martes, 14 de junio de 2011

JUAN CARLOS ARTECHE: EL BASTIÓN COLCHONERO


Hay jugadores grabados de forma especial en el recuerdo de los aficionados. Unos por su calidad, otros por marcar goles en momentos decisivos, algunos por su carácter y incluso por determinados rasgos no siempre tangibles. Cuando una entidad cuenta con más de cien años de historia y por sus filas han pasado peloteros de toda índole y un buen puñado de excelentes jugadores, encumbrarse a ese pedestal de los ídolos más recordados no está al alcance de muchos.
En el Atlético de Madrid ese santoral merece ser ocupado por los héroes del periodo 1959-1977 sin duda alguna el más exitoso de la historia del club, o incluso por estrellas ya muy lejanas como Adrián Escudero y otras más cercanas como Kiko, Caminero o Futre. Pero por encima de ellos se sitúan un central aguerrido y luchador que durante una década ocupa un lugar esencial en la historia rojiblanca. Y no es otro que Juan Carlos Arteche.
No fue la sutileza ni la calidad técnica lo que caracterizo a este defensa central de casi 1,90 que dio sus primeros pasos en primera división en el equipo de su tierra natal: el Racing de Santander. Pertenecía a una generación de de centrales que dejaba bien claro desde el comienzo del partido que las bromas no iban con ellos: Benito, Goikoechea, Migueli o Alexanco son buenos ejemplos de ello. Eran época de marcajes individuales y delanteros-tanque, de estrellas liberadas de toda responsabilidad defensiva y medios centros más creadores que destructores. El defensa se encontraba solo ante el peligro ante la embestida rival y su opción estaba clara: había que detener al contrario a cualquier precio.
Arteche no fue más duro (aunque lo fue y mucho) que muchos compañeros de generación y él mismo sufrió en sus carnes ese concepto racial del fútbol:un rival del Santurce, en categoría regional, le rompió el tabique nasal de un codazo dejándole una marca de por vida en forma de nariz de boxeador que le daba un aire más inquietante todavía; sin embargo su trayectoria puede catalogarse como modélica en la medida que supo partir de orígenes muy limitados para ir mejorando poco a poco hasta convertirse en un referente defensivo no sólo del Atlético, sino del propio fútbol español de los 80. Nadie juega 308 partidos en un club puntero como el rojiblanco de entonces y llega a la selección con 29 años siendo sólo un leñero. Aún más sus mejores momentos mostraron un jugador solvente en el manejo de balón además de una gran capacidad rematadora en córneres y faltas que valieron no pocos puntos decisivos.
Su identificación con la masa social fue inmediata y se extendió durante casi toda su trayectoria. En realidad su presencia atrás resultaba imponente, parecía ocupar todos los espacios posibles y su regularidad le hizo un fijo de casi todas las alineaciones. Comandó una generación de jugadores solventes, sin la calidad o suerte para grandes éxitos, pero que mantuvo al equipo con dignidad en los primeros puestos del campeonato, jugando finales de Copa del Rey y Recopa y manteniendo su status de equipo grande en circunstancias nada fáciles. No eran tiempos boyantes (en realidad nunca lo han sido) para la tesorería atlética: las dificultades económicas obligaban a traspasar a estrellas como Dirceu o Hugo Sánchez y referentes nacionales como Marcos o Julio Alberto y la cantera actuaba como tabla de salvación con la subida de Mejías, Julio Prieto, Marina, Pedraza, Ruiz, Clemente o Tomás. Aun cuando el santanderino no se habría criado futbolísticamente en el Manzanares, pronto se convirtió en uno más de la tribu, acaso el gran jefe por su entrega sin fin, su fiereza en el campo y su amor por unos colores que le habían dado tanto.
Una imagen deja bien claro la leyenda del cántabro. 6 de noviembre de 1983, estadio Vicente Calderón, lluvia, partido trabado y movido y 2-3 a favor del Betis de Gordillo, Rincón y Calderón. Minuto 86, córner a favor de los locales, Arteche entra a por todas y empata el partido. Llega el tiempo de descuento, nuevo saque de esquina en medio del patatal lleno de barro en el que se ha convertido el terreno de juego, camisetas manchadas luchan a muerte por un espacio en el área pequeña. De entre todas ellas emerge una figura inmensa que empalma otro testarazo que da la victoria al Atlético ante el delirio de la grada. En su caída al suelo el gran 4 se rompe el menisco. A nadie presente en el estadio esa tarde se le pudo olvidar ese final, entonces no existía Canal Plus, ni el fútbol de pago. Eran jornadas de domingo y transistor y de espera impaciente al “Estudio Estadio” de la noche.
También capitaneó la defensa en la Copa del Rey y la Supercopa de 1985, sus únicos títulos y en aquella gran trayectoria que la Recopa de 1986 en la que los pupilos de Luis Aragonés ganaron nada menos que todos los partidos disputados fuera de su feudo (ante Celtic de Glaslow, Bangor City, Estrella Roja y Bayer Uberdingen) poniendo en práctica su famoso y letal contragolpe: despeje de Arteche, contra impulsada por Landáburu pase al extremo Quique Ramos, asistencia a Cabrera o Da Silva y gol. Para desgracia de toda una generación en la final se encontraron con una de las máquinas futbolísticas más efímeras y perfectas de casi todos los tiempos: el Dinamo de Kiev de Oleg Blojín no dio la más mínima opción a los atléticos. Casualidades e injusticias de la vida ; un combinado bastante más olvidable se alzó con la Europa League hace poco más de un año habiendo ganado sólo dos partidos en eliminatorias previas, superando tres de ellas por el doble valor de los goles en campo contrario y batiendo en la prórroga en la final a un modesto combinado inglés (el destino, sin duda, siempre cuenta)- Y también desde la defensa comandó dos legendarias goleadas rojiblancas en el Bernabéu, 0-4 en 1985 y 1987 cuando la victoria rojiblanca en el derbi no pertenecía al género de la ciencia-ficción.
Pero dos actuaciones puntuales de su vida, ya fuera de los terrenos de juego, engrandecieron aún más su figura. La primera fue su valentía y dignidad ante el peculiar y deleznable déspota que ocupó la poltrona rojiblanca en 1987. Nunca es tarea fácil rebelarse ante el abuso y el nepotismo pero quien había sorteado mil y una dificultades en el terreno de juego y en su vida (fue huérfano de padre desde edad muy temprana) no iba a ceder fácilmente. El precio que pagó fue un despido improcedente y una atronadora victoria en los juzgados.
La segunda fue aún si cabe más encomiable. Su manera de enfrentarse a una terrible enfermedad detectada a la temprana edad de 53 años. Arteche se presentó en “El larguero” ya entrada la madrugada y comunicó a todos su desgracia; pero con humor y entereza dijo estar dispuesto a presentar batalla. “O gano al bicho o él me come” soltó en directo con frialdad. Se mostró como alguien cercano, valiente, dispuesto a afrontar su destino con la fortaleza necesaria para que aquellos que le rodeaban no sufrieran. El bicho al final ganó el partido, pero lo que nadie le quitó fue el dejarse la piel hasta el último minuto y no amedrentarse ante él como no lo hizo ante Santillana, Maradona, Kempes o Quini, como solía hacer el equipo cuyos valores mejor representó.

sábado, 11 de junio de 2011


EL ATLÉTICO DE MADRID Y SU DÉCADA PRODIGIOSA


Esta historia es parte de la historia de un club de fútbol que fue grande, escrita a través de los recuerdos de un chaval que callejeaba orgullosamente vestido con camiseta roja y blanca y pantalón azul, sosteniendo el balón con una mano y la merienda con la otra, por una de las llamadas ciudades dormitorio del extrarradio madrileño.

