sábado, 11 de octubre de 2014

LA FINAL DE COPA TERMINA COMO EL ROSARIO DE LA AURORA


El 5 de mayo de 1984 el estadio Santiago Bernabéu estaba abarrotado por la disputa de una final copera de tronío: Athletic de Bilbao contra Barcelona, en realidad los dos grandes clásicos de la competición. Como casi siempre suele ocurrir la Copa había ocupado un papel secundario hasta la gran final, convertida en uno de los momentos culminantes del año futbolístico y más con dos históricos de por medio.
La final venía cargada por una semana previa de declaraciones poco edificantes. El origen de las mismas se había producido a comienzos de temporada, cuando en la segunda jornada de Liga el Barça goleaba por 4-0 al Athletic pero sufría la grave lesión de su gran estrella, Diego Armando Maradona, por una durísima entrada del central bilbaíno Andoni Goikoechea, que le fracturó el ligamento. Esa entrada provocó un cruce de acusaciones entre las dos entidades que no se calmó a lo largo del año. Desde Barcelona se acusó al Athletic de recurrir a la violencia, y se recordó que el mismo jugador había lesionado la Schuster de gravedad dos años antes. De hecho, el origen de la reacción del central pudo venir de una entrada por detrás del alemán en la segunda parte con claro olor a vendetta, aplaudida por el público y que llenó de ira al internacional vasco que quizá pagó los platos rotos con Maradona. Desde San Mamés se defendió a su futbolista, que estaría estigmatizado toda su carrera por haber lesionado al mejor jugador del mundo. Los dos entrenadores el argentino Menotti y el joven Javier Clemente se profesaban además gran antipatía mutua por defender estilos de juego muy divergentes y el sudamericano insinuó elementos racistas en las declaraciones de su oponente, que apelaba a la “raza” de sus jugadores. Ya el partido de vuelta de Liga en Bilbao había sido trabado y, encima, se había resuelto con dos goles de Maradona que había regresado a tiempo para su venganza particular.Incluso Schuster declaraba que  jugar en Bilbao era como ir a la guerra de Corea.
El Bilbao había ganado la Liga una semana antes, la segunda consecutiva, y el Barça había quedado a un solo punto. Existía ánimo de revancha, puesto que en el entorno culé se consideraba que la lesión del astro albiceleste, con el que no se pudo contar durante casi tres meses, había sido clave en el desenlace liguero. Maradona tenía problemas con la directiva azulgrana, no se tragaba con Núñez, y había empezado sus peligrosos coqueteos con la droga. En realidad, el club, al que le habían llegado noticias de la disoluta vida del argentino, barajaba seriamente desprenderse de él. El futbolista no olvidaba además su calvario tras la lesión y declaró que “en el Bilbao no tenía sitio el jugador que no supiese dar patadas” .Como el entonces joven Clemente, además ebrio por el nuevo triunfo liguero, no se caracterizaba por su incontinencia verbal respondió de forma poco conciliadora: “Maradona es un imbécil, como persona deja mucho que desear por buen jugador que sea” y que “brindarían con cava catalán su ganaban la Copa”.
El partido nacía pues caliente. No había un pronóstico claro, ya que el Barça había ganado los dos choques ligueros) y ostentaba un juego más técnico. Incluso aparecía con cierto favoritismo. Pero los de Clemente estaban plenos de fuerza y seguridad en sí mismos tras el triunfo liguero y sorprendieron con un pressing muy fuerte desde el inicio. A los 13 minutos un centro de Argote era rematado al fondo de las mallas por Endika, un jugador limitado pero efectivo de cara al gol, que había condenado la suplencia al ídolo de San Mamés, Sarabia. La primera parte fue de superioridad rojiblanca y el  Barça no encontraba su juego.
En la reanudación los de Menotti tomaron el mando del partido, pero se mostraban impotentes para superar el muro defensivo bilbaíno. A medida que pasaban los minutos el juego se endurecía y aparecían viejas rencillas sobre el terreno de juego. Schuster tuvo que ser expulsado por devolver a la grada un bote de cerveza que le había caído desde la zona de seguidores bilbaínos. En la recta final del partido las interrupciones y el juego subterráneo se apoderaron definitivamente de la contienda. Maradona hizo una piscina en el área de Zubizarreta y se encaró con los defensores bilbaínos. Fue el prolegómeno de un lamentable desenlace: cuando el árbitro pitó el final del partido con 1-0 a favor del Athletic, el defensa Núñez hizo un corte de mangas al argentino, que respondió con un cabezazo. Sola, un suplente, vio la acción y se dirigió hacia Maradona, pero resbaló en el camino, y el barcelonista le dio una patada que le dejó conmocionado. Goikoechea y otros jugadores rojiblancos se dirigieron como posesos contra Maradona y le agarraron por el cuello. Migueli y Clos salieron en defensa de su compañero y todo terminó en una monumental tangana delante de una familia real atónita que además veía como la policía tenía que cargar contra aficionados que había tirado una valla. El tema se apaciguó y el capitán Dani, pudo recoger la Copa del Rey que acreditaba el doblete bilbaíno. Por descontado que la guerra continuó en la rueda de prensa, con cruce de descalificaciones entre unos y otros.

