lunes, 25 de julio de 2011

MICHAEL JORDAN: EL MEJOR


Si los tópicos más o menos manidos del mundo del deporte señalan que para ser campeón se necesita un equipo cohesionado y sólido que se anteponga a las individualidades, no cabe la menor duda que el disponer de una super- estrella te garantiza un camino más corto para el éxito.
Un jugador creado en la Universidad de North Carolina, de hecho, consiguió hacer de un equipo mediocre y sin historia, probablemente la mejor escuadra de baloncesto de todos los tiempos. Su nombre era Michael Jordan y puede decirse sin temor a equivocarse que se ha tratado pura y simplemente del mejor.
Alcanzar tal condición en el deporte que vió a Magic Johnson, Larry Bird, Julius Erving, Moses Malone, Oscar Robertson, Wilt Chamberlain, Bill Rusell, Akeem Olajuwon o Kobey Bryant por sólo citar unos cuantos nos deja bien claro el grado mítico que Jordan ha alcanzado. Si bien es cierto que Bird y Magic engrandecieron la NBA, Jordan la convirtió en un espectáculo universal, la extendió a todo el mundo como sinónimo de fantasía casi comparable a Hollywood, con él en la cancha nada era imposible.
Su propia dimensión mediática fue un referente luego copiado por otros deportes, en especial el fútbol. Su contrato con Nike, a mediados de los años 80 consiguió algo inédito en la historia del deporte: que una atleta salvase de la quiebra a una firma deportiva y la hiciera encaramarse a los primeros puestos del ranking de ventas. Jordan representaba un concepto del juego inédito hasta la fecha: existían excelentes tiradores, magníficos defensores, bases capaces de marcar el tiempo del partido, atletas capaces de conseguir los mates más inverosímiles y hasta feroces rebotadores; pero lo que nunca se había visto es a un jugador que reuniera todas esas condiciones. Él tiraba, saltaba, defendía, corría el contraataque, conseguía las más espectaculares canastas jamás vistas y además era extremadamente competitivo.
Con él la NBA abrió fronteras de forma definitiva. Su imagen se concentraba en todas las tiendas de deportes del mundo, de Nueva York a Tokio, de Nuevo México a Berlín, de Paris a Hong-Kong. Fue un símbolo deportivo americano equiparable a Carl Lewis o John MacEnroe. Su legado no conoce parangón como deportista convertido en símbolo mundial, espejo de futuras generaciones y cuyas hazañas cualquier aficionado al baloncesto gusta de disfrutar una y otra vez
Su palmarés simplemente asusta por triunfos individuales y colectivos: seis anillos de campeón con los Chicago Bulls, seis MVP de todas y cada una de esas finales, cinco MVP al mejor jugador del año, diez veces máximo anotador de la liga, diez veces en el mejor quinteto de la temporada y tres veces líder en robos de balón. ¿Alguien da más?. Su leyenda se cimentaba cada año, temporada tras temporada parecía desafiar al sentido común con más y mejores records. Incluso se permitió el lujo de una boutade sin que apenas afectara nada a su rendimiento posterior: en 1993, tras ganar su tercer anillo seguido decidió retirarse para jugar al beisbol. Su aventura en el nuevo deporte no pasó de discreta (nadie es perfecto) y en 1995 volvió a los Chicago Bulls, su equipo de siempre, en el que volvió a liderar al combinado de Illinois a tres campeonatos consecutivos, esta vez con un equipo si cabe aún más poderoso que el del primer triplete.
Sus éxitos individuales fueron paralelos a su aterrizaje en la NBA. Desde el comienzo destacó como anotador insaciable y más en un equipo de escaso rango como eran los Bulls de entonces. En una noche de playoff silenció al Boston Garden con un record de 63 puntos, y Larry Bird declaró que había jugado como el mismísimo Dios. No obstante los Bulls perdieron ese partido. También empezó a convertirse en sinónimo de espectáculo y belleza suma en el jugo: todos esperaban su presencia para disfrutar de las jugadas más gozosas que nunca se había visto.
Más costosos fueron sus éxitos colectivos. La construcción del gran equipo de los 90 tuvo un camino arduo y comenzó a labrase con el ascenso del entrenador asistente Phill Jackson al puesto de principal en la temporada 89-90- Ya entonces avisaron: llegaron a las finales de la Conferencia este y forzaron siete encuentros a los Pistons de Detroit entonces dominadores incontestables de la Liga. La rivalidad con los de Michigan marcó los primeros cinco años del astro: no en vano no dudaban de acudir a cualquier método legal o ilegal para detenerle y en tres eliminatorias seguidas lo consiguieron, pero la era de los triunfos estaba aún por llegar.
La consolidación del bloque vino dado por la presencia de secundarios solventes que completaban la magia de su estrella: el base-tirador John Paxon, el versátil Horace Grant, un rocoso y veterano center Bill Cartwright y sobre todos ellos el complemento ideal para Jordan, todo un All-Star llamado Scottie Pippen. A esos nombres en el segundo trienio glorioso les sustituyeron otros de no menos relevancia: Ron Harper un veterano que consiguió culminar su carrera de manero gloriosa, Tony Kukov el mejor jugador europeo hasta entonces conocido y el inimitable camorrista Dennis Rodman, amén de los eternos Jordan y Pippen.
Es posible que ningún otro jugador de ningún deporte colectivo haya dominado tanto los encuentros como lo hacía Michael Jordan. El mundo del fútbol conoció de un caso similar en el Mundial de 1986 cuando un Digo Maradona en el esplendor de su carrera llevó casi solito a la conquista del campeonato del mundo a una mediocre selección argentina. Da la impresión que hubiese hecho campeón a cualquier franquicia del campeonato, algo no completamente justo, ya que ,como hemos señalado, sus acompañantes hubiesen sido quizá grande estrellas en cualquier otro equipo, si no hubiesen sido eclipsados por la estela del gran líder. Pero el mundo de la canasta tuvo en Jordan a un seguro de competitividad inigualable. Siempre se sabía que iba a robar un balón decisivo, a realizar una canasta imposible en los momentos más duros y a minar a sus rivales ante la imposibilidad de detenerle. Pat Riley, mítico entrenador de los grandes Lakers y que posteriormente sufrió en sus carnes las masacres de Jordan siendo director técnico de Nueva York y Miami llegó a declarar que no creía que nadie fuese capaz de ganarle un anillo a Chicago mientras Jordan continuase. No se equivocó. Su número de víctimas en aquellos años llegó a considerarse como un ejemplo pocas veces repetido de dictadura deportiva. Casi comparable a los triunfos de un dominador del tenis, el golf o el ciclismo.
El número de partidos decididos por nuestra estrella es agotador, casi tanto como su currículo antes expuesto, Pero de entre todos ellos destaca uno con luz propia. 1998 finales de la NBA frente a Utah, liderada por su binomio mágico John Stckton- Karl Malone, en su infructuosa búsqueda del anillo. Sexto partido en Sant Lake City, ganaban los Jazz 86-83 con balón en posesión. Roba Jordan que encesta y pone a su equipo a un punto, pero con posesión para Utah. El balón llega a Malone, que sólo tiene que protegerlo para dejar que el tiempo se consuma o forzar una falta. Pero una mano imposible le roba el balón. ¿De quién?. No podía ser de otro que de Jordan. El mítico escolta aguanta la pelota la bota insistentemente una y otra vez ante un público asustado: saben lo que va a ocurrir y de hecho se cumple con precisión. Paso atrás del escolta, que se deshace de su defensor y con una suspensión admirable tira a canasta robotando en el aro y encestando. 86-87, fin del partido, de las series y sexto anillo para los Bulls y para Jordan. No podía ser de otra forma.


