sábado, 30 de agosto de 2014

YA HUBO UN MUNDIAL EN ESPAÑA


El inicio del Mundobasket en nuestro país coincide con una época esplendorosa del deporte español y del baloncesto en particular. Con excepción del último campeonato del mundo del 2010 No ha habido cita de enjundia desde 2006 que no haya acabado con metal para la poderosa escuadra hispana que no haya acabado con metal. Una generación dorada plagada de altura, fortaleza física y calidad se ha hartado de ganar.

No era así en el último Mundial disputado en tierras españolas. De hecho sólo la selección de baloncesto de los Martín, Epi o Jiménez podía presumir de triunfos destacados a nivel internacional con la plata del Europeo de Nantes en el 83 y, muy especialmente, el subcampeonato de las Olimpiadas del 84. Parecía que un torneo a disputar en terreno propio era propicio para seguir la racha. El baloncesto había vivido un boom destacado en los 80 gracias a los éxitos de la selección y la implantación de la Liga ACB con el sistema de play-off. La atención deportiva de la nación en ese mes de julio se concentró en la labor de los chicos de Díaz- Miguel, entonces el eterno seleccionador tan alabado desde Los Ángeles.
Pero algunos nubarrones habían empezado a otear en el horizonte del equipo español. En el campeonato de Europa de Alemania del año anterior el cuarto puesto fue considerado un fracaso y habían empezado surgir ciertas fricciones entre Díaz Miguel y algunos emblemas del combinado. Juanma Iturriaga era descartado para el Mundial, Juan Corbalán se había retirado de la selección y algunos jugadores destacados de esa época como el barcelonista Sibilio, no acababan de encajar en las ideas del seleccionador, que fundamentaba la competitividad española en una fuerte defensa de anticipación, para la que el dominicano no estaba muy dispuesto. Además en plena preparación surgió un conflicto entre el técnico y la máxima estrella nacional, Fernando Martín, por una salida nocturna no autorizada. A esto había que añadir el hecho que el equipo seguía siendo bajo en comparación con sus más destacados rivales; sólo Romay superaba los 2,10 y aunque tanto Martín como Andrés Jiménez aportaban clase y talento bajo aros, la desigualdad física seguía siendo evidente ante las torres rusas, yugoslavas o americanas.

De esta guisa España jugó la fase de grupos previa en Zaragoza. El juego español resultó plano y sin inspiración. Se ganó con muchísimos apuros a Francia (84-80) y Grecia (87-86) y se despachó sin complicaciones a los débiles portorriqueños por más 50 puntos. Pero en el último encuentro de la liguilla, Brasil, comandada por el demoledor alero Oscar Smith, liquidaba sin paliativos el dubitativo juego español con una victoria por 72-86. No era la selección que todos esperaban. Martín parecía descentrado, tal vez por sus problemas con Díaz Miguel, ninguno de los bases (Solazábal , Creus o Costa) imprimía el ritmo necesario y en las alas, apenas Epi cumplía con lo esperado, siendo especialmente decepcionante el papel de la nueva gran promesa del baloncesto surgida en la penya, Jordi Villacampa. Una derrota no tenía por qué significar el final, pero el sistema del Mundial contabilizaba los puntos de la primera fase para la segunda, en donde se iba a dilucidar el pase a la lucha por los medallas. A España no le quedaba otra que ganar a la U.R.S.S de Sabonis, Homicius o Volkov, una potencia sin paliativos. Y lo cierto es que casi se consigue la hombrada y sólo una discutible actuación arbitral impidió el triunfo al final (83-88). La consecuencia fue que el papel español terminó limitado a pelear por el 5º puesto, cosa que se consiguió con brillantes victorias sobre Canadá e Italia. El juego de los locales había ido de menos a más, pero cuando se logró el nivel óptimo ya era tarde para luchar por metales. Hubo sensación de decepción y oportunidad perdida. Díaz Miguel emprendió una lucha por reducir el número de americanos por equipo: según él, eso limitaba que los nuevos valores jugaran los minutos necesarios y se foguearan para la alta competición. En realidad España iniciaba un camino de oscuridad que no se superó hasta finales de los 90, con la llegada de la generación de oro.

El Mundial fue ganado por Estados Unidos. Era una época en la que los profesionales no jugaban las competiciones FIBA y las selecciones yanquis aportaban promesas universitarias, que que ni siquiera eran las más destacadas de la NCCA, reservadas para las Olimpiadas. Pero la verdad es que varios de los integrantes de aquella selección alcanzaron puestos destacados de la NBA como fue el caso de David Robinson, posterior pívot dominador de los Spurs de San Antonio así como  un pequeñísimo base de apenas 1,60 metros de altura llamado Tyrone Bogues, que se revelo como un feroz defensor y un jugador rapidísimo, que contra todo pronóstico desarrolló una sólida carrera en la Liga más famosa del mundo o Kenny Smith base campeón de la NBA con Houston en los 90. En la final ganaron a una de las selecciones más potentes jamás recordadas de la U.R.S.S, que a su vez se había desprendido en semifinales de Yugoslavia, con un memorable final de partido con tres triples consecutivo de los soviéticos que neutralizaron la ventaja plavi, cuya estrella era un genio de destino trágico y por aquel entonces odiado en la capital de España: Drazen Petrovic. El recientemente rehabilitado Palacio de los Deportes de Madrid vivió unas jornadas llenas de intensidad y emoción. Es un campeonato olvidado, pero en su día, favoreció mucho a la consolidación del basket como deporte de máximo interés.


sábado, 31 de mayo de 2014

TRÁNSITO FRENÉTICO

Es fácil relamerse en las heridas por el deja vu del sábado pasado. El salto de Ramos formará parte de las pesadillas atléticas durante no pocos años. Hace una semana escribía que Simeone había cambiado para siempre la faz rojiblanca: aquella que le asocia con el victimismo y la melancolía. Quizá tenga que rectificar a medias. El desenlace de Lisboa repitió la peor pesadilla rojiblanca ante el peor rival posible, más dolorosa aún si cabe si hubiese sido el propio Bayern; en realidad la presencia del Real Madrid ya en sí era sospechosa, tocaban los teutones, era lo que estaba escrito, pero los de Pep nos fallaron. El destino ha sido juguetón y malicioso: en el año más inolvidable que ningún colchonero hemos vivido, en el que más grandes nos hemos sentido, en el que hemos logrado el mayor éxito de nuestra historia, esa Liga española que parecía eternamente anestesiada por el dominio plomizo de las multinacionales futboleras que sojuzgan nuestro país, en el ejercicio en el que tras traspasar a una figura más (Falcao) fuimos más peligrosos que nunca, se revive la pesadilla del 74.

