sábado, 29 de marzo de 2014

BARCA-MADRID: DEL CÉSPED A LA CANCHA (I)

La eterna rivalidad entre madridistas y culés vivió episodios de gran intensidad en los años 80 en un terreno muy alejado de los campos de fútbol: las canchas de baloncesto. La trayectoria de ambas secciones era muy divergente hasta entonces y cómo ocurría en el fútbol, durante muchos años los madrileños habían tomado una amplia ventaja. El Real Madrid de Pedro Ferrándiz se había hecho amo y señor del campeonato español y también dominaba en Europa de la mano de jugadores míticos como Emiliano, Luyk , Brabender, Rullán o Cabrera. Por su parte el Barcelona se limitaba ser mero espectador de los triunfos blancos y asumía paliza tras paliza en los duelos directos. Ello llevó a cuestionar el futuro de la sección en no pocas ocasiones que vivió de cierres y aperturas al alimón de la falta de éxitos.
A mediados de los 70 Ferrándiz dejaba el banquillo, pero sus senda de éxitos era continuada por Lolo Saínz que además ganaría las Copas de Europa de 1978 y 1980, bajo la batuta del gran Juan Corbalán y con viejas estrellas del pasado a las que se les unían valores prometedores como Iturriaga, Llorente, Romay y a comienzos de los 80 la nueva estrella del basket español: Fernando Martín. Pero en Barcelona las cosas empezaban a cambiar: en 1975 llegó un entrenador yugoslavo Ranko Zervika que apostó decididamente por  promesas con ansias de triunfo: Ansa, Flores y unos jovencísimos Nacho Solozábal y Juan Antonio San Epifanio. A ellos se les unieron dos nacionalizados que darían gran rendimiento: el alero tirador dominicano “Chicho” Sibilio y el pívot argentino Juan Domingo de la Cruz. En 1978 el Barça dio su primer aviso al imponerse en la final de Copa del Rey al Madrid (103-96) en Zaragoza. José Luis Núñez venció sus reticencias iniciales hacia la sección al llegar a la presidencia ese mismo año (había barajado al principio cerrarla, por ser incapaz de hacer frente al Real) y contrató a un entrenador clave en el crecimiento de la misma: Antonio Serra que venía de ganar la Liga con el Juventud.
Serra dotó al Barça de una profesionalidad hasta entonces desconocida y siguió en la línea de dar responsabilidad y minutos a los jóvenes. Además, implantó un sistema de juego fundamentado en aprovechar la capacidad anotadora de Epi y Sibilio, cada vez más desarrollados como jugadores, y apostó por pívots americanos rocosos, poco anotadores pero con gran poderío a la hora de robotear y crear bloqueos para las metralletas exteriores azulgranas. Por primera vez el Real Madrid tenía un rival en condiciones y con el nivel económico suficiente para mantenerse en la élite muchos años. El Barça siguió con sus éxitos en la Copa (nada menos que seis seguidas) y asaltó definitivamente la Liga en la temporada 1980-81. Un año después la llegada de Fernando Martín al Real Madrid devolvería el título a la capital, tras un triunfo decisivo en el Palau barcelonés (93-102) aunque los de Serra se tomarían la revancha en la final de Copa de ese año. En el ejercicio siguiente los azulgranas cambiaron las tornas en dos partidos inolvidables, un triunfo agónico en Barcelona 82-80 que permitió un desempate en Oviedo saldado en favor de los culés por 76-70 que daba la segunda Liga en tres años.
Lolo Saínz reaccionó ante el desafío de su oponente y para la temporada 83-84 consiguió fichar a dos americanos extraordinarios; el pívot Wayne Robinson, gran reboteador y con capacidad anotadora y el alero Brian Jackson, un tirador seguro que compensaba el poderío culé en el exterior de la zona. Impuso además una agresiva defensa de anticipación, con numerosos robos de balón, que dejaba la posibilidad de fulgurantes contraataques aprovechados por jugadores como Martín e Iturriaga muy veloces y hábiles en tales lances. En definitiva que los Barça-Madrid de aquellos años adquirieron la condición de choques de trenes, con partidos tensos, llenos de alternancias y con un dramatismo que reforzó el interés del aficionado de forma contundente.
En aquella temporada cambió el sistema de competición y se adaptó el formato americano de playoffs por el título. Los dos favoritos llegaron a la final y el Madrid pareció tomar una ventaja decisiva al ganar el primer partido en Barcelona por 65-80. En la devolución de la visita a Madrid los de Serra no se amedrentaron: desde el primer minuto plantearon un partido a cara de perro que fue endureciéndose a medida que pasaban los minutos, sin que ninguno de los equipos se escapara en el marcador. Los americanos azulgranas, Starks y Davis se las tenían tiesas bajo los tableros con los Martín, Robinson y Romay. Ambos jugadores tenían un físico muy poderoso que hacía saltar chispas en los bloqueos y en uno de ellos, López Iturriaga respondió a un encontronazo con Davis con una bofetada sobre el mismo. Como el yanqui no se caracterizaba precisamente por su tranquilidad, reaccionó a la agresión con un tremendo puñetazo sobre el alero vasco.  Inmediatamente, Fernando Martín empujó a Davis hacia las vallas publicitarias en defensa de su compañero (que se podía haber llevado una buena dada la fortaleza de aquel contra el que se había enganchado) y se montó una tangana espectacular que acabó con los tres jugadores expulsados. El partido siguió tenso y acabó en la prórroga que fue finalmente ganada por el Barcelona 79-81, al convertir Juan de la Cruz dos tiros libres en la última jugada tras un rebote ofensivo. Como era una final a tres partidos el decisivo se tenía que diputar en Madrid (el Real había quedado primero en la fase regular) dos días después.

