonatos ligueros más y otra copa por el Athletic ; son éxitos al alcance de muy pocos y justo es reconocer que sin calidad nadie se mantiene en un primerísimo nivel durante tanto tiempo. Por supuesto que pudo haber mejores porteros, o al menos con más cualidades para su puesto. Pero ninguno emuló los éxitos de Andoni, que a fin de cuentas lo que queda.
Su salida de Barcelona tuvo algo de estrambótica, En víspera de una final de Liga de Campeones ante el Milán en Atenas, el Vicepresidente azulgrana Joan Gaspart le comunicó que no iba a seguir el año siguiente. No era el momento no la oportunidad para esa noticia y el partido se perdió 4 a 0. Pudiera ser casualidad pero ahí quedó sellada la época gloriosa del Cruyffiismo y el portero concluyó su carrera en el Valencia que empezaba a salir del pozo. También allí se le recuerda con agrado y llegó a ser desinado mejor portero del año. Y cómo no sería una vez más capitán del equipo, despidiéndose de la máxima categoría por todo lo alto tras la friolera de 622 partidos en la misma.
Su presencia en la selección adquirió la condición de eterna, de 1985 a 1998 fue un fijo para cuatro seleccionadores: Muñoz, Suárez. Miera y Clemente, por supuesto. A fecha de hoy ostenta el record absoluto de participaciones con la roja, un total de 126, aunque Casillas amenaza su reinado. No hubo un año que se clamara por su sustitución y se propusieran otros candidatos: Ablanedo, Abel y, sobre todo, Buyo. Pero siempre jugaba Andoni. Su carrera ostenta un lunar que le marcaría siempre; la imposibilidad casi metafísica de la selección para superar los cuartos de final. Para colmo de males en algunas ocasiones determinadas actuaciones suyas dieron lugar a la crítica: la tanda de penaltis ante Bélgica en México, su mano a mano contra Baggio en Boston y su grotesco error ante Nigeria en Francia en el 98 que a la postre supondría la eliminación de España en la primera fase del campeonato. Los chacales arreciaron con sus criticas entonces y hasta no les faltaba parte de razón, ya que su etapa en la selección se derivó en excesiva. A esas alturas ya era claro que otros ya debían ocupar su puesto en la selección. Pero eso no debe empañar un ápice la valoración de uno de los mejores ”curriculums” de la historia del fútbol español.

