viernes, 21 de octubre de 2011

LA TRAGEDIA DE HEYSEL: CUANDO EL HORROR SE APODERÓ DEL DEPORTE


El fútbol como fenómeno de masas ha vivido no pocos momentos de zozobra y hasta vergüenza; ninguno es comparable sin duda al acontecido el 29 de mayo de 1985 en el Estadio Heysel de Bruselas, auténtico miércoles negro en la historia del deporte en general.
Y en principio nada hacía presentir el desastre que se avecinaba, muy al contrario se trataba de una gran fiesta del fútbol, nada menos que la final de la Copa de Europa con dos protagonistas de excepción: la Juventus de Turín y el Liverpool. No era una final cualquiera, en ella se medían las que sin lugar a duda se trataban de las escuadras más fuertes del continente europeo. El Liverpool de Joe Fagan era el campeón vigente y había ganado nada menos que cuatro de las últimas ocho ediciones al amparo de auténticas leyendas: Kenny Daiglish, Ian rush, Alan Keenedy, Sammy Lee, o Kevin Keegan entro otros. La vieja señora del fútbol europeo venía de ganar la Recopa el año anterior, dominaba con soltura el Calcio , acumulaba gran cantidad de mundialistas campeones en España 82 y contaba en sus filas con el mejor jugador europeo de la época, el francés Michel Platini, dirigida por el incombustible Trappatoni., había sufrido una sorprendente derrota ante el Hamburgo en la final del 83 y buscaba saldar su deuda con el trofeo más prestigioso ante el rival más temido posible.
Eran años dorados para el futbol de las islas. Su dominio de la Copa Europa era omnipresente: de 1977 a 1984 siete títulos de ocho posibles ya que a los cuatro del equipo de la ciudad de los Beatles habían que unirles dos del sorprendente Nottingam Forest de Brain Clough y uno del Aston Villa ante el Bayern en 1982. La concepción de juego directo, de gran ritmo físico no exento de clase, gusto por los pases largos y los ataques en tromba ante la portería rival primaba en aquellos años. Incluso en la liga española triunfaban equipos de aire inglés como el Bilbao de Javier Clemente. La Juventus era la antítesis de tal concepción, su gusto por el catenaccio aplicado por implacables defensas como Cabrini o Sciera , adornado por la presencia de finos estilistas en ataque tales como el polaco Boniek, Rossi y el maestro Platini representaba una línea de juego diametralmente opuesta y una filosofía vital deportiva enfrentada a los dueños de Anfield: el fútbol como tradición casi religiosa frente al poderío del talonario, el gusto por el ataque frontal ante el control defensivo y la contra fulminante, el deseo de seguir reinando en Europa ante la alternativa a conquistar el cetro.
Los éxitos deportivos ingleses habían conocido de un lado oscuro que nadie supo controlar a tiempo: la aparición de los hooligans o grupos de seguidores radicales caracterizados por dos variables de consecuencias trágicas: un gusto desmedido por la bebida antes y durante los encuentros y la afición a la bronca, en especial cuando salían de Inglaterra. Muchas eran las explicaciones sociológicas que trataban de dar algún sentido a la aparición de tales elementos en la nación paradigmática de la corrección y la templanza; la mayor parte de ellas trataban de situar a los mismos en el contexto de la existencia de grandes capas de marginalidad, en especial en centros industriales en decadencia que acumulaban gran cantidad de trabajadores en paro sin más expectativa que darse a la bebida.
El fenómeno de los grupos violentos fue común a toda Europa y Sudamérica y puede decirse que contribuyeron a un desprestigio del deporte de masas más importante del siglo XX. La violencia apareció de repente como algo inherente a los partidos. Los campos empezaron a poblarse de vallas y las fuerzas de seguridad tuvieron que señalar a los duelos en la cumbre como espectáculos de máximo riesgo. Se acabó el ir tranquilo a un estadio en donde el aficionado rival corría el riesgo de sufrir una agresión de la forma más natural posible, la violencia social encontraba su peculiar refugio en la masa amorfa que poblaba los estadios.
Muchos fueron los incidentes protagonizados por los terribles hooligans ingleses en los años previos a la tragedia de Heysel. Unas copas de más ponían a los aficionados más radicales más preparados para una guerra que para un partido de fútbol. Aquél día en Bruselas la mayor parte de hinchas ingleses entraron alcoholizados al estadio y una hora antes de empezar el partido se produjo el desastre: por una falta de previsión se juntaron en una determinada zona seguidores de los dos equipos, los británicos empezaron a atacar a sus oponentes que presa del pánico huyeron hacían una zona del campo donde quedaron atrapados por las vallas que la sitiaban. La policía reaccionó tarde y no supo evacuar a los italianos que se acumulaban en ese espacio en el que la histeria se apoderó de la gente con consecuencias trágicas, ya que los intentos de escapar a toda costa trajeron consigo la asfixia y el aplastamiento de numerosos aficionados por avalanchas incontroladas.
El balance de tal desaguisado fue terrible: treinta y nueve víctimas mortales (casi todas italianas) sellaron con sangre lo que estaba destinado a ser una gran fiesta del fútbol. De forma increíble el partido se jugó y la Juventus obtuvo la victoria más amarga que jamás podrá tener un equipo. El propio triunfo fue acorde con la situación vivida: el único gol llegó de un penalti inexistente ejecutado por la gran estrella gala. La Copa de las orejas grandes, como la llama Di Stefano por fin llegaba a Turín de la peor forma posible. El sueño se tornó en una angustiosa pesadilla.



