domingo, 21 de septiembre de 2014

CUANDO HIERRO CASI JUEGA EN EL ATLÉTICO Y LA VENGANZA DE GIL


A finales de los 80 destacaba poderosamente en el Valladolid un joven defensa con potencia física y buena salida con la pelota. Su nombre era Fernando Hierro y era hermano de Manolo, otro central que, curiosamente, no había triunfado en el Barcelona que lo fichó para el ejercicio 1988-89, pero no consiguió encajar en los sistemas de Cruyff y terminó siendo cedido. En un partido en el Vicente Calderón de esa misma temporada, Fernando Hierro no podía jugar con el Valladolid al estar lesionado. Cuando visitó el vestuario de su equipo a desear suerte a sus compañeros se encontró con una sorpresa: su presiente Miguel Pérez y el del Atlético, Jesús Gil y Gil habían acordado su traspaso al club rojiblanco, sin contar con él. Hierro jugaría en el Valladolid como cedido un año más y cobraría 25 millones de pesetas por temporada. El “Estudio Estadio” de ese fin de semana guarda una joya de la la hemeroteca con un estupefacto Hierro posando con la camisola del Atlético.

Al jugador no le gustó, sin embargo, que se le tratara como mercancía y a través de su representante, entabló contactos con el Real Madrid, que también había mostrado interés en el mismo. El Presidente del Real Madrid era Ramón Mendoza un gallego de peculiar ironía y que en aquellos años mantenía una divertida guerra con el presidente colchonero en la que los dos se lanzaban dardos envenenados todas las semanas. Mendoza vio la oportunidad de meterle un gol a su rival y llegó a un acuerdo con Hierro que, asimismo, comunicó a su presidente que no estaba dispuesto a fichar por el Atlético. Al mandatario pucelano no le hizo gracia el tema, ya que era muy amigo de Gil pero no le quedó otra que echar abajo su acuerdo con el mismo: Hierro acababa contrato en un año y si no lo traspasaba ahora, el Valladolid no vería ni una peseta por su mejor activo. De tal forma que en la temporada 1989-90 el malagueño iniciaría un periplo exitoso en la entidad blanca.
El lenguaraz e impulsivo Gil no se cortó un pelo, tildó a Mendoza de “filibustero” y dijo que Hierro era un chico joven que se había dejado embaucar por el Madrid. Sin embargo ni perdonaba ni olvidaba (“quien a Hierro mata a Hierro muere”). En el verano siguiente un día las oficinas del Bernabéu tuvieron un sobresalto: Losada y Aldana dos promesas de la cantera banca se presentaron diciendo que tenían una oferta en firme del Atlético para acogerse al Real Decreto 1006/85, (la fórmula legal que introdujo las cláusulas de rescisión por la que los futbolistas podían romper sus contratos), que mejoraba sus emolumentos y que, o se les incrementaba la ficha o se acogían a ella para cruzar el charco y jugar en el rival capitalino. No eran dos titulares, pero el entrenador Toshack, advirtió que perderlos era un contratiempo importante para una temporada larga y llena de partidos y además el club blanco tenía muchas esperanzas en ellos para el futuro. Mendoza se vio obligado a incrementar la ficha de dos jugadores (Losada llegó a cobran 50 millones de pesetas al año y Aldana 40), por cantidades exageradas para unos reservas. Gil no consiguió su objetivo, pero al menos dio un susto a su rival y le obligó a hacer un esfuerzo económico con el que no contaba. La guerra, sin embrago, continuó "No pararé hasta quitarle un jugador al Real Madrid" decía el soriano. El Real Madrid, por su parte, sorprendió a todo el mundo fichando a Joaquín Parra, un rojiblanco que había sido descartado por el entrenador colchonero de ese año, Javier Clemente, lo que sonó a nueva chinita, puesto que el sevillano apenas jugaría. Gil respondió con ironía "También me alegro de que al Madrid le sirva lo que Clemente desprecia, o a lo mejor lo que sucede es que Mendoza piensa que ha fichado a un Maradona".

Un par de años después consiguió su obsesión. Sebastián Losada no acabó de encajar en el Real Madrid y decidió, finalmente, fichar por el Atlético, que contaba con Futre y era dirigido por Luis Aragonés. Pero el sueño de Gil acabó en pesadilla; el delantero cuajó una temporada desastrosa con apenas un gol y fue descartado por el entrenador.El dirigente estalló y despidió a Losada, que entabló un pleito con el Atlético que terminaría costando al club casi 200 millones de pesetas, puesto que la ficha del jugador era muy alta. Un gol muy caro cuyo origen era una peculiar riña de gatos en el fútbol de la capital.