lunes, 11 de julio de 2011

LA PRIMERA EDAD DE ORO DEL BALONCESTO ESPAÑOL


Como en la mayoría de las historias el esplendor del baloncesto hispano, un eslabón más en la edad de oro del deporte de nuestro pais, tiene un comienzo de fácilmente localizable. Se pude señalar los Mundiales de Cali en 1982 como punto de arranque del impacto social y deportivo de un deporte, el de la canasta, que no había pasado de minoritario aun cuando la sección de Baloncesto del Real Madrid había dominado Europa en no pocas ocasiones.
No eran tiempos muy boyantes para los deportistas españoles. Apenas los éxitos de Severiano Ballesteros otorgaban cierto prestigio a nivel internacional y en cuanto a juegos de equipos el panorama era aún más sombrío. España vivía sus primeros años de democracia pero de ella se tenía aún una visión más bien folclórica y anacrónica que se manifestaba hasta en imágenes cinematográficas tales como las “Sólo para tus ojos” el James Bond de 1981 en el que se identificaba la sierra madrileña con una aldea mexicana. Todavía quedaban lejos el Mercado Común Europeo y la consagración definitiva en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992.
Pero en aquel Mundial de Baloncesto del verano del 82, aun cuando no se consiguió medalla al quedar cuartos clasificados, los aficionados tuvieron la sensación de presenciar a un equipo, la selección española de baloncesto, que competía al más alto nivel con potencias como Estados Unidos (al que se le ganó) o Yugoslavia. Un año más tarde, en el europeo de Nantes, llegó su consagración definitiva cuando se plantó en la final del mismo derrotando a la mismísima U.R.S.S en la final, algo impensable para la mayoría dado el potencial soviético por aquel entonces. No se pudo conquistar el oro puesto que se perdió la final ante la Italia de Brunamonti, Riva o Materazzi que ejerció de bestia negra por aquellos años, pero el paso decisivo ya estaba dado.
Entrenaba a España un seleccionador que adquirió la categoría de eterno; nada menos que veintisiete años se mantuvo al frente de lo que él denominó el “equipo nacional”, un record mundial todavía no superado en ninguna especialidad deportiva. Antonio- Díaz Miguel dotó al equipo de un aire personalísimo y hasta familiar, cuestión que a la larga planteó no pocos problemas. Sin embargo, nadie le puede quitar el mérito de crear una escuadra que se codeó con los mejores gracias a unos conceptos muy bien asumidos: una defensa agresiva que derivaba en robos de balón y fulgurantes salidas al contraataque. Eran años en los que la inferioridad física española respecto de sus grandes rivales era evidente y la velocidad era el mecanismo que compensaba otras carencias.



Los integrantes de aquel combinado fueron la primera generación de oro del baloncesto español. La mayoría nacidos en 1959 era un grupo que destacaba por su calidad técnica y un notorio espíritu competitivo y de sacrificio. En la dirección se encontraba el gran Juan Corbalán, quizá el `paradigma de director de orquestra y de líder dentro y fuera del campo. Sus recambio no eran menos solventes; Nacho Solozábal representante del mejor Barcelona y Joan Creus, un base más que notable. Los aleros tenían dos estiletes destacados Epi, acaso el jugador español más carismático de su tiempo, infatigable anotador y especialmente dotado para los finales apretados y Juanma Iturriaga, posiblemente el mejor intérprete del contraataque de su tiempo, algo clave para el estilo de juego de la selección. Asimismo, dos jóvenes jugadores dieron el impulso definitivo al combinado nacional para situarse en lo más alto: Fernando Martín y Andrés Jiménez. Con ellos se consiguió ese plus de calidad bajo los aros esencial para luchar contra equipos que contaban con jugadores interiores más fuertes y altos. Jiménez otorgaba una polivalencia inusual para un jugador alto y Martín la fuerza y el talento en el aspecto anotador y reboteador.
A estos mimbres esenciales se le unían otros componentes no tan decisivos pero extraordinarios como complementos. El enorme pívot Fernando Romay suponía la intimidación defensiva necesaria, mientras que el flexible Fernando Arcega era cobertura de plenas garantías para los hombres altos, así como el bregador pívot hispano-argentino Juan de la Cruz. También se contaba con el alero de quizá más talento natural de su época: el dominicano nacionalizado Chicho Sibilio, pero su intermitente carácter así como su poca disposición al trabajo defensivo hicieron que su historia con la selección española no acabara de cuajar lo que hubiera sido deseable.Y para cubrir sus ausencias ahí estaba el "matraco" Margall un prodigio de técnica tiradora decisivo en no pocos compromisos.
Tras el éxito de Nantes España asumió lo que sería el campeonato de su consagración: los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984. A ellos se acudió con esperanzas más que fundadas de obtener metal puesto que la gran potencia europea, los soviéticos, habían boicoteado los mismos al ausentarse. El metal dorado tenía ya dueño ya que los Estados Unidos formaron una escuadra en la que sobresalían futuras leyendas de la NBA como Pat Ewing o el mismísimo Michael Jordan. El objetivo realista para cualquier otra selección era la plata. Y ese fue el premio que se trajeron los españoles.
Hoy en día resulta difícil explicar el impacto de aquel éxito cuando las medallas son el resultado habitual de la excelente selección de nuestros días, los triunfos de Nadal o Contador son rutinarios y nuestro fútbol domina el concierto internacional de forma excelsa. Pero en aquel 1984, las Olimpiadas apenas suponían cuatro o cinco medallas y el triunfo de un equipo español en el concierto internacional era tan extraño que aquellas madrugadas que engancharon a los espectadores supusieron la consagración definitiva de un deporte que vivió un boom inolvidable en la segunda mitad de los años 80. Cuando se derrotó a Yugoslavia en las semifinales se puede decir que ninguna otra selección de cualquier categoría había hecho vibrar de esa forma al aficionado español.
El final de este relato no estuvo exento de amargura. Desde ese triunfo el equipo comandado por Díaz- Miguel fue encadenando sucesivas decepciones que desembocaron en el desastre de Barcelona 92; un exótico equipo angoleño destrozó a España por nada menos que 20 puntos de diferencia. Eran épocas en las que se discutía la presencia de un tercer americano en los equipos de la ACB. Los jugadores de la selección amenazaron con un plante antes de empezar a entrenar. La venganza del público fue tal cruel como ingeniosa, una pancarta proclamaba “sí al tercer angoleño”. El seleccionador inagotable tuvo una salida en falso pero el tiempo curó su imagen; su sucesor, el prestigioso Lolo Sainz, apenas mejoró los resultados en los siguientes años.
En cualquier caso lo importante de cualquier obra es su legado. Esa primera generación de oro dejó como herencia una afición por el basket que empezó a cuajar entre los jóvenes. Y en aquellos años los Gasol, Carbajosa o Navarro daban sus primeros pasos en la vida. Los pioneros siempre son recordados

