jueves, 9 de abril de 2020

ANTIC: LA OBRA MAESTRA BREVE E INOLVIDABLE

En días extremadamente trágicos para todos, el Atlético de Madrid vive el siniestro goteo de la pérdida de algunos de sus referentes históricos: Joaquín Peiró, Capón, Miguel Jones. Pero ninguna pérdida ha impactado tanto como la del serbio Radomir Antic. Se trata del hombre del milagro del 96. De aquél que cogió un equipo en ruinas y convertido casi en rechifla nacional y en nueve meses inolvidables le llevó a la mejor temporada de su historia. Un hito breve, pero de tal impacto que la extensísima e intensa carrera de Antic giraría en torno a ese acontecimiento. Y hablamos de una  trayectoria que incluye, nada menos, que ser el único entrenador que ha dirigido a los tres grandes: Real Madrid, Barça y Atlético.
Nacido en la antigua Yugoslavia de Tito, pronto adquirió las características que jalonaron el perfil de la mayoría de sus compatriotas deportistas:  vocación de trotamundos y competitividad extrema. Cuentan las crónicas que se trató de un líbero elegante, con buena salida de balón y visión de juego muy adelantada para los defensas de su época. Transitó por el fútbol turco, el español y el inglés, y ese peregrinar le permitió empaparse de los diferentes modelos de juego en función de las culturas generando una de sus virtudes como técnico: su carácter estudioso del juego, que llevaría a extremos que hicieron ser un adelantado
Cuando colgó las botas y se sentó en el banquillo ya contaba con referentes importantes de entrenadores balcánicos con éxitos fuera de sus lugares de origen: Miljanic, Boskov o Tomislav Ivic. Llegó de puntillas al Zaragoza en 1988, lugar en donde dejó un buen recuerdo como jugador, y frente a las reticencias iniciales por su teórica inexperiencia llevó a los maños a la U.E.F.A. Sorprendió mucho que el Real Madrid le reclutase como entrenador en 1991, en medio de una temporada desastrosa tras cinco ligas consecutivas. Perdió sus dos primeros partidos, pero luego hizo reaccionar al equipo de tal forma que de casi la mitad de la tabla acabó siendo tercero. Mendoza, el presidente blanco, tenía apalabrado al colombiano Maturana para el ejercicio siguiente, pero no pudo resistirse a la tentación de premiar el meritorio trabajo de Antic. Pero ya empezó a mostrar la esencial virtud que le convertiría en un entrenador de referencia en la última década del siglo XX: su capacidad casi mágica para reanimar equipos en aparente fase terminal.

Como la mayor parte de las decisiones basadas en el compromiso y no en el convencimiento, el mantener a Antic en el banquillo banco estuvo sometido a una evaluación casi insufrible desde el primer día. Y eso que el equipo ganaba sin parar, que descubrió las dotes goleadoras de Fernando Hierro subiéndolo al centro del campo, que Butragueño recuperaba su acierto de cara a la portería un tanto adormecida. Tal era la desconfianza en el serbio que bastaron dos derrotas (una en Calderón, precisamente, otra en Valencia) para tener una excusa de cara a su cese. El Real Madrid era líder con tres puntos de ventaja cuando el holandés Leo Beenhaker tomo el relevo. Al final perdió todo ese año: liga, copa y U.E.F.A.
Tal adversidad no hizo sino incentivar a Antic, que en poco tiempo consiguió su particular redención. Volvió a coger una ruina (el Oviedo 92-93) que apuntaba a la segunda división; lo salvó y estabilizó en dos temporadas y media de solidos resultados y buen juego. Entonces le llegó el momento culminante. Le llamó el Atlético de Madrid de uno de los periodos más negros (que ya es decir) del Gilismo. Entonces el club del Manzanares era algo más cercano a un reality show que una entidad deportiva; había devorado nueve entrenadores (sí, nueve), en dos temporadas que bordeó el descenso. Antic declararía después eligió al Atlético por ser el club más difícil del mundo. Era su desafío, su prueba definitiva para medirse.
Le trajeron como refuerzos un saldo del Valencia (Penev), dos descendidos  a segunda con el Albacete (Santi, Molina) y dos promesas (Roberto y Biaggini). De guinda el insistió en fichar a toda costa por apenas setenta millones de la época (para tener una referencia, un año más tarde Mijatovic le costó al Real Madrid mil doscientos millones) a un compatriota suyo de casi treinta años y del que nadie había oído hablar (Pantic). Háganse una idea de las perspectivas de triunfo que tenía ese equipo.
El resto es historia. Una alineación que todo el mundo recitaba de memoria, un equipo que adelantaba la defensa al medio campo, un portero que hacía funciones de líbero, un futbolista (Pantic) demoledor en el balón parado. Frente a la tradición ancestral del club de repliegue y contragolpe, ese Atlético buscaba la combinación, el toque, la iniciativa del partido . Nunca (al menos en la era moderna) vio ni vería el desaparecido Calderón un juego de tantos kilates. La consecuencia fue el doblete, una hazaña para la historia.

