sábado, 27 de septiembre de 2014

LUIS ARAGONÉS Y SUS FRUSTRADOS FICHAJES POR EL MADRID


El recientemente fallecido “Sabio de Hortaleza” es un mito del fútbol español en general y del Atlético de Madrid en particular. El hombre que cambió el destino de la selección española rotó por los banquillos de numeroso equipos: Sevilla, Español, Betis, Mallorca, Valencia, Barcelona, Oviedo…..y por supuesto Atlético de Madrid, entidad en la que ya lo había sido todo como jugador y de la que se hizo cargo en varias etapas distintas (1974-1980; 1982-1987, 1991-1993 y 2001-2003). En ese impresionante currículo sólo falta una cosa: haber dirigido al Real Madrid algo que parece altamente improbable para un hombre que fue santo y seña del rival capitalino y pasó a la historia por apartar de la selección al mito madridista contemporáneo por excelencia: Raúl González. Al mismo que en vísperas del derby de la final de Copa de 1992 dijo a los jugadores del Atlético “estoy hasta los huevos de perder contra estos en este campo” y que arengó a Futre a hacer el partido de su vida como venganza a los ninguneos que su compañero de equipo Pizo Gómez había sufrido ante rivales como Míchel o Gordillo.
Pero lo cierto es que hasta en tres ocasiones el banquillo del Bernabéu estuvo cerca de Aragonés. Ramón Mendoza, presidente blanco de 1985 a 1995 tuvo al de Hortaleza como uno de sus entrenadores más deseados, aunque nunca pudo hacerse con sus servicios.  El mítico entrenador había empezado de juvenil en el Madrid para, con el tiempo, ser una leyenda del Atlético.
La primera vez que Luis estuvo en la terna para entrenar al Madrid fue en 1985. Mendoza acababa de llegar a la presidencia y mantenía al legendario Luis Molowny en el banquillo, pero el canario ya le había advertido que no deseaba continuar bajo ninguna circunstancia. Mendoza tentó a Luis con un suculento contrato y unas perspectivas deportivas más que interesantes; la Quinta del Buitre empezaba su explosión que le llevaría a ganar cinco Ligas. El madrileño lo pensó seriamente pero un factor clave determinó que no se decidiera a dar el paso: entonces el presidente del Atlético era Vicente Calderón, el hombre que siempre había apostado por él, que lo había nombrado entrenador en los 70 y lo repescó cuando volvió a la presidencia en 1982. Calderón apeló a la fibra sensible de la lealtad de muchos años y consiguió evitar su pase al Madrid, cosa que no pudo hacer con Hugo Sánchez. Lo curioso del caso es que durante la pretemporada siguiente, Luis sufrió un episodio depresivo que le hizo abandonar el banquillo rojiblanco en plena preparación. Volvería unos meses después y al poco de volver a dirigir a los Arteche, Setién  o Landáburu el que se iba, pero para siempre, era Vicente Calderón a los 73 años por una hemorragia cerebral. Poco tiempo después Jesús Gil irrumpía como elefante en el Atlético y a poco de tomar posesión casi llega a las manos con Luis. El entrenador le reclamaba el cumplimiento de un contrato previo firmado con Calderón que le nombraba director deportivo, y el nuevo mandatario le dijo que no con su sutileza habitual. El tema terminó con cruce de descalificaciones y con la promesa de Gil que Luis no volvería nunca al Atlético con él de presidente, aunque fuese el último entrenador sobre la faz de la tierra.
Después de un accidentado paso por el Barça como puente hasta Cruyff, el preparador pensó dejar los banquillos y de hecho pasó dos años sin entrenar. Pero en 1990, Gil llamó a su puerta. Sus fracasos en los tres primeros “proyectos” le obligaban a tragarse sus palabras y quiso contar con Luis de entrenador. Pero el tema no llegó a concretarse y el que sí se hizo con los servicios del mismo fue el Español, con lo que volvía a la Ciudad Condal. A mediados de temporada John Toshack fue cesado en el Madrid y Mendoza quiso fichar de nuevo a Aragonés: ofreció pagar un traspaso al Español, y el propio entrenador pidió ser trasferido; quizá pensaba que se había equivocado años atrás y más teniendo en cuenta cómo fueron los acontecimientos posteriores. Pero en esta ocasión, el club blanquiazul se negó en redondo a dar el visto bueno a la operación y hasta consideró al maniobra del Madrid como desestabilizadora. El técnico acabó su contrato y el año siguiente dirigiría a un equipo de la capital, pero éste era de nuevo el Atlético que contaba con Futre y Schuster y con el que ganaría la famosa final de Copa ante el Madrid con el motivador discurso antes señalado.
Como los caracteres de Gil y Luis estaban condenados a enfrentarse otra vez, la siguiente temporada el entrenador fue destituido tras una humillante derrota por 0-5 ante el Barça en la Copa. Luis pasaría a entrenar al Sevilla al que clasificaría para la U.E.FA y luego firmaría por el Valencia, con el que cuajaría una gran campaña llevándolo a un muy meritorio segundo puesto, sólo superado por el Atlético de Radomir Antic. Entre medias en el Real Madrid hubo un motín directivo y el vicepresidente Sanz sustituyó a un cuestionado Ramón Mendoza. La situación deportiva del Madrid era más bien mala y Lorenzo Sanz quiso cambiar el rumbo fichando a dos de las figuras de la Liga española de esos años: el croata Davor Suker y el montenegrino Pedja Mijatovic. Ambos habían trabajado bajo las órdenes de Aragonés y le tenían en mucha estima. Lorenzo Sanz quiso pues traérselo para su ambicioso proyecto del año siguiente pero el destino volvió a negar la posibilidad de ver a Luis de blanco: ya había comprometido su palabra de renovar con el Valencia. Como le sucedió en otras ocasiones, la decisión quizá no dio los frutos apetecidos, en la siguiente temporada los malos resultados provocaron su cese.
Por lo tanto es evidente que los astros nunca jugaron en favor de que el mito rojiblanco por excelencia “traicionara” sus esencias para fichar por el rival. Pero no es menos cierto que la posibilidad estuvo en ocasiones cerca de consumarse y sólo las circunstancias lo impidieron. Es algo característico del cambiante e inestable mundo del balón en el que se apela a la fidelidad a los colores pero se cambia el discurso con mucha facilidad. No en vano, allá por el verano de 1994 la secretaría técnica madridista manejaba como futurible fichaje a un centrocampista argentino de mucha fuerza y garra (el nuevo Stilike decían) y que fue descartado porque el nuevo entrenador, Valdano, quería a toda costa el fichaje de Fernando Redondo para esa posición. El nombre de ese centrocampista argentino que estuvo en la órbita del Madrid era el de un tal Diego Pablo Simeone



