sábado, 28 de febrero de 2015

EL ACHIQUE DE ESPACIOS CONQUISTA CHAMARTÍN

La temporada 1987-88 vino marcada por dos acontecimientos esenciales: fue quizá la del esplendor futbolístico de la “Quinta del Buitre” y Jesús Gil y Gil irrumpió en el panorama futbolístico hispano. Gil era un empresario de la construcción con un pasado algo turbio (había pasado por la cárcel tras el trágico derrumbe de su urbanización Los Ángeles de San Rafael, con el saldo de 69 muertes) pero su uso de la verborrea era inmenso y gracias al fichaje de Paulo Futre, estrella emergente del fútbol europeo esos años se alzó con el triunfo en las últimas elecciones a la presidencia que han celebrado en el Atlético de Madrid.
Los rojiblancos andaban algo decaídos: Vicente Calderón había muerto y el equipo venía de perder dos finales consecutivas: ante el Dinamo de Kiev en la Recopa del 86 en Lyon y ante la Real Sociedad en los penaltis, en la Copa del Rey del 87. Además veían su incapacidad de retener a figuras como Hugo Sánchez que, para mas inri, fue traspasado al Madrid. Gil volvió a convencer a la parroquia rojiblanca que se podía competir con los grandes de Europa y al fichaje del astro luso le unió el de veteranos como Andoni Goikoechea, López Ufarte, Marcos Alonso o del joven centrocampista Eusebio, procedente del Valladolid. Como nada más llegar se peleó con Luis Aragonés, tuvo que buscar entrenador y , tras intentar conseguir a Javier Clemente, contrató al argentino Cesar Luis Menotti.

Menotti, campeón del Mundo con Argentina en el polémico Mundial de 1978 y ex entrenador del Barça, siempre tuvo mas verbo que palmarés y nada más llegar empezó a utilizar como sistema táctico lo que el llamaba “achique de espacios”. Era una fórmula literaria de definir un modelo ya visto del que, eso sí, el argentino era una de los pioneros en usar:  desechar el marcaje al hombre y defender en zona adelantando mucho la defensa para hacer caer al contrario en fuera de juego; era un sistema defensivo con mucho riesgo que requería gran coordinación de la defensa y que , en caso de ejecutarse mal, dejaba al portero vendido. Su apuesta dio lugar a un intenso debate en la prensa sobre la conveniencia del mismo. Los resultados del inicio de Liga, sin ser espectaculares, parecieron dar la razón al argentino.
Mientras, el Real Madrid de los Butragueño, Míchel, Martín Vázquez, Buyo o Sanchís vivía un momento muy dulce: salió en tromba en la Liga con victorias en Cádiz (0-4), Sporting de Gijón (7-0) y Zaragoza (1-7) y eliminó al Nápoles de Maradona en la Copa de Europa. Luego lidió con el Oporto, el vigente campeón, al que le ganó en los dos campos por el mismo resultado (2-1). Tres días después de vencer en tierras portuguesas recibía al Atlético de Madrid en el Bernabéu. Por entonces los de Menotti eran los únicos que asomaban por la cabeza de la Liga cerca del Madrid.
El enésimo derby se jugó un 7 de noviembre de 1987. Ese día no dejó de llover en la capital y el campo se encontraba muy pesado. El Madrid venía de realizar un esfuerzo considerable en Oporto y el Atleti ese año no jugaba competición europea. Los rojiblancos salieron con Abel, Tomás, Juan Carlos, Arteche, Goikoechea, Alemao, Eusebio, López Ufarte, Landáburu, Futre y Julio Salinas. En el Madrid se saca a Buyo, Solana, Sanchís, Chendo, Tendillo, Michel, Martín Vázquez, Janckovic, Gordillo, Butragueño y Hugo Sánchez.
El Madrid tiene una buena oportunidad de marcar a los dos minutos pero Butragueño falla en el remate. Por el contrario el que marca el 0-1 es el Atlético por medio de Julio Salinas. Los visitantes estiran la defensa y adelantan sus líneas provocando numerosos fueras de juego en el Real, a cada avance madridista se le aparece el linier implacable levantando la bandera, lo cual lleva a la desesperación a los atacantes que tanto tino habían mostrado en los encuentros anteriores. Eso da confianza a los colchoneros que se asientan mejor sobre el terreno de juego y ven la posibilidad de ganar el partido. En la parcela ancha el internacional brasileño Alemao, se convierte en el dominador de la situación robando muchos balones y distribuyendo con la ayuda de Landáburu; en ataque la rapidez de Futre y la brega de Salinas provocan numerosos problemas a la retaguardia local y en defensa los centrales Arteche y Goikoechea cuajaron uno de los mejores partidos de sus carreras. Al final del primer tiempo se produce un robo de balón del Atlético en el centro del campo, tras una posible falta. Al acabar la jugada con parada de Buyo el árbitro, Enríquez Negreira, llama al yugoslavo Janckovic (un buen jugador que dio un excelente rendimiento durante el año y medio que estuvo) y le saca tarjeta roja, según el colegiado por insultarle tras no pitar la falta que casi cuesta un gol a su equipo.
Es la puntilla para el Madrid que, en inferioridad física, con un campo muy mojado y un rival que aborta casi todos y cada uno de sus ataques adelantando líneas, se ve a merced de un Atlético imponente sobre el terreno de juego. Una gran jugada de Futre hace el segundo y en la recta final, López Ufarte y Solana en propio meta remachan el concluyente 0-4, un resultado que daba la razón al técnico argentino que había fulminado al mejor equipo de la Liga con su atrevida apuesta. Casi veinte fueras de juego le fueron señalados al Madrid esa noche y hay que decir, que la casi totalidad fueron correctos.