EL CONFLICTO CLEMENTE-SARABIA


Javier Clemente había sido nombrado entrenador del Athletic de Bilbao en 1981, con apenas 32 años, tras un breve periodo dirigiendo al filial. Frustrado jugador de depurada técnica, una entrada del defensa Marañón en Sabadell había roto una prometedora carrera del futbolista, a la temprana edad de 21 años, hecho que quizá le marcaría de por vida, y le había obligado a buscar temprana gloria desde los banquillos. Nada más llegar al primer equipo aseguró que haría campeón al Athletic, algo que sonó a bravuconada, pero que conectaba con el esplendor del fútbol vasco a comienzos de los 80, cuando la Real de Alberto Ormaechea ganó dos Ligas seguidas. Después de unos inicios titubeantes consiguió establecerse como entrenador de un equipo que mezclaba veteranos en el mejor momento de sus carreras como Dani o Goikoechea con nuevos valores de Lezama del tipo de Argote, Miguel de Andrés o Luis de la Fuente así como un jovencísimo Andoni Zubizarrreta.
En aquel combinado destacaba poderosamente un delantero espigado de depurada técnica llamado Manolo Sarabia, que había debutado a comienzos de los 80. Con un regate muy elegante y gran clase que deleitaba a los espectadores con jugadas vistosas, Sarabia se convirtió muy pronto en el ídolo de San Mamés y con Dani y Argote formó una delantera de lujo que vivió su gran momento al conquistar la Liga 1982-83. El entrenador, a raíz de este triunfo, fue considerado como un héroe y adquirió un gran protagonismo entre la afición, acrecentado por su fuerte personalidad, tildada por algunos como casi chulesca. La senda de los éxitos continuó en la temporada siguiente en la que se consiguió un doblete histórico, que han significado los últimos títulos de  la entidad bilbaína,
En esa segunda temporada Clemente fue cambiando el perfil de su equipo campeón. En sus primeros tiempos su Athletic era ambicioso y ofensivo en especial en los partidos como local; pero con el paso del tiempo su estilo derivó en considerar la seguridad defensiva como un elemento primordial y fue progresivamente apostando por jugadores que cumplieran la premisa esencial de luchar los 90 minutos a tope y no descuidasen sus labores de contención, lo que el llamaba “jugador de ida y vuelta” capaz de atacar y bajar a defender con la misma intensidad. El juego del equipo así dejó de ser vistoso para convertirse en práctico. Como casi todos los jugadores de talento, Sarabia tendía a una cierta anarquía y a salirse de los patrones tácticos rigurosos. Clemente fue poco a poco sacándole de las alineaciones titulares en favor de Endika, un delantero peleón, que pasaría a la historia por decidir la controvertida final de Copa de 1984 ante el Barça de Maradona, pero que distaba de tener los recursos de Sarabia. El entrenador, por su parte, justificó su decisión con un argumento táctico: Sarabia era más decisivo en las rectas finales de los partidos en los que, cuando los defensas rivales estaban cansados,  podía romper el marcador con su calidad, saliendo fresco desde el banquillo. Los éxitos del equipo en principio, callaron el conflicto, aunque el jugador no se sentía satisfecho con esa explicación y cierta parte de la prensa de Bilbao la cuestionó seriamente, por el mero hecho de que ningún equipo se pude permitir el lujo de dejar sentado a uno de sus mejores futbolistas.
Cuando los resultados empeoraron (aunque el Bilbao no perdió la condición de equipo puntero) empezaron a salir más voces discordantes con el asunto Sarabia. El técnico, enfadado, explicó a toda la plantilla los motivos por los que el delantero no era titular, en vez de hacerlo en privado con el mismo. Según Clemente, para él era una regla de oro que todo el equipo estuviese al tanto que un jugador pidiese la condición de titular, porque según el mismo, eso nunca había pasado en la historia del club vizcaíno. Sarabia se sintió menospreciado, sobre todo cuando fue acusado de no aguantar los 90 minutos al mismo nivel físico, y entró en conflicto directo con Clemente. Los dos no disimulaban su antipatía mutua y empezaron los rumores que situaban al delantero fuera de San Mamés. Un sector del público se decantó por Sarabia, en gran medida porque el juego del Athletic cada día era más aburrido y la división se instauró en La Catedral como en pocas ocasiones anteriormente.


Tras presuntamente desobedecer instrucciones del técnico en un partido en Las Palmas de la Liga 85-86, Sarabia desapareció definitivamente del 11 bilbaíno. Tras tres jornadas seguidas sin ser convocado, San Mamés estalló definitivamente en un choque ante el Hércules que se ganó por 1-0 con un juego paupérrimo, y abroncó al entrenador de los recientes triunfos. En la rueda de prensa un Clemente muy enfadado aseguró que Sarabia no volvería a jugar en su equipo bajo ninguna circunstancia. La Junta Directiva presidida por Pedro Aurtenetxe entendió que el entrenador se estaba extralimitando de sus funciones y le pidió rectificar. Pero Clemente respondió con un órdago: convocó a toda la plantilla en su casa, menos a Sarabia, a unos periodistas y hasta un Obispo amigo suyo, para firmar un manifiesto a su favor, y demostrar que él era la parte fuerte y que su voluntad se impondría sí o sí. Pero la directiva consideró que eso rebasaba lo aceptable y cesó al entrenador que había hecho campeón al Bilbao tras casi tres décadas.
A partir de estos hechos el glorioso Athletic de los 80 se fue desintegrando y a finales de la década ya distaba de asomar los primeros puestos de la Liga. Clemente terminaría siendo seleccionador nacional en una carrera marcada por la polémica y Sarabia abandonó el Athletic en 1988 para fichar por el Logroñés. Durante años el equipo campeón del periodo 82-84 no pudo reunirse porque entrenador y jugador se evitaban mutuamente. En realidad nunca volverían a dirigirse la palabra. Clemente volvería en dos ocasiones más a dirigir al Athletic y a fecha de hoy es el entrenador que más veces ha dirigido a los leones. Sarabia entrenaría al Bilbao Athletic y después se convirtió en comentarista de televisión.