domingo, 10 de julio de 2011

ESA ETERNA PROMESA LLAMADA F.C BARCELONA


Como pasa con la selección española de futbol parece que los éxitos deportivos del Barca han sido eternos; la proliferación de triunfos de los últimos años han hecho a la entidad catalana un referente del mundo del fútbol. Su estilo merece la admiración hasta de sus más enconados rivales: no sólo sus resultados sino también se pone como ejemplo su forma de juego y aún las raíces de sus triunfos, la consagración de un modelo de cantera que ha proveído nada menos que siete jugadores en la alineación titular y que ha servido de base a la mismísima selección española campeona de Europa y del Mundo en fechas recientes.
Los aficionados con más memoria sin embrago tiene en mente épocas muy distintas. Aquellas en las que el Barcelona era la eterna promesa que no cuajaba y tenía tras de sí una dudosa mística de equipo perdedor. En realidad ese calvario se extendió durante tres décadas: de 1960 a 1990 sólo dos títulos de Liga poblaron las vitrinas del Camp Nou y por supuesto la Copa de Europa pertenecía al mundo de la utopía. Por el contrario su gran rival capitalino acumulaba nada menos que diecinueve Ligas españolas y seis Copas de Europa. Aún peor; en ese mismo periodo el Atlético de Madrid ganaba cuatro ligas y la Real Sociedad y el Bilbao otras dos, las mismas que lo culés con un matiz importante, todos esos equipos contaban con unos medios económicos y sociales sustancialmente inferiores a los azulgranas.
La llegada de Di Stéfano, cuyo fichaje habían peleado Madrid y Barca, fue el desencadenante de tan extenso periodo de decepciones, ya que los triunfos del club de Concha Espina caían como una losa en Barcelona, atrás quedaron los grandes éxitos de Kubala, César, Basora y compañía. Por el flamante y moderno Camp Nou, inaugurado en 1957, pasaban docenas de buenos futbolistas que no conseguían lograr triunfos resaltables con alguna que otra excepción. Con el fichaje de Johan Cruyff en 1973 pareció suponer un giro a la situación establecida: en la temporada 73-74, la primera del astro holandés, se consiguió ganar la liga después de nada menos que catorce años y se humilló al Real Madrid por 0-5 en su estadio. Pero fue solo un espejismo, las siguientes tres temporadas concluyeron sin título alguno y el desfile de entrenadores y jugadores de prestigio no hacía sino incrementarse.
Por aquellos años y hasta la década de los 90 una total ausencia de idiosincrasia atenuaba las posibilidades azulgranas. El círculo es de todos conocido y se ha repetido en numerosas ocasiones en no pocas entidades: los malos resultados incitan la ansiedad, se agota pronto la paciencia, se cesan entrenadores y se cambian jugadores sin que dé tiempo a consolidar un equipo sólido; una presión externa más que considerable de aficionados y prensa, que quería éxitos antes de empezar la temporada, no ayudaba a mejorar la situación. César Luis Menotti, técnico argentino campeón del Mundo en 1978, y entrenador del Barca del periodo 1982-1984 diagnosticó de forma certera la situación del club que se encontró: “Al Barca le apremian las urgencias históricas” . Para empeorar las cosas la entidad fue utilizada como símbolo de la resistencia de la identidad catalana frente a la tiranía de Madrid, que favorecía a la entidad del régimen con arbitrajes favorables. El mensaje caló tanto en una afición acostumbrada a las decepciones que todos terminaron creyéndoselo. Y el victimismo no suele ser buena terapia frente al fracaso
La llegada del constructor de origen vasco José Luis Núñez a la presidencia a finales de los 70 abrió nuevos horizontes de esperanza. Núñez pensaba a lo grande y eso implicaba fichar a los mejores gracias a un concepto empresarial de un club de fútbol muy adelantado para su época. El talonario empezó a funcionar y rumbo hacia el Camp Nou empezaron a desfilar estrellas del copete de Krank, Simonsen, Shuster o el mismísimo Diego Armando Maradona. Tampoco el mercado español se resistía al poderío económico blaugrana: Alexanco, Urruti, Marcos, Julio Alberto, Perico Alonso o Quini. Grandes figuras entrenadas por entrenadores de alto copete como Helenio Herrera, Udo Lakett o el propio Menotti no acababan de encontrar la forma de ensamblarse para dominar el futbol español como les correspondía por plantilla. El “ Aquest any si” como mensaje de esperanza insertado en el inconsciente colectivo de toda una afición terminó por ser una bufa nacional que representaba la impotencia azulgrana para ganar la Liga.Para colmo de males la presencia del mejor jugador del mundo concluyó con un espectáculo bochornoso de agresiones y malos modos en la final de Copa del Rey del 84 ante el Bilbao de Clemente.
No faltaban algunos éxitos propios de la calidad de los planteles, en especial de la Copa del Rey y la Recopa competiciones en las que se convirtió en hegemónico, así como de trofeos menores de corta existencia como la Copa de la Liga o novedosos sin mucho arraigo como la Supercopa de España, incluso en 1985 con un desconocido entrenador inglés al frente, Terry Venables, y ya sin Maradona en el equipo, si ganó la Liga con autoridad. Pero la irrupción de la “Quinta del Buitre” en el escenario balompédico nacional volvió a postergar a los culés que vieron como s eles escapaba de las manos una Copa de Europa con todo a su favor, como había pasado con tantas ligas. Era la final de 1986, el estadio Sánchez Pijuán de Sevilla y enfrente un meritorio pero menor conjunto rumano; el Steaua de Bucarest, la final parecía a punto de caramelo para los intereses azulgranas. Por fin el más preciado título continental iba a caer de su parte. Pero el sueño se tornó en una pesadilla: tras un mal partido que concluyó con empate a cero los rumanos ganaron en la tanda de penaltis en la que los favoritos no lograron marcar ninguno de los lanzamientos desde los 11 metros, hecho casi inédito en cualquier final. Aquella derrota causó un trauma de tales dimensiones que en los dos siguientes años el club se convirtió en un polvorín que concluyo en una rebelión a bordo de los jugadores contra la junta directiva denominado “el motín del Hesperia” en el que llegaban a solicitar la dimisión en bloque de la junta directiva.



