martes, 10 de febrero de 2015

LA NOCHE DE MILÁN

En la temporada 84-85 las cosas no rodaban demasiado bien para el Real Madrid. Amancio Amaro, vieja figura de los 60 y 70 y uno de los jugadores españoles más destacados de la historia del Madrid, había ascendido como entrenador después de ganar la Liga de segunda división con el Castilla, en el que despuntaron los integrantes de la “Quinta del Buitre”, que ya habían debutado en esa misma temporada con el primer equipo con excepción de Míchel. Con el gallego se produjo el último ascenso para que el grupo se completara en el primer equipo, aunque Pardeza jugaría todavía bastante con el filial.
Amancio tuvo mala suerte de toparse con un Madrid en plena transición generacional y cuyos valores más seguros Santillana, Stilike, Juanito o Gallego no atravesaban su mejor momento. Durante los primeros años 80 sólo una Copa del Rey había llegado a las vitrinas de Concha Espina lo demás todo subcampeonatos: tres de Liga, uno de Copa de Europa y otro de Recopa nada menos, el Real siempre estaba ahí pero casi nunca concluía. Amancio apostó por los jugadores jóvenes a los que él había entrenado, lo cual le causó  fricciones en el vestuario con pesos pesados como Juanito o Gallego, cuyos enfrentamientos con el técnico trascendieron a la prensa. Tras una aceptable primera vuelta el equipo perdió el tren de la Liga que ganaría con soltura el Barça, y fue eliminado de la Copa. Sólo quedaba el cartucho de la Copa de la U.E.F.A para salvar el año y en esa competición el Madrid, sorprendentemente, había rendido a gran nivel. En semifinales tocó un viejo conocido, el Inter de Milán; no eran los mejores tiempos del equipo interista pero contaba con un combinado con numerosos internacionales y jugadores brillantes como el delantero Altobelli, el prometedor portero Walter Zenga, el defensa Bergomi o Rummenigge, aunque éste último estaba en la recta final de su carrera y muy mermado por las lesiones.

El Madrid acudió al partido de ida en Milán en plena depresión: en una semana del Athletic de Bilbao le había eliminado de la Copa y el Atlético le había ganado 0-4 en el Bernabéu. Amancio era permanentemente cuestionado y sus relaciones con algunos jugadores de peso eran bastante malas, sólo los jóvenes como Butragueño, Martin Vázquez o Míchel creían el él. En San Siro, ante un ambiente enardecido, el Inter, sin hacer nada del otro mundo, obtuvo un resultado confortable para la vuelta: 2-0. El Madrid volvió a ser una sombra en el terreno de juego y su caída libre no parecía tener fin.
Tras el partido los jugadores volvieron apesadumbrados al Hotel de concentración. Pero algunos decidieron superar la derrota a su manera. Jorge Valdano, delantero fichado del Zaragoza, quedó a cenar con Ramón Mendoza, entonces candidato a la presidencia del Real Madrid, y según aseguraría José María García durante años se dedicó a poner mal a Amacio de todas las formas posibles. Con posterioridad, había concertado ver a Menotti, ex entrenador del Barça y de la selección argentina con el que mantenía una gran amistad y ,además, convenció a Butragueño para que fuese a esa cita. Menotti sonaba desde hace tiempo como sustituto de Amancio, cuyo cese estaba cantado, y según declararía Mendoza después, se postulaba de forma insistente para entrenar al Real. (“Me lo encontraba hasta en la sopa”, llegó a decir el futuro presidente blanco). Cuando Valdano y Butragueño volvieron al hotel, cerca de las cuatro de la madrugada, se dieron cuenta con que en una habitación cercana había bastante alborozo. Intrigados llamaron a la puerta y cuando ésta se abrió se encontraron con dos jugadores blancos, Juanito y Lozano, acompañados por dos jóvenes italianas a las que habían conocido esa misma noche tras el partido, con ganas de juerga. En ese momento el técnico Amancio hacía una inspección sorpresiva por las habitaciones y descubrió el pastel.

Juanito y Lozano (un jugador belga de orígenes españoles que había costa 200 millones de pesetas en el año 83, una cifra considerable para la época, sin aportar mucho rendimiento) había sido dos de los jugadores que peor relación habían tenido con Amancio. El entrenador redactó un informe completo a su vuelta a Madrid en el que no dejaba títere con cabeza, convencido que no tenía futuro en el banquillo merengue y que los malos resultados eran consecuencia del boicot que sufría por parte de la plantilla. En entonces presidente, Luis de Carlos, cansado por años de escasos resultados deportivos y superado por los acontecimientos, había decidido poner fin a su mandato y se proponía convocar elecciones. Butragueño y Valdano fueron sancionados económicamente y a Juanito y Lozano se les apartó del equipo. Amancio no tardaría en caer tras perder un nuevo partido en Valencia. Su sustituto fue el apagafuegos habitual Luis Molowny, un interino que siempre dio muy buenos resultados al Real Madrid, en las diversas etapas que se recurrió a él para solventar crisis de resultados (con anterioridad había sustituido a los cesados Miguel muñoz. Milian Miljanic o Vujadin Boskov y siempre consiguió títulos con los que salvar el año).
Lo cierto es que esta graves crisis institucional y deportiva tuvo un final feliz: contra todo pronóstico en Real Madrid hizo un partidazo en la vuelta y eliminó al ultradefensivo Inter con dos goles de Santillana y uno de Míchel. Nadie se explicaba la transformación del equipo en un par de semanas, pero eran los años de las remontadas en el Bernabéu, las noches mágicas tantas veces invocadas desde entonces. El Madrid jugaría la final ante el asequible Videotón húngaro y la ganó sin muchas complicaciones, de forma que De Carlos pudo despedirse con la cabeza alta, con el primer título europeo en casi 20 años. La temporada siguiente, ya con Ramón Mendoza en la presidencia el equipo inició un periodo extraordinario. Por su parte Amancio Amaro no volvería a entrenar, dedicándose a sus negocios particulares. Su paso por el banquillo blanco fue triste pero con los años se le reconocería el mérito de confiar en jóvenes valores que dieron mucho jugo en los siguientes años.  Lozano saldría del club, Juanito fue perdonado y rehabilitado por Molowny, convirtiéndose en un jugador importante, especialmente en las noches de competiciones continentales antes referidas, y Butragueño y Valdano apenas sufrieron desgaste por el incidente.