sábado, 20 de septiembre de 2014

CUANDO EL ESPAÑOL CASI TOCA EL CIELO


La existencia del Español (ahora Espanyol) de Barcelona nunca ha sido fácil. Su convivencia con el Barça le ha relegado a un papel muy secundario en el panorama deportivo de su ciudad. Como pariente pobre de un poderoso vecino, quizá le haya faltado siempre el desarrollo de una consistente masa social que le hubiese aupado a ciertos periodos de esplendor deportivo.
Pero no hay que negarle una trayectoria de más de un siglo, cuatro Copas del Rey, y una consolidación muy asentada en la Primera División. De hecho en alguna ocasión esporádica ha podido desprenderse de la sombra de su ricachón vecino y ser protagonista por méritos propios de hazañas a tener en cuenta. Tal vez en ninguna ocasión a lo largo de su historia haya vivido tan de cerca la gloria como en la Copa de la U.E.F.A 1987-88, para luego sufrir una caída estruendosa.
Un año antes el equipo entonces presidido por Antonio Baró, se había hecho con los servicios de Javier Clemente, tras su tumultuosa salida de Bilbao y su conflicto con Manolo Sarabia. El de Baracaldo era el entrenador más cotizado de España, pero las puerta de los grandes (Madrid y Barça) le estaban cerradas por su carácter algo más que conflictivo. Con un equipo de retales, sin figuras de postín, pero al que transmitió su ideario futbolístico de lucha, seguridad defensiva y contragolpe obtuvo un meritorio tercer puesto en la Liga 86-87 que le daba acceso a la entonces Copa de la UEFA. En aquel combinado españolista destacaba el portero camerunés Tommy N`Kono, que había causado sensación en el Mundial de España para luego convertirse en un símbolo en Barcelona, los jóvenes valores Soler y Valverde, así como trabajadores solventes como Job o Pichi Alonso.

Con la incorporación del canterano madridista Sebastián Losada en calidad de cedido, se afrontó la competición europea con ganas de hacer algo grande. En primera ronda se eliminó a un clásico equipo alemán, el Borussia de Monchengladbach, pero todo se complicó en la segunda eliminatoria: el sorteo emparejó a los periquitos con el Milán. El equipo rossonero había sido adquirido un año antes por el magnate de la televisión Silvio Berlusconi y ese verano había realizado un fuerte desembolso en fichajes dejando la dirección en manos de un desconocido técnico llamado Arrigo Sacchi. En la ida en el mítico San Siro Clemente ordenó al defensa españolista Gallart, que se pegara como una lapa a la estrella holandesa Ruud Gullitt, cosa que realizó a la perfección. Dos zarpazos dieron el sorprendente triunfo a los barceloneses por 0-2 y un empate sin goles confirmó la sorpresa. El siguiente en caer fue el otro gran equipo de Milán, el Inter, que no pasó del empate en Milán y fue derrotado en Barcelona por1-0, en un partido de vuelta en el que Clemente ordenó reducir las líneas de los laterales para evitar que los interistas penetraran por banda.
Al mismo tiempo que se conseguían estas gestas europeas, el papel de los de Clemente en la Liga no pasaba de discreto e incluso se coqueteaba con los puestos de descenso. Además el vasco relegó a la suplencia a uno de los jugadores españolistas de más técnica, el danés Lauridsen, con la consiguiente protesta de la grada que cada vez veía peor juego aunque los resultados europeos amortiguaban la situación. En semifinales el Brujas belga lo puso difícil; el 2-0 en contra de la ida obligaba a una machada en el viejo campo de la carretera de Sarriá, que se consiguió con un gol de Pichi Alonso en el último minuto de la prórroga sellando un 3-0 que cancelaba una noche mágica.

Por primera vez en muchos años el Español mandaba en la Ciudad Condal. Aquel ejercicio 87-88, fue además tortuoso para el Barça, relegado al sexto puesto en la Liga y salvado por la conquista de la Copa del Rey ante la Real Sociedad. Un triunfo en Europa daría un protagonismo inusitado a los blanquiazules que además jugarían la final contra el verdugo de los culés, el Bayer Leverkusen, como la mayor parte de los conjuntos germanos de la época tan poco brillante como peleón y competitivo. El 3 de mayo de 1988 se jugó la ida (entonces la final de la UEFA era a doble partido) y los goles de Losada (2) y Soler allanaban el camino para la gloria, Quedaba aguantar la vuelta, parapetarse bien atrás y incluso matar la final con una contra. Clemente planteó un partido ultra-defensivo que daba sus frutos al descanso: 0-0 y el jugoso botín de la ida ano parecía correr peligro.
Pero todo se derrumbó a los 12 minutos del segundo tiempo. Un mal entendimiento entre el defensa Miguel Angel y N`Kono, dio lugar a un gol absurdo que abrió la lata de la remontada alemana. Aupado por su público el Leverkusen empezó a cercar la portería blanquiazul y el Español sin ninguna respuesta ofensiva y atemorizada por las embestidas locales acabó encerrado sin remisión en su campo. El segundo gol local cayó como una losa en los ánimos españolistas y encima su jugador más técnico, aquel que podía haber dado lugar a un mayor sosiego en el control de la pelota, Lauridsen, no estaba ni convocado. El 3-0 final obligaba a la prórroga en la que el marcador no se movió pese a la insistencia del Bayer. Los penaltis estaban ahí y, como le pasara al Barça en Sevilla unos años antes en la final de la Copa de Europa, la suerte les fue esquiva y la copa se quedó en Alemania. La imagen de los jugadores españolistas llorando desconsoladamente caló hondo en toda España; había sido la oportunidad única de un modesto para hacer historia y se había escapado de forma algo incomprensible.
Clemente no sobrevivió a la derrota. Acusado por no pocos de ser el responsable de la misma con su renuncia a jugar en la vuelta, enfrentado con el medio deportivo más influyente en la masa españolista “El Mundo Deportivo” y con la decepción aún latente por no haber culminado su hazaña sería cesado a mediados de la temporada siguiente. El tiempo daría al español dos Copas del Rey y una nueva final europea en la misma competición……que se volvió a perder en las penas máximas ante el Sevilla