LA GUERRA CRUYFF-NUÑEZ INCENDIA EL BARÇA


Cuando Johan Cruyff fue fichado como técnico del Barcelona en 1988 el presidente Núñez, se vio obligado a cederle plenos poderes en la parcela deportiva, tal y como exigía el holandés. El año 1988, en el que concretó su contratación como entrenador, había sido muy malo para el mandatario, con el público en contra ante la falta de éxitos deportivos de relumbrón (una Liga en 10 años) y con la sombra de la final de la Copa de Europa perdida en Sevilla ante el Steaua de Bucarest. El Barça deambulaba por la Liga sin pena ni gloria, y sólo la Copa del Rey ganada ante la Real Sociedad en el Bernabéu con Luis Aragonés de entrenador, permitiría al equipo jugar en Europa el año siguiente. A ello había que añadirle el deterioro institucional provocado por el llamado “motín del Hesperia” en el que la plantilla pidió la dimisión de la junta directiva al completo.
La siguiente temporada había elecciones. Nuñez tenía apalabrado a Javier Clemente para ser entrenador del Barça, pero su vicepresidente Nicolás Casaus, le convenció que fichar a Cruyff le daría una ventaja insuperable de cara a las mismas, en las que el nacionalismo catalán tenía un candidato para retomar el control del club. Sixte Cambra. Núñez, un constructor vasco asentado en Cataluña, había sido siempre considerado un intruso por la acomodada burguesía nacionalista. Cruyff era una referencia emocional importante para una masa social desencantada y además Cambra podía también captarlo como gancho electoral. Nuñez tuvo que contratarlo por un sueldo muy elevado y el Barcelona asumió los problemas del holandés con la Hacienda española, que se remontaban a sus años de jugador.

Aunque en sus dos primeras temporadas salvó los muebles a última hora (ganando Recopa ante la Sampdoria y Copa del Rey ante el Real Madrid), tras muchos altibajos y no pocos rumores de cese, a partir de 1990 el Barça juntó un gran equipo que, con mucha fortuna y buen juego, conquistó cuatro Ligas seguidas y una Copa de Europa. Cruyff revolucionó  el fútbol español con un estilo muy ofensivo y vistoso en el que los factores atacantes primaban sobre los defensivos y de la mano de jugadores como Guardiola, Stoichkov, Amor, Laudrup, Koeman o Romario devolvió la alegría al Camp Nou y desterró para siempre la leyenda de equipo perdedor que había perseguido al Barça
Estos éxitos le hicieron aumentar el ego de forme notable y a medida que pasaban los años su figura se engrandecía ante la masa social culé. La Junta directiva recelaba de ese poder omnímodo pero se veía obligada a cumplir con las exigencias del entrenador que había llevado a lo mas alto al Barça. Tras ganar la cuarta Liga seguida el equipo se plantó en la final de la Champions League ante el Milán de Fabio Capello, Cruyff proclamó la superioridad de su equipo y que el Milán no le impresionaba en absoluto. Sobre el terreno de juego los rossoneros dieron un sonado baño al Barça que se vió impotente para superar el entramado defensivo italiano y fue arrasado por 4-0. Ya a finales de esa temporada el entrenador había decido prescindir de dos de los emblemas del equipo: el capitán Zubizarreta y el delantero Michael Laudrup, puesto que , en la práctica, todo el que osaba hacerle sombra terminaba saliendo del club. A ello había que añadir  que el técnico quería controlar aspectos como la duración de los contratos o la política de salarios, amén de mostrar sin reparo desprecio por las opiniones de los directivos en materia deportiva.