domingo, 1 de febrero de 2015

PIZO GÓMEZ, MÍCHEL Y GORDILLO: UNA RIVALIDAD MAS ALLÁ DE LOS TERRENOS

A lo largo de toda la historia, en determinados partidos han salta chispas entre los jugadores dentro del terreno de juego. Más extraño es que las rivalidades se extiendan durante años y lleguen incluso a fuera del campo. A finales de los 80 un jugador no muy destacado pero enormemente voluntarioso protagonizó sonados choques con algunos tótems del momento.
Pizo Gómez era un producto de la cantera de Lezama, al que Javier Clemente hizo debutar jovencísimo con el primer equipo. En el verano de 1987 el inglés Howard Kendall aterrizó en Bilbao y le comunicó que no contaba con él para esa temporada. Fichó por el Osasuna que en esos años era un club consolidado en Primera y que vivía una época dorada con ocasionales acercamientos a los puestos europeos. En esos años el Real Madrid de los Butragueño, Míchel, Sanchis, Hugo Sánchez y compañía imponía una dictadura en la Liga española en la que apenas contaba con oponentes de relevancia. Pero el modesto club navarro hacía de aldea de Axterix cada vez que se enfrentaba al Madrid y le ponía en serios aprietos en el Bernabéu y sobre todo en El Sadar, que era como se llamaba el campo del Osasuna en donde le ganó dos años seguidos (1-0 en la 86-87 y 2-1 en la 87-88). También en Madrid se le subía a las barbas con frecuencia. En 1987 un Madrid-Osasuna en que debutaba Michael Robinson terminó con gran polémica: tras un tenso y trabado encuentro el Madrid ganaba en el último minuto por un discutido penalti a Gordillo. Ya al final de ese partido se produjeron ciertos roces dialécticos entre jugadores de ambos equipos.
En enero de 1989 la vista del Real al Pamplona volvía a poner en un aprieto a los entonces entrenados por el holandés Leo Beenhakker. Precisamente un gol de Pizo Gómez adelantaba a los locales, pero al final del primer tiempo el árbitro tuvo que suspender el partido por el continuo lanzamiento de bengalas y petardos a Buyo. La suspensión del partido produjo además un áspero cruce de declaraciones entre Michel y algunos jugadores osasunistas. Cuando se reanudó el partido meses después en La Romadera de Zaragoza, volvió el lío: los bancos empataron y Osasuna se volvió a quejar del árbitro por no señalar un derribo en el área blanca y obviar un codazo de Chendo.

Pizo Gómez era de los puntales del brioso equipo navarro. Jugador de técnica limitada pero puro coraje y corazón, idóneo para un equipo guerrillero e inconformista como aquel Osasuna. Cuando su descubridor, Clemente, fue fichado por Jesús Gil para entrenar al Atlético en la temporada 89-90, recomendó su fichaje como el de su compañero Bustingiorri o el de “Tato” Abadía o Ferreira. El técnico de Brakaldo quería currantes sobre el campo que se identificaran con su idea del juego de defensa numantina, pelotazos largos y fortaleza física.
Los nuevos jugadores lo pasaron mal en el Manzanares. Como Gil había prometido, un año más pelear por la Liga, la presión sobre el grupo era grande y la receta del Atlético era puntos con un juego más bien pobre. El equipo era segundo en la tabla pero los aficionados y la prensa criticaban el estilo de juego de Clemente, que marginaba a jugadores técnicos como Baltazar, el máximo goleador del año anterior, a favor de sus preferidos, que derrochaban esfuerzo pero distaban de ofrecer un juego a la altura de un club como el Atlético. Gil perdió la confianza en Clemente cuando el equipo perdió toda posibilidad de ser campeón y tras su cese los fichajes del año tenían un negro futuro. Cierto día coincidieron en la carretera Gómez con Michel y Gordillo. Los madridistas, que aún guardaban el recuerdo de sus batallas con el Osasuna, se mofaron del rojiblanco diciéndole “Pizo, eres nuestro ídolo”. Unos meses después Real Y Atlético jugaron un intrascendente derby en el Manzanares (el Madrid era campeón un año más y el Atlético ya estaba en la U.E.F.A), pero el choque terminó en escándalo cuando Fernando Hierro empató en el último minuto con tremendo gol de una falta dudosa. Durante el partido volvieron los roces entre los tres protagonistas del “incidente” de la carretera, y Pizo Gómez acusó a Gordillo y Michel de insultarle gravemente.
En el duelo liguero del año siguiente volvió el conflicto; el Atlético ganó 0-3 en el Bernabéu ante un Madrid que estaba en franca caída y en la segunda parte, un impotente Míchel realizaba una entrada a destiempo sobre el defensa atlético que le lesionaba de gravedad con baja por tres meses. Ya por entonces Pizo Gómez se había convertido en un pequeño ídolo de la afición colchonera por su antimadridismo declarado, además de valorar su tesón y entrega en el terreno de juego.