Después de ese espectáculo el Barcelona decidió el traspaso de Maradona al Nápoles italiano, donde triunfaría hasta su bajada definitiva al infierno de la droga. Curiosamente, el año siguiente el equipo azulgrana lograría, al fin, ganar la Liga con el inglés Terry Venables en el banquillo. Por su parte, Golikoechea no pudo quitarse nunca el sambenito de haber sido el jugador que lesionara gravemente a uno de los mejores jugadores de la historia, y hasta algunas encuestas le señalaron como el jugador más violento de la todos los tiempos, su gran trayectoria en el Athletic y en la propio selección española (39 partidos internacionales) quedó algo manchada. Menotti volvería a España, concretamente al Atlético, y se volvió a enfrentar a Clemente, esta vez en el Español. Los dos volvieron a la gresca y al cruce de descalificaciones, y el argentino ganó en esta ocasión (0-2 en Sarriá), aunque sería cesado meses después. Como curiosidad hay que destacar que en aquel equipo madrileño que ganó al Español de Clemente jugaba,,,,,,,,Andoni Goikoechea fichado por Jesús Gil ese verano.


viernes, 3 de octubre de 2014

FABIO CAPELLO, EL ESCÉPTICO TRIUNFADOR


Fabio Capello, había continuado la racha de éxitos de Arrigo Sacchi al frente del Milán de Berlusconi. De 1991 a 1995 el sucesor del gran innovador del fútbol europeo ganaría cuatro Ligas Italianas y llevaría al Milán a tres finales consecutivas de la Copa de Europa. Aunque sólo ganó una de ellas, la misma fue inolvidable, un memorable 4-0 al Barça de Koeman, Sotoichkov y Romario. Capello adquirió en esos años fama de ser un entrenador duro, capaz de dirigir con mano de hierro a las figuras milanistas, pero al mismo tiempo sacar de ellas el máximo rendimiento.
Lorenzo Sanz accedió a la presidencia del Madrid en 1995, sin ganar las elecciones y por la dimisión de Ramón Mendoza, agobiado por la crisis económica y los malos resultados. El dinero de los contratos televisivos le permitió preparar un gran equipo para la temporada 1996-97 con jugadores como Suker, Mijatovic, Roberto Carlos o Seedorf. Con estos fichajes calmó a una afición que le miraba con recelo por  haber llegado a la poltrona blanca sin pasar por las urnas y más aún cuando en una temporada desastrosa el equipo no se había clasificado ni para la Copa de la UEFA. Para dar más lustre a su proyecto echó las redes sobre el prestigioso entrenador italiano, que vio con agrado el desafío: en Milán lo había ganado casi todo y triunfar en un histórico como el Real Madrid sería un tanto muy a tener en cuenta en su carrera.

Capello llegó a Madrid pero, sorprendentemente, desde el inicio empezó a mostrar escepticismo sobre una plantilla muy lustrosa, pero él venía de un club que en su día reunió a lo mejor del fútbol europeo y nada le parecía suficiente. Insistió al presidente en fichar más jugadores, con lo que llegaron el portero Bodo Illgner y el defensa italiano Pànucci. El Real Madrid se erigió en líder de la Liga gracias a un juego no muy brillante pero  efectivo, asentado en el poderío de su letal tripleta atacante: Mijatovic, Suker y Raúl. Los triunfos se sucedían aunque no pocas voces señalaban que el juego madridista no estaba a la altura de los grandes jugadores que tenía. El que menos creía en su equipo era, curiosamente, el entrenador: en privado dudaba de la auténtica calidad de alguno de sus jugadores y consideraba que la plantilla era corta y que esa temporada se estaba salvando por no jugar en Europa y ser eliminados a primeras de cambio por el Barça en la Copa. En enero empezaron a llegarle cantos de sirena de Milán, su viejo patrón, Berlusconi, le ofrecía volver al club de sus amores que había entrado en crisis. Capello decidió aceptar la oferta del rey de la televisión europea y dijo a Lorenzo Sanz que le permitiera dejar el Madrid a fin de año, a pesar de haber firmado por tres. El tema se filtró a la prensa y provocó una conmoción en la afición y el equipo; de hecho dos derrotas consecutivas en Barcelona y Bilbao pusieron en peligro una Liga que parecía segura, pero que al final se consiguió, en parte por un sorprendente tropiezo del Barcelona en campo de un ya descendido Hércules de Alicante. El entrenador dejó Madrid con la sensación de ser un técnico muy capacitado pero cuyo juego italianizado no acababa de gustar, y que en cierto modo había menospreciado al Real Madrid, al dejarlo plantado para volver a Milán, en donde las cosas no le irían muy bien por cierto.