Los cierto es que  esa noche de gloria no tuvo continuidad. Apenas una semana más tarde el Gijón ganaba en el Calderón (1-2) y los dos goles asturianos vinieron por errores de la defensa al aplicar la defensa adelantada. Con el tiempo se demostró que aquel Atlético no tenía jugadores precisos para ese sistema, además el paso de las jornadas demostró que la preparación física del equipo era bastante deficiente. Los colchoneros aguantaron la primera vuelta pero cayeron en picado a comienzos de la segunda y un enfurecido Jesús Gil, que había soñado con el título tras la goleada en el Bernabéu empezó a cargar contra jugadores y cuerpo técnico.
 Menotti pasó a inaugurar la inmensa lista de entrenadores fagocitados por Jesús Gil, precisamente tras perder el partido de la segunda vuelta (1-3) en campo rojiblanco, que señalaba el fin de sus opciones para pelear por la Liga. Gil habló entonces de "estafa argentina" y acusó al mundialista de ser un vago y no entrenar lo suficiente, el año siguiente contrataría a Maguregui, lo más opuesto en cuanto a forma de entender el fútbol que uno puede imaginarse.
Por su parte, el Madrid se paseó en la Liga pero vició el trauma de las semifinales perdidas en la Copa de Europa (su gran objetivo) ante el PSV. Un año más tarde otro equipo con gusto por las líneas adelantadas le infringió un concluyente 5-0, era e Milán de Arrigo Sacchi. El Atlético no le haría un 4-0 al Madrid hasta 2015, casi 30 años nada  menos y con otro argentino en el banquillo; Simeone.


TRAUMA AZULGRANA EN SEVILLA

A mediados de los años 80 aterrizó en Barcelona un entrenador inglés sin excesivo prestigio, Terry Venables, que ocupaba el puesto que en temporadas anteriores habían desempeñado nombres ilustres como Helenio Herrera, Udo Lattek o Cesar Luis Menotti. De forma sorprendente , y a pesar del traspaso de Maradona al Nápoles, el británico optimizó el rendimiento de una buena plantilla y el equipo se hizo con brillantez con la Liga 84-85, la primera desde 1974 (entonces al club le costaba décadas ganar Ligas).
No era de los mejores Barças de la historia, pero si tenía jugadores destacados del momento como Carrasco, Urruti, Víctor, Julio Alberto y Marcos Alonso y una gran figura, Bern Schuster, el mejor centrocampista de Europa que estaba en la plenitud de su carrera. En la temporada siguiente el equipo comenzó irregular y, aunque mejoró con el tiempo, no alcanzó al Real Madrid de Molowny, claro vencedor del campeonato de la Liga. De esa guisa centró sus esfuerzos en las competiciones a doble partido: llegó a la final de la Copa del Rey, en la que perdió de forma sorprendente con el Zaragoza de Luis Costa, aunque su gran sueño era la otra final que disputaría una semana y media después: la de la Copa de Europa.
Los culés hicieron una competición sobresaliente; eliminaron a dos cocos como el Oporto de un joven Futre, y al vigente campeón, la Juventus de Turín de Michel Platiní y Michael Laudrup, pero todo pareció irse al traste cuando el Gotteborg sueco vencía la ida de las semifinales por un contundente 3-0. Pero el equipo de Venables no se amilanó y en el partido de vuelta planteó un ataque total con una sorpresa en la alineación: el delantero “Pichi" Alonso que ese año había jugado mas bien poco. El ariete tuvo su noche mágica con tres goles de oportunismo, y se llegó a la tanda de penaltis en las que, ante el delirio del Camp Nou, el Barça ganó por 4-3.