A Núñez le irritaba ese protagonismo, puesto que parecía que sólo Cruyff era responsable de los triunfos. El técnico empezó a perder su buena estrella. En la séptima temporada acabó en blanco por primera vez desde que se sentaba en  el banquillo culé, y es que puede decirse que sus decisiones en materia de fichajes fueron bastante estrambóticas: jugadores como Escaich, Sánchez Jara, Eskurza o Korneiev distaban de tener el nivel adecuado para un equipo que había impresionado por su juego y resultados y que vivía el éxodo de sus mejores activos por razones de edad o incompatibilidad con Cruyff que, además, empezaba a mostrar rasgos de peligroso nepotismo con la introducción de su hijo (Jordi) y su yerno (Angoi) en la plantilla. Pese a ello, el crédito acumulado en los grandes años del llamado “Dream Team” le hizo tener una nueva oportunidad de remodelar la plantilla y en la temporada 1995-96 llegaron jugadores como Figo, Kodro, Prosienecki o Cuéllar. Parecían incorporaciones de más fuste, pero los resultados no acompañaron y el juego del equipo era mas bien plano. Tras una nueva temporada sin títulos Cruyff declaró que si se quería volver a la élite se necesitaban estrellas que marcasen las diferencias tipo Ginola (un extremo francés muy de moda en esos años) o un jovencísimo Zinedine Zidane que despuntaba en el Burdeos y que acabaría firmando por la Juventus de Turín. Núñez, que ya por entonces quería deshacerse del técnico, contestó que “con 2.000 millones ficha hasta mi portera” a lo que Cruyff respondió con otra ironía envenenada “pues mi portera no es presidente de un club de fútbol”. Dos jornadas antes de la finalización del campeonato el entrenador de las cuatro Ligas seguidas (hazaña que ni siquiera igualaría el fabuloso equipo de Guardiola) era cesado en medio de un áspero cruce de declaraciones. Unos meses después, con el inglés Robson de entrenador el Barcelona gastaba más de 5.000 millones de pesetas en fichar a Ronaldo, Giovanni, Victo Baía, Couto, Pizzi y Luis Enrique
Los curioso del caso es que tanto Núñez como Cruyff habían hecho muy bien sus papeles. El segundo había montado un gran equipo y dejó un legado que dura hasta nuestros días, el primero por su parte aguantó al técnico cuando todos pedían su cese en los peores momentos de sus dos primeros años y hasta su conflicto final siempre trajo lo que el entrenador le pedía. Ambos cambiaron la historia del Barça, pero sus personalidades chocaron.

domingo, 21 de septiembre de 2014

CUANDO HIERRO CASI JUEGA EN EL ATLÉTICO Y LA VENGANZA DE GIL


A finales de los 80 destacaba poderosamente en el Valladolid un joven defensa con potencia física y buena salida con la pelota. Su nombre era Fernando Hierro y era hermano de Manolo, otro central que, curiosamente, no había triunfado en el Barcelona que lo fichó para el ejercicio 1988-89, pero no consiguió encajar en los sistemas de Cruyff y terminó siendo cedido. En un partido en el Vicente Calderón de esa misma temporada, Fernando Hierro no podía jugar con el Valladolid al estar lesionado. Cuando visitó el vestuario de su equipo a desear suerte a sus compañeros se encontró con una sorpresa: su presiente Miguel Pérez y el del Atlético, Jesús Gil y Gil habían acordado su traspaso al club rojiblanco, sin contar con él. Hierro jugaría en el Valladolid como cedido un año más y cobraría 25 millones de pesetas por temporada. El “Estudio Estadio” de ese fin de semana guarda una joya de la la hemeroteca con un estupefacto Hierro posando con la camisola del Atlético.

