sábado, 28 de febrero de 2015

TRAUMA AZULGRANA EN SEVILLA

A mediados de los años 80 aterrizó en Barcelona un entrenador inglés sin excesivo prestigio, Terry Venables, que ocupaba el puesto que en temporadas anteriores habían desempeñado nombres ilustres como Helenio Herrera, Udo Lattek o Cesar Luis Menotti. De forma sorprendente , y a pesar del traspaso de Maradona al Nápoles, el británico optimizó el rendimiento de una buena plantilla y el equipo se hizo con brillantez con la Liga 84-85, la primera desde 1974 (entonces al club le costaba décadas ganar Ligas).
No era de los mejores Barças de la historia, pero si tenía jugadores destacados del momento como Carrasco, Urruti, Víctor, Julio Alberto y Marcos Alonso y una gran figura, Bern Schuster, el mejor centrocampista de Europa que estaba en la plenitud de su carrera. En la temporada siguiente el equipo comenzó irregular y, aunque mejoró con el tiempo, no alcanzó al Real Madrid de Molowny, claro vencedor del campeonato de la Liga. De esa guisa centró sus esfuerzos en las competiciones a doble partido: llegó a la final de la Copa del Rey, en la que perdió de forma sorprendente con el Zaragoza de Luis Costa, aunque su gran sueño era la otra final que disputaría una semana y media después: la de la Copa de Europa.
Los culés hicieron una competición sobresaliente; eliminaron a dos cocos como el Oporto de un joven Futre, y al vigente campeón, la Juventus de Turín de Michel Platiní y Michael Laudrup, pero todo pareció irse al traste cuando el Gotteborg sueco vencía la ida de las semifinales por un contundente 3-0. Pero el equipo de Venables no se amilanó y en el partido de vuelta planteó un ataque total con una sorpresa en la alineación: el delantero “Pichi" Alonso que ese año había jugado mas bien poco. El ariete tuvo su noche mágica con tres goles de oportunismo, y se llegó a la tanda de penaltis en las que, ante el delirio del Camp Nou, el Barça ganó por 4-3.

Como al Barcelona le costaba tanto ganar Ligas y la Copa de Europa entonces sólo estaba reservada a los campeones del torneo de la regularidad, no eran muchas las oportunidades de ganar el preciado trofeo para los de la Ciudad Condal. En las dos anteriores ocasiones que la habían disputado rozaron el título: en 1961 llegaron a la final contra el Benfica pero perdieron por 3-2 en un partido en el que los Kubala, Luis Suárez y compañía estrellaron cuatro postes, y en 1975 con Cruyff el Leeds Unitds les eliminó en semifinales. En esta ocasión nada parecía interponerse para los barceloneses: el rival era el Steaua de Bucarest rumano, un sorprendente y meritorio finalista sin grandes figuras, que bastante había hecho con llegar a la final. Además el partido se jugaba en Sevilla, en el estadio Ramón Sánchez Pijuán y era la época en la que los países comunistas no permitían la salida al extranjero de sus ciudadanos con lo que todo el estadio tenía un color azulgrana. En definitiva contaba con mejor equipo y jugaba como en casa.
El día 7 de mayo de 1986 Venables alineaba a Urruti, Gerardo, Julio Alberto, Alexanco, Migueli, Victor Muñoz, Marcos Alonso, Schuster, Pedraza, Archibald y Carrasco. El partido resultó espeso; el Barça dominaba sin profundidad y los rumanos tenían claro que sus opciones pasaban por encerrarse atrás, esperar alguna contra o balón parado y, en su caso, llegar a la lotería de los penaltis. Todo el mundo pensaba que, tarde o temprano, el gol llegaría pero tal circunstancia no se produjo y el partido derivaba, inevitablemente, a la prórroga. En el minuto 85 salta la sorpresa. Venables decide meter a un defensa, Moratalla,  por nada menos que Schuster, capitán del equipo, máxima figura y especialista en el balón parado, una de las pocas opciones que parecían factibles para derribar el muro rumano. El alemán no se cree lo que le ordena su entrenador y se marcha enfadadísimo del terreno de juego. Se va al vestuario donde se cambia y decide no quedarse a ver el resto del partido. Cuando coge un taxi que le lleva al hotel, el taxista que está oyendo el partido, se queda atónito al comprobar la identidad de su viajero.
En el campo, más de lo mismo en la prórroga, ataque infructuoso del Barcelona al que no le activa ni la salida al campo del héroe de las semifinales, Pichi Alonso, y la final llega de forma completamente inesperada a los penaltis. Existe gran esperanza en Urruti, un guardameta vasco que tiene gran habilidad para detener penas máximas gracias a su agilidad y que, desafortunadamente, fallecería prematuramente en un accidente de tráfico a los 49 años en 2001. Pero en la portería contraria se presenta el enorme Helmuth Duckadam, un guardameta alto, de esos que parece ocupar la meta completa, y que son muy efectivos a la hora de afrontar las tandas de penaltis, en las que el cansancio y los nervios son los peores enemigos de los lanzadores.  Ante el delirio de la grada el meta culé detiene los dos primeros lanzamientos rumanos, pero de poco sirve porque Alexanco y Pedraza también fallan los suyos. El tercero del Steaua lo lanza su gran estrella, Lacatus, que lo transforma; por el contrario Pichi Alonso vuelve a marrar el tercero culé, una vez más detenido por Duckadam. Es turno del centrocampista Balint que no falla ante Urruti. El cuarto azulgrana le corresponde al delantero Marcos Alonso, héroe de la final de Copa del Rey ante el Madrid en 1983 con su gol en el último minuto, encara la portería y, de nuevo, el guardameta rumano lo ataja. Duckadam ha conseguido algo histórico: detener cuatro penas máximas en una final europea. Desde ese momento y para siempre será conocido como “el héroe de Sevilla” y recibido en Rumanía con honores de figura militar.