Como al Barcelona le costaba tanto ganar Ligas y la Copa de Europa entonces sólo estaba reservada a los campeones del torneo de la regularidad, no eran muchas las oportunidades de ganar el preciado trofeo para los de la Ciudad Condal. En las dos anteriores ocasiones que la habían disputado rozaron el título: en 1961 llegaron a la final contra el Benfica pero perdieron por 3-2 en un partido en el que los Kubala, Luis Suárez y compañía estrellaron cuatro postes, y en 1975 con Cruyff el Leeds Unitds les eliminó en semifinales. En esta ocasión nada parecía interponerse para los barceloneses: el rival era el Steaua de Bucarest rumano, un sorprendente y meritorio finalista sin grandes figuras, que bastante había hecho con llegar a la final. Además el partido se jugaba en Sevilla, en el estadio Ramón Sánchez Pijuán y era la época en la que los países comunistas no permitían la salida al extranjero de sus ciudadanos con lo que todo el estadio tenía un color azulgrana. En definitiva contaba con mejor equipo y jugaba como en casa.
El día 7 de mayo de 1986 Venables alineaba a Urruti, Gerardo, Julio Alberto, Alexanco, Migueli, Victor Muñoz, Marcos Alonso, Schuster, Pedraza, Archibald y Carrasco. El partido resultó espeso; el Barça dominaba sin profundidad y los rumanos tenían claro que sus opciones pasaban por encerrarse atrás, esperar alguna contra o balón parado y, en su caso, llegar a la lotería de los penaltis. Todo el mundo pensaba que, tarde o temprano, el gol llegaría pero tal circunstancia no se produjo y el partido derivaba, inevitablemente, a la prórroga. En el minuto 85 salta la sorpresa. Venables decide meter a un defensa, Moratalla,  por nada menos que Schuster, capitán del equipo, máxima figura y especialista en el balón parado, una de las pocas opciones que parecían factibles para derribar el muro rumano. El alemán no se cree lo que le ordena su entrenador y se marcha enfadadísimo del terreno de juego. Se va al vestuario donde se cambia y decide no quedarse a ver el resto del partido. Cuando coge un taxi que le lleva al hotel, el taxista que está oyendo el partido, se queda atónito al comprobar la identidad de su viajero.
En el campo, más de lo mismo en la prórroga, ataque infructuoso del Barcelona al que no le activa ni la salida al campo del héroe de las semifinales, Pichi Alonso, y la final llega de forma completamente inesperada a los penaltis. Existe gran esperanza en Urruti, un guardameta vasco que tiene gran habilidad para detener penas máximas gracias a su agilidad y que, desafortunadamente, fallecería prematuramente en un accidente de tráfico a los 49 años en 2001. Pero en la portería contraria se presenta el enorme Helmuth Duckadam, un guardameta alto, de esos que parece ocupar la meta completa, y que son muy efectivos a la hora de afrontar las tandas de penaltis, en las que el cansancio y los nervios son los peores enemigos de los lanzadores.  Ante el delirio de la grada el meta culé detiene los dos primeros lanzamientos rumanos, pero de poco sirve porque Alexanco y Pedraza también fallan los suyos. El tercero del Steaua lo lanza su gran estrella, Lacatus, que lo transforma; por el contrario Pichi Alonso vuelve a marrar el tercero culé, una vez más detenido por Duckadam. Es turno del centrocampista Balint que no falla ante Urruti. El cuarto azulgrana le corresponde al delantero Marcos Alonso, héroe de la final de Copa del Rey ante el Madrid en 1983 con su gol en el último minuto, encara la portería y, de nuevo, el guardameta rumano lo ataja. Duckadam ha conseguido algo histórico: detener cuatro penas máximas en una final europea. Desde ese momento y para siempre será conocido como “el héroe de Sevilla” y recibido en Rumanía con honores de figura militar.

