lunes, 16 de enero de 2012

JUAN GOMEZ JUANITO: LA REFERENCIA EMOCIONAL


La identificación con unos colores parece haber pasado a la historia en las relaciones entre los jugadores y el club al que sirven. Eso no fue así durante no pocos años, especialmente en los equipos punteros en los que había tendencia a formar dinastías consolidadas en el tiempo. En el Real Madrid ningún jugador ha conseguido una identificación emocional mayor que un malagueño llamado Juan Gómez y conocido universalmente como “Juanito”.
Su trágica muerte en accidente de circulación aumento aún más su leyenda. Suele pasar con aquellos que el destino sesga sus vidas en edad muy temprana. Incluso las circunstancias de la misma ayudaron a agrandar su simbiosis con entidad blanca: falleció tras presenciar un partido de semifinales de la U.E.F.A del Real Madrid de vuelta a Extremadura en donde había iniciado su carrera como técnico. Sus declaraciones en vida siempre habían mostrado una devoción sin límites por el club que le dio la fama en el siempre competitivo mundo del balompié, a él le debía un agradecimiento eterno por haberle proporcionado un trampolín hacia el éxito y su correspondencia no había sido menos jugosa al liderar una generación de jugadores blancos que escribieron páginas muy recordadas, especialmente a nivel europeo.



No faltaron momentos amargos en su trayectoria, en especial aquellos relacionados con unos prontos mal gestionados que le metieron en no pocos problemas, destacando uno con luz propia: el pisotón en la cara al alemán Lottar Matthaus en unas semifinales de la Copa de Europa. En unos segundos explosivos se canceló una trayectoria brillante de diez años. No era la primera vez que su genio le jugaba malas pasadas; recordada es su imagen escupiendo a su antiguo compañero de equipo Uli Stilike tras una fea entrada de éste último o anteriormente el botellazo recibido en Belgrado en un partido con la selección tras retirarse del campo y hacer un gesto discutible. Tampoco sus actividades extradeportivas quedaron impunes, en especial su descubierta noche de juerga en Milán con su compañero de equipo Lozano, y un par de damas de dudoso origen. Dicen los que le conocían que se trataban de momentos puntuales de los que se arrepentía al instante y que tras esa agresividad ocasional se escondía una persona de grandes valores. En cualquier caso la imagen que ha quedado del mismo es la positiva; la del gran defensor de las causas perdidas de su equipo, el impulsador de las grandes remontadas europeas, el genio creativo que combinaba su gran capacidad técnica con un espíritu indomable de lucha, una de las imágenes esenciales del fútbol hispano de finales de los 70 y comienzos d e los 80.
Su trayectoria comenzó, curiosamente, en los juveniles del Atlético de Madrid para, con posterioridad, ser traspasado al Burgos y recalar en el cuadro blanco en la temporada 77-78. Desde sus inicios se manifestó como un referente esencial de Madrid de aquellos años en el que los grandes fichajes habían pasado a la historia y se empezaba a apostar por la cantera combinada con piezas de calidad insertadas ene l equipo. Con Santillana formó un ataque que se asentó como titular indiscutible durante varios años. Las ligas no tardaron en llegar (tres consecutivas del 78 al 80) pero la Copa de Europa se resistió con dos citas claves que impidieron la conquista a esa generación: un 5-1 en Hamburgo en semifinales del 80 y una dolorosa derrota en la final del 81 ante el Liverpool en el parque de los Príncipes de París. Aquel Real Madrid pasó a la historia por mantener el tipo con una plantilla sustancialmente inferior a los que de él se espera. Años más tarde vivió la transición de dicho equipo a los jóvenes brillantes de la Quinta del Buitre. Fue precisamente en esa recta final en donde consiguió crearse una imagen de guerrillero inasequible al desaliento que le permitía comandar remontadas históricas en un enfervorizado Chamartín; suya es la frase que proclamaba que 90 minutos en el Bernabéu eran muy largos para los rivales, o por lo menos lo fueron en no pocas ocasiones mediados los años 80.
En Juanito confluían las virtudes y defectos del jugador español de aquellos años: a su fiereza en el campo le unía una notable calidad técnica así como instinto goleador. No obstante no faltaron señales intermitentes en su larga carrera y significativos fueron sus fracasos en la selección española, especialmente en el Mundial 82, en donde resultó ser uno de los grandes damnificados del mismo ya que nunca volvería a vestir la roja. Las acusaciones de irregularidad e incluso cierto individualismo le buscaron otros conflictos. Stilike le acusó de jugar de cara a la galería en una final de la Recopa perdida ante el Aberdeen y entre los dos surgió una enemistad saldada años mas tarde de la forma poco elegante referida.
Probablemente su mito se encuentre por encima de sus méritos futbolísticos, al menos en comparación con otros jugadores que han vestido la camiseta blanca antes y después de él; pero su imagen no ha hecho sino agrandarse al cabo de los años hasta el punto de protagonizar un hecho casi insólito: que cada minuto siete (su eterno dorsal) el fundo del feudo blanco proclame “Illa, illa, illa Juanito Maravilla….” Y así se recuerdo siga vivo entre las nuevas generaciones; en realidad ha adquirido rango de inmortal, casi lo máximo a lo que puede aspirar un ídolo tan eventual como el futbolista.
Su muerte conmocionó como pocas al fútbol, de hecho en un par de meses se cumplirán veinte años de la misma y hay ecos que aún resuenan. Los homenajes póstumos se sucedieron y sus virtudes se convirtieron en un lugar común cuando se trataba de criticar la falta de compromiso y entrega. Santiago Segurola le definió así en la hora de su desaparición: “Todo lo hacía a lo grande. Dejaba huella por donde pasaba. Mattháus puede dar fe de ello. Nada podía sujetarle, ni los defensas, ni el árbitro, ni los micrófonos. Tenía un talento explosivo, y a veces la dinamita le estallaba en las manos. Nunca quiso los tonos medios. Sus regates eran secos y sus carreras fulgurantes; sus pases llegaban precisos e imprevistos; los remates tenían un desparpajo adolescente; sus declaraciones eran sinceras y muchas veces inoportunas. Siempre pareció un chiquillo sin ganas de crecer. Por eso amaba tanto al fútbol: porque le gustaba jugar y sorprendemos. Juanito lo logró: siempre nos cogió por sorpresa, incluso a la hora de la muerte.”

