domingo, 14 de agosto de 2011

EL MALDITO LEEDS. FICCIÓN Y REALIDAD


No ha tenido habitualmente el mundo del fútbol excesiva suerte a la hora de su traslado al mundo del cine, en realidad como la mayoría de los deportes a excepción quizá del boxeo y ocasionalmente el atletismo (Carros de Fuego, El relevo). El peculiar entorno futbolístico y las evidentes dificultades para trasladar a la pantalla las vicisitudes que rodean a un partido hacen que el número de filmes destacables sobre la materia sea prácticamente inexistente.
Sin embargo, una producción inglesa de 2009 dirigida por Tom Hooper, el recientemente oscarizado director de “El Discurso del Rey” ha despertado el interés de los aficionados más jóvenes por una figura legendaria del fútbol inglés y por un equipo hoy casi olvidado, Brian Clough y el Leeds United. La película se llama “The Dammed United” y relata los 44 tragicómicos días de uno de los entrenadores más laureados del fútbol de las islas en el equipo entonces campeón de la liga inglesa y que representaba todo aquello que Clough detestaba. El choque entre el joven y arrogante técnico y los jugadores de aquel combinado que seguían siendo devotos de su antiguo entrenador y enemigo acérrimo de Clough, Don Revie, es el tema central de una película notable que se basa en un exitoso libro de David Peace, no traducido al castellano, y que se retrotrae a través de diversos flash-backs a la rivalidad entre los dos entrenadores desde la época en la que el protagonista entrenaba al modesto Derby County y el Leeds de Revie era el equipo más temido de Inglaterra.
Brian Clogh es protagonista de una de las historias más fabulosas del futbol europeo. Frustrado delantero centro al que una lesión le obligó a retirarse a la temprana edad de 27 años, con una prometedora carrera por delante desafortunadamente truncada, consiguió desde los banquillos toda la gloria que no pudo obtener en los terrenos de juego. Y para ello no tuvo que entregar a ninguno de los grandes: ni Manchester, ni Liverpool, ni Arsenal. Fue con equipos modestos sacados de las profundidades de la segunda división hasta el triunfo en la liga e incluso la Copa de Europa. El Derby County y el Nottingam Forest,. hoy en día absolutamente hundidos, tocaron con sus dedos la gloria de los títulos y el reconocimiento general. Su hazaña en el Forest a fecha de hoy parece inabordable para cualquier entrenador: en 1975, cuando llegó Clough el equipo estaba en la mitad de tabla de la segunda división, al año siguiente ascendió, en el siguiente fue campeón de liga y las dos temporadas posteriores nada menos que campeón de la Copa de Europa.

Con estos datos resulta casi estrambótico que cuando tuvo en sus manos un equipo plagado de internacionales y que acababa de ganar la liga, fracasase estrepitosamente. Su estancia al frente del Leeds es uno de periodos de tiempo más cortos que un entrenador ha conocido en cualquier equipo de un país acostumbrado a la estabilidad en los banquillos. Sus datos no indicaban que la cosa funcionara, apenas una victoria en seis encuentros. Pero lo que da un aire melodramático a su experiencia es que su fracaso se debió en gran medida a una conspiración permanente de las grandes figuras del equipo, que nunca lo aceptaron y a las que soltó el primer día de entrenamiento “Podéis tirar todas las medallas y trofeos que habéis ganado a la basura, porque las habéis conseguido con trampas”. Esa es la tesis fundamental del libro y película que reflejan la neurosis de un hombre que lucha contra el rechazo de los jugadores a los que entrena y contra la sombra del hombre al que trata de superar y que es una leyenda del equipo



El Leeds United se convirtió en una potencia futbolística a mediados de los años 60 y no se bajó del carro hasta bien entrada la siguiente década. Fue una creación de un hombre Don Revie, que cogió al equipo en 1961 sin perspectivas de alcanzar grandes logros. Sin embargo su primera decisión no pudo ser más significativa de sus ambiciones: mandó cambiar la equipación del equipo que pasó a jugar de blanco son otro motivo que el que ese fuera el color del Real Madrid que por aquel entonces dominaba el fútbol mundial con mano de hierro. Su Leeds tenía que luchar con los mejores, fuese como fuese.
Y lo cierto es que durante los trece años del mandato de Revie el equipo de Ellan Road se encaramó a un lugar de privilegio en el fútbol de las islas. Dos ligas (1969 y 1974), una copa inglesa (1972) amén de una Copa de la Liga y dos Copas de Feria (el antecedente de la U.E.F.A). Pero no puede decirse que fuese un club muy popular entre los aficionados. Recientemente una encuesta británica le señalo como el cuarto equipo más odiado de la historia del fútbol y el primero en el ranking de los británicos. ¿Motivo?. Se trataba de un equipo canalla en grado sumo que aunaba una inmensa calidad en hombres como Billy Bremner, Jhonny Giles o Peter Lorrimer con un juego físico y marrullero que en no pocas ocasiones derivaba en tanganas. En realidad fue en equipo con cierto aire de malditismo. A pesar de un notable palmarés el mismo pudo incrementarse en varias ocasiones ya que los de Yorkshire se quedaron a las puertas de numeros títulos que les hubiesen convertido en en equipo hegemónico; nada menos que cuatro subcampeonatos de liga, tres de copa y uno de Recopa en su época dorada. Casi un castigo del destino.