La desazón del barcelonismo fue inmensa; con todo a favor se había fallado de forma incomprensible , cuestión más dolorosa si se tiene en cuenta la entidad de los rivales que había dejado en la cuneta y que el otro finalista no parecía tan fiero. Se vuelven a reeditar fantasmas del pasado que asemejan a la entidad como un eterno perdedor de grandes citas y un Núñez frustrado busca un responsable: Bern Schuster, al que acusa de deslealtad e indisciplina y asegura que nunca volverá a vestir de azulgrana. Lo cierto es que el alemán no tuvo su mejor noche, pero su cambio por un jugador menor a falta de cinco minutos para el final pareció una irresponsabilidad del entrenador
Se tardó años en olvidar esa infausta noche que ha pasado a la historia como acaso la más triste del centenario club catalán.


martes, 10 de febrero de 2015

LA NOCHE DE MILÁN

En la temporada 84-85 las cosas no rodaban demasiado bien para el Real Madrid. Amancio Amaro, vieja figura de los 60 y 70 y uno de los jugadores españoles más destacados de la historia del Madrid, había ascendido como entrenador después de ganar la Liga de segunda división con el Castilla, en el que despuntaron los integrantes de la “Quinta del Buitre”, que ya habían debutado en esa misma temporada con el primer equipo con excepción de Míchel. Con el gallego se produjo el último ascenso para que el grupo se completara en el primer equipo, aunque Pardeza jugaría todavía bastante con el filial.
Amancio tuvo mala suerte de toparse con un Madrid en plena transición generacional y cuyos valores más seguros Santillana, Stilike, Juanito o Gallego no atravesaban su mejor momento. Durante los primeros años 80 sólo una Copa del Rey había llegado a las vitrinas de Concha Espina lo demás todo subcampeonatos: tres de Liga, uno de Copa de Europa y otro de Recopa nada menos, el Real siempre estaba ahí pero casi nunca concluía. Amancio apostó por los jugadores jóvenes a los que él había entrenado, lo cual le causó  fricciones en el vestuario con pesos pesados como Juanito o Gallego, cuyos enfrentamientos con el técnico trascendieron a la prensa. Tras una aceptable primera vuelta el equipo perdió el tren de la Liga que ganaría con soltura el Barça, y fue eliminado de la Copa. Sólo quedaba el cartucho de la Copa de la U.E.F.A para salvar el año y en esa competición el Madrid, sorprendentemente, había rendido a gran nivel. En semifinales tocó un viejo conocido, el Inter de Milán; no eran los mejores tiempos del equipo interista pero contaba con un combinado con numerosos internacionales y jugadores brillantes como el delantero Altobelli, el prometedor portero Walter Zenga, el defensa Bergomi o Rummenigge, aunque éste último estaba en la recta final de su carrera y muy mermado por las lesiones.

El Madrid acudió al partido de ida en Milán en plena depresión: en una semana del Athletic de Bilbao le había eliminado de la Copa y el Atlético le había ganado 0-4 en el Bernabéu. Amancio era permanentemente cuestionado y sus relaciones con algunos jugadores de peso eran bastante malas, sólo los jóvenes como Butragueño, Martin Vázquez o Míchel creían el él. En San Siro, ante un ambiente enardecido, el Inter, sin hacer nada del otro mundo, obtuvo un resultado confortable para la vuelta: 2-0. El Madrid volvió a ser una sombra en el terreno de juego y su caída libre no parecía tener fin.
Tras el partido los jugadores volvieron apesadumbrados al Hotel de concentración. Pero algunos decidieron superar la derrota a su manera. Jorge Valdano, delantero fichado del Zaragoza, quedó a cenar con Ramón Mendoza, entonces candidato a la presidencia del Real Madrid, y según aseguraría José María García durante años se dedicó a poner mal a Amacio de todas las formas posibles. Con posterioridad, había concertado ver a Menotti, ex entrenador del Barça y de la selección argentina con el que mantenía una gran amistad y ,además, convenció a Butragueño para que fuese a esa cita. Menotti sonaba desde hace tiempo como sustituto de Amancio, cuyo cese estaba cantado, y según declararía Mendoza después, se postulaba de forma insistente para entrenar al Real. (“Me lo encontraba hasta en la sopa”, llegó a decir el futuro presidente blanco). Cuando Valdano y Butragueño volvieron al hotel, cerca de las cuatro de la madrugada, se dieron cuenta con que en una habitación cercana había bastante alborozo. Intrigados llamaron a la puerta y cuando ésta se abrió se encontraron con dos jugadores blancos, Juanito y Lozano, acompañados por dos jóvenes italianas a las que habían conocido esa misma noche tras el partido, con ganas de juerga. En ese momento el técnico Amancio hacía una inspección sorpresiva por las habitaciones y descubrió el pastel.