martes, 10 de enero de 2012

LOS ENTRENADORES DEL GILISMO


La llegada de Simeone al banquillo del Atlético de Madrid ha supuesto un nuevo episodio en la rotación continua de inquilinos del banquillo del Vicente Calderón desde un ya lejano junio de 1987 en el que Jesús Gil y Gil ganaba el último proceso electoral convocado por la entidad rojiblanca. El mundo del fútbol hispano nunca ha sido propicio a la estabilidad y menos de los entrenadores, pero de la mano del nuevo mandatario colchonero la histótica entidad capitalina se convirtió en un carrusel folclórico de dimensiones inusitadas.
La aventura del Gilismo comenzó con el “flaco Menotti” un filósofo del fútbol que tuvo el inmenso mérito de aguantar tres cuartas partes de la primera temporada de la nueva era atlética. Entonces se consideró un fracaso, pero el tiempo le convirtió en el técnico más longevo hasta que Luis Aragonés concluyó el ejercicio 91-92 completo. Desde el argentino toda una sucesión de entradas y salidas situaron al Atlético en el esperpento más radical: de Maguregui a Clemente, pasando por los ingleses Atkinson y Addison, el yugoslavo Tomislv Ivic, los argentinos Pastoriza, Heredia, Ovejero o Basile, el colombiano Maturana, el nacionalizado D´Alessandro, el brasileño Jair Perierira, rutilantes figuras “de la casa” como Briones o Emilio Cruz hasta concluir en el trienio de Radomir Antic, doblete incluido, para luego volver a la rueda prodigiosa; los italianos Sachii y Ranieri, Zambrano o Marcos Alonso, vuelta de Luis Aragones con ascenso de por medio, Gregorio Manzano (en dos etapas no precisamente exitosas), Ferrando, Bianchi, Pepe Murcia, Javier Aguirre, Abel Resino, Quique Sánchez Flórez o ahora Simeone.
A nadie le puede extrañar que tal carrusel coincido con una época más bien oscura de éxitos deportivos y la perdida como referencia de equipo grande. A fin de cuentas lo que convierte a una entidad en competitiva son unas señas de identidad que el Atlético tuvo grabadas a fuego durante no pocas décadas: un estilo de contragolpe sostenido en una defensa rocosa y en la presencia de centrocampistas de gran calidad técnica, un carácter luchador mantenido en las circunstancias más adversas fundamentado en la conciencia de ser un equipo grande, irregular pero casi siempre en el grupo de cabeza de las competiciones que disputaba, así como una tendencia a fichar en el mercado Sudamericano a buen precio y con un excelente rendimiento. Lógicamente tales referencias resultan incompatibles con un vaivén de técnicos y jugadores sin un perfil definido y amontonados sin ton ni son. De hecho hay un dato revelador del esperpento: en un periodo de veinte años se contrataron casi el doble de entrenadores que el Liverpoool o el Manchester United en toda su historia.
Algunas anécdotas de aquellos técnicos han pasado a la historia por lo jocoso de las mismas; así Menotti “era un vago que quería entrenar un rato por las tardes”, Maguregui “mitad hombre , mitad payaso”, Atkinson “vino de guapito y vividor a ligar bronce en Maspalomas”, Clemente era “cabezón y cabreaba al socio”, Peiró no sobrevivió a perder un Trofeo Carranza, Ivic “transmitía inseguridad”, a Jair Pereira “le habían matado al hijo y no estaba centrado”, Maturana “tenía un sistema que nadie entendía” D´Alessandro “se llevaba muy bien con los jugadores” o Alfio Basile “preparaba los partidos en la discoteca”. Hubo situaciones no menos cómicas como las del interino Briones, un entrenador de las categorías inferiores que actuaba de puente entre despido y despido que recibía instrucciones desde un walki-talkie del propio presidente para hacer alineaciones y cambios aunque asegurara que las tácticas las decidía él y sólo el (curiosamente le acompañaron los resultados) o del llamado “sargento Romerales” que prohibió a los jugadores ver el culebrón sudamericano Abigail , entonces en boga, por considerarlo poco masculino. Nada detenía el show a orillas del Manzanares aún con ocasionales títulos como las Copas del rey de comienzos de los 90 o el ya mencionado doblete.
En los cinco años anteriores a la llegada de Jesús Gil un solo entrenador se había sentado en la banqueta de local del Calderón: Luis Aragonés. En los cinco posteriores salieron a una media de tres entrenadores por año. En esto del cambio de técnico no se fue exclusivo ni excluyente: ahí están los sucesivos carruseles que, por ejemplo, el banquillo del real Madrid ha sufrido en los últimos años, pero si que es verdad que en pocas ocasiones una entidad deportiva ha conocido una variable tan familiar a todos los aficionados y periodistas: el convencimiento pleno que cada nuevo entrenador tenía las horas contadas. Se conoció la excepción del serbio Radomir Antic, héroe del ejercicio 95-96 que extendió su presencia al record de tres años completos aunque luego viviría dos regresos sencillamente calamitosos descenso incluido. En fechas más recientes Javier Aguirre completó dos temporadas y media hasta ser sustituido por Abel Resino.
En realidad esta inestabilidad permanente no es sino el trasfondo de la pérdida de esencias de una entidad que ya supera los cien años de existencia pero que ha devenido en irreconocible; la transformación de los clubes deportivos en sociedades anónimas ha resultado uno de los mayores fiascos de la historia del deporte español: si su objetivo era disminuir sus inmensas deudas lo que ha hecho ha sido aumentarlas de forma desmesurada amén de sustraer el control de los equipos de los aficionados los auténticos depositarios del sentimiento forjado a lo largo de los años. Cada temporada del Atlético comienza con una ingeniosa campaña publicitaria, aspecto en lo sin duda ha alcanzado un liderazgo único: la venta de humo