Pero tomemos como referencia una semana antes 17 de mayo de 2014, y aún un año antes esa misma fecha. Un grupo de jugadores en los que nadie confiaba ganaba la Liga en el Camp Nou y la Copa del rey al Madrid en el Bernabéu. Sigamos retrocediendo y nos encontraremos con una U.E.F.A sobre el Athletic de Bilbao de Bielsa, que parecía comerse el mundo. Y ya puestos a recordar una Supercopa Europea (trofeo menor, pero trofeo a fin de cuentas) contra el Chelsea en Mónaco. Podemos coger en definitiva la botella medio llena o medio vacía. Pero lo que nadie puede negar es que en los últimos años ha habido muchísimo bueno y muy poco malo. Grandes triunfos y escasas decepciones. Un equipo admirado en toda España y hasta Europa, si no por su juego, sí por su coraje y por plantarse ante los tótems, esos que gastan pasta de forma indiscriminada y traen siempre año tras año ,lo mejor y lo más caro, y decirles “os vamos a discutir el triunfo” e incluso conseguirlo, no siempre , es cierto, pero sí a  veces.
Pensemos también en ese entrenador que quizá no tuvo su mejor tarde, ni controló sus impulsos del final, pero que cogió a un equipo cerca de segunda división y en menos de tres años le llevó a ganar cuatro títulos y a estar a un paso de un quinto. Un tipo que ha alcanzado la gloria y no ha llegado por muy poco a la leyenda, y que se planta en la rueda de prensa con estas palabras “Este partido no merece ni una lágrima”. Porque en definitiva el cabezazo de Godin le dio la gloria hace  semana y el de Miranda hace un año, mientras que el Ramos se la ha arrebatado; y como insaciable competidor que es, sabe la frontera que separa el éxito del  fracaso es tan tenue, que no conviene tomarse demasiado en serio ni la victoria ni la derrota, y que para los que él entrena que sólo hay un camino; pelea, pelea, pelea y más pelea y cuando vienen mal dadas, a seguir luchando. Aunque es cierto que en ocasiones, sus formas como jugador o entrenador no fueron ni son las más ejemplares, fruto quizá de una competitividad mal entendida o al menos desviada. Pero alguien así, capaz de transmitir el valor de la lucha en inferioridad de condiciones de tal forma, de convencer a un grupo humano de que eran capaces de todo y no apelar nunca al victimismo sólo merece admiración.
El sino del Atlético no es fatalista, es simplemente inestable por naturaleza: su existencia es un tránsito de la gloria al fracaso, del cero al infinito, del triunfo impensable a la derrota apocalíptica. En la final de Copa del año pasado y de la Liga de este año empezó perdiendo para acabar ganando, como en semifinales de la Champions en Londres. En la final europea empezó ganando y acabó perdiendo: tal es su fisionomía . Su leyenda de este año se cimenta en la lucha contra lo considerado en principio imposible y su falta de desfallecimiento, contra la creencia generalizada que no podía aspirar a los premios más gordos y al final casi, y por muy, muy poco, se lleva los dos. Se llevó uno, que no es moco de pavo, aunque no cómo no podía ser menos el éxito más rotundo fue la antesala de derrota más amarga. El camino, eso sí, fue inolvidable.







EL CRUYFF ROJIBLANCO

Como el holandés, el técnico argentino fue más una elección populista que una apuesta confiada. Ambos habían sido jugadores emblemáticos, campeones de liga en entidades acostumbradas a sinsabores con más frecuencia de la deseada y calmaban las iras del público ante los fracasos en el terreno de juego.
Antes de Cruyff el Barça ganaba ligas cada 13-14 años, salvaba años con Copas del rey ocasionales y victorias puntuales sobre el Real Madrid. Con el tulipán llegaron nada menos que cuatro seguidas, además de la Copa de Europa y aunque sus dos últimos dos fueron más bien opacos su legado consintió en erradicar de Can Barça todos los lugares comunes que casi siempre llevaban a la decepción: el Barça podía y debía ser un grande de Europa a la altura de Real Madrid, Juve o Bayern. El resto es de todos conocidos.


