jueves, 23 de junio de 2011

LA ROJA: CUANDO NO ÉRAMOS LOS MEJORES


Para los aficionados jóvenes los éxitos de la selección española de fútbol resultan habituales y hasta rutinarios. El saber con certeza que se es el mejor de forma sobrada trae consigo siempre una cierta relajación y un olvido del fatigoso camino emprendido hasta que se lograron los triunfos. Nada queda en el recuerdo de pasados fracasos y frustraciones por dolorosas que fueran.
Sin embargo, casi ningún combinado a nivel de selecciones aglutinó tal cantidad de frustraciones como “la roja” a lo largo de diversas décadas. Si los adolescentes han vivido solamente las mieles del triunfo, los más veteranos aficionados experimentaron una catarsis en los veranos de 2008 y 2010 que difícilmente se puede explicar con palabras. El ver el triunfo de los eternos aspirantes al éxito materializado en dos campeonatos de primerísimo nivel dejó atrás un buen puñado de frustraciones que habían sumido en la impotencia y el escepticismo a aficionados, periodistas y los propios jugadores.
España siempre fue en país de clubes y no de selección. Ningún estilo hizo al combinado nacional como reconocible en la medida que el fútbol español carecía de personalidad propia. La escasamente tangible y más que discutible “furia” no dejaba de ser un lugar común más o menos raído que ocultaba notables carencias. Cierto es que Real Madrid, Barcelona, Atlético, Athletic o Valencia contaban con jugadores españoles notables que en las competiciones internacionales rendían al más alto nivel. Pero por arte de magia se solían difuminar cuando se vestían de corto con la selección, sin que por otro lado ningún seleccionador de una larga lista, no exenta de nombres de prestigio, consiguiera dotarla de un sello reconocible. Italia se aferraba a su eterno catenazzio, Brasil a su creatividad, Argentina o Alemania a una competitividad extrema no exenta de calidad y Holanda al fútbol total creada por la escuela de los años 70. Ningún rasgo definido se apoderaba del equipo español.
Por sus filas desfilaron nombres ilustres del fútbol: de Gento a Ufarte, de Luis Suarez a Marcial, de Pirri a Asensi, de Gárate a Quini, de Iribar a Arconada, de Juanito a Santillana, de Carrasco a Michel, de Butragueño a Kiko, de Martin Vázquez a Guardiola y hasta el mismo Di Stéfano. Todo resultaba inútil. No había juego, ni competitividad, ni suerte. Así era difícil aspirar a algo y los seguidores solían empezar los campeonatos con la inquietud de lo desconocido, aunque bastaban un par de partidos para darse de nuevo con la cruda realidad de frente. Ya se contaba que el podio final iría para alguno de los de siempre: o Alemania o Italia, o Brasil o Argentina, hasta selecciones advenedizas como Dinamarca o Grecia se permitían el lujo de ganar alguna Eurocopa que para nuestro "potente" fútbol era coto vedado.
El rosario de decepciones es inmenso y de todos los colores. Hay partidos buenos y otros pésimos, derrotas ante potencias mundiales y ante equipos de segunda fila, arbitrajes desfavorables, goles increíblemente fallados, actuaciones antológicas de porteros rivales y pifias memorables de los cancerberos hispanos. El resultado siempre era el mismo: decepción absoluta o resignación por haber cumplido con el mínimo de los objetivos marcados.



España no estuvo en las citas mundialistas de 1954, 1958, 1970, 1974. En las de 1962, 1966 1978, 1982 y 1998 cayó a las primeras de cambio. En 1986, 1990, 1994, 2002 y 2006 se quedó a las puertas de llegar a las semifinales. No mejor panorama mostraban las Eurocopas con las honrosas excepciones del campeonato de 1964 y el subcampeonato de 1984. En todas estas citas quedaron imágenes para el recuerdo que representaban la frustración en grado sumo: el gol de chilena anulado a Adelardo ante Brasil en Chile, el penalti de Eloy fallado en la tanda ante Bélgica en México tras haber dejado fuera en la ronda anterior a la potente Dinamarca, la cantada de Arconada en la final de la Eurocopa contra Francia a saque de falta de Platini (falta además inexistente), la imagen de Michel apartando la cara en la falta ante Yugoslavia, la clamorosa ocasión fallada por Julio Salinas ante Italia en Boston y el posterior codazo de Tassotti a Luis Enrique rompiéndole la nariz, el gol anulado a Morientes en Corea y la rabia posterior de Iván Helguera, el penalti a las nubes de Raúl en la Eurocopa del 2000, el golazo final de Zidane en la cita de Alemania cuando todos daban por jubilados a los franceses; y por encima de todos ellos, la imagen de Julio Cardeñosa con la inmensa portería delante suyo, sin portero y su disparo a los pies del defensa brasileño por el único sitio en el que la pelota no podía haber entrado. Todo un cuadro de calamidades que muestran que los astros no estuvieron de parte durante no pocos años.



Pero quizá ninguna cita supuso una decepción tan grande como la del Mundial 82. Se jugó en España por primera y única vez. Era la ocasión de oro para un triunfo ante una afición acostumbrada a las decepciones. Todo estaba planeado para la presencia española al menos en semifinales. Un grupo previo asequible con Honduras, Irlanda del Norte y Yugoslavia debía dar como resultado un primer puesto que permitiese acceder a la segunda ronda como primero de grupo y así sortear a los peores rivales Nada salió conforme al plan previsto: se empató con Honduras, se ganó con ayuda arbitral por la mínima a Yugoslavia (se repitió un penalti inexistente hasta que se marcó) y se hizo el ridículo perdiendo 0-1 contra Irlanda del Norte, cuyos jugadores se habían pasado la noche anterior de juerga bebiendo cerveza y disfrutando de los placeres de la costa valenciana. Luego llegaron Alemania e Inglaterra y el desastres se consumó sin remisión. Era la selección de López Ufarte, Arconada, Camacho, Santillana, Juanito, Alexanco o Perico Alonso. En palabras de López Ufarte aquello fue como ”jugar como el real Madrid con la Real Sociedad”. El seleccionador Emilio Santamaría no volvió a entrenar, jugadores como el propio Ufarte, Juanito o Tendillo nunca volvieron a la selección y en España quedó la sensación que nuestro fútbol e realidad no conocía de la auténtica calidad y que todo el peso d elos equipos recaían en los extranjeros (cosa no del todo cierta porque eran los años de dominio de los equipos vascos en la liga, que no alineaban jugadores de fuera de la cantera).
La explosión de una gloriosa generación de jugadores en su mayoría criados en la cantera del Barcelona, cambió para siempre ese destino adverso tantas veces repetidos. Luis Aragonés y Vicente del Bosque, dos viejas glorias de nuestro futbol que como jugadores también sufrieron la decepción de la falta de resultados con la selección, pusieron las bases de un estilo de juego que reproducía el esquema seguido por el exitoso Barca del último quinquenio: el toque de balón permanente presidido por unos futbolistas de excelente nivel técnico que marean al contrario hasta conseguir el gol por insistencia. Casillas, Pujol, Sergio Ramos, Piqué, Xabi , Iniesta o Villa han conseguido algo más que títulos. Han dejado atrás demonios de años que nadie supuso que se superarían