viernes, 21 de octubre de 2011

LA TRAGEDIA DE HEYSEL: CUANDO EL HORROR SE APODERÓ DEL DEPORTE


El fútbol como fenómeno de masas ha vivido no pocos momentos de zozobra y hasta vergüenza; ninguno es comparable sin duda al acontecido el 29 de mayo de 1985 en el Estadio Heysel de Bruselas, auténtico miércoles negro en la historia del deporte en general.
Y en principio nada hacía presentir el desastre que se avecinaba, muy al contrario se trataba de una gran fiesta del fútbol, nada menos que la final de la Copa de Europa con dos protagonistas de excepción: la Juventus de Turín y el Liverpool. No era una final cualquiera, en ella se medían las que sin lugar a duda se trataban de las escuadras más fuertes del continente europeo. El Liverpool de Joe Fagan era el campeón vigente y había ganado nada menos que cuatro de las últimas ocho ediciones al amparo de auténticas leyendas: Kenny Daiglish, Ian rush, Alan Keenedy, Sammy Lee, o Kevin Keegan entro otros. La vieja señora del fútbol europeo venía de ganar la Recopa el año anterior, dominaba con soltura el Calcio , acumulaba gran cantidad de mundialistas campeones en España 82 y contaba en sus filas con el mejor jugador europeo de la época, el francés Michel Platini, dirigida por el incombustible Trappatoni., había sufrido una sorprendente derrota ante el Hamburgo en la final del 83 y buscaba saldar su deuda con el trofeo más prestigioso ante el rival más temido posible.
Eran años dorados para el futbol de las islas. Su dominio de la Copa Europa era omnipresente: de 1977 a 1984 siete títulos de ocho posibles ya que a los cuatro del equipo de la ciudad de los Beatles habían que unirles dos del sorprendente Nottingam Forest de Brain Clough y uno del Aston Villa ante el Bayern en 1982. La concepción de juego directo, de gran ritmo físico no exento de clase, gusto por los pases largos y los ataques en tromba ante la portería rival primaba en aquellos años. Incluso en la liga española triunfaban equipos de aire inglés como el Bilbao de Javier Clemente. La Juventus era la antítesis de tal concepción, su gusto por el catenaccio aplicado por implacables defensas como Cabrini o Sciera , adornado por la presencia de finos estilistas en ataque tales como el polaco Boniek, Rossi y el maestro Platini representaba una línea de juego diametralmente opuesta y una filosofía vital deportiva enfrentada a los dueños de Anfield: el fútbol como tradición casi religiosa frente al poderío del talonario, el gusto por el ataque frontal ante el control defensivo y la contra fulminante, el deseo de seguir reinando en Europa ante la alternativa a conquistar el cetro.
Los éxitos deportivos ingleses habían conocido de un lado oscuro que nadie supo controlar a tiempo: la aparición de los hooligans o grupos de seguidores radicales caracterizados por dos variables de consecuencias trágicas: un gusto desmedido por la bebida antes y durante los encuentros y la afición a la bronca, en especial cuando salían de Inglaterra. Muchas eran las explicaciones sociológicas que trataban de dar algún sentido a la aparición de tales elementos en la nación paradigmática de la corrección y la templanza; la mayor parte de ellas trataban de situar a los mismos en el contexto de la existencia de grandes capas de marginalidad, en especial en centros industriales en decadencia que acumulaban gran cantidad de trabajadores en paro sin más expectativa que darse a la bebida.
El fenómeno de los grupos violentos fue común a toda Europa y Sudamérica y puede decirse que contribuyeron a un desprestigio del deporte de masas más importante del siglo XX. La violencia apareció de repente como algo inherente a los partidos. Los campos empezaron a poblarse de vallas y las fuerzas de seguridad tuvieron que señalar a los duelos en la cumbre como espectáculos de máximo riesgo. Se acabó el ir tranquilo a un estadio en donde el aficionado rival corría el riesgo de sufrir una agresión de la forma más natural posible, la violencia social encontraba su peculiar refugio en la masa amorfa que poblaba los estadios.
Muchos fueron los incidentes protagonizados por los terribles hooligans ingleses en los años previos a la tragedia de Heysel. Unas copas de más ponían a los aficionados más radicales más preparados para una guerra que para un partido de fútbol. Aquél día en Bruselas la mayor parte de hinchas ingleses entraron alcoholizados al estadio y una hora antes de empezar el partido se produjo el desastre: por una falta de previsión se juntaron en una determinada zona seguidores de los dos equipos, los británicos empezaron a atacar a sus oponentes que presa del pánico huyeron hacían una zona del campo donde quedaron atrapados por las vallas que la sitiaban. La policía reaccionó tarde y no supo evacuar a los italianos que se acumulaban en ese espacio en el que la histeria se apoderó de la gente con consecuencias trágicas, ya que los intentos de escapar a toda costa trajeron consigo la asfixia y el aplastamiento de numerosos aficionados por avalanchas incontroladas.
El balance de tal desaguisado fue terrible: treinta y nueve víctimas mortales (casi todas italianas) sellaron con sangre lo que estaba destinado a ser una gran fiesta del fútbol. De forma increíble el partido se jugó y la Juventus obtuvo la victoria más amarga que jamás podrá tener un equipo. El propio triunfo fue acorde con la situación vivida: el único gol llegó de un penalti inexistente ejecutado por la gran estrella gala. La Copa de las orejas grandes, como la llama Di Stefano por fin llegaba a Turín de la peor forma posible. El sueño se tornó en una angustiosa pesadilla.