Simeone no fue un futbolista a la altura de Cruyff, ni su estilo se le parece lo más mínimo; pero ha ejercido una catarsis parecida en el Atlético de Madrid. Aunque Quique Sánchez Flores había roto la sequía de 14 años con la Europa League y la Supercopa de 2010, no había pasado de ser un éxito ocasional, provocado por dos delanteros de mucho calibre (Aguero y Forlán) que emigraron al poco tiempo por falta de perspectivas sólidas; como lo hicieron Torres o De Gea, no había futuro a tener en cuenta, sólo destellos fugaces de jugadores con talento, pero con un equipo muy lejos de ser tomado en serio por los grandes de verdad.
Desde su clara victoria en la final de Bucarest de 2012 ante el pujante Bilbao de Bielsa, el argentino forjó la esencia de cualquier equipo de élite: unas señas de identidad grabadas a fuego. Su receta era menos glamurosa que la del Barça de los 90, por que el Atlético no dispone de los medios de los culés, pero hundía sus raíces en varias escuelas de probada solvencia: el rigor táctico italiano, la competitividad argentina y dos señas de identidad de los mejores momentos de los 110 años de historia rojiblanca: el gusto por el contragolpe y el poderío a balón parado. Esos elementos son fácilmente combinables para dar lugar a un equipo que empieza desde una gran seguridad defensiva que se transmite a todo el equipo, una intensidad en el juego que le pone casi siempre en ventaja sobre los contrarios a los que agobia sin descanso, gran velocidad en los espacios abiertos y, cuando la creatividad falla, siempre queda recurso al córner o falta que permita el cabezazo al fondo de las mallas. De esta guisa ha conseguido imponerse equipos superiores en talento individual y ha roto una tradición futbolera que en España, desde finales de los 80, sólo toma como referencia a tener en cuenta el buen uso de la pelota y el dominio territorial, aspectos muy alabables pero si se dispone de jugadores adecuados. Este Atlético es flexible: no duda en recular y atrincherarse en su muro defensivo esperando salir a la contra, pero cuando tiene que  tomar la iniciativa y tocar la pelota lo hace sin complejos (ahí está su segundo tiempo en Londres); desde esa perspectiva es quizá el equipo más interesante que España o Europa ha visto en mucho tiempo, por más que no sea el mejor.
A esta brillantez estratégica hay que unirle el factor emocional que va ineludiblemente unido al técnico argentino. Como Cruyff (alma mater del gran Ajax de los 70, tres veces campeón de Europa) Simeone es un ganador que no se resigna a un papel secundario. Ganará o perderá, pero no está depuesto a aceptar de forma resignada el fracaso. Como jugador no era un estilista desde luego; sus armas eran dejarse el alma en el campo, competir al máximo, ciertas dosis de técnica bien dosificadas y detalles de dudoso gusto deportivo pero relacionadas con su vertiente ganadora. Más de 100 partidos con la albiceleste así lo atestiguan. Dicho carácter era necesario en un entidad tan acostumbrada a la melancolía como la rojiblanca, en la que hasta las campañas publicitarias hacían apología de esa resignación ante la mediocridad. Nada más falso que la leyenda negra que muchos, aficionados rojiblancos incluidos, que señala al Atlético como perdedor eterno: sus fracasos estaban relacionados con la mala gestión o simplemente con la desproporción de medios ante sus rivales, y no con el fatalismo, y en periodos concretos de su historia ha vivido éxitos destacables, hasta con dosis de suerte que todo campeón necesita. También el Bayern perdió una Copa de Europa en el descuento o el Real Madrid cinco finales en una temporada; pero éstos no se relamían en su mala suerte y volvían a intentarlo y claro, tenían oportunidades de ganar de nuevo.
Con Simeone el Atlético ganó una Copa del Rey al Madrid en el Bernabéu y una Liga al Barça en  el Camp Nou. En ambos partidos empezó perdiendo. De hecho a fecha de hoy es el paradigma de club ganador; no ha habido partido decisivo (Europa League, Supercopa de Europa. Copa del Rey o Liga así como eliminatorias de Champions) en que no haya dado su mejor versión a su manera. Tampoco el Barça de Cruyff falló en sus tres Ligas milagrosas de la última jornada, después de décadas acumulando segundos puestos y tirando campeonatos que estaban en la mano; de hecho sus sprints finales eran asombrosos. Los jóvenes Atléticos no sabes que es seso del “pupas” ni de tembleque en los momentos clave. Lógicamente, y como hemos señalado antes, el Atleti no dispone de la economía del Barça y el mantenimiento en la élite es más complicado, pero si se sabe conservar la esencia de un estilo futbolístico y la mentalidad positiva arraiga para siempre en el Manzanares ( o en la Peineta) puede haber grande para rato. El sábado se podrá perder, por supuesto, porque el Madrid es bueno, muy bueno incluso. Pero lo más importante ya está conseguido.


sábado, 5 de abril de 2014

DEL CÉSPED A LA CANCHA: DESENLACE FINAL (III)

La década de los 80 había intensificado la rivalidad Barcelona-Madrid en el ámbito baloncestístico a unos niveles que llegaron a eclipsar a los duelos futbolísticos entre ambos contendientes. Las alternativas en el dominio se habían sucedido de forma permanente: en ochos años cuatro campeonatos de Liga para cada equipo. Del control banco en el periodo 83-86, se había pasado a la hegemonía azulgrana en los campeonatos del 87 y el 88, pero para la temporada 1988-89 un factor iba a llevar los encuentros a los máximos niveles de tensión: es escolta croata Drazen Petrovic.
No resulta fácil el resumir la influencia de Petrovic en el basket de los 80. Es posible que el tiempo hay dado jugadores mejores, al menos más completos, pero Petrovic producía sensaciones únicas en compañeros, rivales y público. Demoledor anotador, competidor insaciable y máxima representación de un deporte yugoslavo de tanta calidad como modos discutibles en cuanto a formas de un deportista, una de sus virtudes era la forma de minar la moral del contrario con sus provocaciones constantes tras sus exhibiciones anotadoras. El Real Madrid lo había sufrido en la Copa de Europa y durante un par de años fue, con seguridad, la bestia negra de la laureada sección blanca. Cuando Ramón Mendoza lo fichó en 1986, con el compromiso de incorporarse dos años después, una conmoción sacudió al mundo de la canasta. ¿El jugador más odiado con la camiseta a la que tantas veces la había pisoteado?. Lo cierto es que la final de la Copa Korak de 1988, saldada al fin con triunfo madrileño ante la Cibona, amortiguó los recelos hacia la estrella de los Balcanes.
Con Petrovic como puntal ofensivo, más la incorporación del alero Quique Villalobos, los de Lolo Sainz contaban con el equipo ofensivo más poderoso del viejo continente; a los ya referidos había que unirles a Biriukov en el juego exterior, Johny Rodgers un atípico ala-pivot americano con un poco ortodoxo pero efectivo tiro de media y larga distancia y el poderío interior delos hermanos Martín, Romay o Pep Cargol. Claro que enfrente tenían a los Solozábal, Epi, Norris, Jiménez, Trumbo a los que en esta ocasión se unió un americano de gran efectividad bajo aros: Waiters. El Barça era un equipo más hecho y con un sentido colectivo superior; a la eficacia de Solozábal, Epi y Sibilio en el exterior se le unía un juego interior de muchos kilates con Norris y Waiters, amén de la versatilidad de Andrés Jiménez, quizá el hombre esencial de aquellas temporadas, dado que gracias a su polivalencia y flexibilidad, los azulgranas se podían permitir jugar con tres altos, lo cual era clave en la lucha por los rebotes. Si el equipo contrario se situaba en zona, el juego exterior de los de Aito podía romper ese mecanismo de  defensa.
Pero el poderío anotador de los blancos era insuperable, y en los primeros enfrentamientos entre ambos colosos en esa campaña el yugoslavo no pudo ser frenado por los defensores culés. Ambos equipos se vieron, de nuevo, las caras en la final de la Copa del Rey en Galicia y los blancos, tras  reacción en el segundo tiempo, consiguieron doblegar a su poderoso enemigo (85-81), aunque curiosamente el hombre clave de aquella final no fue Petrovic, sino el discutido americano Rodgers. Partiendo de esa victoria los madridistas empezaron una espiral de triunfos sobre su eterno rival que, al cabo de cinco enfrentamientos, señalaba un marcador claro: 5-0 en favor del Real Madrid. Tras una de esas victorias, en el Palau azulgrana Aíto sorprendió en la rueda de prensa declarado: “Petrovic tiene bula arbitral”.