Entonces el comité de competición se reunió la misma noche del partido y adoptó una decisión polémica: sancionó a Martín y Davis con la suspensión y condonó a Iturriaga. La Junta directiva azulgrana vio entonces la oportunidad de apelar al victimismo clásico de aquellos años en Can Barça (años de escasos éxitos futbolísticos no olvidemos)  e indignada por la decisión y argumentando que la reunión del comité se había producido en la cafetería de la Ciudad Deportiva, retiró al equipo de la competición con lo que la primera ACB cayó del zurrón madridista por incomparecencia de su oponente. Con el tiempo los jugadores azulgranas mostrarían su disconformidad con la postura de su club: habían logrado la hombrada de empatar la serie contra pronóstico y, en realidad, la ausencia de Fernando Martín era probablemente más decisiva que la de Mike Davis por mucho que jugara Iturriaga, ya que la capacidad anotadora del español era superior a la del americano y Starks y De la Cruz podían plantar cara a Robinson y Romay en el apartado defensivo y reboteador.

En cualquier caso el episodio y su polémica, ayudó decisivamente al boom del baloncesto en España, que a partir de entonces iniciaría un ascenso imparable en la atención del aficionado.

ALEMANIA 85: EL SUEÑO EMPEZÓ A TORCERSE

La España baloncestística aún vivía la euforia de la planta obtenida en Los Ángeles. El baloncesto había vivido la temporada 84-85 con la resaca de aquella hazaña. La temporada, por otra parte había resultado espléndida. El Real Madrid había hecho doblete con uno de los mejores juegos vistos en mucho tiempo, e incluso llegó a la final de la Copa de Europa en la que sólo Drazen Petrovic y su Cibona pudo detenerle. En ambas finales nacionals (Liga y Copa) doblegó a un equipo el Juventud de Badalona, joven lleno de talento y que empezaba a consolidarse como un grande de juego atractivo y con algunos de los nombres claves del próximo decenio: el entrenador Aito García Reneses y jugadores como Jofresa, Villacampa o Andrés Jiménez; para el  recuerdo quedó una inolvidable victoria por 86-111 en el primer partido de la final, en el viejo pabellón del Real Madrid. El Barça de Epi, Sibilio o Solozábal no rindió bien en España, pero ganaría la Recopa al poderoso Zalguiris de Kaunas de un tal Arvidas Sabonis. En esa temporada se iniciaron los carruseles de baloncesto en las radios al estilo futbolístico, la televisión apostó decididamente por el basket y en todo el país se vivía la fiebre del deporte que emergiendo de la nada, le plantaba cara al un poco desfasado fútbol.
Antonio Díaz Miguel seguía siendo un héroe nacional, acaso el entrenador español de cualquier categoría deportiva más prestigioso. Incluso publicaba un manual de enseñanzas baloncestísticas llamado “Mi Baloncesto” vendido por fascículos y que era devorado por no pocos jóvenes que se interesaban por el mundo de la canasta. Era año de Eurobasket en Alemania y España partía como gran favorita para el podio, tras  la plata de Nantes 83, y la hombrada de Los Ángeles. La lista del entrenador deparó algunas sorpresas: Vicente Gil, un veterano base de 31 años que había cuajado una gran campaña en el Estudiantes, sustituía a Nacho Solozábal, más irregular en ese ejercicio. Gil era un director de orquesta con capacidad anotadora y gusto por poner los partidos a toda pastilla, algo conectado con el juego de contraataque propio del “equipo nacional” de Díaz Miguel. Junto a él los héroes de América: Martín, Romay, Epi, Margall, Iturriaga, Llorente o Jiménez junto con los recuperados Joaquín Costa (base con gran capacidad defensiva) o un Sibilio que había vuelto por sus fueros de gran anotador.


Pero una ausencia se haría notar de forma acentuada: Juan Corbalán, capitán del equipo había decidido dejar la selección tras la olimpiada y su ausencia sería esencial en el devenir de los acontecimientos. No sólo por su calidad, puesto que España contaba con bases de buen rendimiento (Gil, Costa o Llorente), sino por su función de liderazgo y de enlace entre Díaz Miguel y los jugadores. El seleccionador había adquirido categoría de estrella nacional y su carácter era dado a las explosiones que requerían de un canalizador que pudiera amortiguarlas. Nadie ocupó ese puesto tras Corbalán, y en el combinado hispano empezaron a surgir voces de disconformidad con algunos planteamientos del entrenador, así como de un pretendido trato de favor a algunos jugadores frente a otros.
Las cosas no empezaron muy bien: Yugoslavia batía a España por 99-83 en el primer partido donde Petrovic seguía torturando a sus rivales madridistas. Se ganó sin lustre a Polonia y Rumanía, pero entonces en el cuarto partido de la fase inicial contra la U.R.S.S, un cambio radical aconteció: Díaz Miguel decidió darle una oportunidad a un casi inédito Vicente Gil y el base madrileño revolucionó a la selección con un juego eléctrico que contagió a sus compañeros que batieron por 99-92 a una de las selecciones soviéticas más potentes de la historia: nada menos que Homicius, Kurtinaitis, Belosteny. Volkov o Sabonis entre otros. Se volvió a ver al equipo de Nantes y Los Angeles y todo parecía encaminarse a una nueva medalla cuando en los siguientes partido se arrasó a Francia (109-83) y en el cruce de cuartos los anfitriones alemanes fueron despachados sin miramientos (98-83).
Todo apuntaba a una semifinal contra Yugoslavia, a la que se había ganado un año antes en Los Ángeles y contra la que los jugadores del Real Madrid guardaban ganas de revancha por sus humillaciones ante la Cibona en esa temporada así como por la derrota en el partido inicial. Pero entonces llegó lo inesperado; Checoslovaquia, una selección de grandes jugadores pero ya en la recta final de su carrera ganaba a los yugoslavos. Las semifinales serían España- Checoslovaquia, y teniendo en cuenta que en las últimas citas de ese calibre España había batido a rusos (Europeo del 83) y yugoslavos (Olimpiadas del 84) todos contaban con la presencia hispana en la finalísima, incluso se llegaba a hablar del título, ya que presumiblemente el rival sería la U.R.S.S a la que se había derrotado fechas antes.
Pero aquellas semifinales con aire de plácidas adquirieron la condición de traumáticas. Una España irreconocible no pudo imponer en ningún momento su ritmo vivo y terminó anestesiada por el juego lento de los checos, cuyos tiradores hacían estragos en la defensa española. En realidad no pocos señalaron al técnico español como responsable de la derrota por su insistencia en mantener la zona frente al acierto checo en los lanzamientos y, sobre todo, por un detalle que trascendería después: bien entrada la segunda parte Llorente tiene que advertirle que Epi está sentado desde hace un buen rato, cuando el Matraco Margall está en la cancha con una tarde muy desafortunada. España cae 95-98 y la decepción es de órdago. Cuando más fácil se tenía la final se ha fallado. Las secuelas de esa derrota trascienden de no llegar a la final, algunos jugadores como Iturriaga, Gil o el propio Fernando Martín cuestionan la dirección de Díaz Miguel y en muchos sectores no se entiende la posición del seleccionador de advertir en la previa del partido que el rival era dificilísimo.  Jugadores y prensa piensan que se ha sobrevalorado al contrario y que eso ha pasado factura en la confianza española, cuando los chequos podían considerarse como asequibles dado el potencial español. No pocos señalaron un cambio de tendencia en Díaz Miguel: de convencer a todos de que España era capaz de ganar a cualquiera pasó a alabanzas desmedidas ante cualquier rival al que se enfrentase. Dos días después se pierde el bronce ante Italia 90-102 y un triste cuarto puesto supone la primera fractura entre el equipo que tanta ilusión había despertado y una afición que se volcaba con él. Por primera vez el seleccionador que todo el mundo admiraba empieza a ser cuestionado.