sábado, 30 de agosto de 2014

YA HUBO UN MUNDIAL EN ESPAÑA


El inicio del Mundobasket en nuestro país coincide con una época esplendorosa del deporte español y del baloncesto en particular. Con excepción del último campeonato del mundo del 2010 No ha habido cita de enjundia desde 2006 que no haya acabado con metal para la poderosa escuadra hispana que no haya acabado con metal. Una generación dorada plagada de altura, fortaleza física y calidad se ha hartado de ganar.

No era así en el último Mundial disputado en tierras españolas. De hecho sólo la selección de baloncesto de los Martín, Epi o Jiménez podía presumir de triunfos destacados a nivel internacional con la plata del Europeo de Nantes en el 83 y, muy especialmente, el subcampeonato de las Olimpiadas del 84. Parecía que un torneo a disputar en terreno propio era propicio para seguir la racha. El baloncesto había vivido un boom destacado en los 80 gracias a los éxitos de la selección y la implantación de la Liga ACB con el sistema de play-off. La atención deportiva de la nación en ese mes de julio se concentró en la labor de los chicos de Díaz- Miguel, entonces el eterno seleccionador tan alabado desde Los Ángeles.
Pero algunos nubarrones habían empezado a otear en el horizonte del equipo español. En el campeonato de Europa de Alemania del año anterior el cuarto puesto fue considerado un fracaso y habían empezado surgir ciertas fricciones entre Díaz Miguel y algunos emblemas del combinado. Juanma Iturriaga era descartado para el Mundial, Juan Corbalán se había retirado de la selección y algunos jugadores destacados de esa época como el barcelonista Sibilio, no acababan de encajar en las ideas del seleccionador, que fundamentaba la competitividad española en una fuerte defensa de anticipación, para la que el dominicano no estaba muy dispuesto. Además en plena preparación surgió un conflicto entre el técnico y la máxima estrella nacional, Fernando Martín, por una salida nocturna no autorizada. A esto había que añadir el hecho que el equipo seguía siendo bajo en comparación con sus más destacados rivales; sólo Romay superaba los 2,10 y aunque tanto Martín como Andrés Jiménez aportaban clase y talento bajo aros, la desigualdad física seguía siendo evidente ante las torres rusas, yugoslavas o americanas.

De esta guisa España jugó la fase de grupos previa en Zaragoza. El juego español resultó plano y sin inspiración. Se ganó con muchísimos apuros a Francia (84-80) y Grecia (87-86) y se despachó sin complicaciones a los débiles portorriqueños por más 50 puntos. Pero en el último encuentro de la liguilla, Brasil, comandada por el demoledor alero Oscar Smith, liquidaba sin paliativos el dubitativo juego español con una victoria por 72-86. No era la selección que todos esperaban. Martín parecía descentrado, tal vez por sus problemas con Díaz Miguel, ninguno de los bases (Solazábal , Creus o Costa) imprimía el ritmo necesario y en las alas, apenas Epi cumplía con lo esperado, siendo especialmente decepcionante el papel de la nueva gran promesa del baloncesto surgida en la penya, Jordi Villacampa. Una derrota no tenía por qué significar el final, pero el sistema del Mundial contabilizaba los puntos de la primera fase para la segunda, en donde se iba a dilucidar el pase a la lucha por los medallas. A España no le quedaba otra que ganar a la U.R.S.S de Sabonis, Homicius o Volkov, una potencia sin paliativos. Y lo cierto es que casi se consigue la hombrada y sólo una discutible actuación arbitral impidió el triunfo al final (83-88). La consecuencia fue que el papel español terminó limitado a pelear por el 5º puesto, cosa que se consiguió con brillantes victorias sobre Canadá e Italia. El juego de los locales había ido de menos a más, pero cuando se logró el nivel óptimo ya era tarde para luchar por metales. Hubo sensación de decepción y oportunidad perdida. Díaz Miguel emprendió una lucha por reducir el número de americanos por equipo: según él, eso limitaba que los nuevos valores jugaran los minutos necesarios y se foguearan para la alta competición. En realidad España iniciaba un camino de oscuridad que no se superó hasta finales de los 90, con la llegada de la generación de oro.