Lo cierto es que pareció una jugada estratégica muy calculada: el croata se estaba apoderando de los duelos con los entrenados por Aíto. De la misma forma que había acabado con la moral de los Corbalán, Iturriaga, Robinson y compañía unos años antes, sus grandes guarismos anotadores y las constantes victorias de su equipo provocaban en los azulgranas una desazón por la imposibilidad casi metafísica de ganar los partidos ante el Madrid. Petrovic era especialista en manejar en tiempo psicológico de los partidos y el entrenador del Barça intentaba así crear una cierta presión sobre los colegiados que mirasen con más atención las acciones de la estrella blanca. A ello había que añadir que algunos jugadores barcelonistas estaban muy dolidos por la tendencia a mofarse del yugoslavo a raíz de la racha de victorias. En definitiva, la tensión deportiva se situó en niveles máximos.
Curiosamente, un partido que contaba con todos los elementos para mantener el dominio blanco se reveló decisivo para el desenlace final. En la segunda fase de la Liga el Barça visitaba al Madrid en plena crisis: fue derrotado en semifinales de la Final Four de la Copa de Europa contra pronóstico, iniciando así una sucesión de fallidos asaltos al máximo entorchado europeo que no se acabaría hasta el siglo XXI, y uno de sus emblemas de las últimas temporadas, Chicho Sibilio, había sido sancionado disciplinariamente, siendo apartado del equipo. El Real Madrid acudía, por el contrario, tras haber ganado la Recopa de Europa en Atenas al Caserta Italiano (119-117) con una alucinante actuación del croata con nada menos que ¡62 puntos¡. Lo que parecía un paseo blanco resultó una resurrección azulgrana: victoria por 87-95 que además, decidía el factor cancha en favor del Barcelona en el presumible playoff final por el título.
Aquel encuentro cambió el desenlace de una temporada que, sin lugar a dudas, ha pasado a la historia del baloncesto español. Como era de esperar, ambos equipos se plantaron en la final a cinco sin muchas dificultades, pero tras su triunfo en Madrid, el juego barcelonista había ido cada vez a más y su estado de forma ante la gran final era óptimo. El Madrid llegaba lastrado por las lesiones de alguno de sus hombres altos y una cierta dependencia de las prestaciones de Petrovic para ganar los partidos, aspecto acrecentado por el individualismo al que era tendente el escolta y que había despertado ciertas ampollas en el equipo, especialmente tras la final de la Recopa . Con un Fernando Martín ausente por dolencias el primer encuentro de la serie fue de resultado elocuente: 94-69 en favor del Barcelona. Un par de días más tarde el Real Madrid se aloja en un hotel barcelonés para disputar el segundo partido con pocas perspectivas de triunfo. La moral está muy baja tras la paliza en el primer duelo. En plena comida las puertas del comedor se abren y aparece un gigante de 2,05 que ha tomado el puente aéreo, dejando atrás sus problemas en la espalda, para jugar el segundo choque. Es un Fernando Martín que  lo primero que suelta es: “Pringaos, yo no me he levantado de la cama para perder”: ¿Resultado?: 81-88 y serie igualada. Sin duda alguna un momento esencial de cara a analizar la importancia de la psicología en el deporte de alta competición: Martín jugó pocos minutos y bastante lastrado, pero su fuerza mental se trasladó a sus compañeros que se convencieron que ganar era posible.
Los partidos en Madrid depararon un nuevo empate; victoria holgada del Barça en el tercer partido e igualada blanca en el cuarto gracias a la sangre fría de Petrovic en los momentos decisivos. En realidad, el equipo de Aíto parecía más entero en la serie, con un juego más equilibrado y centrado en la fuerza de sus hombres altos, con una mayor compensación en la distribución anotadora de sus jugadores. Pero enfrente tenían a un equipo con casta e inmensa calidad, aunque con un sentido más individualista del juego. La victorias del Barça habían sido holgadas y las del Madrid más apuradas. Pero todo se iba a dilucidar en un quinto encuentro……y el Real Había ganado en tres de sus cuatro visitas al Palau en esa temporada.
El desenlace superó el dramatismo de cualquiera de los enfrentamientos de ambos clubes en la mágica década de los 80, quizá con la excepción del partido en Pabellón madridista del 84. La primera parte se saldó con una igualdad total: 48-50 al descanso. Pero a medida que avanzaban los minutos un hecho fue inclinando la balanza en favor de los locales: la acumulación de personales en el Real Madrid. Aíto forzó la búsqueda de los hombres altos de su equipo y los pívots madridistas se fueron cargando de faltas hasta llegar a las cinco permitidas. A ello hubo que unirle que uno de los árbitros del choque, el bilbaíno Neyro, mostraba un celo extraordinario en ver las infracciones de los visitantes. En realidad esto tenía su intrahistoria: dos años antes, en un torneo de verano, y cuando Petrovic todavía jugaba en la Cibona, el croata había escupido al colegiado que con posterioridad, declararía que no olvidaría nunca esa afrenta. No parecía la elección más adecuada para garantizar la imparcialidad en el arbitraje de partido tan decisivo.