sábado, 18 de junio de 2011

DRAZEN PETROVIC: EL COMPETIDOR INSACIABLE


Determinadas fechas y partidos marcan un antes un después para los aficionados, son momentos puntuales que impactan de manera especial, quedando clara la sensación de que nada volverá a ser lo mismo.
El 6 de diciembre de 1984 los seguidores al baloncesto españoles tuvieron uno de esos instantes. Era el partido inaugural de la entonces liguilla de campeones de Europa de baloncesto, jugaba el de casi siempre por aquellos años de sólo un equipo en la Copa de Europa, y no era otro que el Real Madrid. Enfrente, como local, un desconocido equipo yugoslavo, la Cibona de Zagreb. Los pronósticos apuntaban a un fácil comienzo de los Corbalán, Fernando Martín o Iturriaga. Pero ganaron los locales 99-90. El resultado, sin embrago, fue lo de menos. Causó más sensación un joven espigado, con peinado afro que se hartó de meter puntos, hasta 45, y sacar de sus casillas a los jugadores blancos, curtidos en mil y una batallas continentales pero incapaces de detener esa avalancha.
El causante del estropicio no era otro que Drazen Petrovic y con ese partido inició una serie de victorias consecutivas sobre el potente equipo madridista que le hizo ganarse e¡la condición de “enemigo público número 1 de la histórica entidad de baloncesto”. Cada partido del croata era un prodigio de virtudes técnicas, un carrusel de dribblings, unos contra unos resueltos con una seguridad pasmosa, tiros en suspensión demoledores y anotaciones que en rara ocasión bajaban de los 30 puntos. Fue con Sabonis, la máxima sensación jamás conocida en el baloncesto europeo y pronto objeto de deseo de franquicias de la NBA.
Petrovic era heredero de una gloriosa tradición baloncestística yugoslava que tuvo nombres tan significativos como Mirza Delibasic, Kesemir Cosic, Drazen Dalipagic o Ivo Daneu, que impulsó a la entonces república socialista a los primeros puestos del baloncesto mundial en dura competencia con sus vecinos soviéticos. En realidad el genio nacido en el condado de Sibenik le superó a todos y sentó precedente a fabulosos sucesores como Toni Kucov o Dino Radja. Frente baloncesto eminentemente físico que se veía en Estados Unidos los baloncestistas del este de Europa asombraron por extraordinaria capacidad técnica y unos fundamentos hasta entonces desconocidos en especial en el aspecto ofensivo. La creatividad y el talento se ponían al servicio de unos extraordinarios equipos que, sobre todo a nivel de selección, también alcanzaban un carácter competitivo rayano en la fiereza.
Drazen no sólo se dedicaba a machacar al rival desde el punto de vista de la anotación: también lo aniquilaba psicológicamente con un repertorio de gestos triunfantes, provocaciones consentidas, pases por la espalda rayanos en la chulería y una conexión con la grada que oscilaba desde el amor incondicional de los suyos al odio más exacerbado de los contrarios. Al contrario que muchos grandes jugadores él adoraba la presión y los ambientes más hostiles que uno pudiera imaginar; era donde sacaba lo mejor de sí mismo. Sin lugar duda fue uno de los más grandes y duros competidores que se pudieron encontrar. Una imagen del Mundial de Baloncesto celebrado en España en 1986 es suficientemente significativa: tras un ajustado partido contra Canadá resuelto en los últimos minutos gracias a sus genialidades respondió a los abucheos permanentes del público con dos expresivos cortes de mangas.
Su llegada al Real Madrid en 1988 causó una sensación tal que es posible que la Liga de Baloncesto de aquel año superará el seguimiento de la de fútbol. Era un caso casi inédito en la historia de la sección: un repelido rival formaba parte de la escuadra que aspiraba a desbancar el ya consolidado dominio del Barcelona en la Liga ACB. El seguimiento a sus actuaciones despertó una curiosidad inédita y unas ganas casi obsesivas de mostrar su falta de adaptación al club madridista. En realidad su acoplamiento fue perfecto porque un jugador de su talento no tenía por costumbre defraudar las expectativas creadas. Bajo su liderazgo y el Fernando Martin el equipo blanco ganó la final de copa al potente Barca y se plantó sin mayores dificultades en la final de la Recopa de Europa frente al Snaidero de Caserta que encabezaba uno de los más grandes tiradores que jamás vieron las canchas del viejo continente, el brasileño Oscar Smith. El resultado no fue otro que una final memorable resuelta a favor de los blancos con un festival del héroe croata, inédito en una cita de tanta trascendencia, nada menos que 62 puntos (más de la mitad de los de su equipo,117). Su leyenda no hizo sino agrandarse.



Tras esas exhibiciones no sólo se escondían unas condiciones innatas para ser un virtuoso de la canasta, también existía un trabajo diario casi obsesivo comenzado desde edad juvenil consistente en una dedicación en cuerpo y alma a una sola meta; ser el mejor. Cuentan las crónicas que no dejaba un día morir sin intentan al menos 500 tiros a canastas y que tras los entrenamientos se dedicaba de forma compulsiva a perfeccionar sus tiros libres. En pocas ocasiones el deporte mundial ha conocido de un artista tan convencido de su necesidad de seguir perfeccionándose. No había límites con tal de ser alcanzar lo sublime en cada partido.
Paradójicamente esa liga la acabó ganando el cuadro de Aito García Reneses gracias al propio yugoslavo. Durante un verano no tuvo otra ocurrencia que escupir a un árbitro en un partido amistoso. Se llamaba Juanjo Neyro y el mismo, apuntó la matrícula y esperó pacientemente el momento de la venganza. Era el quinto partido de las finales de ese año y el árbitro bilbaíno dejó al Madrid con cuatro jugadores en la pista casi todos yuniors. Ganaron los catalanes con comodidad, porque entre otras cosas tenían un fabuloso equipo comandado por Solozábal, Epi y Audie Norris. En ese partido un hecho , tan desagradable como resaltable, dejó a todas luces que Petrovic no podía dejara nadir indiferente. Los jugadores del Barcelona terminaron mofándose y haciendo bailecitos a sus contrincantes desquiciados por el arbitraje y el partido. Al acaban el encuentro fueron preguntados por tan reprobable acción. Su excusa no dejó lugar a la duda: era venganza contra el croata que tanto se había mofado de ellos en la derrota. Le pagaron con su misma moneda.
Pero su destino estaba escrito y no era otro que la mejor liga del mundo, aquella que se sitúa al otro lado del Atlántico. En el verano del 89 dejaba plantado a los blancos y emprendía rumbo a Portland en donde su primero rival y luego compañero, Fernando Martín, había iniciado la senda de la aventura americana. Fue en Oregón en donde por primera vez en su carrera mordió el polvo de la frustración, como le ocurrió al español apenas contó `para el entrenador en una época en la que existían aún muchas reticencias a la participación europea en la NBA. No era el escolta muy propicio a aceptar ser un segundón y decidió emigra a una escuadra más modesta y más adaptada a sus necesidades de minutos: los Nets de New Jersey.
Cerca de la gran manzana emergió de nuevo. Evolucionó en su juego en el que desaparecieron las entradas a canastas, y se centró en su prodigioso tiro a la salida de los bloqueos, mejoró su físico adaptándolo al exigente nivel exigido en América y se consagró como anotador recurrente con notoria debilidad por la línea de tres puntos. Había comenzado su carrera como estrella de la mejor liga del mundo. No podía ser de otra forma
Para desgracia suya y de todos, un accidente de tráfico en una autopista de Alemania el 7 de junio de 1993 sesgó para siempre su vida tal y como lo había hecho con otro de los grandes de la época, Martin. Una conmoción recorrió el deporte europeo y mundial. Quizá quien mejor resumió su carácter fue Tom Newell, entrenador asistente de los Nets, el equipo de Drazen “Nunca he visto a un jugador profesional o amateur trabajar tan duro. Es el verdadero ejemplo de profesional en dedicación y compromiso”.