Aquella matanza sumió a la nación inglesa en un bochorno pocas veces conocido en la historia y mató a su fútbol durante más de una década. Durante seis años los clubes británicos fueron expulsados de las competiciones internacionales. Los inventores del fútbol eran ahora repudiados por toda Europa. Los equipos ingleses se sumieron en la más absoluta mediocridad y Italia empezó a dominar el panorama balompédico. En realidad ya todo indicaba que el fútbol de las islas vivía una pesadilla sin parangón; apenas 18 días antes en la localidad de Bradford, en un partido de la Tercera División inglesa cincuenta y seis personas murieron por el incendio de una grada de madera, y la cosa no quedó ahí, años más tarde con el Liverpool también de triste protagonista se produjo otra suceso luctuoso: en semifinales de la Copa Inglesa entre el Liverpool y el Forest otra avalancha humana causó nada menos que noventa y seis muertos esta vez casi todos simpatizantes de los reds. Fue la llamada “Tragedia de Hillsborough” que ahondaba en la herida del desastre futbolístico inglés: campos que se caían a trozos, aficionados violentos, equipos excluidos de la alta competición. Tuvo que ser la llegada de las Sociedades Anónimas la que revitalizara el panorama. De la mano del Manchester United se fueron poniendo las bases de una nueva competición “La Premier Leage” que enterró para siempre los fantasmas del pasado
Aquel acontecimiento hizo replantearse la seguridad de los estadios. Se aumentaron los efectivos, se eliminaron las vallas, se controló el estado de los que accedían a los campos, se fueron suprimiendo la posibilidad de entrar banderas, bengalas o cualquier objeto susceptible de crear daño de cualquier tipo. Se empezaron a configurar grupos especializados en la violencia deportiva y el asunto llegó a las más altas instancias políticas. Una nueva era comenzó ese día, y de la peor forma posible. Tuvieron que pasar muchos años para erradicar la violencia de los estadios europeos, cosa no conseguida plenamente pero sí aminorada de forma considerable.

lunes, 10 de octubre de 2011

EL REAL MADRID GALÁCTICO: CUANDO EL MARKETING DESBORDÓ AL DEPORTE


No es muy frecuente que un presidente que ha ganado dos Copas de Europa en tres años pierda unas elecciones que están convocadas por mera rutina. Pero a Lorenzo Sanz le pasó en el ya lejano verano del 2000, fundamentalmente por la habilidad de su competidor Florentino Pérez, de movilizar el voto por correo. Una nueva era se abrió en el histórico club de Concha Espina.
Pérez representaba la imagen del empresario triunfador, un prototipo del “self-made man” a la española. Su imperio inmobiliario se había forjado desde una oscura concejalía en el Ayuntamiento de Madrid y había desembocado en una de las empresas constructoras líderes en Europa. Madridista desde niño, siempre pensó que su ideología empresarial era trasladable al mundo del fútbol, en el que los ingresos atípicos y la publicidad ya habían superado ampliamente a la financiación por taquillas y abonos.
Su propuesta era simple y compleja al mismo tiempo: simple por cuanto partía de una premisa esencial: los mejores del mundo deben de estar en mi equipo, y compleja porque tras ese punto de partida se escondía toda una teoría empresarial de explotación comercial de una entidad centenaria y de los jugadores que la componían. Su revolución consistió en someter la planificación deportiva a un segundo plano y dejar los criterios meramente futbolísticos al azar de las necesidades de imagen. El entrenador era algo secundario, los informes de la Secretaría Técnica también. Se debía de fichar a lo mejor sin más, a lo que más vendiese y lo que más atención mediática concentrase.
Esta fórmula permitía convertir a una entidad deficitaria en una máquina de generar ingresos. Para conseguir sus objetivos se consiguió una compleja operación urbanística que liquidó la histórica deuda blanca: la recalificación de los terrenos de la Ciudad Deportiva, abriendo la senda de utilización del patrimonio de un club para salvar la situación de bancarrota. Una vez asegurada la subsistencia empezó el desfile de figuras: el primero en caer fue nada menos que el símbolo del eterno rival, el extremo Luis Figo, que había firmado un precontrato con el candidato a la presidencia del Real Madrid con la seguridad que no ganaría sin más objeto que presionar al Barca para la renovación al alza de su ficha. Como quiera que Pérez ganó las elecciones el portugués tomó el puente aéreo y consiguió una conmoción sin precedentes. Más que su aportación deportiva lo que su fichaje consiguió es dejar al rival azulgrana en estado de shock del que no se recuperaría en casi cinco años. Y sobre todo enviaba el mensaje claro que la economía blanca era capaz de todo.
Después de Figo siguieron cayendo galácticos: Zidane, Ronaldo y David Beckam, nada menos. Todo parecía al alcance de la mano del presidente blanco. Las cifras de los fichajes mareaban, sesenta o setenta millones de euros de media. Se aseguraba que los ingresos por merchidaising compensaban de sobra tal gasto. El Real Madrid se convirtió en una atracción mundial, cada visita suya era un acontecimiento social, equiparable a la presencia de los Beattles, los fans hacían largas colas para ver tal colección de estrellas que respondía a un proyecto inédito en la historia del fútbol: que un club se convirtiese en una selección mundial capaz de aglutinar a los mejores del mundo sin discusión. Y es que a los suntuosos fichajes había que añadirles la herencia nada desdeñable de la etapa anterior: Raúl, Hierro, Roberto Carlos, Casillas o Guti entre otros. De las austeras pretemporadas se pasó a las giras americanas y asiáticas que aumentaron la dimensión internacional del proyecto. Del Real se hablaba en todo el mundo y su nombre y escudo adquiría la dimensión de marca.Atras habían quedado los tiempos del club cerrado y sometido a tradiciones y códigos no escritos, la entidad empezaba a convertirse en una multinacional.
Al frente del equipo blanco se encontraba una vieja gloria del club, Vicente del Bosque, hombre sobrio, de perfil sereno, nada amigo del protagonismo y que consiguió ser un catalizador eficiente de tales vanidades. Los títulos no faltaron al principio y entre ellos la culminación de la obra de Pérez: final de la Champions de 2002 en Glaslow, ante el Bayern Levercusen, decidida por una volea inolvidable de Zidane, el fichaje más caro de la historia. No faltaban críticas a la falta de estilo del equipo, al hecho de que una parte importante de los partidos se decidieran por las meras individualidades en vez de por la existencia de un bloque sólido. Pero a fin de cuentas la historia blanca no se ha caracterizado por la existencia de un estilo definido sino por un perfil épico y ganador.
Sin embargo una obra que parecía infranqueable terminó cayendo como un castillo de naipes, al menos en su primera etapa. Los fichajes del mega-proyecto eran lustrosos pero no reparaban en una elemento clave: la edad de las figuras. A medida que pasaban los años la frescura de las piernas de las estrellas blancas cedía ante el empuje de los más jóvenes. Empezaron a salir competidores menos glamurosos en apariencia pero dotados de un mejor sentido colectivo del juego y, de hecho, el Valencia de Rafa Benítez ganó las ligas del 2002 y 2004 cuando la comparación entre las plantillas causaba pavor. En la Liga de Campeones, una eliminatoria ante la Juve de Marcello Lippi marcó el inicio de una travesía en el desierto para los blancos. Tras ser derrotados por 3-1 en Turin y ser eliminados en semifinales Vicente del Bosque quedó marcado y su cese al final del ejercicio (aún con el título de Liga) puso la puntilla a la inestable nave madridista. Se argumentó falta de imagen y que con esa plantilla cualquiera ganaba títulos. Las consecuencias son de todos conocidas: se inició nada menos que un ciclo de tres años sin ganar nada, algo insólito desde 1953.
En Mónaco en la temporada siguiente se produjo la gran bancarrota de los galácticos. Tras empezar ganando se terminó tirando de forma estrepitosa la eliminatoria ante un modesto de Europa cuyo líder era un descartado blanco, Fernando Morientes. Una semana antes se había perdido la final de Copa del Rey ante el Zaragoza. Lo que antes era oropel y éxitos se convirtió en rechifla generalizada: tanto dinero para tan poco rendimiento. Derrepente todas las carencias del equipo surgieron a la superficie y las mismas se podían resumir en la inexistencia de un plan deportivo serio y coherente ya que la publicidad y el deseo de relevancia habían provocado fichajes innecesarios dejando de lado la necesidad de dotar al conbinado de una estructura sólida.
Por otra parte el derroche de medios económicos no favoreció la imagen del Madrid, al menos respecto de una parte sustancial de aficionados y rivales. Se identificó al mismo con la arrogancia del talonario y ello derivó en una cruzada común frente a los nuevos ricos del universo futbolístico. Ganarle se convirtió en una cuestión de orgullo que aumentaba la motivación de forma espectacular.
Ante esta situación Florentino decidió abandonar el barco. Él no estaba en ninguna aventura para perder y el Madrid lo hacía con más frecuencia de lo deseable. Su dimisión dejó al descubierto una contradicción llamativa: una economía boyante y un equipo en derrumbe. Sin embargo se tenía la sensación que la obra había quedado incompleta y que el proyecto era válido y en sólo dos años el Presidente de ACS volvió por aclamación popular iniciando de nuevo el desfile de astros con Cristiano Ronaldo a la cabeza. Pero, de momento topa con acaso el mejor equipo de la historia: el intratable Barca de Pep Guardiola. En desbancarle se encuentra su desafío