martes, 27 de diciembre de 2011

CESAR LUIS MENOTTI: LA PALABRA DEL FÚTBOL


La presencia de Menotti en el inconsciente colectivo futbolístico responde principalmente a su imagen peculiar cimentada en ser uno de los escasos “intelectuales” que el deporte rey ha producido, al menos el mas conocido.
No es del deporte profesional un campo muy propicio para el uso del verbo. Pero en el futbol no han sido pocos los entrenadores y dirigentes que se han caracterizado por una incontinencia verbal de un sentido u otro. Menotti fue un pionero en la inclusión del elemento cultural en el mismo y por representar una defensa a ultranza de un ideario futbolístico llevado al extremo en cualquier equipo al que entrenase.
No faltan enemigos a su figura. Aquellos que proclaman que se trata de un vendedor de humo sin auténtica sustancia, que tras su lenguaje florido no esconde sino una ganas de notoriedad alejadas de la realidad profesional del entrenamiento de un equipo de fútbol. Es más, proclaman a los cuatro vientos su escaso palmarés y el hecho que su gran éxito, el Mundial de Argentina 78, se consiguió bajo sospecha de tongo.
Sus seguidores le sitúan, al contrario, como un referente esencial del futbol moderno, un defensor a ultranza del espectáculo futbolístico y del talento individual. Al mismo tiempo sostienen que ha dignificado la figura del hombre de fútbol, alejándose del perfil clásico de entrenador y introduciendo la cultura, el uso de metáforas referentes del juego que ha permitido una evolución del lenguaje futbolístico siempre lastrada por tópicos y lugares comunes.
En cualquier caso la irrupción de "El Flaco" renovó el alicaído balompié argentino. En su primera experiencia profesional consiguió hacer campeón del torneo Metropolitano al Huracán, un modesto equipo de barrio que desbancó a los tradicionales iconos del futbol de su país. En el 74 recibió el encargo de entrenar a Argentina que preparaba su Mundial. No era un desafío fácil y más teniendo en cuenta que una etapa de oscuridad se tornaba sobre una nación que viviría los años de infamia más terribles de su historia: el régimen del militar Videla importaba a América del Sur los peores métodos del totalitarismo europeo. Como cortina de humo para la opinión internacional se necesitaba un triunfo en el campeonato del mundo de cara a la publicidad del régimen sátrapa.



Ajeno a lo acontecía en la calle, Menotti se embarcó en su mayor desafío profesional con una fe ilimitada en sus principios: apostaría por un fútbol de toque en el que primara la calidad técnica y la improvisación de sus jugadores, aunque superando la tradicional anarquía que siempre caracterizaba a los argentinos a los que consiguió dotar de un sentido de juego colectivo. En realidad el entrenador albiceleste proclamó este concepto (no muy alejado de muchos de sus colegas) como una filosofía existencial más que como una táctica. No fue un innovador ni un revolucionario ya que, a fin de cuentas, sólo trataba de sacar rendimiento a unos mimbres y Argentina los tenía sobrados. Pero supo vender sus ideas de una forma tan sugerente que su éxito le convirtió en un icono del fútbol mundial. Argentina ganó su copa del mundo tras vencer a Holanda en la final en la prórroga y dejando tras de sí una sospecha de un posible amaño en el partido decisivo ante Perú, al que endosó un 6-0 para pasar a la final. Nunca se demostró nada por muchos intentos que hubo de soterrar el éxito de Kempes, Fillol, Pasarela o Bertoni.
Tras la reválida mundialista Menotti se convirtió en un asiduo de la prensa, más por su insistente proclamación de su ideario que por su trabajo al frente de los diversos equipos a los que entrenó. Tras dejar la selección sólo un grande llamó a su puerta y fue el Barcelona , por darle satisfacción a su nueva y consentida estrella Diego Armando Maradona. En el Camp Nou apenas dejó momentos esporádicos de triunfo (dos finales ganadas al Real Madrid) aunque sí un buen puñado de anécdotas memorables como su ingeniosa frase de que al Barcelona le apremiaban las “urgencias históricas” en los tiempos en los que los grandes títulos no llegaban nunca, y su empeño en entrenar por las tardes a las cinco. La explicación oficial determinaba que los biorritmos de los jugadores se acoplaban mejor a esa hora porque era a la que se jugaba. Extraoficialmente se comentaba que ese horario permitía al argentino disfrutar de la noche barcelonesa. Años mas tarde se convirtió en el primer entrenador de la era Jesús Gil en el Atlético de Madrid, donde pasó del amor al odio en unos meses. Los que fueron de ganar 0-4 en el Bernabeú a la derrota por 1-3 en ele partido de vuelta con su consiguiente cese. En Madrid acuñó otra frase memorable, con su famoso “achique de espacios” táctica que en definitiva no era sino la trampa del fuera de juego de toda la vida y que el referido partido en el feudo blanco alcanzó su grado de esplendor: hasta en veinte ocasiones el Madrid de la Quinta cayó en off-side sentando un precedente de lo que ocurriría un par de años después con el Milán de Shachii.
A partir de ahí se convirtió en un trotamundos del futbol con todo un rosario de combinados a ls que entrenó sin título alguno: River Plate, Independiente, Sampdoria, Selección de México, Rosario Central…..En realidad su aportación más importante fue su querella constante contra su sucesor en el cargo: Carlos Salvador Bilardo. La lucha entre Menottistas y Bilardistas se convirtió en un debate nacional de primer nivel y ayudó a dar al juego una dimensión casi política, algo muy conveniente para atraer la atención de espectadores y público: el jugo bonito frente a la practicidad, el talento frente a la rigurosidad táctica, el ataque contra la especulación…La querella se había originado en el traspaso de poderes en la selección; ahí surgieron dos posiciones antagónicas e irreconciliables. Los últimos años ratificaron su posición de icono mediático; cada aparición suya en los medios se convertía en una proclama de su filosofía deportiva como en un intento de mantener su imagen al cabo de los años.Cada frase suya adquiría aire de doctrina, si se quiere algo empalagosa, lo cual le siguió granjeando incondicionales adhesiones y críticas feroces; pero él parecía muy satisfecho. Como dijo Oscar Wilde, hay algo peor que estar en boca de todos y es no estar en boca de nadie