Una década después se repitió la historia. Ramón Calderón llegaba a la presidencia del Madrid y optó por contratar al italiano como antídoto para los vicios de la reciente historia blanca: en las tres últimas temporadas el Madrid de los “galácticos” de Florentino Pérez, en el que marketing primaba sobre lo deportivo, no había sumado ni un solo trofeo a las vitrinas del equipo a pesar de un gasto monumental en fichajes. Capello debía devolver la ética del trabajo y la seriedad frente a los divismos propios del trienio anterior. Se contrataron jugadores del gusto del italiano como Fabio Cannavaro y el brasileño Emerson, trabajadores en vez de figuras y el perfil del equipo se hizo más sacrificado y menos glamuroso. Entonces el Barça vivía una especie de preámbulo a la gran era dorada de Guardiola, y había hecho doblete el año anterior (Liga y Champions) con futbolistas como Etoo, Ronaldiho, Deco, Valdés, Xavi y un jovencísimo Iniesta, mostrando un juego muy vistoso, y en realidad su equipo parecía bastante superior al blanco.
La primera vuelta no dio muchas expectativas al madridismo, el juego del equipo era más bien pobre y aunque no se perdía la cabeza de la Liga , nada hacía esperar grandes resultados, ni que se pudiera competir con el Barça. El invierno fue muy duro en Chamartín: se caía en octavos de final de la Champions ante el Bayern, el Betis les eliminaba de la Copa y hasta el modesto Levante asaltaba el feudo blanco (0-1). Tras esa debacle, el italiano comunicaba a la directiva que con ese equipo, apenas se podía aspirar a un tercer o cuarto puesto. Se pensó seriamente en su cese, pero el alto salario que cobraba frenó la decisión. El Madrid visitaba el Camp Nou y los negros presagios vaticinaban un baile culé. Para sorpresa de todos el Real Madrid hizo un gran partido y debió ganar el mismo, sólo un triplete de Messí,  con un último gol en el tiempo de descuento, permitió el empate (3-3). Entonces el Barcelona empezó un extraño proceso de descomposición, manifestado en el choque de egos de entre sus figuras, en especial entre Etoo y Ronaldiho y en la apatía y falta de compromiso de sus jugadores que el entrenador Rijkaard, no supo frenar. Los culés fueron perdiendo puntos incomprensibles y el Madrid, sin mucho juego pero apelando a la épica y el esfuerzo, llegó al final de campeonato con posibilidades reales de ganarlo. En la penúltima jornada el Barça recibía al Espanyol y el Madrid visitaba Zaragoza. A empate de puntos los de Capello ganaban la Liga y esa era la situación del momento. En Zaragoza se consiguió un agónico empate a dos, pero en el Camp Nou el Barça ganaba 2-1; entonces llegó el gol in extremis del capitán españolista Tamudo que dejaba en bandeja el campeonato a los de Capello, que no fallarían en case frente al Mallorca (3-1). Aun así el entrenador abandonaría el Madrid a final de año.
Tal y como había pasado diez años antes el técnico ganó una Liga muy esforzada, aprovechándose de los regalos de un Barça en apariencia superior, pero de indudable mérito dadas las circunstancias por las que había pasado el equipo. Y como sucediera la anterior vez salió del mismo al final de temporada porque, en el fondo, y a pesar del éxito, nunca llegó a sentirse cómodo ni a confiar plenamente en sus jugadores.

HERREROS DÁ EL SALTO CON POLÉMICA


La existencia del Estudiantes ha venido marcada siempre por la fuga de sus mejores activos al Real Madrid de Baloncesto (los hermanos Ramos, Fernando Martín, Antúnez, Felipe y Alfonso Reyes…..), algo que, por otra parte, le ha permitido hacer frente a las dificultades de una economía siempre precaria, aliviada por el dinero de esos traspasos. Pero una de esas fugas a mediados de los 90 generó una gran polémica y no fue otra que la de Alberto Herreros.
Herreros era un alero tirador de grandes registros anotadores desde su debut en la temporada 1988-89, uno de esos productos de la interminable factoría del Ramiro de Maeztu que a comienzos de la nueva década se erigía como el más que probable sucesor del mítico Epi en la selección. En la temporada 1991-92 el Estudiantes, dirigido por Miguel Angel Martín y “Pepu” Hernández y de la mano del propio Herreros, Nacho Azofra, Ricky Wislow y John Pinone entre otros, pasó a formar parte de la élite del basket español conquistando la Copa del Rey (tras ganar a Real Madrid, Juventud y al Cai Zaragoza en la final) y llegando a la “Final Four” de la Copa de Europa en Estambul.
Como consecuencia de esta gran temporada el entrañable club madrileño (símbolo eterno del deporte que no aspira a ganar sobre todas las cosas) llego a plantearse a dar el salto a cotas deportivas más ambiciosas puesto que estaba asentado entre los cuatro primeros equipos de la Liga. Durante esos años, la figura de Herreros no dejaba de crecer y muchos le consideraban como el mejor jugador español, en una época, por otra parte, no muy brillante en cuanto a talentos baloncestísticos nacionales, después de la explosión de los Corbalán, Epi, Solozábal, Jiménez o Martín. “La Demencia” le tenía como ídolo indiscutible ya que se había criado en las entrañas de la institución, manifestaba que no estaba interesado en ofertas procedentes de los grandes de Europa y encima, era reconocido seguidor del Atlético de Madrid; el estudiantil perfecto, sin duda.
Pero el Estudiantes no fue capaz de superar el techo de las semifinales de la Liga ACB (perdió cuatro consecutivas) ya que siempre topaba con Madrid, Barça o Juventud y Herreros empezó a  ver claro que el poderío económico, especialmente de los dos clásicos futboleros, era inabordable para los del Ramiro, de tal forma que si quería ganar títulos no tendría más remedio que cruzar el charco. Además, en privado, acusaba a la directiva de carecer de auténtica visión de futuro y ambición ganadora. Tras renovar al alza en 1995, con sueldo impensable para un jugador de Estudiantes (80 millones anuales) una nueva derrota en semifinales ante el Barça (la quinta perdida en seis años) le hizo llegar a la conclusión que su futuro estaría lejos del equipo que le vio crecer.
Pedro Ferrándiz, el viejo y laureado entrenador blanco ejercía de manager de sección de Baloncesto madridista, y se encargó de convencer al jugador que debía apostar fuerte para salir de Estudiantes y fichar por el Madrid. Para ello, Ferrándiz lanzó un órdago: Herreros se acogería al Real Decreto 1006/85 para rescindir su contrato y firmar por los madridistas. La utilización de esa vía para romper contratos con indemnización al club de origen, era habitual en el fútbol desde hace años (las famosas clausulas), pero en la ACB no se usaba en virtud de un convenio de la misma con el sindicato de jugadores; utilizarla suponía una vulneración del acuerdo que amenazaba la carrera del alero ya que la ACB, en un principio, se negó a tramitarle la ficha en caso de que firmara por el Real. Por otra parte, el uso de esa figura legal enfadó mucho al Estudiantes, harto del secuestro de sus mejores activos por el poderoso club blanco, y los directivos estudiantiles acusaron a Ferrándiz de malas artes y falta de ética.
La situación se atascó y generó una gran polémica. Herreros aseguraba que no volvería a vestir como jugador estudiantil y que bastante había hecho por el club a cambio de casi nada. Estudiantes no daba su brazo a torcer y se negaba a negociar. Lorenzo Sanz acababa de llegar a la presidencia del Real Madrid y también aspiraba a un baloncesto poderoso, pero ese marrón no suponía un plato de buen gusto, ya que enfrentaba al Madrid con la ACB. Sanz tuvo que ofrecer la cabeza de Ferrándiz para poder salir del entuerto que se había creado (además el legendario técnico tenía varios enemigos en su propia casa que le acusaban de haber empeorado todo por insistir en usar el famoso decreto) y una vez destituido, el Estudiantes aceptó negociar: Herreros jugaría en el Real Madrid por un traspaso record de 230 millones de pesetas, una cifra inédita en el mundo del baloncesto. De hecho el asunto fue un buen negocio para Estudiantes y quizá no tanto para el Madrid.
Durante años el resquemor entre Herreros y el club que le formó como jugador y persona fue evidente y poco disimulado; tras un accidentado derby que acabó en tangana el jugador declaró contra su antiguo equipo  es que son muy graciosos y se les consiente todo”. El gran alero, por otra parte, vivió un periodo oscuro en cuanto a triunfos deportivos con el Real Madrid. Los títulos fueron bastante más escasos de los que el mismo supuso que iba a ganar, puesto que la sección de baloncesto blanca no encontró su rumbo durante varias temporadas. Cada vez que visitaba la cancha estudiantil la “Demencia” le cantaba con recochineo “¿Dónde están los trofeos, Alberto?”.En realidad Herreros fue una metáfora de un baloncesto hispano que pasó un largo periodo de oscuridad hasta la llegada de la generación de oro; un excelente jugador que  tuvo la mala suerte de vivir una época poca lustrosa de su club y su selección, pero al que el destino dio una jugosa revancha; en su último partido como profesional un triple suyo daba la Liga al Real Madrid ante el TAU de Vitoria tras un increíble remontada en el último minuto (69-70), el final de carrera soñado por todo jugador que consiguió mitigar, al menos en parte, las frustraciones del pasado.