Aquella matanza sumió a la nación inglesa en un bochorno pocas veces conocido en la historia y mató a su fútbol durante más de una década. Durante seis años los clubes británicos fueron expulsados de las competiciones internacionales. Los inventores del fútbol eran ahora repudiados por toda Europa. Los equipos ingleses se sumieron en la más absoluta mediocridad y Italia empezó a dominar el panorama balompédico. En realidad ya todo indicaba que el fútbol de las islas vivía una pesadilla sin parangón; apenas 18 días antes en la localidad de Bradford, en un partido de la Tercera División inglesa cincuenta y seis personas murieron por el incendio de una grada de madera, y la cosa no quedó ahí, años más tarde con el Liverpool también de triste protagonista se produjo otra suceso luctuoso: en semifinales de la Copa Inglesa entre el Liverpool y el Forest otra avalancha humana causó nada menos que noventa y seis muertos esta vez casi todos simpatizantes de los reds. Fue la llamada “Tragedia de Hillsborough” que ahondaba en la herida del desastre futbolístico inglés: campos que se caían a trozos, aficionados violentos, equipos excluidos de la alta competición. Tuvo que ser la llegada de las Sociedades Anónimas la que revitalizara el panorama. De la mano del Manchester United se fueron poniendo las bases de una nueva competición “La Premier Leage” que enterró para siempre los fantasmas del pasado
Aquel acontecimiento hizo replantearse la seguridad de los estadios. Se aumentaron los efectivos, se eliminaron las vallas, se controló el estado de los que accedían a los campos, se fueron suprimiendo la posibilidad de entrar banderas, bengalas o cualquier objeto susceptible de crear daño de cualquier tipo. Se empezaron a configurar grupos especializados en la violencia deportiva y el asunto llegó a las más altas instancias políticas. Una nueva era comenzó ese día, y de la peor forma posible. Tuvieron que pasar muchos años para erradicar la violencia de los estadios europeos, cosa no conseguida plenamente pero sí aminorada de forma considerable.

