lunes, 15 de abril de 2019

ALFREDO, EL SECUNDARIO QUE DECIDIO DOS COPAS

La historia de los títulos se identifica con grandes figuras que marcaron goles trascendentales en las finales o partidos decisivos. Mas infrecuente es que jugadores competentes, pero del segundo escalafón sean esenciales en la resolución de esos partidos. En la década de los años 90, uno de esos bregadores, Alfredo Santaelena, tuvo un papel determinante nada menos que en dos finales  de Copa del Rey
Alfredo era jugador del modesto Getafe, entonces en 2ª B, que llamó la atención de los técnicos del Atlético. El mismo relataba su fichaje por el club del Manzanares. "Estaba en el Getafe. Jugamos un amistoso en Las Margaritas con el Atleti. Al acabar, Gil baja al vestuario y pregunta por mí. Yo estaba en la ducha y me dicen "te busca Gil". Entonces salí, con la toalla y Gil me dijo "Joder, pero si en el campo pareces más grande. Pásate mañana por las oficinas del club que te vamos a fichar para el Atleti".[Era un centrocampista de fuerte físico, luchador y no exento de un buen nivel técnico. Un típico hombre de equipo de esos que gustan a los entrenadores para un primer cambio o tirar de él cuando las lesiones arrecian, un jornalero que se ganaba el sueldo en cada encuentro.
La temporada siguiente, 90-91, empezó como casi siempre en la era gilista: con lio. La impaciencia del presidente colchonero le llevó a cesar al entrenador, Joaquin Peiró, tras el Trofeo Carranza de pretemporada por considerar que se había dado muy mala imagen. Recurrió a un yugoslavo, Tomislav Ivic, un trotamundos de los banquillos con gusto por el juego a la italiana, o sea muy defensivo. El comienzo fue de todas formas desastroso, un debilísimo rival europeo la Politécnica de Timisoara, echó al Atlético de la U.E.F.A, eran años en que los rojiblancos acumulaban desastre tras desastre en esa competición. Gil tuvo que calmar a la hinchada con un golpe de efecto y fichó a Schuster, el talentoso centrocampista alemán que había salido tarifando de Barça y Madrid. Con el germano al mando del equipo en la media y la rapidez de Futre los rojiblancos mejoraron e hicieron un buen campeonato, quedando segundos tras el Barçá, en la temporada del record de Abel; en ese equipo el madrileño gozaba de bastantes minutos aunque no se asentó como titular indiscutible. Luego tocó jugar la Copa del Rey, en la que eliminaron a Real Madrid, Valladolid y Barcelona y se plantaron en la final. Se esperaba que su rival fuese el Valencia, pero el Mallorca, entrenado por Lorenzo Serra Ferrer, dio la sorpresa en semifinales y eliminó a los chés. La final se jugó en el Bernabéu, lo que provocó protestas de los baleares, por la ventaja que suponía en cuanto a movilización de hinchadas. Por camino había caído Ivic, pero en esta ocasión no por causa imputable al presidente, ya que fueron los jugadores quienes se rebelaron por no gustarles sus malos modos y broncas.
Y en efecto, los rojiblancos eran inmensa mayoría el 29 de junio de 1991. Era una oportunidad única para que Gil terminase con la sequía de resultados que se había dado desde su llegada en 1987, cuando prometió ganar todo. Al cabo de cuatro años no había estrenado palmarés y la ocasión parecía propicia; casi jugando en casa y ante un rival en teoría inferior, pero que ese año se le había atragantado (le había ganado los dos partidos de liga por 1-0). El partido es malo, con mucha precaución y poca claridad de ideas. Futre esta desastroso e incluso es sustituido. Se llega a la prorroga con cero a cero y Ovejero (técnico interino) saca a dos jóvenes promesas para refrescar al equipo, el delantero Sabas y Alfredo. Entre los dos cuecen el gol de la victoria. Sabas se escapa de su defensor dispara a puerta y el portero marroquí Ezaki, rechaza sin poder blocar. Alfredo llega con potencia desde atrás y remacha el 1-0 definitivo. Su imagen extasiado por el gol conseguido rememoró la del italiano Tardelli al hacer el 2-0 en la final del Mundial Italia-Alemania en 1982, en el mismo escenario. Gracias a él el Atlético obtiene un título catártico