Nace su memoria futbolística en 1969, extraída del primer televisor que recientemente había comprado su padre, mezclando confusos partidos de fútbol con películas de Tarzán y astronautas de la NASA que iban a la Luna. En su clase casi todos los niños eran del Real Madrid, que nombraban sin parar a sus jugadores –Calpe, Sanchís, Pirri, Zoco, Amancio, Velázquez, Gento- pero nuestro protagonista se fija en Ufarte, el rápido extremo derecho del equipo rival, y decide “hacerse” del Atlético de Madrid.

Intuye sin saberlo que el Real Madrid representa la gloria pasada, la época que termina, la decadencia filmada en blanco y negro con el blanco anodino de su indumentaria, más apropiada para amortajar a un muerto que para jugar al fútbol. Intuye sin saberlo que el Atlético de Madrid es el equipo de la ilusión coloreada en rojo, blanco y azul, que reflejaba el vitalismo de la renovación, el inconformismo del pelo largo de los Beatles frente al corte militar.

Toma así, a los siete años, su primera gran decisión; y aunque su madre está más pendiente de otro uniforme, el de marinero raso con el que deberá hacer dentro de poco la Primera Comunión, le exige muy serio que le compre la camiseta de su equipo y que le cosa en ella –entonces no existían las equipaciones oficiales, las marcas con publicidad ni el merchandising- el escudo y el número siete de su nuevo ídolo.

Comienza de esta manera la etapa más gloriosa y laureada de la historia de un club de fútbol que fue grande; al que apodaron “el pupas” porque perdía finales en el último minuto o porque un malintencionado arbitraje le privaba del triunfo, nunca por descender de categoría. Comienza así la historia de la década prodigiosa rojiblanca, que desarrolló Vicente Calderón y terminó (muy mal) Alfonso Cabeza, que fue desde Marcel Domingo a García Traid, de los goles del mítico Gárate a los primeros pasos atléticos del gigante Arteche…

Ya la temporada 1969/70 mezcla en el ánimo de nuestro joven hincha, sombras y luces futboleras que forjarán su carácter de aficionado durante toda la década. Pronto sufre su primer gran disgusto, no por culpa de su equipo del alma, sino de la Selección Nacional, que pierde 2-1 ante Bélgica y se queda sin acudir al Mundial de México-70, que terminaría ganando el Brasil de Pelé. Como contrapartida, la primera gran alegría, la consecución de Campeonato Nacional de Liga en 1970. En un brillante final de Liga, tras vencer al vencer 3-0 al Real Madrid, el 15 de marzo en el Estadio del Manzanares, un Atlético embalado en juego y moral llega en la última jornada a Sabadell. Nervioso, en una calurosa tarde de domingueros y transistores, escucha por la radio cómo los goles de Ufarte y Calleja arrebatan el título al entonces llamado Atlético de Bilbao.

Rodri, Melo, Calleja, Jayo, Adelardo, Benegas, Ufarte, Luís, Gárate, Irureta y Salcedo forman el once de gala que no olvidará jamás. Entre todos destaca Gárate, que en esos años consigue consecutivamente –aunque ex aequo con con Luís, Amancio o Rexach- tres Trofeos Pichichi, otorgados por el diario Marca a los máximos goleadores de la Liga. Pero el tiempo y las temporadas pasan y a estos inolvidables nombres va sumando los de los internacionales españoles Reina, Capón y Leal, los argentinos Heredia y Ayala, los brasileños Pereira, Leivinha o Dirceu… Por no hablar de los denominados en esa época oriundos Ovejero, Panadero Díaz o Rubén Cano.

Como reza el tópico, con estos buenos mimbres, tan sólo cuatro entrenadores en una década (el francés Marcel Domingo, el austriaco Max Merkel, el argentino Juan Carlos Lorenzo, y Luís Aragonés, que pasó en la misma temporada de jugador a entrenado) consiguieron el siguiente palmarés, tejido con victorias épicas y trágicas derrotas:

- En 1970, como se ha recordado, el conjunto colchonero ganó su sexta Liga en dura pugna con su homólogo bilbaíno.



- La 1970/71 fue también una gran temporada. El Atlético luchó por la Liga hasta el final, pero al final, parafraseando el titular de una revista de la época, “un árbitro dijo no” y se la proporcionó en bandeja al Valencia. En la Copa de Europa alcanzó con brillantez las semifinales, siendo eliminado por el Ajax de Ámsterdam, equipo hegemónico por entonces.

- En la temporada 1971/72 el club rojiblanco obtuvo la Copa del Generalísimo, al derrotar precisamente al Valencia por 2-1 en la final celebrada en el estadio Santiago Bernabeu. Valdez anotó el gol valenciano y Salcedo y Gárate los tantos madrileños.

- En la siguiente temporada –la 1972/73- siguió mandando el Atlético, que consiguió su séptimo Campeonato de Liga, imponiéndose al Barcelona, al ganar en el último partido al Deportivo de La Coruña por 3-1, con goles de Luís, Adelardo y Gárate, y de Prieto el de los gallegos.

- La temporada 1973/74 fue una de las peor recuerdo del fútbol español (la Selección Española no consiguió clasificarse para el Mundial de Alemania-74 al perder 1-0 con su eterna rival Yugoslavia), y, desde luego, la más aciaga de la historia atlética. Nuestro equipo y nuestro joven protagonista tocaron el Cielo; pero, como si de una tragedia griega se tratara, el destino se lo arrebato, literalmente, en el último minuto.
Gran la Copa de Europa la que disputó el Atlético de Madrid esa temporada. Las épicas y casi bélicas eliminatorias contra férreos equipos como el Estrella Roja de Belgrado y el Celtic de Glasgow (que contó con la delirante ayuda del árbitro turco Babacan), lo colocaron meritoriamente en la gran final de Bruselas. El rival fue el grande entre los grandes de aquellos años: el Bayern de Munich, integrante casi al completo de la Selección de Alemania que ganaría el Campeonato del Mundo unos meses más tardes. El equipo de Madrid, diezmado por las sanciones decretadas por la UEFA, aguantó perfectamente. En los noventa minutos el partido terminó con empate a cero, lo que obligó a jugar una prórroga. En la misma, Luis Aragonés adelantó al Atlético de Madrid con un tiro de falta directa, pero a treinta segundos del pitido postrero, cuando el chaval de nuestro relato veía como su padre y unos vecinos llenaban las copas de cava para el brindis triunfal, un innombrable alemán empató con un tiro lejano que sorprendió al portero Reina. Fue necesario realizar un partido de desempate dos días después, pero ya el conjunto bávaro barrió por 4-0 a un Atlético psicológicamente destrozado.
Fue este el partido maldito de nuestra historia, que marcó a fuego y hierro el devenir atlético, y que le colgó la etiqueta del fatalismo. Fue este el año maldito de nuestro Atlético, y aun así consiguió el subcampeonato de Europa y el subcampeonato de Liga, cediendo sólo ante el arrollador Barça de Cruyff.
- En la temporada 1974/75, comoquiera que el Bayern de Munich renunció a jugar la Copa Intercontinental, fue el Atlético el que representó al continente europeo contra el campeón americano de la Copa de Libertadores: el Independiente de Avellaneda. El primer encuentro –ya con Luis Aragonés como entrenador– jugado en Buenos Aires, tuvo un resultado de 1-0 a favor de los bonaerenses.
Pero en partido de vuelta, disputado en abril de 1975 en el estadio Vicente Calderón, el Atlético ganó por 2-0, con un goles de Irureta y Ayala, proclamándose así, oficiosamente, campeón del mundo de clubes. Gana el club rojiblanco de esta manera la Copa Intercontinental, y obtendría el segundo título internacional de su historia, tras la Recopa de 1962, ganada en la final a la Florentina italiana.
Nuestro chaval no olvidará nunca este partido, ya que fue el primero al que asistía en vivo en el estadio de la ribera del Río Manzanares. La alegría fue indescriptible, y, en parte, balsámica, pues tuvo el choque para todos los espectadores, tras el mazazo de Bruselas, algo de catártico.
Completó la temporada la gran final de la Copa del Generalísimo –última que entregó el General Franco- que se disputó entre los dos equipos madrileños en el estadio Vicente Calderón. El partido acabó empatado sin goles y fue, tanto en el tiempo ordinario como en la prórroga, un duelo tenso, de poder a poder, inclinándolo el colegiado a favor del Real Madrid (que acabó imponiéndose en la tanda de penaltis) al anular dos goles al Atlético; sobre todo cuando, todavía nadie se explica por qué, se negó a que subiera al marcador el golazo de Benegas.
- En la temporada 1975/76, un nuevo título se agrega a las vitrinas del conjunto colchonero, ya que se adjudica en el estadio Santiago Bernabeu su quinta Copa, todavía llamada ese año del Generalísimo, tras vencer al Real Zaragoza por 1-0 con gol, cómo no, de Gárate. Nuestro protagonista, que acaba de cumplir catorce años, asiste por segunda vez en su vida a un estadio de fútbol; una nueva final y un nuevo triunfo renuevan el orgullo de “ser” del Atlético de Madrid, el campeón.