Un hito de tales dimensiones probablemente sólo tenga dos opciones: el continuismo sosegado en la parte alta de la tabla (en España el estus quo, o sea Barça y Madrid siempre vuelve) o la caída. Desgraciadamente fue lo segundo. Su era intensa y  de juego excelso se fue al garete en una semana trágica del 97 en el que dos partidazos inolvidables del equipo (el 5-4 del Barça en la Copa y, sobre todo, el 2-3 ante el Ajax en Champions). Los infructuosos cuatro goles de Pantic, la lentilla de Aguilera, el penalti de Esnaider, el gol increíble de ese tal Dani que luego no le dio una patada a un bote cuando el Atlético le ficho en sus años oscuros….El viejo malditismo de la casa, la derrota insoportable, ambos  siempre dispuestos a reaparecer tras los triunfos épicos.
Ya nada fue igual ni para el club, ni para Antic. De forma equivocada creyó que sus acreditadas dotes de mago en situaciones críticas podrían salvar al quipo en la temporada de la intervención judicial. Nada podía evitar el desastre en esas circunstancias y vivió la amargura de ser el entrenador que vio bajar a segunda al Atlético por primera vez tras la Guerra Civil. Los dos empezaron un camino oscuro muy alejados del triunfo que se extendió en la primera década del siglo XXI, aunque Antic fue requerido por enésima vez para levantar a un gigante caído: el Barça de Gaspart que estaba a tres puntos del descenso, nada menos. Lo levantó de la UCI hasta llevarlo a puestos europeos, algo muy meritorio que, como le ocurrió en el Real Madrid, no le fue sufrientemente reconocido. Terminó como comentarista deportivo, algo que parecía disfrutar mucho y que cuadraba con su gusto por acercarse al fútbol de forma casi científica.
Años más tarde Simeone fue capaz de lograr, otra vez, la hazaña de rehabilitar al Atlético, que volvía a parecer un enfermo crónico sin solución. No solo llego a la meta en la que nade creía. Lo mantuvo durante no pocos años. El argentino ha triunfado desde el realismo inteligente: para competir con los grandes debo dejar de lado la excelencia y buscar la practicidad. Antic quiso ser sublime desde el inicio y lo logró enseguida, y hay quien puede argumentar, con criterio, que no lo mantuvo . Pero lo que logró será recordado siempre. La obra maestra breve e inolvidable.