Clough se había caracterizado por un aire muy crítico con respecto al Leeds al que acusaba permanentemente desde la prensa de tramposo y violento centrando sus ataques en Don Revie que era una institución en Leeds y el entrenador más prestigioso de Inglaterra. En 1974 tras ganar la liga Revie recibió una oferta de entrenar a la selección inglesa que aceptó al instante. Contra todo pronóstico su sucesor en Ellan Road se trató de uno de los más enconados enemigos del estilo del Leeds que vio en su fichaje la oportunidad de obtener éxitos allí donde su legendario rival lo había ganado casi todo. La aventura de Clough era una insensatez destinada a fracasar desde el primer momento y sus choques con los jugadores insignia del equipo, la directiva y la afición no tardaron en producirse. El libro de David Peace retrata de forma autobiográfica eso 44 días que supusieron el más sonado traspié profesional de una leyenda de los banquillos. La película opta por un tono más comedido y cierto aire de comedia, aunque en la edición de DVD se pueden apreciar las escenas suprimidas que reflejan los aspectos más oscuros de una personalidad vanidosa a más no poder.
Lo curioso del caso es que aquel gran equipo vivió su canto del cisne al final de aquella temporada 74-75. Ya sin Clough en el banquillo consiguió llegar a la final del único título que le faltaba, la Copa de Europa en donde se topó con el gran dominador del fútbol europeo de aquella época y otro de los clubes más detestados de la historia: el triunfante y afortunado Bayer Munich que lideraba Franz Beckenbauer. Fiel a su tradición de aquellos años los bávaros jugaron mal y ganaron y como solía pasar por entonces (los equipos en vena de gracia suelen tenerlo todo a favor) los británicos se vieron espoliados por un árbitro que anuló un golazo de Peter Lorrimer y obvió un penalti de libro en el área germana. Ya nunca se repondrían de esa amarga derrota y terminarían por difuminarse progresivamente al alimón de la decadencia de sus grandes figuras.

Don Revie se estrellaría en la selección inglesa a la que no conseguiría clasificar para el Mundial de Argentina 78 y terminó entrenando en los Emiratos Arabes, tras acusaciones de fraude financiero y saltar a la luz que posiblemente estuvo implicado en la compra de algunos partidos, muy en la línea de su exitoso Leeds. Por su parte Brian Clough se rehabilitó con su espectaculares victorias en el Forest de finales de los 70 aunque su estrella se iría apagando en las décadas siguientes hasta caer, patéticamente, en el alcoholismo en los últimos años de su vida antes de su muerte en 2004. Una frase suya puede resumir su carácter “Dicen que Roma no se construyó en unas horas. Claro que no me encargaron a mí el trabajo”. Con Revie y Clough (que además eran de la misma ciudad, Middlesbrough) acabó toda una época del futbol.

sábado, 13 de agosto de 2011

NACHO SOLOZÁBAL: EL CEREBRO SECUNDARIO


Los grandes equipos siempre deben de sostenerse en los baluartes más sólidos, aquellos con los que uno siempre cuenta para las situaciones comprometidas. En la primera edad dorada de la sección de baloncesto del Barcelona, ese papel fue atribuido especialmente a la figura de Juan Antonio San Epifanio (“Epi”) el primer gran jugador de la glorioso década de los 80. Pero junto a él y casi siempre en un segundo plano, no menos importancia tuvo el base emblemático de aquellos años de primeros triunfos del Barca de baloncesto, se llamaba Nacho Solozábal y dejó en los aficionados ese señuelo que sólo los auténticos hombres de la casa pueden dejar.
La importancia de esos actores secundarios en los éxitos de un equipo puntero es siempre fácilmente demostrable- Hay que recordar el papel de Byron Scott en los grandes Lakers de los 80 o de Denish Johnson en los Celtics, así como de Joe Dumars en los Pistons o John Paxon en los Bulls. También el baloncesto español conoció de ese perfil tan necesario: Iturriaga en el Real Madrid, Jofresa en el mejor Juventud y el mismo Quique Villalobos en el Madrid de Petrovic el cual contó en la selección primero yugoslava y luego croata con un escudero más que acertado para sus escasos momentos de relajación: Cjeveticanin. Eran los encargados de suplir las carencias ocasionales de los líderes naturales. Aún cuando no tenían encomendada de forma explícita la función anotadora se las arreglaban casi siempre para acabar con guarismos destacados y de ellos siempre se tenía una cosa clara: casi siempre daban la cara en los momentos más comprometidos.
Cuando Solozábal aterrizó en el Barcelona el baloncesto distaba de ser una prioridad en una institución acostumbrada a recibir aún más palizas por parte de su rival capitalino que el propio equipo de fútbol. Pero en aquellos tempranos 80 un triplete mágico estaría encaminado a dar los primeros éxitos destacados a la sección y convencer a los dirigentes y aficionados que la misma no era prescindible, como en más de una ocasión se había planteado. Ese triplete lo componían los aleros Epi y Sibilio y el base Solozábal. A ellos se les unión un eficaz pívot de orígenes argentinos, Juan de la Cruz y unos americanos cada vez más destacados tales como el posterior NBA Jeff Ruland y los rocosos Marcelus Starcks y Mark Davis. Tales jugadores dominaron la Copa de España con una solvencia casi irrepetible a fecha de hoy: nada menos que seis títulos consecutivos de 1978 a 1983. Pero lo más importante fue, sin duda, la conquista de los primeros dos campeonatos de Liga en 1981 y 1983. Eran épocas de ligas regulares alejadas del formato del play-off que marcó en cambio generacional esencial. Casi nadie a lo largo de la historia había osado a asaltar el trono blanco en el basket español. Aquellos hombres estaban dispuestos a ello.
En Solozábal se reunían todas las condiciones del buen director de orquesta. Dotado técnicamente, con personalidad para el mando, poseedor de un buen tiro exterior (muchos de sus mejores momentos llegaron con la implantación de la línea de 6,25) y con una habilidad extraordinaria para desbordar a los rivales con entradas a canasta que terminaban en una elegante bandeja, uno de los rasgos más característicos de su juego. Además nadie pudo jamás reprocharle que no se pusiera el mono cuando la ocasión lo requería: en las finales de 1989 fue el encargado de secar a Petrovic en el quinto y decisivo partido de las series. Obvia decir que cumplió tan ingrato cometido con notable solvencia.
De su importancia en el devenir del baloncesto barcelonista puede destacrse una significativa circunstancia: durante más de diez años tuvo que competir por el puesto con algunos d elos mejores bases de esos años Joan Creus, Joaquin Costa, Gonzalo Seara y Jose Antonio Montero. Siempre terminaba acaparando la titularidad y los mayores minutos de juego. Aún más, se dijo que su salida en 1992 fue forzada por el entonces manager Aíto García Reneses, para permitir el pleno desarrollo profesional de Montero, que era el jugador mejor pagado de la plantilla. Con Solozábal en la misma se sabe quién acabaría jugando.
Fue precisamente la llegada al banquillo de Aito lo que dio el impulso definitivo al Braca para dominar el espectro del baloncesto nacional en la segunda mitad de los 80. La apuesta clara y decidida de la directiva por el baloncesto se manifestó en los fichajes de Andrés Jiménez, Joaquín Costa o el americano Audie Norris. Hasta la llegada del madrileño al banquillo el juego azulgrana había seguido unos cánones muy claros: labor de desgaste en los pivots para facilitar los tiros exteriores de Epi y Sibilio. Con Reneses en el banco hubo un mayor reparto de responsabilidades, una apuesta decidida por el juego colectivo. Y de ellos se benefició Solozábal.
Un partido señaló su punto álgido como jugador decisivo. Era la final de la Copa del Rey de 1988. Enfrente, el de casi siempre, que ganaba 83-81 a falta de 40 segundos. Una falta en ataque de Romay deja la última posesión a los catalanes. Todo el mundo piensa en Epi para un triple y quizá en un balón interior a Norris para forzar los prórroga. Nada de eso ocurre. Los azulgranas hacen circular sabiamente el balón hasta el punto de sorprender a Llorente, el encargado del marcaje del base contrario, el madridista intenta interceptar un balón sin éxito y llega a la esquina a Solozábal que fulmina a sus rivales con un triple sobre la bocina. Fin del partido 84-83 para el Barca.