Tras esta debacle deportiva y social Núñez buscó la catarsis en la figura de Cruyff ,ahora como entrenador, tras sus éxitos iniciales en el Ajax de sus amores. Ante su estado de desesperación el mandatario no tuvo más remedio que dar plenos poderes en la parcela deportiva al nuevo e innovador técnico que pasó por malos momentos en sus dos primeros años. Es más, tanto Luis Aragonés como Menotti estuvieron esperando la última llamada para sustituir al holandés que empezaba a ser considerado como un lunático por su empeño en jugar con apena tres defensas cuando todos poblaban esa zona del campo. Su reválida se jugó en Valencia, en la final de Copa ante el Madrid, el último tren para salvar el año. Ganó el Barca y se salvó Cruyff. Pudo imponer de forma definitiva su concepto de juego y de entidad, y al año siguiente empezó una época inolvidable que hoy goza de su máximo explendor. De 1991 a 2011, once Ligas, cuatro Champions y un estilo futbolístico que ha dejado huella en los aficionados. Casi produce risa pensar que en una época no muy lejana el Barca era sinónimo de ansiedad y frustración.Aún más; gran parte de sus penurias de tiempos pasados hoy las padece su eterno enemigo.

miércoles, 29 de junio de 2011

EL DOBLETE IMPOSIBLE


Para quien no saborea con frecuencia las mieles del triunfo determinadas temporadas están destinadas a mantener un recuerdo vivo en la memoria de los aficionados y jugadores que vivieron ese momento inolvidable. Para el Atlético de Madrid el ejercicio 1995-1996 quedará siempre grabado a fuego como el de la mayor gesta deportiva de su historia; nada menos que un doblete histórico ganado además en circunstancias más que imprevistas.
No presagiaba el comienzo de temporada un final tan exitoso. En las dos campañas anteriores el equipo había coqueteado de forma peligrosa con el descenso. El huracán que acompaño al gilismo desde su llegada a la poltrona en 1987, sucediendo al mítico Vicente Calderón, no se había traducido en más que un desfile interminable de entrenadores y jugadores sólo adornados por dos Copas del Rey. La decadencia de presuntas figuras nacionales como Caminero o Kiko era preocupante y los extranjeros que se vestían la rojiblanca estaban marcados por el denominador común de la mediocridad. Tampoco los fichajes de ese año invitaban al optimismo: los jóvenes Santi y Molina procedían del recién descendido Albacete, el búlgaro Penev había salido peor que mal del Valencia y el entrenador elegido para ese ejercicio, Radomir Antic, insistió hasta lo indecible en el fichaje de un compatriota serbio completamente desconocido y que contaba con la nada despreciable edad de 29 años. Demasiada carrera por detrás como para no haber llamado la atención de nadie del continente europeo.
Sin embargo,Milinko Pantic no sólo resultó un fichaje barato de rendimiento inmediatamente amortizable. Su aportación fue mucho más de un buen rendimiento puntual; casi por arte de magia se convirtió en el referente del equipo y el transmisor de un mensaje ganador y optimista. A una resaltable técnica individual se le unía una cualidad que le hizo único: el ser probablemente el mejor especialista a balón parado que jamás aterrizó en el campeonato español. Su eficacia en córners y faltas le permitió a aquel Atlético solventar mil y una situaciones complicadas amén de ejercer un poder intimidatorio sobre los rivales; por igualado que estuviera el partido siempre cabía esperar que la balanza se desequilibrase a través de las botas del pequeño jugador yugoslavo.
Junto con la sorpresa de Pantic, el nuevo entrenador consiguió una obra casi perfecta en cuanto a aprovechamiento de unos recursos a priori más limitados que los de sus oponentes. La fortaleza colchonera en Liga y Copa su fundamentó en el poderío de su centro del campo compuesto por el nuevo fichaje y los renacidos Simeone, Caminero y Vizacaíno. Cada uno de ellos cumplió su función de forma excelsa. El argentino resultó la fortaleza de su equipo, el ánimo constante, la potencia física y hasta los goles decisivos logrados en valientes incorporaciones al ataque. Caminero, más intermitente, volvió a ser el jugador que deslumbró en el Mundial del 94 con una labor de media punta decisiva por sus mortales asistencias así como sus apariciones en ataque tan esporádicas como decisivas, y el veterano Vizcaíno siguió con la labor sorda, escasamente reconocida pero plena de efectividad que distinguió su larga carrera a orillas del Manzanares.



