Si el destino de las personas está más o escrito de forma inexorable el de Paulo Futre se teñía de rojo y blanco desde el verano de 1985 cuando con apenas 19 años y siendo un gran desconocido estuvo a punto de fichar por el equipo que por aquel entonces presidía aún Vicente Calderón.
Sorprendió el interés del club madrileño por un casi juvenil sin apenas recorrido, pero apenas año y medio después todo el mundo entendió el motivo. Y no en un escenario cualquiera; nada menos que en la final de Copa de Europa entre su equipo, el Oporto, y el poderoso Bayer de Múnich. Con ventaja mínima de los bávaros el joven extremo cogió la pelota en banda y mediante paredes y regates imposibles realizó la jugada del partido que, aunque no tuvo el premio del gol, se convirtió en el momento cumbre de la gran final junto con el gol de tacón de Madjer, que dio la sorprendente victoria a los portugueses que dieron la vuelta al partido.
Toda Europa se lanzó a la captura del nuevo astro, pero fue un candidato a la poltrona colchonera el que llevó el gato al agua. Su nombre era Jesús Gil y Gil y con el fichaje del portugués empezó su carrera de golpes de efecto en el mundo del fútbol .Su presentación tuvo no poco de estridente, muy en la línea del personaje: en la discoteca Jácara, cumbre de la movida madrileña, un día antes de las elecciones que, por descontado dieron la victoria al de Burgo de Osma.
Futre lideró un equipo que se dijo destinado ganarlo todo y que comenzó pronto un reguero de decepciones. En realidad el Atlético de aquello años carecía de potencial para grandes logros, pero la era de los vendedores de humo había empezado y el futuro alcalde de Marbella era un maestro consumado en el tema. Los denominados “proyectos” se sucedían sin éxitos destacables pero dejando tras de sí un buen puñado de jugadores de medio pelo y entrenadores devorados por los nuevos aires del fútbol en los que los excéntricos dominaban las poltronas. Entre tanto desbarajuste el portugués vio frenada su progresión como ídolo del fútbol europeo, pero al mismo tiempo se convertía en referente deportivo y emocional del club tan peculiar como el rojiblanco. En su juego también se percibía una tendencia natural al exceso: su melena al viento, la explosiva velocidad, el regate que dejaba sentado a los rivales, su tendencia teatral en el área, así como sus protestas encrespadas daban a su presencia en el campo una expectación que le hacía destacar aún en sus peores partidos.
Como todo gran jugador de la historia del Atlético su hábitat natural fue el juego de contragolpe en el que conseguía sacar el máximo rendimiento a su velocidad y técnica depurada. Más dificultades mostraba en el ataque estático, en todo supuesto en el que su equipo debía llevar la iniciativa ante defensas cerradas. Tampoco ayudaba mucho la inestabilidad deportiva de su equipo. Una media de tres entrenadores por año no es el mejor modo de consolidarse en la élite. Incluso la cosa no dejaba de tener su gracia: en la temporada 89-90 con Javier Clemente de entrenador, las ambiciones máximas del equipo se articularon mediante cuatro fichajes de jornaleros esforzados tan impecables profesionales como limitados peloteros: Bustingorri, Abadía, Ferreira y Pizo Gómez. Y el caso es que el equipo iba segundo cunado Clemente fue cesado, otra cosa era el juego claro.
Sin embrago el tiempo traería al portugués un par de éxitos en la Copa del Rey, en especial con la ayuda del gran centrocampista alemán, repudiado por el Real Madrid, Bern Shuster que permitió las gotas de calidad necesarias en el centro del campo para impulsar las cualidades del astro de Montijo. Fue, de hecho, en la temporada 91-92, con Luis Aragonés en el banquillo, cuando completó su mejor año en España, hasta punto de ser con diferencia el mejor jugador de aquel ejercicio.
En Futre se daba además una característica hoy en día postrada en los mejores jugadores del conjunto atlético: se trataba de un jugador de grandes ocasiones. No eran pocos los partidos en los que pasaba más bien desapercibido, como si la cosa no fuera con él, fruto de la desesperación de no jugar en uno de los grandes, pero cuando enfrente tenía al Barcelona o, sobre todo al Real Madrid, su motivación subía a unos niveles que le hacían dar lo mejor de sí mismo. Dos encuentros marcan su trayectoria ante los blancos. El primero el 3 de diciembre de 1988, en el Bernabéu, tras una exhibición de juego vio cómo su equipo perdía el partido en el descuento después de unas marrullerías de Buyo que la televisión logró captar de forma sorprendente. El guardameta simuló una agresión de Orejuela y entro con alevosía a Manolo sin ser expulsado. Desde entonces el portugués le juró odio deportivo eterno y el tiempo le otorgó la mejor revancha posible. Era el 27 de junio del 92, el año glorioso de Futre, el escenario era de nuevo Chamartín y enfrente los dos colosos madrileños cuando todavía ese duelo estaba salpicado por la rivalidad deportiva más enconada. En los 90 minutos de juego una figura sobresalió de forma espectacular, y no fue otra que la de Futre. Dejó en evidencia a un marcador tan solvente como Chendo al que superó una y otra vez y se convirtió en el jugador decisivo del partido. A los seis minutos un magistral libre directo de Schuster abría el marcador para los de Luis y en minuto veintisiete contra de los rojiblancos, Manolo ve a Futre desmarcado y le manda un balón medido al que llegar casi al mismo tiempo el portugués y su marcador eterno ambos entablan una carrea en el lado izquierdo del área, y el marcaje de Chendo parece cerrar todo ángulo de disparo, pero de repente Futre mete un zapatazo en carrera a la pelota, esta sale disparada y se cuela por toda la escuadra de Buyo, es el 2-0 definitivo y entusiasmado le dice a su oponente “Toma Buyo, toma……”
Como los de la ribera del Manzanares no se caracterizan por dar estabilidad a sus éxitos en el ejercicio siguiente los problemas se agudizan. Futre se enfrente a Luis Aragonés y no resulta económicamente viable mantenerlo en el equipo. Pide ser traspasado y así se hace, a cambio de unos 650 millones de pesetas se va al Benfica. Como tantos ídolos colchoneros no acaba su carrera en el club que les vio triunfar. Pero entonces empieza su calvario con las lesiones. Su rodilla le falla constantemente y le hace perder su gran baza, la punta de velocidad. Emprende un itinerario por diversos países y equipos, primero Francia en el Olympique de Marsella, luego Italia en el modesto Reggina. Una y otra vez suena su posible vuelta al Manzanares al alimón de los fracasos del Atlético siempre su nombre suena como remedio mágico para los males del equipo. Incluso en plena crisis de resultados en la época de Benito Floro, Ramón Mendoza pretende su fichaje para el Real Madrid. Una clausula anti- real de su traspaso al Benfica lo impide. En 1995 recala nada menos que el Milán de Fabio Capello, siempre atento a veteranos del futbol, europeo para que aporten su experiencia al combinado milanista, entonces dueño de Europa. Su maltrecha pierna le impide jugar en casi todo el año y tras un breve paso por el West Ham inglés, decide retirarse. Para ello acude al Calderón, en donde es homenajeado antes de un derby ante el Real Madrid. Su figura sigue marcando a toda una generación de atléticos. Fue sin duda, de los extranjeros que más calaron en la historia de nuestro fútbol. Su éxito en España abrió la vía para los grandes futbolistas portugueses de los siguientes años: Rui Costa, Figo, Deco y hasta Cristano Ronaldo. Después de Futre fue todo más sencillo.
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