miércoles, 14 de diciembre de 2011

AITO GARCÍA RENESES: UNA TRAYECTORIA IMPECABLE


El baloncesto español ha conocido de tres nombres esenciales que han poblado su trayectoria con todos los éxitos imaginables: dos madridistas, Pedro Ferrándiz y Lolo Saiz y un azulgrana de origen madrileño Aíto García Reneses.
No es fácil mantenerse en la élite mucho tiempo; hacerlo durante más de tres décadas demuestra una capacidad más que sobrada para el siempre difícil desempeño de entrenador. Mantenerse fiel a sus principios contraviento y marea es algo reservado a los mejores en su puesto. Y el técnico madrileño ha dotado a sus combinados de unas señas de identidad fácilmente reconocibles en cualquier circunstancia y situación. Desde el Cotonificio de Badalona, hasta su larga etapa azulgrana y su vuelta a sus orígenes badaloneses, sus equipos siempre han apostado por una preeminencia del juego colectivo frente al individualismo, una filosofía en la que el interés común debía de supeditarse a los egos particulares, un fuerte ritmo físico y un adecuado balance defensivo.
Era verano de 1985 y por aquel entonces la sección de baloncesto del Barcelona no pasaba su mejor momento. Antonio Serra había dimitido tras una brillante trayectoria que había puesto a los culés a un nivel competitivo respecto de su gran rival capitalino. Aun así el Real Madrid dominaba el panorama baloncestístico. Aíto entrenaba a un emergente Joventud de Badalona en el que despuntaban nombres esenciales del basket hispano tales como Andrés Jiménez, Rafael Jofresa o Jordi Villacampa. Se había plantado en la final de la liga humillando al gran favorito en el primer partido de la final en el vetusto pabellón blanco por un escalofriante 86-111. Los dos siguientes partidos pusieron las cosas en su sitio y la Liga voló a Madrid pero José Luis Núñez apostó por el joven técnico con más proyección de España.
Su aterrizaje en la ciudad condal no fue muy llevadero. Los resultados no acompañaron demasiado en su primera temporada en la que perdió Copa y Liga en el mismísimo Palau Blugrana. No fueron pocas las críticas que recibió. En un equipo acostumbrado a cargar toda la responsabilidad en el juego exterior de Epi y Sibilio, Aíto impuso su ideario contra toda corriente: rotaciones constantes de jugadores y reparto de la responsabilidad anotadora. Nadie entendía entonces como un jugador que parecía enchufado se fuera al banquillo al minuto siguiente. Contra las voces discordantes la directiva apostó por su continuidad siguiendo un modelo deportivo que daría grandes frutos tanto el fútbol como balonmano; estabilidad a toda costa de los entrenadores y proyectos deportivos a largo plazo.
Los resultados llegaron en la segunda temporada y ya no se detuvieron. Aunque su brillante trayectoria siempre tuvo un lunar no resuelto: nunca alcanzar la ansiada Copa de Europa o Euroliga. Y no fue por falta de oportunidades e insistencia: hasta tres finales perdidas y seis final-fours disputadas jalonaron la trayectoria de su Barca en la máxima competición continental. En realidad los esquemas de Aíto resultaban idóneos para competiciones a largo plazo en donde el final de temporada pasa factura y las piernas más frescas se imponen a aquellos que han acumulado demasiados minutos al cabo del año. Pero en las distancias cortas, cuando la calidad individual e intensidad eran decisivas se encontró con diversas bestias negras que jalonaron sus numerosas decepciones, en especial la fabulosa Jugoplastika de Kukov y Radja.
Su estilo pausado, analítico y poco dado a la estridencia de cara al público y prensa no impedía que la fortaleza en sus convicciones le hiciera ser drástico: conocido fue su enfrentamiento con Bozidar Maljkovic, gran gurú del baloncesto europeo, maestro indiscutible del baloncesto defensivo que anestesió Europa durante no pocos años y ganador de cuatro Euroligas, que le sustituyó en el Barca en 1990 con el objetivo de ganar el ansiado máximo galardón europeo; no sólo se fracasó sino que la relación acabó con el rosario de la aurora; dos gallos en el mismo gallinero. Tampoco sus relaciones con los jugadores estuvo exenta de ciertas polémicas: nombres ilustres como Sibilio, De la Cruz o Nacho Solozábal, Gallilea o Ferrán Martínez abandonaron el Barcelona con pocas palabras de agradecimiento hacia su preparador. Y de forma más reciente protagonizó diversos enfrentamientos con Sergio Scariolo, acusándose recíprocamente de falta de ética y de condicionar la labor arbitral. Algo que no es novedoso en su trayectoria. En la final de la ACB de 1989 ante el Real Madrid de Drazen Petrovic, creó un estado de opinión favorable a no permitir las salidas de tono de la estrella yugoslava, sosteniendo que el mismo tenía bula arbitral. En el quinto partido de la serie Petrovic fue anulado como en pocas ocasiones a lo largo de su carrera.