- El año siguiente, en la temporada 1976/77, el Atlético de Madrid vuelve a ganar el Campeonato de Liga. Este octavo título se lo vuelve a arrebatar al Barcelona, llegando ya campeón al último partido, que pierde –ya en un ambiente festivo donde el resultado no cuenta- 2-3 ante el Valencia. Marcan Leivinha y Ayala para los atléticos y Kempes, por partida doble, para los levantinos.

El colofón de esta gran temporada atlética lo pone el citado Rubén Cano, cuando marca el gol del partido de desempate que la Selección Nacional gana 1-0 a la omnipresente Yugoslavia de rabia y botellazo, y que clasifica a España, por fin, para un Mundial, el de Argentina-78.

A partir de 1978 empieza nuestra particular travesía del desierto. Dos temporadas ligueras anodinas, en las que el equipo se clasifica en sexto y tercer lugar, acaban en el desastre de 1980, en cuya Liga termina duodécimo. Esta lamentable situación deportiva unida a serios problemas económicos hacen que, en junio de ese año, Vicente Calderón dimita como presidente del Atlético de Madrid, y el club entra en una fase complicada con la polémica y turbulenta presidencia del doctor Alfonso Cabeza.

Termina la década, el relato y la ingenua ilusión de nuestro protagonista con la Liga de la temporada 1980/81, que siempre será tristemente recordada por una serie de arbitrajes polémicos y la guerra de Cabeza contra la l Federación. El arbitraje lamentable de Álvarez Margüenda permanece grabado con fuego en los corazones de los aficionados rojiblancos. El Atlético de Madrid perdió, por decisión política de la Real Federación Española de Fútbol, una Liga que había merecido con creces, sobre todo por el éxito del malogrado José Luis García Traid al frente de un equipo joven liderado por el gran Arteche y forjado desde la cantera por futbolistas como Marcelino, Ruiz, Julio Alberto, Quique Ramos, Marcos o Rubio.

Tras este nuevo intento frustrado, en 1982 la Asamblea General del Club vuelva a elegir como Presidente a Vicente Calderón. Y después, en 1987, los atléticos vendimos el alma rojiblanca a un diablo gordo y déspota que se llamaba Jesús Gil; y, como dice el mito fáustico, cuando se vende el alma al diablo se acaba en el infierno. Pero ésta ya es otra historia que merece página aparte.
Pero, ¿cuáles fueron las claves de esta racha triunfadora? ¿Qué receta emplearon los entrenadores de los años setenta, aparte de alienar a buenos jugadores? Si le preguntamos a cualquier aficionado por los estilos de juego nos resumiría con pocas palabras los que hicieron grandes a los grandes equipos. Todos tendrían en mente cómo juega Brasil o Argentina, o la “naranja mecánica” holandesa, o el Milán de los ochenta, o el dream team azulgrana… Pero ¿cómo jugó el Atlético de los setenta?
Si nos preguntaran esto a los atléticos diríamos que el estilo que nos definió fue el contraataque. Pero ¿es el contraataque un estilo, nuestro estilo, o es una táctica que, por repetida, ha dado resultado? La pregunta es casi filosófica: ¿se puede ser un equipo grande jugando a la contra y aprovechando los errores del rival que domina y controla el partido?
La respuesta personal e intransferible de nuestro relator, que ya se ha convertido en un joven aficionado que defiende ardorosamente su criterio en debates que se improvisan alrededor de unos botellines de cerveza, es que sí, que se puede ser grande jugando al contraataque. Es un estilo que, para que funcione, requiere muchísima velocidad, muchísima habilidad táctica, un centro del campo de mucha presión y delanteros muy rápidos: Si se practica bien, es efectivo a la par que espectacular.
Con esta seña de identidad el Atlético de Madrid ha conseguido ser el tercer club español con más títulos nacionales de Liga (nueve), el cuarto con más títulos de Copa, el tercero que más temporadas ha jugado en Europa, el segundo (tras el Real Madrid) que se proclamó campeón del mundo de clubes y el que inauguró el palmarés de la UEFA Europe League.