La desazón del barcelonismo fue inmensa; con todo a favor se había fallado de forma incomprensible , cuestión más dolorosa si se tiene en cuenta la entidad de los rivales que había dejado en la cuneta y que el otro finalista no parecía tan fiero. Se vuelven a reeditar fantasmas del pasado que asemejan a la entidad como un eterno perdedor de grandes citas y un Núñez frustrado busca un responsable: Bern Schuster, al que acusa de deslealtad e indisciplina y asegura que nunca volverá a vestir de azulgrana. Lo cierto es que el alemán no tuvo su mejor noche, pero su cambio por un jugador menor a falta de cinco minutos para el final pareció una irresponsabilidad del entrenador
Se tardó años en olvidar esa infausta noche que ha pasado a la historia como acaso la más triste del centenario club catalán.


martes, 10 de febrero de 2015

LA NOCHE DE MILÁN

En la temporada 84-85 las cosas no rodaban demasiado bien para el Real Madrid. Amancio Amaro, vieja figura de los 60 y 70 y uno de los jugadores españoles más destacados de la historia del Madrid, había ascendido como entrenador después de ganar la Liga de segunda división con el Castilla, en el que despuntaron los integrantes de la “Quinta del Buitre”, que ya habían debutado en esa misma temporada con el primer equipo con excepción de Míchel. Con el gallego se produjo el último ascenso para que el grupo se completara en el primer equipo, aunque Pardeza jugaría todavía bastante con el filial.
Amancio tuvo mala suerte de toparse con un Madrid en plena transición generacional y cuyos valores más seguros Santillana, Stilike, Juanito o Gallego no atravesaban su mejor momento. Durante los primeros años 80 sólo una Copa del Rey había llegado a las vitrinas de Concha Espina lo demás todo subcampeonatos: tres de Liga, uno de Copa de Europa y otro de Recopa nada menos, el Real siempre estaba ahí pero casi nunca concluía. Amancio apostó por los jugadores jóvenes a los que él había entrenado, lo cual le causó  fricciones en el vestuario con pesos pesados como Juanito o Gallego, cuyos enfrentamientos con el técnico trascendieron a la prensa. Tras una aceptable primera vuelta el equipo perdió el tren de la Liga que ganaría con soltura el Barça, y fue eliminado de la Copa. Sólo quedaba el cartucho de la Copa de la U.E.F.A para salvar el año y en esa competición el Madrid, sorprendentemente, había rendido a gran nivel. En semifinales tocó un viejo conocido, el Inter de Milán; no eran los mejores tiempos del equipo interista pero contaba con un combinado con numerosos internacionales y jugadores brillantes como el delantero Altobelli, el prometedor portero Walter Zenga, el defensa Bergomi o Rummenigge, aunque éste último estaba en la recta final de su carrera y muy mermado por las lesiones.