La trayectoria de la selección se resentiría de esa decepción; algunos disconformes como Iturriaga o Gil no volverían y la posterior marcha de Martín a la NBA privaría a España de su mejor pívot (entonces regía la absurda norma que los jugadores profesionales de la NBA no podía disputar competiciones FIBA). El Mundobasket disputado en tierras españolas un año después no sirvió de catarsis: apenas un quinto puesto tras derrota ante Brasil en la fase inicial que no pudo ser superada. De ahí e tobogán hasta la hecatombe de Barcelona 92, sólo mitigada por el bronce en el Europeo de Roma de 1991. Al mismo tiempo la Liga ACB se desarrolla completamente al alimón de la llegada a España de americanos de mucha calidad que dan espectáculo y llenan los pabellones así como de la enconada rivalidad Madrid- Barça que escribe episodios inolvidables en esos años.

sábado, 6 de octubre de 2012

BENITO FLORO: EL ENTRENADOR QUE SOBREVIVIÓ A SU NOMBRE

El inestable y cambiante mundo del fútbol suele producir figuras transitorias, tan fácilmente alagadas como inmediatamente fustigadas por motivos relacionados con la necesidad de atención mediática, de dar a la gente ídolos de barro fácilmente digeribles en poco tiempo. A comienzos de los años 90, Europa seguía conmocionada con la revolución táctica del Milan de Arrigo Sacchi. La figura del entrenador empezó a tener gancho comercial y la imagen del entrenador italiano tenía todos los elementos necesarios para una buena historia: la del desconocido que partiendo de la nada conquistaba el panorama futbolístico ante el deslumbramiento general. Sacchi era hijo de un zapatero y su obsesión por el fútbol le había llevado a crear un universo propio que cuando se le dio la oportunidad de aplicarlo en uno de los grandes de Europa, se tradujo en títulos y fascinación por la rigurosidad táctica y estratégica que su triunfante Milán mostraba. Empezó entonces una búsqueda de clones del italiano, sin más objetico que localizar al estratega genial que aportase novedades en los terrenos de juego. Los ojos se centraron al principio en Francisco Maturana, entrenado colombiano de verbo fácil y buena venta de su producto. Pero en España, la búsqueda se situó en un lugar de la La Mancha, con un equipo sin ninguna tradición, el Albacete, que protagonizó una escalada prodigiosa de Tercera División a Primera bajo la batuta de una entrenador de curioso nombre: Benito Floro. El debut de los manchegos en Primera División, en la temporada 91-92 s esaldó con un sobresaliente sin paliativos. De hecho el propio Floro era docente de profesión y comenzó en el fútbol como un hobby. Aficionado al estudio científico del juego supo dar al recién ascendido un orden sobre el campo lo suficientemente cuajado como para asegurar la permanencia sin apenas apuros. Floro aportaba algunas novedades significativas: una tesis sobre la importancia del saque de banda, el posicionamiento riguroso de todos y cada uno de los jugadores y hasta la estrambótica presencial de un psicólogo. Su curioso nombre y esa pretendida aplicación de la rigurosidad científica a un modesto le convirtieron en una estrella mediática de la noche a la mañana. Era el hombre del milagro, el que había situado al modesto Albacete en el primer plano de la actualidad futbolística nacional. En definitiva el Sacchi de La Mancha. No corrían buenos tiempos en el Real Madrid. Se había perdido una Liga casi ganada en el último partido de Liga en Tenerife. Una semana mas tarde el Atlético le ganaba la final de Copa del Rey. Era el segundo ejercicio de la Quinta sin trofeos y el Presidente, Ramón Mnedoza, estaba asiendo cuestionado. Pensaron los directivos blancos que fichar al entrenador de moda calmaría las críticas y daría una nueva dimensión a una plantilla que empezaba a ser veterana. Floro aterrizó en el verano del 92 en medio de una gran expectación pero con un sector de la prensa dispuesto a derribarle con la misma celeridad que le había encumbrado. Ya no entrenaba al simpático Albacete, sino al todopoderoso Real Madrid. Sus innovaciones serían miradas con lupa y los resultados marcarían su destino. Como cualquier entrenador, pero en él se daba la particularidad de que pasaba por un revolucionario, y cuando éstos fallan la piedad no suele tener cabida. Lo cierto es que su primera temporada fue realmente meritoria, mucho más de lo que se quiso reconocer. Tenía enfrente al Barça de Cruyff en su mejor momento y encima la Liga empezaba con clásico en el Camp Nou. No poca gente vaticinaba goleada, pero el resultado fue un ajustado 2-1. Pronto arreciaron las críticas a sus métodos: las filtraciones sobre la labor del psicólogo empezaron a provocar no pocas mojas en los entonces potentes espacios nocturnos deportivos. Derrotas humillantes como la sufrida en Vallecas o el la U.E.F.A ante el París Saint Germain , provocaron no pocas solicitudes de cese. Pero en la segunda vuelta del campeonato el equipo se entonó y lucho codo a codo con los culés por la Liga. Se llegó a la última jornada de Liga con un guión muy parecido al del año anterior: visita del Madrid a Tenerife en donde sólo le valía la victoria ya que el Barça jugaba en casa ante la Real Sociedad. La historia se repitió y la Liga voló, de nuevo, a Barcelona; pero en la derrota de los blancos tuvo una importancia capital el colegiado, Gracia Redondo, que no señaló dos penas máximas en el área local. Y eso con un equipo muy inferior al de Laudrup y Stoikov, en el que su gran esperanza, Robert Prosieneski, pasaba más tiempo lesionado que en el terreno de juego, donde tampoco rendía lo que de él se esperaba. Entre medias se ganó la Copa del Rey al Zaragoza en Valencia, acabando con la sequía de títulos y en semifinales los de Floro consiguieron lo que en esas épocas pertenecía al mundo de la utopía: una victoria en el Camp Nou, en memorable tarde de Míchel y Zamorano. Pero la decepción de la segunda Liga entregada al máximo rival pesaba demasiado y el segundo año empezó de la peor forma posible: con tres derrotas consecutivas. El ocaso de algunos miembros de la Quinta y la escasa aportación de los extranjeros (Zamorano, Prosieneski, Vítor) sumergió al equipo en una mediocridad rampante. Floro no supo reconducir la situación y firmó su sentencia cuando las cámaras de Can al Plus le sorprendieron en una descomunal bronca a sus pupilos en Lleida en el descanso de un calamitoso encuentro que los madridistas perderían por 2-1. Los exabruptos proferidos para “motivar” a sus jugadores incluían algunas frases blasfemas y, aunque no fueron pocos los entrenadores que criticaron esa intromisión en la intimidad de la labor de un entrenador, su cese estaba cantado. El gran innovador era ahora vilipendiado y ninguneado, algo clásico en la jungla futbolística. Sus posteriores experiencias en Sporting de Gijón y, de nuevo, Albacete no aportaron gran cosa a su currículo aunque conoció un buen regreso a la Liga española con el Villarreal ya entrado el siglo XXI. Ha entrenado en México, Japón y Ecuador lo cual le configura como un auténtico trotamundos del planeta futbolero.