A este solvente centro del campo se le unió una defensa sorprendentemente rigurosa en su aplicación del achique de espacios y en la que tuvo un papel esencial el entonces joven portero Molina. Desde su posición adelantada, convertido en un líbero más permitía a su defensa arrimarse hacia la media y reducir los espacios de sus oponentes, como el recurso del rival no era otro que el pelotazo ahí se encontraba Molina pata abortar las jugadas de gol que se le pudieran producir. Resultó el portero menos goleado de aquella Liga.
Si la defensa y el centro del campo resolvieron con solvencia su cometido, la delantera vivió la definitiva explosión del jugador gaditano que había destacado en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. Kiko Narváez resultó un delantero memorable, tanto por su natural improvisación que dejaba sin argumentos a sus marcadores, como por su espléndido juego de espaldas a la portería que daba a su equipo un arma secreta bien aprovechada; gracias a esa protección de la pelota que arrastraba a los defensas, se permitía la incorporación de los centrocampistas con auténtica vocación ofensiva tales como Caminero o Simeone. Los goles del Atlético en ese gran año tuvieron un considerable reparto de protagonistas.
No faltó quien criticó un estilo de juego en apariencia más preocupado por forzar jugadas de estrategia y limitar al contrario que en tener la auténtica iniciativa. Pero no conviene olvidar que los de Antic batieron en su día un record de victorias a domicilio en la historia de la liga, nada menos de trece. Y que dominaron con mano de hierro el campeonato al liderarlo en 39 de 42 jornadas. Por otro lado no faltaron partidos para el recuerdo; en especial dos de ellos recordables por el perfeccionismo en el juego atlético: en la visita del Barca al Calderón, el 3-1 final no respondió al recital de juego de los locales que para algunos firmaron casi el mejor partido de su historia, y en las semifinales de la Copa del Rey, en Valencia, remontaron un 2-0 inicial pata terminar exhibiéndose y ganar 3-5. Sólo un equipo con auténtica fortaleza mental es capaz de mantener el tipo en dos competiciones exigentes y a la Liga se le unió la Copa, ganada en la final al Barcelona que apuraba los últimos años de la era Cruyff y que por aquel entonces tenía cierta leyenda de equipo inexpugnable en grandes citas aunque sus mejores años y jugadores ya habían pasado.
Fiel a su idiosincrasia los rojiblancos tuvieron que esperar a la última jornada para ganar la liga y hacer doblete por primera vez en su historia. Para no perder la tradición de as del suspense estuvieron nada menos que cinco partidos seguidos sin ganar en casa, que les hubieran dado un campeonato plácido. Pero eso no casaba con la historia atlética y buen sprint final del Valencia, para más inri entrenado por Luis Aragonés, puso la conclusión del campeonato al rojo vivo. Fue un 26 de mayo del 96 y ante un rival como el Albacete todos los fantasmas del pasado se borraron de un plumazo.
Fue un gran éxito para Antic que años antes había vivido un desprecio profesional al ser destituido del Real Madrid cuando lideraba le campeonato (por cierto que los blancos perdieron esa liga). Ese ninguneo actúo como motor de su carrera y el viejo rival capitalino de los de Concha Espina le dio la oportunidad que tanto deseaba para mostrar sus notable s cualidades. Fue encumbrado con justicia como un ídolo de la afición cuestión que el tiempo reveló como contraproducente: su autoestima ya de por sí elevada, creció de forma desmedida hasta el punto de situarse por encima de los propios jugadores y eso siempre resulta peligroso. En realidad fue un cliclo de éxitos extraordinariamente corto que hizo a numerosos aficionados y cronistas identificarlo con la casualidad y los errores de los más grandes. Pero el mérito estaba ahí sin duda.
La trayectoria de ese combinado quedó sepultada al año siguiente de forma casi trágica, muy en la línea de la entidad: en apenas una semana fue eliminado de la Copa del Rey y de la Champions tras dos excelentes partidos ante Barca y Ajax de Ámsterdam. Incluso en el Camp Nou se llegó a ir ganando por tres goles y Pantic pasó a la historia por meter cuatro son ganar el partido. Ante los holandeses un penalti fallado por Esnaider (que ese año sustituyó a Penev) condenó el pase a semifinales. Cuatro años después y con una plantilla de lujo, incluso superior a la que consiguió el doblete, el equipo era intervenido judicialmente y bajaba tras más setenta años a segunda división. Las cosas del Atlético