miércoles, 5 de octubre de 2011

LOUIS VAN GAAL: EL ENTRENADOR AMARGO


La figura del entrenador de fútbol maneja no pocos aspectos que hacen de ella una de las profesiones más complicadas de ejercer. De él se espera que sea estratega, manejador de grupos humanos, psicólogo, pedagogo, diplomático y hasta portavoz del club.
En no pocas ocasiones los técnicos de fuerte personalidad futbolística llegan a eclipsar a los propios jugadores y se convierten en la referencia positiva o negativa de la entidad de la que dependen. Entonces la prensa centra su atención en ellos, busca permanentemente su opinión y intenta trasladar su personalidad a todos los aspectos que marcan la vida de su equipo.
La escuela holandesa ha dado fuertes personalidades en los banquillos. De entre todos ellos (y aparte del legendario creador del gran Ajax de los 70, Rinus Michels) destacan dos nombres con fuerza propia: Johan Cruyff y Louis Van Gaal. El primero fue una leyenda de los terrenos de juego que trasladó su brillantez a su labor como técnico convirtiéndose en la referencia esencial del fútbol de los Países Bajos. El segundo no tenía el mismo currículo como entrenador, pero en buena parte de la década de los 90 se convirtió en el rostro más emblemático de una forma de concebir el fútbol y del míster con personalidad. Por cierto que los dos se odiaban cordialmente.
En Van Gaal se concentraron todas las virtudes y defectos del liderazgo autoritario. Su visión del juego no admitía negociaciones y su forma de comportarse con jugadores y prensa no dejaba espacio para las medias tintas. A su favor cabe decir que siempre apostó por un concepto ofensivo del juego, muy en la línea de Holanda, con una devoción sin límites por el juego de los extremos, una seña de identidad inconfundible del balompié neerlandés. Su gusto por el ataque también suponía una búsqueda obsesiva del dominio de la pelota y una apuesta decidida por el ataque total revestido de un inflexible orden táctico: todas las piezas de su puzzle debían de jugar de forma sincronizada.
Con esa apuesta clara aterrizó en el histórico Ajax a comienzos de los 90 y protagonizó la última gran etapa dorada de la entidad que cambió para siempre al fútbol mundial allá por los lejanos 70. La factoría del cuatro veces campeón de Europa por entonces funcionaba a pleno rendimiento: unos jovencísimos Overmars, Kluivert, los hermanos De Boer o Litmanen protagonizaron una explosión de fútbol ofensivo y alegre que hizo renacer las esperanzas de los buenos aficionados al fútbol. Su palmarés por aquellos años habla por si mismo de la competencia de aquella generación: tres ligas holandesas, una Copa de la U.E.F.A y una Liga de Campeones ganada al todopoderoso y casi imbatible Milan de Fabio Capello.
Una estrella había surgido en el universo de los entrenadores europeos. Van Gaal se convirtió en el técnico más apreciado de Europa y los grandes del continente no tardarían en fijarse en él. Al mismo tiempo, sus incuestinables éxitos traían consigo un reforzamiento si cabe más agudo de la autoconfianza en sus principios. Como en muchas ocasiones sucede la consecuencia más resaltable fue una tendencia a la arrogancia manifestada sin cortapisas.
De entre los más potentes de Europa, uno buscaba un sucesor para su mayor mito, y no era otro que el Barca saliente de la guerra civil Cruyff- Nuñez. Tras la época más dorada de la entidad una lucha interna había desgarrado los cimientos azulgranas y los dirigentes consideraron que la mejor opción de sustituir al artífice de su éxitos era Van Gaal, y no faltaban motivos para ellos: era holandés, como su ilustre predecesor, su imagen se asociaba con el fútbol ofensivo son límite y representaba el liderazgo absoluto desde el banquillo.
Su etapa azulgrana no cabe sino calificarse como tumultuosa. Y no es que faltaran éxitos, puesto que en su primer año consiguió el primer doblete en 40 años y repitió la Liga al año siguiente. Pero la ansiada Liga de Campeones se resistió y encima vió la reedición de los éxitos continentales del Madrid, tras larga travesía en el desierto. Y el juego no fue lo esperado. La presencia de futbolistas de primerísimo nivel como Figo, Rivaldo y Guardiola no terminó de casar con los rígidos sistemas de Van Gaal que además cometió, con junta directiva, un error estratégico de bulto: poblar el equipo de compatriotas, algunos ellos de medio pelo, con lo que la entidad terminó perdiendo sus señas de identidad que en las últimas décadas han estado matizadas por en inconmensurable trabajo en la cantera. En cualquier caso no todo fue barrer para casa; en su último año debutó un tal Xabi Hernández.
Tal vez por encontrase con una presión mediática descomunal (el Barca no es el Ajax, o al menos despierta diez veces más pasiones) y sobre todo por encontrase con la sombra permanente de su ilustre antecesor, Van Gaal terminó perdiendo el control de la situación. Su rigidez y fuerte carácter terminaron cayendo en una visión casi estrambótica del sargento del hierro en los banquillos. Sus ruedas de prensa derivaron en un show de borderías que han pasado a la historia de los momentos jocosos del deporte (“siempre negativo nunca positivo”). Ello le granjeó una imagen amarga y antipática que no supo medir y terminó escapándosele de las manos.