lunes, 15 de abril de 2019

ALFREDO, EL SECUNDARIO QUE DECIDIO DOS COPAS

La historia de los títulos se identifica con grandes figuras que marcaron goles trascendentales en las finales o partidos decisivos. Mas infrecuente es que jugadores competentes, pero del segundo escalafón sean esenciales en la resolución de esos partidos. En la década de los años 90, uno de esos bregadores, Alfredo Santaelena, tuvo un papel determinante nada menos que en dos finales  de Copa del Rey
Alfredo era jugador del modesto Getafe, entonces en 2ª B, que llamó la atención de los técnicos del Atlético. El mismo relataba su fichaje por el club del Manzanares. "Estaba en el Getafe. Jugamos un amistoso en Las Margaritas con el Atleti. Al acabar, Gil baja al vestuario y pregunta por mí. Yo estaba en la ducha y me dicen "te busca Gil". Entonces salí, con la toalla y Gil me dijo "Joder, pero si en el campo pareces más grande. Pásate mañana por las oficinas del club que te vamos a fichar para el Atleti".[Era un centrocampista de fuerte físico, luchador y no exento de un buen nivel técnico. Un típico hombre de equipo de esos que gustan a los entrenadores para un primer cambio o tirar de él cuando las lesiones arrecian, un jornalero que se ganaba el sueldo en cada encuentro.
La temporada siguiente, 90-91, empezó como casi siempre en la era gilista: con lio. La impaciencia del presidente colchonero le llevó a cesar al entrenador, Joaquin Peiró, tras el Trofeo Carranza de pretemporada por considerar que se había dado muy mala imagen. Recurrió a un yugoslavo, Tomislav Ivic, un trotamundos de los banquillos con gusto por el juego a la italiana, o sea muy defensivo. El comienzo fue de todas formas desastroso, un debilísimo rival europeo la Politécnica de Timisoara, echó al Atlético de la U.E.F.A, eran años en que los rojiblancos acumulaban desastre tras desastre en esa competición. Gil tuvo que calmar a la hinchada con un golpe de efecto y fichó a Schuster, el talentoso centrocampista alemán que había salido tarifando de Barça y Madrid. Con el germano al mando del equipo en la media y la rapidez de Futre los rojiblancos mejoraron e hicieron un buen campeonato, quedando segundos tras el Barçá, en la temporada del record de Abel; en ese equipo el madrileño gozaba de bastantes minutos aunque no se asentó como titular indiscutible. Luego tocó jugar la Copa del Rey, en la que eliminaron a Real Madrid, Valladolid y Barcelona y se plantaron en la final. Se esperaba que su rival fuese el Valencia, pero el Mallorca, entrenado por Lorenzo Serra Ferrer, dio la sorpresa en semifinales y eliminó a los chés. La final se jugó en el Bernabéu, lo que provocó protestas de los baleares, por la ventaja que suponía en cuanto a movilización de hinchadas. Por camino había caído Ivic, pero en esta ocasión no por causa imputable al presidente, ya que fueron los jugadores quienes se rebelaron por no gustarles sus malos modos y broncas.
Y en efecto, los rojiblancos eran inmensa mayoría el 29 de junio de 1991. Era una oportunidad única para que Gil terminase con la sequía de resultados que se había dado desde su llegada en 1987, cuando prometió ganar todo. Al cabo de cuatro años no había estrenado palmarés y la ocasión parecía propicia; casi jugando en casa y ante un rival en teoría inferior, pero que ese año se le había atragantado (le había ganado los dos partidos de liga por 1-0). El partido es malo, con mucha precaución y poca claridad de ideas. Futre esta desastroso e incluso es sustituido. Se llega a la prorroga con cero a cero y Ovejero (técnico interino) saca a dos jóvenes promesas para refrescar al equipo, el delantero Sabas y Alfredo. Entre los dos cuecen el gol de la victoria. Sabas se escapa de su defensor dispara a puerta y el portero marroquí Ezaki, rechaza sin poder blocar. Alfredo llega con potencia desde atrás y remacha el 1-0 definitivo. Su imagen extasiado por el gol conseguido rememoró la del italiano Tardelli al hacer el 2-0 en la final del Mundial Italia-Alemania en 1982, en el mismo escenario. Gracias a él el Atlético obtiene un título catártico