sábado, 25 de junio de 2011

LOS TERRIBLES BAD BOYS


Si bien la NBA estuvo dominada en su década mágica, los años 80, por la sombra de Magic y Bird, y consiguientemente por Lakers y Celtics, el final del decenio tuvo como protagonista a uno de los equipos con peor cartel de la historia, por no decir que la escuadra más odiada de todos los tiempos: los Pistons de Detroit.
La importancia de este fabuloso equipo de baloncesto puede medirse en un simple dato hoy casi olvidado: este combinado fue la pesadilla de Michael Jordan hasta su primer título de 1991. Los posteriores seis anillos del mejor baloncestista de todos los tiempos han hecho caer en el olvido las tres eliminaciones consecutivas que los Bulls sufrieron ante los de Michigan de 1988 a 1990.En realidad la escuadra del uniforme azul resultaba un panzer casi infranqueable para esa época aún cuando se fundamentaba más en una encomiable labor de equipo que en el talento individual de su hombres, con algunas excepciones.
Los Pistons no pasaban de ser una franquicia de escasas perspectivas cuando Chuck Daly, un eterno entrenador asistente ya veterano, cogió las riendas del equipo en 1983. En sus filas contaba con un súper-clase, el base Isaiah Thomas, antigua estrella de la Universidad de Indiana, un prodigio de fundamentos técnicos con gran capacidad anotadora. Empezaba, ademas, su carrera un center atípico, un blanco de 2.11 de estatura, duro y rocoso en la zona y con tendencia a salir fuera con un eficiente tiro exterior, su nombre era Bill Laimbeer y el tiempo le convertiría en el jugador más canalla y camorrista de la liga. Daly no pasó de unas aceptables temporadas en sus tres primeros años, en esa época nadie podía poner en duda el reinado de los Celtics en el Este; pero tanto el entrenador principal como sus asistentes vieron claro que el aumento de competitividad de la escuadra dependía de un factor esencial: construir un sistema defensivo feroz que amordazase a las estrellas rivales.
Una adecuada labor gerencial hizo el resto, en el draft de 1986 llegaron dos jóvenes jugadores que marcarían una época en el equipo: Dennis Rodman y John Salley y con anterioridad se habían conseguido los servicios del durísimo defensor Rick Mahorn, nulo en ataque pero dispuesto a declarar la guerra allí donde fuera, y sobre todo, de un joven escolta de escasa presencia pero demoledora y eficiente actuación, Joe Dumars. Dumars fue uno de los jugadores más decisivos de los éxitos de los Pistons, suponía la pareja ideal de Thomas en la retaguardia, un toque de tranquilidad a la efervescencia guerrera de sus compañeros y poseía un demoledor tiro de larga distancia que le hacía ser uno de los más destacados anotadores de su época. Sin lugar a duda fue un excelente jugador, no siempre reconocido.
En una competición siempre tendente a cargar el peso de la responsabilidad en las grandes estrellas del equipo los Pinstons fueron un prodigio de reparto de responsabilidades y de triunfo de una idea de equipo muy clara. Fue la primera escuadra capaz de hace rotar a los jugadores con solvencia y logró un equilibrio titulares-suplentes raramente vista. Las estrellas asumían el peso principal, pero cuando Daly miraba al banquillo sabía que cuando las piernas empezaban a fallar siempre aguardaba un sustituto de plenas garantías que no alteraba la composición del equipo. Este factor terminó por hacerlos casi invencibles en sus años dorados.
El camino hacia la gloria de los de Michigan si vio jalonada de decepciones iniciales de las que supieron aprender para el futuro, En las finales de conferencia contra Boston de 1987, contaban con todo a favor para decidir las series en sentido favorable, dominaban 106-107 en el Garden a falta de cinco segundos para el final y con balón en su poder y caminaban hacia un 2-3 en las series casi definitivo. Pero los duendes del legendario pabellón hicieron presencia: Larry Bird interceptó el precipitado pase de Thomas a Laimbeer y asistió a Denish Johnson para remachar la victoria en el último suspiro. Los Celtics ganarían las series 4 a 3. Un año más tarde, llegaron a la final ante los Lakers y, tras ganar el primer encuentro contra todo pronóstico, ambos combinados protagonizaron una de las series finales más agónicas de la historia resuelta en dos dramáticos partidos finales en el Fórum vencidos por la mínima a favor de los locales (103-102 y 108-105). Fue precisamente en el sexto encuentro cuando tuvo lugar uno de los momentos más memorables de la historia del baloncesto mundial ; un Thomas medio cojo obtuvo la friolera de veinticinco puntos en un solo cuarto con canastas inverosímiles desde todas las posiciones. La falta de experiencia en momentos claves (esa que les sobraba a los Lakers) impidió un triunfo que no tardaría en producirse como consecuencia lógica del crecimiento del equipo. Los anillos de 1989 y 1990 se lograron con paseos militares ante Lakers (4-0) y Portland (4-1). Para entonces Daly había conseguido un ensamblaje simplemente perfecto de todas las piezas que cuidadosamente había coleccionado.
No faltaron voces críticas a un estilo de juego que, junto a la innegable calidad de muchos de sus jugadores, también mostraba un lado oscuro y reprobable que derivaba en un gusto por la violencia y la tangana nunca conocido con anterioridad. La fortaleza defensiva de Laimbeer, Rodman o Mahorn se imponía con todas las armas posibles que podían incluir codazos o agresiones con la misma naturalidad con la que su luchaba por un rebote. Hasta los artistas como Thomas no rehuían el contacto agresivo. El número de multas y suspensiones que acumularon daría para escribir un libro entero. Hay quien considera que los triunfos de Detroit suponen un punto de
inflexión en la competición y que, siguiendo su ejemplo, los equipos empezaron a optar por un baloncesto más físico y defensivo en perjuicio de la creatividad ofensiva. Sin embargo esta reflexión no es del todo justa ya que el recurso a la dureza no era exclusivo de los Pistons. Incluso los Celtics de Bird o Machale no dudaban en ir a acudir a ella si la ocasión lo requería, como mostraron en la final del 1984 ante los Lakers. Una imagen de un duelo en el Garden dejó patente este concepto del juego: en la lucha por el rebote Robert Parish agredió a Laimbeer de forma explícita. El center blanco se levantó del suelo y siguió jugando como si nada hubiera pasado; para él era una jugada más.
La época dorada de Detroit tuvo un inicio y un fin como pasa siempre. Y la conclusión tuvo mucho de metafórica. En 1991 jugaron las finales de conferencia contra Chicago. Jordan y Pippen estaban hartos de esperar para ponerse su primer anillo y habían evolucionado hacía convertirse en un equipo ganador. Las series no dejaron lugar a la duda, y en cuatro encuentros los campeones fueron despachados. Al final del cuarto partido los titulares de Detroit abandonaron el banquillo con algunos minutos por jugarse. Sabían que su época había pasado.

jueves, 23 de junio de 2011

LA ROJA: CUANDO NO ÉRAMOS LOS MEJORES


Para los aficionados jóvenes los éxitos de la selección española de fútbol resultan habituales y hasta rutinarios. El saber con certeza que se es el mejor de forma sobrada trae consigo siempre una cierta relajación y un olvido del fatigoso camino emprendido hasta que se lograron los triunfos. Nada queda en el recuerdo de pasados fracasos y frustraciones por dolorosas que fueran.
Sin embargo, casi ningún combinado a nivel de selecciones aglutinó tal cantidad de frustraciones como “la roja” a lo largo de diversas décadas. Si los adolescentes han vivido solamente las mieles del triunfo, los más veteranos aficionados experimentaron una catarsis en los veranos de 2008 y 2010 que difícilmente se puede explicar con palabras. El ver el triunfo de los eternos aspirantes al éxito materializado en dos campeonatos de primerísimo nivel dejó atrás un buen puñado de frustraciones que habían sumido en la impotencia y el escepticismo a aficionados, periodistas y los propios jugadores.
España siempre fue en país de clubes y no de selección. Ningún estilo hizo al combinado nacional como reconocible en la medida que el fútbol español carecía de personalidad propia. La escasamente tangible y más que discutible “furia” no dejaba de ser un lugar común más o menos raído que ocultaba notables carencias. Cierto es que Real Madrid, Barcelona, Atlético, Athletic o Valencia contaban con jugadores españoles notables que en las competiciones internacionales rendían al más alto nivel. Pero por arte de magia se solían difuminar cuando se vestían de corto con la selección, sin que por otro lado ningún seleccionador de una larga lista, no exenta de nombres de prestigio, consiguiera dotarla de un sello reconocible. Italia se aferraba a su eterno catenazzio, Brasil a su creatividad, Argentina o Alemania a una competitividad extrema no exenta de calidad y Holanda al fútbol total creada por la escuela de los años 70. Ningún rasgo definido se apoderaba del equipo español.
Por sus filas desfilaron nombres ilustres del fútbol: de Gento a Ufarte, de Luis Suarez a Marcial, de Pirri a Asensi, de Gárate a Quini, de Iribar a Arconada, de Juanito a Santillana, de Carrasco a Michel, de Butragueño a Kiko, de Martin Vázquez a Guardiola y hasta el mismo Di Stéfano. Todo resultaba inútil. No había juego, ni competitividad, ni suerte. Así era difícil aspirar a algo y los seguidores solían empezar los campeonatos con la inquietud de lo desconocido, aunque bastaban un par de partidos para darse de nuevo con la cruda realidad de frente. Ya se contaba que el podio final iría para alguno de los de siempre: o Alemania o Italia, o Brasil o Argentina, hasta selecciones advenedizas como Dinamarca o Grecia se permitían el lujo de ganar alguna Eurocopa que para nuestro "potente" fútbol era coto vedado.
El rosario de decepciones es inmenso y de todos los colores. Hay partidos buenos y otros pésimos, derrotas ante potencias mundiales y ante equipos de segunda fila, arbitrajes desfavorables, goles increíblemente fallados, actuaciones antológicas de porteros rivales y pifias memorables de los cancerberos hispanos. El resultado siempre era el mismo: decepción absoluta o resignación por haber cumplido con el mínimo de los objetivos marcados.