También destacó por su apuesta por la cantera y de su mano Andrés Jiménez, Ferrán Martínez, el mismísimo Pau Gasol o Ricky Rubio tuvieron oportunidades sobradas de demostrar su valía y encaramarse a los puestos que su calidad requería. Supo encontrar y promocionar el talento sin importarle los errores iniciales que pudieran cometer aquellos a los que el destino les reservaba un lugar privilegiado. Sin duda en eso resultó un entrenador esencial en el baloncesto hispano.
Su llegada a la selección llegó tras la extraña salida de “Pepu” Hernández del combinado nacional. No era tarea fácil sin duda, era sustituir a todo un campeón del mundo. Pero casi supera tan memorable logro plantándose en la final de las Olimpiadas de Pekín ante los poderosos Estados Unidos. Se repetía la final de 1984 pero con unos condicionamientos bien distintos: en esta ocasión había equipo para plantar cara y a fe que se hizo. Apenas a cinco minutos del final los españoles estaban a apenas dos puntos. El poder anotador de Kobe Bryant y la permisibilidad arbitral con la defensa americana hizo imposible la hazaña. Su palmarés añadió una plata olímpica y curiosamente dejó la selección para enfocar su único fracaso profesional al frente del Unicaja de Málaga en donde vivió su primer cese. Tras años y años de éxitos alguna vez tenía que llegar

jueves, 8 de diciembre de 2011

ALEMANIA 2006: CUANDO EL DESTINO NO RESULTÓ LO ESPERADO


Determinadas imágenes marcan la historia de los mundiales de forma sorprendente. Asimilamos los mejores momentos o los más emotivos de esos campeonatos a las instantáneas que significaron la gloria o el fracaso de sus protagonistas: el balón al larguero que decidió la final de Inglaterra 66 de forma indebida, la explosión de éxtasis de Franco Tardelli al marcar el segundo gol en España 82, la inigualable triquiñuela de Maradona en México ante Inglaterra y su posterior golazo, las lágrima del entonces gran futbolista Paul Gascoine cuando fue amonestado en Italia 90 en semifinales lo cual le hubiera impedido jugar la final en el caso que su equipo se hubiera clasificado, los goles de Ronaldo en Corea y otras muchas más que pueden venir a la memoria de los aficionados.
Sin embargo en Alemania 2006 la imagen que perdurará para la posteridad es simple y llanamente un cabezazo de respuesta a una provocación verbal. Los protagonistas del trance no podían ser más antagónicos. El fino estilista Zidane y el tosco Materazzi con la peculiaridad que el artista fue el que agredió al perro de presa.
Era la final del Mundial y no era ni mucho menos la esperada. No tanto por Italia , un valor siempre seguro en los mundiales, dirigido por el prestigioso Marcelo Lippi y con nombres de fuste tales como Gatusso, Pirlo, Del Piero, Buffon o Totti y con una visión algo más ligera y alegre de su rocoso catenaccio, como por Francia que presentaba un equipo muy veterano con gran parte de los rescoldos de su bienio dorado (98-2000) comandado por Zidane y con Trezeget, Henry o Thuran entro otros, grandes futbolistas a los que se les suponía que habían dejado atrás los mejores años de su vida deportiva.
La falta de confianza en la selección gala se había manifestado de forma grotesca en los octavos cuando la España de Luis Aragonés se cruzó en su camino. El diario Marca salió con una de sus bufonadas sensacionalistas “Hoy jubilamos a Zidane”. El resultado fue el previsible: victoria francesa por 3-1 y golazo de Zidane que cerraba el partido. Todavía la roja seguía en su eterno camino hacia la nada. Aunque nadie apostaba por la continuidad de los blues; en cuartos esperaba nada menos que Brasil, eterno gran favorito. Pero entonces surgió el futbolista más elegante que jamás vio el continente europeo para marcarse un partidazo y dar la gran sorpresa dejando en la cuneta a la selección americana. Tras esta machada la semifinal con Portugal casi resultó un trámite resuelto sin mucha dificultad.
Parecía que el astro argelino se había estado preparando a conciencia para la ocasión; sus últimas tres temporadas en el Real Madrid se había asemejado mucho a una jubilación anticipada con ocasionales destellos de gran calidad. De forma honesta había decidido retirarse renunciando a un jugoso año de contrato y su última función sería la Copa del Mundo en tierras germanas. En las mismas volvió a surgir el dominador absoluto del juego de sus años en la Juve o su primera temporada y media en el Real. Con ganas y ambición su objetivo no era otro que despedirse por la puerta grande y en la retina de todos los aficionados tenía que quedar una última exhibición.
Y no le faltó mucho para conseguirlo. Apenas empezada la final el árbitro señalaba un penalti en el área italiana. Todos tenía claro quién iba a ser el lanzador pero lo que nadie esperaba era la forma de lanzar la pena máxima que Zidane tenía reservado. Desde que el checo Paneneka sorprendiese a propios y extraños con una frívola vaselina que daba a su país una Eurocopa, esa forma de lanzar penaltis bautizada con el nombre de su atrevido creador ha sido considerada como una excentricidad solo al alcance de lances ya decididos y de artistas del balón capaces de afrontar el desafío sin inmutarse. No era la final de un campeonato del mundo el escenario más adecuado para tal delicatesen, pero el capitán francés consiguió una vaselina bombeada de tal elegancia y precisión que cuando golpeó el larguero todo el mundo temió que la jugada maestra quedase en nada. Por fortuna el bote del balón se produjo dentro de la línea de gol y la final soñada por aquel que había escogido ese día para despedirse del fútbol.