Un año después Luis Aragonés asumió la dirección técnica del Atlético y el vasco dejo de tener minutos con los rojiblancos. Fue cedido al Español, al que había retornado Clemente, que le seguía considerando un pilar esencial en el terreno de juego. Pero la sombra de sus conflictos con los madridistas tuvo una importancia esencial ese año. Madrid y Atlético se clasificaron para jugar la final de la Copa del Rey en el Bernabéu; Luis apeló a la motivación como elemento esencial para afrontar el choque. La mañana de la final alguien aporreó la puerta del capitán y estrella colchonera Paulo Futre, cuando ésta la abrió aún medio dormido, apareció la figura del entrenador rojiblanco. Muy serio se plantó delante de Futre y le dijo “¿Sabe los que le hicieron a Pizo hace unos años?. Se rieron y le humillaron el la carretera. Hoy tiene usted la oportunidad de vengar a su compañero”. El astro luso hizo buen uso de esa charla: esa noche cuajó una actuación excepcional, la mejor de sus cinco años como atlético, y marcó un golazo que supuso el definitivo 2-0, a favor de su equipo. La venganza de Pizo se había consumado a través de terceros.
Gómez jugó una temporada más como cedido en el Rayo Vallecano para luego regresar al Atlético por breve espacio de tiempo, para realizar otro regreso; esta vez al Osasuna, el club en donde quizá vivió sus mejores años. Con sus limitaciones, fue un buen jugador de equipo, corajudo y capaz de jugar en cualquier posición (hasta de delantero si era preciso). Ese desagradable incidente de la carretera le dio una resonancia con la que rara vez soñó.


domingo, 12 de octubre de 2014

EL PISOTÓN DE SIMEONE CAUSA UN ESCÁNDALO.


Desde que Diego Armando Maradona fuese cazado por una entrada del central del Athletic, Andoni Goikoechea, en 1983, las relaciones entre el histórico club bilbaíno y el fútbol argentino se habían enrarecido. En el verano de 1994, el centrocampista Fernando Redondo, recién fichado por el Real Madrid, había sufrido una grave lesión en un partido amistoso en San Mamés por una fea entrada del bilbaíno Mendigueren. Redondo no era Maradona, pero sí uno de los puntales del fútbol argentino de esos años. por descontado Desde Bilbao se solía responder que el fútbol de esos lares de más allá de los mares siempre fue el más sucio y violento. Lo cierto es que se percibía una cierta tensión entre los argentinos y San Mamés.
En la temporada 1996-97 el Atlético de Madrid de Radomir Antic visitaba la Catedral. Era el campeón vigente, aunque su juego no estaba a la altura del ejercicio anterior. En su centro del campo Diego Pablo Simeone ejercía de pulmón del equipo, con su extrema competitividad, sus incorporaciones al ataque y su liderazgo sobre el campo. En los locales la estrella indiscutible era Julen Guerrero, un fino media punta con gran olfato de gol que se había convertido en un ídolo deportivo y social, dado se enorme éxito entre las adolescentes de toda España. Una especie de precedente del David Beckam. El Athletic estaba entrenado por Luis Fernández, francés de origen español, integrante de la mítica selección gala de mediados de los 80, técnico impulsivo y con gran conexión con la grada que había rescatado al equipo de una crisis de resultados (el año anterior había coqueteado por primera vez con el descenso).
El partido era competido e intenso. En un momento dado de la primera parte Simeone y Guerrero pugnan por un balón cerca del banderín de córner- El vasco intenta arrebatar la pelota a Simeone y ésta la protege con su cuerpo. Sin embargo, se ve a Guerrero quejarse con bastante vehemencia. El partido está siendo retrasmitido por Canal Plus y las cámaras muestran una herida sangrante en el muslo del jugador del Athletic, es una escena muy impactante y la repetición a cámara lenta demuestra que Simeone ha dado un pisotón intencionado sobre el capitán bilbaíno, que pese a todo pudo seguir jugando. El encuentro terminó con empate a uno y en la rueda de prensa continuó la bronca: Antic se quejó amargamente  de la labor del colegiado. Luis Fernández, que ya había protagonizado algunos encontronazos en la reciente visita del Barça a La Catedral, hizo mofa de las quejas del serbio colocando unos pañuelos clínex en la sala de prensa y diciendo “creo que alguno que ha pasado por aquí ha llorado mucho”.
Las imágenes de televisión eran lo suficientemente nítidas y una ola de críticas se lanzaron sobre el centrocampista argentino que, además, no mostró ningún tipo de arrepentimiento por su acción. Declaró que lo que ocurría en el campo ahí debía quedarse, un código no escrito seguido por bastantes jugadores que consideran que la tensión a la que se vive un encuentro provoca encontronazos que luego deben de olvidarse. Guerrero y el Athletic no eran de la misma opinión y como Simeone no había sido expulsado (el árbitro no vio el lance), mandaron una denuncia al Comité de Competición con el video de las imágenes para que este actuara de oficio contra el atlético, al que le cayeron cuatro partidos de suspensión. Jesús Gil se enfadó con la postura bilbaína y recordó que bien distinta había sido la posición del club vasco en los ya referidos casos de Maradona y Redondo, que además habían acabado en graves lesiones, en Bilbao respondieron que esos lances eran consecuencia lógica del juego, y no unas agresiones intencionadas.
Lo cierto es que el tema trajo mucha cola y dio lugar a un debate muy intenso sobre cómo se debía de actuar ante situaciones de violencia sobre el terreno de juego que no podían ser atajadas por los colegiados. Simeone y el Atlético defendieron que, entonces, cada fin de semana se debía estar pendiente a los codazos, agresiones o escupitajos que ocurrían con frecuencia en un campo y que pasaban desapercibidas o se denominaban “lances del juego”. De hecho, unos meses más tardes, el propio Simeone fue pisado de forma alevosa por el defensa barcelonista Couto, en un partido de Copa del Rey. La acción era la misma, aunque la herida que le fue causada no fue tan aparatosa ni grave como la de Guerrero. El argentino fue consecuente consigo mismo y no denunció el caso ni habló de él, "lo que sucede en el campo, allí debe de quedar". Pero desde entonces su futuro en el Atlético quedó sellado, ya que el fútbol español le señaló como jugador marrullero, seguidor del ideario “bilardista” (Carlos Salvador Bilardo, excampeón del Mundo con Argentina fue cazado por las cámaras de televisión cuando entrenaba al Sevilla en la temporada 92-93, en el momento en el que, indignado, porque el utilero del Sevilla atendía a un jugador rival, bramó desde el banquillo “al contrario pisarlo, pisarlo”) y además sus relaciones con Radomir Antic no pasaban su mejor momento. El entrenador serbio, hizo limpieza en el vestuario a final de año y recomendó el traspaso de Simeone, con el argumento que se trataba de un jugador estigmatizado en España.
Simeone y Guerrero nunca conversaron para aclarar el incidente. Las dos posturas no encontraron punto de encuentro, aunque no cabía la menor duda que la agresión había partido del argentino, un gran jugador, pero cuya feroz competitividad le llevaba a adoptar detalles de mal gusto deportivo, siguiendo una línea poco edificante del fútbol de esas tierras; siempre ha sido y será una figura adorada por la afición para la que trabaja y odiada por los contrarios. Después, triunfó en Italia como jugador y hoy en día es uno de los mejores entrenadores del mundo (si no el mejor si se atiende a éxitos deportivos en relación con los medios de los que dispone). Guerrero siguió siendo la referencia del Athletic durante varios años. Había decido hacer su carrera en el club de sus amores a pesar de los cantos de siena que le llegaron, sobre todo al comienzo de su carrera de otros equipos punteros de España o Europa. Sus últimos años fueron algo oscuros, aunque ha quedado como uno de los grandes de la historia del Athletic, pese a no conseguir título alguno


