martes, 30 de agosto de 2011

JAVIER CLEMENTE: EL POLEMISTA INFATIGABLE


La relevancia mediática que las salidas de tono de José Mourinho tienen no son ni mucho menos una novedad en el fútbol español.
Aunque el protagonismo casi siempre ha correspondido a los jugadores no han sido pocos los entrenadores que se han caracterizado por darle al juego, o mejor dicho a todo lo que no sea el juego, una relevancia destinada a atraer la atención por encima de las propias estrellas del evento. En ellos siempre ha flotado un aire populista, capaz de captar con la grada y tocar la fibra sensible de los aficionados, en no pocas ocasiones ha conseguido que sus batallas personales sean tomadas como una cuestión de orgullo para el seguidor, incapaz de distinguir el afán de vedetismo de la defensa de la causa de unos colores. Suelen ser, también, técnicos con una acusada personalidad futbolística, con un ideario que llevan hasta las últimas consecuencias por encima de todas las críticas, y de facto, estas últimas suelen actuar como indudable aliciente de cara a ratificarse en sus convicciones. También destaca en ellos el que cuenten con seguidores incondicionales y enemigos acérrimos en el mundo periodístico, creando un debate sin solución posible pero que incrementa el morbo de los aficionados.
Quizá nadie ha seguido ese perfil de forma más precisa en la historia del fútbol español que Javier Clemente, el auténtico Dios de la discordia de los años 80-90. Su historia partía de una desgracia personal en gran medida explicativa de su trayectoria posterior: un gris día de 1969 sufrió una grave lesión que supuso su retirada de los terrenos de juego de forma prematura con apenas 19 años y que echó al traste con la carrera de una de las más sólidas promesas de la cantera bilbaína. No es extraño que la amargura de tal acontecimiento dejara en él un poso de rebeldía y enfado con el mundo que se transmitió en una permanente búsqueda de la polémica y en una obsesiva defensa del juego defensivo y físico frente al ofensivo y creativo. Precisamente él, un jugador frustrado que de acuerdo con las crónicas ostentaba una exquisita técnica, optó siempre por el músculo y la potencia física entablando una lucha sin cuartel frente a todos los que representaban la tendencia más estética del fútbol: de Sarabia a Baltazar, de Lauridsen a Míchel pasando por Fran, parecía que su ideario requería la defensa a ultranza de la antítesis del estilismo; sus puntales y fieles seguidores siempre fueron Goikoechea, Lizeranzu, Pizo Gómez, Alkorta, Julio Salinas o Zubizarreta. Como toda persona dotada para el liderazgo (y Clemente lo era con independencia del sentido del mismo) logaba una fidelidad a prueba de bomba de sus defendidos y con ellos no hacía sino aumentar la hostilidad de sus enemigos.
En cualquier caso, tal trayectoria no hubiese sido posible sin el aval de un gran éxto deportivo y este no fue ni mucho menos desdeñable: dos ligas y una Copa del Rey con el Athletic de Bilbao, los únicos títulos contemporáneos del emblemático equipo de fútbol que en aquél entonces tenía que escarvar en la gloriosa década de los 50 para encontrar logros a recordar. Y esas triunfos fueron conseguidos con apenas 33 años, siendo el entrenador más joven de la primera división. Aunque siempre se identificaría al de Barkaldo con el juego feo y especulativo, lo cierto es que aquellos éxitos tuvieron un fuerte aroma a fútbol inglés clásico de fuerte ritmo, balones largos, uso de los extremos y aprovechamiento de las jugadas de estrategia. Su gran maestro en la aplicación de ese ideario fue el legendario Bobby Robson, a la sazón entrenador del modesto Ipswich Town, y posterior mentor del portugés que hoy revoluciona los banquillos europeos. La fortaleza y clase de los Urtubi, Argote, Dani o Goikoechea devolvió a la ria bilbaína la emoción de los campeonatos ganados y para el recuerdo quedó la mítica gabarra remontando el rio Nervión con los campeones. Eran épocas de alternancia en la Liga, ya que la Real Sociedad precedió a los bilbaínos en el podio de campeón, pero paradojas del balompié, el técnico realista, Alberto Ormaechea, hombre discreto y poco dado a los focos cayó en el más absoluto olvido mientras que Clemente pasaba a un primer plano deportivo y social. Su trayectoria en San Mamés conocería de tres episodios: el primero exitoso terminado con el traumático conflicto con la estrella del equipo, Manolo Sarabia, un segundo desastroso que casi acabó con los huesos rojiblancos en segunda división y un tercero olvidable en el que consiguió salvar al equipo de nuevo, del fantasma del descenso.
Tras salir de Bilbao inició un periplo pos diversos equipos durante no pocos años; Español (hasta en tres ocasiones), Atlético de Madrid, Betis, Real sociedad o Tenerife. Entre medias estuvo su largo periodo de seleccionador nada menos que seis años. Nunca la roja conoció de tanta polémica como bajo su mandato. Desde el primer día pareció disfrutar con la guerra civil que su figura despertaba. Como no podía ser menos llenó el combinado nacional de trabajadores honrados fieles a su causa y desterró a los sospechosos de deslealtad personal y futbolística: se acabó la presencia de la Quinta del Buitre y se institucionalizó la alineación plagada de defensas. Aun así los resultados le acompañaron en casi todos los trances menores y mantuvo una imbatibilidad casi eterna, aunque los grandes acontecimientos le dieran la espalda de forma rocambolesca: como sucedía casi siempre con la selección de aquellos años en el mejor partido se producía la derrota. Ocurrió en dos ocasiones, la primera en Boston ,en el Mundial de 1994, ante la Italia de Sachii, en la que tras un segundo tiempo lleno de fuerza e intensidad diez minutos dramáticos marcaron el destino de la selección: Julio Salinas el gran defendido de Clemente se plantó solo ante el meta italiano enviando el balón a su cuerpo; apenas unos minutos más tarde, el italiano Roberto Baggio en idéntica situación concluyó de forma muy distinta: con el gol que daba la clasificación a Italia. La segunda fue en Wembley, Eurocopa del 96. Tras un gran partido ante los anfitriones se perdió en los penaltis tras un gol legal anulado a Salinas. Nada podía ser más traumático para un resultadista: caer jugando mejor que nunca.
En la selección y en sus equipos entabló todo tipo de batallas contra colegas de profesión, jugadores y periodistas. Muchas de ellas adquirieron un tinte agrio, casi desagradable, dando la impresión de no controlar demasiado el berenjenal en el que se metía: Menotti, Cruyff, Schuster, Maradona, Serra Ferrer, Valdano, Howard Kendall (su sustituto en Bilbao) Ramón Mendoza, Radomir Antic o José Ramón de la Morena pasaron a formar parte de su nómina de enemigos mientras que en entonces gran pope de las ondas, Jose María García, se erigía como su gran defensor. Una corte de milagros que no hacía sino aumentar el interés por su figura aun cuando los éxitos deportivos ya yacían en el baúl de los recuerdos. Pero a fin de cuentas esto sólo se trata de un juego.