En el verano de 1993 Alfredo abandonó el Atlético y fichó por el Deportivo de la Coruña. Para acompañar a su pareja de cracs brasileños (Bebeto y Mauro Silva) el presidente Lendoiro había adoptado la política de pescar en los equipos punteros y fichar de ellos aquellos jugadores que no conseguían asentarse como titulares (Aldana en el Real Madrid, Nando en el Valencia, López Rekarte en el Barça….). Alfredo llegó con el hispano-brasileño Donato y fue una pieza importante, alternando titularidad con banquillo, en el aquel Deportivo que rozó el milagro de la Liga de 1994, y al que se le escapó de forma cruel en el último partido. La temporada siguiente, la última de Arsenio, los coruñeses llegaron a la final de Copa del Rey y allí les esperaba el rival al que más ganan podían tenerle. el Valencia, el equipo que primado por el Barça les había impedido ganar el campeonato en la dramática última jornada del año anterior. Alfredo, una vez más partió en el banquillo, pero salió sustituyendo a Aldana en el minuto 50. Antes en el 35, Manjarin había adelantado a los gallegos. El cielo había empezado a encapotarse y bien adentrada la segunda parte empezó a llover con insistencia. En el 70 Mijatovic empata de un preciso golpe franco. La lluvia no cesa y termina derivando en la mayor tromba de agua que conoció la capital en todo el siglo XX. El campo se torna en impracticable y hasta los vestuarios se inundan. El árbitro García Aranda decreta la suspensión del partido con empate y todo por decidir.
Tres días después se reanuda el partido. A nueve minutos de la conclusión, Manjarín centra al área ocupada por Zubizarreta, el mítico portero de Athletic y Barça que concluyó su carrera en el Valencia, el defensa Juan Carlos reacciona tarde y el propio portero duda más de la cuenta en salir. Alfredo mete la cabeza antes que llegue el puño de Zubizarreta y la pelota entra en la portería. Otro gol decisivo en otra final de Copa en el Bernabéu. Éxtasis coruñés ante el primer título de su historia y el madrileño de nuevo convertido en héroe.
Alfredo siguió en Coruña hasta 1997, año en el que recalaría en el Sevilla, en el que jugó hasta 2001. Terminaría sus días de nuevo en el Getafe para hacerse entrenador con posterioridad. Las hemerotecas quizá no le recuerden como una estrella, pero en su trayectoria consta un hito al alcance de pocos.


domingo, 3 de marzo de 2019

PORQUE FERNANDO TORRES ES ÚNICO

No existe un mito más asentado en la historia del Athletic de Bilbao que José Ángel Iribar, el guardameta que defendió los palos del viejo San Mames en los años 60 y 70. Conviene recordar que El Chopo, así era apodado, no levantó ninguna de las ocho Ligas que se encuentran en las vitrinas del centenario club vasco y sólo pudo engrosar su palmarés con dos Copas del Generalísimo en dieciocho temporadas. Pero el público rojiblanco no tuvo eso en cuenta: lo que realmente valoró fue el hecho que Iribar sostuvo al Athletic en años de vacas flacas, cuando su legendario equipo de los 50 se hizo mayor y los chavales de Lezama se veían obligados a tirar del carro, frente a rivales que disponían de más potencial económico y que, cuando se legalizaron, pudieron reforzar sus equipos con foráneos. Así que Iribar fue un bastión que evitó males mayores, la amenaza del descenso, y la preservación de una tradición que vale mucho más que los trofeos que se puedan levantar.
Este referente emocional es habitualmente despreciado por los poderosos tótems de nuestro fútbol (y sabemos de quien hablamos) que identifican a sus mitos por su participación en triunfos concretos y que sólo restringen las trayectorias al palmarés. Francesco Totti pudo salir de la Roma en busca de engrosar su curriculum, pero decidió seguir en la ciudad eterna y pudo retirarse con sus sueños cumplidos en su totalidad: fue campeón del mundo con su país y ganó Liga y Copa con el club de sus amores. Steve Gerard colgó las botas sin saber lo que era ganar una Premier, pero forma parte del santuario de Anfield, tanto como las leyendas del Liverpool que dominaron Inglaterra y Europa en los 70 y 80. Todos buscan el triunfo, desde luego, pero no todos tienen el camino tan allanado para conseguirlo en función de potenciales económicos, institucionales o mediáticos.
Fernando Torres fue un jugador gafe de la historia del Atlético de Madrid. Y quizá ni si quiera uno de los mejores. Pero forma parte de sus  emblemas históricos junto a Collar, Luis Aragonés, Gárate, Futre o los recientes Simeone, Godin o Griezzman. Y es un emblema porque precisamente, tuvo que apechugar con apenas dieciocho años con la peor época deportiva del club, esa que transitaba en los estertores del Gilismo, por los campos de segunda división y que deambulaba sin pena ni gloria por la primera, en busca de una grandeza que, conforme a las previsiones de Luis Aragonés, tardaría una década en llegar. La misma época en que sus compañeros de viaje eran Alvaro Novo, Musampa, Javi Navarro, Peter Luccine, Martin Petrov o Nikolladis; el periodo en el que el banquillo del Manzanares lo ocupaban sucesivamente Gregorio Manzano, Cesar Ferrando, Pepe Murcia o Javier Aguirre. Es fácil destacar y engrosar trofeos cuando te acompaña lo mejor del mercado, al precio que sea. Más complicado es tirar del carro en régimen de escasez, mantener la ilusión de la hinchada cuando la nada te rodea con frecuencia e inventar soluciones a problemas que parecen irresolubles. Torres fue el faro que guió al equipo en los años de plomo, su único referente de calidad cuando los mejores tiempos quedaban lejos y el elemento clave que al menos impidió que se volviera a coquetear con el fantasma del descenso. Tuvo que emigrar para crecer deportivamente y dejó una buena cantidad de dinero en las arcas del club, que sirvieron para afrontar el fichaje de Forlan, y de la mano de la selección española alcanzó la gloria deportiva que buscaba. De alguna forma sus grandes campañas en la Premier, en Anfield, hasta que las lesiones le lastraron eran vividas con orgullo por una afición que no conocía más referentes que el chico de Fuenlabrada que le mantuvo la ilusión.