El Madrid acudió al partido de ida en Milán en plena depresión: en una semana del Athletic de Bilbao le había eliminado de la Copa y el Atlético le había ganado 0-4 en el Bernabéu. Amancio era permanentemente cuestionado y sus relaciones con algunos jugadores de peso eran bastante malas, sólo los jóvenes como Butragueño, Martin Vázquez o Míchel creían el él. En San Siro, ante un ambiente enardecido, el Inter, sin hacer nada del otro mundo, obtuvo un resultado confortable para la vuelta: 2-0. El Madrid volvió a ser una sombra en el terreno de juego y su caída libre no parecía tener fin.
Tras el partido los jugadores volvieron apesadumbrados al Hotel de concentración. Pero algunos decidieron superar la derrota a su manera. Jorge Valdano, delantero fichado del Zaragoza, quedó a cenar con Ramón Mendoza, entonces candidato a la presidencia del Real Madrid, y según aseguraría José María García durante años se dedicó a poner mal a Amacio de todas las formas posibles. Con posterioridad, había concertado ver a Menotti, ex entrenador del Barça y de la selección argentina con el que mantenía una gran amistad y ,además, convenció a Butragueño para que fuese a esa cita. Menotti sonaba desde hace tiempo como sustituto de Amancio, cuyo cese estaba cantado, y según declararía Mendoza después, se postulaba de forma insistente para entrenar al Real. (“Me lo encontraba hasta en la sopa”, llegó a decir el futuro presidente blanco). Cuando Valdano y Butragueño volvieron al hotel, cerca de las cuatro de la madrugada, se dieron cuenta con que en una habitación cercana había bastante alborozo. Intrigados llamaron a la puerta y cuando ésta se abrió se encontraron con dos jugadores blancos, Juanito y Lozano, acompañados por dos jóvenes italianas a las que habían conocido esa misma noche tras el partido, con ganas de juerga. En ese momento el técnico Amancio hacía una inspección sorpresiva por las habitaciones y descubrió el pastel.

Juanito y Lozano (un jugador belga de orígenes españoles que había costa 200 millones de pesetas en el año 83, una cifra considerable para la época, sin aportar mucho rendimiento) había sido dos de los jugadores que peor relación habían tenido con Amancio. El entrenador redactó un informe completo a su vuelta a Madrid en el que no dejaba títere con cabeza, convencido que no tenía futuro en el banquillo merengue y que los malos resultados eran consecuencia del boicot que sufría por parte de la plantilla. En entonces presidente, Luis de Carlos, cansado por años de escasos resultados deportivos y superado por los acontecimientos, había decidido poner fin a su mandato y se proponía convocar elecciones. Butragueño y Valdano fueron sancionados económicamente y a Juanito y Lozano se les apartó del equipo. Amancio no tardaría en caer tras perder un nuevo partido en Valencia. Su sustituto fue el apagafuegos habitual Luis Molowny, un interino que siempre dio muy buenos resultados al Real Madrid, en las diversas etapas que se recurrió a él para solventar crisis de resultados (con anterioridad había sustituido a los cesados Miguel muñoz. Milian Miljanic o Vujadin Boskov y siempre consiguió títulos con los que salvar el año).
Lo cierto es que esta graves crisis institucional y deportiva tuvo un final feliz: contra todo pronóstico en Real Madrid hizo un partidazo en la vuelta y eliminó al ultradefensivo Inter con dos goles de Santillana y uno de Míchel. Nadie se explicaba la transformación del equipo en un par de semanas, pero eran los años de las remontadas en el Bernabéu, las noches mágicas tantas veces invocadas desde entonces. El Madrid jugaría la final ante el asequible Videotón húngaro y la ganó sin muchas complicaciones, de forma que De Carlos pudo despedirse con la cabeza alta, con el primer título europeo en casi 20 años. La temporada siguiente, ya con Ramón Mendoza en la presidencia el equipo inició un periodo extraordinario. Por su parte Amancio Amaro no volvería a entrenar, dedicándose a sus negocios particulares. Su paso por el banquillo blanco fue triste pero con los años se le reconocería el mérito de confiar en jóvenes valores que dieron mucho jugo en los siguientes años.  Lozano saldría del club, Juanito fue perdonado y rehabilitado por Molowny, convirtiéndose en un jugador importante, especialmente en las noches de competiciones continentales antes referidas, y Butragueño y Valdano apenas sufrieron desgaste por el incidente.