miércoles, 24 de agosto de 2011

CUANDO LOS DERBYS ERAN ALGO


A fecha de hoy el Real Madrid-Barcelona acapara toda la atención del planeta futbolístico. Su alcance ha alcanzado tales dimensiones, hasta planetarias que el resto de partidos del campeonato español han pasado a un plano más que secundario. Ninguno de los dos totems de nuestra liga ve a cualquier otro equipo como una seria amenaza a sus intereses, ni de lejos.
Esta ha sido la historia del fútbol español a lo largo de las últimas décadas.: desde 1985 el Barca ha ganado once ligas y el Madrid otras tantas. Sólo el Valencia en dos ocasiones y Atlético y Depor en otra han logrado romper el duopolio. Aún más: la mayor parte de partidos del campeonato español apenas tiene el interés de la competitividad.
Pero hubo un tiempo en el que la Liga al menos vivía muchos encuentros con gran intensidad, en los que la rivalidad permitía duelos calientes en lo que todo era posible aunque la clasificación final dejara a cada cual en su sitio.
Ningún enfrentamiento ha sufrido mayor merma en la atención del aficionado que el derby Madrid-Atlético, uno de los duelos cumbre de la Liga, reducido en los últimos años a un mero trámite resulto en la casi totalidad de las ocasiones en un mismo resultado: victoria fácil de los blancos. Como decía un cronista con ocasión del último derby, es algo que simplemente pasa y que apenas merece la atención de la hinchada: el seguidor merengue ha perdido toda satisfacción en doblegar a su rival capitalino, porque lo rutinario a nadie le emociona; el colchonero asume con resignación que la historia se repite y ya apenas presta atención a un duelo que antes tenía señalado con rotulador rojo cuando salía el calendario. Da la impresión que las dos entidades tiene claro sus papeles: desde el Manzanares apenas s e transmite el deseo de vencer al poderoso rival porque se parte de la base que es algo imposible y en Concha Espina se recibe a vecino como un buen amigo al que no hay que molestar, como ha quedado claro en el caso Agüero.
Cada derby anual es señalado por la prensa como aquél en el que, por fin, se romperá el maleficio. Se hacen encuestas, se publican entrevistas con viejas glorias, se trata de vender la existencia de un duelo en la cumbre con sabor a añejo. Bastan unos diez minutos para volver a la historia de todos los años. Da igual el escenario y hasta que en ocasiones, hasta se adelanten los rojiblancos , un par de desaguisados defensivos se encargan de devolver las cosas a la normalidad. La racha del Real Madrid en el Calderón lo convierte casi en un segundo Bernabeu , casi se termina pareciendo aun entrenamiento con público, en realidad como casi todos los partidos de una liga española cada vez más escocesa.
Pero hubo un tiempo en el que las cosas eran bien distintas. Los partidos de rivalidad regional siempre se han caracterizado por el hecho de que en ellos todo era posible, por encima del poderío real de los contendientes y del estado de forma de los mismos. Y esa fue la historia del duelo capitalino hasta bien entrados los años 90.
En realidad el Atlético fue el club poderoso de los años 40, cuando se denominaba Atlético Aviación. En Real Madrid no empezó a despuntar, aunque de qué forma, hasta la llegada de Di Stéfano en 1953. Pero aún así, y durante no pocos años los colchoneros conseguían subirse a las barbas de su poderosos vecinos. No en vano fueron sus grandes rivales nacionales durante no pocos años: les ganaron dos finales de Copa del Generalísimo en los años 60 y 61 en el mismísimo Chamartín y fueron los únicos capaces de quitarles dos ligas en los 60 (concretamente los campeonatos 65-66 y 69-70). Incluso en épocas más recientes la rivalidad se vivía en condiciones de desigualdad aunque siempre con la posibilidad de sorpresa: quién no recuerda los calientes duelos de los primeros años de Jesús Gil como presidente Atlético, con Buyo y Futre como protagonistas de un odio deportivo que hacía saltar chispas dentro y fuera del campo. Y es que eran partidos con un antes y un después casi eternos: semana previa sin pelos en la lengua, partidos broncos, expulsados, decisiones arbitrales controvertidas, alternativas en el juego y el marcador y mucha, pero que mucha polémica post-partido. A resaltar un dato: de 1987 a 1992 se vieron las caras en cinco ocasiones en la Copa del Rey con un bagaje impensable en estos tiempos: tres victorias atléticas por dos blancas, una en la final.