lunes, 17 de septiembre de 2012

LA FINAL DE LYON


Los recientes éxitos continentales del Atlético han dejado en el baúl de los recuerdos una de las mejores campañas de la historia rojiblanca en Europa. La extinta Recopa de Europa 1985-1986, saldada con una dolorosa derrota en la final, pero jalonada por una extraordinaria campaña en la que se ganaron todos los partidos disputados fuera del Vicente Calderón. Era la década de los 80, y Hugo Sánchez acababa de ser traspasado al Real Madrid. se tiraba de la cantera y de fichajes baratos. Aquél ejercicio aterrizaron en el Manzanares Quique Setién y el “Polilla” Da Silva, delantero uruguayo encargado de la casi imposible misión de suplir al mexicano. Llegó asimismo, un jugador de renombre internacional, Ubaldo Matildo Fillol, portero de la selección argentina durante no pocos años, al que la lesiones impidieron dar su auténtico potencial. Entrenaba al conjunto el eterno Luis Aragonés y lo presidía un ya anciano Vicente Calderón, en su penúltima temporada al frente de la nave colchonera. Las variables del equipo seguían siendo unas señas de identidad inconfundibles: fuerte defensa y juego de contragolpe. Ruiz y Arreche eran los muros defensivos, irregulares y más físicos que estilosos, aunque en ocasiones muy efectivos. Los laterales se surtían con productos de la cantera: Tomás Reñones y Clemente Villaverde. El centro del campo era la principal fortaleza: Landáburu, un jugador dotado de técnica extraordinaria surtía a los delanteros con pases en profundidad. Futbolista en no pocas ocasiones incomprendido resulto una pieza clave de aquellos lejanos años. Quique Ramos, un lateral reconvertido en centrocampista aprovechaba su potencia de cara a las incorporaciones, siempre incisivas en ataque. Julio Prieto, otro canterano, era el esfuerzo defensivo y físico en la media. Quique Setién era un creador de juego destinado a ocupar un lugar destacado en el fútbol de su época ya que lo tenía todo: visión de juego, llegada a gol, técnica sobrada, aunque con carencias significativas: mentalidad de lucha y ganadora. En la delantera Da Silva, que había máximo goleador con el Valladolid unos años antes, alternaba grandes partidos con otros insulsos y su compañero el “negro” Cabrera volvió a dar muestras de su solvencia en ataque, confirmando la sorpresa grata que había resultado en el ejercicio anterior. El comienzo no era muy halagüeño: el poderoso Celtic de Glasgow escocés caía en primera ronda. En el recuerdo la escabrosa eliminatoria en semifinales de la Copa de Europa de 1974 y el recuerdo de tres eliminaciones seguidas en primera ronda de la Copa de UEFA ante modestos equipos (Boavista, Groningen y Sion). El empate a uno en la ida parecía indicar que la historia se iba a repetir, pero en la vuelta (en un encuentro a puerta cerrada) los goles de Quique Ramos y Setién sentenciaron el 1-2 que rompía la maldición. Otro conjunto inglés, esta vez de medio pelo, el Bangor City, no puso muchas dificultades en la siguiente ronda: 0-2 en tierras inglesas y 1-0 en Madrid. Mayor complejidad mostraba el siempre peligroso Estrella Roja yugoslavo, que apenas un año después pondría en serios aprietos al Madrid en la Copa de Europa. El partido de ida fue un manual práctico de jugo de contragolpe, de esos que los equipos de Luis tan bien hacían; dos goles de Da Silva sentenciaron la eliminatoria ante el pasional equipo balcánico que en el partido de vuelta no pudo pasar del empate a cero. Las semifinales enfrentaron al Atlético con el Bayer Uerdingen germano; no era una potencia pero era equipo alemán, eso significaba competitividad extrema y juego físico a raudales. La ida era en Madrid, un hándicap. Pero los propietarios del Calderón hicieron una exhibición de fútbol pocas veces recordada en esos lares. Que el partido terminara con 1-0 sólo puede explicarse con la colosal actuación del meta alemán que salvó al menos cuatro goles cantados. Una y otra vez se sucedían las ocasiones en la meta alemana, y en todas ellas la manopla salvadora del portero evitaba el gol local. Casi al final del partido, un disparo de Julio Prieto daba en el poste y se introducía en la portería. La vuelta se presumía dura; el ambiente era caldeado y la fortaleza física alemana hacía temer lo peor. Pero a los 15 minutos de partido una