martes, 7 de junio de 2011

EMILIO BUTRAGUEÑO: EL DEPORTISTA MEDIÁTICO


La presencia de Emilio Butragueño en el imaginario del aficionado español responde a su innegable mérito de ser el primer deportista auténticamente mediático de la historia de nuestro fútbol. Si hoy en día la comercialización de la imagen del futbolista forma parte de la naturaleza esencial de su devenir profesional cuando Butragueño irrumpió en escena la imagen del futbolista se asociaba más a dinastías longevas identificadas con los valores de una entidad grabada a fuego durante épocas. Nadie se planteaba la imagen social de Santillana, Quini, Carrasco o Sarabia. Butragueño significó un símbolo más aún de sus méritos en el terreno de juego, que no fueron pocos, aunque quizá no comparables a otros jugadores de su misma fama.
A mediados de los años 80 vientos de crisis corrían por Chamartín. No se había ganado una liga en cinco años y la economía del club no estaba para grandes dispendios. Aún más: costosos fichajes como Cunningham, Metgod o Lozano habían resultados pequeños fiascos. Tampoco la suerte acompañaba; hasta cinco finales fueron perdidas en la campaña 82-83 hito nunca igualado desde entonces. Entrenaba al Real su mayor gloria futbolera, Alfredo Di Stefano, que tuvo el suficiente valor de mirar a la cantera y dar la alternativa a un conjunto de jóvenes talentosos que apuntaban grandes maneras en la segunda división. Primero subieron Sanchís y Martin Vázquez. Luego Pardeza y Butragueño y por último Michel.
Butragueño se adelantó a todos ellos hasta el punto que el periodista Julio César Iglesias denominó al grupo “La Quinta del Buitre”. De un modo u otro se convirtió en la referencia del mismo casi inercialmente y sin dar la impresión de quererlo ni buscarlo. En realidad su sencillez dentro y fuera del campo relanzó su figura como ejemplo de corrección deportiva y personal que ayudó más a su leyenda que muchos de sus goles. Su explosión deportiva provocó que su figura se extendiera más allá de nuestras fronteras en modo alguno comparable con las leyendas del pasado, quizá con la excepción de Luis Suárez.
Representó asimismo un tipo de delantero muy técnico e intuitivo bastante alejado del rematador clásico que hasta entonces había aportado el balompié hispano. Su pillería en el área así como su extrema habilidad para arrastrar a las defensas contrarias a posiciones sumamente incómodas pronto le otorgaron un papel predomínate en partidos que se encontraban atascados. Fue un paradigma de delantero imprevisible, de movimientos muy depurados, sin ninguna cualidad destacable pero que aglutinaba pequeños flecos de diversas virtudes: el regate en corto, el remate con el pié y la cabeza, la capacidad de desmarque y el oportunismo. Favoreció mucho a su rendimiento el fichaje de un goleador con instinto depredador como Hugo Sánchez, el mexicano aportaba los goles y descargaba al madrileño de labores rematadoras para profundizar en su labor creativa.
El Real Madrid comandado por Butragueño y sus compañeros de quinta pasó de no ganar casi nada a dominar el fútbol español con una suficiencia rayana en la tiranía. Nada menos que cinco ligas consecutivas, todas ellas con una distancia sideral sobre el segundo clasificado pasaron a engrosar las pobladas vitrinas de la entidad de Concha Espina. Y no fueron ligas ganadas de cualquier modo. El buen fútbol y hasta el espectáculo presidieron todas ellas. Goleadas de todos los colores pudieron verse en el feudo madridista con una habitualidad impropia de un campeonato teóricamente igualado como el español. Un dato a tener en cuenta: en ninguna de las ligas se tuvo que esperar a la última jornada, cuando en cinco de los seis campeonatos anteriores el título no se decidió hasta el último partido.
Aquella generación fabulosa cambió para siempre el paradigma del futbolista creado en la cantera española. Antes de ellos la ambigua “furia” presidía el ideal de futbolista, con los integrantes de la Quinta la técnica, el dominio de la pelota y la precisión pasaron a configurar el concepto futbolístico esencial. Sanchís sacaba la pelota desde atrás con maestría. Martín Vázquez daba sobradas muestras de talento ofensivo. Michel se convirtió en un consumado especialista de la banda derecha con una precisión milimétrica en los pases y Pardeza tuvo que emigrar al Zaragoza para desarrollar una notable carrera. Su camino sería seguido por Guardiola, Raúl, Kiko, Guerrero o Hierro y ya con posterioridad con el boom de los Xavi, Iniesta o Piqué. Curiosamente el tiempo tornaría la tendencia histórica de los dos grandes: el Barcelona haría una exitosa apuesta por la cantera mientras que el Madrid se centraría en fichajes cada vez más costosos.
La reválida de Butragueño y su generación serían las competiciones internacionales, tanto a nivel de club como de selección. Su comienzo no pudo ser más esperanzadores: dos copas de la U.E.F.A acabaron con una sequía continental de casi veinte años. En las mismas se fraguó la leyenda del Bernabéu como escenario inexpugnable en el que cualquier remontada era posible por adverso que fuese el resulta del partido de ida. Y ningún partido fue más representativo de ese periodo que la noche del 12 de diciembre de 1984, era el partido de vuelta contra el Anderlech belga, en aquellos años un competitivo y solvente equipo, en la ida nada menos que un 3 a 0 para los locales. Pero la vuelta fue toda una apología de lo imposible comandada por el joven delantero madridista autor de tres goles y auténtica pesadilla de la defensa contraria. A esa noche le siguieron unas cuantas parecidas que acabaron con los dos títulos continentales reseñados. Después quedaba el otra gran reto: la Copa de Europa, pero ahí la historia fue otro cantar.



El asedio a la máxima competición continental de esplendoroso Madrid de segunda mitad de los 80 es una de las frustraciones deportivas más notables de la historia blanca. Hasta tres semifinales consecutivas disputaron de forma infructuosa los jugadores madridistas que se difuminaban de forma notoria en escenarios clásicos del futbol europeo como el Olímpico de Munich o San Siro. Pero sin duda alguna la, más dolorosa fue la perdida ante el rival más asequible: el PSV Eindhoven en 1988 en dos agónicos empates (1-1 y 0-0) truncó de forma cruel la mejor oportunidad de Butragueño y compañía. Después ya vino el Milán de Sachii y los holandeses; y eso ya fue otra historia.
A nivel de selección tampoco las cosas le fueron de la forma esperada. La maldición de los cuartos de final marcó la participación del buitre en el combinado nacional. Sin embargo hubo uno noche para el recuerdo no menos memorable que la del Anderlech. Estadio Corregidora de la ciudad de Qurétaro. Mundial de 1986. Enfrente a la selección española un potente combinado danés liderado por Laudrup, Olsen o Lerby. Un escuadra para muchos destinada a plantarse en la final del Mundial. Pero el resultado no fue otro que 5 a 1 para los españoles con nada menos que cuatro goles de Butragueño. Hasta los recientes éxitos de la roja probablemente ningún jugador español causó tanta sensación en un partido internacional de tanta trascendencia.
Ello le permitió seguir creciendo a nivel internacional en cuanto a fama y prestigio, aunque su rendimiento deportivo fue minorándose lentamente con el paso de los años. No faltaron muchos partidos en los que simplemente desaparecía aunque no era infrecuente el que volviera a demostrar ráfagas de su talento. Para sus seguidores, sin embargo, siempre fue un indiscutible, aún en sus peores rachas. Tal vez porque su irrupción causó una sensación hasta entonces desconocida en los deportistas españoles y la memoria del aficionado siempre es selectiva en grado sumo. Hasta su retirada creó en la gente una expectativa realmente sorprendente. Su sucesor natural fue otro delantero de apariencia poco vistosa pero con un talento innato para aprovechar sus recursos. Se llamaba Raúl González y puede decirse que sus logros superaron ampliamente a los de su predecesor. No obstante, una parte importante del camino ya se había recorrido.