Su final en Barcelona fue intrascendente: el Valencia le goleó en las semifinales de la Champions, perdió la liga en la última jornada y la directiva decidió no comparecer a las semifinales de Copa contra el Atlético de Madrid. Salió de forma silenciosa, con sensación de no haber conseguido objetivos y dejando tras de sí una herencia dudosa: el Barca emprendió un largo camino hacia la nada que se tradujo en cinco años de sequía de títulos. De hecho llegó a regresar a Can Barca pero hizo bueno el dicho de segundas partes nunca fueron buenas.
No le fueron mejor las cosas come seleccionador holandés, ya que no puedo clasificarse para el Mundial de Corea en 2002. Sin embargo encontró su pequeña redención en el modesto AZ Alkmaar, al que consiguió hacer campeón de Liga en 2009 contra todo pronóstico. Eso le abrió las puertas de otro grande, el Bayer Múnich, con el que cuajó un excelente ejercicio en su primer año: nada menos que doblete en Alemania y una final de Liga de Campeones perdida ante el Inter de Milán de un tal José Mourinho, que había sido su asistente en Barcelona y que siempre habló de él como sumo respeto. El segundo año los resultados cambiaron y fue despedido. Uno de los motivos argumentados por la directiva muniquesa fue el considerarle intransigente y hasta prepotente. Hay cosas que nunca cambiarán: títulos y carácter.

sábado, 1 de octubre de 2011

KAREM ABDUL JABBAR: EL CAMPEÓN INCOMBUSTIBLE


Ferdinand Lewis Alcindor, Jr no resulta muy familiar para el gran público. Pero cuando en 1971 un joven jugador de baloncesto decidió convertirse al islamismo, tras leer una biografía de Malcom X, y cambiar su nombre por el de Karem Abdul Jabbar, ya por aquel entonces había protagonizado una historia deportiva de primerísimo nivel. Su irrupción en el baloncesto universitario de la década de los 60 creó un impacto del que pueden dar fe sus impresionantes números: una media de 26,40 puntos y 15 rebotes por partido. La Universidad de UCLA comandada por el mítico John Wooden empezó un dominio aplastante del baloncesto amateur cuto principal bastión fue un joven neoyorkino de carácter reservado que parecía simplemente imparable en la cancha.
Como muchos otros grandes ídolos de raza negra el deporte fue un medio para ganarse el respeto de la gente en una nación que vivía una efervescencia de la lucha por los Derechos Civiles y en la que quedaba todavía un largo camino por recorres en pos de la justicia social. Tal vez influenciado por el polémico líder de la lucha radical que cambió su vida la postura de Jabbar fue siempre arisca y distante. Sus logros en la cancha suponían un desafío a un mundo que no daba a su gente muchas más opciones de supervivencia que el triunfar como atleta. De hecho llegó a pedir su traspaso de los Milwaake Bucks por no sentirse comprendido por el entorno en lo referente a su cambio de nombre y de creencias. Sus deseos eran bien claros: o Nueva York o Los Ángeles, las dos grandes ciudades en donde la excentricidad podía ser tolerada o al menos difuminarse de forma más eficiente.
En cuanto a sus condiciones como jugador se trató probablemente del más grande pívot de todos los tiempos. Sus casi 2,18 metros de altura no suponían ningún impedimento a una de las más depuradas técnicas jamás vistas en una cancha. Nadie perfeccionó como él un tiro a canasta con sello propio: el Sky Hook o “gancho del cielo” mediante el que recibía el balón y aprovechaba su estatura para hacer un movimiento de abajo a arriba y lanzar el balón perpendicular a la canasta con una asombrosa efectividad. Fue el sello de identidad más famoso del que jamás disfrutó ningún jugador en la historia del baloncesto.
De él se dijo que era uno de los mejores atletas que jamás vió el deporte profesional de todo tipo. Su carrera en la liga más exigente del mundo se extendió la friolera de veinte años y salvo los dos últimos en los que el paso del tiempo mostró inequívocas signos de cansancio lo hizo siempre al más alto nivel. Se enfrentó con diversas generaciones de pivots que marcaron la historia de la liga: Bill Walton, Dave Cowens o Bob Lanier en su comienzo. Darrel Dawkins, Artis Gilmore o Moses Malone hacia la mitad o Hakeem Olajuwon en la recta final. Sin embargo para el recuerdo han quedado sus duelos con Robert Parish, en gran 5 de los Celtics de los 80. Aunque la atención, mediática estaba centrada en el duelo de Magic y Bird, los analistas sabían que el auténtico destino de las míticas series se concentraba debajo de los tableros; en quien dominase el rebote y alcanzase una efectividad mayor en tiros de campo.
Su llegada a los Lakers en la década de los 70 no revitalizó a la franquicia en la medida de los esperado, a pesar de que los números del astro resultaban apabullantes. Pero en 1979 un niño prodigio del baloncesto recayó en la costa oeste californiana. Se llamaba Earvin Jonshon y era considerado como mágico y con razón.
Cualquier otro jugador con diez años de experiencia en la liga y que fuera la estrella indiscutible del equipo habría mirado con recelos la llegado de una sombra para su dominio. Pero ente el pívot y el base se dio una química especial que contagió a un conjunto de jugadores brillantes recolectados en diversos drafts gracias a la labor gerencial de una vieja gloria de equipo: Jerry West. La consecuencia de esta sintonía fue la aparición del “show-time” un estilo de juego que adquirió la categoría de leyenda en apenas unos años. Si la rapidez de Magic era el motor de las embestidas del contraataque amarillo, su inicio partía del dominio de Jabbar bajo aros. En realidad el pívot siguió siendo la referencia ofensiva principal durante la primera mitad de la década de los años 80, aquella que cambió la historia de la mejor liga del mundo y que tuvo como principal protagonista a los Lakers que ganaron cinco campeonatos y disputaron tres finales más.