En el verano de 1993 Alfredo abandonó el Atlético y fichó por el Deportivo de la Coruña. Para acompañar a su pareja de cracs brasileños (Bebeto y Mauro Silva) el presidente Lendoiro había adoptado la política de pescar en los equipos punteros y fichar de ellos aquellos jugadores que no conseguían asentarse como titulares (Aldana en el Real Madrid, Nando en el Valencia, López Rekarte en el Barça….). Alfredo llegó con el hispano-brasileño Donato y fue una pieza importante, alternando titularidad con banquillo, en el aquel Deportivo que rozó el milagro de la Liga de 1994, y al que se le escapó de forma cruel en el último partido. La temporada siguiente, la última de Arsenio, los coruñeses llegaron a la final de Copa del Rey y allí les esperaba el rival al que más ganan podían tenerle. el Valencia, el equipo que primado por el Barça les había impedido ganar el campeonato en la dramática última jornada del año anterior. Alfredo, una vez más partió en el banquillo, pero salió sustituyendo a Aldana en el minuto 50. Antes en el 35, Manjarin había adelantado a los gallegos. El cielo había empezado a encapotarse y bien adentrada la segunda parte empezó a llover con insistencia. En el 70 Mijatovic empata de un preciso golpe franco. La lluvia no cesa y termina derivando en la mayor tromba de agua que conoció la capital en todo el siglo XX. El campo se torna en impracticable y hasta los vestuarios se inundan. El árbitro García Aranda decreta la suspensión del partido con empate y todo por decidir.
Tres días después se reanuda el partido. A nueve minutos de la conclusión, Manjarín centra al área ocupada por Zubizarreta, el mítico portero de Athletic y Barça que concluyó su carrera en el Valencia, el defensa Juan Carlos reacciona tarde y el propio portero duda más de la cuenta en salir. Alfredo mete la cabeza antes que llegue el puño de Zubizarreta y la pelota entra en la portería. Otro gol decisivo en otra final de Copa en el Bernabéu. Éxtasis coruñés ante el primer título de su historia y el madrileño de nuevo convertido en héroe.
Alfredo siguió en Coruña hasta 1997, año en el que recalaría en el Sevilla, en el que jugó hasta 2001. Terminaría sus días de nuevo en el Getafe para hacerse entrenador con posterioridad. Las hemerotecas quizá no le recuerden como una estrella, pero en su trayectoria consta un hito al alcance de pocos.


domingo, 3 de marzo de 2019

PORQUE FERNANDO TORRES ES ÚNICO

No existe un mito más asentado en la historia del Athletic de Bilbao que José Ángel Iribar, el guardameta que defendió los palos del viejo San Mames en los años 60 y 70. Conviene recordar que El Chopo, así era apodado, no levantó ninguna de las ocho Ligas que se encuentran en las vitrinas del centenario club vasco y sólo pudo engrosar su palmarés con dos Copas del Generalísimo en dieciocho temporadas. Pero el público rojiblanco no tuvo eso en cuenta: lo que realmente valoró fue el hecho que Iribar sostuvo al Athletic en años de vacas flacas, cuando su legendario equipo de los 50 se hizo mayor y los chavales de Lezama se veían obligados a tirar del carro, frente a rivales que disponían de más potencial económico y que, cuando se legalizaron, pudieron reforzar sus equipos con foráneos. Así que Iribar fue un bastión que evitó males mayores, la amenaza del descenso, y la preservación de una tradición que vale mucho más que los trofeos que se puedan levantar.
Este referente emocional es habitualmente despreciado por los poderosos tótems de nuestro fútbol (y sabemos de quien hablamos) que identifican a sus mitos por su participación en triunfos concretos y que sólo restringen las trayectorias al palmarés. Francesco Totti pudo salir de la Roma en busca de engrosar su curriculum, pero decidió seguir en la ciudad eterna y pudo retirarse con sus sueños cumplidos en su totalidad: fue campeón del mundo con su país y ganó Liga y Copa con el club de sus amores. Steve Gerard colgó las botas sin saber lo que era ganar una Premier, pero forma parte del santuario de Anfield, tanto como las leyendas del Liverpool que dominaron Inglaterra y Europa en los 70 y 80. Todos buscan el triunfo, desde luego, pero no todos tienen el camino tan allanado para conseguirlo en función de potenciales económicos, institucionales o mediáticos.
Fernando Torres fue un jugador gafe de la historia del Atlético de Madrid. Y quizá ni si quiera uno de los mejores. Pero forma parte de sus  emblemas históricos junto a Collar, Luis Aragonés, Gárate, Futre o los recientes Simeone, Godin o Griezzman. Y es un emblema porque precisamente, tuvo que apechugar con apenas dieciocho años con la peor época deportiva del club, esa que transitaba en los estertores del Gilismo, por los campos de segunda división y que deambulaba sin pena ni gloria por la primera, en busca de una grandeza que, conforme a las previsiones de Luis Aragonés, tardaría una década en llegar. La misma época en que sus compañeros de viaje eran Alvaro Novo, Musampa, Javi Navarro, Peter Luccine, Martin Petrov o Nikolladis; el periodo en el que el banquillo del Manzanares lo ocupaban sucesivamente Gregorio Manzano, Cesar Ferrando, Pepe Murcia o Javier Aguirre. Es fácil destacar y engrosar trofeos cuando te acompaña lo mejor del mercado, al precio que sea. Más complicado es tirar del carro en régimen de escasez, mantener la ilusión de la hinchada cuando la nada te rodea con frecuencia e inventar soluciones a problemas que parecen irresolubles. Torres fue el faro que guió al equipo en los años de plomo, su único referente de calidad cuando los mejores tiempos quedaban lejos y el elemento clave que al menos impidió que se volviera a coquetear con el fantasma del descenso. Tuvo que emigrar para crecer deportivamente y dejó una buena cantidad de dinero en las arcas del club, que sirvieron para afrontar el fichaje de Forlan, y de la mano de la selección española alcanzó la gloria deportiva que buscaba. De alguna forma sus grandes campañas en la Premier, en Anfield, hasta que las lesiones le lastraron eran vividas con orgullo por una afición que no conocía más referentes que el chico de Fuenlabrada que le mantuvo la ilusión.