 A la sucesiva eliminación de los hombres altos blancos, hubo que unirle el pobre encuentro de su gran estrella, apagado por un eficaz sistema de ayudas defensivas, que partía de un Solozábal que no perdía ojo del croata y cuando éste conseguía superarle, automáticamente un jugador salía en apoyo para cortar las vías de acceso del yugoslavo a la canasta. Aíto había dado, por fin, con la fórmula de neutralizar al estilete madridista y los minutos pasaban con el jolgorio azulgrana al escaparse en el marcador, y la desesperación de Lolo Saínz y su banquillo que veían cómo incluso terminaban el encuentro con sólo cuatro jugadores en la cancha, por acumulación de faltas personales, y tenían que soportar dos torturas adicionales: el hostigamiento del colegiado bilbaíno y las mofas de los jugadores rivales que aprovecharon su triunfo para devolver al yugoslavo las afrentas de anteriores encuentros. Incluso alguien tan comedido en las victorias y derrotas como Epi se subió al carro de las provocaciones. Al final 96-85, jolgorio barcelonista por su tercera ACB seguida, indignación madridista con árbitro y rivales y un partido pata la historia.
Fue el punto culminante de una década de rivalidad para enmarcar. En el verano de 1989 Petrovic dejaba colgado al Real para hacer las américas, y el 3 de diciembre de 1989 el deporte español caía en la desesperación y el luto con el fatal accidente del Fernando Martín en la M-30 madrileña que sesgaba la vida de uno de los jugadores legendarios de la canasta hispana. Muchos rivales azulgranas, y compañeros de selección,  lloraron desconsolados en su entierro. Una época inolvidable había concluido. El Barça de Aito siguió acumulando triunfos pero se le resistió siempre la Copa de Europa. El Madrid siguió una trayectoria más irregular, aunque el otro gran genio baloncestístico del este de Europa, el lituano Sabonis le llevaría de nuevo por la senda de las victorias.



domingo, 30 de marzo de 2014

BARCA-MADRID: ALTERNATIVAS SIN FRENO (II)

Tras el accidentado final de la Liga pasada y el éxito de la selección en Los Ángeles, medalla de plata incluida, el baloncesto se consolidó como el deporte de moda en la España de mediados de los 80. En la temporada 84-85 el Real Madrid configuró uno de los equipos más potentes de su historia, ya que a la sólida base de la temporada anterior le unió un prometedor escolta de ascendencia rusa, José Biriukov, así como el alero Alfonso del Corral, un jugador de equipo, gran defensor, e idóneo para dar minutos de descanso a los primeros espadas madridistas. Los de Lolo Sáinz apenas conocerían la derrota en ese ejercicio en el que se alzaron con los títulos de Liga y Copa, derrotando en la final en ambas ocasiones al joven y vistoso Juventud de Badalona que entrenaba un técnico  madrileño pero que había desarrollado su carrera de jugador y entrenador en Cataluña, su nombre era Aíto Garcia Reneses.
En Barcelona las cosas no iban tan bien. La temporada anterior el equipo había sufrido un duro golpe al perder la final de la Copa de Europa ante el Banco de Roma, tras dominar buena parte del encuentro y pese a los 30 puntos de Epi. Fue una derrota que dejó huella y la situación de Antonio Serra se complicó; las relaciones con algunos jugadores no pasaban por buen momento y sus exitosos planteamientos de antaño empezaban a no ser tan efectivos ante rivales reforzados con americanos de calidad que empezaban a poblar las canchas españolas. El Juventud le dejó fuera de la final de Copa, por primera vez en ocho años, y semanas más tarde el Barça vivió una humillación sin precedentes al perder de 36 puntos ante el Licor 43 de Manel Comas. Serra dimitió tras esa hecatombe y el club acudió al ex jugador Manolo Flores, para asumir interinamente el banquillo hasta final de temporada. No alcanzó la final de la Liga, pero al menos dio al club su primer título europeo: la Recopa de Europa, derrotando en la final al potente Zalguiris de Kaunas de un joven Sabonis. A finales de la temporada, el Barça hizo público el nombre de su nuevo entrenador y no era otro que Aíto, ex jugador de la entidad y verdugo de los culés esa temporada.
Aito llegó con métodos innovadores que sufrieron un duro periodo de adaptación. Quiso dejar atrás los planteamientos basados en el aprovechamiento de la fuerza exterior del juego de ataque de Epi y Sibilio y tuvo como vértice de actuación dos ideas claras: un alto bagaje defensivo y dotar al juego interior de más fortaleza. Para ello era necesario apostar por una política de rotaciones constantes, que dosificara esfuerzos, y sacrificar a un alero tirador por un tercer hombre alto.  Sin embargo, en su primer año el Real Madrid siguió siendo superior. Sainz no era amigo de mover el banquillo, pero aportó una variante táctica interesante al jugar en ocasiones con dos escoltas (Iturriaga y Biriukov) con la que compensaba el paso de los años de su director de orquesta, Juan Corbalán.  En el juego interior el Real Madrid contaba con la calidad y compenetración que Wayne Robinson y Fernando Martín tenían, y el dominio madridista dentro de la botella decidió el nuevo duelo por el título que ambos equipos disputaron en 1986. Dos apuradas victorias  (83-80 y 86-88) con grandes actuaciones de un Fernando Martín en el mejor momento de su carrera dieron la tercera Liga ACB seguida al equipo de Concha Espina. Aíto salvó el año con una nueva Recopa de Europa, esta vez ante el Pesaro italiano pero no pocos ponían en duda la adecuación de sus ideas a la filosofía del Barça, el propio entrenador tras perder la final de Liga reconocía “somos los segundos de España y hay que asumirlo”.
Para llevar a cabo sus planteamientos, el técnico Barcelonista obtuvo en el verano de 1986 dos fichajes claves: el pívot Andrés Jiménez, del que había sido descubridor, y el base Joaquín Costa. Aíto situó a Jiménez como tercer hombre alto aprovechando su versatilidad y el llamado “triple poste” se instauró definitivamente. Costa era un gran defensor y el recambio idóneo para Nacho Solozábal y con ellos dos amén del americano nacionalizado Steve Trumbo, el Barça podía rotar al equipo con garantías. Por su parte, el Real Madrid sufrió una desbandada generalizada ese verano: Martín se marchó a la N.B.A, su hermano Antonio a una Universidad americana y Robinson fichó por el Cacaolat Granollers. El Real perdió por lo tanto su poderío bajo los aros, y más cuando el fichaje estrella de aquel año, el americano Larry Sprigs, dio un rendimiento bastante irregular. Corbalán acusaba el paso de los años y las lesiones e Iturriaga no mostraba la regularidad de antaño. La conclusión es que lo de Sainz quedaron por primera vez fuera de la final de la Liga, que ganaría el Barcelona al Juventud (3-1 en el playoff final). A ese triunfo se le unieron la Copa del Rey y la Copa Korak.