Pero Italia no estaba dispuesta a ser un mero convidado de piedra y diez minutos más tarde en un córner el racial Materazzi empataba la contienda. Central eterno del Inter de Milán, representaba todo lo opuesto al estilista galo, un concepto del fútbol de rompe y rasga, la agresividad como punto esencial de su desempeño, el recurso al concepto más viril y rudo del juego tan efectivo en no pocas ocasiones. Desde el comienzo del lance tuvo claro que debía buscar las cosquillas a la estrella contraria, provocar en él inquietud y desasosiego y, fundamentalmente, sacarle de sus casillas a cualquier precio. Es la cara oculta del deporte de alta competición
Un veterano curtido en mil y una batallas no hubiese entrado al trapo ante tal táctica y hubiese salido airoso de tales provocaciones solo con su talento. Zidane lo tenía todo para pasar por encima de cualquier ataque chusquero, pero para su desgracia él mismo tenía tentaciones más broncas que sus elegantes quiebros y regates. En no pocas ocasiones su mal genio le había provocado malas pasadas y su historial muestra la nada desdeñable cifra de 14 expulsiones y un lado oscuro que la prensa oficialista se había encargado de silenciar. No todo era oro lo que relucía tras los éxitos de la estrella mediática. Una tendencia suicida a la violencia y a las explosiones de ira no contenida habían quedado sepultadas por sus logros estilísticos en el campo De hecho el cabezazo no era nuevo para él; en un partido de Champions con la Juve en el 2000 y tras un severo golpe de Kientz, defensa del Hamburgo, vio el camino de los vestuarios por otra caricia de su poca poblada frente en el rostro del rival al que dejó conmocionado. Materazzi no resultaba el malvado completo de la función
El tales circunstancias el desenlace del drama no puedo ser más peliculero. Con empate a uno se llegó a la prorroga y hacia la mitad de la misma un espectacular testarazo del madridista llevaba camino de ser el gol decisivo salvo por una prodigiosa manopla de su antiguo compañero Buffon. No podía haber soñado un mejor final que marcar ese gol. Pero la historia no fue ni mucho menos así; minutos mas tarde y tras la salida de un saque de esquina el artista y el muro se enzarzan en una discusión. Hay insultos y referencias a hermanas, algo según parece habitual en el terreno de juego (ya se sabe, lo que queda en la cancha no debe salir) y Zidane saca su orgullo de genio que no acepta tales ofensas con un cabezazo en el pecho de Materazzi. El árbitro no se da cuenta pero los italianos le asaltan. Se produce una consulta al linier y tras unos minutos de incertidumbre la tarjeta roja supone el fin de carrera anticipada para el gran capitán. No si quiera se quedaría a ver los penaltis uno de los cuales, por descontado que estaba reservado para él. El destino no fue lo que esperaba, el lado oscuro del genio se impuso a su creatividad.
Por cierto que ganó Italia