Al jugador no le gustó, sin embargo, que se le tratara como mercancía y a través de su representante, entabló contactos con el Real Madrid, que también había mostrado interés en el mismo. El Presidente del Real Madrid era Ramón Mendoza un gallego de peculiar ironía y que en aquellos años mantenía una divertida guerra con el presidente colchonero en la que los dos se lanzaban dardos envenenados todas las semanas. Mendoza vio la oportunidad de meterle un gol a su rival y llegó a un acuerdo con Hierro que, asimismo, comunicó a su presidente que no estaba dispuesto a fichar por el Atlético. Al mandatario pucelano no le hizo gracia el tema, ya que era muy amigo de Gil pero no le quedó otra que echar abajo su acuerdo con el mismo: Hierro acababa contrato en un año y si no lo traspasaba ahora, el Valladolid no vería ni una peseta por su mejor activo. De tal forma que en la temporada 1989-90 el malagueño iniciaría un periplo exitoso en la entidad blanca.
El lenguaraz e impulsivo Gil no se cortó un pelo, tildó a Mendoza de “filibustero” y dijo que Hierro era un chico joven que se había dejado embaucar por el Madrid. Sin embargo ni perdonaba ni olvidaba (“quien a Hierro mata a Hierro muere”). En el verano siguiente un día las oficinas del Bernabéu tuvieron un sobresalto: Losada y Aldana dos promesas de la cantera banca se presentaron diciendo que tenían una oferta en firme del Atlético para acogerse al Real Decreto 1006/85, (la fórmula legal que introdujo las cláusulas de rescisión por la que los futbolistas podían romper sus contratos), que mejoraba sus emolumentos y que, o se les incrementaba la ficha o se acogían a ella para cruzar el charco y jugar en el rival capitalino. No eran dos titulares, pero el entrenador Toshack, advirtió que perderlos era un contratiempo importante para una temporada larga y llena de partidos y además el club blanco tenía muchas esperanzas en ellos para el futuro. Mendoza se vio obligado a incrementar la ficha de dos jugadores (Losada llegó a cobran 50 millones de pesetas al año y Aldana 40), por cantidades exageradas para unos reservas. Gil no consiguió su objetivo, pero al menos dio un susto a su rival y le obligó a hacer un esfuerzo económico con el que no contaba. La guerra, sin embrago, continuó "No pararé hasta quitarle un jugador al Real Madrid" decía el soriano. El Real Madrid, por su parte, sorprendió a todo el mundo fichando a Joaquín Parra, un rojiblanco que había sido descartado por el entrenador colchonero de ese año, Javier Clemente, lo que sonó a nueva chinita, puesto que el sevillano apenas jugaría. Gil respondió con ironía "También me alegro de que al Madrid le sirva lo que Clemente desprecia, o a lo mejor lo que sucede es que Mendoza piensa que ha fichado a un Maradona".

Un par de años después consiguió su obsesión. Sebastián Losada no acabó de encajar en el Real Madrid y decidió, finalmente, fichar por el Atlético, que contaba con Futre y era dirigido por Luis Aragonés. Pero el sueño de Gil acabó en pesadilla; el delantero cuajó una temporada desastrosa con apenas un gol y fue descartado por el entrenador.El dirigente estalló y despidió a Losada, que entabló un pleito con el Atlético que terminaría costando al club casi 200 millones de pesetas, puesto que la ficha del jugador era muy alta. Un gol muy caro cuyo origen era una peculiar riña de gatos en el fútbol de la capital.

EL CONFLICTO CLEMENTE-SARABIA


Javier Clemente había sido nombrado entrenador del Athletic de Bilbao en 1981, con apenas 32 años, tras un breve periodo dirigiendo al filial. Frustrado jugador de depurada técnica, una entrada del defensa Marañón en Sabadell había roto una prometedora carrera del futbolista, a la temprana edad de 21 años, hecho que quizá le marcaría de por vida, y le había obligado a buscar temprana gloria desde los banquillos. Nada más llegar al primer equipo aseguró que haría campeón al Athletic, algo que sonó a bravuconada, pero que conectaba con el esplendor del fútbol vasco a comienzos de los 80, cuando la Real de Alberto Ormaechea ganó dos Ligas seguidas. Después de unos inicios titubeantes consiguió establecerse como entrenador de un equipo que mezclaba veteranos en el mejor momento de sus carreras como Dani o Goikoechea con nuevos valores de Lezama del tipo de Argote, Miguel de Andrés o Luis de la Fuente así como un jovencísimo Andoni Zubizarrreta.
En aquel combinado destacaba poderosamente un delantero espigado de depurada técnica llamado Manolo Sarabia, que había debutado a comienzos de los 80. Con un regate muy elegante y gran clase que deleitaba a los espectadores con jugadas vistosas, Sarabia se convirtió muy pronto en el ídolo de San Mamés y con Dani y Argote formó una delantera de lujo que vivió su gran momento al conquistar la Liga 1982-83. El entrenador, a raíz de este triunfo, fue considerado como un héroe y adquirió un gran protagonismo entre la afición, acrecentado por su fuerte personalidad, tildada por algunos como casi chulesca. La senda de los éxitos continuó en la temporada siguiente en la que se consiguió un doblete histórico, que han significado los últimos títulos de  la entidad bilbaína,
En esa segunda temporada Clemente fue cambiando el perfil de su equipo campeón. En sus primeros tiempos su Athletic era ambicioso y ofensivo en especial en los partidos como local; pero con el paso del tiempo su estilo derivó en considerar la seguridad defensiva como un elemento primordial y fue progresivamente apostando por jugadores que cumplieran la premisa esencial de luchar los 90 minutos a tope y no descuidasen sus labores de contención, lo que el llamaba “jugador de ida y vuelta” capaz de atacar y bajar a defender con la misma intensidad. El juego del equipo así dejó de ser vistoso para convertirse en práctico. Como casi todos los jugadores de talento, Sarabia tendía a una cierta anarquía y a salirse de los patrones tácticos rigurosos. Clemente fue poco a poco sacándole de las alineaciones titulares en favor de Endika, un delantero peleón, que pasaría a la historia por decidir la controvertida final de Copa de 1984 ante el Barça de Maradona, pero que distaba de tener los recursos de Sarabia. El entrenador, por su parte, justificó su decisión con un argumento táctico: Sarabia era más decisivo en las rectas finales de los partidos en los que, cuando los defensas rivales estaban cansados,  podía romper el marcador con su calidad, saliendo fresco desde el banquillo. Los éxitos del equipo en principio, callaron el conflicto, aunque el jugador no se sentía satisfecho con esa explicación y cierta parte de la prensa de Bilbao la cuestionó seriamente, por el mero hecho de que ningún equipo se pude permitir el lujo de dejar sentado a uno de sus mejores futbolistas.
Cuando los resultados empeoraron (aunque el Bilbao no perdió la condición de equipo puntero) empezaron a salir más voces discordantes con el asunto Sarabia. El técnico, enfadado, explicó a toda la plantilla los motivos por los que el delantero no era titular, en vez de hacerlo en privado con el mismo. Según Clemente, para él era una regla de oro que todo el equipo estuviese al tanto que un jugador pidiese la condición de titular, porque según el mismo, eso nunca había pasado en la historia del club vizcaíno. Sarabia se sintió menospreciado, sobre todo cuando fue acusado de no aguantar los 90 minutos al mismo nivel físico, y entró en conflicto directo con Clemente. Los dos no disimulaban su antipatía mutua y empezaron los rumores que situaban al delantero fuera de San Mamés. Un sector del público se decantó por Sarabia, en gran medida porque el juego del Athletic cada día era más aburrido y la división se instauró en La Catedral como en pocas ocasiones anteriormente.