mano en el área local deba un penalti favorable a los madrileños. El habilidoso extremo Juan José Rubio lo transformaba y el 0-1 permitía a los colchoneros mostrar su mejor arma: la contra. En una de ellas Cabrera hacía el 0-2 y dejaba sentenciada la eliminatoria. Aún habría tres goles más hasta el 2-3 definitivo. Se llegaba a una final europea imbatido y habiendo ganado todos los partidos como visitante. La final de Lyon tenía un marcado color colchonero, al menos en las gradas. Hasta 35.000 aficionados se desplazaron a la ciudad francesa soñando con el título. Pero había un problema insalvable: delante tenían a una de las máquinas más perfectas que el fútbol de esos años había contemplado: el Dinamo de Kiev dirigido por el coronel Valery Lobanovsky y con jugadores legendarios en sus filas tales como Blokhin, Velanov o Zavarov, la base de la selección de la U.R.R.S en el Mundial de México a disputar ese año. Poco se conocía de aquel equipo, eran tiempos en los que la televisión raramente llegaba a determinadas zonas y menos de la Europa del Este. Pero cuando el partido comenzó el público se quedó atónito ante el baño de juego y el fútbol de laboratorio mostrado por los soviéticos. A los 5 minutos ya ganaba el Dínamo y puso concluir la primera parte en goleada. Roberto Simón Marina, centrocampista atlético declaró que sólo veía camisetas rusas durante el encuentro. La segunda parte dio lugar a una tímida reacción madrileña. Una falta lanzada por Landáburu puso la esperanza en las gradas, pero el transcurso del tiempo acrecentó la superioridad física del Dínamo. Blokhin y Yevtushenko redondearon el 3-0 final . fue una decepción enorme, pero ha quedado el legado de unos futbolistas que si bien no eran estrellas (faltaba un Falcao o un Agüero) defendían con dignidad una camiseta siempre complicada

sábado, 25 de febrero de 2012

CUANDO EL ESPECTÁCULO ESTABA ASEGURADO


Que el Madrid-Barca es el partido por excelencia del futbol español es una verdad irrefutable. Pero en la década de los 90, los duelos directos entre otros dos pesos pesados del balompié hispano centraron la atención del aficionado y hasta transmitieron sensaciones tan intensas que llegaron a eclipsar al tradicional duelo de titanes de nuestra liga.
Los Barca- Atlético de mediados de la última década del siglo XX se caracterizaron por ser un brindis al espectáculo, el jugo libre de cualquier atadura táctica, las alternativas en el marcador, los goles y jugadas imposibles además de las remontadas nunca vistas. No importaba el estado de forma en el que se encontraran los contendientes, todo podía suceder sobre el terreno de juego, y daba igual el desarrollo inicial de los partidos, cualquier resultado era posible por improbable que pudiera resultar ante el desarrollo del juego.
Y no se trataba de un duelo en todo de lo alto. Los dos eternos rivales madridistas pasaban por etapas bien diferenciadas. El Barcelona empezaba a dar un giro a casi tres décadas de frustraciones y empezaba la etapa más gloriosa de su historia de la mano de la escuela holandesa las vitrinas del Camp Nou empezaban a quedarse pequeñas. En el Calderón no faltaban títulos ocasionales (Copas del Rey y doblete) pero las raíces del gilismo habían calado muy hondo y las señas de identidad del club del Manzanares empezaban a difuminarse a pasos gigantescos al alimón del desfile de entrenadores y jugadores de toda índole y condición. Sin embargo, cuando ambos se enfrentaban las virtudes rojiblancas sufrían un rebrote destacado, mientras que las alegrías ofensivas azulgranas podían arrasar al rival en ocasiones, pero en otras sufrían los estragos de los últimos retazos del famoso contragolpe madrileño.
La leyenda de estos duelos comenzó una fría noche del 30 de octubre del 93 en el Calderón; al descanso un devaluado Atlético, era humillado en su estadio ante el imperial Barca de Romario y Laudrup por 0-3. Pero nada más comenzar el segundo tiempo dos goles rojiblancos ponía una emoción inesperada en el marcador. La segunda parte fue un canto al fútbol ofensivo, al ataque continuo sin cortapisa prescindiendo de cualquier atisbo de sensatez: los colchoneros pudieron llevarse ocho goles pero terminaron ganando 4 a 3 y la nación entera enmudeció. El todopoderoso Barca mordía el polvo aun siendo fiel a su estilo.