Cuando volvió e 2015 consiguió reunir a 45.000 personas en el Calderón el día de su presentación. No era el Atlético el erial que dejó, sino un club transformado y competitivo de la mano de Simeone. Tampoco gozó de plena fortuna en su regreso, ya que no pudo culminar el sueño de la Champions en la noche triste de Milán y se vería relegado al banquillo en sus últimas temporadas, con una relación muy deteriorada con el técnico; dos emblemas que terminaron chocando por una mezcla de elementos deportivos y de egos. Su único título de colchonero (la Europa League de Lyon) le cogió como elemento muy secundario. Por jugarretas del destino, Torres no pudo asociar su glorioso periplo por el Atlético con el éxito deportivo como Gaby, Godin o el propio Diego Costa, así como otras leyendas colchoneras de tiempos pasados, pero su figura se agiganta ante la hinchada por que su aportación ha ido mucho más allá que lo que en realidad significa un trofeo.

RUTINAS ASENTADAS

El nuevo paseo del Barça en el Bernabéu confirma una tendencia muy acusada en el universo futbolístico, en el que algunos resultados o hechos se dan con una frecuencia tan establecida que sorprende que las previas de muchos partidos se intenten vender desde el punto de vista mediático como enésimos duelos del siglo, cuando según la estadística el resultado es muy previsible.
De alguna forma cada visita del cuadro culé al santuario blanco se ha convertido en una rutinaria manifestación de superioridad en la que ya no resulta necesaria ni siquiera la correspondiente exhibición de Messi. En el 0-4 de 2015, ni jugó y en los 0-3 recientes mostró una versión hasta descafeinada del mismo, dejando el protagonismo al cuestionado Luis Suárez. En realidad el Barça ya ni se molesta jugar bien para ganar o incluso golear al Madrid, un hecho  cada día menos insólito. Aborda cada clásico en la castellana con una sensación de poder tan asentada que se transmite a todos: jugadores de ambos equipos, aficionados, prensa….El miércoles, a medida que el Real Madrid acumulaba méritos para marcar y se sucedían las ocasiones frente a un Barcelona mas bien mustio, casi  todo espectador veterano tenía la misma intuición: que a la primera ocasión clara visitante el balón iría al fondo de la portería, como así fue. En el partido de Liga del sábado, el control catalán era tan diáfano, que el 0-1 final casi olió a falta de ensañamiento.