domingo, 5 de junio de 2011

SUPER DEPOR


El descenso del Deportivo de la Coruña consumado este sábado de mayo a buen seguro que ha dejado a muchos aficionados con una sensación de amargura que va más allá del partidismo futbolero. Posiblemente ningún otro equipo en la historia del fútbol español consiguió implicar más emocionalmente al aficionado medio, que el Deportivo de la Coruña que irrumpió a comienzos de los años 90 como una alternativa insólita al eterno poderío del Madrid y del Barca.
Se habían producido algunas revelaciones sorprendentes en la historia de la liga española como el Sporting de Gijón de finales de los 70 y comienzos de los 80, aunque no pudo culminar su aventura con títulos de postín y, sobre todo, la Real Sociedad bicampeona de comienzos de los años 80, aunque los donostiarras casi siempre habían sido un clásico de la `primera división, y las connotaciones políticas de la época hicieron cierto daño a su popularidad nacional. Pero la explosión de un habitual de la división de plata, creó en los aficionados de toda condición una adhesión emocional que se ha mantenido a lo largo de dos décadas aunque alcanzaría su máxima expresión en la primera mitad del último decenio del siglo XX.
Cabe situar el inicio de la aventura del Deportivo en 1988 cuando Augusto César Lendoiro alcanzó la presidencia del club. Lendoiro se había hecho famoso por su labor al frente de un equipo de Hockey sobre Hielo, el Liceo, cuyos triunfos llegaron a eclipsar al fútbol durante no pocos años. Entonces el Coruña deambulaba sin pena ni gloria en la segunda división y desde 1973 no conocía la máxima categoría. Un par de ascensos frustrados en las últimas jornadas habían dejado una pose pesimista en la afición y los jugadores, que tuvo como resultado la decadencia absoluta del equipo que, de hecho, se salvó de forma milagrosa de descender a Segunda B ese mismo año.
El nuevo dirigente diseñó entonces un curioso plan estratégico para el futuro: se denominó la teoría de los ciclos consistente en planificar periodos de tres años en los cuales se irían consiguiendo objetivos progresivamente más ambiciosos aunque, al mismo tiempo, realistas. Su primera fase estaba clara: consolidar al equipo en segunda el primer año, jugar la promoción el segundo y ascender el tercero. Con gran sorpresa para todos los plazos se cumplieron de forma precisa y en 1991 el equipo ascendió al fin. Parecía que el horizonte coruñés no iría más allá de jugar el papel de eterno ascensor con la máxima aspiración de consolidarse en la categoría. Pero el avispado dirigente coruñés tenía un nuevo trienio en mente: mantener la categoría el primer año, no pasar apuros el segundo y jugar en Europa el tercero.
A cualquiera que le hubiese contado el plan no podría haber dejado de sonreír maliciosamente. Pero lo que nadie contaba es con el trabajo de Secretaría Técnica mas prodigioso que uno pudiera haber imaginado, éste en definitiva no consistía en otra cosa que en fichar jugadores espléndidos a precios asequibles, el sueño de cualquier combinado. Con estas premisas aterrizaron el La Coruña dos brasileños inolvidables: Bebeto, un excelente goleador internacional con Brasil y Mauro Silva, acaso el mejor medio centro extranjero que haya conocido el fútbol español. Junto con ellos llegó un yugoslavo desconocido, líbero, que desde el inicio mostró una frialdad extraordinaria para mantener el orden en defensa y sacar el balón controlado. Su nombre era Miloslav Djuckic y el destino le depararía el momento más dramático de la historia de la liga. A estos nombres hubo que unirles dos más esenciales en la historia coruñesa: el extraordinario producto de la cantera Fran, un prodigio de calidad técnica, y el entrenador Arsenio Iglesias, un veterano curtido en mil batallas, auténtico jornalero del fútbol, fogueado en campañas meritorias en equipos modestos no suficientemente reconocidas y que consiguió al final de su carrera un inusitado reconocimiento.
Estos mimbres a los que se unieron poco a poco jugadores de excelente nivel pero rechazados por su equipos (Claudio, Aldana, Donato, Alfredo…..) configuraron un equipo que logró encaramarse a los primeros puestos de la tabla de la clasificación. Lo que se tomó como algo simpático al principio terminó por convertirse en un auténtico foco de poder futbolístico capaz de plantar cara con todas las de la ley a los dos tótems de nuestro fútbol. El aficionado medio no pudo menos que admirarse por tan tamaña transformación y recibió la hazaña coruñesa como un agradable soplo de aire fresco que le hizo ponerse la camiseta deportivista como segunda equipación de sus afectos futboleros. El simpático Depor se convirtió en Super Depor.
Incluso, para su desgracia, se vio adornado por la mística tan especial que siempre acompaña a los perdedores gloriosos, los ganadores morales que tanto abundan en la vida real. Era mayo de 1994 y el equipo de Arsenio había liderado con firmeza casi todo el campeonato. Y no ante un rival cualquiera, sino frente al Dream Team creado por Johan Cruyff. Aun así, y como era norma en aquellos años, un espectacular sprint final de los catalanes había dejado todo a decidir en la última jornada. Los blanquiazules jugaban en casa ante un peligroso Valencia, sin nada que jugarse pero adecuadamente primado, y debían de ganar para ser campeones. Las imágenes son recordadas por todos: minuto noventa empate a cero, penalti a favor del Coruña. Djuckic asume la responsabilidad, la cámara le enfoca, resoplando, en el instante más largo que jamás conoció el campeonato español y el primer plano más memorable que nuca se captó de un futbolista. Lanza, y para el portero ante la desesperación de jugadores y aficionados. El Barca era campeón otra vez. Fue el final más rocambolesco y cruel de liga que se recuerda y años más tarde fue incluso inmortalizado en literatura por el escritor Julio Llamazares en el excelente relato corto Tanta Pasión para nada.
La decepción no supuso una pérdida de status de la nueva potencia futbolística surgida de la nada. El tiempo le daría una pequeña revancha en la final de Copa el año siguiente ante el mismo Valencia, jugada en medio del chaparrón de agua más intenso jamás vivido en Madrid. Esta vez ganó el equipo de todos y Arsenio pudo retirarse por todo lo alto dejando tras de sí un legado que se mantendría durante no pocos años. Siguiendo cayendo clasificaciones europeas y llegando excelentes jugadores: Rivaldo , Djalmiña, Manjarín, Valeron, Molina…..y de la mano de Javier Irureta llegó la revancha de la infausta noche reseñada y en la última jornada de la liga 99-2000 cayó el ansiado campeonato. Para entonces ya no era el equipo cenicienta y sorprendente sino un bloque sólido en la élite y, además lleno de jugadores extranjeros. En pocas ocasiones el destino saldó de forma tan justa una deuda pendiente.
El técnico vasco consiguió además otros dos momentos memorables en la gloriosa historia contemporánea de Riazor. Uno en 2002, Estadio Bernabéu, día del centenario blanco. Eran los galácticos que dominaban Europa: Zidane, Raúl y Figo entre otros. Todo preparado para la fiesta del anfitrión. Pero los coruñeses no tenían intención de ir de meros observadores: hasta se atrevieron a ganar la final. El segundo fue en cuartos de final de la Liga de Campeones, en 2004, frente a un clásico del viejo continente y vigente campeón, el Milán de Kaká Gattuso o Pirlo. En la ida 4-1 para los milaneses. La vuelta se presumía un trámite algo farragoso. Pero se volvieron a marcar cuatro goles. Todos a favor del Depor.



La decadencia deportivista comienza con la `pérdida de la semifinal de Liga de Campeones de esa memorable edición. Jugando la vuelta en casa con empate a cero en la ida ante el Oporto de Mourinho, otro maldito penalti, ahora en contra, acabó con las esperanzas de la final. Luego el equipo ha ido perdiendo posiciones de forma inexorable. Las dificultades económicas han obligado a tirar de la cantera, el juego cada día ha ido a peor. El fantasma del descenso se ha hecho real en las últimas temporadas.
El destino ha vuelto a poner al Valencia como verdugo indeseado. Ha sido un sintomático fin de época. Con el descenso de los coruñeses concluye toda una aventura de más de veinte años jalonada de alegrías inmensas, momentos amargos y un recuerdo siempre inolvidable de los aficionados. Algo se nos ha ido el 21 de mayo de 2011.