jueves, 10 de noviembre de 2011

ITALIA 90: EL TRIUNFO DEL ANTI-FÚTBOL


A medida que se van consumiendo los campeonatos de fútbol del mundo la memoria los va dejando en el olvido. En realidad hace unos cuantos años un Mundial era un acontecimiento planetario sólo comparable a una Olimpiada. En los últimos tiempos la extraordinaria explosión de retrasmisiones de partidos a todas horas y el hecho que se puedan ver en todo el mundo ha provocado una cierta apatía respecto del acontecimiento de la Copa del Mundo. Ya pasó la época en la que se trataba la única posibilidad de ver fútbol a todas horas y de presenciar la labor de los astros del balón de forma viva.
Muchos son los recuerdos que han dejado los diversos mundiales: el “maracanazo” del 50 de Uruguay, ganando la final al anfitrión Brasil; el polémico gol de Inglaterra en la final contra Alemania en 1966 en Wembley, los tantos de Kempes del 78, la mítica semifinal Francia- Alemania del 82 o la explosión de Maradona en el 86. De forma reciente quién no recuerda el cabezazo de Zidane a Matterazzi en Alemania o el gol de Iniesta en Sudáfrica. Pero entre todos los campeonatos apenas se hace referencia a uno muy peculiar y no fue otro que Italia 90; si singularidad es ,de hecho, muy destacable: acaso de trató del peor Mundial jamás jugado.
Desde 1934 el país trasalpino no vivía una Copa del Mundo y todo parecía planificado para el triunfo de los anfitriones. No en vano el fútbol italiano dominaba Europa de la mano del Milán y las potencias emergentes como la Sampdoria o el Nápoles. En su alineación inicial se contaba con nombres destacados: Zenga, Maldini, Donadoni, Baresi o Baggio nada menos. A todos ellos hubo que unirle una revelación, el delantero Toto SchillacI que resultó ser el máximo goleador del campeonato.
El resto de selecciones mostraba en apariencia buenos mimbres para dar una gran competición. Los campeones, Argentina, seguían contando con un Maradona en plenitud aunque el resto del plantel, con alguna que otra excepción, no era precisamente de ensueño. El eterno aspirante, Alemania, tenía su principal atractivo en el banquillo, en la figura de su más destacada leyenda Franz Beckembauer y destacados jugadores que triunfaban, sobre todo en Italia, Klisman, Mattaus o Voller. Brasil mostraba una alineación algo inferior a su calidad habitual aún con Careca o Alemao entre sus huestes y las promesas de siempre, España e Inglaterra, resultaban una incógnita sin resolver de antemano.
Desde el comienzo el campeonato mostró un perfil bajo, bajísimo. Algunos protagonistas de las últimas ediciones como Francia no estaban entre las selecciones participantes y los brasileños mostraban una inusitada tendencia al juego defensivo. Alemania cumplía en su línea: tan correcta como poco entusiasmante y Argentina era la mediocridad en estado puro con las excepcionales intervenciones de su astro y capitán. Inglaterra mejoraba su nivel gracias a la participación de una nueva generación dispuesta a sacar a las islas de su ostracismo futbolístico: Barnes, Lineker o Platt y el omnipresente Paul Gascoine y España era el eterno quiero y no puedo con nombres peculiares en el equipo como Górriz o Villarroya.
Los cruces a partir de octavos dieron emoción pero no juego. En ellos se coló la horrenda Irlanda de Jackie Charlton, entonces una selección en boga. La mayoría de partidos se resolvieron por la mínima y sin apenas juego y sólo la `presencia de la exótica Camerún dio algo de mordiente al asunto. En cuartos de final ante Inglaterra llegó a ir ganando 1-2 y sólo con dos penaltis dieron a torcer su brazo con lo que los pross alcanzaron su primera semifinal en más de veinte años. Pero la principal pesadilla fue la selección argentina, en pleno apogeo del “Bilardismo” el juego del equipo era un atentado a la vista de cualquier espectador; ganaron los octavos ante Brasil sin tener más oportunidad que el gol de Caniggia casi al final del partido, pasaron los cuartos por penaltis ante Yugoslavia tras un horrendo partido y en las semifinales parecían carne de cañón de los anfitriones, que se encaminaban a un título más fácil de lo previsto.
Casi por una jugarreta del destino el partido se disputó en Nápoles. No era una sede cualquiera era el templo en el que se adoraba a Maradona cada dos domingos. Los tiffossi napolitanos fueron claros: entre Diego e Italia, el primero tenía preferencia. Nápoles era el sur, lo olvidado del país trasalpino, la zona donde la camorra imperaba ante la desafección de las autoridades de Roma, aquella parte del país que despreciaban los ricos del norte. Y Maradona les había hecho campeones frente a los grandes y eternos dominadores: Juve, Inter, Milán….así que el factor campo tuvo en esta ocasión, un efecto perverso.
El partido fue trabado, áspero en la línea que buscaban los argentinos que se quedaron con 10 en la prórroga. SchillacI adelantó pronto a los italianos pero Caniggia empató en el segundo tiempo. El equipo azzurro fue cayendo en la tela de araña que tejió la albiceleste y el partido derivó en un festival de juego subterráneo que sólo Maradona podía romper. Se llegó a la decisión desde el punto fatídico y allí un desconocido arquero argentino, Goycoechea se erigió en héroe nacional argentino al para dos penales. Fue la derrota más traumática de Italia y la tercera final argentina en las últimas cuatro ediciones (nunca ha vuelto a ella).



En la final su contrincante no podía ser otro que Alemania. Nadie mejor representaba la efectividad sin brillo que aquél combinado que sin apenas juego se había plantado en las finales de 1982 y 1986. Era su gran oportunidad y la final menos deseada posible. Ya los prolegómenos fueron sintomáticos de lo que se avecinaba: a los pitidos al himno argentino de una afición que no perdonaba la eliminación de su selección Maradona respondió con un significativo “Hijos de…..”. El `partido fue malo, cómo no podía ser de otra forma y Alemania ganó de penalti inexistente a falta de nueve minutos. El final fue metafórico del campeonato que se había vivido: los argentinos montaron tangana tras tangana y acabaron comiéndose al árbitro y con 9 jugadores en el terreno de juego. Alemania rompía su maldición en Beckembauer se convertía en el segundo entrenador de la historia tras el brasileño Zagalo en ser campeón del mundo como jugador y técnico.
Sin embargo nadie puede decir que el Mundial 90 no dejara un legado. La Argentina de Bilardo fue declarada como el equipo más odiado de la historia en una encuesta del año 2010. Desde luego que lo mereció.