Aún mas historia. Muchos madridistas se preguntan por el enconado sentimiento de rechazo de los atléticos más furibundos respecto de sus vecinos, no entienden la simpatía que muestran ante sus derrotas frente al potente Barca o sus fracasos internacionales que son celebrados casi como victorias propias. En realidad la relación durante muchos años del a Atlético frente al Real es equiparable a la que los blancos hoy tienen respecto de los culés: un complejo de inferioridad acrecentado con la sensación de que no se juegan con las mismas cartas y en igualdad de condiciones, que los poderes fácticos siempre favorecen de forma sospechosa a los de siempre y que en caso de apuro y de tener cerca la victoria una manos sospechosa lo impedirá. Esta sensación responde en ambos casos a datos reales y figurados y a una mezcla de impotencia ante la incapacidad y rebeldía ante las injusticias.
Los blancos hablan de expulsiones injustas y goles anulados ante el imperial Barcelona de Guardiola, pero el número de agravios arbitrales recibidos por los rojiblancos cuando su duelo con el Madrid era eso, un duelo es también notable. Pero sobre todo uno han quedado en la memoria: Copa del Rey de 1979, vuelta de octavos de final. En la ida se había empatado a uno y a los treinta minutos del partido de vuelta el Madrid domina dos a cero. Parecía historia concluida. Nada más lejos de la realidad. Remontan los atléticos que empatan por medio de Rubio y Rubén Cano y a partir de ahí el árbitro Guruzeta Muro se convierte en elemento clave del partido: anula dos goles según las crónicas legales a los visitantes y se come un penalti de libro en el área blanca. Concluye el partido en empate y la tanda de penaltis da la clasificación al Real. No pocos atléticos dejaron de ir al Bernabeú tras ese partido.
Hoy en día tal circunstancia parece poco probable que se produzca. No parece que se necesite de la labor arbitral para decidir el resultado de un derby, en realidad los dos combinados se empeñan en ponérselo fácil a los colegiados: donde no hay competición no puede haber polémica. Y a falta de rivalidad capitalina que sigan los eternos Madrid-Barca. Casi podrían jugar solos

sábado, 20 de agosto de 2011

BERND SCHUSTER: EL CRACK DÍSCOLO


En el fútbol actual existen buenos centrocampistas, pero escaso directores de juego. La tendencia cada vez más acusada de dotar de músculo a la zona media de los equipos ha provocado la casi erradicación de uno de los instrumentos más letales para sorprender al contrario: el pase en profundidad. Hoy se habla de doble pivote con intención de juntar a un medio centro creador y otro destructor. No obstante la creación se suelo limitar al pase en corto en el mejor de los casos. En no pocas ocasiones la única misión de ambos es destruir.
Ha habido muchos jugadores que han destacado en ese apartado, pero pocos alcanzaron el grado de excelencia de un alemán llamado Bernd Schuster, que se convirtió en un referente de la liga española durante trece años distribuidos de forma más que peculiar: nada menos que en Barcelona, Real Madrid y Atlético de Madrid.
Su irrupción en el concierto del fútbol europeo de comienzos de los 80 fue arrolladora, con apenas 21 años lideró a la selección alemana campeona de la Eurocopa de 1980. Era el jugador teutón llamado a marcar una época tras la retirada de los grandes ídolos de los 70, pero con apenas 23 partidos internacionales decidió abandonar a la selección por un conflicto surgido en torno a la disputa de un amistoso que coincidía con el nacimiento de su hijo. Su carácter díscolo e inconformista le granjearon un buen puñado de enemigos y no pocos malos ratos. En realidad siempre pareció mostrar un cierto aire infantil o cuanto menos inmaduro en su forma de actuar. Con su liderazgo sobre el campo es muy probable que los dos subcampeonatos mundiales de Alemania en los años 82 y 86 se hubiesen transformado en títulos. O al menos en una mejor imagen, ya que las selecciones que obtuvieron tan destacables resultados no fueron jamás recordadas por su juego y sí por su tesón y suerte, los dos grandes distintivos de la selección centroeuropea durante no pocos años.
En Shuster se concentraban todos los elementos del medio creativo: una imponente presencia era solo en comienzo de auténticos recitales futbolísticos con una de las mejores visiones de juego jamás vistas. Poner la pelota en el lugar exacto que se quiere cuando el objetivo de uno se encuentra a más de treinta metros es una virtud al alcance de muy pocos. En el bávaro eso se conseguía con una efectividad y tranquilidad pasmosa. A esto había que añadirle una especialización en las jugadas a balón parado realmente notable. Se puede decir que hasta la llegada al fútbol español del serbio Milinko Pantic, no se vio un lanzador de faltas y córneres tan brillante. No pocos partidos fueron desatascados de esa forma. Siempre que los defensas buscaban horizontes en el centro del campo allí aparecía Schuster que en caso de dificultad extrema no tenía sino que acudir atrás para sacar la pelota contralada.También podía ser un líbero más que notable, aunque al contrario que la mayoría de sus compatriotas, la dicotomía centro del campo/defensa se solventó en favor de la media. Hasta en eso salió contestatario, ya que la tendencia natural del jugador alemán ha sido refugiarse en posiciones defensivas (desde Beckenbauer y Stilike hasta Sammer) en detrimento de la labor creativa.
Su llegada al Barcelona estuvo insertada en la política azulgrana de aquellos años destinada a fichar a los mejores para alcanzar los máximos logros. Lo cierto es que los grandes éxitos se hicieron de rogar aunque la clase del germano fue incontestable desde el primer día que se enfundó la zamarra barcelonista. Con el fichaje de Maradona parecía que los barcelonistas habían conseguido el equipo de ensueño deseado para dar el asalto a los grandes desafíos: liga española y Copa de Europa. Pero tuvo que marcharse el argentino para poder saborear una liga, fue el ejercicio 84-85 con el inglés Terry Venables de entrenador y con el alemán como indiscutible estrella. Fue de largo su mejor año en España. El asalto a la Copa de Europa fue ilusionante aunque acabó con decepción y de las gordas: tras dejar en la cuneta a grandes como el Oporto, la Juventus o el Gotteborg se perdió la final con el modesto Steaua de Bucarest. Fue la noche más triste del futbolista: tras un mal partido y ser señalado por su entrenador como culpable de apatía, fue sustituido en la prorroga y decidió no quedarse a ver los penaltis. Perdió el Barca y Schuster fue tachado de insolidario y mal compañero. Unos problemas con la directiva sobre su tributación fiscal dieron el remate a la situación y el año siguiente fue apartado del equipo.