Cuando volvió e 2015 consiguió reunir a 45.000 personas en el Calderón el día de su presentación. No era el Atlético el erial que dejó, sino un club transformado y competitivo de la mano de Simeone. Tampoco gozó de plena fortuna en su regreso, ya que no pudo culminar el sueño de la Champions en la noche triste de Milán y se vería relegado al banquillo en sus últimas temporadas, con una relación muy deteriorada con el técnico; dos emblemas que terminaron chocando por una mezcla de elementos deportivos y de egos. Su único título de colchonero (la Europa League de Lyon) le cogió como elemento muy secundario. Por jugarretas del destino, Torres no pudo asociar su glorioso periplo por el Atlético con el éxito deportivo como Gaby, Godin o el propio Diego Costa, así como otras leyendas colchoneras de tiempos pasados, pero su figura se agiganta ante la hinchada por que su aportación ha ido mucho más allá que lo que en realidad significa un trofeo.

RUTINAS ASENTADAS

El nuevo paseo del Barça en el Bernabéu confirma una tendencia muy acusada en el universo futbolístico, en el que algunos resultados o hechos se dan con una frecuencia tan establecida que sorprende que las previas de muchos partidos se intenten vender desde el punto de vista mediático como enésimos duelos del siglo, cuando según la estadística el resultado es muy previsible.
De alguna forma cada visita del cuadro culé al santuario blanco se ha convertido en una rutinaria manifestación de superioridad en la que ya no resulta necesaria ni siquiera la correspondiente exhibición de Messi. En el 0-4 de 2015, ni jugó y en los 0-3 recientes mostró una versión hasta descafeinada del mismo, dejando el protagonismo al cuestionado Luis Suárez. En realidad el Barça ya ni se molesta jugar bien para ganar o incluso golear al Madrid, un hecho  cada día menos insólito. Aborda cada clásico en la castellana con una sensación de poder tan asentada que se transmite a todos: jugadores de ambos equipos, aficionados, prensa….El miércoles, a medida que el Real Madrid acumulaba méritos para marcar y se sucedían las ocasiones frente a un Barcelona mas bien mustio, casi  todo espectador veterano tenía la misma intuición: que a la primera ocasión clara visitante el balón iría al fondo de la portería, como así fue. En el partido de Liga del sábado, el control catalán era tan diáfano, que el 0-1 final casi olió a falta de ensañamiento.