martes, 14 de junio de 2011

JUAN CARLOS ARTECHE: EL BASTIÓN COLCHONERO


Hay jugadores grabados de forma especial en el recuerdo de los aficionados. Unos por su calidad, otros por marcar goles en momentos decisivos, algunos por su carácter y incluso por determinados rasgos no siempre tangibles. Cuando una entidad cuenta con más de cien años de historia y por sus filas han pasado peloteros de toda índole y un buen puñado de excelentes jugadores, encumbrarse a ese pedestal de los ídolos más recordados no está al alcance de muchos.
En el Atlético de Madrid ese santoral merece ser ocupado por los héroes del periodo 1959-1977 sin duda alguna el más exitoso de la historia del club, o incluso por estrellas ya muy lejanas como Adrián Escudero y otras más cercanas como Kiko, Caminero o Futre. Pero por encima de ellos se sitúan un central aguerrido y luchador que durante una década ocupa un lugar esencial en la historia rojiblanca. Y no es otro que Juan Carlos Arteche.
No fue la sutileza ni la calidad técnica lo que caracterizo a este defensa central de casi 1,90 que dio sus primeros pasos en primera división en el equipo de su tierra natal: el Racing de Santander. Pertenecía a una generación de de centrales que dejaba bien claro desde el comienzo del partido que las bromas no iban con ellos: Benito, Goikoechea, Migueli o Alexanco son buenos ejemplos de ello. Eran época de marcajes individuales y delanteros-tanque, de estrellas liberadas de toda responsabilidad defensiva y medios centros más creadores que destructores. El defensa se encontraba solo ante el peligro ante la embestida rival y su opción estaba clara: había que detener al contrario a cualquier precio.
Arteche no fue más duro (aunque lo fue y mucho) que muchos compañeros de generación y él mismo sufrió en sus carnes ese concepto racial del fútbol:un rival del Santurce, en categoría regional, le rompió el tabique nasal de un codazo dejándole una marca de por vida en forma de nariz de boxeador que le daba un aire más inquietante todavía; sin embargo su trayectoria puede catalogarse como modélica en la medida que supo partir de orígenes muy limitados para ir mejorando poco a poco hasta convertirse en un referente defensivo no sólo del Atlético, sino del propio fútbol español de los 80. Nadie juega 308 partidos en un club puntero como el rojiblanco de entonces y llega a la selección con 29 años siendo sólo un leñero. Aún más sus mejores momentos mostraron un jugador solvente en el manejo de balón además de una gran capacidad rematadora en córneres y faltas que valieron no pocos puntos decisivos.
Su identificación con la masa social fue inmediata y se extendió durante casi toda su trayectoria. En realidad su presencia atrás resultaba imponente, parecía ocupar todos los espacios posibles y su regularidad le hizo un fijo de casi todas las alineaciones. Comandó una generación de jugadores solventes, sin la calidad o suerte para grandes éxitos, pero que mantuvo al equipo con dignidad en los primeros puestos del campeonato, jugando finales de Copa del Rey y Recopa y manteniendo su status de equipo grande en circunstancias nada fáciles. No eran tiempos boyantes (en realidad nunca lo han sido) para la tesorería atlética: las dificultades económicas obligaban a traspasar a estrellas como Dirceu o Hugo Sánchez y referentes nacionales como Marcos o Julio Alberto y la cantera actuaba como tabla de salvación con la subida de Mejías, Julio Prieto, Marina, Pedraza, Ruiz, Clemente o Tomás. Aun cuando el santanderino no se habría criado futbolísticamente en el Manzanares, pronto se convirtió en uno más de la tribu, acaso el gran jefe por su entrega sin fin, su fiereza en el campo y su amor por unos colores que le habían dado tanto.
Una imagen deja bien claro la leyenda del cántabro. 6 de noviembre de 1983, estadio Vicente Calderón, lluvia, partido trabado y movido y 2-3 a favor del Betis de Gordillo, Rincón y Calderón. Minuto 86, córner a favor de los locales, Arteche entra a por todas y empata el partido. Llega el tiempo de descuento, nuevo saque de esquina en medio del patatal lleno de barro en el que se ha convertido el terreno de juego, camisetas manchadas luchan a muerte por un espacio en el área pequeña. De entre todas ellas emerge una figura inmensa que empalma otro testarazo que da la victoria al Atlético ante el delirio de la grada. En su caída al suelo el gran 4 se rompe el menisco. A nadie presente en el estadio esa tarde se le pudo olvidar ese final, entonces no existía Canal Plus, ni el fútbol de pago. Eran jornadas de domingo y transistor y de espera impaciente al “Estudio Estadio” de la noche.
También capitaneó la defensa en la Copa del Rey y la Supercopa de 1985, sus únicos títulos y en aquella gran trayectoria que la Recopa de 1986 en la que los pupilos de Luis Aragonés ganaron nada menos que todos los partidos disputados fuera de su feudo (ante Celtic de Glaslow, Bangor City, Estrella Roja y Bayer Uberdingen) poniendo en práctica su famoso y letal contragolpe: despeje de Arteche, contra impulsada por Landáburu pase al extremo Quique Ramos, asistencia a Cabrera o Da Silva y gol. Para desgracia de toda una generación en la final se encontraron con una de las máquinas futbolísticas más efímeras y perfectas de casi todos los tiempos: el Dinamo de Kiev de Oleg Blojín no dio la más mínima opción a los atléticos. Casualidades e injusticias de la vida ; un combinado bastante más olvidable se alzó con la Europa League hace poco más de un año habiendo ganado sólo dos partidos en eliminatorias previas, superando tres de ellas por el doble valor de los goles en campo contrario y batiendo en la prórroga en la final a un modesto combinado inglés (el destino, sin duda, siempre cuenta)- Y también desde la defensa comandó dos legendarias goleadas rojiblancas en el Bernabéu, 0-4 en 1985 y 1987 cuando la victoria rojiblanca en el derbi no pertenecía al género de la ciencia-ficción.
Pero dos actuaciones puntuales de su vida, ya fuera de los terrenos de juego, engrandecieron aún más su figura. La primera fue su valentía y dignidad ante el peculiar y deleznable déspota que ocupó la poltrona rojiblanca en 1987. Nunca es tarea fácil rebelarse ante el abuso y el nepotismo pero quien había sorteado mil y una dificultades en el terreno de juego y en su vida (fue huérfano de padre desde edad muy temprana) no iba a ceder fácilmente. El precio que pagó fue un despido improcedente y una atronadora victoria en los juzgados.
La segunda fue aún si cabe más encomiable. Su manera de enfrentarse a una terrible enfermedad detectada a la temprana edad de 53 años. Arteche se presentó en “El larguero” ya entrada la madrugada y comunicó a todos su desgracia; pero con humor y entereza dijo estar dispuesto a presentar batalla. “O gano al bicho o él me come” soltó en directo con frialdad. Se mostró como alguien cercano, valiente, dispuesto a afrontar su destino con la fortaleza necesaria para que aquellos que le rodeaban no sufrieran. El bicho al final ganó el partido, pero lo que nadie le quitó fue el dejarse la piel hasta el último minuto y no amedrentarse ante él como no lo hizo ante Santillana, Maradona, Kempes o Quini, como solía hacer el equipo cuyos valores mejor representó.

sábado, 11 de junio de 2011


EL ATLÉTICO DE MADRID Y SU DÉCADA PRODIGIOSA


Esta historia es parte de la historia de un club de fútbol que fue grande, escrita a través de los recuerdos de un chaval que callejeaba orgullosamente vestido con camiseta roja y blanca y pantalón azul, sosteniendo el balón con una mano y la merienda con la otra, por una de las llamadas ciudades dormitorio del extrarradio madrileño.