domingo, 1 de febrero de 2015

PIZO GÓMEZ, MÍCHEL Y GORDILLO: UNA RIVALIDAD MAS ALLÁ DE LOS TERRENOS

A lo largo de toda la historia, en determinados partidos han salta chispas entre los jugadores dentro del terreno de juego. Más extraño es que las rivalidades se extiendan durante años y lleguen incluso a fuera del campo. A finales de los 80 un jugador no muy destacado pero enormemente voluntarioso protagonizó sonados choques con algunos tótems del momento.
Pizo Gómez era un producto de la cantera de Lezama, al que Javier Clemente hizo debutar jovencísimo con el primer equipo. En el verano de 1987 el inglés Howard Kendall aterrizó en Bilbao y le comunicó que no contaba con él para esa temporada. Fichó por el Osasuna que en esos años era un club consolidado en Primera y que vivía una época dorada con ocasionales acercamientos a los puestos europeos. En esos años el Real Madrid de los Butragueño, Míchel, Sanchis, Hugo Sánchez y compañía imponía una dictadura en la Liga española en la que apenas contaba con oponentes de relevancia. Pero el modesto club navarro hacía de aldea de Axterix cada vez que se enfrentaba al Madrid y le ponía en serios aprietos en el Bernabéu y sobre todo en El Sadar, que era como se llamaba el campo del Osasuna en donde le ganó dos años seguidos (1-0 en la 86-87 y 2-1 en la 87-88). También en Madrid se le subía a las barbas con frecuencia. En 1987 un Madrid-Osasuna en que debutaba Michael Robinson terminó con gran polémica: tras un tenso y trabado encuentro el Madrid ganaba en el último minuto por un discutido penalti a Gordillo. Ya al final de ese partido se produjeron ciertos roces dialécticos entre jugadores de ambos equipos.
En enero de 1989 la vista del Real al Pamplona volvía a poner en un aprieto a los entonces entrenados por el holandés Leo Beenhakker. Precisamente un gol de Pizo Gómez adelantaba a los locales, pero al final del primer tiempo el árbitro tuvo que suspender el partido por el continuo lanzamiento de bengalas y petardos a Buyo. La suspensión del partido produjo además un áspero cruce de declaraciones entre Michel y algunos jugadores osasunistas. Cuando se reanudó el partido meses después en La Romadera de Zaragoza, volvió el lío: los bancos empataron y Osasuna se volvió a quejar del árbitro por no señalar un derribo en el área blanca y obviar un codazo de Chendo.