Tras presuntamente desobedecer instrucciones del técnico en un partido en Las Palmas de la Liga 85-86, Sarabia desapareció definitivamente del 11 bilbaíno. Tras tres jornadas seguidas sin ser convocado, San Mamés estalló definitivamente en un choque ante el Hércules que se ganó por 1-0 con un juego paupérrimo, y abroncó al entrenador de los recientes triunfos. En la rueda de prensa un Clemente muy enfadado aseguró que Sarabia no volvería a jugar en su equipo bajo ninguna circunstancia. La Junta Directiva presidida por Pedro Aurtenetxe entendió que el entrenador se estaba extralimitando de sus funciones y le pidió rectificar. Pero Clemente respondió con un órdago: convocó a toda la plantilla en su casa, menos a Sarabia, a unos periodistas y hasta un Obispo amigo suyo, para firmar un manifiesto a su favor, y demostrar que él era la parte fuerte y que su voluntad se impondría sí o sí. Pero la directiva consideró que eso rebasaba lo aceptable y cesó al entrenador que había hecho campeón al Bilbao tras casi tres décadas.
A partir de estos hechos el glorioso Athletic de los 80 se fue desintegrando y a finales de la década ya distaba de asomar los primeros puestos de la Liga. Clemente terminaría siendo seleccionador nacional en una carrera marcada por la polémica y Sarabia abandonó el Athletic en 1988 para fichar por el Logroñés. Durante años el equipo campeón del periodo 82-84 no pudo reunirse porque entrenador y jugador se evitaban mutuamente. En realidad nunca volverían a dirigirse la palabra. Clemente volvería en dos ocasiones más a dirigir al Athletic y a fecha de hoy es el entrenador que más veces ha dirigido a los leones. Sarabia entrenaría al Bilbao Athletic y después se convirtió en comentarista de televisión.


sábado, 20 de septiembre de 2014

CUANDO EL ESPAÑOL CASI TOCA EL CIELO


La existencia del Español (ahora Espanyol) de Barcelona nunca ha sido fácil. Su convivencia con el Barça le ha relegado a un papel muy secundario en el panorama deportivo de su ciudad. Como pariente pobre de un poderoso vecino, quizá le haya faltado siempre el desarrollo de una consistente masa social que le hubiese aupado a ciertos periodos de esplendor deportivo.
Pero no hay que negarle una trayectoria de más de un siglo, cuatro Copas del Rey, y una consolidación muy asentada en la Primera División. De hecho en alguna ocasión esporádica ha podido desprenderse de la sombra de su ricachón vecino y ser protagonista por méritos propios de hazañas a tener en cuenta. Tal vez en ninguna ocasión a lo largo de su historia haya vivido tan de cerca la gloria como en la Copa de la U.E.F.A 1987-88, para luego sufrir una caída estruendosa.
Un año antes el equipo entonces presidido por Antonio Baró, se había hecho con los servicios de Javier Clemente, tras su tumultuosa salida de Bilbao y su conflicto con Manolo Sarabia. El de Baracaldo era el entrenador más cotizado de España, pero las puerta de los grandes (Madrid y Barça) le estaban cerradas por su carácter algo más que conflictivo. Con un equipo de retales, sin figuras de postín, pero al que transmitió su ideario futbolístico de lucha, seguridad defensiva y contragolpe obtuvo un meritorio tercer puesto en la Liga 86-87 que le daba acceso a la entonces Copa de la UEFA. En aquel combinado españolista destacaba el portero camerunés Tommy N`Kono, que había causado sensación en el Mundial de España para luego convertirse en un símbolo en Barcelona, los jóvenes valores Soler y Valverde, así como trabajadores solventes como Job o Pichi Alonso.