jueves, 2 de octubre de 2014

ARTECHE SE ENFRENTA A GIL


Juan Carlos Arteche era un defensa central más bien tosco que debutó en el Racing de Santander bien entrada la década de los 70. En la temporada 1977-78 se consolidó definitivamente en el equipo cántabro que por aquel entonces dirigía el vasco Jose María Maguregui. Una temporada más tarde dio el salto al Atlético de Madrid, con apenas 21 años, y pasó a formar parte de un equipo destacado en el que jugaban jugadores de peso en la época como Rubén Cano, Luiz Pereira, Ayala o Marcial. Sus comienzos no fueron fáciles y buena parte de público y prensa pensaban que se trataba de un central con bastantes carencias técnicas para un equipo de élite como era el Atlético de esos años. Pero gracias a su tesón y esfuerzo, y quizá influenciado por jugar alado de uno de los mejores liberos del mundo del momento, el brasileño Pereira, fue puliendo defectos, aunque su principal arma era sin duda su fortaleza y hasta en ocasiones, dureza, propia de los centrales de la época.
Desde la temporada 1980-81 Arteche se erigió en indiscutible para todos los entrenadores del equipo rojiblanco y en uno de los jugadores favoritos de la afición por su entrega y pundonor. En noviembre de 1983 protagonizó un momento memorable cuando dos goles suyos en la recta final del partido supusieron la remontada de un partido ante el Betis en el Calderón (4-3), y más cuando en el segundo de ellos, en la caída que siguió a su bravo remate de cabeza, el número 4 arlético se rompió el menisco. Vicente Calderón le impuso la insignia de oro y brillantes del club. Unos años más tarde, la selección llamó a sus puertas cuando ya casi rozaba la treintena y aunque de nuevo una seria lesión frenó su proyección internacional (sólo jugó 4 partidos con España), esa llamada de Miguel Muñoz pudo considerarse como el colofón a una carrera en la que muchos no creían demasiado en sus comienzos.