Pizo Gómez era de los puntales del brioso equipo navarro. Jugador de técnica limitada pero puro coraje y corazón, idóneo para un equipo guerrillero e inconformista como aquel Osasuna. Cuando su descubridor, Clemente, fue fichado por Jesús Gil para entrenar al Atlético en la temporada 89-90, recomendó su fichaje como el de su compañero Bustingiorri o el de “Tato” Abadía o Ferreira. El técnico de Brakaldo quería currantes sobre el campo que se identificaran con su idea del juego de defensa numantina, pelotazos largos y fortaleza física.
Los nuevos jugadores lo pasaron mal en el Manzanares. Como Gil había prometido, un año más pelear por la Liga, la presión sobre el grupo era grande y la receta del Atlético era puntos con un juego más bien pobre. El equipo era segundo en la tabla pero los aficionados y la prensa criticaban el estilo de juego de Clemente, que marginaba a jugadores técnicos como Baltazar, el máximo goleador del año anterior, a favor de sus preferidos, que derrochaban esfuerzo pero distaban de ofrecer un juego a la altura de un club como el Atlético. Gil perdió la confianza en Clemente cuando el equipo perdió toda posibilidad de ser campeón y tras su cese los fichajes del año tenían un negro futuro. Cierto día coincidieron en la carretera Gómez con Michel y Gordillo. Los madridistas, que aún guardaban el recuerdo de sus batallas con el Osasuna, se mofaron del rojiblanco diciéndole “Pizo, eres nuestro ídolo”. Unos meses después Real Y Atlético jugaron un intrascendente derby en el Manzanares (el Madrid era campeón un año más y el Atlético ya estaba en la U.E.F.A), pero el choque terminó en escándalo cuando Fernando Hierro empató en el último minuto con tremendo gol de una falta dudosa. Durante el partido volvieron los roces entre los tres protagonistas del “incidente” de la carretera, y Pizo Gómez acusó a Gordillo y Michel de insultarle gravemente.
En el duelo liguero del año siguiente volvió el conflicto; el Atlético ganó 0-3 en el Bernabéu ante un Madrid que estaba en franca caída y en la segunda parte, un impotente Míchel realizaba una entrada a destiempo sobre el defensa atlético que le lesionaba de gravedad con baja por tres meses. Ya por entonces Pizo Gómez se había convertido en un pequeño ídolo de la afición colchonera por su antimadridismo declarado, además de valorar su tesón y entrega en el terreno de juego.

Un año después Luis Aragonés asumió la dirección técnica del Atlético y el vasco dejo de tener minutos con los rojiblancos. Fue cedido al Español, al que había retornado Clemente, que le seguía considerando un pilar esencial en el terreno de juego. Pero la sombra de sus conflictos con los madridistas tuvo una importancia esencial ese año. Madrid y Atlético se clasificaron para jugar la final de la Copa del Rey en el Bernabéu; Luis apeló a la motivación como elemento esencial para afrontar el choque. La mañana de la final alguien aporreó la puerta del capitán y estrella colchonera Paulo Futre, cuando ésta la abrió aún medio dormido, apareció la figura del entrenador rojiblanco. Muy serio se plantó delante de Futre y le dijo “¿Sabe los que le hicieron a Pizo hace unos años?. Se rieron y le humillaron el la carretera. Hoy tiene usted la oportunidad de vengar a su compañero”. El astro luso hizo buen uso de esa charla: esa noche cuajó una actuación excepcional, la mejor de sus cinco años como atlético, y marcó un golazo que supuso el definitivo 2-0, a favor de su equipo. La venganza de Pizo se había consumado a través de terceros.
Gómez jugó una temporada más como cedido en el Rayo Vallecano para luego regresar al Atlético por breve espacio de tiempo, para realizar otro regreso; esta vez al Osasuna, el club en donde quizá vivió sus mejores años. Con sus limitaciones, fue un buen jugador de equipo, corajudo y capaz de jugar en cualquier posición (hasta de delantero si era preciso). Ese desagradable incidente de la carretera le dio una resonancia con la que rara vez soñó.


domingo, 12 de octubre de 2014

EL PISOTÓN DE SIMEONE CAUSA UN ESCÁNDALO.