Años más tarde se cambiaron las tornas. Copa del Rey del 97, vuelta de cuartos del final; era el Atlético de Antic, el año posterior a su triunfo en la Liga, y ya habían pasado sus mejores épocas pero aún quedaban rescoldos de buen juego y competitividad. Al descanso el Camp Nou era un clamor contra dirigentes y jugadores azulgranas. Tres goles de Pantic, aquel serbio con un imán en las botas cuando de faltas se trataba, parecían garantizar el pase rojiblanco a la siguiente ronda. Entrenaba al Barcelona un histórico de los banquillos europeos, el inglés Bobby Robson y su segundo era un tal José Mourinho al que el tiempo le reservaría momentos muy destacados en la historia del fútbol europeo. Un temprano gol del jovencísimo Ronaldo empezó una noche única en la historia de la Copa española: 5-4 para el Barca y Pantic se convertía en el primer jugador de la historia que marcaba cuatro goles en el feudo culé…sin ganar el partido.
Cada encuentro ente ambos equipos se caracterizaba por ofrecer lo mejor de los jugadores de ambos combinados: Ronaldo y Romario se hincharon a meter goles, Caminero dio los mejores momentos de su irregular carrera en estos partidos en especial con aquel quiebro sobre Nadal en el recordado 1-3 que decidía la Liga del 96, aquella que queda tan lejana, Figo empalmó una volea espectacular en la referida remontada copera que poco tiene que envidiar a la conseguida en su día por Zidane en Glaslow, el más que olvidado Pedro, un riojano limitado futbolísticamente con un breve paso por el Calderón, consiguió un libre directo asombroso en la remontada Atlética del 93, Pantic consiguió decidir con un gol…¡de cabeza¡ la final de Copa del 96, Guardiola metió su primer gol como profesional en uno de esos partidos plagados de goles que tanto entusiasmaban a todos, Laudrup salió ovacionado del Manzanares tras una exhibición azulgrana que acabó en 0-5 y hasta el “Tren” Valencia, ese colombiano al que Jesús Gil amenazó con cortar el cuello hizo su mejor partido en Barcelona con dos goles en un choque que acabó 1-4. En la retina de los aficionados sólo quedan algunos momentos muy puntuales, de esos que gusta recordar al cabo de los años cuando se improvisa una tertulia en vísperas de un nuevo encuentro entre los dos equipos con todos los elementos cambiados (o no del todo, los actuales inquilinos de los banquillos son dos protagonistas de aquellas batallas: Guardiola y Simeone).
La llegado del nuevo milenio no quitó completamente la peculiaridad de los Barca- Atlético. De hecho la anterior centuria había finalizado con rocambolesca imagen del abandono azulgrana de las semifinales de Copa del Rey ante los rojiblancos. Los dos años en segunda del Atlético paralizaron sus encuentros y cuando se reanudaron gran parte de la locura futbolística que habían sido se perdió. No obstante quedaron recovecos de heterodoxia. Los colchoneros fueron de los pocos equipos que fueron capaces de hincarle al diente al mejor y más potente Barca de la historia, con dos victorias en Barcelona en los años de Frank Rijkaard, lideradas por Frenando Torres, y otras dos seguidas en el Calderón cuando los pupilos de Guardiola se paseaban por toda Europa y España, Bernabéu incluido. Al mismo tiempo, en los últimos años cada visita rojiblanca a Can Barca suele acabar con un buen saco de goles. La sorpresa parece haberse alejado, pero no cabe descartar la vuelta de los grandes espectáculos de jugo, goles y alternativas en el marcador. De hecho la portada del Marca tras el 5-4 del 97 fue “¿Se imaginan un mundo sin fútbol?”.

jueves, 2 de febrero de 2012

MARADONA: EL ARTISTA TORTURADO


La figura del genio atormentado siempre ha sido siempre ha sido un referente que ha alcanzado a todos los ámbitos de la actividad humana: desde el arte hasta el deporte. Ningún deportista de élite ha representado mejor el papel de ídolo caído que el argentino Diego Armando Maradona. Lo más curioso del caso es que su dudoso comportamiento fuera de los terrenos de juego apenas ha significado una merma de su popularidad en el país que le vio nacer: aún a fecha de hoy se trata del argentino más idolatrado casi de la historia, un referente emocional del que se vanaglorian la mayor parte de sus compatriotas, una especie de clavo ardiendo al que se agarra una nación habituada a las convulsiones económicas y sociales y que ve en su viejo astro un ideal que hace renacer la esperanza: también existen genios entre nosotros.
En Maradona convergían todas las condiciones necesarias para una película a lo Hollywood sobre los sueños cumplidos de un muchacho de los suburbios bonaerenses cuya pasión por la pelota le encumbró a lo más alto. El fútbol ha conocido de grandes estrellas, pero sólo a un Maradona. Nadie ha tenido con la pelota la relación que el antiguo capitán de la albiceleste, su genialidad técnica no ha conocido posiblemente rival alguno. Tal vez los haya habido más completos pero ninguno ha hecho en un terreno de juego las virguerías del astro argentino. Como ocurre en todos los ascensos meteóricos el problema no está en llegar sino en mantenerse y Maradona vivió muy rápido su ascenso a los cielos hasta el punto de no asimilarlo del todo bien: sus compañías no fueron las adecuadas y la presión de sentirse el mejor, el más vigilado, admirado y odiado al mismo tiempo no le dejó disfrutar de su talento no administrarlo de la forma adecuada de tal manera que los infiernos no tardaron en llegar.