Ramón Mendoza, presidente blanco de aquellos años reaccionó y consiguió la vuelta de Fernando Martín el año siguiente, así como la del base internacional José Luis Llorente. El Madrid fichó además al ala-pívot americano Wendell Alexis, que había triunfado en el Forum de Valladolid lo que unido a también regreso del menor de los Martín, Antonio, más cuajado de su experiencia americana equilibró las fuerzas de ambos contendientes. Pero el Barça no anduvo parco en fichajes tampoco. Adquirió al americano Audie Norris, procedente de Italia y que un par de años antes había estado a punto de fichar por el Real. Con 2,06 de altura, gran salto y una fiereza descomunal bajo los tableros fue quizá el foráneo más importante de la historia azulgrana, superando los dolores de sus maltrechas rodillas y dado un poderío tremendo a los de Aito bajo tablero.
 Un partido resultó clave en el devenir de la temporada: la final de la Copa del Rey disputada en Valladolid ese año. Llegaba el Barça en plena crisis por sus malos resultados en la liguilla de campeones de Europa (cuatro derrotas seguidas) y enfrente el Madrid parecía más confiado en sus posibilidades. Tras numerosas alternativas y cuando todo apuntaba a un triunfo blanco, con 83-81 a favor del Madrid, Romay cometió falta en ataque. El Barça dispuso de la última posesión, y el Madrid centró la atención de la jugada decisiva en la defensa de Sibilio y Epi. Ello permitió desmarcarse a Solozábal que en el último suspiro lanzó un misil de tres puntos que daba el triunfo definitivo a los de Aíto 84-83. Esa victoria condicionó el resto de la temporada ya que el Madrid pareció no sobreponerse a la misma en sus enfrentamientos con los azulgranas; una nueva victoria barcelonista en el Palacio de los Deportes de Madrid le otorgaba el primer puesto de la fase regular y el factor cancha a favor en los playoffs por el título.
Los dos equipos se volvieron a ver en la final de la Liga y en esos partidos el Barça fue superior. Además, las lesiones condicionaron las posibilidades blancas ya que Romay se había roto en las semifinales ante el Cai Zaragoza y Martín arrastró problemas físicos durante toda la final. Con todo, los madridistas consiguieron forzar cinco encuentros, tras dos meritorias victorias en Madrid, en los que empezaron a adquirir carácter mítico los duelos a cara de perro entre Norris y Martín. El pívot madrileño era el único jugador español capaz de hacer frente a la “bestia” azulgrana y la lesión de Martín en el quinto partido selló el destino definitivo de la serie en el Palau. Con gran actuación de Epi, los locales ganaron 93-79 y al Real Madrid eso sí, le quedó el consuelo de derrotar a su vieja bestia negra europea, la Ciboza de Zagrebz, en la final de la Copa Korac, en la que todavía jugaba la eterna pesadilla blanca en Europa, ya fichado por los blancos para el año que viene: el descomunal escolta croata Drazen Petrovic. Al final de esa temporada Juan Corbalán y Juanma Iturriaga dejaban la casa blanca. Una era había terminado.


sábado, 29 de marzo de 2014

BARCA-MADRID: DEL CÉSPED A LA CANCHA (I)