Su historial lo dice todo: seis ligas, nueve copas, dos recopas y una Korack. Pero hubo una ausencia muy dolorosa en ese encomiable palmarés, y no es otra que la de la Copa de Europa. Y no se puede decir que no le faltaran oportunidades a esa gran generación; ya que se perdieron tres finales de la competición alguna de ellas muy recordada, como la primera de 1984, todavía con Antonio Serra en el banquillo y ante el Banco de Roma italiano al que se le llegó a dominar de 14 puntos para luego caer 79-74. Y las últimas ante el súper equipo por excelencia del baloncesto europeo de aquellos años: la Jugoplastika de Split de Toni Kukov y Dino Radja. Ni si quiera el aliarse con el enemigo dio resultado, ya que la contratación del técnico Bozidar Maljkovic, cerebro de la bestia negra azulgrana, terminó como el rosario de la aurora. Las decepciones continuaron en los años sucesivos: alguien dijo que no se sabía si les sobraba arrogancia o les faltaba confianza. Hasta el año 2003 y tras nunerosos asaltos fallidos no se superó el trauma.
Aunque faltó esa guinda su trayectoria siempre estuvo ahí: no conoció otro equipo que el Barca además, claro está, de la selección española que defendió en 142 ocasiones. Sin duda alguna fue de los muy, muy grandes.

lunes, 1 de agosto de 2011

CARLOS SANTILLANA: EL PUMA DEL ÁREA


En los altares del madridismo se sitúan un buen puñado de los mejores jugadores de la historia del fútbol. Hay pocos que superen a Santillana en méritos. Eso deja a las claras la importancia de este cántabro en el devenir de los blancos en sus casi diecisiete años en el primer equipo. Casi un record apenas superado por Gento o Sanchís.
Fue el máximo estandarte de dos décadas del Real Madrid. Y no es fácil situarse en la élite durante periodo de tiempo tan prolongado. Conoció de tres generaciones de equipos: llegó con los Grosso, Amancio o Zoco, se consolidó con los Stilike, Juanito, García Remón o Camacho y se retiró en medio de la explosión de Butragueño, Michel o Sanchis, En todos esos combinados tuvo un papel relevante fue un goleador decisivo y acaso se convirtió en el rematador de cabeza más importante de la historia del fútbol español. No era un dechado de virtudes técnicas pero su fe y entrega así como el olfato de gol inherente a todo delantero que se precie de serlo le granjeó una leyenda que todavía se recuerda.
Sus duelos con centrales aguerridos marcaron no pocos encuentros de máxima rivalidad de aquellos años. Especialmente contra tres de ellos mantuvo épicas batallas saldadas en no pocas ocasiones con victoria del merengue: el barcelonista Migueli, el rojiblanco Arteche y el bilbaíno Goikoechea. Era épocas dadas a los duelos en la alta sierra en el área. El marcaje en zona era poco corriente, los delanteros no sobresalían por su técnica y sí por su potencia y la idea de un defensa poco duro y buen manejador de la pelota no estaba muy extendida. La consecuencia era un fútbol duro y de contacto que dejaba a la capacidad de desmarque y al remate de cabeza muchas de las opciones de gol de aquel entonces.
En la selección española no vivió grandes momentos, más bien fueron casi todos amargos. La maldición que perseguía a la roja le llevó a formar parte de dos desastres sonados de la selección: los Mundiales de Argentina 78 y España 82. No obstante estuvo en el combinado nacional que alcanzó la final de la Eurocopa de 1984, enfrente la Francia de Platini, la gran favorita a la que se plantó cara y sólo se cedió ante una falta inexistente y una cantada del gran Arconada, que pasaría a la historia por esa pifia cuando sus intervenciones previas habían llevado a España a la final. Paradojas del fútbol. Con carácter previo a esa fase final Santillana había sido uno de los grandes protagonistas de una noche histórica del nuestro fútbol. Aquella en la que se le metieron doce goles a Malta, milagro en el que nadie creía y que inició un idilio con la ciudad de Sevilla. El madridista hizo nada menos que cuatro, como también los hizo Rincón que unidos a los dos de Maceda y el decisivo de Señor llevaron a la locura a las gradas y a todo el país.
Pero también destacó en el ámbito internacional y a nivel de clubes. Vivió la frustración de no conquistar la Copa de Europa aunque estuvo muy cerca de hacerlo en 1981 en la final de París ante el grande europeo de aquellos años, el Liverpool de Bob Paisley. No era uno de los grandes equipos del Madrid, sino el denominado “clan de los Garcías” mediante el que se denominaba jocosamente a los jugadores con ese apellido que componían la columna vertebral del equipo: García Remón, García Hernández, García Cortés, Pérez García, García Navajas. Tras un mal encuentro un gol de Alan Kennedy dio el triunfo a los Reds. Fue la gran decepción de su carrera, a la que hubo de unir una nueva derrota ante un conjunto de las islas en la final de la recopa del 83, en esta ocasión ante los escoses del Aberdeen. Por cierto que quien entrenaba a aqué equipo era un tal Alex Ferghuson.