sábado, 11 de octubre de 2014

LA FINAL DE COPA TERMINA COMO EL ROSARIO DE LA AURORA


El 5 de mayo de 1984 el estadio Santiago Bernabéu estaba abarrotado por la disputa de una final copera de tronío: Athletic de Bilbao contra Barcelona, en realidad los dos grandes clásicos de la competición. Como casi siempre suele ocurrir la Copa había ocupado un papel secundario hasta la gran final, convertida en uno de los momentos culminantes del año futbolístico y más con dos históricos de por medio.
La final venía cargada por una semana previa de declaraciones poco edificantes. El origen de las mismas se había producido a comienzos de temporada, cuando en la segunda jornada de Liga el Barça goleaba por 4-0 al Athletic pero sufría la grave lesión de su gran estrella, Diego Armando Maradona, por una durísima entrada del central bilbaíno Andoni Goikoechea, que le fracturó el ligamento. Esa entrada provocó un cruce de acusaciones entre las dos entidades que no se calmó a lo largo del año. Desde Barcelona se acusó al Athletic de recurrir a la violencia, y se recordó que el mismo jugador había lesionado la Schuster de gravedad dos años antes. De hecho, el origen de la reacción del central pudo venir de una entrada por detrás del alemán en la segunda parte con claro olor a vendetta, aplaudida por el público y que llenó de ira al internacional vasco que quizá pagó los platos rotos con Maradona. Desde San Mamés se defendió a su futbolista, que estaría estigmatizado toda su carrera por haber lesionado al mejor jugador del mundo. Los dos entrenadores el argentino Menotti y el joven Javier Clemente se profesaban además gran antipatía mutua por defender estilos de juego muy divergentes y el sudamericano insinuó elementos racistas en las declaraciones de su oponente, que apelaba a la “raza” de sus jugadores. Ya el partido de vuelta de Liga en Bilbao había sido trabado y, encima, se había resuelto con dos goles de Maradona que había regresado a tiempo para su venganza particular.Incluso Schuster declaraba que  jugar en Bilbao era como ir a la guerra de Corea.
El Bilbao había ganado la Liga una semana antes, la segunda consecutiva, y el Barça había quedado a un solo punto. Existía ánimo de revancha, puesto que en el entorno culé se consideraba que la lesión del astro albiceleste, con el que no se pudo contar durante casi tres meses, había sido clave en el desenlace liguero. Maradona tenía problemas con la directiva azulgrana, no se tragaba con Núñez, y había empezado sus peligrosos coqueteos con la droga. En realidad, el club, al que le habían llegado noticias de la disoluta vida del argentino, barajaba seriamente desprenderse de él. El futbolista no olvidaba además su calvario tras la lesión y declaró que “en el Bilbao no tenía sitio el jugador que no supiese dar patadas” .Como el entonces joven Clemente, además ebrio por el nuevo triunfo liguero, no se caracterizaba por su incontinencia verbal respondió de forma poco conciliadora: “Maradona es un imbécil, como persona deja mucho que desear por buen jugador que sea” y que “brindarían con cava catalán su ganaban la Copa”.
El partido nacía pues caliente. No había un pronóstico claro, ya que el Barça había ganado los dos choques ligueros) y ostentaba un juego más técnico. Incluso aparecía con cierto favoritismo. Pero los de Clemente estaban plenos de fuerza y seguridad en sí mismos tras el triunfo liguero y sorprendieron con un pressing muy fuerte desde el inicio. A los 13 minutos un centro de Argote era rematado al fondo de las mallas por Endika, un jugador limitado pero efectivo de cara al gol, que había condenado la suplencia al ídolo de San Mamés, Sarabia. La primera parte fue de superioridad rojiblanca y el  Barça no encontraba su juego.
En la reanudación los de Menotti tomaron el mando del partido, pero se mostraban impotentes para superar el muro defensivo bilbaíno. A medida que pasaban los minutos el juego se endurecía y aparecían viejas rencillas sobre el terreno de juego. Schuster tuvo que ser expulsado por devolver a la grada un bote de cerveza que le había caído desde la zona de seguidores bilbaínos. En la recta final del partido las interrupciones y el juego subterráneo se apoderaron definitivamente de la contienda. Maradona hizo una piscina en el área de Zubizarreta y se encaró con los defensores bilbaínos. Fue el prolegómeno de un lamentable desenlace: cuando el árbitro pitó el final del partido con 1-0 a favor del Athletic, el defensa Núñez hizo un corte de mangas al argentino, que respondió con un cabezazo. Sola, un suplente, vio la acción y se dirigió hacia Maradona, pero resbaló en el camino, y el barcelonista le dio una patada que le dejó conmocionado. Goikoechea y otros jugadores rojiblancos se dirigieron como posesos contra Maradona y le agarraron por el cuello. Migueli y Clos salieron en defensa de su compañero y todo terminó en una monumental tangana delante de una familia real atónita que además veía como la policía tenía que cargar contra aficionados que había tirado una valla. El tema se apaciguó y el capitán Dani, pudo recoger la Copa del Rey que acreditaba el doblete bilbaíno. Por descontado que la guerra continuó en la rueda de prensa, con cruce de descalificaciones entre unos y otros.