De todos los momentos memorables de esa segunda juventud de Jabbar hay uno culminante. Las series finales de 1985 ante sus verdugos históricos: los temibles Boston Celtics de Larry Bird, Mchale y Parish. En las finales del año anterior los célticos había ganado por un detalle esencial del juego: su dominio en el rebote. Para Jabbar era una cuestión de orgullo personal. Ya había vivido dos derrotas frente a Boston e las series finales (una cuando estaba todavía en Milwaake), Los Angeles nunca había ganado una final a los propietarios del Garden y encima después del primer partido de las series fue ridiculizado por la prensa de Boston. Tras una humillante derrota en el primer encuentro por 148-114 Part Riley, entrenador de los Lakers puso un video del partido a su equipo. Ante los continuos quiebros de Parish a pívot de los californianos el elegante director de orquestra le comentó a su jugador “¿Qué pasa capitán, estas ya cansado?. Mira cómo te supera Robert, una y otra vez”. No dijo nada, tomó nota y el resto de las series barrió a todos los que les salieron al paso siendo proclamado MVP de las finales. Ya entonces contaba con treinta y ocho años.
Para entonces ya se trataba de todo un icono de la cultura deportiva de todo el mundo. La NBA empezaba a exportarse y las estrellas de la liga se convertían en referentes de la juventud de todos los rincones del planeta. Su leyenda era inconmensurable; aún a fecha de hoy resulta el jugador que más puntos ha metido en la historia de la liga y el que más minutos ha jugado. Es además el tercer taponador de la historia y el octavo en porcentaje en tiros de campo. Superó su tradicional misantropía con su auto paródica aparición en “Aterriza como puedas” y con el tiempo se lanzó a publicar libros. Superó traumas personales tales como el incendio de su mansión y la estafa de su hombre de confianza en los negocios, lo cual atrasó su retirada de los terrenos de juegos,
Cuando en la temporada 88-89 anunció su retirada todas las canchas del país le rindieron homenaje merecido. Coleccionó ovaciones y regalos de todo tipo. De hecho no hizo sino recoger los frutos de una vida de éxitos deportivos sin igual.