EL FABULOSO MILAN DE SILVIO BERLUSCONNI


Desde mediados de los 80 se ha institucionalizado el empresario presidente de equipo de fútbol como respuesta a la casi siempre maltrecha economía de los mismos. Dinero y teórica gestión a cambio de popularidad social. Ecuación que en pocas ocasiones ha cuadrado d ela forma necesaria.
Hubo un caso, sin embargo, que puede estudiarse como referente del modelo señalado. Al menos, por una ocasión, los factores comercial y deportivo se fundieron de forma provechosa para crear una dinastía que dominó Europa durante casi una época.
Silvio Berlusconi era el rey de la tele basura italiana y casi europea. Como hombre ambicioso que siempre ha sido sabía que nada mejor que el fútbol para lanzarse al estrellato social y el reconocimiento, como trampolín necesario para sueños de grandeza que iban más allá de los negocios. Se daba la circunstancia que el club de sus amores era nada menos que un clásico del calcio, que encima estaba en horas más que bajas. A mediados de los 80 el Milán estaba bajo la omnipotente sombra de la Juventus de Angelli e incluso empezaba a someterse a nuevas potencias en ciernes como el Nápoles de Maradona. Berlusconi tenía dinero de sobra para afrontar fichajes de postín y relanzar la titubeante nave milanista, pero necesitaba de un liderazgo sólido desde el banquillo para cumplir sus objetivos.
Contra todo pronóstico su elección recayó sobre un absoluto desconocido: Arrigo Shacchii carecía de carrera como jugador de élite y su experiencia en banquillos se limitaba a la Serie B italiana. Entonces Italia estaba dominada por la sombra de dos leyendas: Enzo Bearzot , técnico de la selección italiana campeona del mundo en el 82, y Giovanni Trappatonni, el eterno campeón de la Juve, ambos representaban la esencia labrada por Helenio Herrera dos décadas antes: el triunfo del catenaccio más como filosofía existencial que como forma de juego.
Sacchi no tenía curriculum y sólo una amalgama de conocimiento teóricos acumulados por años de obsesiva observación. Fue tomado a chirigota y más aún cuando los resultados no le acompañaron al comienzo. Pero el presidente ratificó (esta vez de verdad) su confianza en el técnico y éste pudo llevar adelante sus ideas revolucionarias: si la defensa cerca de la portería y los marcajes al hombre eran indiscutibles, él la adelantaba casi al medio del campo y establecía la zona como condición indispensable. Si esperar para sorprender a la contra había creado a los campeones de los últimos años, su equipo debía llevar la iniciativa en todo momento. Si los delanteros solían estar liberados de funciones defensivas, para el Milán la presión empezaba en campo contrario.
Tamaña herejía necesita de actores muy dotados para tan complicados roles. El talonario de don Silvio trajo consigo a tres holandeses jóvenes, atléticos, técnicamente prodigiosos y llenos de ambición: el elegante defensa Frank Rijkaard, el omnipresente Rutt Gulitt y el asombroso delantero Marco Van Basten. A este cartel de lujo se le unieron los mejores jugadores italianos de la época con tres nombres propios con una fuerza especial. Marco Baresi se convirtió en el paradigma del defensa con recursos y del líder en el campo, nadie ha interpretado como él el fuera de juego, ni ha manejado los partidos con su solvencia. Un joven lateral izquierdo, Paolo Maldini, inició su inolvidable carrera demostrando que los mejores pueden combinar capacidad defensiva y de ataque con plenas garantía. Y Carlo Ancelotti oxigenaba el centro del campo permitiendo el desarrollo del talento de los holandeses.
En un fabuloso sprint final el Milán conquistó el Scudetto 87-88 y así pudo afrontar su gran desafío: la vieja Copa de Europa. Para ello tuvo que sortear eliminatorias complicadas solventadas con más apuros de los esperados hasta que en semifinales tuvo su reválida: el Real Madrid de la Quinta del Buitre que seguía su obsesiva y a la postre infructuosa búsqueda del máximo entorchado continental. Eras épocas en las que el Bernabéu se había creado una merecida fama de feudo inexpugnable del que salían goleados todos los equipos que lo pisaban en miércoles europeo. El viejo vecino de los milanistas, el Inter, había sufrido en sus carnes hasta en cuatro ocasiones en los años 80, la voracidad blanca para sus rivales. También equipos de renombre europeo como el Anderlech y el Borussia de Monchedglabdag padecieron memorables remontadas en lo se llamó el “miedo escénico”. Pero la calidad no conoce de complejos. En una noche inolvidable los milanistas, simplemente, barrieron a los blancos que milagrosamente consiguieron empatar a uno aunque el árbitro anuló un gol legal a los italianos. Pero la vuelta no hizo confirmar de forma estridente la diferencia abismal percibida en el feudo blanco, en esta ocasión el marcador sí reflejó lo acontecido en el terreno de juego: un expresivo 5-0 abrió a la obra de Shachii a la final del Camp Nou en donde despacharon sin contemplaciones al voluntarioso Steaua de Bucarest.



El dominio milanista en Europa fue casi absoluto hasta 1995. En siete años conoció cinco finales de la máxima competición continental con tres títulos teniendo en cuenta que en la edición de 1992 (la primera que ganó el Barca) no participó por sanción. En realidad no dominó el calcio hasta la llegada de Fabio Capello, el sucesor de Shacchi, en ese mismo año. Más que el triunfo de un equipo fue el de un sistema y una forma de entender el fútbol como un trabajo colectivo que implicaba a todos y cada uno de los miembros del plantel desde los más talentosos a los menos dotados. Las estrellas debían de trabajar como los primeros y el orden táctico adquiría condición de regla de oro.
Todo entrenador destacado del fútbol contemporáneo bebió de las fuentes de aquel gran equipo. Hasta cierto punto el modelo milanista otorgó al míster un predominio que antes tenían los jugadores. Y eso que el Milán se hartó a tenerlos destacados. Pero su disciplina prusiana resultaba demasiado atractiva a los ojos de los comentaristas más avezados que identificaron a los rossoneros como la sociedad paradigmática del balompié europeo, todo en ellos parecía perfecto. A la salida de Sachii le seguía la entrada de un hombre de la casa que siguió la senda de éxitos por la misma línea y la decadencia y retirada de los tres magos holandeses se cubría con estrellas como Savisevic Desaylly o Geeorge Weath y los viejos hombres de la casa como Baresi o Maldini parecían eternos. Nada alteraba el perfeccionismo de la obra
El otro gran equipo español de la época, el Barcelona formado por Johan Cruyff, también sufrió en sus propias carnes la capacidad milanista en los grandes acontecimientos. Fue en la final de Champions del 94. Los culés llegaban a la gran cita borrachos de éxito: apenas unos días antes había caído la cuarta liga consecutiva. Nadie jugaba como aquel Barca que vivía la plenitud de sus estrellas extranjeras: Stoikov, Koeman, Laudrup y Romario. El holandés fue de sobrado a la gran final. Proclamó sin dudarlo la superioridad y el favoritismo de su equipo y mostró su plena confianza en la suficiencia de sus recursos ofensivos. Por su parte, los milaneses callaban agazapados y atemorizados por la ausencia de su gran capitán Baresi, algo siempre inquietante cuando enfrente se tiene a un adversario con un inmenso potencial ofensivo. Pero el desarrollo de la final no dejo nada más que una nueva exhibición del cuadro lombardo que en una memorable noche dio al traste con la arrogancia culé. En pocas ocasiones un rival con la calidad de los azulgranas ha sido desbordado de la forma tan explícita como lo fue en esa final. Un enorme despliegue físico y táctico, adornado con la enorme calidad de una plantilla, completó un baño de los que hacen época. No hubo mejor forma de cerrar un periodo memorable del fútbol europeo.