Desde que Diego Armando Maradona fuese cazado por una entrada del central del Athletic, Andoni Goikoechea, en 1983, las relaciones entre el histórico club bilbaíno y el fútbol argentino se habían enrarecido. En el verano de 1994, el centrocampista Fernando Redondo, recién fichado por el Real Madrid, había sufrido una grave lesión en un partido amistoso en San Mamés por una fea entrada del bilbaíno Mendigueren. Redondo no era Maradona, pero sí uno de los puntales del fútbol argentino de esos años. por descontado Desde Bilbao se solía responder que el fútbol de esos lares de más allá de los mares siempre fue el más sucio y violento. Lo cierto es que se percibía una cierta tensión entre los argentinos y San Mamés.
En la temporada 1996-97 el Atlético de Madrid de Radomir Antic visitaba la Catedral. Era el campeón vigente, aunque su juego no estaba a la altura del ejercicio anterior. En su centro del campo Diego Pablo Simeone ejercía de pulmón del equipo, con su extrema competitividad, sus incorporaciones al ataque y su liderazgo sobre el campo. En los locales la estrella indiscutible era Julen Guerrero, un fino media punta con gran olfato de gol que se había convertido en un ídolo deportivo y social, dado se enorme éxito entre las adolescentes de toda España. Una especie de precedente del David Beckam. El Athletic estaba entrenado por Luis Fernández, francés de origen español, integrante de la mítica selección gala de mediados de los 80, técnico impulsivo y con gran conexión con la grada que había rescatado al equipo de una crisis de resultados (el año anterior había coqueteado por primera vez con el descenso).
El partido era competido e intenso. En un momento dado de la primera parte Simeone y Guerrero pugnan por un balón cerca del banderín de córner- El vasco intenta arrebatar la pelota a Simeone y ésta la protege con su cuerpo. Sin embargo, se ve a Guerrero quejarse con bastante vehemencia. El partido está siendo retrasmitido por Canal Plus y las cámaras muestran una herida sangrante en el muslo del jugador del Athletic, es una escena muy impactante y la repetición a cámara lenta demuestra que Simeone ha dado un pisotón intencionado sobre el capitán bilbaíno, que pese a todo pudo seguir jugando. El encuentro terminó con empate a uno y en la rueda de prensa continuó la bronca: Antic se quejó amargamente  de la labor del colegiado. Luis Fernández, que ya había protagonizado algunos encontronazos en la reciente visita del Barça a La Catedral, hizo mofa de las quejas del serbio colocando unos pañuelos clínex en la sala de prensa y diciendo “creo que alguno que ha pasado por aquí ha llorado mucho”.
Las imágenes de televisión eran lo suficientemente nítidas y una ola de críticas se lanzaron sobre el centrocampista argentino que, además, no mostró ningún tipo de arrepentimiento por su acción. Declaró que lo que ocurría en el campo ahí debía quedarse, un código no escrito seguido por bastantes jugadores que consideran que la tensión a la que se vive un encuentro provoca encontronazos que luego deben de olvidarse. Guerrero y el Athletic no eran de la misma opinión y como Simeone no había sido expulsado (el árbitro no vio el lance), mandaron una denuncia al Comité de Competición con el video de las imágenes para que este actuara de oficio contra el atlético, al que le cayeron cuatro partidos de suspensión. Jesús Gil se enfadó con la postura bilbaína y recordó que bien distinta había sido la posición del club vasco en los ya referidos casos de Maradona y Redondo, que además habían acabado en graves lesiones, en Bilbao respondieron que esos lances eran consecuencia lógica del juego, y no unas agresiones intencionadas.
Lo cierto es que el tema trajo mucha cola y dio lugar a un debate muy intenso sobre cómo se debía de actuar ante situaciones de violencia sobre el terreno de juego que no podían ser atajadas por los colegiados. Simeone y el Atlético defendieron que, entonces, cada fin de semana se debía estar pendiente a los codazos, agresiones o escupitajos que ocurrían con frecuencia en un campo y que pasaban desapercibidas o se denominaban “lances del juego”. De hecho, unos meses más tardes, el propio Simeone fue pisado de forma alevosa por el defensa barcelonista Couto, en un partido de Copa del Rey. La acción era la misma, aunque la herida que le fue causada no fue tan aparatosa ni grave como la de Guerrero. El argentino fue consecuente consigo mismo y no denunció el caso ni habló de él, "lo que sucede en el campo, allí debe de quedar". Pero desde entonces su futuro en el Atlético quedó sellado, ya que el fútbol español le señaló como jugador marrullero, seguidor del ideario “bilardista” (Carlos Salvador Bilardo, excampeón del Mundo con Argentina fue cazado por las cámaras de televisión cuando entrenaba al Sevilla en la temporada 92-93, en el momento en el que, indignado, porque el utilero del Sevilla atendía a un jugador rival, bramó desde el banquillo “al contrario pisarlo, pisarlo”) y además sus relaciones con Radomir Antic no pasaban su mejor momento. El entrenador serbio, hizo limpieza en el vestuario a final de año y recomendó el traspaso de Simeone, con el argumento que se trataba de un jugador estigmatizado en España.
Simeone y Guerrero nunca conversaron para aclarar el incidente. Las dos posturas no encontraron punto de encuentro, aunque no cabía la menor duda que la agresión había partido del argentino, un gran jugador, pero cuya feroz competitividad le llevaba a adoptar detalles de mal gusto deportivo, siguiendo una línea poco edificante del fútbol de esas tierras; siempre ha sido y será una figura adorada por la afición para la que trabaja y odiada por los contrarios. Después, triunfó en Italia como jugador y hoy en día es uno de los mejores entrenadores del mundo (si no el mejor si se atiende a éxitos deportivos en relación con los medios de los que dispone). Guerrero siguió siendo la referencia del Athletic durante varios años. Había decido hacer su carrera en el club de sus amores a pesar de los cantos de siena que le llegaron, sobre todo al comienzo de su carrera de otros equipos punteros de España o Europa. Sus últimos años fueron algo oscuros, aunque ha quedado como uno de los grandes de la historia del Athletic, pese a no conseguir título alguno