Pero si saboreó la gloria en la Copa de la U.E.F.A y con una participación significativa ya en la recta final de su carrera. Y uno de los grandes de Europa se convirtió en su víctima favorita, el Inter de Milán. Hasta en cuatro ocasiones eliminaron los blancos a los interistas y en todas y cada una de ellas tuvo una participación decisiva el ariete cántabro. No en vano fue justamente catalogado como la “bestia negra” de los trasalpinos que contaban con defensas solventes como el inagotable Bergomi, pero siempre cometían el mismo error ante los blancos: ceñirlo todo a la eficacia de su "catenaccio". Pero si la vuelta era en Chamartín todo el mundo sabía la historia: la eliminatoria se resolvería con goles de Santillana. Así fue en la Copa de Europa del 81, en la Recopa del 83 y en las semifinales de la U.E.F.A del 85 y el 86. En estas dos últimas la historia se repitió de forma milimétrica, victoria italiana por 2-0 y 3-1 en San Siro y remontada blanca 3-0 y 5-1 en el Bernabéu. En ambas ocasiones con dos goles de Santillana. Una imagen resume de forma precisa estos duelos. Prórroga de la eliminatoria del 86, con la eliminatoria igualada, córner a favor del Madrid, el delantero blanco se eleva y empalma un testarazo que se convierte en el el gol decisivo del encuentro. El locutor José Ángel de la Casa lo manifiesta de esta forma “Faltaba el gol de Santillana. Como en todos los Madrid-Inter”. De hecho aún marcaría otro más. Su nombre quedó asociado a grandes remontadas en el coliseo blanco. A las gestas ante el Inter hay que unirle dos mas separadas nada menos que por diez años: ante el derby County en el 75 y el Borussia de Monchengladbad en el 85 y en las dos marcó los goles decisivos.Con él siempre se podía contar.

PAULO FUTRE: EL IDOLO DEL GILISMO


Si el destino de las personas está más o escrito de forma inexorable el de Paulo Futre se teñía de rojo y blanco desde el verano de 1985 cuando con apenas 19 años y siendo un gran desconocido estuvo a punto de fichar por el equipo que por aquel entonces presidía aún Vicente Calderón.
Sorprendió el interés del club madrileño por un casi juvenil sin apenas recorrido, pero apenas año y medio después todo el mundo entendió el motivo. Y no en un escenario cualquiera; nada menos que en la final de Copa de Europa entre su equipo, el Oporto, y el poderoso Bayer de Múnich. Con ventaja mínima de los bávaros el joven extremo cogió la pelota en banda y mediante paredes y regates imposibles realizó la jugada del partido que, aunque no tuvo el premio del gol, se convirtió en el momento cumbre de la gran final junto con el gol de tacón de Madjer, que dio la sorprendente victoria a los portugueses que dieron la vuelta al partido.
Toda Europa se lanzó a la captura del nuevo astro, pero fue un candidato a la poltrona colchonera el que llevó el gato al agua. Su nombre era Jesús Gil y Gil y con el fichaje del portugués empezó su carrera de golpes de efecto en el mundo del fútbol .Su presentación tuvo no poco de estridente, muy en la línea del personaje: en la discoteca Jácara, cumbre de la movida madrileña, un día antes de las elecciones que, por descontado dieron la victoria al de Burgo de Osma.
Futre lideró un equipo que se dijo destinado ganarlo todo y que comenzó pronto un reguero de decepciones. En realidad el Atlético de aquello años carecía de potencial para grandes logros, pero la era de los vendedores de humo había empezado y el futuro alcalde de Marbella era un maestro consumado en el tema. Los denominados “proyectos” se sucedían sin éxitos destacables pero dejando tras de sí un buen puñado de jugadores de medio pelo y entrenadores devorados por los nuevos aires del fútbol en los que los excéntricos dominaban las poltronas. Entre tanto desbarajuste el portugués vio frenada su progresión como ídolo del fútbol europeo, pero al mismo tiempo se convertía en referente deportivo y emocional del club tan peculiar como el rojiblanco. En su juego también se percibía una tendencia natural al exceso: su melena al viento, la explosiva velocidad, el regate que dejaba sentado a los rivales, su tendencia teatral en el área, así como sus protestas encrespadas daban a su presencia en el campo una expectación que le hacía destacar aún en sus peores partidos.
Como todo gran jugador de la historia del Atlético su hábitat natural fue el juego de contragolpe en el que conseguía sacar el máximo rendimiento a su velocidad y técnica depurada. Más dificultades mostraba en el ataque estático, en todo supuesto en el que su equipo debía llevar la iniciativa ante defensas cerradas. Tampoco ayudaba mucho la inestabilidad deportiva de su equipo. Una media de tres entrenadores por año no es el mejor modo de consolidarse en la élite. Incluso la cosa no dejaba de tener su gracia: en la temporada 89-90 con Javier Clemente de entrenador, las ambiciones máximas del equipo se articularon mediante cuatro fichajes de jornaleros esforzados tan impecables profesionales como limitados peloteros: Bustingorri, Abadía, Ferreira y Pizo Gómez. Y el caso es que el equipo iba segundo cunado Clemente fue cesado, otra cosa era el juego claro.
Sin embrago el tiempo traería al portugués un par de éxitos en la Copa del Rey, en especial con la ayuda del gran centrocampista alemán, repudiado por el Real Madrid, Bern Shuster que permitió las gotas de calidad necesarias en el centro del campo para impulsar las cualidades del astro de Montijo. Fue, de hecho, en la temporada 91-92, con Luis Aragonés en el banquillo, cuando completó su mejor año en España, hasta punto de ser con diferencia el mejor jugador de aquel ejercicio.
En Futre se daba además una característica hoy en día postrada en los mejores jugadores del conjunto atlético: se trataba de un jugador de grandes ocasiones. No eran pocos los partidos en los que pasaba más bien desapercibido, como si la cosa no fuera con él, fruto de la desesperación de no jugar en uno de los grandes, pero cuando enfrente tenía al Barcelona o, sobre todo al Real Madrid, su motivación subía a unos niveles que le hacían dar lo mejor de sí mismo. Dos encuentros marcan su trayectoria ante los blancos. El primero el 3 de diciembre de 1988, en el Bernabéu, tras una exhibición de juego vio cómo su equipo perdía el partido en el descuento después de unas marrullerías de Buyo que la televisión logró captar de forma sorprendente. El guardameta simuló una agresión de Orejuela y entro con alevosía a Manolo sin ser expulsado. Desde entonces el portugués le juró odio deportivo eterno y el tiempo le otorgó la mejor revancha posible. Era el 27 de junio del 92, el año glorioso de Futre, el escenario era de nuevo Chamartín y enfrente los dos colosos madrileños cuando todavía ese duelo estaba salpicado por la rivalidad deportiva más enconada. En los 90 minutos de juego una figura sobresalió de forma espectacular, y no fue otra que la de Futre. Dejó en evidencia a un marcador tan solvente como Chendo al que superó una y otra vez y se convirtió en el jugador decisivo del partido. A los seis minutos un magistral libre directo de Schuster abría el marcador para los de Luis y en minuto veintisiete contra de los rojiblancos, Manolo ve a Futre desmarcado y le manda un balón medido al que llegar casi al mismo tiempo el portugués y su marcador eterno ambos entablan una carrea en el lado izquierdo del área, y el marcaje de Chendo parece cerrar todo ángulo de disparo, pero de repente Futre mete un zapatazo en carrera a la pelota, esta sale disparada y se cuela por toda la escuadra de Buyo, es el 2-0 definitivo y entusiasmado le dice a su oponente “Toma Buyo, toma……”