Este tipo de inercia, que parece situarse por encima de estados de forma y momentos de juego, y que sólo logra una cierta explicación plausible mediante la calidad de algunos futbolistas, se manifiesta una y otra vez en numerosos encuentros con los mismos contendientes aunque compuestos por diferentes protagonistas. Recuerdo que el en Bayern- Real Madrid de semifinales de Champions de la pasada temporada, tanto en la ida como en la vuelta hubo partes de un dominio bávaro tan insultante, que el tema sólo podía acabar de una forma: o con goleada alemana (improbable) o con triunfo blanco (más que seguro). Y es que la corriente ganadora madridista en Champions se combina con un desastroso cuadro de horrores en la competición doméstica que no parece tener fin. Del mismo modo que la insultante superioridad culé en la disputada y exigente competición española (va camino de su cuarto doblete en cinco años), se mezcla con caídas estrepitosas e impensables en entornos continentales, sea cual sea el escenario (Paris, Roma o Turín).
Es muy curioso ver como esas frecuencias se manifiestan década tras década en escenarios muy distintos: todo futbolero con trienios sabe que una presencia del Real Madrid en la final de Champions es sinónimo de triunfo seguro, sea cual sea la forma, que siempre que el propio Madrid juagaba una final de Copa en su estadio, la sorpresa saltaba (solo gano dos de nueve y una contra su filial) sin que importase que fuese en la fecha de su centenario (Deportivo) o frente a rivales contra los que no mordía el polvo en catorce años (Atlético), que Alemania nunca puede con Italia en partidos claves de Eurocopas o Mundiales, que toda eliminatoria del Atlético en Copa de Europa ante rivales más poderosos y tachados de favoritos es el punto de partida a una hazaña impensable y que todas sus finales son dramas saldados con final trágico, que el Sevilla puede jugar todas las finales de Europa League posibles sin que parezca que sea factible que pueda perder alguna, aunque se lo proponga, y que cada vez que se cruza con un grande auténtico va a terminar perdiendo aun cuando parezca que , por una vez, pueda dar la campanada o que el Benfica portugués será como Sísifo con su piedra en busca de superar la maldición que le acompaña en las finales europeas y que les lanzó el entrenador que les hizo ganar las dos primeras. Distintas épocas con distintos jugadores, pero un mismo desenlace contra el que parece imposible rebelarse.
Por eso cuando se rompe la tradición, y se echan abajo los muros en apariencia infranqueables, los clubes y aficionados sufren una catarsis única que suele servir de punto de partida a un futuro mejor alejado de complejos tan arraigados. Ahí van algunos ejemplos: el gol de Koeman en Wembley, el de Mijatovic en Ámsterdam, la tanda de penaltis del España-Italia de 2008 o el cabezazo de Miranda en la final de Copa de 2013. Quizá en la búsqueda de esos instantes únicos se fundamenta buena parte de la pasión futbolera ya que, a fin de cuentas, lo bueno del deporte es que, al contrario de la vida,  casi siempre ofrece una oportunidad más.


lunes, 19 de noviembre de 2018

GABI, EL SÍMBOLO DEL CAMBIO


El último verano futbolístico dejó una noticia poco comentada per muy trascendente: la salida del Atlético de Madrid de su capitán de los últimos años, Gabriel Fernández, conocido popularmente como Gaby. Sus 34 años , el hecho que esta temporada se había fichado al incipiente Rodri para la posición de medio-centro y una jugosa oferta económica de Qatar fueron factores esenciales para su decisión.
Tal vez no haya mejor ejemplo que Gaby para entender la transformación de la entidad rojiblanca en los últimos seis años. De alguna forma Gaby ha resultado un emblema del cholismo, no sólo en cuanto a traslación del ideario del técnico argentino al campo, ya que el medio centro ha sido el mejor alter ego del entrenador, sino también a símbolo del espíritu de un equipo que en apenas un par de temporadas abandonó el pesimismo latente desde casi la década de los años 80 por el resurgir de la competitividad extrema que le acompañó en las mejores épocas del club (años 60-70) que parecían olvidadas para las nuevas generaciones.
 