MAGIC VS BIRD


El mundo del deporte ha necesitado siempre de grandes rivalidades para conseguir atraer la tracción del espectador. La NBA de nuestros días hunde sus orígenes en el duelo deportivo de Magic Johnson y Larry Bird, que con su llegada a la liga en 1979 transformaron el campeonato en un espectáculo mediático y deportivo de primer nivel.
El destino quiso que los dos aterrizaran en los equipos más antagónicos posibles. Los Lakers de Los Ángeles y los Celtics de Boston. Dos eternos rivales que retomaron en los 80, toda la animadversión surgida en los 60. Pero había un matiz muy importante que daba al conflicto una dimensión más dramática: siempre hasta la fecha los Celtics se llevaban el gato al agua. En nada menos que siete finales los Bill Rusell, Bob Cousy o Sam Jones habían batido a nombre legendarios del basket americano como Elgin Baylor, Wilt Chamberlain o Jerry West. En realidad hasta la llegada de Magic, los californianos habían tenido estela de perdedores: apenas un título de diez finales disputadas. El descomunal Abdul- Jabbar, llegado desde los Bucks de Milwakee, no consiguió rematar sus grandes cualidades hasta que al genial base de Michigan se fueron uniendo nombres tales como Norm Nixon, Jamal Wilkes, James Worthy, Michael Cooper o, posteriormente, Byron Scott. Los anillos de campeón de 1980 y 1982 acabaron con la leyenda negra de los propietarios del Forum.
Boston, por el contrario, representaba la estirpe de ganadores más clásica del deporte americano. Ninguna escuadra de ningún deporte había dominado su competición como lo hicieron los célticos en los 60 con 8 títulos en 9 años. El mítico Boston Garden vivió dos títulos más en los años 70 y superó la crisis de finales de esa década con la llegada del mago de Indiana, al que pronto acompañaron dos súper clases: el ala-pivot Kevin Machale y el center Robert Parish que pusieron las bases para el anillo de 1981 ante los Houston Rockets.
Cuando Magic o Bird llegaron a la NBA, la competición perdía dinero, las televisiones apenas mostraban interés en ella y los pabellones se vaciaban con más facilidad de la deseada. Su rivalidad (forjada en el baloncesto universitario en una inolvidable final de 1979) atrajo la atención del público al instante: Magic era un astro de color que olía a campeón por los cuatro costados:; medía 2,04 una estatura inusual para un base, tenía una pasmosa facilidad para las asistencias imposibles y una capacidad para el juego de contraataque nunca vista, su eterna sonrisa mostraba a un ganador que se divertía jugando y hacía disfrutar a sus compañeros y rivales. Bajo su batuta los Lakers crearon una estilo único por espectacular y efectivo que la prensa y afición denominaron de forma significativa “show-time”: rebote de Jabbar, pase a Magic, contra a toda pastilla, asistencia medida a Jamal Wilkes o James Worthy y canasta a cada cual más espectacular. La cancha de los Lakers se convirtió en el inicio de la noche Hollywoodense: astros como Jack Nicholson, Dyan Cannon o Rod Stewart ponían un envoltorio glamuroso que el espectacular juego del equipo se encargaba de rematar. Y, para colmo, el director de orquesta de tan talentoso grupo resultó ser el más elegante entrenador que jamás vieron los tiempos: Pat Riley, casi una estrella más.
Bird y sus amigos eran la némesis de los argelinos: frente a la capacidad física y velocidad endiablada de los Lakers, los Celtics de los 80 desarrollaron un juego de ataque estático tremendamente efectivo, con una perfecta coordinación liderada por Bird. Con el poderío bajo tableros de Parish y Machale se aseguraban los rebotes defensivos y un buen puñado de segundas opciones en ataque; las variantes ofensivas del alero blanco eran primorosas: a un demoledor tiro de larga distancia se le unía una capacidad de pase asombrosa que le permitía encontrar siempre al compañero mejor desmarcado en los casos en los que él no encontraba la posición ideal. El Boston Garden no tenía el oropel del Fórum, pero en él se olía a buen baloncesto, a tradición ganadora. Sus entrenadores Bill Fich y K.C Jones eran lo opuesto a Riley: representantes de la vieja escuela al servicio de una franquicia mítica.
Hubieron de pasar cinco años hasta que se encontraron en las finales ya que una notable potencia baloncestística dominó la conferencia este al comienzo de la década: los Seventy Sixers de Julius Erving, Bobby Jones o Andrew Toney, batieron a Boston en las finales de la conferencia del 80 y el 82, pero cedieron ante el talento de Jabbar y Jonhson en las finales. Sólo una pieza les hacía falta para dar el salto al anillo: un pívot poderoso y dominador, y como quiera que lo encontraron en la figura de Moses Malone el resultado no pudo ser otro que el campeonato del 83 con un colofón memorable: nada menos que 4 a 0 a los Lakers en la final.
Pero aquella gran escuadra cayó en la decadencia y la veteranía autocomplaciente y en 1984 el camino estaba despejado para la gran final entre el genial base y el insaciable alero. Los Celtics consiguieron traer un director de juego de garantías en la figura del veterano Denish Johnson, el antídoto adecuado para compensar la potencia de los Sixers en la retaguardia, e incluso plantarle cara en la medida de lo posible a Magic, y con la definitiva explosión del escolta Danny Ainge conformaron un quinteto inicial de ensueño que accedió a las finales durante cuatro años consecutivos. A los Lakers se incorporó el escolta Byron Scott que llegaría ser pieza clave del engranaje ofensivo de su equipo y James Worthy confirmó su condición de súper-clase en su segundo año como profesional.
Fueron las series finales posiblemente más memorables de la historia. Los Lakers pudieron dejar sentenciada la final en los cuatro primeros encuentros, pero perdieron los partidos segundo y cuarto en los instantes finales con errores impensables: James Worthy falló un pase cruzado en el Garden que provocó la prórroga cuando su equipo ganaba 111-113 y caminaba hacia el 0-2, y Magic Johnson desperdició dos tiros libres en los últimos minutos del cuarto partido que permitió un nuevo empate a los bostonianos cuando habían sido humillados en el tercero por 137 a 103. En el quinto encuentro Larry Bird, que había arengado a los suyos cuando las cosas iban mal (“jugamos como un atajo de nenazas” declaró tras la hecatombe del tercer partido”), encestó 15 de 20 lanzamientos y puso a su equipo en ventaja que mantuvo en el séptimo encuentro que decidió, una vez más, la serie en favor de los Celtics. Bird fue declarado MVP de las finales y Magic fue calificado como “Tragic” por sus errores en los momentos decisivos.



Los argelinos buscaron venganza y acabar con su maleficio en las finales del 85. Pero el comienzo no pudo ser más desesperanzador: nada menos que una derrota por treinta y cuatro puntos en el `primer partido de las series. Pero entonces surgió una figura ajena a Bird y Magic que se reveló contra el destino. El entonces casi cuarentón Abdul- Jabbar había vivido dos derrotas en las finales ante los verdes del Garden y no estaba dispuesto a vivir una tercera. En una serie memorable lideró a su equipo a cuatro victorias en los siguientes cinco encuentros rematando la faena con la victoria 100-111 en el Boston Garden que acababa con dos décadas de derrotas y frustraciones. La imagen de Jabbar alzando los brazos tras encestar uno de sus clásicos ganchos que decidía el sexto encuentro supuso una instantánea que representaba el cambio de era acontecido.
La magia de la rivalidad Magic- Bird tuvo su último episodio en 1987. En esta ocasión las fuerzas ya no estaba igualadas: los californianos vivían su mejor momento de su década mágica y las grandes épocas de los bostonianos (tras el título de 1986) empezaban a tocar a su fin. La veteranía de la plantilla, una racha de lesiones inagotable, la muerte de la gran promesa Len Bias por sobredosis y un banquillo de pocas garantías habían provocado un recorrido tortuoso (victorias agónicas por 4-3 ante Milwaake y Detroit) que sólo había resultado posible por la casta de campeones de sus figuras. Aún con tal desequilibrio de fuerzas la serie discurría con un ajustado 2 a 1 en el cuarto encuentro y una ventaja de 16 puntos de Boston en el mismo. Pero Worthy y Magic comenzaron el sendero de la remontada y los Lakers llegaron a ponerse por delante 103 a 104 a pocos segundos de la finalización tras una mágica asistencia de Johnshon a Jabbar, una más. Pero Bird no ha dicho su última palabra: en una muestra de talento asombroso para zafarse de su defensor deja atrás a Worthy y da un pasito detrás de la línea de triple desde la que suelta un torpedo al corazón de los Lakers: 106-104 con treinta segundos por jugarse. Entonces Jabbar fuerza una falta, mete el primero, falla el segundo y la pelota sale por línea de fondo impulsada por un céltic que no ha podido hacerse con el rebote. Balón a Magic que desde la línea de fondo encara a Machale (un 2,13 nada menos) se acerca a la canasta y desde cuatro metros suelta un gancho que se introduce en la canasta oponente: 106-107 y apenas tres segundos. Tiempo muerto de Boston, apenas da para un tiro en difícil posición pero Bird va a intentar de nuevo lo imposible y está a punto de conseguirlo, de forma increíble logra atrapar el pase bombeado de Denish Johnson y lanzar un triple estratosférico que, sin embargo, da en el hierro de la canasta y no entra por muy poco.