Como los de la ribera del Manzanares no se caracterizan por dar estabilidad a sus éxitos en el ejercicio siguiente los problemas se agudizan. Futre se enfrente a Luis Aragonés y no resulta económicamente viable mantenerlo en el equipo. Pide ser traspasado y así se hace, a cambio de unos 650 millones de pesetas se va al Benfica. Como tantos ídolos colchoneros no acaba su carrera en el club que les vio triunfar. Pero entonces empieza su calvario con las lesiones. Su rodilla le falla constantemente y le hace perder su gran baza, la punta de velocidad. Emprende un itinerario por diversos países y equipos, primero Francia en el Olympique de Marsella, luego Italia en el modesto Reggina. Una y otra vez suena su posible vuelta al Manzanares al alimón de los fracasos del Atlético siempre su nombre suena como remedio mágico para los males del equipo. Incluso en plena crisis de resultados en la época de Benito Floro, Ramón Mendoza pretende su fichaje para el Real Madrid. Una clausula anti- real de su traspaso al Benfica lo impide. En 1995 recala nada menos que el Milán de Fabio Capello, siempre atento a veteranos del futbol, europeo para que aporten su experiencia al combinado milanista, entonces dueño de Europa. Su maltrecha pierna le impide jugar en casi todo el año y tras un breve paso por el West Ham inglés, decide retirarse. Para ello acude al Calderón, en donde es homenajeado antes de un derby ante el Real Madrid. Su figura sigue marcando a toda una generación de atléticos. Fue sin duda, de los extranjeros que más calaron en la historia de nuestro fútbol. Su éxito en España abrió la vía para los grandes futbolistas portugueses de los siguientes años: Rui Costa, Figo, Deco y hasta Cristano Ronaldo. Después de Futre fue todo más sencillo.