No fueron sus únicos problemas y amarguras. Se perdió casi todo el ejercicio 81-82 por una entrada de Goikoechea del Bilbao y mantuvo un duro pulso con su entrenador y compatriota Udo Lakett cuyo cese llegó a pedir y conseguir. Su aire conflictivo le hizo casi un enemigo en can barca y como tal no tuvo mejor opción que fichar por su odioado rival, el Real Madrid. Parecía el complemento ideal a los Michel, Butragueño y Hugo Sánchez de cara a conseguir la Copa de Europa, pero dos eliminatorias con el nuevo amo del continente, el Milán de Shachii echaron al traste sus sueños. En la liga española se pasearon sin mayores contemplaciones y a cuentagotas mostró su gran clase: en un derby contra el Atlético dejó sentados a un par de defensas tras regaterarlos y marcó fusilando a su futuro compañero Abel.
Precisamente fue la ausencia de grandes títulos lo que faltó su larga y exitosa carrera, tanto nivel de selección como de clubes. Pero en su `palmarés obra un hecho curioso: ser el jugador extranjero que más Copas del Rey ha ganado, seis, y con los tres equipos en los que jugó. Tres con el Barca, dos con el Madrid y dos con el Atlético.



En la ribera del Manzanares consumió sus últimos años en los que dejó sobradas muestras de su clase. De hecho nunca estuvo realmente adaptado al Madrid, equipo que le fichó más por la eterna intención de lanzar una china a su rival que por necesidad, pero en el otro equipo capitalino alcanzó una mayor reconocimiento y cariño de la grada. A fin de cuentas supuso, al fin , el complemento ideal para las contras del portugués Futre y su presencia en el once inicial era todo un lujo. Llegó a identificarse con el ideario colchonero y no pudo demostrarlo de mejor forma que ajusticiando a su antiguo equipo en la final de Copa del 92 con un espectacular gol de falta. No era la primera vez que agraviaba al Madrid en una final pero al menos esta vez fue de forma deportiva, la anterior vez, la del 83, tuvo la forma de sonoro corte de mangas tras el gol de Marcos que decidía la final. Como siempre fue díscolo tanto en la victoria como en la derrota.

domingo, 14 de agosto de 2011

EL MALDITO LEEDS. FICCIÓN Y REALIDAD


No ha tenido habitualmente el mundo del fútbol excesiva suerte a la hora de su traslado al mundo del cine, en realidad como la mayoría de los deportes a excepción quizá del boxeo y ocasionalmente el atletismo (Carros de Fuego, El relevo). El peculiar entorno futbolístico y las evidentes dificultades para trasladar a la pantalla las vicisitudes que rodean a un partido hacen que el número de filmes destacables sobre la materia sea prácticamente inexistente.
Sin embargo, una producción inglesa de 2009 dirigida por Tom Hooper, el recientemente oscarizado director de “El Discurso del Rey” ha despertado el interés de los aficionados más jóvenes por una figura legendaria del fútbol inglés y por un equipo hoy casi olvidado, Brian Clough y el Leeds United. La película se llama “The Dammed United” y relata los 44 tragicómicos días de uno de los entrenadores más laureados del fútbol de las islas en el equipo entonces campeón de la liga inglesa y que representaba todo aquello que Clough detestaba. El choque entre el joven y arrogante técnico y los jugadores de aquel combinado que seguían siendo devotos de su antiguo entrenador y enemigo acérrimo de Clough, Don Revie, es el tema central de una película notable que se basa en un exitoso libro de David Peace, no traducido al castellano, y que se retrotrae a través de diversos flash-backs a la rivalidad entre los dos entrenadores desde la época en la que el protagonista entrenaba al modesto Derby County y el Leeds de Revie era el equipo más temido de Inglaterra.
Brian Clogh es protagonista de una de las historias más fabulosas del futbol europeo. Frustrado delantero centro al que una lesión le obligó a retirarse a la temprana edad de 27 años, con una prometedora carrera por delante desafortunadamente truncada, consiguió desde los banquillos toda la gloria que no pudo obtener en los terrenos de juego. Y para ello no tuvo que entregar a ninguno de los grandes: ni Manchester, ni Liverpool, ni Arsenal. Fue con equipos modestos sacados de las profundidades de la segunda división hasta el triunfo en la liga e incluso la Copa de Europa. El Derby County y el Nottingam Forest,. hoy en día absolutamente hundidos, tocaron con sus dedos la gloria de los títulos y el reconocimiento general. Su hazaña en el Forest a fecha de hoy parece inabordable para cualquier entrenador: en 1975, cuando llegó Clough el equipo estaba en la mitad de tabla de la segunda división, al año siguiente ascendió, en el siguiente fue campeón de liga y las dos temporadas posteriores nada menos que campeón de la Copa de Europa.

Con estos datos resulta casi estrambótico que cuando tuvo en sus manos un equipo plagado de internacionales y que acababa de ganar la liga, fracasase estrepitosamente. Su estancia al frente del Leeds es uno de periodos de tiempo más cortos que un entrenador ha conocido en cualquier equipo de un país acostumbrado a la estabilidad en los banquillos. Sus datos no indicaban que la cosa funcionara, apenas una victoria en seis encuentros. Pero lo que da un aire melodramático a su experiencia es que su fracaso se debió en gran medida a una conspiración permanente de las grandes figuras del equipo, que nunca lo aceptaron y a las que soltó el primer día de entrenamiento “Podéis tirar todas las medallas y trofeos que habéis ganado a la basura, porque las habéis conseguido con trampas”. Esa es la tesis fundamental del libro y película que reflejan la neurosis de un hombre que lucha contra el rechazo de los jugadores a los que entrena y contra la sombra del hombre al que trata de superar y que es una leyenda del equipo