lunes, 10 de octubre de 2011

EL REAL MADRID GALÁCTICO: CUANDO EL MARKETING DESBORDÓ AL DEPORTE


No es muy frecuente que un presidente que ha ganado dos Copas de Europa en tres años pierda unas elecciones que están convocadas por mera rutina. Pero a Lorenzo Sanz le pasó en el ya lejano verano del 2000, fundamentalmente por la habilidad de su competidor Florentino Pérez, de movilizar el voto por correo. Una nueva era se abrió en el histórico club de Concha Espina.
Pérez representaba la imagen del empresario triunfador, un prototipo del “self-made man” a la española. Su imperio inmobiliario se había forjado desde una oscura concejalía en el Ayuntamiento de Madrid y había desembocado en una de las empresas constructoras líderes en Europa. Madridista desde niño, siempre pensó que su ideología empresarial era trasladable al mundo del fútbol, en el que los ingresos atípicos y la publicidad ya habían superado ampliamente a la financiación por taquillas y abonos.
Su propuesta era simple y compleja al mismo tiempo: simple por cuanto partía de una premisa esencial: los mejores del mundo deben de estar en mi equipo, y compleja porque tras ese punto de partida se escondía toda una teoría empresarial de explotación comercial de una entidad centenaria y de los jugadores que la componían. Su revolución consistió en someter la planificación deportiva a un segundo plano y dejar los criterios meramente futbolísticos al azar de las necesidades de imagen. El entrenador era algo secundario, los informes de la Secretaría Técnica también. Se debía de fichar a lo mejor sin más, a lo que más vendiese y lo que más atención mediática concentrase.
Esta fórmula permitía convertir a una entidad deficitaria en una máquina de generar ingresos. Para conseguir sus objetivos se consiguió una compleja operación urbanística que liquidó la histórica deuda blanca: la recalificación de los terrenos de la Ciudad Deportiva, abriendo la senda de utilización del patrimonio de un club para salvar la situación de bancarrota. Una vez asegurada la subsistencia empezó el desfile de figuras: el primero en caer fue nada menos que el símbolo del eterno rival, el extremo Luis Figo, que había firmado un precontrato con el candidato a la presidencia del Real Madrid con la seguridad que no ganaría sin más objeto que presionar al Barca para la renovación al alza de su ficha. Como quiera que Pérez ganó las elecciones el portugués tomó el puente aéreo y consiguió una conmoción sin precedentes. Más que su aportación deportiva lo que su fichaje consiguió es dejar al rival azulgrana en estado de shock del que no se recuperaría en casi cinco años. Y sobre todo enviaba el mensaje claro que la economía blanca era capaz de todo.
Después de Figo siguieron cayendo galácticos: Zidane, Ronaldo y David Beckam, nada menos. Todo parecía al alcance de la mano del presidente blanco. Las cifras de los fichajes mareaban, sesenta o setenta millones de euros de media. Se aseguraba que los ingresos por merchidaising compensaban de sobra tal gasto. El Real Madrid se convirtió en una atracción mundial, cada visita suya era un acontecimiento social, equiparable a la presencia de los Beattles, los fans hacían largas colas para ver tal colección de estrellas que respondía a un proyecto inédito en la historia del fútbol: que un club se convirtiese en una selección mundial capaz de aglutinar a los mejores del mundo sin discusión. Y es que a los suntuosos fichajes había que añadirles la herencia nada desdeñable de la etapa anterior: Raúl, Hierro, Roberto Carlos, Casillas o Guti entre otros. De las austeras pretemporadas se pasó a las giras americanas y asiáticas que aumentaron la dimensión internacional del proyecto. Del Real se hablaba en todo el mundo y su nombre y escudo adquiría la dimensión de marca.Atras habían quedado los tiempos del club cerrado y sometido a tradiciones y códigos no escritos, la entidad empezaba a convertirse en una multinacional.
Al frente del equipo blanco se encontraba una vieja gloria del club, Vicente del Bosque, hombre sobrio, de perfil sereno, nada amigo del protagonismo y que consiguió ser un catalizador eficiente de tales vanidades. Los títulos no faltaron al principio y entre ellos la culminación de la obra de Pérez: final de la Champions de 2002 en Glaslow, ante el Bayern Levercusen, decidida por una volea inolvidable de Zidane, el fichaje más caro de la historia. No faltaban críticas a la falta de estilo del equipo, al hecho de que una parte importante de los partidos se decidieran por las meras individualidades en vez de por la existencia de un bloque sólido. Pero a fin de cuentas la historia blanca no se ha caracterizado por la existencia de un estilo definido sino por un perfil épico y ganador.
Sin embargo una obra que parecía infranqueable terminó cayendo como un castillo de naipes, al menos en su primera etapa. Los fichajes del mega-proyecto eran lustrosos pero no reparaban en una elemento clave: la edad de las figuras. A medida que pasaban los años la frescura de las piernas de las estrellas blancas cedía ante el empuje de los más jóvenes. Empezaron a salir competidores menos glamurosos en apariencia pero dotados de un mejor sentido colectivo del juego y, de hecho, el Valencia de Rafa Benítez ganó las ligas del 2002 y 2004 cuando la comparación entre las plantillas causaba pavor. En la Liga de Campeones, una eliminatoria ante la Juve de Marcello Lippi marcó el inicio de una travesía en el desierto para los blancos. Tras ser derrotados por 3-1 en Turin y ser eliminados en semifinales Vicente del Bosque quedó marcado y su cese al final del ejercicio (aún con el título de Liga) puso la puntilla a la inestable nave madridista. Se argumentó falta de imagen y que con esa plantilla cualquiera ganaba títulos. Las consecuencias son de todos conocidas: se inició nada menos que un ciclo de tres años sin ganar nada, algo insólito desde 1953.
En Mónaco en la temporada siguiente se produjo la gran bancarrota de los galácticos. Tras empezar ganando se terminó tirando de forma estrepitosa la eliminatoria ante un modesto de Europa cuyo líder era un descartado blanco, Fernando Morientes. Una semana antes se había perdido la final de Copa del Rey ante el Zaragoza. Lo que antes era oropel y éxitos se convirtió en rechifla generalizada: tanto dinero para tan poco rendimiento. Derrepente todas las carencias del equipo surgieron a la superficie y las mismas se podían resumir en la inexistencia de un plan deportivo serio y coherente ya que la publicidad y el deseo de relevancia habían provocado fichajes innecesarios dejando de lado la necesidad de dotar al conbinado de una estructura sólida.
Por otra parte el derroche de medios económicos no favoreció la imagen del Madrid, al menos respecto de una parte sustancial de aficionados y rivales. Se identificó al mismo con la arrogancia del talonario y ello derivó en una cruzada común frente a los nuevos ricos del universo futbolístico. Ganarle se convirtió en una cuestión de orgullo que aumentaba la motivación de forma espectacular.
Ante esta situación Florentino decidió abandonar el barco. Él no estaba en ninguna aventura para perder y el Madrid lo hacía con más frecuencia de lo deseable. Su dimisión dejó al descubierto una contradicción llamativa: una economía boyante y un equipo en derrumbe. Sin embargo se tenía la sensación que la obra había quedado incompleta y que el proyecto era válido y en sólo dos años el Presidente de ACS volvió por aclamación popular iniciando de nuevo el desfile de astros con Cristiano Ronaldo a la cabeza. Pero, de momento topa con acaso el mejor equipo de la historia: el intratable Barca de Pep Guardiola. En desbancarle se encuentra su desafío