Después de ese espectáculo el Barcelona decidió el traspaso de Maradona al Nápoles italiano, donde triunfaría hasta su bajada definitiva al infierno de la droga. Curiosamente, el año siguiente el equipo azulgrana lograría, al fin, ganar la Liga con el inglés Terry Venables en el banquillo. Por su parte, Golikoechea no pudo quitarse nunca el sambenito de haber sido el jugador que lesionara gravemente a uno de los mejores jugadores de la historia, y hasta algunas encuestas le señalaron como el jugador más violento de la todos los tiempos, su gran trayectoria en el Athletic y en la propio selección española (39 partidos internacionales) quedó algo manchada. Menotti volvería a España, concretamente al Atlético, y se volvió a enfrentar a Clemente, esta vez en el Español. Los dos volvieron a la gresca y al cruce de descalificaciones, y el argentino ganó en esta ocasión (0-2 en Sarriá), aunque sería cesado meses después. Como curiosidad hay que destacar que en aquel equipo madrileño que ganó al Español de Clemente jugaba,,,,,,,,Andoni Goikoechea fichado por Jesús Gil ese verano.


viernes, 3 de octubre de 2014

FABIO CAPELLO, EL ESCÉPTICO TRIUNFADOR


Fabio Capello, había continuado la racha de éxitos de Arrigo Sacchi al frente del Milán de Berlusconi. De 1991 a 1995 el sucesor del gran innovador del fútbol europeo ganaría cuatro Ligas Italianas y llevaría al Milán a tres finales consecutivas de la Copa de Europa. Aunque sólo ganó una de ellas, la misma fue inolvidable, un memorable 4-0 al Barça de Koeman, Sotoichkov y Romario. Capello adquirió en esos años fama de ser un entrenador duro, capaz de dirigir con mano de hierro a las figuras milanistas, pero al mismo tiempo sacar de ellas el máximo rendimiento.
Lorenzo Sanz accedió a la presidencia del Madrid en 1995, sin ganar las elecciones y por la dimisión de Ramón Mendoza, agobiado por la crisis económica y los malos resultados. El dinero de los contratos televisivos le permitió preparar un gran equipo para la temporada 1996-97 con jugadores como Suker, Mijatovic, Roberto Carlos o Seedorf. Con estos fichajes calmó a una afición que le miraba con recelo por  haber llegado a la poltrona blanca sin pasar por las urnas y más aún cuando en una temporada desastrosa el equipo no se había clasificado ni para la Copa de la UEFA. Para dar más lustre a su proyecto echó las redes sobre el prestigioso entrenador italiano, que vio con agrado el desafío: en Milán lo había ganado casi todo y triunfar en un histórico como el Real Madrid sería un tanto muy a tener en cuenta en su carrera.

Capello llegó a Madrid pero, sorprendentemente, desde el inicio empezó a mostrar escepticismo sobre una plantilla muy lustrosa, pero él venía de un club que en su día reunió a lo mejor del fútbol europeo y nada le parecía suficiente. Insistió al presidente en fichar más jugadores, con lo que llegaron el portero Bodo Illgner y el defensa italiano Pànucci. El Real Madrid se erigió en líder de la Liga gracias a un juego no muy brillante pero  efectivo, asentado en el poderío de su letal tripleta atacante: Mijatovic, Suker y Raúl. Los triunfos se sucedían aunque no pocas voces señalaban que el juego madridista no estaba a la altura de los grandes jugadores que tenía. El que menos creía en su equipo era, curiosamente, el entrenador: en privado dudaba de la auténtica calidad de alguno de sus jugadores y consideraba que la plantilla era corta y que esa temporada se estaba salvando por no jugar en Europa y ser eliminados a primeras de cambio por el Barça en la Copa. En enero empezaron a llegarle cantos de sirena de Milán, su viejo patrón, Berlusconi, le ofrecía volver al club de sus amores que había entrado en crisis. Capello decidió aceptar la oferta del rey de la televisión europea y dijo a Lorenzo Sanz que le permitiera dejar el Madrid a fin de año, a pesar de haber firmado por tres. El tema se filtró a la prensa y provocó una conmoción en la afición y el equipo; de hecho dos derrotas consecutivas en Barcelona y Bilbao pusieron en peligro una Liga que parecía segura, pero que al final se consiguió, en parte por un sorprendente tropiezo del Barcelona en campo de un ya descendido Hércules de Alicante. El entrenador dejó Madrid con la sensación de ser un técnico muy capacitado pero cuyo juego italianizado no acababa de gustar, y que en cierto modo había menospreciado al Real Madrid, al dejarlo plantado para volver a Milán, en donde las cosas no le irían muy bien por cierto.