El Mundial fue ganado por Estados Unidos. Era una época en la que los profesionales no jugaban las competiciones FIBA y las selecciones yanquis aportaban promesas universitarias, que que ni siquiera eran las más destacadas de la NCCA, reservadas para las Olimpiadas. Pero la verdad es que varios de los integrantes de aquella selección alcanzaron puestos destacados de la NBA como fue el caso de David Robinson, posterior pívot dominador de los Spurs de San Antonio así como  un pequeñísimo base de apenas 1,60 metros de altura llamado Tyrone Bogues, que se revelo como un feroz defensor y un jugador rapidísimo, que contra todo pronóstico desarrolló una sólida carrera en la Liga más famosa del mundo o Kenny Smith base campeón de la NBA con Houston en los 90. En la final ganaron a una de las selecciones más potentes jamás recordadas de la U.R.S.S, que a su vez se había desprendido en semifinales de Yugoslavia, con un memorable final de partido con tres triples consecutivo de los soviéticos que neutralizaron la ventaja plavi, cuya estrella era un genio de destino trágico y por aquel entonces odiado en la capital de España: Drazen Petrovic. El recientemente rehabilitado Palacio de los Deportes de Madrid vivió unas jornadas llenas de intensidad y emoción. Es un campeonato olvidado, pero en su día, favoreció mucho a la consolidación del basket como deporte de máximo interés.


sábado, 31 de mayo de 2014

TRÁNSITO FRENÉTICO

Es fácil relamerse en las heridas por el deja vu del sábado pasado. El salto de Ramos formará parte de las pesadillas atléticas durante no pocos años. Hace una semana escribía que Simeone había cambiado para siempre la faz rojiblanca: aquella que le asocia con el victimismo y la melancolía. Quizá tenga que rectificar a medias. El desenlace de Lisboa repitió la peor pesadilla rojiblanca ante el peor rival posible, más dolorosa aún si cabe si hubiese sido el propio Bayern; en realidad la presencia del Real Madrid ya en sí era sospechosa, tocaban los teutones, era lo que estaba escrito, pero los de Pep nos fallaron. El destino ha sido juguetón y malicioso: en el año más inolvidable que ningún colchonero hemos vivido, en el que más grandes nos hemos sentido, en el que hemos logrado el mayor éxito de nuestra historia, esa Liga española que parecía eternamente anestesiada por el dominio plomizo de las multinacionales futboleras que sojuzgan nuestro país, en el ejercicio en el que tras traspasar a una figura más (Falcao) fuimos más peligrosos que nunca, se revive la pesadilla del 74.

Pero tomemos como referencia una semana antes 17 de mayo de 2014, y aún un año antes esa misma fecha. Un grupo de jugadores en los que nadie confiaba ganaba la Liga en el Camp Nou y la Copa del rey al Madrid en el Bernabéu. Sigamos retrocediendo y nos encontraremos con una U.E.F.A sobre el Athletic de Bilbao de Bielsa, que parecía comerse el mundo. Y ya puestos a recordar una Supercopa Europea (trofeo menor, pero trofeo a fin de cuentas) contra el Chelsea en Mónaco. Podemos coger en definitiva la botella medio llena o medio vacía. Pero lo que nadie puede negar es que en los últimos años ha habido muchísimo bueno y muy poco malo. Grandes triunfos y escasas decepciones. Un equipo admirado en toda España y hasta Europa, si no por su juego, sí por su coraje y por plantarse ante los tótems, esos que gastan pasta de forma indiscriminada y traen siempre año tras año ,lo mejor y lo más caro, y decirles “os vamos a discutir el triunfo” e incluso conseguirlo, no siempre , es cierto, pero sí a  veces.
Pensemos también en ese entrenador que quizá no tuvo su mejor tarde, ni controló sus impulsos del final, pero que cogió a un equipo cerca de segunda división y en menos de tres años le llevó a ganar cuatro títulos y a estar a un paso de un quinto. Un tipo que ha alcanzado la gloria y no ha llegado por muy poco a la leyenda, y que se planta en la rueda de prensa con estas palabras “Este partido no merece ni una lágrima”. Porque en definitiva el cabezazo de Godin le dio la gloria hace  semana y el de Miranda hace un año, mientras que el Ramos se la ha arrebatado; y como insaciable competidor que es, sabe la frontera que separa el éxito del  fracaso es tan tenue, que no conviene tomarse demasiado en serio ni la victoria ni la derrota, y que para los que él entrena que sólo hay un camino; pelea, pelea, pelea y más pelea y cuando vienen mal dadas, a seguir luchando. Aunque es cierto que en ocasiones, sus formas como jugador o entrenador no fueron ni son las más ejemplares, fruto quizá de una competitividad mal entendida o al menos desviada. Pero alguien así, capaz de transmitir el valor de la lucha en inferioridad de condiciones de tal forma, de convencer a un grupo humano de que eran capaces de todo y no apelar nunca al victimismo sólo merece admiración.
El sino del Atlético no es fatalista, es simplemente inestable por naturaleza: su existencia es un tránsito de la gloria al fracaso, del cero al infinito, del triunfo impensable a la derrota apocalíptica. En la final de Copa del año pasado y de la Liga de este año empezó perdiendo para acabar ganando, como en semifinales de la Champions en Londres. En la final europea empezó ganando y acabó perdiendo: tal es su fisionomía . Su leyenda de este año se cimenta en la lucha contra lo considerado en principio imposible y su falta de desfallecimiento, contra la creencia generalizada que no podía aspirar a los premios más gordos y al final casi, y por muy, muy poco, se lleva los dos. Se llevó uno, que no es moco de pavo, aunque no cómo no podía ser menos el éxito más rotundo fue la antesala de derrota más amarga. El camino, eso sí, fue inolvidable.