lunes, 25 de julio de 2011

MICHAEL JORDAN: EL MEJOR


Si los tópicos más o menos manidos del mundo del deporte señalan que para ser campeón se necesita un equipo cohesionado y sólido que se anteponga a las individualidades, no cabe la menor duda que el disponer de una super- estrella te garantiza un camino más corto para el éxito.
Un jugador creado en la Universidad de North Carolina, de hecho, consiguió hacer de un equipo mediocre y sin historia, probablemente la mejor escuadra de baloncesto de todos los tiempos. Su nombre era Michael Jordan y puede decirse sin temor a equivocarse que se ha tratado pura y simplemente del mejor.
Alcanzar tal condición en el deporte que vió a Magic Johnson, Larry Bird, Julius Erving, Moses Malone, Oscar Robertson, Wilt Chamberlain, Bill Rusell, Akeem Olajuwon o Kobey Bryant por sólo citar unos cuantos nos deja bien claro el grado mítico que Jordan ha alcanzado. Si bien es cierto que Bird y Magic engrandecieron la NBA, Jordan la convirtió en un espectáculo universal, la extendió a todo el mundo como sinónimo de fantasía casi comparable a Hollywood, con él en la cancha nada era imposible.
Su propia dimensión mediática fue un referente luego copiado por otros deportes, en especial el fútbol. Su contrato con Nike, a mediados de los años 80 consiguió algo inédito en la historia del deporte: que una atleta salvase de la quiebra a una firma deportiva y la hiciera encaramarse a los primeros puestos del ranking de ventas. Jordan representaba un concepto del juego inédito hasta la fecha: existían excelentes tiradores, magníficos defensores, bases capaces de marcar el tiempo del partido, atletas capaces de conseguir los mates más inverosímiles y hasta feroces rebotadores; pero lo que nunca se había visto es a un jugador que reuniera todas esas condiciones. Él tiraba, saltaba, defendía, corría el contraataque, conseguía las más espectaculares canastas jamás vistas y además era extremadamente competitivo.
Con él la NBA abrió fronteras de forma definitiva. Su imagen se concentraba en todas las tiendas de deportes del mundo, de Nueva York a Tokio, de Nuevo México a Berlín, de Paris a Hong-Kong. Fue un símbolo deportivo americano equiparable a Carl Lewis o John MacEnroe. Su legado no conoce parangón como deportista convertido en símbolo mundial, espejo de futuras generaciones y cuyas hazañas cualquier aficionado al baloncesto gusta de disfrutar una y otra vez
Su palmarés simplemente asusta por triunfos individuales y colectivos: seis anillos de campeón con los Chicago Bulls, seis MVP de todas y cada una de esas finales, cinco MVP al mejor jugador del año, diez veces máximo anotador de la liga, diez veces en el mejor quinteto de la temporada y tres veces líder en robos de balón. ¿Alguien da más?. Su leyenda se cimentaba cada año, temporada tras temporada parecía desafiar al sentido común con más y mejores records. Incluso se permitió el lujo de una boutade sin que apenas afectara nada a su rendimiento posterior: en 1993, tras ganar su tercer anillo seguido decidió retirarse para jugar al beisbol. Su aventura en el nuevo deporte no pasó de discreta (nadie es perfecto) y en 1995 volvió a los Chicago Bulls, su equipo de siempre, en el que volvió a liderar al combinado de Illinois a tres campeonatos consecutivos, esta vez con un equipo si cabe aún más poderoso que el del primer triplete.
Sus éxitos individuales fueron paralelos a su aterrizaje en la NBA. Desde el comienzo destacó como anotador insaciable y más en un equipo de escaso rango como eran los Bulls de entonces. En una noche de playoff silenció al Boston Garden con un record de 63 puntos, y Larry Bird declaró que había jugado como el mismísimo Dios. No obstante los Bulls perdieron ese partido. También empezó a convertirse en sinónimo de espectáculo y belleza suma en el jugo: todos esperaban su presencia para disfrutar de las jugadas más gozosas que nunca se había visto.
Más costosos fueron sus éxitos colectivos. La construcción del gran equipo de los 90 tuvo un camino arduo y comenzó a labrase con el ascenso del entrenador asistente Phill Jackson al puesto de principal en la temporada 89-90- Ya entonces avisaron: llegaron a las finales de la Conferencia este y forzaron siete encuentros a los Pistons de Detroit entonces dominadores incontestables de la Liga. La rivalidad con los de Michigan marcó los primeros cinco años del astro: no en vano no dudaban de acudir a cualquier método legal o ilegal para detenerle y en tres eliminatorias seguidas lo consiguieron, pero la era de los triunfos estaba aún por llegar.
La consolidación del bloque vino dado por la presencia de secundarios solventes que completaban la magia de su estrella: el base-tirador John Paxon, el versátil Horace Grant, un rocoso y veterano center Bill Cartwright y sobre todos ellos el complemento ideal para Jordan, todo un All-Star llamado Scottie Pippen. A esos nombres en el segundo trienio glorioso les sustituyeron otros de no menos relevancia: Ron Harper un veterano que consiguió culminar su carrera de manero gloriosa, Tony Kukov el mejor jugador europeo hasta entonces conocido y el inimitable camorrista Dennis Rodman, amén de los eternos Jordan y Pippen.
Es posible que ningún otro jugador de ningún deporte colectivo haya dominado tanto los encuentros como lo hacía Michael Jordan. El mundo del fútbol conoció de un caso similar en el Mundial de 1986 cuando un Digo Maradona en el esplendor de su carrera llevó casi solito a la conquista del campeonato del mundo a una mediocre selección argentina. Da la impresión que hubiese hecho campeón a cualquier franquicia del campeonato, algo no completamente justo, ya que ,como hemos señalado, sus acompañantes hubiesen sido quizá grande estrellas en cualquier otro equipo, si no hubiesen sido eclipsados por la estela del gran líder. Pero el mundo de la canasta tuvo en Jordan a un seguro de competitividad inigualable. Siempre se sabía que iba a robar un balón decisivo, a realizar una canasta imposible en los momentos más duros y a minar a sus rivales ante la imposibilidad de detenerle. Pat Riley, mítico entrenador de los grandes Lakers y que posteriormente sufrió en sus carnes las masacres de Jordan siendo director técnico de Nueva York y Miami llegó a declarar que no creía que nadie fuese capaz de ganarle un anillo a Chicago mientras Jordan continuase. No se equivocó. Su número de víctimas en aquellos años llegó a considerarse como un ejemplo pocas veces repetido de dictadura deportiva. Casi comparable a los triunfos de un dominador del tenis, el golf o el ciclismo.
El número de partidos decididos por nuestra estrella es agotador, casi tanto como su currículo antes expuesto, Pero de entre todos ellos destaca uno con luz propia. 1998 finales de la NBA frente a Utah, liderada por su binomio mágico John Stckton- Karl Malone, en su infructuosa búsqueda del anillo. Sexto partido en Sant Lake City, ganaban los Jazz 86-83 con balón en posesión. Roba Jordan que encesta y pone a su equipo a un punto, pero con posesión para Utah. El balón llega a Malone, que sólo tiene que protegerlo para dejar que el tiempo se consuma o forzar una falta. Pero una mano imposible le roba el balón. ¿De quién?. No podía ser de otro que de Jordan. El mítico escolta aguanta la pelota la bota insistentemente una y otra vez ante un público asustado: saben lo que va a ocurrir y de hecho se cumple con precisión. Paso atrás del escolta, que se deshace de su defensor y con una suspensión admirable tira a canasta robotando en el aro y encestando. 86-87, fin del partido, de las series y sexto anillo para los Bulls y para Jordan. No podía ser de otra forma.


lunes, 11 de julio de 2011

LA PRIMERA EDAD DE ORO DEL BALONCESTO ESPAÑOL


Como en la mayoría de las historias el esplendor del baloncesto hispano, un eslabón más en la edad de oro del deporte de nuestro pais, tiene un comienzo de fácilmente localizable. Se pude señalar los Mundiales de Cali en 1982 como punto de arranque del impacto social y deportivo de un deporte, el de la canasta, que no había pasado de minoritario aun cuando la sección de Baloncesto del Real Madrid había dominado Europa en no pocas ocasiones.
No eran tiempos muy boyantes para los deportistas españoles. Apenas los éxitos de Severiano Ballesteros otorgaban cierto prestigio a nivel internacional y en cuanto a juegos de equipos el panorama era aún más sombrío. España vivía sus primeros años de democracia pero de ella se tenía aún una visión más bien folclórica y anacrónica que se manifestaba hasta en imágenes cinematográficas tales como las “Sólo para tus ojos” el James Bond de 1981 en el que se identificaba la sierra madrileña con una aldea mexicana. Todavía quedaban lejos el Mercado Común Europeo y la consagración definitiva en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992.
Pero en aquel Mundial de Baloncesto del verano del 82, aun cuando no se consiguió medalla al quedar cuartos clasificados, los aficionados tuvieron la sensación de presenciar a un equipo, la selección española de baloncesto, que competía al más alto nivel con potencias como Estados Unidos (al que se le ganó) o Yugoslavia. Un año más tarde, en el europeo de Nantes, llegó su consagración definitiva cuando se plantó en la final del mismo derrotando a la mismísima U.R.S.S en la final, algo impensable para la mayoría dado el potencial soviético por aquel entonces. No se pudo conquistar el oro puesto que se perdió la final ante la Italia de Brunamonti, Riva o Materazzi que ejerció de bestia negra por aquellos años, pero el paso decisivo ya estaba dado.
Entrenaba a España un seleccionador que adquirió la categoría de eterno; nada menos que veintisiete años se mantuvo al frente de lo que él denominó el “equipo nacional”, un record mundial todavía no superado en ninguna especialidad deportiva. Antonio- Díaz Miguel dotó al equipo de un aire personalísimo y hasta familiar, cuestión que a la larga planteó no pocos problemas. Sin embargo, nadie le puede quitar el mérito de crear una escuadra que se codeó con los mejores gracias a unos conceptos muy bien asumidos: una defensa agresiva que derivaba en robos de balón y fulgurantes salidas al contraataque. Eran años en los que la inferioridad física española respecto de sus grandes rivales era evidente y la velocidad era el mecanismo que compensaba otras carencias.