Cuando Jesús Gil y Gil llegó a la presidencia del club en 1987, señaló al cántabro como el ejemplo a seguir por todos y la referencia del Atlético que aspiraba a conseguir. Le subió la ficha de 11 a 22 millones de pesetas anuales y tras la salida del equipo de Ruiz, fue nombrado capitán. Pero el nuevo cargo le traería más disgustos que satisfacciones a Arteche. Cuando los resultados de la primera campaña empezaron a no ser los esperados, un inquiero Gil empezó a criticar a los jugadores en público, a los que acusaba de ser poco profesionales y demasiado aficionados a la vida nocturna. En su condición de capitán del equipo, Arteche respondió defendiendo la integridad de la plantilla. Al dictatorial mandatario no le gustó que se le llevase la contraria de forma expresa y ya en un partido en la primera vuelta en San Sebastián, le hizo la primera amenaza al jugador: si volvía a replicarle tendría problemas.
Una serie de buenos resultados calmaron la situación (entre ellos un famoso 0-4 en el Bernabéu con gran partido de Arteche en la defensa) pero al comienzo de la segunda vuelta el equipo perdió el tren de la Liga y Gil cesó al entrenador, Menotti, y le sustituyó por Armando Ufarte, vieja gloria de la casa, al tiempo que contrataba a Maguregui, el entrenador que había hecho debutar a Arteche en primera división, para la próxima campaña. Pero el mandatario quiso que Ufarte aceptara las intromisiones de Maguregui en la dirección, a lo que el viejo extremo rojiblanco se negó, con el consiguiente cese al cabo de solo tres jornadas al frente del equipo. Esta circunstancia motivó la reacción de la plantilla colchonera, que en una dura nota pública recriminó al presidente Gil su actitud y defendió la profesionalidad de Ufarte.
Gil señaló a los culpables del motín y estos no eran otros que los veteranos del equipo: Quique Ramos, Setién, Landáburu y, por supuesto, Arteche como capitán y líder de la rebelión. Todos ellos fueron despedidos a fin de temporada y los mismos entablaron pleitos contra el club por despido improcedente. Arteche no quería irse, sin embargo, de la que era su casa y trató de arreglar el continuar en el equipo aunque por menos ficha. Como el entrenador Maguregui, consideraba que aún podía ser un jugador aprovechable, Gil y el futbolista firmaron una tregua, aunque, eso sí, el cántabro renunciaba al cargo de capitán del equipo que ostentaría la figura protegida por Gil, Paulo Futre.
Pero el comienzo de temporada 1988-89 fue desastroso. Tres derrotas consecutivas en Liga y eliminados de la Copa de la UEFA por el modesto Groninhem holandés. Maguregui perdió el control de la situación y tras un derrota estrepitosa en el Sánchez Pijuán de Sevilla (4-1) recibió orden de Gil de no volver a contar con Arteche, que no había tenido su mejor tarde. Semanas después caía el entrenador y parecía que un halo de esperanza se abría para el defensa, que seguía siendo un jugador de carisma en la plantilla y la afición. Pero días después de ser cesado Maguregui, Arteche acudió al programa de Antena 3 de José María García y fue entrevistado por el locutor Gaspar Rosetti. No es que en la entrevista dijera cosas muy fuertes, pero sí dejó clara su postura crítica respecto de la situación del equipo y que quizá se contaba con peor plantilla de lo que se había vendido (algo que, por otra parte, casi todos pensaban), con esas palabras valientes selló su destino. Unos días después, el Atlético jugaba en Málaga y un empleado de la casa, Briones, ponía el carné para el banquillo siguiendo la instrucciones de sus superiores al hacer la alineación. Cuando el equipo estaba en pleno calentamiento Gil se acercó a los jugadores para darles la mano, a todos menos a uno: al veterano defensa, al contrario, le comunicó que no volvería a jugar y que le mandaba un abogado para despedirle. El lunes siguiente Arteche fue a entrenar pero se le impidió el acceso al estadio y se le comunicó la carta de despido. No volvería a jugar al fútbol. Entabló una lucha en los Juzgados en la que ganó por goleada: el club se vio obligado a indemnizarlo con nada menos que 66 millones de pesetas. Fue un final triste e inmerecido pero al menos saldado con una jugosa compensación económica.
Arteche nunca renegó de su devoción por el Atlético de Madrid y dejó bien claro que una cosa era la entidad que se lo había dado todo y otra su presidente, del que se convirtió en feroz crítico en cualquier foro que se lo permitiera. Siempre gozó del reconocimiento y la estima de los aficionados y es considerado como una de las referencias históricas indispensables del Atlético, con más de 300 partidos oficiales. Con el tiempo protagonizaría proyectos sociales importantes que utilizaban el deporte como vía de escape a la exclusión social. Lamentablemente, un cáncer le alcanzó fatalmente, a la temprana edad de 53 años y todo el Vicente Calderón recordó la figura del gigantón que ocupó el centro de la defensa durante diez años.