domingo, 25 de septiembre de 2011

LAS LIGAS DE TENERIFE: CUANDO CAMBIÓ EL CURSO DE LA HISTORIA


Los finales apretados son la salsa de las ligas. Aunque ganar un campeonato siempre desata la euforia del aficionado, no cabe duda que los triunfos acompañados por sufrimiento y la incertidumbre gozan de una posición muy especial en la memoria de los aficionados y de los protagonistas de tales lances. La explosión que conlleva celebrar el triunfo tras la tensión acumulada de muchas jornadas y cientos de pronósticos y sueños es uno de los momentos más esperados que el deporte de élite puede conocer.
La historia del futbol español ha conocido de numerosos finales de infarto grabados a fuego en la memoria colectiva: aquél título del Valencia forjado en un empate en el Manzanares entre rojiblancos y azulgranas, el gol in extremis de Zamora en El Molinon, la derrota del Real Madrid en Valencia dándole en bandeja el título al Athletic de Bilbao o el inolvidable y trágico penalti en Djukic en el 94 que supuso el cuarto título del arrollador Barca de comienzos de los 90. En todos y cada uno de ellos dos equipos o más buscaban la gloria y sólo uno la obtuvo tras una prolongada agonía de 90 minutos. Son jornadas de transistores o televisión, de comienzos simultáneos y alternancias en el podio, de tránsitos febriles de la gloria al fracaso.
A comienzos de los años 90 dos ligas se decidieron de la misma forma y con los mismos protagonistas: el Barca, el Real Madrid y un tercer invitado inesperado el Tenerife. Los canarios habían ascendido a primera división en 1989 y deambulaban por la zona media- baja de la tabla sin grandes apuros pero sin mucha brillantez. Desde el inicio había mostrado un cierto buen gusto por fichar a jugadores de nivel técnico, entre sus objeticos no se encontraba el mantenerse en la máxima categoría a base de cerrojazos. Quique Estebaránz, Felipe o un joven argentino llamado a marcar una época, de nombre Fernando Redondo, mostraban un estilo depurado aunque no cuajado del todo. A mediados del año 91-92 llegó a las islas una vieja gloria del Real Madrid y la selección argentina: Jorge Valdano, discutido defensor del futbol espectáculo y de toque dejó una cómoda carrera de periodista deportivo por la incertidumbre de los banquillos. Aquellos sería sus mejores años como entrenador.
Madrid y Barcelona seguían con su dominio eterno del balompié hispano aunque la rivalidad empezaba a mostrar cambios importantes. Los culés habían ganado la Liga anterior rompiendo el monopolio blanco sobre la liga. Aún más: la ansiada Copa de Europa había sido conquistada tras una final ante la Sampdoria italiana. Casi cien años de fantasmas se enterraron de golpe tras el lanzamiento de falta de Koeman. Pero en España el panorama había vuelto por donde solía: desde la sexta jornada el Real había liderado el campeonato protagonizando un fenómeno curioso, destituir al entrenador que lo había encaramado desde el inicio al primer puesto, Radomir Antic, por considerar que el equipo no daba espectáculo sustituyéndolo por un viejo conocido de la casa blanca: Leo Beenhaker campeón de Liga tres años consecutivos. El cambió no dio los frutos esperados, se siguió jugando mal y se empezaron a perder partidos, especialmente fuera del Bernabéu.
Por su parte el Barcelona tras no pocos titubeos terminó asimilando el 3-4-3 impuesto por Johan Cruyff y la victoria en la máxima competición continental relajó a los jugadores azulgranas de tal forma que empezaron a sucederse las victorias en la recta final de la temporada que dejaron todo por decidir para la última jornada. El Real Madrid visitaba Tenerife y el Barcelona recibía al Bilbao en el Camp Nou. A los blancos sólo les valía la victoria ya que la diferencia de goles favorecía a los catalanes. Y había elementos para la suspicacia: el Tenerife no se jugaba nada y en sus filas había dos destacados exmadridistas: el portero Agustín González y el entrenador Valdano. El victimismo tan clásico de los azulgranas de entonces proclamó escepticismo sobre la voluntariedad canaria para ganar el envite. Tal vez por eso empezaron a correr los maletines incentivadores.
Cuando la gran tarde llegó los acontecimientos tomaron un giro inesperado. El Barca ganaba con facilidad su partido; pero había un problema y no era otro que el Madrid hacía lo mismos. A los 25 minutos un rotundo 0-2 se señalaba en el video marcador del Heliodoro Rodríguez López. Todo parecía decidido pero caso al final de la primera parte los locales recortan la distancia. Todo estaba por decidir. Y la segunda parte cambió el rumbo de la historia. A los veinte minutos el Madrid marca pero el linier había levantado la bandera. La repetición de Canal Plus muestra que no había fuera de juego, pero todo sigue igual. Y en apenas cinco minutos la locura: jugada personal de Felipe que se interna en el área y centra raso; el defensa central brasileño Ricardo Rocha introduce el balón en su propia portería. Ya entonces la liga era azulgrana. Pero la cosa no ha acabado ahí. El Real atolondrado saca de centro y Sanchís realiza la cesión al portero más absurda jamás vista. Buyo trata de coger la pelota y lo despeja hacia la propia portería donde Pier remacha el 3-2 definitivo. Fin de la liga y de la hegemonía blanca.



Un año más tarde todo un deja vu. El Barca recibe a la Real Sociedad y el Madrid acude de nuevo a Tenerife. En esta ocasión los de Valdano no necesitan primas de motivación: se juegan entrar en la U.E.F-A un hito para un conjunto que no mucho tiempo atrás se encontraba en la mismísima 2ª B. Se repite la historia, aunque con menos dramatismo: el Real pierde 2-0 con goles de Dertycia, ambos de espectacular testarazo. Gracia Redondo el árbitro hace el resto, y no señala dos penaltis claros en el área canaria. Los tiempos han cambiado y las ayudas tantas veces criticadas por los rivales de los madridistas ahora van en otra dirección. El “Dream Team” camina hacia la historia, es su tercer título consecutivo y no se olvidaran de su aliado inesperado, ya que la insignia de oro y brillantes del club irá para los jugadores que han ajusticiado a sus eterno rival, algo inédito en la historia. Valdano ficharía años más tarde por el rival al que había ajusticiado con desigual suerte, ganó una liga el primer años y fue cesado el segundo.
Esas ligas marcaron la transición en el dominio del fútbol hispano. De 1953 a 1990 los azulgranas sólo ganaron cuatro ligas frente veintiuna de los del Concha Espina. A partir de ahí por el Camp Nou han pasado once campeonatos por seis madrileños además de cuatro Ligas de Campeones. Hasta Tenerife una maldición recorría los cimientos de Can Barca, parecía como si sólo se pudieran ganar ligas con más de diez puntos de diferencia sobre el segundo. Hoy en día el Tenerife ha desaparecido del primer plano de la actualidad futbolística. Pero nadie olvidará su importancia por aquellos días.