Nace su memoria futbolística en 1969, extraída del primer televisor que recientemente había comprado su padre, mezclando confusos partidos de fútbol con películas de Tarzán y astronautas de la NASA que iban a la Luna. En su clase casi todos los niños eran del Real Madrid, que nombraban sin parar a sus jugadores –Calpe, Sanchís, Pirri, Zoco, Amancio, Velázquez, Gento- pero nuestro protagonista se fija en Ufarte, el rápido extremo derecho del equipo rival, y decide “hacerse” del Atlético de Madrid.

Intuye sin saberlo que el Real Madrid representa la gloria pasada, la época que termina, la decadencia filmada en blanco y negro con el blanco anodino de su indumentaria, más apropiada para amortajar a un muerto que para jugar al fútbol. Intuye sin saberlo que el Atlético de Madrid es el equipo de la ilusión coloreada en rojo, blanco y azul, que reflejaba el vitalismo de la renovación, el inconformismo del pelo largo de los Beatles frente al corte militar.

Toma así, a los siete años, su primera gran decisión; y aunque su madre está más pendiente de otro uniforme, el de marinero raso con el que deberá hacer dentro de poco la Primera Comunión, le exige muy serio que le compre la camiseta de su equipo y que le cosa en ella –entonces no existían las equipaciones oficiales, las marcas con publicidad ni el merchandising- el escudo y el número siete de su nuevo ídolo.

Comienza de esta manera la etapa más gloriosa y laureada de la historia de un club de fútbol que fue grande; al que apodaron “el pupas” porque perdía finales en el último minuto o porque un malintencionado arbitraje le privaba del triunfo, nunca por descender de categoría. Comienza así la historia de la década prodigiosa rojiblanca, que desarrolló Vicente Calderón y terminó (muy mal) Alfonso Cabeza, que fue desde Marcel Domingo a García Traid, de los goles del mítico Gárate a los primeros pasos atléticos del gigante Arteche…

Ya la temporada 1969/70 mezcla en el ánimo de nuestro joven hincha, sombras y luces futboleras que forjarán su carácter de aficionado durante toda la década. Pronto sufre su primer gran disgusto, no por culpa de su equipo del alma, sino de la Selección Nacional, que pierde 2-1 ante Bélgica y se queda sin acudir al Mundial de México-70, que terminaría ganando el Brasil de Pelé. Como contrapartida, la primera gran alegría, la consecución de Campeonato Nacional de Liga en 1970. En un brillante final de Liga, tras vencer al vencer 3-0 al Real Madrid, el 15 de marzo en el Estadio del Manzanares, un Atlético embalado en juego y moral llega en la última jornada a Sabadell. Nervioso, en una calurosa tarde de domingueros y transistores, escucha por la radio cómo los goles de Ufarte y Calleja arrebatan el título al entonces llamado Atlético de Bilbao.

Rodri, Melo, Calleja, Jayo, Adelardo, Benegas, Ufarte, Luís, Gárate, Irureta y Salcedo forman el once de gala que no olvidará jamás. Entre todos destaca Gárate, que en esos años consigue consecutivamente –aunque ex aequo con con Luís, Amancio o Rexach- tres Trofeos Pichichi, otorgados por el diario Marca a los máximos goleadores de la Liga. Pero el tiempo y las temporadas pasan y a estos inolvidables nombres va sumando los de los internacionales españoles Reina, Capón y Leal, los argentinos Heredia y Ayala, los brasileños Pereira, Leivinha o Dirceu… Por no hablar de los denominados en esa época oriundos Ovejero, Panadero Díaz o Rubén Cano.

Como reza el tópico, con estos buenos mimbres, tan sólo cuatro entrenadores en una década (el francés Marcel Domingo, el austriaco Max Merkel, el argentino Juan Carlos Lorenzo, y Luís Aragonés, que pasó en la misma temporada de jugador a entrenado) consiguieron el siguiente palmarés, tejido con victorias épicas y trágicas derrotas:

- En 1970, como se ha recordado, el conjunto colchonero ganó su sexta Liga en dura pugna con su homólogo bilbaíno.



- La 1970/71 fue también una gran temporada. El Atlético luchó por la Liga hasta el final, pero al final, parafraseando el titular de una revista de la época, “un árbitro dijo no” y se la proporcionó en bandeja al Valencia. En la Copa de Europa alcanzó con brillantez las semifinales, siendo eliminado por el Ajax de Ámsterdam, equipo hegemónico por entonces.

- En la temporada 1971/72 el club rojiblanco obtuvo la Copa del Generalísimo, al derrotar precisamente al Valencia por 2-1 en la final celebrada en el estadio Santiago Bernabeu. Valdez anotó el gol valenciano y Salcedo y Gárate los tantos madrileños.

- En la siguiente temporada –la 1972/73- siguió mandando el Atlético, que consiguió su séptimo Campeonato de Liga, imponiéndose al Barcelona, al ganar en el último partido al Deportivo de La Coruña por 3-1, con goles de Luís, Adelardo y Gárate, y de Prieto el de los gallegos.

- La temporada 1973/74 fue una de las peor recuerdo del fútbol español (la Selección Española no consiguió clasificarse para el Mundial de Alemania-74 al perder 1-0 con su eterna rival Yugoslavia), y, desde luego, la más aciaga de la historia atlética. Nuestro equipo y nuestro joven protagonista tocaron el Cielo; pero, como si de una tragedia griega se tratara, el destino se lo arrebato, literalmente, en el último minuto.
Gran la Copa de Europa la que disputó el Atlético de Madrid esa temporada. Las épicas y casi bélicas eliminatorias contra férreos equipos como el Estrella Roja de Belgrado y el Celtic de Glasgow (que contó con la delirante ayuda del árbitro turco Babacan), lo colocaron meritoriamente en la gran final de Bruselas. El rival fue el grande entre los grandes de aquellos años: el Bayern de Munich, integrante casi al completo de la Selección de Alemania que ganaría el Campeonato del Mundo unos meses más tardes. El equipo de Madrid, diezmado por las sanciones decretadas por la UEFA, aguantó perfectamente. En los noventa minutos el partido terminó con empate a cero, lo que obligó a jugar una prórroga. En la misma, Luis Aragonés adelantó al Atlético de Madrid con un tiro de falta directa, pero a treinta segundos del pitido postrero, cuando el chaval de nuestro relato veía como su padre y unos vecinos llenaban las copas de cava para el brindis triunfal, un innombrable alemán empató con un tiro lejano que sorprendió al portero Reina. Fue necesario realizar un partido de desempate dos días después, pero ya el conjunto bávaro barrió por 4-0 a un Atlético psicológicamente destrozado.
Fue este el partido maldito de nuestra historia, que marcó a fuego y hierro el devenir atlético, y que le colgó la etiqueta del fatalismo. Fue este el año maldito de nuestro Atlético, y aun así consiguió el subcampeonato de Europa y el subcampeonato de Liga, cediendo sólo ante el arrollador Barça de Cruyff.
- En la temporada 1974/75, comoquiera que el Bayern de Munich renunció a jugar la Copa Intercontinental, fue el Atlético el que representó al continente europeo contra el campeón americano de la Copa de Libertadores: el Independiente de Avellaneda. El primer encuentro –ya con Luis Aragonés como entrenador– jugado en Buenos Aires, tuvo un resultado de 1-0 a favor de los bonaerenses.
Pero en partido de vuelta, disputado en abril de 1975 en el estadio Vicente Calderón, el Atlético ganó por 2-0, con un goles de Irureta y Ayala, proclamándose así, oficiosamente, campeón del mundo de clubes. Gana el club rojiblanco de esta manera la Copa Intercontinental, y obtendría el segundo título internacional de su historia, tras la Recopa de 1962, ganada en la final a la Florentina italiana.
Nuestro chaval no olvidará nunca este partido, ya que fue el primero al que asistía en vivo en el estadio de la ribera del Río Manzanares. La alegría fue indescriptible, y, en parte, balsámica, pues tuvo el choque para todos los espectadores, tras el mazazo de Bruselas, algo de catártico.
Completó la temporada la gran final de la Copa del Generalísimo –última que entregó el General Franco- que se disputó entre los dos equipos madrileños en el estadio Vicente Calderón. El partido acabó empatado sin goles y fue, tanto en el tiempo ordinario como en la prórroga, un duelo tenso, de poder a poder, inclinándolo el colegiado a favor del Real Madrid (que acabó imponiéndose en la tanda de penaltis) al anular dos goles al Atlético; sobre todo cuando, todavía nadie se explica por qué, se negó a que subiera al marcador el golazo de Benegas.
- En la temporada 1975/76, un nuevo título se agrega a las vitrinas del conjunto colchonero, ya que se adjudica en el estadio Santiago Bernabeu su quinta Copa, todavía llamada ese año del Generalísimo, tras vencer al Real Zaragoza por 1-0 con gol, cómo no, de Gárate. Nuestro protagonista, que acaba de cumplir catorce años, asiste por segunda vez en su vida a un estadio de fútbol; una nueva final y un nuevo triunfo renuevan el orgullo de “ser” del Atlético de Madrid, el campeón.