Una década después se repitió la historia. Ramón Calderón llegaba a la presidencia del Madrid y optó por contratar al italiano como antídoto para los vicios de la reciente historia blanca: en las tres últimas temporadas el Madrid de los “galácticos” de Florentino Pérez, en el que marketing primaba sobre lo deportivo, no había sumado ni un solo trofeo a las vitrinas del equipo a pesar de un gasto monumental en fichajes. Capello debía devolver la ética del trabajo y la seriedad frente a los divismos propios del trienio anterior. Se contrataron jugadores del gusto del italiano como Fabio Cannavaro y el brasileño Emerson, trabajadores en vez de figuras y el perfil del equipo se hizo más sacrificado y menos glamuroso. Entonces el Barça vivía una especie de preámbulo a la gran era dorada de Guardiola, y había hecho doblete el año anterior (Liga y Champions) con futbolistas como Etoo, Ronaldiho, Deco, Valdés, Xavi y un jovencísimo Iniesta, mostrando un juego muy vistoso, y en realidad su equipo parecía bastante superior al blanco.
La primera vuelta no dio muchas expectativas al madridismo, el juego del equipo era más bien pobre y aunque no se perdía la cabeza de la Liga , nada hacía esperar grandes resultados, ni que se pudiera competir con el Barça. El invierno fue muy duro en Chamartín: se caía en octavos de final de la Champions ante el Bayern, el Betis les eliminaba de la Copa y hasta el modesto Levante asaltaba el feudo blanco (0-1). Tras esa debacle, el italiano comunicaba a la directiva que con ese equipo, apenas se podía aspirar a un tercer o cuarto puesto. Se pensó seriamente en su cese, pero el alto salario que cobraba frenó la decisión. El Madrid visitaba el Camp Nou y los negros presagios vaticinaban un baile culé. Para sorpresa de todos el Real Madrid hizo un gran partido y debió ganar el mismo, sólo un triplete de Messí,  con un último gol en el tiempo de descuento, permitió el empate (3-3). Entonces el Barcelona empezó un extraño proceso de descomposición, manifestado en el choque de egos de entre sus figuras, en especial entre Etoo y Ronaldiho y en la apatía y falta de compromiso de sus jugadores que el entrenador Rijkaard, no supo frenar. Los culés fueron perdiendo puntos incomprensibles y el Madrid, sin mucho juego pero apelando a la épica y el esfuerzo, llegó al final de campeonato con posibilidades reales de ganarlo. En la penúltima jornada el Barça recibía al Espanyol y el Madrid visitaba Zaragoza. A empate de puntos los de Capello ganaban la Liga y esa era la situación del momento. En Zaragoza se consiguió un agónico empate a dos, pero en el Camp Nou el Barça ganaba 2-1; entonces llegó el gol in extremis del capitán españolista Tamudo que dejaba en bandeja el campeonato a los de Capello, que no fallarían en case frente al Mallorca (3-1). Aun así el entrenador abandonaría el Madrid a final de año.
Tal y como había pasado diez años antes el técnico ganó una Liga muy esforzada, aprovechándose de los regalos de un Barça en apariencia superior, pero de indudable mérito dadas las circunstancias por las que había pasado el equipo. Y como sucediera la anterior vez salió del mismo al final de temporada porque, en el fondo, y a pesar del éxito, nunca llegó a sentirse cómodo ni a confiar plenamente en sus jugadores.