La eterna rivalidad entre madridistas y culés vivió episodios de gran intensidad en los años 80 en un terreno muy alejado de los campos de fútbol: las canchas de baloncesto. La trayectoria de ambas secciones era muy divergente hasta entonces y cómo ocurría en el fútbol, durante muchos años los madrileños habían tomado una amplia ventaja. El Real Madrid de Pedro Ferrándiz se había hecho amo y señor del campeonato español y también dominaba en Europa de la mano de jugadores míticos como Emiliano, Luyk , Brabender, Rullán o Cabrera. Por su parte el Barcelona se limitaba ser mero espectador de los triunfos blancos y asumía paliza tras paliza en los duelos directos. Ello llevó a cuestionar el futuro de la sección en no pocas ocasiones que vivió de cierres y aperturas al alimón de la falta de éxitos.
A mediados de los 70 Ferrándiz dejaba el banquillo, pero sus senda de éxitos era continuada por Lolo Saínz que además ganaría las Copas de Europa de 1978 y 1980, bajo la batuta del gran Juan Corbalán y con viejas estrellas del pasado a las que se les unían valores prometedores como Iturriaga, Llorente, Romay y a comienzos de los 80 la nueva estrella del basket español: Fernando Martín. Pero en Barcelona las cosas empezaban a cambiar: en 1975 llegó un entrenador yugoslavo Ranko Zervika que apostó decididamente por  promesas con ansias de triunfo: Ansa, Flores y unos jovencísimos Nacho Solozábal y Juan Antonio San Epifanio. A ellos se les unieron dos nacionalizados que darían gran rendimiento: el alero tirador dominicano “Chicho” Sibilio y el pívot argentino Juan Domingo de la Cruz. En 1978 el Barça dio su primer aviso al imponerse en la final de Copa del Rey al Madrid (103-96) en Zaragoza. José Luis Núñez venció sus reticencias iniciales hacia la sección al llegar a la presidencia ese mismo año (había barajado al principio cerrarla, por ser incapaz de hacer frente al Real) y contrató a un entrenador clave en el crecimiento de la misma: Antonio Serra que venía de ganar la Liga con el Juventud.
Serra dotó al Barça de una profesionalidad hasta entonces desconocida y siguió en la línea de dar responsabilidad y minutos a los jóvenes. Además, implantó un sistema de juego fundamentado en aprovechar la capacidad anotadora de Epi y Sibilio, cada vez más desarrollados como jugadores, y apostó por pívots americanos rocosos, poco anotadores pero con gran poderío a la hora de robotear y crear bloqueos para las metralletas exteriores azulgranas. Por primera vez el Real Madrid tenía un rival en condiciones y con el nivel económico suficiente para mantenerse en la élite muchos años. El Barça siguió con sus éxitos en la Copa (nada menos que seis seguidas) y asaltó definitivamente la Liga en la temporada 1980-81. Un año después la llegada de Fernando Martín al Real Madrid devolvería el título a la capital, tras un triunfo decisivo en el Palau barcelonés (93-102) aunque los de Serra se tomarían la revancha en la final de Copa de ese año. En el ejercicio siguiente los azulgranas cambiaron las tornas en dos partidos inolvidables, un triunfo agónico en Barcelona 82-80 que permitió un desempate en Oviedo saldado en favor de los culés por 76-70 que daba la segunda Liga en tres años.
Lolo Saínz reaccionó ante el desafío de su oponente y para la temporada 83-84 consiguió fichar a dos americanos extraordinarios; el pívot Wayne Robinson, gran reboteador y con capacidad anotadora y el alero Brian Jackson, un tirador seguro que compensaba el poderío culé en el exterior de la zona. Impuso además una agresiva defensa de anticipación, con numerosos robos de balón, que dejaba la posibilidad de fulgurantes contraataques aprovechados por jugadores como Martín e Iturriaga muy veloces y hábiles en tales lances. En definitiva que los Barça-Madrid de aquellos años adquirieron la condición de choques de trenes, con partidos tensos, llenos de alternancias y con un dramatismo que reforzó el interés del aficionado de forma contundente.
En aquella temporada cambió el sistema de competición y se adaptó el formato americano de playoffs por el título. Los dos favoritos llegaron a la final y el Madrid pareció tomar una ventaja decisiva al ganar el primer partido en Barcelona por 65-80. En la devolución de la visita a Madrid los de Serra no se amedrentaron: desde el primer minuto plantearon un partido a cara de perro que fue endureciéndose a medida que pasaban los minutos, sin que ninguno de los equipos se escapara en el marcador. Los americanos azulgranas, Starks y Davis se las tenían tiesas bajo los tableros con los Martín, Robinson y Romay. Ambos jugadores tenían un físico muy poderoso que hacía saltar chispas en los bloqueos y en uno de ellos, López Iturriaga respondió a un encontronazo con Davis con una bofetada sobre el mismo. Como el yanqui no se caracterizaba precisamente por su tranquilidad, reaccionó a la agresión con un tremendo puñetazo sobre el alero vasco.  Inmediatamente, Fernando Martín empujó a Davis hacia las vallas publicitarias en defensa de su compañero (que se podía haber llevado una buena dada la fortaleza de aquel contra el que se había enganchado) y se montó una tangana espectacular que acabó con los tres jugadores expulsados. El partido siguió tenso y acabó en la prórroga que fue finalmente ganada por el Barcelona 79-81, al convertir Juan de la Cruz dos tiros libres en la última jugada tras un rebote ofensivo. Como era una final a tres partidos el decisivo se tenía que diputar en Madrid (el Real había quedado primero en la fase regular) dos días después.

Entonces el comité de competición se reunió la misma noche del partido y adoptó una decisión polémica: sancionó a Martín y Davis con la suspensión y condonó a Iturriaga. La Junta directiva azulgrana vio entonces la oportunidad de apelar al victimismo clásico de aquellos años en Can Barça (años de escasos éxitos futbolísticos no olvidemos)  e indignada por la decisión y argumentando que la reunión del comité se había producido en la cafetería de la Ciudad Deportiva, retiró al equipo de la competición con lo que la primera ACB cayó del zurrón madridista por incomparecencia de su oponente. Con el tiempo los jugadores azulgranas mostrarían su disconformidad con la postura de su club: habían logrado la hombrada de empatar la serie contra pronóstico y, en realidad, la ausencia de Fernando Martín era probablemente más decisiva que la de Mike Davis por mucho que jugara Iturriaga, ya que la capacidad anotadora del español era superior a la del americano y Starks y De la Cruz podían plantar cara a Robinson y Romay en el apartado defensivo y reboteador.

En cualquier caso el episodio y su polémica, ayudó decisivamente al boom del baloncesto en España, que a partir de entonces iniciaría un ascenso imparable en la atención del aficionado.

ALEMANIA 85: EL SUEÑO EMPEZÓ A TORCERSE

La España baloncestística aún vivía la euforia de la planta obtenida en Los Ángeles. El baloncesto había vivido la temporada 84-85 con la resaca de aquella hazaña. La temporada, por otra parte había resultado espléndida. El Real Madrid había hecho doblete con uno de los mejores juegos vistos en mucho tiempo, e incluso llegó a la final de la Copa de Europa en la que sólo Drazen Petrovic y su Cibona pudo detenerle. En ambas finales nacionals (Liga y Copa) doblegó a un equipo el Juventud de Badalona, joven lleno de talento y que empezaba a consolidarse como un grande de juego atractivo y con algunos de los nombres claves del próximo decenio: el entrenador Aito García Reneses y jugadores como Jofresa, Villacampa o Andrés Jiménez; para el  recuerdo quedó una inolvidable victoria por 86-111 en el primer partido de la final, en el viejo pabellón del Real Madrid. El Barça de Epi, Sibilio o Solozábal no rindió bien en España, pero ganaría la Recopa al poderoso Zalguiris de Kaunas de un tal Arvidas Sabonis. En esa temporada se iniciaron los carruseles de baloncesto en las radios al estilo futbolístico, la televisión apostó decididamente por el basket y en todo el país se vivía la fiebre del deporte que emergiendo de la nada, le plantaba cara al un poco desfasado fútbol.
Antonio Díaz Miguel seguía siendo un héroe nacional, acaso el entrenador español de cualquier categoría deportiva más prestigioso. Incluso publicaba un manual de enseñanzas baloncestísticas llamado “Mi Baloncesto” vendido por fascículos y que era devorado por no pocos jóvenes que se interesaban por el mundo de la canasta. Era año de Eurobasket en Alemania y España partía como gran favorita para el podio, tras  la plata de Nantes 83, y la hombrada de Los Ángeles. La lista del entrenador deparó algunas sorpresas: Vicente Gil, un veterano base de 31 años que había cuajado una gran campaña en el Estudiantes, sustituía a Nacho Solozábal, más irregular en ese ejercicio. Gil era un director de orquesta con capacidad anotadora y gusto por poner los partidos a toda pastilla, algo conectado con el juego de contraataque propio del “equipo nacional” de Díaz Miguel. Junto a él los héroes de América: Martín, Romay, Epi, Margall, Iturriaga, Llorente o Jiménez junto con los recuperados Joaquín Costa (base con gran capacidad defensiva) o un Sibilio que había vuelto por sus fueros de gran anotador.