- El año siguiente, en la temporada 1976/77, el Atlético de Madrid vuelve a ganar el Campeonato de Liga. Este octavo título se lo vuelve a arrebatar al Barcelona, llegando ya campeón al último partido, que pierde –ya en un ambiente festivo donde el resultado no cuenta- 2-3 ante el Valencia. Marcan Leivinha y Ayala para los atléticos y Kempes, por partida doble, para los levantinos.

El colofón de esta gran temporada atlética lo pone el citado Rubén Cano, cuando marca el gol del partido de desempate que la Selección Nacional gana 1-0 a la omnipresente Yugoslavia de rabia y botellazo, y que clasifica a España, por fin, para un Mundial, el de Argentina-78.

A partir de 1978 empieza nuestra particular travesía del desierto. Dos temporadas ligueras anodinas, en las que el equipo se clasifica en sexto y tercer lugar, acaban en el desastre de 1980, en cuya Liga termina duodécimo. Esta lamentable situación deportiva unida a serios problemas económicos hacen que, en junio de ese año, Vicente Calderón dimita como presidente del Atlético de Madrid, y el club entra en una fase complicada con la polémica y turbulenta presidencia del doctor Alfonso Cabeza.

Termina la década, el relato y la ingenua ilusión de nuestro protagonista con la Liga de la temporada 1980/81, que siempre será tristemente recordada por una serie de arbitrajes polémicos y la guerra de Cabeza contra la l Federación. El arbitraje lamentable de Álvarez Margüenda permanece grabado con fuego en los corazones de los aficionados rojiblancos. El Atlético de Madrid perdió, por decisión política de la Real Federación Española de Fútbol, una Liga que había merecido con creces, sobre todo por el éxito del malogrado José Luis García Traid al frente de un equipo joven liderado por el gran Arteche y forjado desde la cantera por futbolistas como Marcelino, Ruiz, Julio Alberto, Quique Ramos, Marcos o Rubio.

Tras este nuevo intento frustrado, en 1982 la Asamblea General del Club vuelva a elegir como Presidente a Vicente Calderón. Y después, en 1987, los atléticos vendimos el alma rojiblanca a un diablo gordo y déspota que se llamaba Jesús Gil; y, como dice el mito fáustico, cuando se vende el alma al diablo se acaba en el infierno. Pero ésta ya es otra historia que merece página aparte.
Pero, ¿cuáles fueron las claves de esta racha triunfadora? ¿Qué receta emplearon los entrenadores de los años setenta, aparte de alienar a buenos jugadores? Si le preguntamos a cualquier aficionado por los estilos de juego nos resumiría con pocas palabras los que hicieron grandes a los grandes equipos. Todos tendrían en mente cómo juega Brasil o Argentina, o la “naranja mecánica” holandesa, o el Milán de los ochenta, o el dream team azulgrana… Pero ¿cómo jugó el Atlético de los setenta?
Si nos preguntaran esto a los atléticos diríamos que el estilo que nos definió fue el contraataque. Pero ¿es el contraataque un estilo, nuestro estilo, o es una táctica que, por repetida, ha dado resultado? La pregunta es casi filosófica: ¿se puede ser un equipo grande jugando a la contra y aprovechando los errores del rival que domina y controla el partido?
La respuesta personal e intransferible de nuestro relator, que ya se ha convertido en un joven aficionado que defiende ardorosamente su criterio en debates que se improvisan alrededor de unos botellines de cerveza, es que sí, que se puede ser grande jugando al contraataque. Es un estilo que, para que funcione, requiere muchísima velocidad, muchísima habilidad táctica, un centro del campo de mucha presión y delanteros muy rápidos: Si se practica bien, es efectivo a la par que espectacular.
Con esta seña de identidad el Atlético de Madrid ha conseguido ser el tercer club español con más títulos nacionales de Liga (nueve), el cuarto con más títulos de Copa, el tercero que más temporadas ha jugado en Europa, el segundo (tras el Real Madrid) que se proclamó campeón del mundo de clubes y el que inauguró el palmarés de la UEFA Europe League.