domingo, 18 de septiembre de 2011

CUANDO EL MAGARIÑOS TRONABA


El deporte profesional no conoce de mucho romanticismo. Es más, el mismo está casi desterrado. La consideración de su ejercicio como mera diversión queda circunscrita al campo de lo amateur, y desde luego carece de toda lógica el pensar que unos jugadores que cobran por competir, tengan un concepto hasta divertido de su profesión.
En Madrid existe, sin embargo, una entidad que ha cuajado en el aficionado de forma muy especial desde su fundación allá por el lejano 1948. Identificado con un prestigioso Instituto madrileño, desde sus orígenes representó la esencia más primitiva del ejercicio del deporte, en este caso del baloncesto, y esta no era otra que jugar de la misma forma que uno juega en el patio del colegio. Esa entidad tan especial recibe, no de forma aleatoria, el nombre de estudiantes y es historia viva del basket hispano.
Muchas han sido las etapas de su larga y entrañable historia, muchos los jugadores claves que han pasado por sus filas y que han aportado grandes momentos de gloria a un deporte tan en alza en nuestros días. Desde Díaz Miguel hasta Alberto Herreros, pasando por Aíto García Reneses, Gonzalo Sagi-Vela, Vicente Ramos, Fernando Martín, Vicente Gil, Nacho Azofra o los hermanos Reyes, Alfonso y Felipe y un sinfín de nombres que han representado un buen puñado de escenas para el recuerdo en las canchas. Su encomiable apuesta por la cantera se ha convertido en una extraordinaria seña de identidad impuesta en todas y cada una de las etapas de su largo devenir; una vez consagrado el chaval que desde juveniles se había formado en las canchas del Polideportivo Antonio Magariños su destino era por todos conocido: fichar por uno de los grandes. Pero la entidad lo asumía y no reprendía nada, le deseaba suerte y permitía la cobertura de su puesto por otra promesa y de paso financiaba su maltrecha economía con el dinero del traspaso.
No pocas han sido las dificultades, en especial económicas que ha superado en todas y cada una de las ocasiones. La búsqueda de un patrocinador se ha convertido en un motor de subsistencia necesario para competir en la jungla del profesionalismo. Porque con todo su concepto atípico de entidad deportiva el Estudiantes siempre ha sabido batirse el cobre con rivales más `poderosos y nunca ha bajado de la máxima categoría de la ahora liga ACB. Podrían tener menos dinero, podrían ser más bajos, podrían traspasar a sus grandes figuras, podrían disponer de americanos menos cotizados, pero para ganarles ha habido siempre que sudar mucho.
De entre todas las etapas de su historia una queda en el recuerdo de forma automática, quizá más que otras tan encomiables. Pero el periodo 1985-1992 se hace especialmente nítido porque también significó la época de la eclosión del baloncesto como segundo deporte nacional. Muchos fueron los que pensaron que el Estudiantes no tenía futuro en una liga cada vez más igualada y profesionalizada con la entrada de los dos americanos por equipo. Pero equivocaron los pronósticos y además el club se convirtió en una referencia del deporte nacional de la forma más peculiar: a través de su hinchada. La famosa “Demencia” resultó un contrapunto esencial en una época en el que los grupos violentos empezaban a poblar los campos de fútbol de caso toda España y mostró un camino bien distinto al que estos últimos seguían: el ingenio y desenfado se antepusieron a una visión dramática y hasta violenta de la rivalidad deportiva y muchos fueron los jugadores y técnicos rivales que no dejaron de admirar esta vis cómica de aquellos que otros no cejaban en presentar como una cuestión de vida o muerte.



A nivel deportivo un pequeño milagro permitió a una entidad sin apenas recursos económicos encaramarse a los puestos destacados de la liga y hasta logran el punto culminante en el año 92: ganar la Copa del Rey y llegar nada menos que a la Final Four de la Copa de Europa en Estambul. En esta hazaña deportiva tuvieron un papel destacado tres americanos nacidos muy lejos de Madrid y que nunca pudieron pensar que fuesen a tener una papel tan destacado en un entidad tan peculiar: David Rusell era una figura de la Universidad de St Johns cuya irrupción en la liga española significó la entrada del espectáculo en su más pura esencia, sus saltos, machaques y cintas encandilaron al público de toda la Liga dejando un listón tan alto que `parecía difícil de superar, sin embargo su sucesor Ricky Wislow no le fue a la zaga en cuanto a habilidades acrobáticas y anotadoras. Pero aparte de estos dos nombres uno sobresalió por encima de todos, y era un pívot más bien regordete, con escasa altura (apenas 2,02) y aspecto de cualquier cosa menos de jugador de baloncesto. Debutó en el viejo pabellón de deportes del Real Madrid y cuando apareció provocó más mofas que otra cosa. Su nombre era John Pinone y marcaría la historia del club en los próximos años. Su habilidad bajo aros demostraría que la altura y fortaleza física no resultan los únicos argumentos de un center, cada partido suyo suponía un derroche de imaginación y aprovechamiento de recursos, con capacidad para la anticipación (era famoso el “zarpazo” del oso) un buen tiro de cuatro metros mediante el que conseguía arrastrar a su defensor, buena posición en el rebote y hasta dotes de liderazgo. Fue el primer americano en convertirse en captán del equipo.
A estos nombres foráneos se les unieron un grupo de guerrilleros nacionales dispuestos a derrochar entusiasmo y coraje en cada partido: el batallador Pedro Rodríguez se partía en cobre con rivales mucho más altos y poderosos que no siempre podían ganarle, el veterano base Vicente Gil ponía los partidos a toda pastilla ante el entusiasmo generalizado, Javier García Coll aportaba defensa y triples decisivos y con el tiempos estos nombres fueron progresivamente sustituidos por otros si cabe aún más brillantes: los bases Antúnez, Jofresa y Pablo Martínez, el pívot Orenga y por encima de todos el extraordinario tirador Alberto Herreros que sería el único jugador en la historia del club que salió en medio de gran polémica.
Para demostrar lo que significó Estudiantes nada mejor que la imagen de un partido de 1986 ante el Barcelona en el Magariños. A falta de pocos segundos el equipo perdía, en ese mismo instante todo la cancha rugía “este partido lo vamos a ganar”, con todo a favor los jugadores azulgranas cometen errores de principiantes ante la increíble presión del público. Los locales tiene la última opción para ganar por el intento de triple falla. Unos minutos más tarde los jugadores del Estudiantes deben de salir a saludar a una hinchado enfervorecida tras un partido que se había perdido. La crónica de “El País” al día siguiente rezaba “ en España no se ha producido un acontecimiento así en ningún deporte en los últimos años”. A fin de cuentas el resultado era lo de menos.