EL CRUYFF ROJIBLANCO

Como el holandés, el técnico argentino fue más una elección populista que una apuesta confiada. Ambos habían sido jugadores emblemáticos, campeones de liga en entidades acostumbradas a sinsabores con más frecuencia de la deseada y calmaban las iras del público ante los fracasos en el terreno de juego.
Antes de Cruyff el Barça ganaba ligas cada 13-14 años, salvaba años con Copas del rey ocasionales y victorias puntuales sobre el Real Madrid. Con el tulipán llegaron nada menos que cuatro seguidas, además de la Copa de Europa y aunque sus dos últimos dos fueron más bien opacos su legado consintió en erradicar de Can Barça todos los lugares comunes que casi siempre llevaban a la decepción: el Barça podía y debía ser un grande de Europa a la altura de Real Madrid, Juve o Bayern. El resto es de todos conocidos.


Simeone no fue un futbolista a la altura de Cruyff, ni su estilo se le parece lo más mínimo; pero ha ejercido una catarsis parecida en el Atlético de Madrid. Aunque Quique Sánchez Flores había roto la sequía de 14 años con la Europa League y la Supercopa de 2010, no había pasado de ser un éxito ocasional, provocado por dos delanteros de mucho calibre (Aguero y Forlán) que emigraron al poco tiempo por falta de perspectivas sólidas; como lo hicieron Torres o De Gea, no había futuro a tener en cuenta, sólo destellos fugaces de jugadores con talento, pero con un equipo muy lejos de ser tomado en serio por los grandes de verdad.
Desde su clara victoria en la final de Bucarest de 2012 ante el pujante Bilbao de Bielsa, el argentino forjó la esencia de cualquier equipo de élite: unas señas de identidad grabadas a fuego. Su receta era menos glamurosa que la del Barça de los 90, por que el Atlético no dispone de los medios de los culés, pero hundía sus raíces en varias escuelas de probada solvencia: el rigor táctico italiano, la competitividad argentina y dos señas de identidad de los mejores momentos de los 110 años de historia rojiblanca: el gusto por el contragolpe y el poderío a balón parado. Esos elementos son fácilmente combinables para dar lugar a un equipo que empieza desde una gran seguridad defensiva que se transmite a todo el equipo, una intensidad en el juego que le pone casi siempre en ventaja sobre los contrarios a los que agobia sin descanso, gran velocidad en los espacios abiertos y, cuando la creatividad falla, siempre queda recurso al córner o falta que permita el cabezazo al fondo de las mallas. De esta guisa ha conseguido imponerse equipos superiores en talento individual y ha roto una tradición futbolera que en España, desde finales de los 80, sólo toma como referencia a tener en cuenta el buen uso de la pelota y el dominio territorial, aspectos muy alabables pero si se dispone de jugadores adecuados. Este Atlético es flexible: no duda en recular y atrincherarse en su muro defensivo esperando salir a la contra, pero cuando tiene que  tomar la iniciativa y tocar la pelota lo hace sin complejos (ahí está su segundo tiempo en Londres); desde esa perspectiva es quizá el equipo más interesante que España o Europa ha visto en mucho tiempo, por más que no sea el mejor.
A esta brillantez estratégica hay que unirle el factor emocional que va ineludiblemente unido al técnico argentino. Como Cruyff (alma mater del gran Ajax de los 70, tres veces campeón de Europa) Simeone es un ganador que no se resigna a un papel secundario. Ganará o perderá, pero no está depuesto a aceptar de forma resignada el fracaso. Como jugador no era un estilista desde luego; sus armas eran dejarse el alma en el campo, competir al máximo, ciertas dosis de técnica bien dosificadas y detalles de dudoso gusto deportivo pero relacionadas con su vertiente ganadora. Más de 100 partidos con la albiceleste así lo atestiguan. Dicho carácter era necesario en un entidad tan acostumbrada a la melancolía como la rojiblanca, en la que hasta las campañas publicitarias hacían apología de esa resignación ante la mediocridad. Nada más falso que la leyenda negra que muchos, aficionados rojiblancos incluidos, que señala al Atlético como perdedor eterno: sus fracasos estaban relacionados con la mala gestión o simplemente con la desproporción de medios ante sus rivales, y no con el fatalismo, y en periodos concretos de su historia ha vivido éxitos destacables, hasta con dosis de suerte que todo campeón necesita. También el Bayern perdió una Copa de Europa en el descuento o el Real Madrid cinco finales en una temporada; pero éstos no se relamían en su mala suerte y volvían a intentarlo y claro, tenían oportunidades de ganar de nuevo.
Con Simeone el Atlético ganó una Copa del Rey al Madrid en el Bernabéu y una Liga al Barça en  el Camp Nou. En ambos partidos empezó perdiendo. De hecho a fecha de hoy es el paradigma de club ganador; no ha habido partido decisivo (Europa League, Supercopa de Europa. Copa del Rey o Liga así como eliminatorias de Champions) en que no haya dado su mejor versión a su manera. Tampoco el Barça de Cruyff falló en sus tres Ligas milagrosas de la última jornada, después de décadas acumulando segundos puestos y tirando campeonatos que estaban en la mano; de hecho sus sprints finales eran asombrosos. Los jóvenes Atléticos no sabes que es seso del “pupas” ni de tembleque en los momentos clave. Lógicamente, y como hemos señalado antes, el Atleti no dispone de la economía del Barça y el mantenimiento en la élite es más complicado, pero si se sabe conservar la esencia de un estilo futbolístico y la mentalidad positiva arraiga para siempre en el Manzanares ( o en la Peineta) puede haber grande para rato. El sábado se podrá perder, por supuesto, porque el Madrid es bueno, muy bueno incluso. Pero lo más importante ya está conseguido.