martes, 7 de junio de 2011

EMILIO BUTRAGUEÑO: EL DEPORTISTA MEDIÁTICO


La presencia de Emilio Butragueño en el imaginario del aficionado español responde a su innegable mérito de ser el primer deportista auténticamente mediático de la historia de nuestro fútbol. Si hoy en día la comercialización de la imagen del futbolista forma parte de la naturaleza esencial de su devenir profesional cuando Butragueño irrumpió en escena la imagen del futbolista se asociaba más a dinastías longevas identificadas con los valores de una entidad grabada a fuego durante épocas. Nadie se planteaba la imagen social de Santillana, Quini, Carrasco o Sarabia. Butragueño significó un símbolo más aún de sus méritos en el terreno de juego, que no fueron pocos, aunque quizá no comparables a otros jugadores de su misma fama.
A mediados de los años 80 vientos de crisis corrían por Chamartín. No se había ganado una liga en cinco años y la economía del club no estaba para grandes dispendios. Aún más: costosos fichajes como Cunningham, Metgod o Lozano habían resultados pequeños fiascos. Tampoco la suerte acompañaba; hasta cinco finales fueron perdidas en la campaña 82-83 hito nunca igualado desde entonces. Entrenaba al Real su mayor gloria futbolera, Alfredo Di Stefano, que tuvo el suficiente valor de mirar a la cantera y dar la alternativa a un conjunto de jóvenes talentosos que apuntaban grandes maneras en la segunda división. Primero subieron Sanchís y Martin Vázquez. Luego Pardeza y Butragueño y por último Michel.
Butragueño se adelantó a todos ellos hasta el punto que el periodista Julio César Iglesias denominó al grupo “La Quinta del Buitre”. De un modo u otro se convirtió en la referencia del mismo casi inercialmente y sin dar la impresión de quererlo ni buscarlo. En realidad su sencillez dentro y fuera del campo relanzó su figura como ejemplo de corrección deportiva y personal que ayudó más a su leyenda que muchos de sus goles. Su explosión deportiva provocó que su figura se extendiera más allá de nuestras fronteras en modo alguno comparable con las leyendas del pasado, quizá con la excepción de Luis Suárez.
Representó asimismo un tipo de delantero muy técnico e intuitivo bastante alejado del rematador clásico que hasta entonces había aportado el balompié hispano. Su pillería en el área así como su extrema habilidad para arrastrar a las defensas contrarias a posiciones sumamente incómodas pronto le otorgaron un papel predomínate en partidos que se encontraban atascados. Fue un paradigma de delantero imprevisible, de movimientos muy depurados, sin ninguna cualidad destacable pero que aglutinaba pequeños flecos de diversas virtudes: el regate en corto, el remate con el pié y la cabeza, la capacidad de desmarque y el oportunismo. Favoreció mucho a su rendimiento el fichaje de un goleador con instinto depredador como Hugo Sánchez, el mexicano aportaba los goles y descargaba al madrileño de labores rematadoras para profundizar en su labor creativa.
El Real Madrid comandado por Butragueño y sus compañeros de quinta pasó de no ganar casi nada a dominar el fútbol español con una suficiencia rayana en la tiranía. Nada menos que cinco ligas consecutivas, todas ellas con una distancia sideral sobre el segundo clasificado pasaron a engrosar las pobladas vitrinas de la entidad de Concha Espina. Y no fueron ligas ganadas de cualquier modo. El buen fútbol y hasta el espectáculo presidieron todas ellas. Goleadas de todos los colores pudieron verse en el feudo madridista con una habitualidad impropia de un campeonato teóricamente igualado como el español. Un dato a tener en cuenta: en ninguna de las ligas se tuvo que esperar a la última jornada, cuando en cinco de los seis campeonatos anteriores el título no se decidió hasta el último partido.
Aquella generación fabulosa cambió para siempre el paradigma del futbolista creado en la cantera española. Antes de ellos la ambigua “furia” presidía el ideal de futbolista, con los integrantes de la Quinta la técnica, el dominio de la pelota y la precisión pasaron a configurar el concepto futbolístico esencial. Sanchís sacaba la pelota desde atrás con maestría. Martín Vázquez daba sobradas muestras de talento ofensivo. Michel se convirtió en un consumado especialista de la banda derecha con una precisión milimétrica en los pases y Pardeza tuvo que emigrar al Zaragoza para desarrollar una notable carrera. Su camino sería seguido por Guardiola, Raúl, Kiko, Guerrero o Hierro y ya con posterioridad con el boom de los Xavi, Iniesta o Piqué. Curiosamente el tiempo tornaría la tendencia histórica de los dos grandes: el Barcelona haría una exitosa apuesta por la cantera mientras que el Madrid se centraría en fichajes cada vez más costosos.
La reválida de Butragueño y su generación serían las competiciones internacionales, tanto a nivel de club como de selección. Su comienzo no pudo ser más esperanzadores: dos copas de la U.E.F.A acabaron con una sequía continental de casi veinte años. En las mismas se fraguó la leyenda del Bernabéu como escenario inexpugnable en el que cualquier remontada era posible por adverso que fuese el resulta del partido de ida. Y ningún partido fue más representativo de ese periodo que la noche del 12 de diciembre de 1984, era el partido de vuelta contra el Anderlech belga, en aquellos años un competitivo y solvente equipo, en la ida nada menos que un 3 a 0 para los locales. Pero la vuelta fue toda una apología de lo imposible comandada por el joven delantero madridista autor de tres goles y auténtica pesadilla de la defensa contraria. A esa noche le siguieron unas cuantas parecidas que acabaron con los dos títulos continentales reseñados. Después quedaba el otra gran reto: la Copa de Europa, pero ahí la historia fue otro cantar.



El asedio a la máxima competición continental de esplendoroso Madrid de segunda mitad de los 80 es una de las frustraciones deportivas más notables de la historia blanca. Hasta tres semifinales consecutivas disputaron de forma infructuosa los jugadores madridistas que se difuminaban de forma notoria en escenarios clásicos del futbol europeo como el Olímpico de Munich o San Siro. Pero sin duda alguna la, más dolorosa fue la perdida ante el rival más asequible: el PSV Eindhoven en 1988 en dos agónicos empates (1-1 y 0-0) truncó de forma cruel la mejor oportunidad de Butragueño y compañía. Después ya vino el Milán de Sachii y los holandeses; y eso ya fue otra historia.
A nivel de selección tampoco las cosas le fueron de la forma esperada. La maldición de los cuartos de final marcó la participación del buitre en el combinado nacional. Sin embargo hubo uno noche para el recuerdo no menos memorable que la del Anderlech. Estadio Corregidora de la ciudad de Qurétaro. Mundial de 1986. Enfrente a la selección española un potente combinado danés liderado por Laudrup, Olsen o Lerby. Un escuadra para muchos destinada a plantarse en la final del Mundial. Pero el resultado no fue otro que 5 a 1 para los españoles con nada menos que cuatro goles de Butragueño. Hasta los recientes éxitos de la roja probablemente ningún jugador español causó tanta sensación en un partido internacional de tanta trascendencia.
Ello le permitió seguir creciendo a nivel internacional en cuanto a fama y prestigio, aunque su rendimiento deportivo fue minorándose lentamente con el paso de los años. No faltaron muchos partidos en los que simplemente desaparecía aunque no era infrecuente el que volviera a demostrar ráfagas de su talento. Para sus seguidores, sin embargo, siempre fue un indiscutible, aún en sus peores rachas. Tal vez porque su irrupción causó una sensación hasta entonces desconocida en los deportistas españoles y la memoria del aficionado siempre es selectiva en grado sumo. Hasta su retirada creó en la gente una expectativa realmente sorprendente. Su sucesor natural fue otro delantero de apariencia poco vistosa pero con un talento innato para aprovechar sus recursos. Se llamaba Raúl González y puede decirse que sus logros superaron ampliamente a los de su predecesor. No obstante, una parte importante del camino ya se había recorrido.