sábado, 11 de octubre de 2014

LA FINAL DE COPA TERMINA COMO EL ROSARIO DE LA AURORA


El 5 de mayo de 1984 el estadio Santiago Bernabéu estaba abarrotado por la disputa de una final copera de tronío: Athletic de Bilbao contra Barcelona, en realidad los dos grandes clásicos de la competición. Como casi siempre suele ocurrir la Copa había ocupado un papel secundario hasta la gran final, convertida en uno de los momentos culminantes del año futbolístico y más con dos históricos de por medio.
La final venía cargada por una semana previa de declaraciones poco edificantes. El origen de las mismas se había producido a comienzos de temporada, cuando en la segunda jornada de Liga el Barça goleaba por 4-0 al Athletic pero sufría la grave lesión de su gran estrella, Diego Armando Maradona, por una durísima entrada del central bilbaíno Andoni Goikoechea, que le fracturó el ligamento. Esa entrada provocó un cruce de acusaciones entre las dos entidades que no se calmó a lo largo del año. Desde Barcelona se acusó al Athletic de recurrir a la violencia, y se recordó que el mismo jugador había lesionado la Schuster de gravedad dos años antes. De hecho, el origen de la reacción del central pudo venir de una entrada por detrás del alemán en la segunda parte con claro olor a vendetta, aplaudida por el público y que llenó de ira al internacional vasco que quizá pagó los platos rotos con Maradona. Desde San Mamés se defendió a su futbolista, que estaría estigmatizado toda su carrera por haber lesionado al mejor jugador del mundo. Los dos entrenadores el argentino Menotti y el joven Javier Clemente se profesaban además gran antipatía mutua por defender estilos de juego muy divergentes y el sudamericano insinuó elementos racistas en las declaraciones de su oponente, que apelaba a la “raza” de sus jugadores. Ya el partido de vuelta de Liga en Bilbao había sido trabado y, encima, se había resuelto con dos goles de Maradona que había regresado a tiempo para su venganza particular.Incluso Schuster declaraba que  jugar en Bilbao era como ir a la guerra de Corea.
El Bilbao había ganado la Liga una semana antes, la segunda consecutiva, y el Barça había quedado a un solo punto. Existía ánimo de revancha, puesto que en el entorno culé se consideraba que la lesión del astro albiceleste, con el que no se pudo contar durante casi tres meses, había sido clave en el desenlace liguero. Maradona tenía problemas con la directiva azulgrana, no se tragaba con Núñez, y había empezado sus peligrosos coqueteos con la droga. En realidad, el club, al que le habían llegado noticias de la disoluta vida del argentino, barajaba seriamente desprenderse de él. El futbolista no olvidaba además su calvario tras la lesión y declaró que “en el Bilbao no tenía sitio el jugador que no supiese dar patadas” .Como el entonces joven Clemente, además ebrio por el nuevo triunfo liguero, no se caracterizaba por su incontinencia verbal respondió de forma poco conciliadora: “Maradona es un imbécil, como persona deja mucho que desear por buen jugador que sea” y que “brindarían con cava catalán su ganaban la Copa”.