Pero una ausencia se haría notar de forma acentuada: Juan Corbalán, capitán del equipo había decidido dejar la selección tras la olimpiada y su ausencia sería esencial en el devenir de los acontecimientos. No sólo por su calidad, puesto que España contaba con bases de buen rendimiento (Gil, Costa o Llorente), sino por su función de liderazgo y de enlace entre Díaz Miguel y los jugadores. El seleccionador había adquirido categoría de estrella nacional y su carácter era dado a las explosiones que requerían de un canalizador que pudiera amortiguarlas. Nadie ocupó ese puesto tras Corbalán, y en el combinado hispano empezaron a surgir voces de disconformidad con algunos planteamientos del entrenador, así como de un pretendido trato de favor a algunos jugadores frente a otros.
Las cosas no empezaron muy bien: Yugoslavia batía a España por 99-83 en el primer partido donde Petrovic seguía torturando a sus rivales madridistas. Se ganó sin lustre a Polonia y Rumanía, pero entonces en el cuarto partido de la fase inicial contra la U.R.S.S, un cambio radical aconteció: Díaz Miguel decidió darle una oportunidad a un casi inédito Vicente Gil y el base madrileño revolucionó a la selección con un juego eléctrico que contagió a sus compañeros que batieron por 99-92 a una de las selecciones soviéticas más potentes de la historia: nada menos que Homicius, Kurtinaitis, Belosteny. Volkov o Sabonis entre otros. Se volvió a ver al equipo de Nantes y Los Angeles y todo parecía encaminarse a una nueva medalla cuando en los siguientes partido se arrasó a Francia (109-83) y en el cruce de cuartos los anfitriones alemanes fueron despachados sin miramientos (98-83).
Todo apuntaba a una semifinal contra Yugoslavia, a la que se había ganado un año antes en Los Ángeles y contra la que los jugadores del Real Madrid guardaban ganas de revancha por sus humillaciones ante la Cibona en esa temporada así como por la derrota en el partido inicial. Pero entonces llegó lo inesperado; Checoslovaquia, una selección de grandes jugadores pero ya en la recta final de su carrera ganaba a los yugoslavos. Las semifinales serían España- Checoslovaquia, y teniendo en cuenta que en las últimas citas de ese calibre España había batido a rusos (Europeo del 83) y yugoslavos (Olimpiadas del 84) todos contaban con la presencia hispana en la finalísima, incluso se llegaba a hablar del título, ya que presumiblemente el rival sería la U.R.S.S a la que se había derrotado fechas antes.
Pero aquellas semifinales con aire de plácidas adquirieron la condición de traumáticas. Una España irreconocible no pudo imponer en ningún momento su ritmo vivo y terminó anestesiada por el juego lento de los checos, cuyos tiradores hacían estragos en la defensa española. En realidad no pocos señalaron al técnico español como responsable de la derrota por su insistencia en mantener la zona frente al acierto checo en los lanzamientos y, sobre todo, por un detalle que trascendería después: bien entrada la segunda parte Llorente tiene que advertirle que Epi está sentado desde hace un buen rato, cuando el Matraco Margall está en la cancha con una tarde muy desafortunada. España cae 95-98 y la decepción es de órdago. Cuando más fácil se tenía la final se ha fallado. Las secuelas de esa derrota trascienden de no llegar a la final, algunos jugadores como Iturriaga, Gil o el propio Fernando Martín cuestionan la dirección de Díaz Miguel y en muchos sectores no se entiende la posición del seleccionador de advertir en la previa del partido que el rival era dificilísimo.  Jugadores y prensa piensan que se ha sobrevalorado al contrario y que eso ha pasado factura en la confianza española, cuando los chequos podían considerarse como asequibles dado el potencial español. No pocos señalaron un cambio de tendencia en Díaz Miguel: de convencer a todos de que España era capaz de ganar a cualquiera pasó a alabanzas desmedidas ante cualquier rival al que se enfrentase. Dos días después se pierde el bronce ante Italia 90-102 y un triste cuarto puesto supone la primera fractura entre el equipo que tanta ilusión había despertado y una afición que se volcaba con él. Por primera vez el seleccionador que todo el mundo admiraba empieza a ser cuestionado.

La trayectoria de la selección se resentiría de esa decepción; algunos disconformes como Iturriaga o Gil no volverían y la posterior marcha de Martín a la NBA privaría a España de su mejor pívot (entonces regía la absurda norma que los jugadores profesionales de la NBA no podía disputar competiciones FIBA). El Mundobasket disputado en tierras españolas un año después no sirvió de catarsis: apenas un quinto puesto tras derrota ante Brasil en la fase inicial que no pudo ser superada. De ahí e tobogán hasta la hecatombe de Barcelona 92, sólo mitigada por el bronce en el Europeo de Roma de 1991. Al mismo tiempo la Liga ACB se desarrolla completamente al alimón de la llegada a España de americanos de mucha calidad que dan espectáculo y llenan los pabellones así como de la enconada rivalidad Madrid- Barça que escribe episodios inolvidables en esos años.