Este tipo de inercia, que parece situarse por encima de estados de forma y momentos de juego, y que sólo logra una cierta explicación plausible mediante la calidad de algunos futbolistas, se manifiesta una y otra vez en numerosos encuentros con los mismos contendientes aunque compuestos por diferentes protagonistas. Recuerdo que el en Bayern- Real Madrid de semifinales de Champions de la pasada temporada, tanto en la ida como en la vuelta hubo partes de un dominio bávaro tan insultante, que el tema sólo podía acabar de una forma: o con goleada alemana (improbable) o con triunfo blanco (más que seguro). Y es que la corriente ganadora madridista en Champions se combina con un desastroso cuadro de horrores en la competición doméstica que no parece tener fin. Del mismo modo que la insultante superioridad culé en la disputada y exigente competición española (va camino de su cuarto doblete en cinco años), se mezcla con caídas estrepitosas e impensables en entornos continentales, sea cual sea el escenario (Paris, Roma o Turín).
Es muy curioso ver como esas frecuencias se manifiestan década tras década en escenarios muy distintos: todo futbolero con trienios sabe que una presencia del Real Madrid en la final de Champions es sinónimo de triunfo seguro, sea cual sea la forma, que siempre que el propio Madrid juagaba una final de Copa en su estadio, la sorpresa saltaba (solo gano dos de nueve y una contra su filial) sin que importase que fuese en la fecha de su centenario (Deportivo) o frente a rivales contra los que no mordía el polvo en catorce años (Atlético), que Alemania nunca puede con Italia en partidos claves de Eurocopas o Mundiales, que toda eliminatoria del Atlético en Copa de Europa ante rivales más poderosos y tachados de favoritos es el punto de partida a una hazaña impensable y que todas sus finales son dramas saldados con final trágico, que el Sevilla puede jugar todas las finales de Europa League posibles sin que parezca que sea factible que pueda perder alguna, aunque se lo proponga, y que cada vez que se cruza con un grande auténtico va a terminar perdiendo aun cuando parezca que , por una vez, pueda dar la campanada o que el Benfica portugués será como Sísifo con su piedra en busca de superar la maldición que le acompaña en las finales europeas y que les lanzó el entrenador que les hizo ganar las dos primeras. Distintas épocas con distintos jugadores, pero un mismo desenlace contra el que parece imposible rebelarse.
Por eso cuando se rompe la tradición, y se echan abajo los muros en apariencia infranqueables, los clubes y aficionados sufren una catarsis única que suele servir de punto de partida a un futuro mejor alejado de complejos tan arraigados. Ahí van algunos ejemplos: el gol de Koeman en Wembley, el de Mijatovic en Ámsterdam, la tanda de penaltis del España-Italia de 2008 o el cabezazo de Miranda en la final de Copa de 2013. Quizá en la búsqueda de esos instantes únicos se fundamenta buena parte de la pasión futbolera ya que, a fin de cuentas, lo bueno del deporte es que, al contrario de la vida,  casi siempre ofrece una oportunidad más.


lunes, 19 de noviembre de 2018

GABI, EL SÍMBOLO DEL CAMBIO


El último verano futbolístico dejó una noticia poco comentada per muy trascendente: la salida del Atlético de Madrid de su capitán de los últimos años, Gabriel Fernández, conocido popularmente como Gaby. Sus 34 años , el hecho que esta temporada se había fichado al incipiente Rodri para la posición de medio-centro y una jugosa oferta económica de Qatar fueron factores esenciales para su decisión.
Tal vez no haya mejor ejemplo que Gaby para entender la transformación de la entidad rojiblanca en los últimos seis años. De alguna forma Gaby ha resultado un emblema del cholismo, no sólo en cuanto a traslación del ideario del técnico argentino al campo, ya que el medio centro ha sido el mejor alter ego del entrenador, sino también a símbolo del espíritu de un equipo que en apenas un par de temporadas abandonó el pesimismo latente desde casi la década de los años 80 por el resurgir de la competitividad extrema que le acompañó en las mejores épocas del club (años 60-70) que parecían olvidadas para las nuevas generaciones.
 