domingo, 5 de junio de 2011

SUPER DEPOR


El descenso del Deportivo de la Coruña consumado este sábado de mayo a buen seguro que ha dejado a muchos aficionados con una sensación de amargura que va más allá del partidismo futbolero. Posiblemente ningún otro equipo en la historia del fútbol español consiguió implicar más emocionalmente al aficionado medio, que el Deportivo de la Coruña que irrumpió a comienzos de los años 90 como una alternativa insólita al eterno poderío del Madrid y del Barca.
Se habían producido algunas revelaciones sorprendentes en la historia de la liga española como el Sporting de Gijón de finales de los 70 y comienzos de los 80, aunque no pudo culminar su aventura con títulos de postín y, sobre todo, la Real Sociedad bicampeona de comienzos de los años 80, aunque los donostiarras casi siempre habían sido un clásico de la `primera división, y las connotaciones políticas de la época hicieron cierto daño a su popularidad nacional. Pero la explosión de un habitual de la división de plata, creó en los aficionados de toda condición una adhesión emocional que se ha mantenido a lo largo de dos décadas aunque alcanzaría su máxima expresión en la primera mitad del último decenio del siglo XX.
Cabe situar el inicio de la aventura del Deportivo en 1988 cuando Augusto César Lendoiro alcanzó la presidencia del club. Lendoiro se había hecho famoso por su labor al frente de un equipo de Hockey sobre Hielo, el Liceo, cuyos triunfos llegaron a eclipsar al fútbol durante no pocos años. Entonces el Coruña deambulaba sin pena ni gloria en la segunda división y desde 1973 no conocía la máxima categoría. Un par de ascensos frustrados en las últimas jornadas habían dejado una pose pesimista en la afición y los jugadores, que tuvo como resultado la decadencia absoluta del equipo que, de hecho, se salvó de forma milagrosa de descender a Segunda B ese mismo año.
El nuevo dirigente diseñó entonces un curioso plan estratégico para el futuro: se denominó la teoría de los ciclos consistente en planificar periodos de tres años en los cuales se irían consiguiendo objetivos progresivamente más ambiciosos aunque, al mismo tiempo, realistas. Su primera fase estaba clara: consolidar al equipo en segunda el primer año, jugar la promoción el segundo y ascender el tercero. Con gran sorpresa para todos los plazos se cumplieron de forma precisa y en 1991 el equipo ascendió al fin. Parecía que el horizonte coruñés no iría más allá de jugar el papel de eterno ascensor con la máxima aspiración de consolidarse en la categoría. Pero el avispado dirigente coruñés tenía un nuevo trienio en mente: mantener la categoría el primer año, no pasar apuros el segundo y jugar en Europa el tercero.
A cualquiera que le hubiese contado el plan no podría haber dejado de sonreír maliciosamente. Pero lo que nadie contaba es con el trabajo de Secretaría Técnica mas prodigioso que uno pudiera haber imaginado, éste en definitiva no consistía en otra cosa que en fichar jugadores espléndidos a precios asequibles, el sueño de cualquier combinado. Con estas premisas aterrizaron el La Coruña dos brasileños inolvidables: Bebeto, un excelente goleador internacional con Brasil y Mauro Silva, acaso el mejor medio centro extranjero que haya conocido el fútbol español. Junto con ellos llegó un yugoslavo desconocido, líbero, que desde el inicio mostró una frialdad extraordinaria para mantener el orden en defensa y sacar el balón controlado. Su nombre era Miloslav Djuckic y el destino le depararía el momento más dramático de la historia de la liga. A estos nombres hubo que unirles dos más esenciales en la historia coruñesa: el extraordinario producto de la cantera Fran, un prodigio de calidad técnica, y el entrenador Arsenio Iglesias, un veterano curtido en mil batallas, auténtico jornalero del fútbol, fogueado en campañas meritorias en equipos modestos no suficientemente reconocidas y que consiguió al final de su carrera un inusitado reconocimiento.
Estos mimbres a los que se unieron poco a poco jugadores de excelente nivel pero rechazados por su equipos (Claudio, Aldana, Donato, Alfredo…..) configuraron un equipo que logró encaramarse a los primeros puestos de la tabla de la clasificación. Lo que se tomó como algo simpático al principio terminó por convertirse en un auténtico foco de poder futbolístico capaz de plantar cara con todas las de la ley a los dos tótems de nuestro fútbol. El aficionado medio no pudo menos que admirarse por tan tamaña transformación y recibió la hazaña coruñesa como un agradable soplo de aire fresco que le hizo ponerse la camiseta deportivista como segunda equipación de sus afectos futboleros. El simpático Depor se convirtió en Super Depor.
Incluso, para su desgracia, se vio adornado por la mística tan especial que siempre acompaña a los perdedores gloriosos, los ganadores morales que tanto abundan en la vida real. Era mayo de 1994 y el equipo de Arsenio había liderado con firmeza casi todo el campeonato. Y no ante un rival cualquiera, sino frente al Dream Team creado por Johan Cruyff. Aun así, y como era norma en aquellos años, un espectacular sprint final de los catalanes había dejado todo a decidir en la última jornada. Los blanquiazules jugaban en casa ante un peligroso Valencia, sin nada que jugarse pero adecuadamente primado, y debían de ganar para ser campeones. Las imágenes son recordadas por todos: minuto noventa empate a cero, penalti a favor del Coruña. Djuckic asume la responsabilidad, la cámara le enfoca, resoplando, en el instante más largo que jamás conoció el campeonato español y el primer plano más memorable que nuca se captó de un futbolista. Lanza, y para el portero ante la desesperación de jugadores y aficionados. El Barca era campeón otra vez. Fue el final más rocambolesco y cruel de liga que se recuerda y años más tarde fue incluso inmortalizado en literatura por el escritor Julio Llamazares en el excelente relato corto Tanta Pasión para nada.
La decepción no supuso una pérdida de status de la nueva potencia futbolística surgida de la nada. El tiempo le daría una pequeña revancha en la final de Copa el año siguiente ante el mismo Valencia, jugada en medio del chaparrón de agua más intenso jamás vivido en Madrid. Esta vez ganó el equipo de todos y Arsenio pudo retirarse por todo lo alto dejando tras de sí un legado que se mantendría durante no pocos años. Siguiendo cayendo clasificaciones europeas y llegando excelentes jugadores: Rivaldo , Djalmiña, Manjarín, Valeron, Molina…..y de la mano de Javier Irureta llegó la revancha de la infausta noche reseñada y en la última jornada de la liga 99-2000 cayó el ansiado campeonato. Para entonces ya no era el equipo cenicienta y sorprendente sino un bloque sólido en la élite y, además lleno de jugadores extranjeros. En pocas ocasiones el destino saldó de forma tan justa una deuda pendiente.
El técnico vasco consiguió además otros dos momentos memorables en la gloriosa historia contemporánea de Riazor. Uno en 2002, Estadio Bernabéu, día del centenario blanco. Eran los galácticos que dominaban Europa: Zidane, Raúl y Figo entre otros. Todo preparado para la fiesta del anfitrión. Pero los coruñeses no tenían intención de ir de meros observadores: hasta se atrevieron a ganar la final. El segundo fue en cuartos de final de la Liga de Campeones, en 2004, frente a un clásico del viejo continente y vigente campeón, el Milán de Kaká Gattuso o Pirlo. En la ida 4-1 para los milaneses. La vuelta se presumía un trámite algo farragoso. Pero se volvieron a marcar cuatro goles. Todos a favor del Depor.



La decadencia deportivista comienza con la `pérdida de la semifinal de Liga de Campeones de esa memorable edición. Jugando la vuelta en casa con empate a cero en la ida ante el Oporto de Mourinho, otro maldito penalti, ahora en contra, acabó con las esperanzas de la final. Luego el equipo ha ido perdiendo posiciones de forma inexorable. Las dificultades económicas han obligado a tirar de la cantera, el juego cada día ha ido a peor. El fantasma del descenso se ha hecho real en las últimas temporadas.
El destino ha vuelto a poner al Valencia como verdugo indeseado. Ha sido un sintomático fin de época. Con el descenso de los coruñeses concluye toda una aventura de más de veinte años jalonada de alegrías inmensas, momentos amargos y un recuerdo siempre inolvidable de los aficionados. Algo se nos ha ido el 21 de mayo de 2011.