sábado, 27 de septiembre de 2014

LUIS ARAGONÉS Y SUS FRUSTRADOS FICHAJES POR EL MADRID


El recientemente fallecido “Sabio de Hortaleza” es un mito del fútbol español en general y del Atlético de Madrid en particular. El hombre que cambió el destino de la selección española rotó por los banquillos de numeroso equipos: Sevilla, Español, Betis, Mallorca, Valencia, Barcelona, Oviedo…..y por supuesto Atlético de Madrid, entidad en la que ya lo había sido todo como jugador y de la que se hizo cargo en varias etapas distintas (1974-1980; 1982-1987, 1991-1993 y 2001-2003). En ese impresionante currículo sólo falta una cosa: haber dirigido al Real Madrid algo que parece altamente improbable para un hombre que fue santo y seña del rival capitalino y pasó a la historia por apartar de la selección al mito madridista contemporáneo por excelencia: Raúl González. Al mismo que en vísperas del derby de la final de Copa de 1992 dijo a los jugadores del Atlético “estoy hasta los huevos de perder contra estos en este campo” y que arengó a Futre a hacer el partido de su vida como venganza a los ninguneos que su compañero de equipo Pizo Gómez había sufrido ante rivales como Míchel o Gordillo.
Pero lo cierto es que hasta en tres ocasiones el banquillo del Bernabéu estuvo cerca de Aragonés. Ramón Mendoza, presidente blanco de 1985 a 1995 tuvo al de Hortaleza como uno de sus entrenadores más deseados, aunque nunca pudo hacerse con sus servicios.  El mítico entrenador había empezado de juvenil en el Madrid para, con el tiempo, ser una leyenda del Atlético.
La primera vez que Luis estuvo en la terna para entrenar al Madrid fue en 1985. Mendoza acababa de llegar a la presidencia y mantenía al legendario Luis Molowny en el banquillo, pero el canario ya le había advertido que no deseaba continuar bajo ninguna circunstancia. Mendoza tentó a Luis con un suculento contrato y unas perspectivas deportivas más que interesantes; la Quinta del Buitre empezaba su explosión que le llevaría a ganar cinco Ligas. El madrileño lo pensó seriamente pero un factor clave determinó que no se decidiera a dar el paso: entonces el presidente del Atlético era Vicente Calderón, el hombre que siempre había apostado por él, que lo había nombrado entrenador en los 70 y lo repescó cuando volvió a la presidencia en 1982. Calderón apeló a la fibra sensible de la lealtad de muchos años y consiguió evitar su pase al Madrid, cosa que no pudo hacer con Hugo Sánchez. Lo curioso del caso es que durante la pretemporada siguiente, Luis sufrió un episodio depresivo que le hizo abandonar el banquillo rojiblanco en plena preparación. Volvería unos meses después y al poco de volver a dirigir a los Arteche, Setién  o Landáburu el que se iba, pero para siempre, era Vicente Calderón a los 73 años por una hemorragia cerebral. Poco tiempo después Jesús Gil irrumpía como elefante en el Atlético y a poco de tomar posesión casi llega a las manos con Luis. El entrenador le reclamaba el cumplimiento de un contrato previo firmado con Calderón que le nombraba director deportivo, y el nuevo mandatario le dijo que no con su sutileza habitual. El tema terminó con cruce de descalificaciones y con la promesa de Gil que Luis no volvería nunca al Atlético con él de presidente, aunque fuese el último entrenador sobre la faz de la tierra.
Después de un accidentado paso por el Barça como puente hasta Cruyff, el preparador pensó dejar los banquillos y de hecho pasó dos años sin entrenar. Pero en 1990, Gil llamó a su puerta. Sus fracasos en los tres primeros “proyectos” le obligaban a tragarse sus palabras y quiso contar con Luis de entrenador. Pero el tema no llegó a concretarse y el que sí se hizo con los servicios del mismo fue el Español, con lo que volvía a la Ciudad Condal. A mediados de temporada John Toshack fue cesado en el Madrid y Mendoza quiso fichar de nuevo a Aragonés: ofreció pagar un traspaso al Español, y el propio entrenador pidió ser trasferido; quizá pensaba que se había equivocado años atrás y más teniendo en cuenta cómo fueron los acontecimientos posteriores. Pero en esta ocasión, el club blanquiazul se negó en redondo a dar el visto bueno a la operación y hasta consideró al maniobra del Madrid como desestabilizadora. El técnico acabó su contrato y el año siguiente dirigiría a un equipo de la capital, pero éste era de nuevo el Atlético que contaba con Futre y Schuster y con el que ganaría la famosa final de Copa ante el Madrid con el motivador discurso antes señalado.
Como los caracteres de Gil y Luis estaban condenados a enfrentarse otra vez, la siguiente temporada el entrenador fue destituido tras una humillante derrota por 0-5 ante el Barça en la Copa. Luis pasaría a entrenar al Sevilla al que clasificaría para la U.E.FA y luego firmaría por el Valencia, con el que cuajaría una gran campaña llevándolo a un muy meritorio segundo puesto, sólo superado por el Atlético de Radomir Antic. Entre medias en el Real Madrid hubo un motín directivo y el vicepresidente Sanz sustituyó a un cuestionado Ramón Mendoza. La situación deportiva del Madrid era más bien mala y Lorenzo Sanz quiso cambiar el rumbo fichando a dos de las figuras de la Liga española de esos años: el croata Davor Suker y el montenegrino Pedja Mijatovic. Ambos habían trabajado bajo las órdenes de Aragonés y le tenían en mucha estima. Lorenzo Sanz quiso pues traérselo para su ambicioso proyecto del año siguiente pero el destino volvió a negar la posibilidad de ver a Luis de blanco: ya había comprometido su palabra de renovar con el Valencia. Como le sucedió en otras ocasiones, la decisión quizá no dio los frutos apetecidos, en la siguiente temporada los malos resultados provocaron su cese.
Por lo tanto es evidente que los astros nunca jugaron en favor de que el mito rojiblanco por excelencia “traicionara” sus esencias para fichar por el rival. Pero no es menos cierto que la posibilidad estuvo en ocasiones cerca de consumarse y sólo las circunstancias lo impidieron. Es algo característico del cambiante e inestable mundo del balón en el que se apela a la fidelidad a los colores pero se cambia el discurso con mucha facilidad. No en vano, allá por el verano de 1994 la secretaría técnica madridista manejaba como futurible fichaje a un centrocampista argentino de mucha fuerza y garra (el nuevo Stilike decían) y que fue descartado porque el nuevo entrenador, Valdano, quería a toda costa el fichaje de Fernando Redondo para esa posición. El nombre de ese centrocampista argentino que estuvo en la órbita del Madrid era el de un tal Diego Pablo Simeone