 Gaby concentraba mejor que ningún otro las características esenciales de ese combinado que tocó el cielo con la Liga de 2014, en realidad casi era una concentración de todas las características del equipo. Sus condiciones técnicas eran notablemente inferiores a la de jugadores de su misma posición de los equipos punteros (Xavi Alonso, Busquets, Modric, Xavi….), nunca alcanzó la internacionalidad precisamente por la dura competencia en esa posición, tampoco gozó del reconocimiento generalizado de la prensa pero del mismo modo que el Atlético moderno no se resignó al papel secundario que casi todos le tenían asignados; en realidad perteneció a ese grupo de futbolistas con capacidad para explotar al máximo una virtudes más modestas aunque con consecuencias prácticas esenciales para su equipo: sentido táctico, liderazgo, capacidad de tomar decisiones adecuadas en los momentos claves (desde una falta táctica hasta ordenar la presión sobre el contrario) y espíritu de lucha e inconformismo. Sólo desde esos patrones los rojiblancos fueron capaces de ganar un a Copa al Real Madrid en el Bernabéu y una Liga en el mismísimo Camp Nou y de llegar a dos finales de Liga de Campeones superando cualquier barrera que la lógica parecía imponer, luchando y superando con frecuencia a equipos con un talento futbolístico muy superior sobre el papel.
Su despedida real fue por todo lo alto: partidazo y gol en la final de la Europa League, competición que él mismo en una arranque de sinceridad y frustración había descalificado meses antes tras una sorprendente eliminación en Champions, pero con cuyo triunfo en la misma el Atlético volvió a confirmar su nuevo estatus de equipo solvente y ganador, ese carácter que entre otros, el capitán había ayudado a crear y transmitir a los que se incorporaban a la entidad. Formado en las categorías inferiores del club al que dio el salto en los años de plomo y penurias que siguieron al ascenso, no fue ajeno en sus comienzos a la capacidad devastadora de la entidad de ese periodo tuvo que emigrar a Zaragoza para buscar su consolidación profesional (de hecho sobre él planea a fecha de hoy un oscuro asunto de compra de partidos durante esas temporadas).Reclamando por Gregorio Manzano en su efímera y poca afortunada vuelta al Calderón en verano de 2011, su regreso sorprendió a los aficionados que ni en sueños pensaban el ciclo que estaba a punto de iniciarse y en el que fue una de los estandartes indiscutibles.
Su sustitución por Rodri también tiene mucho de metafórica sobre el nuevo estado del club. El talento y la calidad técnica del nuevo jugador Atlético representan una era marcada por un flamante nuevo estadio, la condición de equipo instalado en la élite del fútbol europeo y con capacidad para fichar y retener figuras. Qué distinto panorama del vivido por Gaby en su debut en 2004 y su regreso en 2011, habiendo contribuido como pocos y con sus armas a transformar un club que dejó del lado décadas de oscuridad para vivir un presente más que esperanzador. Pocos homenajes habrá mas merecidos que el del próximo día 22 en el Wanda, en donde podrá despedirse de la forma adecuada.

viernes, 17 de agosto de 2018

EL DOCTOR CABEZA Y LA LIGA DEL 81


Aparte de la finales de Copa de Europa perdidas de forma tan dramática, no ha habido jornada tan negra en el Vicente Calderón como la acontecida el 4 de abril de 1981 en un duelo ante el Zaragoza.

En agosto de 1980 había llegado a la presidencia del club Alfonso Cabeza, médico forense, director del Hospital de la Paz, personaje dicharachero, bromista y con innegable atracción populista. El club rojiblanco estaba en horas bajas: las deudas se acumulaban y tras una década gloriosa el rendimiento deportivo había bajado sustancialmente. Vicente Calderón dimitió y dio paso a un periodo electoral al que concurrieron Cabeza y Mariano Herrero, pero este último se retiró tras el trágico fallecimiento de su hijo en accidente de tráfico, con lo que el forense se hizo con la presidencia.

Al estar la tesorería bajo mínimos se tiró de cantera y apenas se incorporó un fichaje muy modesto como el defensa Balbino, procedente del Salamanca. El entrenador José Luis García Traid, no tenía tampoco experiencia en equipos grandes y se inició la temporada con el objetivo de obtener plaza en las competiciones europeas. Con un conjunto joven y animoso el Atlético tuvo una salida extraordinaria e inesperada. Enlazó diez jornadas sin perder y sólo mordió el polvo en la visita al Camp Nou (4-2). De la mano de jugadores como Arteche, Julio Alberto, Marcos, Rubio y el extraordinario centrocampista brasileño Direceu (única figura relevante del equipo) se erigió como alternativa sorprendente a los favoritos por el campeonato.
Ebrio por la buena marcha del equipo, Cabeza empezó con un carrusel de declaraciones, muchas de ellas derivadas en estrambóticas y hasta divertidas polémicas con Helenio Herrera entrenador del Barça y Luis de Carlos , presidente del Real Madrid, sobre la edad de los mismos y sus dificultades con la próstata. Pero al mismo tiempo empezó a despotricar contra colectivos más sensibles. la Federación y el Colegio de árbitros. Cualquier resultado negativo de su equipo era seguido de una proclama contra la parcialidad de los colegiados. Parte de su junta directiva le aconsejó que se moderara, sobre todo por las consecuencias que traería esa hostilidad hacia el poder establecido. En realidad en aquellos tiempos estaba muy extendida la sensación de que los árbitros siempre favorecían al Real Madrid.
El combinado de García Traid siguió a lo suyo y confirmó su candidatura al título al ganar el derby al Real Madrid en el Manzanares a finales de la primera vuelta. Nada detenía al doctor que ya se había convertido en una estrella mediática (hasta llegó a publicar un libro autobiográfico, “Yo Cabeza”) ya que los periodistas acudían a él como un panal de rica miel. La Federación le suspendió y él se mostró aún más desafiante al asegurar que se situaría entre el público en un Atlético-Barça decisivo para el campeonato a disputar en el Calderón. Unos días antes es secuestrado Quini, delantero estrella del Barça, los jugadores culés amenazan con un plante, pero el partido se juega con Cabeza en la grada como un aficionado más. Gana el Atlético1-0 con gol de Marcos Alonso (futuro jugador del Barça).
Quedan ocho jornadas para el final de la Liga y el Atlético saca siete puntos a sus rivales. Todo está en la mano de los colchoneros, pero entonces llega el desplome. Varios directivos presentan su dimisión ante el cariz que están tomando las acontecimientos y el equipo entra en crisis de resultados tras una gran temporada. Cae en Gijón 3-0 y en Sarriá 2-0 con Guruzeta (nombre maldito para el Atlético) de por medio. Ante el Salamanca en casa siguen las desgracias. Rubio falla un penalti, el portero Navarro se lesiona y sólo se empata a uno. Los rivales acechan y es imprescindible ganarle al Zaragoza para seguir teniendo el campeonato en la mano.
El decisivo partido llega en un entorno muy enrarecido por todo lo que rodea al equipo en las últimas jornadas. Cabeza, aragonés como el entrenador colchonero, realiza un cálido recibimiento a sus paisanos pero en el campo hay cualquier cosa menos amabilidad. El defensa Miguel Ángel Ruiz adelanta pronto al Atlético al rematar una falta, pero el Zaragoza muestra pronto una notable dureza que no es cortada por el colegiado el andaluz Álvarez Marguenda. Rubén Cano, delantero rojiblanco, se marcha lesionado y Marcos Alonso sufre un severísimo marcaje por parte del central Casajús. Se anula un gol, a Arteche y el 1-0 planea al descanso.
 