Con la incorporación del canterano madridista Sebastián Losada en calidad de cedido, se afrontó la competición europea con ganas de hacer algo grande. En primera ronda se eliminó a un clásico equipo alemán, el Borussia de Monchengladbach, pero todo se complicó en la segunda eliminatoria: el sorteo emparejó a los periquitos con el Milán. El equipo rossonero había sido adquirido un año antes por el magnate de la televisión Silvio Berlusconi y ese verano había realizado un fuerte desembolso en fichajes dejando la dirección en manos de un desconocido técnico llamado Arrigo Sacchi. En la ida en el mítico San Siro Clemente ordenó al defensa españolista Gallart, que se pegara como una lapa a la estrella holandesa Ruud Gullitt, cosa que realizó a la perfección. Dos zarpazos dieron el sorprendente triunfo a los barceloneses por 0-2 y un empate sin goles confirmó la sorpresa. El siguiente en caer fue el otro gran equipo de Milán, el Inter, que no pasó del empate en Milán y fue derrotado en Barcelona por1-0, en un partido de vuelta en el que Clemente ordenó reducir las líneas de los laterales para evitar que los interistas penetraran por banda.
Al mismo tiempo que se conseguían estas gestas europeas, el papel de los de Clemente en la Liga no pasaba de discreto e incluso se coqueteaba con los puestos de descenso. Además el vasco relegó a la suplencia a uno de los jugadores españolistas de más técnica, el danés Lauridsen, con la consiguiente protesta de la grada que cada vez veía peor juego aunque los resultados europeos amortiguaban la situación. En semifinales el Brujas belga lo puso difícil; el 2-0 en contra de la ida obligaba a una machada en el viejo campo de la carretera de Sarriá, que se consiguió con un gol de Pichi Alonso en el último minuto de la prórroga sellando un 3-0 que cancelaba una noche mágica.

Por primera vez en muchos años el Español mandaba en la Ciudad Condal. Aquel ejercicio 87-88, fue además tortuoso para el Barça, relegado al sexto puesto en la Liga y salvado por la conquista de la Copa del Rey ante la Real Sociedad. Un triunfo en Europa daría un protagonismo inusitado a los blanquiazules que además jugarían la final contra el verdugo de los culés, el Bayer Leverkusen, como la mayor parte de los conjuntos germanos de la época tan poco brillante como peleón y competitivo. El 3 de mayo de 1988 se jugó la ida (entonces la final de la UEFA era a doble partido) y los goles de Losada (2) y Soler allanaban el camino para la gloria, Quedaba aguantar la vuelta, parapetarse bien atrás y incluso matar la final con una contra. Clemente planteó un partido ultra-defensivo que daba sus frutos al descanso: 0-0 y el jugoso botín de la ida ano parecía correr peligro.
Pero todo se derrumbó a los 12 minutos del segundo tiempo. Un mal entendimiento entre el defensa Miguel Angel y N`Kono, dio lugar a un gol absurdo que abrió la lata de la remontada alemana. Aupado por su público el Leverkusen empezó a cercar la portería blanquiazul y el Español sin ninguna respuesta ofensiva y atemorizada por las embestidas locales acabó encerrado sin remisión en su campo. El segundo gol local cayó como una losa en los ánimos españolistas y encima su jugador más técnico, aquel que podía haber dado lugar a un mayor sosiego en el control de la pelota, Lauridsen, no estaba ni convocado. El 3-0 final obligaba a la prórroga en la que el marcador no se movió pese a la insistencia del Bayer. Los penaltis estaban ahí y, como le pasara al Barça en Sevilla unos años antes en la final de la Copa de Europa, la suerte les fue esquiva y la copa se quedó en Alemania. La imagen de los jugadores españolistas llorando desconsoladamente caló hondo en toda España; había sido la oportunidad única de un modesto para hacer historia y se había escapado de forma algo incomprensible.
Clemente no sobrevivió a la derrota. Acusado por no pocos de ser el responsable de la misma con su renuncia a jugar en la vuelta, enfrentado con el medio deportivo más influyente en la masa españolista “El Mundo Deportivo” y con la decepción aún latente por no haber culminado su hazaña sería cesado a mediados de la temporada siguiente. El tiempo daría al español dos Copas del Rey y una nueva final europea en la misma competición……que se volvió a perder en las penas máximas ante el Sevilla

sábado, 30 de agosto de 2014

YA HUBO UN MUNDIAL EN ESPAÑA


El inicio del Mundobasket en nuestro país coincide con una época esplendorosa del deporte español y del baloncesto en particular. Con excepción del último campeonato del mundo del 2010 No ha habido cita de enjundia desde 2006 que no haya acabado con metal para la poderosa escuadra hispana que no haya acabado con metal. Una generación dorada plagada de altura, fortaleza física y calidad se ha hartado de ganar.