LA GUERRA CRUYFF-NUÑEZ INCENDIA EL BARÇA


Cuando Johan Cruyff fue fichado como técnico del Barcelona en 1988 el presidente Núñez, se vio obligado a cederle plenos poderes en la parcela deportiva, tal y como exigía el holandés. El año 1988, en el que concretó su contratación como entrenador, había sido muy malo para el mandatario, con el público en contra ante la falta de éxitos deportivos de relumbrón (una Liga en 10 años) y con la sombra de la final de la Copa de Europa perdida en Sevilla ante el Steaua de Bucarest. El Barça deambulaba por la Liga sin pena ni gloria, y sólo la Copa del Rey ganada ante la Real Sociedad en el Bernabéu con Luis Aragonés de entrenador, permitiría al equipo jugar en Europa el año siguiente. A ello había que añadirle el deterioro institucional provocado por el llamado “motín del Hesperia” en el que la plantilla pidió la dimisión de la junta directiva al completo.
La siguiente temporada había elecciones. Nuñez tenía apalabrado a Javier Clemente para ser entrenador del Barça, pero su vicepresidente Nicolás Casaus, le convenció que fichar a Cruyff le daría una ventaja insuperable de cara a las mismas, en las que el nacionalismo catalán tenía un candidato para retomar el control del club. Sixte Cambra. Núñez, un constructor vasco asentado en Cataluña, había sido siempre considerado un intruso por la acomodada burguesía nacionalista. Cruyff era una referencia emocional importante para una masa social desencantada y además Cambra podía también captarlo como gancho electoral. Nuñez tuvo que contratarlo por un sueldo muy elevado y el Barcelona asumió los problemas del holandés con la Hacienda española, que se remontaban a sus años de jugador.

Aunque en sus dos primeras temporadas salvó los muebles a última hora (ganando Recopa ante la Sampdoria y Copa del Rey ante el Real Madrid), tras muchos altibajos y no pocos rumores de cese, a partir de 1990 el Barça juntó un gran equipo que, con mucha fortuna y buen juego, conquistó cuatro Ligas seguidas y una Copa de Europa. Cruyff revolucionó  el fútbol español con un estilo muy ofensivo y vistoso en el que los factores atacantes primaban sobre los defensivos y de la mano de jugadores como Guardiola, Stoichkov, Amor, Laudrup, Koeman o Romario devolvió la alegría al Camp Nou y desterró para siempre la leyenda de equipo perdedor que había perseguido al Barça
Estos éxitos le hicieron aumentar el ego de forme notable y a medida que pasaban los años su figura se engrandecía ante la masa social culé. La Junta directiva recelaba de ese poder omnímodo pero se veía obligada a cumplir con las exigencias del entrenador que había llevado a lo mas alto al Barça. Tras ganar la cuarta Liga seguida el equipo se plantó en la final de la Champions League ante el Milán de Fabio Capello, Cruyff proclamó la superioridad de su equipo y que el Milán no le impresionaba en absoluto. Sobre el terreno de juego los rossoneros dieron un sonado baño al Barça que se vió impotente para superar el entramado defensivo italiano y fue arrasado por 4-0. Ya a finales de esa temporada el entrenador había decido prescindir de dos de los emblemas del equipo: el capitán Zubizarreta y el delantero Michael Laudrup, puesto que , en la práctica, todo el que osaba hacerle sombra terminaba saliendo del club. A ello había que añadir  que el técnico quería controlar aspectos como la duración de los contratos o la política de salarios, amén de mostrar sin reparo desprecio por las opiniones de los directivos en materia deportiva.

A Núñez le irritaba ese protagonismo, puesto que parecía que sólo Cruyff era responsable de los triunfos. El técnico empezó a perder su buena estrella. En la séptima temporada acabó en blanco por primera vez desde que se sentaba en  el banquillo culé, y es que puede decirse que sus decisiones en materia de fichajes fueron bastante estrambóticas: jugadores como Escaich, Sánchez Jara, Eskurza o Korneiev distaban de tener el nivel adecuado para un equipo que había impresionado por su juego y resultados y que vivía el éxodo de sus mejores activos por razones de edad o incompatibilidad con Cruyff que, además, empezaba a mostrar rasgos de peligroso nepotismo con la introducción de su hijo (Jordi) y su yerno (Angoi) en la plantilla. Pese a ello, el crédito acumulado en los grandes años del llamado “Dream Team” le hizo tener una nueva oportunidad de remodelar la plantilla y en la temporada 1995-96 llegaron jugadores como Figo, Kodro, Prosienecki o Cuéllar. Parecían incorporaciones de más fuste, pero los resultados no acompañaron y el juego del equipo era mas bien plano. Tras una nueva temporada sin títulos Cruyff declaró que si se quería volver a la élite se necesitaban estrellas que marcasen las diferencias tipo Ginola (un extremo francés muy de moda en esos años) o un jovencísimo Zinedine Zidane que despuntaba en el Burdeos y que acabaría firmando por la Juventus de Turín. Núñez, que ya por entonces quería deshacerse del técnico, contestó que “con 2.000 millones ficha hasta mi portera” a lo que Cruyff respondió con otra ironía envenenada “pues mi portera no es presidente de un club de fútbol”. Dos jornadas antes de la finalización del campeonato el entrenador de las cuatro Ligas seguidas (hazaña que ni siquiera igualaría el fabuloso equipo de Guardiola) era cesado en medio de un áspero cruce de declaraciones. Unos meses después, con el inglés Robson de entrenador el Barcelona gastaba más de 5.000 millones de pesetas en fichar a Ronaldo, Giovanni, Victo Baía, Couto, Pizzi y Luis Enrique
Los curioso del caso es que tanto Núñez como Cruyff habían hecho muy bien sus papeles. El segundo había montado un gran equipo y dejó un legado que dura hasta nuestros días, el primero por su parte aguantó al técnico cuando todos pedían su cese en los peores momentos de sus dos primeros años y hasta su conflicto final siempre trajo lo que el entrenador le pedía. Ambos cambiaron la historia del Barça, pero sus personalidades chocaron.