Los integrantes de aquel combinado fueron la primera generación de oro del baloncesto español. La mayoría nacidos en 1959 era un grupo que destacaba por su calidad técnica y un notorio espíritu competitivo y de sacrificio. En la dirección se encontraba el gran Juan Corbalán, quizá el `paradigma de director de orquestra y de líder dentro y fuera del campo. Sus recambio no eran menos solventes; Nacho Solozábal representante del mejor Barcelona y Joan Creus, un base más que notable. Los aleros tenían dos estiletes destacados Epi, acaso el jugador español más carismático de su tiempo, infatigable anotador y especialmente dotado para los finales apretados y Juanma Iturriaga, posiblemente el mejor intérprete del contraataque de su tiempo, algo clave para el estilo de juego de la selección. Asimismo, dos jóvenes jugadores dieron el impulso definitivo al combinado nacional para situarse en lo más alto: Fernando Martín y Andrés Jiménez. Con ellos se consiguió ese plus de calidad bajo los aros esencial para luchar contra equipos que contaban con jugadores interiores más fuertes y altos. Jiménez otorgaba una polivalencia inusual para un jugador alto y Martín la fuerza y el talento en el aspecto anotador y reboteador.
A estos mimbres esenciales se le unían otros componentes no tan decisivos pero extraordinarios como complementos. El enorme pívot Fernando Romay suponía la intimidación defensiva necesaria, mientras que el flexible Fernando Arcega era cobertura de plenas garantías para los hombres altos, así como el bregador pívot hispano-argentino Juan de la Cruz. También se contaba con el alero de quizá más talento natural de su época: el dominicano nacionalizado Chicho Sibilio, pero su intermitente carácter así como su poca disposición al trabajo defensivo hicieron que su historia con la selección española no acabara de cuajar lo que hubiera sido deseable.Y para cubrir sus ausencias ahí estaba el "matraco" Margall un prodigio de técnica tiradora decisivo en no pocos compromisos.
Tras el éxito de Nantes España asumió lo que sería el campeonato de su consagración: los Juegos Olímpicos de Los Ángeles de 1984. A ellos se acudió con esperanzas más que fundadas de obtener metal puesto que la gran potencia europea, los soviéticos, habían boicoteado los mismos al ausentarse. El metal dorado tenía ya dueño ya que los Estados Unidos formaron una escuadra en la que sobresalían futuras leyendas de la NBA como Pat Ewing o el mismísimo Michael Jordan. El objetivo realista para cualquier otra selección era la plata. Y ese fue el premio que se trajeron los españoles.
Hoy en día resulta difícil explicar el impacto de aquel éxito cuando las medallas son el resultado habitual de la excelente selección de nuestros días, los triunfos de Nadal o Contador son rutinarios y nuestro fútbol domina el concierto internacional de forma excelsa. Pero en aquel 1984, las Olimpiadas apenas suponían cuatro o cinco medallas y el triunfo de un equipo español en el concierto internacional era tan extraño que aquellas madrugadas que engancharon a los espectadores supusieron la consagración definitiva de un deporte que vivió un boom inolvidable en la segunda mitad de los años 80. Cuando se derrotó a Yugoslavia en las semifinales se puede decir que ninguna otra selección de cualquier categoría había hecho vibrar de esa forma al aficionado español.
El final de este relato no estuvo exento de amargura. Desde ese triunfo el equipo comandado por Díaz- Miguel fue encadenando sucesivas decepciones que desembocaron en el desastre de Barcelona 92; un exótico equipo angoleño destrozó a España por nada menos que 20 puntos de diferencia. Eran épocas en las que se discutía la presencia de un tercer americano en los equipos de la ACB. Los jugadores de la selección amenazaron con un plante antes de empezar a entrenar. La venganza del público fue tal cruel como ingeniosa, una pancarta proclamaba “sí al tercer angoleño”. El seleccionador inagotable tuvo una salida en falso pero el tiempo curó su imagen; su sucesor, el prestigioso Lolo Sainz, apenas mejoró los resultados en los siguientes años.
En cualquier caso lo importante de cualquier obra es su legado. Esa primera generación de oro dejó como herencia una afición por el basket que empezó a cuajar entre los jóvenes. Y en aquellos años los Gasol, Carbajosa o Navarro daban sus primeros pasos en la vida. Los pioneros siempre son recordados