Los Lakers ganarían 4 a 2 y al año siguiente sumaron su siguiente anillo de la década mágica de la NBA, en una final agobiante contra los nuevos amos del campeonato antes de la explosión de Michael Jordan: los Pistons de Detroit. Los amarillos fueron el equipo de la década seguido de cerca por los Celtics de Bird y entre los dos sumaron nada menos que seis trofeos al mejor jugador del año y otros seis al mejor jugador de las series finales.
El tiempo daría otras figuras al menos tan buenas como Bird o Johnson empezando, lógicamente, por el mismísimo Jordan, que superó a los dos héroes de la década de los 80, luego vinieron Akeem Olajuwon, Tim Duncan, Saquile O´Neal o Kobey Bryant, pero con todo su inmenso talento, su influencia no puede compararse a la del “pájaro-mágico”

FERNANDO MARTIN: LA LEYENDA DEL PIONERO


Hoy la NBA nos resulta algo cercano y cotidiano. Algunos de nuestros mejores jugadores juegan allí y hasta contamos con un doble campeón de la misma. Las noticias que llegan de América se insertan en un mundo globalizado y conectado por Internet y con la mayor naturalidad consultamos en el mismo día los resultados de los partidos.
Pero hubo un tiempo en el que ese mundo de la canasta norteamericana era lejano, muy lejano. Era algo que uno percibía en la entonces televisión de dos canales, de forma esporádica, casi como un regalo. Llegaban noticias de nombres míticos como Larry Bird, Magic Johnson, Julius Erving o Michael Jordan. Se visionaba un partido a la semana en el programa “Cerca de las estrellas” que presentaba Ramón Trecet, se leían referencias en las páginas finales de la revista “Gigantes del Basket” y se pensaba que era algo sencillamente inalcanzable para cualquier jugador europeo y no digamos español.

Un hombre atrevido dio el gran paso de abandonar su confortable vida de estrella deportiva en España para adentrarse en la aventura americana. Se llamaba Fernando Martín y tomó una de las decisiones más sacrificadas de la historia del deporte español: cambiar la titularidad del mejor equipo de España, la selección española y el estrellato social por el banquillo de los Portland Trail Blazers, la mitad de sueldo y una aburridísima vida en una ciudad perdida del Oeste americano.
No eran ni son tiempos de aventuras arriesgadas y menos cuando afecta al tema económico. Pero el carácter casi cósmico que la mejor liga del mundo tenía por aquellos años hace de dicha experiencia de apenas una temperada un hito en la historia del deporte español. Fernando Martín fue el James Dean de nuestra historia deportiva: vivió a toda velocidad, triunfó rápido y murió pronto, demasiado pronto, y de la misma forma trágica y absurda que el astro de los cincuenta. Todo en él fue intenso, su carrera meteórica, su forma de afrontar los partidos desde la más feroz competitividad, sus deseos de dar el salto a la liga de los realmente grandes, su estratosférico sueldo en su vuelta a España y su trágico desenlace una lluviosa tarde del 3 de diciembre de 1989.
Martín fue uno de los símbolos de la explosión del deporte de la canasta en la década de los 80 en España. En un país monopolizado por el futbol prácticamente desde la postguerra, la obtención de la medalla de plata en las Olimpiadas de los Ángeles en 1984 trajo consigo el repentino interés de la juventud española por un juego que encima permitía reproducir en otro ámbito el sempiterno duelo Madrid- Barcelona, toda vez que la sección de baloncesto del club catalán conoció de su primer periodo de esplendor deportivo a comienzos de la citada década. De repente se hablaba de Epi, de Corbalán, de Solozábal, de Iturriaga, de Sibilio, de Romay, de Villacampa, de Jiménez, de Margall……y sobre todo de Fernando Martín, con Epi el máximo referente de esa primera generación de oro de baloncestistas hispanos. Los patios de los colegios empezaban a llenarse de chavales deseosos de jugar, las radios empezaron a crear carruseles deportivos con la jornada de baloncesto los sábados por la tarde, la televisión daba regularmente partidos los fines de semana y la sociedad empezó a darse cuenta que tal y como habían ya demostrados figuras como Manolo Santana, Ángel Nieto o Severiano Ballesteros existían horizontes deportivos, más allá de los campos de fútbol, en esta ocasión desde el deporte colectivo.



Lideró el último gran equipo de la laureada sección de Baloncesto del Real Madrid. De 1981 a 1986, año en el que partió hacia América, la escuadra dirigida por Lolo Sainz logró ganar cuatro ligas, dos Copas del Rey, una Recopa de Europa y un Mundial de Clubes. Palmarés esplendoroso no completado con la Copa de Europa, sin embrago, dada la explosión en aquellos años de la némesis madridista que el tiempo se encargaría de mezclar (y a todos los niveles) con la trayectoria del Real Madrid y del propio Fernando Martín: Drazen Petrovic y su Cibona de Zagrebz. Martín fue un prodigio de cualidades físicas (sus primeros pasos fueron orientados al Balonmano) que revolucionó el puesto de pívot en España, que había conocido de precedentes notables como Rafael Rullán o Clifford Luik: el madrileño era capaz de batirse el cobre con los poderosos centers americanos y en sus mejores días podía tener estadísticas de más de veinte puntos y diez rebotes, podía correr el contraataque con una soltura notable y, sobre todo y ante todo, tanto sus compañeros como rivales coincidían en resaltar su principal cualidad: su instinto ganador que le hacía ser el profesional más extremadamente competitivo que uno podía encontrase en una cancha.
Dos imágenes pueden lustrar ese carácter indomable: en las semifinales de la copa del rey de 1985, el Real Madrid perdía por 9 puntos a falta de apenas dos minutos frente al Cai Zaragoza de Manel Comas. Se jugaban en un Palau Blaugrana casi desierto por el elevado precio de las entradas, de tal manera que las instrucciones de los entrenadores eran escuchadas por todo aquél que lo quisiera. Tiempo muerto de Lolo Saiz, a la desesperada, para salvar un partido que se escapaba a marchas forzadas. En ese tiempo muerto se puede escuchar claramente al pívot blanco “Tranquilo Lolo, esto está ganado”. Acto seguido Martín encesta un increíble triple que inicia la en principio improbable remontada blanca. Los zaragozanos se dejan intimidar por la reacción y terminan perdiendo en la prórroga.
La otra escena también acontece en Barcelona. Final de la ACB 88-89 la llamada liga de Petrovic. Concentración del Real Madrid para el segundo partido de la final contra, cómo no, el Barcelona, resultado del primer duelo: 94-69 para los culés. Martín tiene la espalda maltrecha, casi irrecuperable. El pesimismo se ha apoderado del equipo blanco, nadie confía en la victoria porque está casi confirmado que el madrileño no juega. Es la hora de la comida, se abren las puertas del comedor en donde se encuentran los Petrovic, Rodgers, Llorente, Biriukov y compañía y aparece Fernando Marín con una frase lacónica “A ver pringados yo no me he levantado para perder”. Resultado del segundo partido: 81-88 con participación del mismo hombre cuyo concurso se había dado por imposible.
Fueron dos momentos recordados de una trayectoria excelsa, parada en seco por un guiño absurdo del destino. Pero quedará siempre su legado de valentía, de ser el primero en cruzar el charco y probar fortuna en la tierra de los mejores. Esa misma tierra, la de las oportunidades, no le dio muchas a uno de los mejores jugadores de la historia de España. Pero su atrevimiento en lograr lo considerado entonces imposible bien merece el reconocimiento póstumo para uno de los grandes deportistas que hemos tenido jamás