domingo, 30 de octubre de 2011

ANDONI ZUBIZARRETA: EL ETERNO CUESTIONADO


En el fútbol las filias y fobias de aficionados y prensa especializada forma una parte muy sustancial de la pasión que despierta este deporte. Toda persona tiene su ideal de delantero, centrocampista, defensa y, por supuesto, de portero. El cancerbero ha sido siempre la posición más delicada en un equipo: apenas se conocen conjuntos de renombre que no hayan contado con un guardameta solvente y hasta podría decirse que brillante. Los realmente grandes conceden pocas ocasiones de gol, ya sea por las virtudes de su sistema defensivo o simplemente por el hecho de que dominan la pelota la mayor parte del encuentro. Esas escasas oportunidades deben de ser atajadas si se quieren ganar campeonatos.
Andoni Zubiizarreta resultó el portero titular de equipos campeones durante una década repleta de títulos. El Athletic de Bilbao de Sarabia, Argote o Dani, y el “Dream Team” de Laudrup, Stoikov o Bakero tuvieron al vizcaíno como hombre indiscutible bajo los palos. Y qué decir de la selección española en la que batió todos los records de permanencia imaginables. Aun así no dejó de ser en toda su larga y fructífera carrera un eterno cuestionado, alguien sobre el que se cernía la sospecha de no resultar el portero idóneo para los grandes retos.
Su estilo no favorecía mucho a fomentar su popularidad. Perteneció a una trilogía gloriosa de porteros vascos que pobló la selección durante más de veinte años: Iríbar, Arconada y el propio Zubi. Precisamente fue su comparación con el realista lo que marcaría su carrera. Mientras Arconada resultó el paradigma de la agilidad suprema, alguien capaz de las paradas más imposibles que uno pudiera imaginar, Zubizarreta mostraba un pasión por la sobriedad en su máxima extensión, no se le recuerda una palomita, ni una estirada memorable, ni nada que pudiera alterar una visión casi monolítica de su trabajo. Su fuerte siempre estuvo en la perfecta colocación, su seguridad en los balones por alto y el grado de confianza que parecía transmitir a sus defensas.
Tal vez por no ser espectacular empezó a cosechar críticas desde los comienzos de su trayectoria. Su conquista de la portería del Bilbao se debió a una apuesta personal y arriesgada de quien sería el alma mater de su carrera: Javier Clemente. Llegado al banquillo de San Mamés tuvo claro desde el primer día que su elección para la portería era esa joven promesa del filial. Y no era una decisión fácil ni popular. También se encontraba en la plantilla vizcaína un joven Carmelo Cedrún, hijo de Carmelo una leyenda del gran equipo de los años 50, que ocupó la portería rojiblanca en los años más gloriosos del equipo. El relevo por parte de su hijo parecía responder a un guiño del destino en pos de nuevos tiempos de éxitos. Pero, como siempre, Clemente su mantuvo firme incluso cuando los primeros partidos de Zubizarreta no invitaban precisamente al optimismo. El tiempo daría la razón a entrenador y jugador y Cedrún tuvo que emigrar a Zaragoza en busca de una brillante carrera en primera división.
Si fichaje por el Barca fue uno de los más caros de su época, y tampoco resultaba un toro fácil de lidiar ya que otro vasco, Urruti, ostentaba la titularidad de la portería azulgrana y además gozaba de un carisma especial entre el aficionado. Sus comienzos por ende fueron complicados y más cuando los resultados deportivos no acompañaron en demasía. La llegada de Cruyff al banquillo pareció poner en peligro su continuidad, pero lo que pasó fue precisamente lo contrario: su figura cobró un peso esencial en el equipo ya que el holandés vio en él su necesario reflejo en el terreno de juego, el liderazgo que ejercía entre sus compañeros resultaba esencial para dotar de seguridad a un combinado que empezaba a realizar una apuesta decidida por el fútbol de ataque, hasta entonces insólita en España. Supo además adaptarse a las complicadas exigencias defensivas que requerían los esquemas del Cruyff; la defensa de tres hombres suponía que el portero tenía que hacer de líbero en no pocas ocasiones y ,por supuesto, utilizar los pies con seguridad. Eso mucho antes de la norma que impedía retrasar el balón a los cancerberos y que estos lo cogieran con la mano.



Si nos atenemos a los resultados nadie puede poner en cuestionamiento serio la trayectoria del capitán azulgrana: cuatro Ligas, dos Copas del Rey y una Copa de Europa no están al alcance de un equipo que no cuenta con un portero de garantías. A eso hay que añadirle dos campeonatos ligueros más y otra copa por el Athletic ; son éxitos al alcance de muy pocos y justo es reconocer que sin calidad nadie se mantiene en un primerísimo nivel durante tanto tiempo. Por supuesto que pudo haber mejores porteros, o al menos con más cualidades para su puesto. Pero ninguno emuló los éxitos de Andoni, que a fin de cuentas lo que queda.
Su salida de Barcelona tuvo algo de estrambótica, En víspera de una final de Liga de Campeones ante el Milán en Atenas, el Vicepresidente azulgrana Joan Gaspart le comunicó que no iba a seguir el año siguiente. No era el momento no la oportunidad para esa noticia y el partido se perdió 4 a 0. Pudiera ser casualidad pero ahí quedó sellada la época gloriosa del Cruyffiismo y el portero concluyó su carrera en el Valencia que empezaba a salir del pozo. También allí se le recuerda con agrado y llegó a ser desinado mejor portero del año. Y cómo no sería una vez más capitán del equipo, despidiéndose de la máxima categoría por todo lo alto tras la friolera de 622 partidos en la misma.
Su presencia en la selección adquirió la condición de eterna, de 1985 a 1998 fue un fijo para cuatro seleccionadores: Muñoz, Suárez. Miera y Clemente, por supuesto. A fecha de hoy ostenta el record absoluto de participaciones con la roja, un total de 126, aunque Casillas amenaza su reinado. No hubo un año que se clamara por su sustitución y se propusieran otros candidatos: Ablanedo, Abel y, sobre todo, Buyo. Pero siempre jugaba Andoni. Su carrera ostenta un lunar que le marcaría siempre; la imposibilidad casi metafísica de la selección para superar los cuartos de final. Para colmo de males en algunas ocasiones determinadas actuaciones suyas dieron lugar a la crítica: la tanda de penaltis ante Bélgica en México, su mano a mano contra Baggio en Boston y su grotesco error ante Nigeria en Francia en el 98 que a la postre supondría la eliminación de España en la primera fase del campeonato. Los chacales arreciaron con sus criticas entonces y hasta no les faltaba parte de razón, ya que su etapa en la selección se derivó en excesiva. A esas alturas ya era claro que otros ya debían ocupar su puesto en la selección. Pero eso no debe empañar un ápice la valoración de uno de los mejores ”curriculums” de la historia del fútbol español.