Juanito y Lozano (un jugador belga de orígenes españoles que había costa 200 millones de pesetas en el año 83, una cifra considerable para la época, sin aportar mucho rendimiento) había sido dos de los jugadores que peor relación habían tenido con Amancio. El entrenador redactó un informe completo a su vuelta a Madrid en el que no dejaba títere con cabeza, convencido que no tenía futuro en el banquillo merengue y que los malos resultados eran consecuencia del boicot que sufría por parte de la plantilla. En entonces presidente, Luis de Carlos, cansado por años de escasos resultados deportivos y superado por los acontecimientos, había decidido poner fin a su mandato y se proponía convocar elecciones. Butragueño y Valdano fueron sancionados económicamente y a Juanito y Lozano se les apartó del equipo. Amancio no tardaría en caer tras perder un nuevo partido en Valencia. Su sustituto fue el apagafuegos habitual Luis Molowny, un interino que siempre dio muy buenos resultados al Real Madrid, en las diversas etapas que se recurrió a él para solventar crisis de resultados (con anterioridad había sustituido a los cesados Miguel muñoz. Milian Miljanic o Vujadin Boskov y siempre consiguió títulos con los que salvar el año).
Lo cierto es que esta graves crisis institucional y deportiva tuvo un final feliz: contra todo pronóstico en Real Madrid hizo un partidazo en la vuelta y eliminó al ultradefensivo Inter con dos goles de Santillana y uno de Míchel. Nadie se explicaba la transformación del equipo en un par de semanas, pero eran los años de las remontadas en el Bernabéu, las noches mágicas tantas veces invocadas desde entonces. El Madrid jugaría la final ante el asequible Videotón húngaro y la ganó sin muchas complicaciones, de forma que De Carlos pudo despedirse con la cabeza alta, con el primer título europeo en casi 20 años. La temporada siguiente, ya con Ramón Mendoza en la presidencia el equipo inició un periodo extraordinario. Por su parte Amancio Amaro no volvería a entrenar, dedicándose a sus negocios particulares. Su paso por el banquillo blanco fue triste pero con los años se le reconocería el mérito de confiar en jóvenes valores que dieron mucho jugo en los siguientes años.  Lozano saldría del club, Juanito fue perdonado y rehabilitado por Molowny, convirtiéndose en un jugador importante, especialmente en las noches de competiciones continentales antes referidas, y Butragueño y Valdano apenas sufrieron desgaste por el incidente.

domingo, 1 de febrero de 2015

PIZO GÓMEZ, MÍCHEL Y GORDILLO: UNA RIVALIDAD MAS ALLÁ DE LOS TERRENOS

A lo largo de toda la historia, en determinados partidos han salta chispas entre los jugadores dentro del terreno de juego. Más extraño es que las rivalidades se extiendan durante años y lleguen incluso a fuera del campo. A finales de los 80 un jugador no muy destacado pero enormemente voluntarioso protagonizó sonados choques con algunos tótems del momento.
Pizo Gómez era un producto de la cantera de Lezama, al que Javier Clemente hizo debutar jovencísimo con el primer equipo. En el verano de 1987 el inglés Howard Kendall aterrizó en Bilbao y le comunicó que no contaba con él para esa temporada. Fichó por el Osasuna que en esos años era un club consolidado en Primera y que vivía una época dorada con ocasionales acercamientos a los puestos europeos. En esos años el Real Madrid de los Butragueño, Míchel, Sanchis, Hugo Sánchez y compañía imponía una dictadura en la Liga española en la que apenas contaba con oponentes de relevancia. Pero el modesto club navarro hacía de aldea de Axterix cada vez que se enfrentaba al Madrid y le ponía en serios aprietos en el Bernabéu y sobre todo en El Sadar, que era como se llamaba el campo del Osasuna en donde le ganó dos años seguidos (1-0 en la 86-87 y 2-1 en la 87-88). También en Madrid se le subía a las barbas con frecuencia. En 1987 un Madrid-Osasuna en que debutaba Michael Robinson terminó con gran polémica: tras un tenso y trabado encuentro el Madrid ganaba en el último minuto por un discutido penalti a Gordillo. Ya al final de ese partido se produjeron ciertos roces dialécticos entre jugadores de ambos equipos.
En enero de 1989 la vista del Real al Pamplona volvía a poner en un aprieto a los entonces entrenados por el holandés Leo Beenhakker. Precisamente un gol de Pizo Gómez adelantaba a los locales, pero al final del primer tiempo el árbitro tuvo que suspender el partido por el continuo lanzamiento de bengalas y petardos a Buyo. La suspensión del partido produjo además un áspero cruce de declaraciones entre Michel y algunos jugadores osasunistas. Cuando se reanudó el partido meses después en La Romadera de Zaragoza, volvió el lío: los bancos empataron y Osasuna se volvió a quejar del árbitro por no señalar un derribo en el área blanca y obviar un codazo de Chendo.