miércoles, 5 de octubre de 2011

LOUIS VAN GAAL: EL ENTRENADOR AMARGO


La figura del entrenador de fútbol maneja no pocos aspectos que hacen de ella una de las profesiones más complicadas de ejercer. De él se espera que sea estratega, manejador de grupos humanos, psicólogo, pedagogo, diplomático y hasta portavoz del club.
En no pocas ocasiones los técnicos de fuerte personalidad futbolística llegan a eclipsar a los propios jugadores y se convierten en la referencia positiva o negativa de la entidad de la que dependen. Entonces la prensa centra su atención en ellos, busca permanentemente su opinión y intenta trasladar su personalidad a todos los aspectos que marcan la vida de su equipo.
La escuela holandesa ha dado fuertes personalidades en los banquillos. De entre todos ellos (y aparte del legendario creador del gran Ajax de los 70, Rinus Michels) destacan dos nombres con fuerza propia: Johan Cruyff y Louis Van Gaal. El primero fue una leyenda de los terrenos de juego que trasladó su brillantez a su labor como técnico convirtiéndose en la referencia esencial del fútbol de los Países Bajos. El segundo no tenía el mismo currículo como entrenador, pero en buena parte de la década de los 90 se convirtió en el rostro más emblemático de una forma de concebir el fútbol y del míster con personalidad. Por cierto que los dos se odiaban cordialmente.
En Van Gaal se concentraron todas las virtudes y defectos del liderazgo autoritario. Su visión del juego no admitía negociaciones y su forma de comportarse con jugadores y prensa no dejaba espacio para las medias tintas. A su favor cabe decir que siempre apostó por un concepto ofensivo del juego, muy en la línea de Holanda, con una devoción sin límites por el juego de los extremos, una seña de identidad inconfundible del balompié neerlandés. Su gusto por el ataque también suponía una búsqueda obsesiva del dominio de la pelota y una apuesta decidida por el ataque total revestido de un inflexible orden táctico: todas las piezas de su puzzle debían de jugar de forma sincronizada.
Con esa apuesta clara aterrizó en el histórico Ajax a comienzos de los 90 y protagonizó la última gran etapa dorada de la entidad que cambió para siempre al fútbol mundial allá por los lejanos 70. La factoría del cuatro veces campeón de Europa por entonces funcionaba a pleno rendimiento: unos jovencísimos Overmars, Kluivert, los hermanos De Boer o Litmanen protagonizaron una explosión de fútbol ofensivo y alegre que hizo renacer las esperanzas de los buenos aficionados al fútbol. Su palmarés por aquellos años habla por si mismo de la competencia de aquella generación: tres ligas holandesas, una Copa de la U.E.F.A y una Liga de Campeones ganada al todopoderoso y casi imbatible Milan de Fabio Capello.
Una estrella había surgido en el universo de los entrenadores europeos. Van Gaal se convirtió en el técnico más apreciado de Europa y los grandes del continente no tardarían en fijarse en él. Al mismo tiempo, sus incuestinables éxitos traían consigo un reforzamiento si cabe más agudo de la autoconfianza en sus principios. Como en muchas ocasiones sucede la consecuencia más resaltable fue una tendencia a la arrogancia manifestada sin cortapisas.
De entre los más potentes de Europa, uno buscaba un sucesor para su mayor mito, y no era otro que el Barca saliente de la guerra civil Cruyff- Nuñez. Tras la época más dorada de la entidad una lucha interna había desgarrado los cimientos azulgranas y los dirigentes consideraron que la mejor opción de sustituir al artífice de su éxitos era Van Gaal, y no faltaban motivos para ellos: era holandés, como su ilustre predecesor, su imagen se asociaba con el fútbol ofensivo son límite y representaba el liderazgo absoluto desde el banquillo.
Su etapa azulgrana no cabe sino calificarse como tumultuosa. Y no es que faltaran éxitos, puesto que en su primer año consiguió el primer doblete en 40 años y repitió la Liga al año siguiente. Pero la ansiada Liga de Campeones se resistió y encima vió la reedición de los éxitos continentales del Madrid, tras larga travesía en el desierto. Y el juego no fue lo esperado. La presencia de futbolistas de primerísimo nivel como Figo, Rivaldo y Guardiola no terminó de casar con los rígidos sistemas de Van Gaal que además cometió, con junta directiva, un error estratégico de bulto: poblar el equipo de compatriotas, algunos ellos de medio pelo, con lo que la entidad terminó perdiendo sus señas de identidad que en las últimas décadas han estado matizadas por en inconmensurable trabajo en la cantera. En cualquier caso no todo fue barrer para casa; en su último año debutó un tal Xabi Hernández.
Tal vez por encontrase con una presión mediática descomunal (el Barca no es el Ajax, o al menos despierta diez veces más pasiones) y sobre todo por encontrase con la sombra permanente de su ilustre antecesor, Van Gaal terminó perdiendo el control de la situación. Su rigidez y fuerte carácter terminaron cayendo en una visión casi estrambótica del sargento del hierro en los banquillos. Sus ruedas de prensa derivaron en un show de borderías que han pasado a la historia de los momentos jocosos del deporte (“siempre negativo nunca positivo”). Ello le granjeó una imagen amarga y antipática que no supo medir y terminó escapándosele de las manos.