No era así en el último Mundial disputado en tierras españolas. De hecho sólo la selección de baloncesto de los Martín, Epi o Jiménez podía presumir de triunfos destacados a nivel internacional con la plata del Europeo de Nantes en el 83 y, muy especialmente, el subcampeonato de las Olimpiadas del 84. Parecía que un torneo a disputar en terreno propio era propicio para seguir la racha. El baloncesto había vivido un boom destacado en los 80 gracias a los éxitos de la selección y la implantación de la Liga ACB con el sistema de play-off. La atención deportiva de la nación en ese mes de julio se concentró en la labor de los chicos de Díaz- Miguel, entonces el eterno seleccionador tan alabado desde Los Ángeles.
Pero algunos nubarrones habían empezado a otear en el horizonte del equipo español. En el campeonato de Europa de Alemania del año anterior el cuarto puesto fue considerado un fracaso y habían empezado surgir ciertas fricciones entre Díaz Miguel y algunos emblemas del combinado. Juanma Iturriaga era descartado para el Mundial, Juan Corbalán se había retirado de la selección y algunos jugadores destacados de esa época como el barcelonista Sibilio, no acababan de encajar en las ideas del seleccionador, que fundamentaba la competitividad española en una fuerte defensa de anticipación, para la que el dominicano no estaba muy dispuesto. Además en plena preparación surgió un conflicto entre el técnico y la máxima estrella nacional, Fernando Martín, por una salida nocturna no autorizada. A esto había que añadir el hecho que el equipo seguía siendo bajo en comparación con sus más destacados rivales; sólo Romay superaba los 2,10 y aunque tanto Martín como Andrés Jiménez aportaban clase y talento bajo aros, la desigualdad física seguía siendo evidente ante las torres rusas, yugoslavas o americanas.

De esta guisa España jugó la fase de grupos previa en Zaragoza. El juego español resultó plano y sin inspiración. Se ganó con muchísimos apuros a Francia (84-80) y Grecia (87-86) y se despachó sin complicaciones a los débiles portorriqueños por más 50 puntos. Pero en el último encuentro de la liguilla, Brasil, comandada por el demoledor alero Oscar Smith, liquidaba sin paliativos el dubitativo juego español con una victoria por 72-86. No era la selección que todos esperaban. Martín parecía descentrado, tal vez por sus problemas con Díaz Miguel, ninguno de los bases (Solazábal , Creus o Costa) imprimía el ritmo necesario y en las alas, apenas Epi cumplía con lo esperado, siendo especialmente decepcionante el papel de la nueva gran promesa del baloncesto surgida en la penya, Jordi Villacampa. Una derrota no tenía por qué significar el final, pero el sistema del Mundial contabilizaba los puntos de la primera fase para la segunda, en donde se iba a dilucidar el pase a la lucha por los medallas. A España no le quedaba otra que ganar a la U.R.S.S de Sabonis, Homicius o Volkov, una potencia sin paliativos. Y lo cierto es que casi se consigue la hombrada y sólo una discutible actuación arbitral impidió el triunfo al final (83-88). La consecuencia fue que el papel español terminó limitado a pelear por el 5º puesto, cosa que se consiguió con brillantes victorias sobre Canadá e Italia. El juego de los locales había ido de menos a más, pero cuando se logró el nivel óptimo ya era tarde para luchar por metales. Hubo sensación de decepción y oportunidad perdida. Díaz Miguel emprendió una lucha por reducir el número de americanos por equipo: según él, eso limitaba que los nuevos valores jugaran los minutos necesarios y se foguearan para la alta competición. En realidad España iniciaba un camino de oscuridad que no se superó hasta finales de los 90, con la llegada de la generación de oro.

El Mundial fue ganado por Estados Unidos. Era una época en la que los profesionales no jugaban las competiciones FIBA y las selecciones yanquis aportaban promesas universitarias, que que ni siquiera eran las más destacadas de la NCCA, reservadas para las Olimpiadas. Pero la verdad es que varios de los integrantes de aquella selección alcanzaron puestos destacados de la NBA como fue el caso de David Robinson, posterior pívot dominador de los Spurs de San Antonio así como  un pequeñísimo base de apenas 1,60 metros de altura llamado Tyrone Bogues, que se revelo como un feroz defensor y un jugador rapidísimo, que contra todo pronóstico desarrolló una sólida carrera en la Liga más famosa del mundo o Kenny Smith base campeón de la NBA con Houston en los 90. En la final ganaron a una de las selecciones más potentes jamás recordadas de la U.R.S.S, que a su vez se había desprendido en semifinales de Yugoslavia, con un memorable final de partido con tres triples consecutivo de los soviéticos que neutralizaron la ventaja plavi, cuya estrella era un genio de destino trágico y por aquel entonces odiado en la capital de España: Drazen Petrovic. El recientemente rehabilitado Palacio de los Deportes de Madrid vivió unas jornadas llenas de intensidad y emoción. Es un campeonato olvidado, pero en su día, favoreció mucho a la consolidación del basket como deporte de máximo interés.