La continuación sigue las misma tónica de un juego que se endurece a pasos agigantados ante el enfado del público. Este va incrementándose cuando Marguenda no señala unas manos muy claras en el área zaragocista. Luego estalla el escándalo: Marcos pelea un balón en la media y realiza una entrada. Es una falta clara, no especialmente dura, teniendo en cuenta el listón permitido por el colegiado. Marguenda se acerca , echa mano al bolsillo y ante el estupor generalizado saca la tarjeta roja al jugador más castigado de la tarde. El público se encrespa, ya no hay duda, el árbitro quiere la derrota atlética. Se empiezan a zarandear las vallas y se teme por una invasión de campo. Para más inri el Zaragoza remonta el partido: un penalti ahora si señalado transformado por Pichi Alonso y un tanto de Valdano, con el Atlético ya desquiciado. Es escándalo es de aúpa y el colegiado debe de salir escoltado por la policía. García Traid trata de agredir a un jugador del Zaragoza y los jugadores con lágrimas en los ojos señalan que la Liga esta pérdida ya que hay persecución contra el Atlético. Quedan todavía tres jornadas por disputarse, pero todos han tirado ya la toalla. Se acude el domingo siguiente al Bernabéu y Cabeza decide no acudir al campo merengue y convocar a los socios a una merienda “con tortilla” en el Calderón mientras se escucha el partido por radio. El Atlético pierde 2-0 y sella el adiós definitivo a una Liga que tenía en su mano unas jornadas antes. El campeonato lo termina ganando la Real Sociedad arrebatándosela in extremis al Madrid con el famoso gol de Zamora en Gijón.

El doctor apenas dura en el cargo medio año más: inhabilitado por dieciséis meses, con el club al borde de la quiebra y la depresión latente por la pérdida de la Liga, presenta su dimisión en abril de 1982. Una Junta Gestora se hace cargo de la entidad hasta que Vicente Calderón desembarca de nuevo en julio del mismo año, con anterioridad consigue poner freno a la sangría económica con los traspasos de Marcos y Julio Alberto al Barça. Se va como una celebridad y durante años es requerido en todo sarao que se le ofrezca, y hasta ejerce de presentador de algún que otro programa de televisión. Es el único expresidente del Atlético que continúa vivo

 

jueves, 24 de mayo de 2018

LA ENCRUCIJADA DE ANTOINE


Difícil tesitura la que afecta a la estrella gala en estas fechas. Con dos pretendientes sumamente cualificados, Griezzmann debe de decidir si opta por una opción u otra y la disyuntiva se sitúa en la peor de las situaciones para tomar una decisión: de ella puede depender buena parte de su carrera.