Buena muestra de esta contradicción fue su fichaje por el Barcelona. Se pagaron 1.200 millones de pesetas de entonces, una auténtica fortuna y el Camp Nou se frotaba las manos frente al hombre que debería de convertirse en el Di Stéfano azulgrana. Nada más iniciar su andadura las cosas empezaron a torcerse: una hepatitis le hizo perderse buen aparte de su primera temporada, pero pudo volver a finales de la misma para dejar un recuerdo imborrable: Estadio Bernabéu, final de la Copa de la Liga, en una contra rápida el argentino de planta solo ante el portero Miguel Ángel, lo regatea pero como una bala aparece el defensa Juan José para cortar su paso al gol. En vez de disparar a puerta espera pacientemente a que llegue el blanco para hacerle un regate en seco y estrellarle contra el poste para con posterioridad depositar tranquilamente la pelota en la portería.
Fue un momento puntual de una trayectoria no cuajada: en el segundo partido de la liga siguiente una entrada del central vasco Goikoechea le dejó en el dique seco cuatro meses. Para colmo de males volvió a tiempo de jugar la final de la Copa del Rey ante el Bilbao, el equipo que había cortado su trayectoria y liderado en defensa por su verdugo. Tras un mal partido y una derrota Maradona perdió los nervios y agredió a dos jugadores bilbaínos provocando una lamentable tangana retrasmitida en directo y ante los ojos del mismísimo monarca de España. Pero no fue eso lo peor de su paso por Barcelona, en la Ciudad Condal empezaron sus escarceos con las drogas que le marcarían para siempre.
Tal vez porque la directiva azulgrana conocía ese dato fue traspasado al Nápoles. Era del sur de Italia, lo desamparado ante los poderosos del norte. Maradona los convirtió en campeones y dotó a la ciudad de un orgullo inusitado. En Nápoles convivían dos dioses: San Genaro y Maradona y hasta puede decirse que el segundo resultaba más popular que el primero, quizá nunca en la historia un jugador fue tan idolatrado como en aquellos años el astro argentino. Dos Scudettos y una Copa de la U.E.F.A otorgaron al equipo napolitano un prestigio impensable para quien apenas ha conocido las mieles del éxito en su larga existencia. Hasta tal punto llegó la idolatría al astro argentino que en las semifinales del Campeonato del Mundo del 90 los napolitanos apoyaron a Maradona y Argentina antes que a su propia selección que les representaba dudosamente, no en vano la azzurra siempre ha estado poblada de juventinos, interistas o milanistas, los viejos rivales del norte a los que por primera vez se les hacía frente y se les ganaba.
Aquellos años dorados tuvieron una culminación propia de las grandes estrellas: un gran éxito con la selección argentina. Su primera participación en España 82 se había saldado con un fracaso al verse sometido a un inolvidable marcaje por parte del lateral izquierdo italiano Gentille y su mal genio le había provocado una expulsión ante Brasil. Cuatro años mas tarde en México llegó su momento de esplendor absoluto: puede decirse que e solito ganó el Mundial, algo inédito en a historia. La forma en la que asumió el liderazgo de una ramplona selección argentina, no ha conocido caso comparable en especial en un partido memorable en cuartos de final contra Inglaterra. Todavía estaba presente el conflicto de las Malvinas y en el ambiente flotaba algo enrarecido, pero entrada la segunda parte algo mágico sucedió: unas manos clarísimas y una jugada memorable desembocaron en dos goles y acaso en el momento más especial jamás vivido en una Copa del Mundo, en los anales de la historia quedará cómo cogió el balón en el centro del campo sorteó a todos los rivales que salieron a su paso y cruzó el balón ante la salida del cuarentón Peter Shilton. El resto del campeonato siguió dominado por su omnipresente talento y la victoria final de la albiceleste le reafirmó como centro del universo futbolístico y como icono de una nación acostumbrada a vivir en la desesperanza. Desde ese mismo momento Maradona se convirtió en el argentino más famoso de la historia y no parece que nadie le vaya a suceder nunca, porque, entre otros motivos, es imposible apartar a quien se le perdona todo y al que, a fin de cuantas, había ganado en el terreno de juego lo perdido en una guerra.
Tras este memorable acontecimiento siguió deleitando a los espectadores con jugadas imposibles y muestras de talento, pero la semillla de la autodestrucción ya estaba insertada, en abril de 1991 fue detenido por posesión de cocaína y sus intentos de vuelta a los terrenos de juego fueron infructuosos al volverse a topar con sus peligrosas adicciones. A partir de entonces su figura vivió a medio camino entre los reconocimientos mundiales a su talento como futbolista y el rechazo generalizado que provocaban sus salidas de tono y actividades excéntricas. Para algunos era un genio, acaso en mejor futbolista de la historia, para otros un payaso de feria. En cualquier caso nunca deja a nadie indiferente.

lunes, 16 de enero de 2012

JUAN GOMEZ JUANITO: LA REFERENCIA EMOCIONAL


La identificación con unos colores parece haber pasado a la historia en las relaciones entre los jugadores y el club al que sirven. Eso no fue así durante no pocos años, especialmente en los equipos punteros en los que había tendencia a formar dinastías consolidadas en el tiempo. En el Real Madrid ningún jugador ha conseguido una identificación emocional mayor que un malagueño llamado Juan Gómez y conocido universalmente como “Juanito”.
Su trágica muerte en accidente de circulación aumento aún más su leyenda. Suele pasar con aquellos que el destino sesga sus vidas en edad muy temprana. Incluso las circunstancias de la misma ayudaron a agrandar su simbiosis con entidad blanca: falleció tras presenciar un partido de semifinales de la U.E.F.A del Real Madrid de vuelta a Extremadura en donde había iniciado su carrera como técnico. Sus declaraciones en vida siempre habían mostrado una devoción sin límites por el club que le dio la fama en el siempre competitivo mundo del balompié, a él le debía un agradecimiento eterno por haberle proporcionado un trampolín hacia el éxito y su correspondencia no había sido menos jugosa al liderar una generación de jugadores blancos que escribieron páginas muy recordadas, especialmente a nivel europeo.