 Gaby concentraba mejor que ningún otro las características esenciales de ese combinado que tocó el cielo con la Liga de 2014, en realidad casi era una concentración de todas las características del equipo. Sus condiciones técnicas eran notablemente inferiores a la de jugadores de su misma posición de los equipos punteros (Xavi Alonso, Busquets, Modric, Xavi….), nunca alcanzó la internacionalidad precisamente por la dura competencia en esa posición, tampoco gozó del reconocimiento generalizado de la prensa pero del mismo modo que el Atlético moderno no se resignó al papel secundario que casi todos le tenían asignados; en realidad perteneció a ese grupo de futbolistas con capacidad para explotar al máximo una virtudes más modestas aunque con consecuencias prácticas esenciales para su equipo: sentido táctico, liderazgo, capacidad de tomar decisiones adecuadas en los momentos claves (desde una falta táctica hasta ordenar la presión sobre el contrario) y espíritu de lucha e inconformismo. Sólo desde esos patrones los rojiblancos fueron capaces de ganar un a Copa al Real Madrid en el Bernabéu y una Liga en el mismísimo Camp Nou y de llegar a dos finales de Liga de Campeones superando cualquier barrera que la lógica parecía imponer, luchando y superando con frecuencia a equipos con un talento futbolístico muy superior sobre el papel.
Su despedida real fue por todo lo alto: partidazo y gol en la final de la Europa League, competición que él mismo en una arranque de sinceridad y frustración había descalificado meses antes tras una sorprendente eliminación en Champions, pero con cuyo triunfo en la misma el Atlético volvió a confirmar su nuevo estatus de equipo solvente y ganador, ese carácter que entre otros, el capitán había ayudado a crear y transmitir a los que se incorporaban a la entidad. Formado en las categorías inferiores del club al que dio el salto en los años de plomo y penurias que siguieron al ascenso, no fue ajeno en sus comienzos a la capacidad devastadora de la entidad de ese periodo tuvo que emigrar a Zaragoza para buscar su consolidación profesional (de hecho sobre él planea a fecha de hoy un oscuro asunto de compra de partidos durante esas temporadas).Reclamando por Gregorio Manzano en su efímera y poca afortunada vuelta al Calderón en verano de 2011, su regreso sorprendió a los aficionados que ni en sueños pensaban el ciclo que estaba a punto de iniciarse y en el que fue una de los estandartes indiscutibles.
Su sustitución por Rodri también tiene mucho de metafórica sobre el nuevo estado del club. El talento y la calidad técnica del nuevo jugador Atlético representan una era marcada por un flamante nuevo estadio, la condición de equipo instalado en la élite del fútbol europeo y con capacidad para fichar y retener figuras. Qué distinto panorama del vivido por Gaby en su debut en 2004 y su regreso en 2011, habiendo contribuido como pocos y con sus armas a transformar un club que dejó del lado décadas de oscuridad para vivir un presente más que esperanzador. Pocos homenajes habrá mas merecidos que el del próximo día 22 en el Wanda, en donde podrá despedirse de la forma adecuada.

viernes, 17 de agosto de 2018

EL DOCTOR CABEZA Y LA LIGA DEL 81


Aparte de la finales de Copa de Europa perdidas de forma tan dramática, no ha habido jornada tan negra en el Vicente Calderón como la acontecida el 4 de abril de 1981 en un duelo ante el Zaragoza.

En agosto de 1980 había llegado a la presidencia del club Alfonso Cabeza, médico forense, director del Hospital de la Paz, personaje dicharachero, bromista y con innegable atracción populista. El club rojiblanco estaba en horas bajas: las deudas se acumulaban y tras una década gloriosa el rendimiento deportivo había bajado sustancialmente. Vicente Calderón dimitió y dio paso a un periodo electoral al que concurrieron Cabeza y Mariano Herrero, pero este último se retiró tras el trágico fallecimiento de su hijo en accidente de tráfico, con lo que el forense se hizo con la presidencia.