España no estuvo en las citas mundialistas de 1954, 1958, 1970, 1974. En las de 1962, 1966 1978, 1982 y 1998 cayó a las primeras de cambio. En 1986, 1990, 1994, 2002 y 2006 se quedó a las puertas de llegar a las semifinales. No mejor panorama mostraban las Eurocopas con las honrosas excepciones del campeonato de 1964 y el subcampeonato de 1984. En todas estas citas quedaron imágenes para el recuerdo que representaban la frustración en grado sumo: el gol de chilena anulado a Adelardo ante Brasil en Chile, el penalti de Eloy fallado en la tanda ante Bélgica en México tras haber dejado fuera en la ronda anterior a la potente Dinamarca, la cantada de Arconada en la final de la Eurocopa contra Francia a saque de falta de Platini (falta además inexistente), la imagen de Michel apartando la cara en la falta ante Yugoslavia, la clamorosa ocasión fallada por Julio Salinas ante Italia en Boston y el posterior codazo de Tassotti a Luis Enrique rompiéndole la nariz, el gol anulado a Morientes en Corea y la rabia posterior de Iván Helguera, el penalti a las nubes de Raúl en la Eurocopa del 2000, el golazo final de Zidane en la cita de Alemania cuando todos daban por jubilados a los franceses; y por encima de todos ellos, la imagen de Julio Cardeñosa con la inmensa portería delante suyo, sin portero y su disparo a los pies del defensa brasileño por el único sitio en el que la pelota no podía haber entrado. Todo un cuadro de calamidades que muestran que los astros no estuvieron de parte durante no pocos años.



Pero quizá ninguna cita supuso una decepción tan grande como la del Mundial 82. Se jugó en España por primera y única vez. Era la ocasión de oro para un triunfo ante una afición acostumbrada a las decepciones. Todo estaba planeado para la presencia española al menos en semifinales. Un grupo previo asequible con Honduras, Irlanda del Norte y Yugoslavia debía dar como resultado un primer puesto que permitiese acceder a la segunda ronda como primero de grupo y así sortear a los peores rivales Nada salió conforme al plan previsto: se empató con Honduras, se ganó con ayuda arbitral por la mínima a Yugoslavia (se repitió un penalti inexistente hasta que se marcó) y se hizo el ridículo perdiendo 0-1 contra Irlanda del Norte, cuyos jugadores se habían pasado la noche anterior de juerga bebiendo cerveza y disfrutando de los placeres de la costa valenciana. Luego llegaron Alemania e Inglaterra y el desastres se consumó sin remisión. Era la selección de López Ufarte, Arconada, Camacho, Santillana, Juanito, Alexanco o Perico Alonso. En palabras de López Ufarte aquello fue como ”jugar como el real Madrid con la Real Sociedad”. El seleccionador Emilio Santamaría no volvió a entrenar, jugadores como el propio Ufarte, Juanito o Tendillo nunca volvieron a la selección y en España quedó la sensación que nuestro fútbol e realidad no conocía de la auténtica calidad y que todo el peso d elos equipos recaían en los extranjeros (cosa no del todo cierta porque eran los años de dominio de los equipos vascos en la liga, que no alineaban jugadores de fuera de la cantera).
La explosión de una gloriosa generación de jugadores en su mayoría criados en la cantera del Barcelona, cambió para siempre ese destino adverso tantas veces repetidos. Luis Aragonés y Vicente del Bosque, dos viejas glorias de nuestro futbol que como jugadores también sufrieron la decepción de la falta de resultados con la selección, pusieron las bases de un estilo de juego que reproducía el esquema seguido por el exitoso Barca del último quinquenio: el toque de balón permanente presidido por unos futbolistas de excelente nivel técnico que marean al contrario hasta conseguir el gol por insistencia. Casillas, Pujol, Sergio Ramos, Piqué, Xabi , Iniesta o Villa han conseguido algo más que títulos. Han dejado atrás demonios de años que nadie supuso que se superarían