EL FABULOSO MILAN DE SILVIO BERLUSCONNI


Desde mediados de los 80 se ha institucionalizado el empresario presidente de equipo de fútbol como respuesta a la casi siempre maltrecha economía de los mismos. Dinero y teórica gestión a cambio de popularidad social. Ecuación que en pocas ocasiones ha cuadrado d ela forma necesaria.
Hubo un caso, sin embargo, que puede estudiarse como referente del modelo señalado. Al menos, por una ocasión, los factores comercial y deportivo se fundieron de forma provechosa para crear una dinastía que dominó Europa durante casi una época.
Silvio Berlusconi era el rey de la tele basura italiana y casi europea. Como hombre ambicioso que siempre ha sido sabía que nada mejor que el fútbol para lanzarse al estrellato social y el reconocimiento, como trampolín necesario para sueños de grandeza que iban más allá de los negocios. Se daba la circunstancia que el club de sus amores era nada menos que un clásico del calcio, que encima estaba en horas más que bajas. A mediados de los 80 el Milán estaba bajo la omnipotente sombra de la Juventus de Angelli e incluso empezaba a someterse a nuevas potencias en ciernes como el Nápoles de Maradona. Berlusconi tenía dinero de sobra para afrontar fichajes de postín y relanzar la titubeante nave milanista, pero necesitaba de un liderazgo sólido desde el banquillo para cumplir sus objetivos.
Contra todo pronóstico su elección recayó sobre un absoluto desconocido: Arrigo Shacchii carecía de carrera como jugador de élite y su experiencia en banquillos se limitaba a la Serie B italiana. Entonces Italia estaba dominada por la sombra de dos leyendas: Enzo Bearzot , técnico de la selección italiana campeona del mundo en el 82, y Giovanni Trappatonni, el eterno campeón de la Juve, ambos representaban la esencia labrada por Helenio Herrera dos décadas antes: el triunfo del catenaccio más como filosofía existencial que como forma de juego.
Sacchi no tenía curriculum y sólo una amalgama de conocimiento teóricos acumulados por años de obsesiva observación. Fue tomado a chirigota y más aún cuando los resultados no le acompañaron al comienzo. Pero el presidente ratificó (esta vez de verdad) su confianza en el técnico y éste pudo llevar adelante sus ideas revolucionarias: si la defensa cerca de la portería y los marcajes al hombre eran indiscutibles, él la adelantaba casi al medio del campo y establecía la zona como condición indispensable. Si esperar para sorprender a la contra había creado a los campeones de los últimos años, su equipo debía llevar la iniciativa en todo momento. Si los delanteros solían estar liberados de funciones defensivas, para el Milán la presión empezaba en campo contrario.
Tamaña herejía necesita de actores muy dotados para tan complicados roles. El talonario de don Silvio trajo consigo a tres holandeses jóvenes, atléticos, técnicamente prodigiosos y llenos de ambición: el elegante defensa Frank Rijkaard, el omnipresente Rutt Gulitt y el asombroso delantero Marco Van Basten. A este cartel de lujo se le unieron los mejores jugadores italianos de la época con tres nombres propios con una fuerza especial. Marco Baresi se convirtió en el paradigma del defensa con recursos y del líder en el campo, nadie ha interpretado como él el fuera de juego, ni ha manejado los partidos con su solvencia. Un joven lateral izquierdo, Paolo Maldini, inició su inolvidable carrera demostrando que los mejores pueden combinar capacidad defensiva y de ataque con plenas garantía. Y Carlo Ancelotti oxigenaba el centro del campo permitiendo el desarrollo del talento de los holandeses.
En un fabuloso sprint final el Milán conquistó el Scudetto 87-88 y así pudo afrontar su gran desafío: la vieja Copa de Europa. Para ello tuvo que sortear eliminatorias complicadas solventadas con más apuros de los esperados hasta que en semifinales tuvo su reválida: el Real Madrid de la Quinta del Buitre que seguía su obsesiva y a la postre infructuosa búsqueda del máximo entorchado continental. Eras épocas en las que el Bernabéu se había creado una merecida fama de feudo inexpugnable del que salían goleados todos los equipos que lo pisaban en miércoles europeo. El viejo vecino de los milanistas, el Inter, había sufrido en sus carnes hasta en cuatro ocasiones en los años 80, la voracidad blanca para sus rivales. También equipos de renombre europeo como el Anderlech y el Borussia de Monchedglabdag padecieron memorables remontadas en lo se llamó el “miedo escénico”. Pero la calidad no conoce de complejos. En una noche inolvidable los milanistas, simplemente, barrieron a los blancos que milagrosamente consiguieron empatar a uno aunque el árbitro anuló un gol legal a los italianos. Pero la vuelta no hizo confirmar de forma estridente la diferencia abismal percibida en el feudo blanco, en esta ocasión el marcador sí reflejó lo acontecido en el terreno de juego: un expresivo 5-0 abrió a la obra de Shachii a la final del Camp Nou en donde despacharon sin contemplaciones al voluntarioso Steaua de Bucarest.



El dominio milanista en Europa fue casi absoluto hasta 1995. En siete años conoció cinco finales de la máxima competición continental con tres títulos teniendo en cuenta que en la edición de 1992 (la primera que ganó el Barca) no participó por sanción. En realidad no dominó el calcio hasta la llegada de Fabio Capello, el sucesor de Shacchi, en ese mismo año. Más que el triunfo de un equipo fue el de un sistema y una forma de entender el fútbol como un trabajo colectivo que implicaba a todos y cada uno de los miembros del plantel desde los más talentosos a los menos dotados. Las estrellas debían de trabajar como los primeros y el orden táctico adquiría condición de regla de oro.
Todo entrenador destacado del fútbol contemporáneo bebió de las fuentes de aquel gran equipo. Hasta cierto punto el modelo milanista otorgó al míster un predominio que antes tenían los jugadores. Y eso que el Milán se hartó a tenerlos destacados. Pero su disciplina prusiana resultaba demasiado atractiva a los ojos de los comentaristas más avezados que identificaron a los rossoneros como la sociedad paradigmática del balompié europeo, todo en ellos parecía perfecto. A la salida de Sachii le seguía la entrada de un hombre de la casa que siguió la senda de éxitos por la misma línea y la decadencia y retirada de los tres magos holandeses se cubría con estrellas como Savisevic Desaylly o Geeorge Weath y los viejos hombres de la casa como Baresi o Maldini parecían eternos. Nada alteraba el perfeccionismo de la obra
El otro gran equipo español de la época, el Barcelona formado por Johan Cruyff, también sufrió en sus propias carnes la capacidad milanista en los grandes acontecimientos. Fue en la final de Champions del 94. Los culés llegaban a la gran cita borrachos de éxito: apenas unos días antes había caído la cuarta liga consecutiva. Nadie jugaba como aquel Barca que vivía la plenitud de sus estrellas extranjeras: Stoikov, Koeman, Laudrup y Romario. El holandés fue de sobrado a la gran final. Proclamó sin dudarlo la superioridad y el favoritismo de su equipo y mostró su plena confianza en la suficiencia de sus recursos ofensivos. Por su parte, los milaneses callaban agazapados y atemorizados por la ausencia de su gran capitán Baresi, algo siempre inquietante cuando enfrente se tiene a un adversario con un inmenso potencial ofensivo. Pero el desarrollo de la final no dejo nada más que una nueva exhibición del cuadro lombardo que en una memorable noche dio al traste con la arrogancia culé. En pocas ocasiones un rival con la calidad de los azulgranas ha sido desbordado de la forma tan explícita como lo fue en esa final. Un enorme despliegue físico y táctico, adornado con la enorme calidad de una plantilla, completó un baño de los que hacen época. No hubo mejor forma de cerrar un periodo memorable del fútbol europeo.