Su final en Barcelona fue intrascendente: el Valencia le goleó en las semifinales de la Champions, perdió la liga en la última jornada y la directiva decidió no comparecer a las semifinales de Copa contra el Atlético de Madrid. Salió de forma silenciosa, con sensación de no haber conseguido objetivos y dejando tras de sí una herencia dudosa: el Barca emprendió un largo camino hacia la nada que se tradujo en cinco años de sequía de títulos. De hecho llegó a regresar a Can Barca pero hizo bueno el dicho de segundas partes nunca fueron buenas.
No le fueron mejor las cosas come seleccionador holandés, ya que no puedo clasificarse para el Mundial de Corea en 2002. Sin embargo encontró su pequeña redención en el modesto AZ Alkmaar, al que consiguió hacer campeón de Liga en 2009 contra todo pronóstico. Eso le abrió las puertas de otro grande, el Bayer Múnich, con el que cuajó un excelente ejercicio en su primer año: nada menos que doblete en Alemania y una final de Liga de Campeones perdida ante el Inter de Milán de un tal José Mourinho, que había sido su asistente en Barcelona y que siempre habló de él como sumo respeto. El segundo año los resultados cambiaron y fue despedido. Uno de los motivos argumentados por la directiva muniquesa fue el considerarle intransigente y hasta prepotente. Hay cosas que nunca cambiarán: títulos y carácter.