No faltaron momentos amargos en su trayectoria, en especial aquellos relacionados con unos prontos mal gestionados que le metieron en no pocos problemas, destacando uno con luz propia: el pisotón en la cara al alemán Lottar Matthaus en unas semifinales de la Copa de Europa. En unos segundos explosivos se canceló una trayectoria brillante de diez años. No era la primera vez que su genio le jugaba malas pasadas; recordada es su imagen escupiendo a su antiguo compañero de equipo Uli Stilike tras una fea entrada de éste último o anteriormente el botellazo recibido en Belgrado en un partido con la selección tras retirarse del campo y hacer un gesto discutible. Tampoco sus actividades extradeportivas quedaron impunes, en especial su descubierta noche de juerga en Milán con su compañero de equipo Lozano, y un par de damas de dudoso origen. Dicen los que le conocían que se trataban de momentos puntuales de los que se arrepentía al instante y que tras esa agresividad ocasional se escondía una persona de grandes valores. En cualquier caso la imagen que ha quedado del mismo es la positiva; la del gran defensor de las causas perdidas de su equipo, el impulsador de las grandes remontadas europeas, el genio creativo que combinaba su gran capacidad técnica con un espíritu indomable de lucha, una de las imágenes esenciales del fútbol hispano de finales de los 70 y comienzos d e los 80.
Su trayectoria comenzó, curiosamente, en los juveniles del Atlético de Madrid para, con posterioridad, ser traspasado al Burgos y recalar en el cuadro blanco en la temporada 77-78. Desde sus inicios se manifestó como un referente esencial de Madrid de aquellos años en el que los grandes fichajes habían pasado a la historia y se empezaba a apostar por la cantera combinada con piezas de calidad insertadas ene l equipo. Con Santillana formó un ataque que se asentó como titular indiscutible durante varios años. Las ligas no tardaron en llegar (tres consecutivas del 78 al 80) pero la Copa de Europa se resistió con dos citas claves que impidieron la conquista a esa generación: un 5-1 en Hamburgo en semifinales del 80 y una dolorosa derrota en la final del 81 ante el Liverpool en el parque de los Príncipes de París. Aquel Real Madrid pasó a la historia por mantener el tipo con una plantilla sustancialmente inferior a los que de él se espera. Años más tarde vivió la transición de dicho equipo a los jóvenes brillantes de la Quinta del Buitre. Fue precisamente en esa recta final en donde consiguió crearse una imagen de guerrillero inasequible al desaliento que le permitía comandar remontadas históricas en un enfervorizado Chamartín; suya es la frase que proclamaba que 90 minutos en el Bernabéu eran muy largos para los rivales, o por lo menos lo fueron en no pocas ocasiones mediados los años 80.
En Juanito confluían las virtudes y defectos del jugador español de aquellos años: a su fiereza en el campo le unía una notable calidad técnica así como instinto goleador. No obstante no faltaron señales intermitentes en su larga carrera y significativos fueron sus fracasos en la selección española, especialmente en el Mundial 82, en donde resultó ser uno de los grandes damnificados del mismo ya que nunca volvería a vestir la roja. Las acusaciones de irregularidad e incluso cierto individualismo le buscaron otros conflictos. Stilike le acusó de jugar de cara a la galería en una final de la Recopa perdida ante el Aberdeen y entre los dos surgió una enemistad saldada años mas tarde de la forma poco elegante referida.
Probablemente su mito se encuentre por encima de sus méritos futbolísticos, al menos en comparación con otros jugadores que han vestido la camiseta blanca antes y después de él; pero su imagen no ha hecho sino agrandarse al cabo de los años hasta el punto de protagonizar un hecho casi insólito: que cada minuto siete (su eterno dorsal) el fundo del feudo blanco proclame “Illa, illa, illa Juanito Maravilla….” Y así se recuerdo siga vivo entre las nuevas generaciones; en realidad ha adquirido rango de inmortal, casi lo máximo a lo que puede aspirar un ídolo tan eventual como el futbolista.
Su muerte conmocionó como pocas al fútbol, de hecho en un par de meses se cumplirán veinte años de la misma y hay ecos que aún resuenan. Los homenajes póstumos se sucedieron y sus virtudes se convirtieron en un lugar común cuando se trataba de criticar la falta de compromiso y entrega. Santiago Segurola le definió así en la hora de su desaparición: “Todo lo hacía a lo grande. Dejaba huella por donde pasaba. Mattháus puede dar fe de ello. Nada podía sujetarle, ni los defensas, ni el árbitro, ni los micrófonos. Tenía un talento explosivo, y a veces la dinamita le estallaba en las manos. Nunca quiso los tonos medios. Sus regates eran secos y sus carreras fulgurantes; sus pases llegaban precisos e imprevistos; los remates tenían un desparpajo adolescente; sus declaraciones eran sinceras y muchas veces inoportunas. Siempre pareció un chiquillo sin ganas de crecer. Por eso amaba tanto al fútbol: porque le gustaba jugar y sorprendemos. Juanito lo logró: siempre nos cogió por sorpresa, incluso a la hora de la muerte.”