Hacia mitad de temporada el asunto parecía claro: su futuro era más azulgrana que nunca. Su descomunal segunda vuelta ha dejado algunas cosas claras: con Diego Costa arriba sus prestaciones suben como la espuma, y la llegada del killer brasileño no ha traído consigo, como parecía, un desplazamiento del protagonismo en el ataque del Atlético. Es más Costa no tiene reparo en sacrificarse en pos del estallido de Antoine. Si algunos (de forma injusta) le acusaron de ser el culpable de la noche trágica de Milán por el fallo de la pena máxima durante el partido, los mismos no deben de dejar de reconocer que el nuevo título europeo a la hucha se ha fundamentado en las aportaciones del discutido delantero, ya sus goles y asistencias ante Arsenal y Marsella le han reivindicado como el astro que es.

Es Griezzmann un foráneo que no debe amor a los colores de la misma forma que un Koke o un Saúl, que no dudan de seguir en la causa rojiblanca pese a los cantos de sirena procedentes de Can Barça. Ridículo es que algunos se indignen ante su posible salida cuando el Atlético no duda en pagar las clausulas rescisorias de aquellos que procedentes de escalafones inferiores en la jerarquía futbolera, (Fillipe, Godin, Vitolo, Gameiro…) buscan en Madrid una mejora económica y profesional, sin ir más lejos el propio Antoine dejó su Real Sociedad, en donde se había forjado como futbolista, para alcanzar nuevos horizontes en el Atlético. A nadie le cabe la menor duda que el Barça es lo máximo a lo que aspira un futbolista, y todo reproche de falta de lealtad raya lo absurdo.
 
 

Pero sobre Griezzman planea una sombra más que real: pasaría de ser el rey absoluto de un proyecto deportivo fascinante a ser una miembro presuntamente cualificado de un imperio que garantiza triunfos colectivos pero no protagonismo en los mismos. Es el Atlético de Simeone a fecha de hoy la única alternativa sólida al dominio omnímodo de Real y Barça. Seis títulos oficiales en seis años y medio de mandato así lo avalan. Salvo catástrofe poco factible a fecha de hoy jugar en el Atlético implica posibilidad de pelear en lo más alto. Pelear sí, ganar no tanto. Y si llegan más triunfos estos giraran en torno al elegante delantero francés, que además contará con el apoyo de su técnico- fetiche, de aquel que le ha llevado a la élite mundial. No es aventurado señalar que si decide quedarse en Madrid, puede llegar a convertirse en el mejor jugador de la historia del mejor Atlético posible.

Si por el contrario decide coger el puente aéreo, es casi seguro que en caso de aguantar años en Can Barça llene su palmarés de trofeos, bastantes más que los que pueda ganar en Madrid. Y eso que , por lo menos a nivel europeo, el Barçá es menos fiable a fecha de hoy que el Atlético. Por su calidad por descontado que tiene condiciones para triunfar, pero esa calidad por sí no es suficiente para unos de los tres clubes más exigentes del mundo. En Barcelona no vale con ganar, hay que deleitar. No hay tampoco tregua a un par de partidos malos, y la competencia que le rodeará (Coutiho, Dembelé…..) le supondrá una presión añadida. Y todo lo que gane tendrá un indiscutible protagonista principal rodeado de teloneros de lujo: en el club en el que juega Messi, nada es susceptible de no tenerle de referencia. Perderá asimismo el contacto con la ferviente grade atlética por un público más frio y exigente en el que la vitoria es una rutina que en rara ocasión provoca el éxtasis.

En la mente de todos están caso como los de Falcao (que nunca fue el mismo tras salir del Manzanares), Costa o Fillippe (que tuvieron que suplicar volver a Madrid) o el más emblemático de Arda Turan. un mago de rojiblanco que creyó encontrar en Barcelona el entorno ideal a su exquisitez técnica, para protagonizar un sonoro fiasco deportivo. Todos ellos crecieron al amparo de Simeone que sacó de los mismos mucho más de lo previsto. Y fuera de ese espíritu guerrillero no se encontraron nunca a sí mismos. También presentes están fracasos emblemáticos de los fichajes azulgranas como Paco Alcácer o Andre Gomes, destacados valencianistas que no lograron superar el duro tránsito a la exigencia máxima del Camp Nou.

Griezzmann debe decidir, por lo tanto, si quiere ser Hugo Sánchez, Rivaldo, o Mijatovic (en el mejor de los casos), nombres destacados nunca iconos que dieron el salto de aspirantes a campeones rutinarios, o Francesco Totti, Paulo Futre o Steve Gerard, que conocieron ocasionales glorias deportivas, escasas en comparación con aquellos que decidieron apostar sobre seguro, pero pervivirán para siempre en el imaginario de los que les encumbraron.

lunes, 16 de abril de 2018

GRANDES DÍAS PARA EL ANTIMADRIDISMO


Pocas satisfacciones sacian tanto a la legión de antimadrisistas que la comprobación fehaciente que sus argumentos tienen una base más que sólida para refutar a sus contrarios cuando estos restriegan en la cara los éxitos europeos. La necesaria connivencia con el poder del tantas veces laureado club, así como la sospecha permanente sobre la licitud de los triunfos que tanto invocan, dan a los críticos del imperio blanco una relajación interna, y  provocan en sus adversarios un aire de indignación y búsqueda furibunda de argumentos en contra, desde la inevitable referencia al sentimiento de envidia al rastreo incesante de precedentes en sentido contrario que suelen concluir en aquella noche londinense en la que el fabuloso Barca de Guardiola tuvo en el trencilla a su mejor aliado, más allá del inevitable iniestazo.