sábado, 18 de junio de 2011

DRAZEN PETROVIC: EL COMPETIDOR INSACIABLE


Determinadas fechas y partidos marcan un antes un después para los aficionados, son momentos puntuales que impactan de manera especial, quedando clara la sensación de que nada volverá a ser lo mismo.
El 6 de diciembre de 1984 los seguidores al baloncesto españoles tuvieron uno de esos instantes. Era el partido inaugural de la entonces liguilla de campeones de Europa de baloncesto, jugaba el de casi siempre por aquellos años de sólo un equipo en la Copa de Europa, y no era otro que el Real Madrid. Enfrente, como local, un desconocido equipo yugoslavo, la Cibona de Zagreb. Los pronósticos apuntaban a un fácil comienzo de los Corbalán, Fernando Martín o Iturriaga. Pero ganaron los locales 99-90. El resultado, sin embrago, fue lo de menos. Causó más sensación un joven espigado, con peinado afro que se hartó de meter puntos, hasta 45, y sacar de sus casillas a los jugadores blancos, curtidos en mil y una batallas continentales pero incapaces de detener esa avalancha.
El causante del estropicio no era otro que Drazen Petrovic y con ese partido inició una serie de victorias consecutivas sobre el potente equipo madridista que le hizo ganarse e¡la condición de “enemigo público número 1 de la histórica entidad de baloncesto”. Cada partido del croata era un prodigio de virtudes técnicas, un carrusel de dribblings, unos contra unos resueltos con una seguridad pasmosa, tiros en suspensión demoledores y anotaciones que en rara ocasión bajaban de los 30 puntos. Fue con Sabonis, la máxima sensación jamás conocida en el baloncesto europeo y pronto objeto de deseo de franquicias de la NBA.
Petrovic era heredero de una gloriosa tradición baloncestística yugoslava que tuvo nombres tan significativos como Mirza Delibasic, Kesemir Cosic, Drazen Dalipagic o Ivo Daneu, que impulsó a la entonces república socialista a los primeros puestos del baloncesto mundial en dura competencia con sus vecinos soviéticos. En realidad el genio nacido en el condado de Sibenik le superó a todos y sentó precedente a fabulosos sucesores como Toni Kucov o Dino Radja. Frente baloncesto eminentemente físico que se veía en Estados Unidos los baloncestistas del este de Europa asombraron por extraordinaria capacidad técnica y unos fundamentos hasta entonces desconocidos en especial en el aspecto ofensivo. La creatividad y el talento se ponían al servicio de unos extraordinarios equipos que, sobre todo a nivel de selección, también alcanzaban un carácter competitivo rayano en la fiereza.
Drazen no sólo se dedicaba a machacar al rival desde el punto de vista de la anotación: también lo aniquilaba psicológicamente con un repertorio de gestos triunfantes, provocaciones consentidas, pases por la espalda rayanos en la chulería y una conexión con la grada que oscilaba desde el amor incondicional de los suyos al odio más exacerbado de los contrarios. Al contrario que muchos grandes jugadores él adoraba la presión y los ambientes más hostiles que uno pudiera imaginar; era donde sacaba lo mejor de sí mismo. Sin lugar duda fue uno de los más grandes y duros competidores que se pudieron encontrar. Una imagen del Mundial de Baloncesto celebrado en España en 1986 es suficientemente significativa: tras un ajustado partido contra Canadá resuelto en los últimos minutos gracias a sus genialidades respondió a los abucheos permanentes del público con dos expresivos cortes de mangas.
Su llegada al Real Madrid en 1988 causó una sensación tal que es posible que la Liga de Baloncesto de aquel año superará el seguimiento de la de fútbol. Era un caso casi inédito en la historia de la sección: un repelido rival formaba parte de la escuadra que aspiraba a desbancar el ya consolidado dominio del Barcelona en la Liga ACB. El seguimiento a sus actuaciones despertó una curiosidad inédita y unas ganas casi obsesivas de mostrar su falta de adaptación al club madridista. En realidad su acoplamiento fue perfecto porque un jugador de su talento no tenía por costumbre defraudar las expectativas creadas. Bajo su liderazgo y el Fernando Martin el equipo blanco ganó la final de copa al potente Barca y se plantó sin mayores dificultades en la final de la Recopa de Europa frente al Snaidero de Caserta que encabezaba uno de los más grandes tiradores que jamás vieron las canchas del viejo continente, el brasileño Oscar Smith. El resultado no fue otro que una final memorable resuelta a favor de los blancos con un festival del héroe croata, inédito en una cita de tanta trascendencia, nada menos que 62 puntos (más de la mitad de los de su equipo,117). Su leyenda no hizo sino agrandarse.



Tras esas exhibiciones no sólo se escondían unas condiciones innatas para ser un virtuoso de la canasta, también existía un trabajo diario casi obsesivo comenzado desde edad juvenil consistente en una dedicación en cuerpo y alma a una sola meta; ser el mejor. Cuentan las crónicas que no dejaba un día morir sin intentan al menos 500 tiros a canastas y que tras los entrenamientos se dedicaba de forma compulsiva a perfeccionar sus tiros libres. En pocas ocasiones el deporte mundial ha conocido de un artista tan convencido de su necesidad de seguir perfeccionándose. No había límites con tal de ser alcanzar lo sublime en cada partido.
Paradójicamente esa liga la acabó ganando el cuadro de Aito García Reneses gracias al propio yugoslavo. Durante un verano no tuvo otra ocurrencia que escupir a un árbitro en un partido amistoso. Se llamaba Juanjo Neyro y el mismo, apuntó la matrícula y esperó pacientemente el momento de la venganza. Era el quinto partido de las finales de ese año y el árbitro bilbaíno dejó al Madrid con cuatro jugadores en la pista casi todos yuniors. Ganaron los catalanes con comodidad, porque entre otras cosas tenían un fabuloso equipo comandado por Solozábal, Epi y Audie Norris. En ese partido un hecho , tan desagradable como resaltable, dejó a todas luces que Petrovic no podía dejara nadir indiferente. Los jugadores del Barcelona terminaron mofándose y haciendo bailecitos a sus contrincantes desquiciados por el arbitraje y el partido. Al acaban el encuentro fueron preguntados por tan reprobable acción. Su excusa no dejó lugar a la duda: era venganza contra el croata que tanto se había mofado de ellos en la derrota. Le pagaron con su misma moneda.
Pero su destino estaba escrito y no era otro que la mejor liga del mundo, aquella que se sitúa al otro lado del Atlántico. En el verano del 89 dejaba plantado a los blancos y emprendía rumbo a Portland en donde su primero rival y luego compañero, Fernando Martín, había iniciado la senda de la aventura americana. Fue en Oregón en donde por primera vez en su carrera mordió el polvo de la frustración, como le ocurrió al español apenas contó `para el entrenador en una época en la que existían aún muchas reticencias a la participación europea en la NBA. No era el escolta muy propicio a aceptar ser un segundón y decidió emigra a una escuadra más modesta y más adaptada a sus necesidades de minutos: los Nets de New Jersey.
Cerca de la gran manzana emergió de nuevo. Evolucionó en su juego en el que desaparecieron las entradas a canastas, y se centró en su prodigioso tiro a la salida de los bloqueos, mejoró su físico adaptándolo al exigente nivel exigido en América y se consagró como anotador recurrente con notoria debilidad por la línea de tres puntos. Había comenzado su carrera como estrella de la mejor liga del mundo. No podía ser de otra forma
Para desgracia suya y de todos, un accidente de tráfico en una autopista de Alemania el 7 de junio de 1993 sesgó para siempre su vida tal y como lo había hecho con otro de los grandes de la época, Martin. Una conmoción recorrió el deporte europeo y mundial. Quizá quien mejor resumió su carácter fue Tom Newell, entrenador asistente de los Nets, el equipo de Drazen “Nunca he visto a un jugador profesional o amateur trabajar tan duro. Es el verdadero ejemplo de profesional en dedicación y compromiso”.