domingo, 21 de septiembre de 2014

CUANDO HIERRO CASI JUEGA EN EL ATLÉTICO Y LA VENGANZA DE GIL


A finales de los 80 destacaba poderosamente en el Valladolid un joven defensa con potencia física y buena salida con la pelota. Su nombre era Fernando Hierro y era hermano de Manolo, otro central que, curiosamente, no había triunfado en el Barcelona que lo fichó para el ejercicio 1988-89, pero no consiguió encajar en los sistemas de Cruyff y terminó siendo cedido. En un partido en el Vicente Calderón de esa misma temporada, Fernando Hierro no podía jugar con el Valladolid al estar lesionado. Cuando visitó el vestuario de su equipo a desear suerte a sus compañeros se encontró con una sorpresa: su presiente Miguel Pérez y el del Atlético, Jesús Gil y Gil habían acordado su traspaso al club rojiblanco, sin contar con él. Hierro jugaría en el Valladolid como cedido un año más y cobraría 25 millones de pesetas por temporada. El “Estudio Estadio” de ese fin de semana guarda una joya de la la hemeroteca con un estupefacto Hierro posando con la camisola del Atlético.

Al jugador no le gustó, sin embargo, que se le tratara como mercancía y a través de su representante, entabló contactos con el Real Madrid, que también había mostrado interés en el mismo. El Presidente del Real Madrid era Ramón Mendoza un gallego de peculiar ironía y que en aquellos años mantenía una divertida guerra con el presidente colchonero en la que los dos se lanzaban dardos envenenados todas las semanas. Mendoza vio la oportunidad de meterle un gol a su rival y llegó a un acuerdo con Hierro que, asimismo, comunicó a su presidente que no estaba dispuesto a fichar por el Atlético. Al mandatario pucelano no le hizo gracia el tema, ya que era muy amigo de Gil pero no le quedó otra que echar abajo su acuerdo con el mismo: Hierro acababa contrato en un año y si no lo traspasaba ahora, el Valladolid no vería ni una peseta por su mejor activo. De tal forma que en la temporada 1989-90 el malagueño iniciaría un periplo exitoso en la entidad blanca.
El lenguaraz e impulsivo Gil no se cortó un pelo, tildó a Mendoza de “filibustero” y dijo que Hierro era un chico joven que se había dejado embaucar por el Madrid. Sin embargo ni perdonaba ni olvidaba (“quien a Hierro mata a Hierro muere”). En el verano siguiente un día las oficinas del Bernabéu tuvieron un sobresalto: Losada y Aldana dos promesas de la cantera banca se presentaron diciendo que tenían una oferta en firme del Atlético para acogerse al Real Decreto 1006/85, (la fórmula legal que introdujo las cláusulas de rescisión por la que los futbolistas podían romper sus contratos), que mejoraba sus emolumentos y que, o se les incrementaba la ficha o se acogían a ella para cruzar el charco y jugar en el rival capitalino. No eran dos titulares, pero el entrenador Toshack, advirtió que perderlos era un contratiempo importante para una temporada larga y llena de partidos y además el club blanco tenía muchas esperanzas en ellos para el futuro. Mendoza se vio obligado a incrementar la ficha de dos jugadores (Losada llegó a cobran 50 millones de pesetas al año y Aldana 40), por cantidades exageradas para unos reservas. Gil no consiguió su objetivo, pero al menos dio un susto a su rival y le obligó a hacer un esfuerzo económico con el que no contaba. La guerra, sin embrago, continuó "No pararé hasta quitarle un jugador al Real Madrid" decía el soriano. El Real Madrid, por su parte, sorprendió a todo el mundo fichando a Joaquín Parra, un rojiblanco que había sido descartado por el entrenador colchonero de ese año, Javier Clemente, lo que sonó a nueva chinita, puesto que el sevillano apenas jugaría. Gil respondió con ironía "También me alegro de que al Madrid le sirva lo que Clemente desprecia, o a lo mejor lo que sucede es que Mendoza piensa que ha fichado a un Maradona".

Un par de años después consiguió su obsesión. Sebastián Losada no acabó de encajar en el Real Madrid y decidió, finalmente, fichar por el Atlético, que contaba con Futre y era dirigido por Luis Aragonés. Pero el sueño de Gil acabó en pesadilla; el delantero cuajó una temporada desastrosa con apenas un gol y fue descartado por el entrenador.El dirigente estalló y despidió a Losada, que entabló un pleito con el Atlético que terminaría costando al club casi 200 millones de pesetas, puesto que la ficha del jugador era muy alta. Un gol muy caro cuyo origen era una peculiar riña de gatos en el fútbol de la capital.