El partido nacía pues caliente. No había un pronóstico claro, ya que el Barça había ganado los dos choques ligueros) y ostentaba un juego más técnico. Incluso aparecía con cierto favoritismo. Pero los de Clemente estaban plenos de fuerza y seguridad en sí mismos tras el triunfo liguero y sorprendieron con un pressing muy fuerte desde el inicio. A los 13 minutos un centro de Argote era rematado al fondo de las mallas por Endika, un jugador limitado pero efectivo de cara al gol, que había condenado la suplencia al ídolo de San Mamés, Sarabia. La primera parte fue de superioridad rojiblanca y el  Barça no encontraba su juego.
En la reanudación los de Menotti tomaron el mando del partido, pero se mostraban impotentes para superar el muro defensivo bilbaíno. A medida que pasaban los minutos el juego se endurecía y aparecían viejas rencillas sobre el terreno de juego. Schuster tuvo que ser expulsado por devolver a la grada un bote de cerveza que le había caído desde la zona de seguidores bilbaínos. En la recta final del partido las interrupciones y el juego subterráneo se apoderaron definitivamente de la contienda. Maradona hizo una piscina en el área de Zubizarreta y se encaró con los defensores bilbaínos. Fue el prolegómeno de un lamentable desenlace: cuando el árbitro pitó el final del partido con 1-0 a favor del Athletic, el defensa Núñez hizo un corte de mangas al argentino, que respondió con un cabezazo. Sola, un suplente, vio la acción y se dirigió hacia Maradona, pero resbaló en el camino, y el barcelonista le dio una patada que le dejó conmocionado. Goikoechea y otros jugadores rojiblancos se dirigieron como posesos contra Maradona y le agarraron por el cuello. Migueli y Clos salieron en defensa de su compañero y todo terminó en una monumental tangana delante de una familia real atónita que además veía como la policía tenía que cargar contra aficionados que había tirado una valla. El tema se apaciguó y el capitán Dani, pudo recoger la Copa del Rey que acreditaba el doblete bilbaíno. Por descontado que la guerra continuó en la rueda de prensa, con cruce de descalificaciones entre unos y otros.

Después de ese espectáculo el Barcelona decidió el traspaso de Maradona al Nápoles italiano, donde triunfaría hasta su bajada definitiva al infierno de la droga. Curiosamente, el año siguiente el equipo azulgrana lograría, al fin, ganar la Liga con el inglés Terry Venables en el banquillo. Por su parte, Golikoechea no pudo quitarse nunca el sambenito de haber sido el jugador que lesionara gravemente a uno de los mejores jugadores de la historia, y hasta algunas encuestas le señalaron como el jugador más violento de la todos los tiempos, su gran trayectoria en el Athletic y en la propio selección española (39 partidos internacionales) quedó algo manchada. Menotti volvería a España, concretamente al Atlético, y se volvió a enfrentar a Clemente, esta vez en el Español. Los dos volvieron a la gresca y al cruce de descalificaciones, y el argentino ganó en esta ocasión (0-2 en Sarriá), aunque sería cesado meses después. Como curiosidad hay que destacar que en aquel equipo madrileño que ganó al Español de Clemente jugaba,,,,,,,,Andoni Goikoechea fichado por Jesús Gil ese verano.