domingo, 10 de julio de 2011

ESA ETERNA PROMESA LLAMADA F.C BARCELONA


Como pasa con la selección española de futbol parece que los éxitos deportivos del Barca han sido eternos; la proliferación de triunfos de los últimos años han hecho a la entidad catalana un referente del mundo del fútbol. Su estilo merece la admiración hasta de sus más enconados rivales: no sólo sus resultados sino también se pone como ejemplo su forma de juego y aún las raíces de sus triunfos, la consagración de un modelo de cantera que ha proveído nada menos que siete jugadores en la alineación titular y que ha servido de base a la mismísima selección española campeona de Europa y del Mundo en fechas recientes.
Los aficionados con más memoria sin embrago tiene en mente épocas muy distintas. Aquellas en las que el Barcelona era la eterna promesa que no cuajaba y tenía tras de sí una dudosa mística de equipo perdedor. En realidad ese calvario se extendió durante tres décadas: de 1960 a 1990 sólo dos títulos de Liga poblaron las vitrinas del Camp Nou y por supuesto la Copa de Europa pertenecía al mundo de la utopía. Por el contrario su gran rival capitalino acumulaba nada menos que diecinueve Ligas españolas y seis Copas de Europa. Aún peor; en ese mismo periodo el Atlético de Madrid ganaba cuatro ligas y la Real Sociedad y el Bilbao otras dos, las mismas que lo culés con un matiz importante, todos esos equipos contaban con unos medios económicos y sociales sustancialmente inferiores a los azulgranas.
La llegada de Di Stéfano, cuyo fichaje habían peleado Madrid y Barca, fue el desencadenante de tan extenso periodo de decepciones, ya que los triunfos del club de Concha Espina caían como una losa en Barcelona, atrás quedaron los grandes éxitos de Kubala, César, Basora y compañía. Por el flamante y moderno Camp Nou, inaugurado en 1957, pasaban docenas de buenos futbolistas que no conseguían lograr triunfos resaltables con alguna que otra excepción. Con el fichaje de Johan Cruyff en 1973 pareció suponer un giro a la situación establecida: en la temporada 73-74, la primera del astro holandés, se consiguió ganar la liga después de nada menos que catorce años y se humilló al Real Madrid por 0-5 en su estadio. Pero fue solo un espejismo, las siguientes tres temporadas concluyeron sin título alguno y el desfile de entrenadores y jugadores de prestigio no hacía sino incrementarse.
Por aquellos años y hasta la década de los 90 una total ausencia de idiosincrasia atenuaba las posibilidades azulgranas. El círculo es de todos conocido y se ha repetido en numerosas ocasiones en no pocas entidades: los malos resultados incitan la ansiedad, se agota pronto la paciencia, se cesan entrenadores y se cambian jugadores sin que dé tiempo a consolidar un equipo sólido; una presión externa más que considerable de aficionados y prensa, que quería éxitos antes de empezar la temporada, no ayudaba a mejorar la situación. César Luis Menotti, técnico argentino campeón del Mundo en 1978, y entrenador del Barca del periodo 1982-1984 diagnosticó de forma certera la situación del club que se encontró: “Al Barca le apremian las urgencias históricas” . Para empeorar las cosas la entidad fue utilizada como símbolo de la resistencia de la identidad catalana frente a la tiranía de Madrid, que favorecía a la entidad del régimen con arbitrajes favorables. El mensaje caló tanto en una afición acostumbrada a las decepciones que todos terminaron creyéndoselo. Y el victimismo no suele ser buena terapia frente al fracaso
La llegada del constructor de origen vasco José Luis Núñez a la presidencia a finales de los 70 abrió nuevos horizontes de esperanza. Núñez pensaba a lo grande y eso implicaba fichar a los mejores gracias a un concepto empresarial de un club de fútbol muy adelantado para su época. El talonario empezó a funcionar y rumbo hacia el Camp Nou empezaron a desfilar estrellas del copete de Krank, Simonsen, Shuster o el mismísimo Diego Armando Maradona. Tampoco el mercado español se resistía al poderío económico blaugrana: Alexanco, Urruti, Marcos, Julio Alberto, Perico Alonso o Quini. Grandes figuras entrenadas por entrenadores de alto copete como Helenio Herrera, Udo Lakett o el propio Menotti no acababan de encontrar la forma de ensamblarse para dominar el futbol español como les correspondía por plantilla. El “ Aquest any si” como mensaje de esperanza insertado en el inconsciente colectivo de toda una afición terminó por ser una bufa nacional que representaba la impotencia azulgrana para ganar la Liga.Para colmo de males la presencia del mejor jugador del mundo concluyó con un espectáculo bochornoso de agresiones y malos modos en la final de Copa del Rey del 84 ante el Bilbao de Clemente.
No faltaban algunos éxitos propios de la calidad de los planteles, en especial de la Copa del Rey y la Recopa competiciones en las que se convirtió en hegemónico, así como de trofeos menores de corta existencia como la Copa de la Liga o novedosos sin mucho arraigo como la Supercopa de España, incluso en 1985 con un desconocido entrenador inglés al frente, Terry Venables, y ya sin Maradona en el equipo, si ganó la Liga con autoridad. Pero la irrupción de la “Quinta del Buitre” en el escenario balompédico nacional volvió a postergar a los culés que vieron como s eles escapaba de las manos una Copa de Europa con todo a su favor, como había pasado con tantas ligas. Era la final de 1986, el estadio Sánchez Pijuán de Sevilla y enfrente un meritorio pero menor conjunto rumano; el Steaua de Bucarest, la final parecía a punto de caramelo para los intereses azulgranas. Por fin el más preciado título continental iba a caer de su parte. Pero el sueño se tornó en una pesadilla: tras un mal partido que concluyó con empate a cero los rumanos ganaron en la tanda de penaltis en la que los favoritos no lograron marcar ninguno de los lanzamientos desde los 11 metros, hecho casi inédito en cualquier final. Aquella derrota causó un trauma de tales dimensiones que en los dos siguientes años el club se convirtió en un polvorín que concluyo en una rebelión a bordo de los jugadores contra la junta directiva denominado “el motín del Hesperia” en el que llegaban a solicitar la dimisión en bloque de la junta directiva.



Tras esta debacle deportiva y social Núñez buscó la catarsis en la figura de Cruyff ,ahora como entrenador, tras sus éxitos iniciales en el Ajax de sus amores. Ante su estado de desesperación el mandatario no tuvo más remedio que dar plenos poderes en la parcela deportiva al nuevo e innovador técnico que pasó por malos momentos en sus dos primeros años. Es más, tanto Luis Aragonés como Menotti estuvieron esperando la última llamada para sustituir al holandés que empezaba a ser considerado como un lunático por su empeño en jugar con apena tres defensas cuando todos poblaban esa zona del campo. Su reválida se jugó en Valencia, en la final de Copa ante el Madrid, el último tren para salvar el año. Ganó el Barca y se salvó Cruyff. Pudo imponer de forma definitiva su concepto de juego y de entidad, y al año siguiente empezó una época inolvidable que hoy goza de su máximo explendor. De 1991 a 2011, once Ligas, cuatro Champions y un estilo futbolístico que ha dejado huella en los aficionados. Casi produce risa pensar que en una época no muy lejana el Barca era sinónimo de ansiedad y frustración.Aún más; gran parte de sus penurias de tiempos pasados hoy las padece su eterno enemigo.