Pizo Gómez era de los puntales del brioso equipo navarro. Jugador de técnica limitada pero puro coraje y corazón, idóneo para un equipo guerrillero e inconformista como aquel Osasuna. Cuando su descubridor, Clemente, fue fichado por Jesús Gil para entrenar al Atlético en la temporada 89-90, recomendó su fichaje como el de su compañero Bustingiorri o el de “Tato” Abadía o Ferreira. El técnico de Brakaldo quería currantes sobre el campo que se identificaran con su idea del juego de defensa numantina, pelotazos largos y fortaleza física.
Los nuevos jugadores lo pasaron mal en el Manzanares. Como Gil había prometido, un año más pelear por la Liga, la presión sobre el grupo era grande y la receta del Atlético era puntos con un juego más bien pobre. El equipo era segundo en la tabla pero los aficionados y la prensa criticaban el estilo de juego de Clemente, que marginaba a jugadores técnicos como Baltazar, el máximo goleador del año anterior, a favor de sus preferidos, que derrochaban esfuerzo pero distaban de ofrecer un juego a la altura de un club como el Atlético. Gil perdió la confianza en Clemente cuando el equipo perdió toda posibilidad de ser campeón y tras su cese los fichajes del año tenían un negro futuro. Cierto día coincidieron en la carretera Gómez con Michel y Gordillo. Los madridistas, que aún guardaban el recuerdo de sus batallas con el Osasuna, se mofaron del rojiblanco diciéndole “Pizo, eres nuestro ídolo”. Unos meses después Real Y Atlético jugaron un intrascendente derby en el Manzanares (el Madrid era campeón un año más y el Atlético ya estaba en la U.E.F.A), pero el choque terminó en escándalo cuando Fernando Hierro empató en el último minuto con tremendo gol de una falta dudosa. Durante el partido volvieron los roces entre los tres protagonistas del “incidente” de la carretera, y Pizo Gómez acusó a Gordillo y Michel de insultarle gravemente.
En el duelo liguero del año siguiente volvió el conflicto; el Atlético ganó 0-3 en el Bernabéu ante un Madrid que estaba en franca caída y en la segunda parte, un impotente Míchel realizaba una entrada a destiempo sobre el defensa atlético que le lesionaba de gravedad con baja por tres meses. Ya por entonces Pizo Gómez se había convertido en un pequeño ídolo de la afición colchonera por su antimadridismo declarado, además de valorar su tesón y entrega en el terreno de juego.

Un año después Luis Aragonés asumió la dirección técnica del Atlético y el vasco dejo de tener minutos con los rojiblancos. Fue cedido al Español, al que había retornado Clemente, que le seguía considerando un pilar esencial en el terreno de juego. Pero la sombra de sus conflictos con los madridistas tuvo una importancia esencial ese año. Madrid y Atlético se clasificaron para jugar la final de la Copa del Rey en el Bernabéu; Luis apeló a la motivación como elemento esencial para afrontar el choque. La mañana de la final alguien aporreó la puerta del capitán y estrella colchonera Paulo Futre, cuando ésta la abrió aún medio dormido, apareció la figura del entrenador rojiblanco. Muy serio se plantó delante de Futre y le dijo “¿Sabe los que le hicieron a Pizo hace unos años?. Se rieron y le humillaron el la carretera. Hoy tiene usted la oportunidad de vengar a su compañero”. El astro luso hizo buen uso de esa charla: esa noche cuajó una actuación excepcional, la mejor de sus cinco años como atlético, y marcó un golazo que supuso el definitivo 2-0, a favor de su equipo. La venganza de Pizo se había consumado a través de terceros.
Gómez jugó una temporada más como cedido en el Rayo Vallecano para luego regresar al Atlético por breve espacio de tiempo, para realizar otro regreso; esta vez al Osasuna, el club en donde quizá vivió sus mejores años. Con sus limitaciones, fue un buen jugador de equipo, corajudo y capaz de jugar en cualquier posición (hasta de delantero si era preciso). Ese desagradable incidente de la carretera le dio una resonancia con la que rara vez soñó.