sábado, 31 de mayo de 2014

TRÁNSITO FRENÉTICO

Es fácil relamerse en las heridas por el deja vu del sábado pasado. El salto de Ramos formará parte de las pesadillas atléticas durante no pocos años. Hace una semana escribía que Simeone había cambiado para siempre la faz rojiblanca: aquella que le asocia con el victimismo y la melancolía. Quizá tenga que rectificar a medias. El desenlace de Lisboa repitió la peor pesadilla rojiblanca ante el peor rival posible, más dolorosa aún si cabe si hubiese sido el propio Bayern; en realidad la presencia del Real Madrid ya en sí era sospechosa, tocaban los teutones, era lo que estaba escrito, pero los de Pep nos fallaron. El destino ha sido juguetón y malicioso: en el año más inolvidable que ningún colchonero hemos vivido, en el que más grandes nos hemos sentido, en el que hemos logrado el mayor éxito de nuestra historia, esa Liga española que parecía eternamente anestesiada por el dominio plomizo de las multinacionales futboleras que sojuzgan nuestro país, en el ejercicio en el que tras traspasar a una figura más (Falcao) fuimos más peligrosos que nunca, se revive la pesadilla del 74.

Pero tomemos como referencia una semana antes 17 de mayo de 2014, y aún un año antes esa misma fecha. Un grupo de jugadores en los que nadie confiaba ganaba la Liga en el Camp Nou y la Copa del rey al Madrid en el Bernabéu. Sigamos retrocediendo y nos encontraremos con una U.E.F.A sobre el Athletic de Bilbao de Bielsa, que parecía comerse el mundo. Y ya puestos a recordar una Supercopa Europea (trofeo menor, pero trofeo a fin de cuentas) contra el Chelsea en Mónaco. Podemos coger en definitiva la botella medio llena o medio vacía. Pero lo que nadie puede negar es que en los últimos años ha habido muchísimo bueno y muy poco malo. Grandes triunfos y escasas decepciones. Un equipo admirado en toda España y hasta Europa, si no por su juego, sí por su coraje y por plantarse ante los tótems, esos que gastan pasta de forma indiscriminada y traen siempre año tras año ,lo mejor y lo más caro, y decirles “os vamos a discutir el triunfo” e incluso conseguirlo, no siempre , es cierto, pero sí a  veces.
Pensemos también en ese entrenador que quizá no tuvo su mejor tarde, ni controló sus impulsos del final, pero que cogió a un equipo cerca de segunda división y en menos de tres años le llevó a ganar cuatro títulos y a estar a un paso de un quinto. Un tipo que ha alcanzado la gloria y no ha llegado por muy poco a la leyenda, y que se planta en la rueda de prensa con estas palabras “Este partido no merece ni una lágrima”. Porque en definitiva el cabezazo de Godin le dio la gloria hace  semana y el de Miranda hace un año, mientras que el Ramos se la ha arrebatado; y como insaciable competidor que es, sabe la frontera que separa el éxito del  fracaso es tan tenue, que no conviene tomarse demasiado en serio ni la victoria ni la derrota, y que para los que él entrena que sólo hay un camino; pelea, pelea, pelea y más pelea y cuando vienen mal dadas, a seguir luchando. Aunque es cierto que en ocasiones, sus formas como jugador o entrenador no fueron ni son las más ejemplares, fruto quizá de una competitividad mal entendida o al menos desviada. Pero alguien así, capaz de transmitir el valor de la lucha en inferioridad de condiciones de tal forma, de convencer a un grupo humano de que eran capaces de todo y no apelar nunca al victimismo sólo merece admiración.
El sino del Atlético no es fatalista, es simplemente inestable por naturaleza: su existencia es un tránsito de la gloria al fracaso, del cero al infinito, del triunfo impensable a la derrota apocalíptica. En la final de Copa del año pasado y de la Liga de este año empezó perdiendo para acabar ganando, como en semifinales de la Champions en Londres. En la final europea empezó ganando y acabó perdiendo: tal es su fisionomía . Su leyenda de este año se cimenta en la lucha contra lo considerado en principio imposible y su falta de desfallecimiento, contra la creencia generalizada que no podía aspirar a los premios más gordos y al final casi, y por muy, muy poco, se lleva los dos. Se llevó uno, que no es moco de pavo, aunque no cómo no podía ser menos el éxito más rotundo fue la antesala de derrota más amarga. El camino, eso sí, fue inolvidable.