HERREROS DÁ EL SALTO CON POLÉMICA


La existencia del Estudiantes ha venido marcada siempre por la fuga de sus mejores activos al Real Madrid de Baloncesto (los hermanos Ramos, Fernando Martín, Antúnez, Felipe y Alfonso Reyes…..), algo que, por otra parte, le ha permitido hacer frente a las dificultades de una economía siempre precaria, aliviada por el dinero de esos traspasos. Pero una de esas fugas a mediados de los 90 generó una gran polémica y no fue otra que la de Alberto Herreros.
Herreros era un alero tirador de grandes registros anotadores desde su debut en la temporada 1988-89, uno de esos productos de la interminable factoría del Ramiro de Maeztu que a comienzos de la nueva década se erigía como el más que probable sucesor del mítico Epi en la selección. En la temporada 1991-92 el Estudiantes, dirigido por Miguel Angel Martín y “Pepu” Hernández y de la mano del propio Herreros, Nacho Azofra, Ricky Wislow y John Pinone entre otros, pasó a formar parte de la élite del basket español conquistando la Copa del Rey (tras ganar a Real Madrid, Juventud y al Cai Zaragoza en la final) y llegando a la “Final Four” de la Copa de Europa en Estambul.
Como consecuencia de esta gran temporada el entrañable club madrileño (símbolo eterno del deporte que no aspira a ganar sobre todas las cosas) llego a plantearse a dar el salto a cotas deportivas más ambiciosas puesto que estaba asentado entre los cuatro primeros equipos de la Liga. Durante esos años, la figura de Herreros no dejaba de crecer y muchos le consideraban como el mejor jugador español, en una época, por otra parte, no muy brillante en cuanto a talentos baloncestísticos nacionales, después de la explosión de los Corbalán, Epi, Solozábal, Jiménez o Martín. “La Demencia” le tenía como ídolo indiscutible ya que se había criado en las entrañas de la institución, manifestaba que no estaba interesado en ofertas procedentes de los grandes de Europa y encima, era reconocido seguidor del Atlético de Madrid; el estudiantil perfecto, sin duda.
Pero el Estudiantes no fue capaz de superar el techo de las semifinales de la Liga ACB (perdió cuatro consecutivas) ya que siempre topaba con Madrid, Barça o Juventud y Herreros empezó a  ver claro que el poderío económico, especialmente de los dos clásicos futboleros, era inabordable para los del Ramiro, de tal forma que si quería ganar títulos no tendría más remedio que cruzar el charco. Además, en privado, acusaba a la directiva de carecer de auténtica visión de futuro y ambición ganadora. Tras renovar al alza en 1995, con sueldo impensable para un jugador de Estudiantes (80 millones anuales) una nueva derrota en semifinales ante el Barça (la quinta perdida en seis años) le hizo llegar a la conclusión que su futuro estaría lejos del equipo que le vio crecer.
Pedro Ferrándiz, el viejo y laureado entrenador blanco ejercía de manager de sección de Baloncesto madridista, y se encargó de convencer al jugador que debía apostar fuerte para salir de Estudiantes y fichar por el Madrid. Para ello, Ferrándiz lanzó un órdago: Herreros se acogería al Real Decreto 1006/85 para rescindir su contrato y firmar por los madridistas. La utilización de esa vía para romper contratos con indemnización al club de origen, era habitual en el fútbol desde hace años (las famosas clausulas), pero en la ACB no se usaba en virtud de un convenio de la misma con el sindicato de jugadores; utilizarla suponía una vulneración del acuerdo que amenazaba la carrera del alero ya que la ACB, en un principio, se negó a tramitarle la ficha en caso de que firmara por el Real. Por otra parte, el uso de esa figura legal enfadó mucho al Estudiantes, harto del secuestro de sus mejores activos por el poderoso club blanco, y los directivos estudiantiles acusaron a Ferrándiz de malas artes y falta de ética.
La situación se atascó y generó una gran polémica. Herreros aseguraba que no volvería a vestir como jugador estudiantil y que bastante había hecho por el club a cambio de casi nada. Estudiantes no daba su brazo a torcer y se negaba a negociar. Lorenzo Sanz acababa de llegar a la presidencia del Real Madrid y también aspiraba a un baloncesto poderoso, pero ese marrón no suponía un plato de buen gusto, ya que enfrentaba al Madrid con la ACB. Sanz tuvo que ofrecer la cabeza de Ferrándiz para poder salir del entuerto que se había creado (además el legendario técnico tenía varios enemigos en su propia casa que le acusaban de haber empeorado todo por insistir en usar el famoso decreto) y una vez destituido, el Estudiantes aceptó negociar: Herreros jugaría en el Real Madrid por un traspaso record de 230 millones de pesetas, una cifra inédita en el mundo del baloncesto. De hecho el asunto fue un buen negocio para Estudiantes y quizá no tanto para el Madrid.
Durante años el resquemor entre Herreros y el club que le formó como jugador y persona fue evidente y poco disimulado; tras un accidentado derby que acabó en tangana el jugador declaró contra su antiguo equipo  es que son muy graciosos y se les consiente todo”. El gran alero, por otra parte, vivió un periodo oscuro en cuanto a triunfos deportivos con el Real Madrid. Los títulos fueron bastante más escasos de los que el mismo supuso que iba a ganar, puesto que la sección de baloncesto blanca no encontró su rumbo durante varias temporadas. Cada vez que visitaba la cancha estudiantil la “Demencia” le cantaba con recochineo “¿Dónde están los trofeos, Alberto?”.En realidad Herreros fue una metáfora de un baloncesto hispano que pasó un largo periodo de oscuridad hasta la llegada de la generación de oro; un excelente jugador que  tuvo la mala suerte de vivir una época poca lustrosa de su club y su selección, pero al que el destino dio una jugosa revancha; en su último partido como profesional un triple suyo daba la Liga al Real Madrid ante el TAU de Vitoria tras un increíble remontada en el último minuto (69-70), el final de carrera soñado por todo jugador que consiguió mitigar, al menos en parte, las frustraciones del pasado.

jueves, 2 de octubre de 2014

ARTECHE SE ENFRENTA A GIL


Juan Carlos Arteche era un defensa central más bien tosco que debutó en el Racing de Santander bien entrada la década de los 70. En la temporada 1977-78 se consolidó definitivamente en el equipo cántabro que por aquel entonces dirigía el vasco Jose María Maguregui. Una temporada más tarde dio el salto al Atlético de Madrid, con apenas 21 años, y pasó a formar parte de un equipo destacado en el que jugaban jugadores de peso en la época como Rubén Cano, Luiz Pereira, Ayala o Marcial. Sus comienzos no fueron fáciles y buena parte de público y prensa pensaban que se trataba de un central con bastantes carencias técnicas para un equipo de élite como era el Atlético de esos años. Pero gracias a su tesón y esfuerzo, y quizá influenciado por jugar alado de uno de los mejores liberos del mundo del momento, el brasileño Pereira, fue puliendo defectos, aunque su principal arma era sin duda su fortaleza y hasta en ocasiones, dureza, propia de los centrales de la época.
Desde la temporada 1980-81 Arteche se erigió en indiscutible para todos los entrenadores del equipo rojiblanco y en uno de los jugadores favoritos de la afición por su entrega y pundonor. En noviembre de 1983 protagonizó un momento memorable cuando dos goles suyos en la recta final del partido supusieron la remontada de un partido ante el Betis en el Calderón (4-3), y más cuando en el segundo de ellos, en la caída que siguió a su bravo remate de cabeza, el número 4 arlético se rompió el menisco. Vicente Calderón le impuso la insignia de oro y brillantes del club. Unos años más tarde, la selección llamó a sus puertas cuando ya casi rozaba la treintena y aunque de nuevo una seria lesión frenó su proyección internacional (sólo jugó 4 partidos con España), esa llamada de Miguel Muñoz pudo considerarse como el colofón a una carrera en la que muchos no creían demasiado en sus comienzos.