El Leeds United se convirtió en una potencia futbolística a mediados de los años 60 y no se bajó del carro hasta bien entrada la siguiente década. Fue una creación de un hombre Don Revie, que cogió al equipo en 1961 sin perspectivas de alcanzar grandes logros. Sin embargo su primera decisión no pudo ser más significativa de sus ambiciones: mandó cambiar la equipación del equipo que pasó a jugar de blanco son otro motivo que el que ese fuera el color del Real Madrid que por aquel entonces dominaba el fútbol mundial con mano de hierro. Su Leeds tenía que luchar con los mejores, fuese como fuese.
Y lo cierto es que durante los trece años del mandato de Revie el equipo de Ellan Road se encaramó a un lugar de privilegio en el fútbol de las islas. Dos ligas (1969 y 1974), una copa inglesa (1972) amén de una Copa de la Liga y dos Copas de Feria (el antecedente de la U.E.F.A). Pero no puede decirse que fuese un club muy popular entre los aficionados. Recientemente una encuesta británica le señalo como el cuarto equipo más odiado de la historia del fútbol y el primero en el ranking de los británicos. ¿Motivo?. Se trataba de un equipo canalla en grado sumo que aunaba una inmensa calidad en hombres como Billy Bremner, Jhonny Giles o Peter Lorrimer con un juego físico y marrullero que en no pocas ocasiones derivaba en tanganas. En realidad fue en equipo con cierto aire de malditismo. A pesar de un notable palmarés el mismo pudo incrementarse en varias ocasiones ya que los de Yorkshire se quedaron a las puertas de numeros títulos que les hubiesen convertido en en equipo hegemónico; nada menos que cuatro subcampeonatos de liga, tres de copa y uno de Recopa en su época dorada. Casi un castigo del destino.



Clough se había caracterizado por un aire muy crítico con respecto al Leeds al que acusaba permanentemente desde la prensa de tramposo y violento centrando sus ataques en Don Revie que era una institución en Leeds y el entrenador más prestigioso de Inglaterra. En 1974 tras ganar la liga Revie recibió una oferta de entrenar a la selección inglesa que aceptó al instante. Contra todo pronóstico su sucesor en Ellan Road se trató de uno de los más enconados enemigos del estilo del Leeds que vio en su fichaje la oportunidad de obtener éxitos allí donde su legendario rival lo había ganado casi todo. La aventura de Clough era una insensatez destinada a fracasar desde el primer momento y sus choques con los jugadores insignia del equipo, la directiva y la afición no tardaron en producirse. El libro de David Peace retrata de forma autobiográfica eso 44 días que supusieron el más sonado traspié profesional de una leyenda de los banquillos. La película opta por un tono más comedido y cierto aire de comedia, aunque en la edición de DVD se pueden apreciar las escenas suprimidas que reflejan los aspectos más oscuros de una personalidad vanidosa a más no poder.
Lo curioso del caso es que aquel gran equipo vivió su canto del cisne al final de aquella temporada 74-75. Ya sin Clough en el banquillo consiguió llegar a la final del único título que le faltaba, la Copa de Europa en donde se topó con el gran dominador del fútbol europeo de aquella época y otro de los clubes más detestados de la historia: el triunfante y afortunado Bayer Munich que lideraba Franz Beckenbauer. Fiel a su tradición de aquellos años los bávaros jugaron mal y ganaron y como solía pasar por entonces (los equipos en vena de gracia suelen tenerlo todo a favor) los británicos se vieron espoliados por un árbitro que anuló un golazo de Peter Lorrimer y obvió un penalti de libro en el área germana. Ya nunca se repondrían de esa amarga derrota y terminarían por difuminarse progresivamente al alimón de la decadencia de sus grandes figuras.

Don Revie se estrellaría en la selección inglesa a la que no conseguiría clasificar para el Mundial de Argentina 78 y terminó entrenando en los Emiratos Arabes, tras acusaciones de fraude financiero y saltar a la luz que posiblemente estuvo implicado en la compra de algunos partidos, muy en la línea de su exitoso Leeds. Por su parte Brian Clough se rehabilitó con su espectaculares victorias en el Forest de finales de los 70 aunque su estrella se iría apagando en las décadas siguientes hasta caer, patéticamente, en el alcoholismo en los últimos años de su vida antes de su muerte en 2004. Una frase suya puede resumir su carácter “Dicen que Roma no se construyó en unas horas. Claro que no me encargaron a mí el trabajo”. Con Revie y Clough (que además eran de la misma ciudad, Middlesbrough) acabó toda una época del futbol.