Al estar la tesorería bajo mínimos se tiró de cantera y apenas se incorporó un fichaje muy modesto como el defensa Balbino, procedente del Salamanca. El entrenador José Luis García Traid, no tenía tampoco experiencia en equipos grandes y se inició la temporada con el objetivo de obtener plaza en las competiciones europeas. Con un conjunto joven y animoso el Atlético tuvo una salida extraordinaria e inesperada. Enlazó diez jornadas sin perder y sólo mordió el polvo en la visita al Camp Nou (4-2). De la mano de jugadores como Arteche, Julio Alberto, Marcos, Rubio y el extraordinario centrocampista brasileño Direceu (única figura relevante del equipo) se erigió como alternativa sorprendente a los favoritos por el campeonato.
Ebrio por la buena marcha del equipo, Cabeza empezó con un carrusel de declaraciones, muchas de ellas derivadas en estrambóticas y hasta divertidas polémicas con Helenio Herrera entrenador del Barça y Luis de Carlos , presidente del Real Madrid, sobre la edad de los mismos y sus dificultades con la próstata. Pero al mismo tiempo empezó a despotricar contra colectivos más sensibles. la Federación y el Colegio de árbitros. Cualquier resultado negativo de su equipo era seguido de una proclama contra la parcialidad de los colegiados. Parte de su junta directiva le aconsejó que se moderara, sobre todo por las consecuencias que traería esa hostilidad hacia el poder establecido. En realidad en aquellos tiempos estaba muy extendida la sensación de que los árbitros siempre favorecían al Real Madrid.
El combinado de García Traid siguió a lo suyo y confirmó su candidatura al título al ganar el derby al Real Madrid en el Manzanares a finales de la primera vuelta. Nada detenía al doctor que ya se había convertido en una estrella mediática (hasta llegó a publicar un libro autobiográfico, “Yo Cabeza”) ya que los periodistas acudían a él como un panal de rica miel. La Federación le suspendió y él se mostró aún más desafiante al asegurar que se situaría entre el público en un Atlético-Barça decisivo para el campeonato a disputar en el Calderón. Unos días antes es secuestrado Quini, delantero estrella del Barça, los jugadores culés amenazan con un plante, pero el partido se juega con Cabeza en la grada como un aficionado más. Gana el Atlético1-0 con gol de Marcos Alonso (futuro jugador del Barça).
Quedan ocho jornadas para el final de la Liga y el Atlético saca siete puntos a sus rivales. Todo está en la mano de los colchoneros, pero entonces llega el desplome. Varios directivos presentan su dimisión ante el cariz que están tomando las acontecimientos y el equipo entra en crisis de resultados tras una gran temporada. Cae en Gijón 3-0 y en Sarriá 2-0 con Guruzeta (nombre maldito para el Atlético) de por medio. Ante el Salamanca en casa siguen las desgracias. Rubio falla un penalti, el portero Navarro se lesiona y sólo se empata a uno. Los rivales acechan y es imprescindible ganarle al Zaragoza para seguir teniendo el campeonato en la mano.
El decisivo partido llega en un entorno muy enrarecido por todo lo que rodea al equipo en las últimas jornadas. Cabeza, aragonés como el entrenador colchonero, realiza un cálido recibimiento a sus paisanos pero en el campo hay cualquier cosa menos amabilidad. El defensa Miguel Ángel Ruiz adelanta pronto al Atlético al rematar una falta, pero el Zaragoza muestra pronto una notable dureza que no es cortada por el colegiado el andaluz Álvarez Marguenda. Rubén Cano, delantero rojiblanco, se marcha lesionado y Marcos Alonso sufre un severísimo marcaje por parte del central Casajús. Se anula un gol, a Arteche y el 1-0 planea al descanso.
 

La continuación sigue las misma tónica de un juego que se endurece a pasos agigantados ante el enfado del público. Este va incrementándose cuando Marguenda no señala unas manos muy claras en el área zaragocista. Luego estalla el escándalo: Marcos pelea un balón en la media y realiza una entrada. Es una falta clara, no especialmente dura, teniendo en cuenta el listón permitido por el colegiado. Marguenda se acerca , echa mano al bolsillo y ante el estupor generalizado saca la tarjeta roja al jugador más castigado de la tarde. El público se encrespa, ya no hay duda, el árbitro quiere la derrota atlética. Se empiezan a zarandear las vallas y se teme por una invasión de campo. Para más inri el Zaragoza remonta el partido: un penalti ahora si señalado transformado por Pichi Alonso y un tanto de Valdano, con el Atlético ya desquiciado. Es escándalo es de aúpa y el colegiado debe de salir escoltado por la policía. García Traid trata de agredir a un jugador del Zaragoza y los jugadores con lágrimas en los ojos señalan que la Liga esta pérdida ya que hay persecución contra el Atlético. Quedan todavía tres jornadas por disputarse, pero todos han tirado ya la toalla. Se acude el domingo siguiente al Bernabéu y Cabeza decide no acudir al campo merengue y convocar a los socios a una merienda “con tortilla” en el Calderón mientras se escucha el partido por radio. El Atlético pierde 2-0 y sella el adiós definitivo a una Liga que tenía en su mano unas jornadas antes. El campeonato lo termina ganando la Real Sociedad arrebatándosela in extremis al Madrid con el famoso gol de Zamora en Gijón.

El doctor apenas dura en el cargo medio año más: inhabilitado por dieciséis meses, con el club al borde de la quiebra y la depresión latente por la pérdida de la Liga, presenta su dimisión en abril de 1982. Una Junta Gestora se hace cargo de la entidad hasta que Vicente Calderón desembarca de nuevo en julio del mismo año, con anterioridad consigue poner freno a la sangría económica con los traspasos de Marcos y Julio Alberto al Barça. Se va como una celebridad y durante años es requerido en todo sarao que se le ofrezca, y hasta ejerce de presentador de algún que otro programa de televisión. Es el único expresidente del Atlético que continúa vivo