Cuando Jesús Gil y Gil llegó a la presidencia del club en 1987, señaló al cántabro como el ejemplo a seguir por todos y la referencia del Atlético que aspiraba a conseguir. Le subió la ficha de 11 a 22 millones de pesetas anuales y tras la salida del equipo de Ruiz, fue nombrado capitán. Pero el nuevo cargo le traería más disgustos que satisfacciones a Arteche. Cuando los resultados de la primera campaña empezaron a no ser los esperados, un inquiero Gil empezó a criticar a los jugadores en público, a los que acusaba de ser poco profesionales y demasiado aficionados a la vida nocturna. En su condición de capitán del equipo, Arteche respondió defendiendo la integridad de la plantilla. Al dictatorial mandatario no le gustó que se le llevase la contraria de forma expresa y ya en un partido en la primera vuelta en San Sebastián, le hizo la primera amenaza al jugador: si volvía a replicarle tendría problemas.
Una serie de buenos resultados calmaron la situación (entre ellos un famoso 0-4 en el Bernabéu con gran partido de Arteche en la defensa) pero al comienzo de la segunda vuelta el equipo perdió el tren de la Liga y Gil cesó al entrenador, Menotti, y le sustituyó por Armando Ufarte, vieja gloria de la casa, al tiempo que contrataba a Maguregui, el entrenador que había hecho debutar a Arteche en primera división, para la próxima campaña. Pero el mandatario quiso que Ufarte aceptara las intromisiones de Maguregui en la dirección, a lo que el viejo extremo rojiblanco se negó, con el consiguiente cese al cabo de solo tres jornadas al frente del equipo. Esta circunstancia motivó la reacción de la plantilla colchonera, que en una dura nota pública recriminó al presidente Gil su actitud y defendió la profesionalidad de Ufarte.
Gil señaló a los culpables del motín y estos no eran otros que los veteranos del equipo: Quique Ramos, Setién, Landáburu y, por supuesto, Arteche como capitán y líder de la rebelión. Todos ellos fueron despedidos a fin de temporada y los mismos entablaron pleitos contra el club por despido improcedente. Arteche no quería irse, sin embargo, de la que era su casa y trató de arreglar el continuar en el equipo aunque por menos ficha. Como el entrenador Maguregui, consideraba que aún podía ser un jugador aprovechable, Gil y el futbolista firmaron una tregua, aunque, eso sí, el cántabro renunciaba al cargo de capitán del equipo que ostentaría la figura protegida por Gil, Paulo Futre.
Pero el comienzo de temporada 1988-89 fue desastroso. Tres derrotas consecutivas en Liga y eliminados de la Copa de la UEFA por el modesto Groninhem holandés. Maguregui perdió el control de la situación y tras un derrota estrepitosa en el Sánchez Pijuán de Sevilla (4-1) recibió orden de Gil de no volver a contar con Arteche, que no había tenido su mejor tarde. Semanas después caía el entrenador y parecía que un halo de esperanza se abría para el defensa, que seguía siendo un jugador de carisma en la plantilla y la afición. Pero días después de ser cesado Maguregui, Arteche acudió al programa de Antena 3 de José María García y fue entrevistado por el locutor Gaspar Rosetti. No es que en la entrevista dijera cosas muy fuertes, pero sí dejó clara su postura crítica respecto de la situación del equipo y que quizá se contaba con peor plantilla de lo que se había vendido (algo que, por otra parte, casi todos pensaban), con esas palabras valientes selló su destino. Unos días después, el Atlético jugaba en Málaga y un empleado de la casa, Briones, ponía el carné para el banquillo siguiendo la instrucciones de sus superiores al hacer la alineación. Cuando el equipo estaba en pleno calentamiento Gil se acercó a los jugadores para darles la mano, a todos menos a uno: al veterano defensa, al contrario, le comunicó que no volvería a jugar y que le mandaba un abogado para despedirle. El lunes siguiente Arteche fue a entrenar pero se le impidió el acceso al estadio y se le comunicó la carta de despido. No volvería a jugar al fútbol. Entabló una lucha en los Juzgados en la que ganó por goleada: el club se vio obligado a indemnizarlo con nada menos que 66 millones de pesetas. Fue un final triste e inmerecido pero al menos saldado con una jugosa compensación económica.
Arteche nunca renegó de su devoción por el Atlético de Madrid y dejó bien claro que una cosa era la entidad que se lo había dado todo y otra su presidente, del que se convirtió en feroz crítico en cualquier foro que se lo permitiera. Siempre gozó del reconocimiento y la estima de los aficionados y es considerado como una de las referencias históricas indispensables del Atlético, con más de 300 partidos oficiales. Con el tiempo protagonizaría proyectos sociales importantes que utilizaban el deporte como vía de escape a la exclusión social. Lamentablemente, un cáncer le alcanzó fatalmente, a la temprana edad de 53 años y todo el Vicente Calderón recordó la figura del gigantón que ocupó el centro de la defensa durante diez años.