sábado, 13 de agosto de 2011

NACHO SOLOZÁBAL: EL CEREBRO SECUNDARIO


Los grandes equipos siempre deben de sostenerse en los baluartes más sólidos, aquellos con los que uno siempre cuenta para las situaciones comprometidas. En la primera edad dorada de la sección de baloncesto del Barcelona, ese papel fue atribuido especialmente a la figura de Juan Antonio San Epifanio (“Epi”) el primer gran jugador de la glorioso década de los 80. Pero junto a él y casi siempre en un segundo plano, no menos importancia tuvo el base emblemático de aquellos años de primeros triunfos del Barca de baloncesto, se llamaba Nacho Solozábal y dejó en los aficionados ese señuelo que sólo los auténticos hombres de la casa pueden dejar.
La importancia de esos actores secundarios en los éxitos de un equipo puntero es siempre fácilmente demostrable- Hay que recordar el papel de Byron Scott en los grandes Lakers de los 80 o de Denish Johnson en los Celtics, así como de Joe Dumars en los Pistons o John Paxon en los Bulls. También el baloncesto español conoció de ese perfil tan necesario: Iturriaga en el Real Madrid, Jofresa en el mejor Juventud y el mismo Quique Villalobos en el Madrid de Petrovic el cual contó en la selección primero yugoslava y luego croata con un escudero más que acertado para sus escasos momentos de relajación: Cjeveticanin. Eran los encargados de suplir las carencias ocasionales de los líderes naturales. Aún cuando no tenían encomendada de forma explícita la función anotadora se las arreglaban casi siempre para acabar con guarismos destacados y de ellos siempre se tenía una cosa clara: casi siempre daban la cara en los momentos más comprometidos.
Cuando Solozábal aterrizó en el Barcelona el baloncesto distaba de ser una prioridad en una institución acostumbrada a recibir aún más palizas por parte de su rival capitalino que el propio equipo de fútbol. Pero en aquellos tempranos 80 un triplete mágico estaría encaminado a dar los primeros éxitos destacados a la sección y convencer a los dirigentes y aficionados que la misma no era prescindible, como en más de una ocasión se había planteado. Ese triplete lo componían los aleros Epi y Sibilio y el base Solozábal. A ellos se les unión un eficaz pívot de orígenes argentinos, Juan de la Cruz y unos americanos cada vez más destacados tales como el posterior NBA Jeff Ruland y los rocosos Marcelus Starcks y Mark Davis. Tales jugadores dominaron la Copa de España con una solvencia casi irrepetible a fecha de hoy: nada menos que seis títulos consecutivos de 1978 a 1983. Pero lo más importante fue, sin duda, la conquista de los primeros dos campeonatos de Liga en 1981 y 1983. Eran épocas de ligas regulares alejadas del formato del play-off que marcó en cambio generacional esencial. Casi nadie a lo largo de la historia había osado a asaltar el trono blanco en el basket español. Aquellos hombres estaban dispuestos a ello.
En Solozábal se reunían todas las condiciones del buen director de orquesta. Dotado técnicamente, con personalidad para el mando, poseedor de un buen tiro exterior (muchos de sus mejores momentos llegaron con la implantación de la línea de 6,25) y con una habilidad extraordinaria para desbordar a los rivales con entradas a canasta que terminaban en una elegante bandeja, uno de los rasgos más característicos de su juego. Además nadie pudo jamás reprocharle que no se pusiera el mono cuando la ocasión lo requería: en las finales de 1989 fue el encargado de secar a Petrovic en el quinto y decisivo partido de las series. Obvia decir que cumplió tan ingrato cometido con notable solvencia.
De su importancia en el devenir del baloncesto barcelonista puede destacrse una significativa circunstancia: durante más de diez años tuvo que competir por el puesto con algunos d elos mejores bases de esos años Joan Creus, Joaquin Costa, Gonzalo Seara y Jose Antonio Montero. Siempre terminaba acaparando la titularidad y los mayores minutos de juego. Aún más, se dijo que su salida en 1992 fue forzada por el entonces manager Aíto García Reneses, para permitir el pleno desarrollo profesional de Montero, que era el jugador mejor pagado de la plantilla. Con Solozábal en la misma se sabe quién acabaría jugando.
Fue precisamente la llegada al banquillo de Aito lo que dio el impulso definitivo al Braca para dominar el espectro del baloncesto nacional en la segunda mitad de los 80. La apuesta clara y decidida de la directiva por el baloncesto se manifestó en los fichajes de Andrés Jiménez, Joaquín Costa o el americano Audie Norris. Hasta la llegada del madrileño al banquillo el juego azulgrana había seguido unos cánones muy claros: labor de desgaste en los pivots para facilitar los tiros exteriores de Epi y Sibilio. Con Reneses en el banco hubo un mayor reparto de responsabilidades, una apuesta decidida por el juego colectivo. Y de ellos se benefició Solozábal.
Un partido señaló su punto álgido como jugador decisivo. Era la final de la Copa del Rey de 1988. Enfrente, el de casi siempre, que ganaba 83-81 a falta de 40 segundos. Una falta en ataque de Romay deja la última posesión a los catalanes. Todo el mundo piensa en Epi para un triple y quizá en un balón interior a Norris para forzar los prórroga. Nada de eso ocurre. Los azulgranas hacen circular sabiamente el balón hasta el punto de sorprender a Llorente, el encargado del marcaje del base contrario, el madridista intenta interceptar un balón sin éxito y llega a la esquina a Solozábal que fulmina a sus rivales con un triple sobre la bocina. Fin del partido 84-83 para el Barca.



Su historial lo dice todo: seis ligas, nueve copas, dos recopas y una Korack. Pero hubo una ausencia muy dolorosa en ese encomiable palmarés, y no es otra que la de la Copa de Europa. Y no se puede decir que no le faltaran oportunidades a esa gran generación; ya que se perdieron tres finales de la competición alguna de ellas muy recordada, como la primera de 1984, todavía con Antonio Serra en el banquillo y ante el Banco de Roma italiano al que se le llegó a dominar de 14 puntos para luego caer 79-74. Y las últimas ante el súper equipo por excelencia del baloncesto europeo de aquellos años: la Jugoplastika de Split de Toni Kukov y Dino Radja. Ni si quiera el aliarse con el enemigo dio resultado, ya que la contratación del técnico Bozidar Maljkovic, cerebro de la bestia negra azulgrana, terminó como el rosario de la aurora. Las decepciones continuaron en los años sucesivos: alguien dijo que no se sabía si les sobraba arrogancia o les faltaba confianza. Hasta el año 2003 y tras nunerosos asaltos fallidos no se superó el trauma.
Aunque faltó esa guinda su trayectoria siempre estuvo ahí: no conoció otro equipo que el Barca además, claro está, de la selección española que defendió en 142 ocasiones. Sin duda alguna fue de los muy, muy grandes.