sábado, 5 de abril de 2014

DEL CÉSPED A LA CANCHA: DESENLACE FINAL (III)

La década de los 80 había intensificado la rivalidad Barcelona-Madrid en el ámbito baloncestístico a unos niveles que llegaron a eclipsar a los duelos futbolísticos entre ambos contendientes. Las alternativas en el dominio se habían sucedido de forma permanente: en ochos años cuatro campeonatos de Liga para cada equipo. Del control banco en el periodo 83-86, se había pasado a la hegemonía azulgrana en los campeonatos del 87 y el 88, pero para la temporada 1988-89 un factor iba a llevar los encuentros a los máximos niveles de tensión: es escolta croata Drazen Petrovic.
No resulta fácil el resumir la influencia de Petrovic en el basket de los 80. Es posible que el tiempo hay dado jugadores mejores, al menos más completos, pero Petrovic producía sensaciones únicas en compañeros, rivales y público. Demoledor anotador, competidor insaciable y máxima representación de un deporte yugoslavo de tanta calidad como modos discutibles en cuanto a formas de un deportista, una de sus virtudes era la forma de minar la moral del contrario con sus provocaciones constantes tras sus exhibiciones anotadoras. El Real Madrid lo había sufrido en la Copa de Europa y durante un par de años fue, con seguridad, la bestia negra de la laureada sección blanca. Cuando Ramón Mendoza lo fichó en 1986, con el compromiso de incorporarse dos años después, una conmoción sacudió al mundo de la canasta. ¿El jugador más odiado con la camiseta a la que tantas veces la había pisoteado?. Lo cierto es que la final de la Copa Korak de 1988, saldada al fin con triunfo madrileño ante la Cibona, amortiguó los recelos hacia la estrella de los Balcanes.
Con Petrovic como puntal ofensivo, más la incorporación del alero Quique Villalobos, los de Lolo Sainz contaban con el equipo ofensivo más poderoso del viejo continente; a los ya referidos había que unirles a Biriukov en el juego exterior, Johny Rodgers un atípico ala-pivot americano con un poco ortodoxo pero efectivo tiro de media y larga distancia y el poderío interior delos hermanos Martín, Romay o Pep Cargol. Claro que enfrente tenían a los Solozábal, Epi, Norris, Jiménez, Trumbo a los que en esta ocasión se unió un americano de gran efectividad bajo aros: Waiters. El Barça era un equipo más hecho y con un sentido colectivo superior; a la eficacia de Solozábal, Epi y Sibilio en el exterior se le unía un juego interior de muchos kilates con Norris y Waiters, amén de la versatilidad de Andrés Jiménez, quizá el hombre esencial de aquellas temporadas, dado que gracias a su polivalencia y flexibilidad, los azulgranas se podían permitir jugar con tres altos, lo cual era clave en la lucha por los rebotes. Si el equipo contrario se situaba en zona, el juego exterior de los de Aito podía romper ese mecanismo de  defensa.
Pero el poderío anotador de los blancos era insuperable, y en los primeros enfrentamientos entre ambos colosos en esa campaña el yugoslavo no pudo ser frenado por los defensores culés. Ambos equipos se vieron, de nuevo, las caras en la final de la Copa del Rey en Galicia y los blancos, tras  reacción en el segundo tiempo, consiguieron doblegar a su poderoso enemigo (85-81), aunque curiosamente el hombre clave de aquella final no fue Petrovic, sino el discutido americano Rodgers. Partiendo de esa victoria los madridistas empezaron una espiral de triunfos sobre su eterno rival que, al cabo de cinco enfrentamientos, señalaba un marcador claro: 5-0 en favor del Real Madrid. Tras una de esas victorias, en el Palau azulgrana Aíto sorprendió en la rueda de prensa declarado: “Petrovic tiene bula arbitral”.