sábado, 10 de septiembre de 2011

LA GUERRA EN LAS ONDAS: LA RADIO COMO CAMPO DE BATALLA


El tinglado mediático que siempre implica el mundo del fútbol ha necesitado siempre de la polémica. Hoy vivimos las era de la televisión de la cual depende el futuro económico de los clubes. Las ondas han pasado a un segundo plano ya que los resultados se pueden comprobar hasta en Internet al instante sin necesidad de esperar al grito del locutor.
Pero la radio forma parte del ideario colectivo del aficionado. Muchos momentos de la infancia se asocian al carrusel deportivo de los domingos en la cadena que fuese. Nombres como Matías Prats, Hector del Mar, Gaspar Rosety , Joaquin Prat o Pepe Domingo Castaño han cobrado una trascendencia esencial en la historia del fútbol y del deporte general. Para el forofo, el locutor de radio cobraba una dimensión casi equiparable a la del jugador. A fin de cuentas era el intermediario entre lo que ocurría en el terreno de juego y sus expectativas como aficionado. Durante no pocos años sólo existía un par de partido por televisión a la semana. El europeo del miércoles y el del sábado. El resto pasaba al “Estudio estadio” al que esperaban todos como agua de mayo en donde se cotejaba lo que antes se había escuchado en las ondas.
En la década de los años 90 una figura dominaba el panorama periodístico deportivo de forma casi dictatorial y esa no era otra que la de José María García. Ostentó durante casi treinta años el liderazgo en audiencia de las noches y , por descontado, de los carruseles de los domingos. Su influencia en el deporte era extraordinaria, casi increíble de entender a fecha de hoy. Su estilo incisivo, agresivo y hasta chabacano en tanto mostraba un gusto desmedido por el insulto refinado, le hizo ser temido por todos o casi todos, al menos. Las puertas de los grandes clubes estaban abiertas para él de par en par. No había exclusiva que se le negara y pobre de aquél que osara negarle un trato de favor. Sus programas nocturnos sumieron en el insomnio a un buen puñado de españoles que dejaban consumir las horas en espera del comienzo del ya legendario “ buenas noches señores, un saludo cordial……”. Llevarse bien con él suponía un escudo protector frente a posibles ataques. Ser su enemigo implicaba encontrarse sólo ante el peligro. El miedo de los dirigentes a sus críticas les llevaba a mantener entrenadores en el alambre y no prescindir de jugadores cuestionados. El presidente o técnico que caía en desgracia ante él podía tener sus horas contadas, ya que todas las noches una buena retahíla de descalificaciones que terminaba calando en el aficionado. A este poderío llegó tras demostrar, sin duda, una alta capacidad profesional. Pero el uso del mismo fue mas cuestionable. Alguna de sus frases como “Pablo, Pablito, Pablete…” (por el Presidente de la Federación Pablo Porta..) o “bulto sospechoso” (por aquel colegiado que consideraba inadecuado) formaron parte de la identidad deportiva del país.
Tamaño control sufrió una embestida por parte del más poderoso grupo de comunicación que jamás conoció el periodismo español. El Grupo PRISA casa matriz del diario “El País” y la Cadena Ser decidió dar un giro a su política informativa en el área deportiva. Había caracterizado al citado grupo una apuesta decidida por el periodismo de calidad, lejos de los tópicos tan manidos del mundo futbolero. La sección de deportes de “El Pais” se había distinguido siempre por la crónica elaborada y hasta el gusto por el periodismo literario que utilizaba el deporte como base de narraciones elegantes matizadas por el común uso d ela metáfora literaria. Nombres como Luis Gómez, Santiago Segurola o Julio César Iglesias representaban con solvencia esa línea. Cuestión distinta fue la radio con la irrupción del lenguaraz José Ramón de la Morena, que curiosamente había iniciado su carrera de la mano de García. Una discrepancia con el temido locutor fue el inicio de la guerra sin cuartel. Calificado por el boss de las ondas como “el tonto de Brunete” el joven periodista inició una cruzada particular contra su influencia que poco a poco fue calando en los aficionados, especialmente en los más jóvenes. Por primera vez García era respondido con su propia medicina en un programa que pronto adquirió estatus de mito “El Larguero” que dedicaba buena parte de su tiempo a ponerle a caldo; lo que significaba que las palabras malsonantes y que el estilo farruco se apropiaron de las noches deportivas. No era nada nuevo en un país caracterizado por la división eterna y que parece disfrutar de las guerras civiles hasta en las cuestiones más nimias; pareciera como la tendencia española al conflicto fuese una necesidad vital: o se es del PP o del PSOE, del Madrid o del Barca, de playa o montaña, o feminista o pro-familia. El punto medio parece coto vedado.



La guerra en las ondas hasta eclipsó a las competiciones. Los deportistas sabían muy bien que ser amigo de uno implicaba enemistarse con el otro. Y en función de sus intereses decidían sus adscripciones. Si Pedro Delgado se convertía en enemigo de García, la SER le contrataba de comentarista. Si Clemente era fustigado por Dela Morena, García le defendía a capa y espada. Mientras Valdano era un asiduo del universo PRISA, en los espacios de García era el “rapsoda”. Cuando la Quinta del Buitre cayó en conflicto con el líder eterno de la radio, los medios del entonces todopoderoso Polanco no cejaban en recordar su historial. Los aficionados se dividían entre divertidos y convencidos, a fin de cuentas el circo no dejaba de tener su guasa. La credibilidad importaba bien poco, lo importante era la defensa de la causa.
Tampoco escapaban a la contienda el panorama político de esos años. García era el líder de la COPE la emisora episcopal azote de los gobiernos de Felipe González y Dela Morena era el periodista revelación de la SER, que defendía la causa “progresista”. El deporte no fue sino otro frente de batalla de la lucha por el poder, algo que deja en muy mal lugar a la cultura política y deportiva de los hispanos. De la inconsistencia de las posiciones entonces infranqueables sólo cabe decir un hecho reciente: prácticamente la totalidad del equipo del legendario “Carrusel deportivo” de la ser terminó fichando por la COPE. A fin de cuentas el dinero manda.
El tiempo y una grave enfermedad terminaron apartando a García de la actualidad deportiva. Su retirada dejó atrás todo una época del periodismo deportivo español, para bien o para mal. Se trató de un gran comunicador y un profesional más que brillante con un estilo en realidad casi deleznable. Sus opositores lograron desplazarle pero no dejaron de caer en muchos de sus sectarismos. Pero el aficionado medio lo pasó muy bien. Lo de informar era más bien secundario.