sábado, 1 de octubre de 2011

KAREM ABDUL JABBAR: EL CAMPEÓN INCOMBUSTIBLE


Ferdinand Lewis Alcindor, Jr no resulta muy familiar para el gran público. Pero cuando en 1971 un joven jugador de baloncesto decidió convertirse al islamismo, tras leer una biografía de Malcom X, y cambiar su nombre por el de Karem Abdul Jabbar, ya por aquel entonces había protagonizado una historia deportiva de primerísimo nivel. Su irrupción en el baloncesto universitario de la década de los 60 creó un impacto del que pueden dar fe sus impresionantes números: una media de 26,40 puntos y 15 rebotes por partido. La Universidad de UCLA comandada por el mítico John Wooden empezó un dominio aplastante del baloncesto amateur cuto principal bastión fue un joven neoyorkino de carácter reservado que parecía simplemente imparable en la cancha.
Como muchos otros grandes ídolos de raza negra el deporte fue un medio para ganarse el respeto de la gente en una nación que vivía una efervescencia de la lucha por los Derechos Civiles y en la que quedaba todavía un largo camino por recorres en pos de la justicia social. Tal vez influenciado por el polémico líder de la lucha radical que cambió su vida la postura de Jabbar fue siempre arisca y distante. Sus logros en la cancha suponían un desafío a un mundo que no daba a su gente muchas más opciones de supervivencia que el triunfar como atleta. De hecho llegó a pedir su traspaso de los Milwaake Bucks por no sentirse comprendido por el entorno en lo referente a su cambio de nombre y de creencias. Sus deseos eran bien claros: o Nueva York o Los Ángeles, las dos grandes ciudades en donde la excentricidad podía ser tolerada o al menos difuminarse de forma más eficiente.
En cuanto a sus condiciones como jugador se trató probablemente del más grande pívot de todos los tiempos. Sus casi 2,18 metros de altura no suponían ningún impedimento a una de las más depuradas técnicas jamás vistas en una cancha. Nadie perfeccionó como él un tiro a canasta con sello propio: el Sky Hook o “gancho del cielo” mediante el que recibía el balón y aprovechaba su estatura para hacer un movimiento de abajo a arriba y lanzar el balón perpendicular a la canasta con una asombrosa efectividad. Fue el sello de identidad más famoso del que jamás disfrutó ningún jugador en la historia del baloncesto.
De él se dijo que era uno de los mejores atletas que jamás vió el deporte profesional de todo tipo. Su carrera en la liga más exigente del mundo se extendió la friolera de veinte años y salvo los dos últimos en los que el paso del tiempo mostró inequívocas signos de cansancio lo hizo siempre al más alto nivel. Se enfrentó con diversas generaciones de pivots que marcaron la historia de la liga: Bill Walton, Dave Cowens o Bob Lanier en su comienzo. Darrel Dawkins, Artis Gilmore o Moses Malone hacia la mitad o Hakeem Olajuwon en la recta final. Sin embargo para el recuerdo han quedado sus duelos con Robert Parish, en gran 5 de los Celtics de los 80. Aunque la atención, mediática estaba centrada en el duelo de Magic y Bird, los analistas sabían que el auténtico destino de las míticas series se concentraba debajo de los tableros; en quien dominase el rebote y alcanzase una efectividad mayor en tiros de campo.
Su llegada a los Lakers en la década de los 70 no revitalizó a la franquicia en la medida de los esperado, a pesar de que los números del astro resultaban apabullantes. Pero en 1979 un niño prodigio del baloncesto recayó en la costa oeste californiana. Se llamaba Earvin Jonshon y era considerado como mágico y con razón.
Cualquier otro jugador con diez años de experiencia en la liga y que fuera la estrella indiscutible del equipo habría mirado con recelos la llegado de una sombra para su dominio. Pero ente el pívot y el base se dio una química especial que contagió a un conjunto de jugadores brillantes recolectados en diversos drafts gracias a la labor gerencial de una vieja gloria de equipo: Jerry West. La consecuencia de esta sintonía fue la aparición del “show-time” un estilo de juego que adquirió la categoría de leyenda en apenas unos años. Si la rapidez de Magic era el motor de las embestidas del contraataque amarillo, su inicio partía del dominio de Jabbar bajo aros. En realidad el pívot siguió siendo la referencia ofensiva principal durante la primera mitad de la década de los años 80, aquella que cambió la historia de la mejor liga del mundo y que tuvo como principal protagonista a los Lakers que ganaron cinco campeonatos y disputaron tres finales más.



De todos los momentos memorables de esa segunda juventud de Jabbar hay uno culminante. Las series finales de 1985 ante sus verdugos históricos: los temibles Boston Celtics de Larry Bird, Mchale y Parish. En las finales del año anterior los célticos había ganado por un detalle esencial del juego: su dominio en el rebote. Para Jabbar era una cuestión de orgullo personal. Ya había vivido dos derrotas frente a Boston e las series finales (una cuando estaba todavía en Milwaake), Los Angeles nunca había ganado una final a los propietarios del Garden y encima después del primer partido de las series fue ridiculizado por la prensa de Boston. Tras una humillante derrota en el primer encuentro por 148-114 Part Riley, entrenador de los Lakers puso un video del partido a su equipo. Ante los continuos quiebros de Parish a pívot de los californianos el elegante director de orquestra le comentó a su jugador “¿Qué pasa capitán, estas ya cansado?. Mira cómo te supera Robert, una y otra vez”. No dijo nada, tomó nota y el resto de las series barrió a todos los que les salieron al paso siendo proclamado MVP de las finales. Ya entonces contaba con treinta y ocho años.
Para entonces ya se trataba de todo un icono de la cultura deportiva de todo el mundo. La NBA empezaba a exportarse y las estrellas de la liga se convertían en referentes de la juventud de todos los rincones del planeta. Su leyenda era inconmensurable; aún a fecha de hoy resulta el jugador que más puntos ha metido en la historia de la liga y el que más minutos ha jugado. Es además el tercer taponador de la historia y el octavo en porcentaje en tiros de campo. Superó su tradicional misantropía con su auto paródica aparición en “Aterriza como puedas” y con el tiempo se lanzó a publicar libros. Superó traumas personales tales como el incendio de su mansión y la estafa de su hombre de confianza en los negocios, lo cual atrasó su retirada de los terrenos de juegos,
Cuando en la temporada 88-89 anunció su retirada todas las canchas del país le rindieron homenaje merecido. Coleccionó ovaciones y regalos de todo tipo. De hecho no hizo sino recoger los frutos de una vida de éxitos deportivos sin igual.