Lo cierto es que pareció una jugada estratégica muy calculada: el croata se estaba apoderando de los duelos con los entrenados por Aíto. De la misma forma que había acabado con la moral de los Corbalán, Iturriaga, Robinson y compañía unos años antes, sus grandes guarismos anotadores y las constantes victorias de su equipo provocaban en los azulgranas una desazón por la imposibilidad casi metafísica de ganar los partidos ante el Madrid. Petrovic era especialista en manejar en tiempo psicológico de los partidos y el entrenador del Barça intentaba así crear una cierta presión sobre los colegiados que mirasen con más atención las acciones de la estrella blanca. A ello había que añadir que algunos jugadores barcelonistas estaban muy dolidos por la tendencia a mofarse del yugoslavo a raíz de la racha de victorias. En definitiva, la tensión deportiva se situó en niveles máximos.
Curiosamente, un partido que contaba con todos los elementos para mantener el dominio blanco se reveló decisivo para el desenlace final. En la segunda fase de la Liga el Barça visitaba al Madrid en plena crisis: fue derrotado en semifinales de la Final Four de la Copa de Europa contra pronóstico, iniciando así una sucesión de fallidos asaltos al máximo entorchado europeo que no se acabaría hasta el siglo XXI, y uno de sus emblemas de las últimas temporadas, Chicho Sibilio, había sido sancionado disciplinariamente, siendo apartado del equipo. El Real Madrid acudía, por el contrario, tras haber ganado la Recopa de Europa en Atenas al Caserta Italiano (119-117) con una alucinante actuación del croata con nada menos que ¡62 puntos¡. Lo que parecía un paseo blanco resultó una resurrección azulgrana: victoria por 87-95 que además, decidía el factor cancha en favor del Barcelona en el presumible playoff final por el título.
Aquel encuentro cambió el desenlace de una temporada que, sin lugar a dudas, ha pasado a la historia del baloncesto español. Como era de esperar, ambos equipos se plantaron en la final a cinco sin muchas dificultades, pero tras su triunfo en Madrid, el juego barcelonista había ido cada vez a más y su estado de forma ante la gran final era óptimo. El Madrid llegaba lastrado por las lesiones de alguno de sus hombres altos y una cierta dependencia de las prestaciones de Petrovic para ganar los partidos, aspecto acrecentado por el individualismo al que era tendente el escolta y que había despertado ciertas ampollas en el equipo, especialmente tras la final de la Recopa . Con un Fernando Martín ausente por dolencias el primer encuentro de la serie fue de resultado elocuente: 94-69 en favor del Barcelona. Un par de días más tarde el Real Madrid se aloja en un hotel barcelonés para disputar el segundo partido con pocas perspectivas de triunfo. La moral está muy baja tras la paliza en el primer duelo. En plena comida las puertas del comedor se abren y aparece un gigante de 2,05 que ha tomado el puente aéreo, dejando atrás sus problemas en la espalda, para jugar el segundo choque. Es un Fernando Martín que  lo primero que suelta es: “Pringaos, yo no me he levantado de la cama para perder”: ¿Resultado?: 81-88 y serie igualada. Sin duda alguna un momento esencial de cara a analizar la importancia de la psicología en el deporte de alta competición: Martín jugó pocos minutos y bastante lastrado, pero su fuerza mental se trasladó a sus compañeros que se convencieron que ganar era posible.
Los partidos en Madrid depararon un nuevo empate; victoria holgada del Barça en el tercer partido e igualada blanca en el cuarto gracias a la sangre fría de Petrovic en los momentos decisivos. En realidad, el equipo de Aíto parecía más entero en la serie, con un juego más equilibrado y centrado en la fuerza de sus hombres altos, con una mayor compensación en la distribución anotadora de sus jugadores. Pero enfrente tenían a un equipo con casta e inmensa calidad, aunque con un sentido más individualista del juego. La victorias del Barça habían sido holgadas y las del Madrid más apuradas. Pero todo se iba a dilucidar en un quinto encuentro……y el Real Había ganado en tres de sus cuatro visitas al Palau en esa temporada.
El desenlace superó el dramatismo de cualquiera de los enfrentamientos de ambos clubes en la mágica década de los 80, quizá con la excepción del partido en Pabellón madridista del 84. La primera parte se saldó con una igualdad total: 48-50 al descanso. Pero a medida que avanzaban los minutos un hecho fue inclinando la balanza en favor de los locales: la acumulación de personales en el Real Madrid. Aíto forzó la búsqueda de los hombres altos de su equipo y los pívots madridistas se fueron cargando de faltas hasta llegar a las cinco permitidas. A ello hubo que unirle que uno de los árbitros del choque, el bilbaíno Neyro, mostraba un celo extraordinario en ver las infracciones de los visitantes. En realidad esto tenía su intrahistoria: dos años antes, en un torneo de verano, y cuando Petrovic todavía jugaba en la Cibona, el croata había escupido al colegiado que con posterioridad, declararía que no olvidaría nunca esa afrenta. No parecía la elección más adecuada para garantizar la imparcialidad en el arbitraje de partido tan decisivo.

 A la sucesiva eliminación de los hombres altos blancos, hubo que unirle el pobre encuentro de su gran estrella, apagado por un eficaz sistema de ayudas defensivas, que partía de un Solozábal que no perdía ojo del croata y cuando éste conseguía superarle, automáticamente un jugador salía en apoyo para cortar las vías de acceso del yugoslavo a la canasta. Aíto había dado, por fin, con la fórmula de neutralizar al estilete madridista y los minutos pasaban con el jolgorio azulgrana al escaparse en el marcador, y la desesperación de Lolo Saínz y su banquillo que veían cómo incluso terminaban el encuentro con sólo cuatro jugadores en la cancha, por acumulación de faltas personales, y tenían que soportar dos torturas adicionales: el hostigamiento del colegiado bilbaíno y las mofas de los jugadores rivales que aprovecharon su triunfo para devolver al yugoslavo las afrentas de anteriores encuentros. Incluso alguien tan comedido en las victorias y derrotas como Epi se subió al carro de las provocaciones. Al final 96-85, jolgorio barcelonista por su tercera ACB seguida, indignación madridista con árbitro y rivales y un partido pata la historia.
Fue el punto culminante de una década de rivalidad para enmarcar. En el verano de 1989 Petrovic dejaba colgado al Real para hacer las américas, y el 3 de diciembre de 1989 el deporte español caía en la desesperación y el luto con el fatal accidente del Fernando Martín en la M-30 madrileña que sesgaba la vida de uno de los jugadores legendarios de la canasta hispana. Muchos rivales azulgranas, y compañeros de selección,  lloraron desconsolados en su entierro. Una época inolvidable había concluido. El Barça de Aito siguió acumulando triunfos pero se le resistió siempre la Copa de Europa. El Madrid siguió una trayectoria más irregular, aunque el otro gran genio baloncestístico del este de Europa, el lituano Sabonis le llevaría de nuevo por la senda de las victorias.