Sojuzgado por Messi en la competición nacional, en la que sufre asimismo, los frecuentes picotazos del cholismo, al Real Madrid siempre le queda el clavo ardiendo de la Champions, hasta el punto que ha creado en ella un seguro de vida que da cobertura a todos y cada uno de sus sinsabores nacionales. Camino de su cuarta copa en cinco años, ha establecido una dictadura de apariencia eterna en la máxima competición continental sostenida en un atípico conjunto de factores: la seguridad que le otorga su historia en la competición, Cristiano Ronaldo como implacable ejecutor, una suerte de dimensiones paranormales que curiosamente se le niega en los trofeos nacionales y las precisas y puntuales ayudas arbitrales que muestran un talento insuperable para acudir al rescate cuando las cosas se ponen chungas.
 

Lo que parecía una noche de trámite europeo terminó derivando en un escándalo monumental. El guion se salió del itinerario habitual y la Juventus amenazó con lograr la que probablemente hubiese sido la mayor hazaña de la historia de las copas europeas; remontar al rey de la Champions un 0-3 en su propio estadio. Tamaña herejía no podía tener un desenlace final muy diferente del que se produjo, a fin de cuentas la Vechia Siñora es con el Atlético de Madrid el club más maldito de la Copa de Europa; no solo ha perdido siete de las nueve finales que ha jugado, sino una de sus dos únicas victorias  vino en el peor escenario posible: la trágica final de Heysel , en la que fallecieron más de treinta de sus seguidores. La seguridad con que el colegiado señaló el ligero contacto con Lucas Vazquez en el minuto 93 (cómo no) como indiscutible penalti, no era muy distinta de cómo sus antecesores se hicieron los suecos con el gol de Ramos en la final de Milán, las entradas de Casemiro en los cuartos de final ante el Bayern del año pasado, los goles en fuera de juego del mismo partido, las manos de Ramos en la ida de los octavos de final ante el PSG, o el súbito ataque de lipotimia que sufrió Toni Kross en el mismo encuentro ante el roce de un jugador francés en el área. El arte de la ayuda también requiere de precisión: ésta no es igual de eficaz según el momento en que se otorgue.

Por otro lado, la debacle del Barca en Roma fue tan tremenda, que casi deja al otro trasatlántico sin el argumento de los privilegios indebidos del rival. Que un equipo que cuenta con Messi, y con vientos arbitrales no muy alejados de los merengues, deje en bandeja un dominio de la Copa de Europa casi similar a la de los años del NO-DO, al Real Madrid es algo cercano a lo inaceptable. Puede encontrar consuelo a su  aplastante dominio del ámbito doméstico y hasta en sus reiterados paseos ligueros por Chamartín, pero no parece que sea suficiente. No en vano, el Barça siempre ha funcionado en la Champions de forma regular pese a sus cinco entorchados: ganó la primera con Cruyff aprovechando la ausencia por sanción del imperial Milán de entonces en ese ejercicio (siendo barrido por el mismo en la final de un par de años después), solio hacer en ridículo en los años dorados de Figo y Rivaldo, y hasta en la fastuosa era Guardiola solo calzó dos de cuatro, una de ellas además bajo sospecha por aquello de lo que pasó en Stanfor Bridge.

Durante la retransmisión del Madrid-Juventus me impactó mucho la imagen reiterada de una joven aficionada madridista con cara de angustia ante la catástrofe que asolaba a su equipo. Dada su juventud esa chavala no tenía la tranquilidad interna que los antimadridistas veteranos teníamos en nuestras casas. Éramos muy conscientes de lo que iba a pasar y casi adivinábamos el cómo, y en fondo nos hacía algo de gracia el desarrollo de policiaco rutinario que mostraba el encuentro: su desenlace lo habíamos visto tantas veces que hasta nos dejaba indiferentes. Pero a fin de cuentas, nos ha permitido llenar nuestras carpetas de memes con las que contraatacar en caso de que levante la decimotercera.