lunes, 1 de agosto de 2011

CARLOS SANTILLANA: EL PUMA DEL ÁREA


En los altares del madridismo se sitúan un buen puñado de los mejores jugadores de la historia del fútbol. Hay pocos que superen a Santillana en méritos. Eso deja a las claras la importancia de este cántabro en el devenir de los blancos en sus casi diecisiete años en el primer equipo. Casi un record apenas superado por Gento o Sanchís.
Fue el máximo estandarte de dos décadas del Real Madrid. Y no es fácil situarse en la élite durante periodo de tiempo tan prolongado. Conoció de tres generaciones de equipos: llegó con los Grosso, Amancio o Zoco, se consolidó con los Stilike, Juanito, García Remón o Camacho y se retiró en medio de la explosión de Butragueño, Michel o Sanchis, En todos esos combinados tuvo un papel relevante fue un goleador decisivo y acaso se convirtió en el rematador de cabeza más importante de la historia del fútbol español. No era un dechado de virtudes técnicas pero su fe y entrega así como el olfato de gol inherente a todo delantero que se precie de serlo le granjeó una leyenda que todavía se recuerda.
Sus duelos con centrales aguerridos marcaron no pocos encuentros de máxima rivalidad de aquellos años. Especialmente contra tres de ellos mantuvo épicas batallas saldadas en no pocas ocasiones con victoria del merengue: el barcelonista Migueli, el rojiblanco Arteche y el bilbaíno Goikoechea. Era épocas dadas a los duelos en la alta sierra en el área. El marcaje en zona era poco corriente, los delanteros no sobresalían por su técnica y sí por su potencia y la idea de un defensa poco duro y buen manejador de la pelota no estaba muy extendida. La consecuencia era un fútbol duro y de contacto que dejaba a la capacidad de desmarque y al remate de cabeza muchas de las opciones de gol de aquel entonces.
En la selección española no vivió grandes momentos, más bien fueron casi todos amargos. La maldición que perseguía a la roja le llevó a formar parte de dos desastres sonados de la selección: los Mundiales de Argentina 78 y España 82. No obstante estuvo en el combinado nacional que alcanzó la final de la Eurocopa de 1984, enfrente la Francia de Platini, la gran favorita a la que se plantó cara y sólo se cedió ante una falta inexistente y una cantada del gran Arconada, que pasaría a la historia por esa pifia cuando sus intervenciones previas habían llevado a España a la final. Paradojas del fútbol. Con carácter previo a esa fase final Santillana había sido uno de los grandes protagonistas de una noche histórica del nuestro fútbol. Aquella en la que se le metieron doce goles a Malta, milagro en el que nadie creía y que inició un idilio con la ciudad de Sevilla. El madridista hizo nada menos que cuatro, como también los hizo Rincón que unidos a los dos de Maceda y el decisivo de Señor llevaron a la locura a las gradas y a todo el país.
Pero también destacó en el ámbito internacional y a nivel de clubes. Vivió la frustración de no conquistar la Copa de Europa aunque estuvo muy cerca de hacerlo en 1981 en la final de París ante el grande europeo de aquellos años, el Liverpool de Bob Paisley. No era uno de los grandes equipos del Madrid, sino el denominado “clan de los Garcías” mediante el que se denominaba jocosamente a los jugadores con ese apellido que componían la columna vertebral del equipo: García Remón, García Hernández, García Cortés, Pérez García, García Navajas. Tras un mal encuentro un gol de Alan Kennedy dio el triunfo a los Reds. Fue la gran decepción de su carrera, a la que hubo de unir una nueva derrota ante un conjunto de las islas en la final de la recopa del 83, en esta ocasión ante los escoses del Aberdeen. Por cierto que quien entrenaba a aqué equipo era un tal Alex Ferghuson.



Pero si saboreó la gloria en la Copa de la U.E.F.A y con una participación significativa ya en la recta final de su carrera. Y uno de los grandes de Europa se convirtió en su víctima favorita, el Inter de Milán. Hasta en cuatro ocasiones eliminaron los blancos a los interistas y en todas y cada una de ellas tuvo una participación decisiva el ariete cántabro. No en vano fue justamente catalogado como la “bestia negra” de los trasalpinos que contaban con defensas solventes como el inagotable Bergomi, pero siempre cometían el mismo error ante los blancos: ceñirlo todo a la eficacia de su "catenaccio". Pero si la vuelta era en Chamartín todo el mundo sabía la historia: la eliminatoria se resolvería con goles de Santillana. Así fue en la Copa de Europa del 81, en la Recopa del 83 y en las semifinales de la U.E.F.A del 85 y el 86. En estas dos últimas la historia se repitió de forma milimétrica, victoria italiana por 2-0 y 3-1 en San Siro y remontada blanca 3-0 y 5-1 en el Bernabéu. En ambas ocasiones con dos goles de Santillana. Una imagen resume de forma precisa estos duelos. Prórroga de la eliminatoria del 86, con la eliminatoria igualada, córner a favor del Madrid, el delantero blanco se eleva y empalma un testarazo que se convierte en el el gol decisivo del encuentro. El locutor José Ángel de la Casa lo manifiesta de esta forma “Faltaba el gol de Santillana. Como en todos los Madrid-Inter”. De hecho aún marcaría otro más. Su nombre quedó asociado a grandes remontadas en el coliseo blanco. A las gestas ante el Inter hay que unirle dos mas separadas nada menos que por diez años: ante el derby County en el 75 y el Borussia de Monchengladbad en el 85 y en las dos marcó los goles decisivos.Con él siempre se podía contar.

PAULO FUTRE: EL IDOLO DEL GILISMO


Si el destino de las personas está más o escrito de forma inexorable el de Paulo Futre se teñía de rojo y blanco desde el verano de 1985 cuando con apenas 19 años y siendo un gran desconocido estuvo a punto de fichar por el equipo que por aquel entonces presidía aún Vicente Calderón.
Sorprendió el interés del club madrileño por un casi juvenil sin apenas recorrido, pero apenas año y medio después todo el mundo entendió el motivo. Y no en un escenario cualquiera; nada menos que en la final de Copa de Europa entre su equipo, el Oporto, y el poderoso Bayer de Múnich. Con ventaja mínima de los bávaros el joven extremo cogió la pelota en banda y mediante paredes y regates imposibles realizó la jugada del partido que, aunque no tuvo el premio del gol, se convirtió en el momento cumbre de la gran final junto con el gol de tacón de Madjer, que dio la sorprendente victoria a los portugueses que dieron la vuelta al partido.
Toda Europa se lanzó a la captura del nuevo astro, pero fue un candidato a la poltrona colchonera el que llevó el gato al agua. Su nombre era Jesús Gil y Gil y con el fichaje del portugués empezó su carrera de golpes de efecto en el mundo del fútbol .Su presentación tuvo no poco de estridente, muy en la línea del personaje: en la discoteca Jácara, cumbre de la movida madrileña, un día antes de las elecciones que, por descontado dieron la victoria al de Burgo de Osma.
Futre lideró un equipo que se dijo destinado ganarlo todo y que comenzó pronto un reguero de decepciones. En realidad el Atlético de aquello años carecía de potencial para grandes logros, pero la era de los vendedores de humo había empezado y el futuro alcalde de Marbella era un maestro consumado en el tema. Los denominados “proyectos” se sucedían sin éxitos destacables pero dejando tras de sí un buen puñado de jugadores de medio pelo y entrenadores devorados por los nuevos aires del fútbol en los que los excéntricos dominaban las poltronas. Entre tanto desbarajuste el portugués vio frenada su progresión como ídolo del fútbol europeo, pero al mismo tiempo se convertía en referente deportivo y emocional del club tan peculiar como el rojiblanco. En su juego también se percibía una tendencia natural al exceso: su melena al viento, la explosiva velocidad, el regate que dejaba sentado a los rivales, su tendencia teatral en el área, así como sus protestas encrespadas daban a su presencia en el campo una expectación que le hacía destacar aún en sus peores partidos.
Como todo gran jugador de la historia del Atlético su hábitat natural fue el juego de contragolpe en el que conseguía sacar el máximo rendimiento a su velocidad y técnica depurada. Más dificultades mostraba en el ataque estático, en todo supuesto en el que su equipo debía llevar la iniciativa ante defensas cerradas. Tampoco ayudaba mucho la inestabilidad deportiva de su equipo. Una media de tres entrenadores por año no es el mejor modo de consolidarse en la élite. Incluso la cosa no dejaba de tener su gracia: en la temporada 89-90 con Javier Clemente de entrenador, las ambiciones máximas del equipo se articularon mediante cuatro fichajes de jornaleros esforzados tan impecables profesionales como limitados peloteros: Bustingorri, Abadía, Ferreira y Pizo Gómez. Y el caso es que el equipo iba segundo cunado Clemente fue cesado, otra cosa era el juego claro.
Sin embrago el tiempo traería al portugués un par de éxitos en la Copa del Rey, en especial con la ayuda del gran centrocampista alemán, repudiado por el Real Madrid, Bern Shuster que permitió las gotas de calidad necesarias en el centro del campo para impulsar las cualidades del astro de Montijo. Fue, de hecho, en la temporada 91-92, con Luis Aragonés en el banquillo, cuando completó su mejor año en España, hasta punto de ser con diferencia el mejor jugador de aquel ejercicio.
En Futre se daba además una característica hoy en día postrada en los mejores jugadores del conjunto atlético: se trataba de un jugador de grandes ocasiones. No eran pocos los partidos en los que pasaba más bien desapercibido, como si la cosa no fuera con él, fruto de la desesperación de no jugar en uno de los grandes, pero cuando enfrente tenía al Barcelona o, sobre todo al Real Madrid, su motivación subía a unos niveles que le hacían dar lo mejor de sí mismo. Dos encuentros marcan su trayectoria ante los blancos. El primero el 3 de diciembre de 1988, en el Bernabéu, tras una exhibición de juego vio cómo su equipo perdía el partido en el descuento después de unas marrullerías de Buyo que la televisión logró captar de forma sorprendente. El guardameta simuló una agresión de Orejuela y entro con alevosía a Manolo sin ser expulsado. Desde entonces el portugués le juró odio deportivo eterno y el tiempo le otorgó la mejor revancha posible. Era el 27 de junio del 92, el año glorioso de Futre, el escenario era de nuevo Chamartín y enfrente los dos colosos madrileños cuando todavía ese duelo estaba salpicado por la rivalidad deportiva más enconada. En los 90 minutos de juego una figura sobresalió de forma espectacular, y no fue otra que la de Futre. Dejó en evidencia a un marcador tan solvente como Chendo al que superó una y otra vez y se convirtió en el jugador decisivo del partido. A los seis minutos un magistral libre directo de Schuster abría el marcador para los de Luis y en minuto veintisiete contra de los rojiblancos, Manolo ve a Futre desmarcado y le manda un balón medido al que llegar casi al mismo tiempo el portugués y su marcador eterno ambos entablan una carrea en el lado izquierdo del área, y el marcaje de Chendo parece cerrar todo ángulo de disparo, pero de repente Futre mete un zapatazo en carrera a la pelota, esta sale disparada y se cuela por toda la escuadra de Buyo, es el 2-0 definitivo y entusiasmado le dice a su oponente “Toma Buyo, toma……”



Como los de la ribera del Manzanares no se caracterizan por dar estabilidad a sus éxitos en el ejercicio siguiente los problemas se agudizan. Futre se enfrente a Luis Aragonés y no resulta económicamente viable mantenerlo en el equipo. Pide ser traspasado y así se hace, a cambio de unos 650 millones de pesetas se va al Benfica. Como tantos ídolos colchoneros no acaba su carrera en el club que les vio triunfar. Pero entonces empieza su calvario con las lesiones. Su rodilla le falla constantemente y le hace perder su gran baza, la punta de velocidad. Emprende un itinerario por diversos países y equipos, primero Francia en el Olympique de Marsella, luego Italia en el modesto Reggina. Una y otra vez suena su posible vuelta al Manzanares al alimón de los fracasos del Atlético siempre su nombre suena como remedio mágico para los males del equipo. Incluso en plena crisis de resultados en la época de Benito Floro, Ramón Mendoza pretende su fichaje para el Real Madrid. Una clausula anti- real de su traspaso al Benfica lo impide. En 1995 recala nada menos que el Milán de Fabio Capello, siempre atento a veteranos del futbol, europeo para que aporten su experiencia al combinado milanista, entonces dueño de Europa. Su maltrecha pierna le impide jugar en casi todo el año y tras un breve paso por el West Ham inglés, decide retirarse. Para ello acude al Calderón, en donde es homenajeado antes de un derby ante el Real Madrid. Su figura sigue marcando a toda una generación de atléticos. Fue sin duda, de los extranjeros que más calaron en la historia de nuestro fútbol. Su éxito en España abrió la vía para los grandes futbolistas portugueses de los siguientes años: Rui Costa, Figo, Deco y hasta Cristano Ronaldo. Después de Futre fue todo más sencillo.